Capítulo 17

Dos semanas en Seattle, dos semanas viviendo casi como en un sueño. En un nuevo trabajo, con nuevos compañeros… pero con mis amigos cerquita de mí. Había ido a visitar a Charlie dándole una sorpresa, él no sabía que me había mudado y menos que lo hacía permanentemente. El ir a visitarlo implicaba que Jacob también se enterase, pero no me importaba, esta tan feliz que cualquier cosa me parecía insignificante con lo bien que me sentía.

Me pasaba la mañana y parte de la tarde en mi nueva oficina, justo al lado de la Edward y ambas comunicadas por una puerta, algo que él exigió, y a mí me agradaba, así sabría que lo tenía cerca. Las oficinas estaban en uno de los edificios más lujosos de Seattle, con vistas a la bahía, cuando me sentía un poco agobiada no tenía más que girar mi silla y por el enorme ventanal de mi despacho veía como los ferris cruzaban flotando sobre el agua.

Mi oficina estaba decorada con colores cálidos, tonos beige, tierra… le daban un toque casi otoñal, que iba muy acorde al tiempo que suele hacer la mayor parte del año en esa zona de Seattle, se notaba el toque de Esme en cada detalle, ya que ella había sido la encargada de decorar todas las oficinas de la planta, las que pertenecían a Edward.

Cuando salía del trabajo siempre estaba alguno de mis amigos esperándome en la cafetería, si no eran Alice y Rose, eran Jasper y Emmett, hasta ese momento no había dado cuenta de hasta qué nivel los había echado de menos. Las risas, las bromas, los chistes… todo lo que me había perdido por estar lejos de ellos. Pero estaba aquí, aunque tuviese que soportar las intensas salidas de compras con mis locas amigas, era mejor esa pequeña tortura que el sentirme lejos de ellas de nuevo.

Cada fin de semana Edward y yo viajábamos a Forks, nos quedábamos a dormir en la mansión Cullen, así como los demás chicos. Los sábados les hacíamos una visita a mi padre y a Sue y los domingos teníamos comida familiar en casa de los Cullen. Pero lo mejor eran las noches cuando llegaba del trabajo y Edward estaba esperándome, o cuando era al revés y yo lo esperaba a él. Ese viaje nos había unido más si cabe, él me había demostrado su constancia, que sus promesas no eran vacías y yo le había demostrado que pese a mi negativa temporal a una boda lo amaba y mi nivel de compromiso no necesitaba ser medido por un papel firmado por ambos. Cada noche nos amábamos como nunca, habíamos estrenado todas las habitaciones de la casa, ¡parecíamos conejos! En cuanto estábamos solos y veíamos una superficie plana que no habíamos estrenado todavía, no nos lo pensábamos dos veces y en seguida nos poníamos al lío.

Nunca había imaginado que mi vida podría ser así, era feliz, tenía todo con lo que siempre había soñado y todavía más, porque nunca imaginé llegar a tener ese punto de conexión con nadie, pero Edward llegó para romper mis esquemas trazados y dibujar una nueva vida en la que estábamos juntos… y felices.

Suspiré mientras veía como un ferri llegaba a puerto desde la ventana de mi despacho, ya eran las seis, hora de volver a casa… Edward había salido a cenar con unos nuevos clientes y yo tenía que volver sola, no sería tan deprimente si alguno de mis amigos estuviese conmigo, pero las dos parejas ya tenían planes en los que insistieron en incluirme, pero no quería estar allí sujetando las velas entre las parejitas de enamorados. Cogí mi abrigo y mi bolso, salí del despacho y me encontré a Ángela recogiendo sus cosas precipitadamente.

— ¿Estás bien? —le pregunté preocupada.

— Sí, sí, no se preocupe señorita —dijo atropelladamente.

— Ángela, te he dicho mil veces que me llames Bella —le recriminé con una sonrisa.

— Está bien… ¿puedo hablar contigo? —preguntó bajando la mirada y sonrojándose—, en tu despacho, es importante.

Asentí y me volví al despacho con el ceño fruncido. Esperaba que Ángela no quisiese abandonarnos ahora, la necesitaba. Había descubierto que si no era ella, mi secretaria sería Lauren… ¿Lo pueden imaginar? ¡Lauren Mallory trabajaría para mí! Pero no… esperaba tenerla lejos de mí, pero sobre todo lejos de Edward. Dejando mis pensamientos a un lado me fije en mi (por ahora) secretaria, que estaba sentada frente a mí visiblemente nerviosa, retorcía sus manos una contra la otra y tenía la mirada clavada en el suelo.

— ¿Pasa algo malo? —le pregunté asustada por lo nerviosa que se veía.

— Verás… es que… bueno… era algo que estábamos planeando, pero no pensé que pasase tan rápido, nos hemos enterado hace unos días, y aunque estamos encantados con la noticia no me gustaría perder mi empleo, no es que lo necesite para sobrevivir pero sí es necesario el dinero que me aporta —dijo atropelladamente de nuevo.

Yo sonreí ante su efusividad… no sabía de qué estaba hablando, pero se notaba que fuese lo que fuese la estaba preocupando.

— ¿De qué estás hablando? Lo siento, pero no entiendo nada —le dije.

— Estoy embarazada —dijo en un susurro.

— Oh —fue lo único que mis labios pudieron pronunciar.

Entonces todo lo que dijo encajó perfectamente en mi mente, su miedo, su necesidad económica… Ángela era una buena profesional, estaba orgullosa de tenerla trabajando conmigo, es más, ¡le necesitaba! Nadie como ella sabía cuadrar mi agenda para que tuviese mis diez minutos de tranquilidad tomándome un chocolate caliente de la cafetería de la esquina.

— No te preocupes —le dije sonriendo y tomando una de sus manos entre las mías—, haré lo que sea necesario para que no pierdas tu trabajo. Puedes pedir los días que necesites para tus revisiones y volver cuando nazca el bebé si así lo deseas.

Ella solo me regaló una hermosa sonrisa acompañada de unas cuantas lágrimas.

— Gracias, y lo siento por la llantina, son las hormonas —se disculpó.

— Ve a casa y descansa, ahora debes cuidarte —le dije en un susurro mientras le hacía una señal para que se fuese a su casa.

Cuando oí como la puerta se cerraba a mi espalda me dejé caer en mi silla, la giré para ver de nuevo la bahía, donde otro ferri la estaba cruzando… me sentía triste, algo dentro de mí se había descompuesto cuando Ángela me habló de su embarazo. Nunca había pensado en ser madre, nunca imaginé si quiera que tendría esa posibilidad, ni cuando estaba prometida con Jacob esa idea pasó por mi cabeza. Pero ahora… podría imaginarme perfectamente un futuro con Edward y un niño, o dos… sería maravilloso.

Suspirando de nuevo y con unas cuantas lágrimas picando en mis ojos salí de la oficina y me metí en el ascensor. Tenía que tomar un taxi, ya que había venido con Edward y se había llevado su coche a la cena. Salí por la puerta del edificio y agradecí que no estuviese lloviendo, ya era bastante malo tener el ánimo por los suelos y no me apetecía que encima que se mojase mi pelo. Y cuando iba a acercar al borde de la acera para llamar a un taxi alguien me agarró con fuerza del brazo. Me giré dispuesta a darle una puñetazo a cualquiera que se hubiese puesto en mi camino para conseguir volver a casa… solo deseaba tirarme en el sofá con un helado mientras esperaba a Edward, pero mis deseos de golpear a alguien se quedaron opacados cuando vi quien estaba a mi lado.

— ¿Qué quieres Jacob? —pegunté con voz dura.

— Hablar contigo —susurró.

— Lo siento, pero llego tarde —dije librándome de su agarre bruscamente.

— Yo te llevo.

— No es necesario, di lo que tengas que decir y vete —mascullé enfurruñada.

— ¿No lo podemos hacer tomando un café? —preguntó con una tímida sonrisa.

— Te he dicho que tengo prisa, tengo una cita —con mi sofá y mi helado… pero a eso a él no le importaba.

— Está bien —suspiró— ¿por qué?

Lo miré con el ceño fruncido esperando que a que continuase hablando, pero no lo hizo.

— ¿Por qué, que? —pregunté.

— No hace ni una año que lo hemos dejado y… ya estás con otro, completamente feliz… me duele que me hayas olvidado con tanta facilidad —dijo mirándome a los ojos.

Y yo me quedé en shock y con la boca abierta. ¿De verdad me estaba preguntando porque había rehecho mi vida? ¿Con qué derecho venía a preguntarme eso?

— ¿Me estás hablando en serio? —pregunté incrédula.

— Es que no lo entiendo Bella, sé que te hice daño, pero creí que me querías, que querías un futuro conmigo… y ahora estás aquí, con otro hombre y yo…

— ¿Tú qué? —pregunté con rabia— ¡Tú te has casado con Leah, tú planeaste una boda solo para cuatro meses después de que la nuestra!

— Puedo explicarlo… —dijo

— No quiero que me expliques nada, quiero que muevas tu culo y desaparezcas de mi vista. Ahora soy feliz y ni tú ni nadie me lo va a estropear —grité.

No dijo nada… solo dio media vuelta y se fue apresuradamente… si antes la lágrimas solo amenazaban con salir ahora lo intentaban con todas sus fuerzas… no me dolía ya su rechazo, pero sí su desfachatez de aparecer para rendirme cuentas por algo que él mismo provocó que pasase. Agradecí que un taxi apareciese en ese momento y me mentí dentro antes de que alguien más lo hiciese.

Llegué a casa y dejando mi abrigo y el bolso tirados en cualquier lugar, fui directamente hacia la nevera y cogí mi tarina de helado… necesitaba helado de chocolate urgentemente. Sin soltarlo agarré también una cuchara y lo fui comiendo mientras subía las escaleras para cambiarme de ropa, con cada cucharada que tomaba tenía ganas de otra más. Me puse una camiseta de Edward que me llegaba hasta las rodillas, bajé las escaleras trompicones hasta dejarme caer en el sofá y taparme con una manta mientras veía la tele. Continuaba devorando mi helado como si fuese el manjar más delicioso del mundo… ok, lo reconozco, era el manjar más delicioso del mundo, sentía la imperiosa necesidad de ponerme a reventar helado.

Cuando se acabó dejé caer la tarina vacía al suelo y me acurruqué tapándome hasta el cuello. Mis parpados pesaban más de lo normal… y eso que eran solo las siete. Mis ojos por fin se cerraron y perdí todo contacto con el mundo.

Me desperté con unos dulces y cálidos besos en mi mejilla, en mi cuello, en el pedazo de piel de mi hombro que no cubría la enorme camiseta… me froté los ojos y bostecé antes de encontrarme con la mirada divertida de Edward justo frente a mí. Sonreí y lo abracé por el cuello dándole un beso en los labios, no tardo en profundizarlo e introducir su lengua en mi boca, donde la mía la recibió gustosa bailando con ella. Se separó antes de lo que hubiese deseado y gemí por ello, algo que le pareció gracioso y se rió por lo bajo. Miró la tarina de helado vacía en el suelo y me miró enarcando una ceja.

— Ha sido un día largo —le dije con voz ronca por mi pequeña siesta —¿qué hora es?

— Las diez —dijo acomodándose a mi lado y atrayendo mi cuerpo hacia el suyo en un abrazo.

— ¿Tan tarde? —pregunté sorprendida—. He dormido tres horas.

— Será el jet lag —dijo sonriendo.

Ignoré su comentario y me concentré solo en lo bien que se sentía estando abrazada a él, con sus brazos sujetándome tan fuerte que sabía que nada malo podría sucederme mientras continuásemos así. Sentía sus labios en mi pelo, sus manos dejando suaves caricias en mi espalda, solo con estar así era suficiente, no necesitaba más.

— Hoy Jacob ha ido a buscarme a la salida de la oficina —dije en un susurro.

Sentí como Edward se tensaba y apretaba los puños, no quería estropear ese momento, pero sabía que si no se lo contaba y luego se enteraba por terceras personas se enfadaría… y con razón.

— ¿Qué quería el chucho? —preguntó entre dientes.

Alcé la cabeza y vi que tenía la mirada perdida y la mandíbula apretada. Sabía el esfuerzo que resultaba para él el saber que yo estaba tan cerca de mi ex novio, pero también sabía que tenía que estar seguro al cien por cien que eso no significaba nada para mí, las cosas entre los dos seguían exactamente igual aunque el mismo Jacob viviese en la puerta de al lado.

— Vino a pedirme cuentas por estar contigo… ¿te lo puedes creer? —le expliqué incrédula.

— ¿No se supone que fue él que te dejó? —preguntó molesto.

— Es que fue él el que suspendió la boda… no sé a qué viene ahora el pedirme explicaciones cuando ya no le debo nada… pero no importa, lo puse en su sitio y salió de allí con el rabo entre las piernas —finalicé con una pequeña sonrisa.

Eso lo relajó un poco y me besó en los labios con ternura, después alzó su mano y alisó mi ceño fruncido.

— ¿Es lo que pasó con el chucho lo que te tiene así? —preguntó en un susurro.

— Sí… no le entiendo —murmuré.

— Hay algo más… —aseguró.

Recordé el embarazo de Ángela y lo mal que me sentí después de que me lo contara, no entendía el motivo, yo no quería un bebé, nunca había deseado tenerlo, pero el ver las cosas desde el otro lado, desde una relación estable con amor verdadero hacía que todo se viese con otros matices, la maternidad me parecía una experiencia inolvidable, algo que me gustaría compartir con Edward.

— Nada importante —lo tranquilicé fingiendo una sonrisa — ¿has cenado bien? —pregunté cambiando de tema.

— Ha sido una cena riquísima, tengo que llevarte a ese restaurante, "Fabriccio´s" es de comida italiana, seguro que te encantará. Por lo que veo tú también has cenado —dijo sonriendo mientras señalaba la tarina de helado vacía.

— Sí… un poco. Aunque todavía tengo algo de hambre —dije sonrojándome.

— Estás de suerte —dijo extendiendo la mano y agarrando una bolsa que tenía sobre la mesa—, uno de los camareros me recomendó que probase el pastel de queso, y cuando lo hice en seguida pensé que te gustaría, así que te he traído una porción.

Mis ojos se abrieron y comenzaron a aguarse, ¿cómo podía ser tan adorable? ¡Me había traído un trozo de pastel! Lo amaba, nunca había tenido dudas sobre eso, pero ahora estaba absolutamente convencida, no habría nadie, nunca, en ningún lugar, que pudiese llegar a querer más.

Después de comer mi pastel en menos de dos minutos, nos acurrucamos en el sofá a ver una película, Edward se había quitado su chaqueta y ahora solo vestía el pantalón y su camisa algo desabrochada con las mangas dobladas, yo tenía la cabeza apoyada en su regazo mientras él acariciaba mi cabello lentamente.

Todavía rondaba por mi cabeza el embarazo de Ángela y todo lo que me había hecho sentir, quería compartir eso con Edward, quería compartir toda mi vida con él.

— Edward —lo llamé en un susurro.

— Dime princesa —contesto en el mismo tono.

— ¿Has pensado alguna vez en tener hijos? —pregunté directamente.

Para que andarme por las ramas, eso era exactamente lo que quería saber… sentí como se removía en su lugar y luego sus labios se posaron en mi mejilla, continuó repartiendo pequeños besos a lo largo de mi mandíbula y se detuvo cerca de mi oído.

— Hace unos meses que lo pienso —susurró—, me gustaría hacerlo algún día. Pero sólo si es contigo.

Sonreí estúpidamente ante lo que dijo, mientras otra vez las inoportunas lágrimas querían hacer acto de presencia. Me incorporé lentamente y me senté en su regazo, envolviendo su cuello con mis brazos. Lo miré a los ojos totalmente convencía de lo que iba a hacer, nunca había estado tan segura de algo, amaba a ese hombre por encima de todas las cosas.

— Edward —susurré muy bajito—, te amo.

Se acercó y me besó lentamente, esparciendo su sabor por mi lengua haciendo que me estremeciera mientras sus brazos rodeaban mi espalda, y aunque no quedaba ni un pequeño atisbo de duda, con ese beso estuve más segura del paso que iba a dar. Me aparté de Edward lentamente, mirándolo a los ojos.

— Edward —susurré y él sonrió—, ya estoy preparada.

Se quedó mirándome unos segundos, por su mirada pude comprender que no sabía a qué me estaba refiriendo, casi podía imaginarme los engranajes de su cabeza girar y girar buscándole sentido a mis palabras. Cuando pareció comprender algo brilló en sus ojos y me abrazó con fuerza. Me alzó y me tumbó en el sofá poniéndose él encima de mí. Me reí a carcajadas por su alegría, sabía que le emocionaría pero no sabía que hasta ese nivel.

— Me haces el hombre más feliz del mundo —susurró contra mis labios.

Y después me devoró, atacó mis labios con rudeza, pero siempre cuidando de no ser brusco, ese era mi Edward, tenía el punto justo que me volvía loca. Una de sus manos fue hasta mi muslo y lo agarró con fuerza posicionándolo en torno a su cintura. Me aparté un poco de él sabiendo lo que pretendía, esa conversación todavía no había acabado.

— ¿Qué pasa? —preguntó confundido.

— ¿No tienes que darme un anillo o algo parecido? —pregunté frunciendo el ceño, hasta que me di cuenta — ¡Oh, vaya! Seguro que no lo tienes todavía, es lógico, te ha cogido desprevenido mi confesión —dije ruborizándome.

Se sentó en el sofá y me atrajo de nuevo hacia su regazo.

— Tonta Bella… —dijo besando mi mejilla— el anillo ya lo tengo, pero no voy a dártelo ahora y tampoco voy a pedírtelo todavía.

Lo miré con el ceño fruncido… ¿si no iba a pedírmelo porque le sentó tan mal que lo rechazase en la boda de Jacob?

— Sé lo que estás pensando —dijo acariciando mi mejilla—. Te lo pediré pronto, te daré un anillo hermoso y cuando me aceptes seré el hombre más feliz del mundo otra vez. Es solo que quiero que sea especial, no quiero que estés vestida con una de mis camisetas viejas y con el estómago lleno de helado de chocolate y pastel de queso. Me gustaría que fuese algo inolvidable, y si no te enfadas mucho, una sorpresa —concluyó revolviéndome el pelo.

— Entiendo tu punto —murmuré.

— Ahora venga aquí señorita Swan, que su futuro marido quiere demostrarle cuanto la ama —dijo sonriendo mientras se volvía poner sobre mí en el sofá.