Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la historia.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor.
Hay OOC
15| ¿Sin Futuro?
«Se mostraba violento, ansioso por torturar a alguien, impaciente por beber», pensó Naruto, taza de sangre en mano, sentándose en los escalones del porche al tiempo que suspiraba. Por el momento, todos aquellos a los que había interrogado acerca de Kakuzu estaban convencidos de que Naruto Uzumaki era el de siempre.
Lo cual estaba bien, teniendo en cuenta que no era así en absoluto.
Con la mirada perdida, se quedó pensando en su última expedición. Había seguido hasta el final una pista fiable, para acabar no encontrando nada. Otro callejón sin salida.
El no cejaba en su empeño de buscar a Kakuzu, pero no tenía ninguna pista nueva que poder seguir, y la fatiga le empezaba a hacer mella. Y cuando dormía lo asaltaban las pesadillas.
Veía a Hinata de nuevo en blanco y negro, otra vez convertida en fantasma, con las mejillas pálidas y ojeras bajo los ojos. La veía atrapada en la oscuridad, gritando asustada, ahogándose en ella.
Esa imagen le resultaba tan angustiosa, que llegó a preguntarse si sería algún tipo de arma que Kakuzu estuviera utilizando contra él.
Así que optó por dejar de dormir, y dedicaba todo ese tiempo a seguir a su presa por cualquier parte del mundo.
Había estado en todas las guaridas demoníacas que conocía, había visitado a todos sus colegas, seguido todas las pistas. Hasta la fecha, lo habían atacado dos veces unos humanos de la Kapsliga que no sabían dónde se metían. Les había dado una lección, pero no los había matado. No eran lo bastante fuertes como para que pudiera decirse que lo había hecho en defensa propia.
Y seguía sin encontrar ni rastro de Kakuzu.
No podía dejar de preguntarse si estaba haciendo lo correcto quedándose allí con Hinata. Al final, reconoció lo que sabía desde el principio: el mal ya estaba hecho. La joven estaba en peligro desde la misma noche de la fiesta. Naruto había encontrado por fin su sueño... y había sido lo bastante egoísta como para quedárselo.
Aun en el caso de que estuviera más de mil años separado de Hinata, ella siempre sería su tesoro más preciado, y lo que más temía perder.
«Si pudiera convertirla en vampiro...» En ese caso no sería tan vulnerable. Pero Naruto conocía a muy pocas mujeres que hubieran sobrevivido a la transformación. Ninguna de sus hermanas había logrado despertarse...
En cierto modo, siempre se había sentido aliviado de que no lo hubieran conseguido. Eran unas niñas muy delicadas; no podía imaginárselas despertando de entre los muertos y bebiendo sangre en una taza. De haberse transformado, ¿habrían seguido creciendo? ¿Se habrían adaptado? Nunca lo sabría.
Terminó de beber y se tele-transportó al cuarto de baño, donde se duchó y afeitó, y dejó así que Hinata durmiera un poco más. Bajo el chorro de agua caliente pensó que se había olvidado de hacer planes para esa noche. «¿Adonde puedo llevarla?»
Pero al entrar en la habitación vio que estaba despierta, esperándolo con una sonrisa en los labios. Le dio un vuelco el corazón sólo con verla.
—¿Estás despierta? Pero así vestida no puedes salir.
La joven llevaba un camisón rojo que casi dejaba al descubierto sus pechos, y el pelo suelto, como a él le gustaba. A pesar de que estaba agotado, su miembro vibró tras la toalla.
Cada vez que hacían el amor, Naruto quedaba más hechizado por Hinata. Después de pasarse más de trescientos años preguntándose cómo sería el sexo, había tenido muy elevadas expectativas al respecto. Y aquella muchacha las superaba todas.
—Hoy no quiero salir —dijo ella. —¿Por qué no nos quedamos aquí tranquilamente? —Se sentó en la cama y dio unos golpecitos a su lado. —Podría cambiarte el vendaje del brazo.
—¿Estás tratando de manipularme? —preguntó él mirándola con suspicacia.
Hinata cogió un rollo de gasa.
—Mis intenciones son puras.
Cuando Naruto se sentó a su lado, ella se puso de rodillas y le vendó el brazo.
—¿En esta cacería hay algo más que ser el primero en golpear, no es así?
Cuando él asintió, ella continuó: —Cuéntamelo.
—En cuanto tú me cuentes tu secreto. —Él pensaba en ello constantemente.
—¿Quieres que discutamos? Yo preferiría pasar la noche dándote un masaje en la espalda y haciendo el amor, pero si insistes...
—Tienes que saber que sólo dejaré que te salgas con la tuya durante un tiempo. Ahora tengo que ocuparme de estos asuntos... pero cuando me haya quitado de encima esta preocupación, me centraré en averiguar todo lo que me estás ocultando.
Naruto tenía dos teorías. Era posible que Hinata hubiera hecho un pacto con una hechicera, una de aquellas a las que él mismo se había planteado acudir para que la resucitaran. Una de esas hechiceras podría haberle devuelto el cuerpo, pero siempre pedían cosas atroces a cambio.
Una bruja también podría haberlo hecho, pero no creía que fuera ése el caso. A pesar de que Hinata le había dicho que tenía «mucho dinero», seguro que no había tenido en cuenta lo que la inflación podía hacer en ocho décadas. Era imposible que dispusiera de la cantidad necesaria para siquiera reunirse con una bruja. Naruto había oído decir que algunas habían rechazado incluso millones.
—Qué pena —suspiró ella. —Si te propones averiguar mi secreto, discutiremos a menudo. Así que más vale que disfrutemos mientras podamos. Dime, ¿dónde has estado hoy?
—En Moscú.
—¿Has tenido cuidado?
—Siempre —contestó él, lo que no era ni remotamente verdad. Para conseguir atrapar a un demonio en concreto, Naruto se había infiltrado en una guarida subterránea y había tenido que derrotar a dos bandas enteras de demonios para acceder a su presa y sacarla de allí arrastrándola por los cuernos.
A pesar de que ahora tema motivos sobrados para ir con cuidado, dado que alguien lo esperaba en casa, no podía permitirse el lujo de que los demás creyeran que había cambiado.
Y Dios, hasta qué punto lo había hecho.
Esa noche, le soltó al demonio el discurso de siempre:—Habla. O beberé tu sangre, me apoderaré de tus recuerdos y mataré a todo el que aparezca en ellos.
Pero el esbirro olía a miedo y a ginebra barata, y Naruto no tenía la menor intención de beber del demonio; la idea le parecía repugnante.
La última cosa que Naruto había saboreado antes de salir habían sido los labios de Hinata.
«¿Beber de ese demonio con la misma boca con la que he besado a mi Novia...?»
Los rumores de su brutal pasado por el momento le estaban sirviendo, pero cualquier día alguien lo desafiaría. ¿Sería capaz de volver a lo de antes para proteger a Hinata?
Si tenía que hacerlo, se convertiría de nuevo en el monstruo que todos temían.
—Ya está. —Hinata terminó de vendarle el brazo y depositó un beso en él.
Por extraño que pareciera, Naruto no se lo pensaba dos veces a la hora de meterse en la guarida de unos demonios, pero al mirar la cara sonriente de Hinata, una bailarina de cincuenta kilos, sentía un miedo atroz.
Ella había significado el final de la vida tal como él la conocía. Que no era una vida que valiera la pena, pero al menos le resultaba comprensible. Ahora en cambio parecía incapaz de entender nada, y se pasaba el día cuestionándoselo todo.
«Un futuro, una familia, un hogar.» ¿Era posible que alguien como él tuviera esas cosas?
—¿Te preocupas por mí cuando no estoy? —le preguntó.
—A todas horas —respondió la joven. —Por lo poco que me cuentas, he deducido que andas detrás de un demonio de dos metros y medio, que está rodeado por un montón de gente armada lista para protegerlo. ¿Tengo razón?
—Sí.
Ella enarcó una ceja.
—Ah, bueno, entonces no tengo nada de lo que preocuparme. —Le indicó que se tumbara boca abajo. —¿Durante cuánto tiempo vas a darle caza?
—Hasta que tenga su cabeza —respondió, tendiéndose en la cama.
—¿Y cuánto crees que tardarás?
—Según mi pasada experiencia con Kakuzu, podría llevarme semanas, meses, incluso un año.
—¿Tanto? —Preguntó Hinata, sentándose a horcajadas sobre Naruto. —¿Has descubierto algo sobre tus hermanos dando vueltas por ahí? —Inclinándose hacia adelante, empezó a masajearle los músculos del cuello.
Naruto gimió.
—No, nada todavía.
—¿Crees que habrá una guerra en la Tradición? —quiso saber entonces.
—Siempre hay una guerra en la Tradición.
—Pero ésta concierne a tu familia.
—Ahora tengo otras preocupaciones.
—Gracias a tus hermanos estás aquí ahora conmigo. —Le apretó los hombros con los pulgares, deshaciendo los nudos de tensión que se le habían formado. —¿Tan malo es eso?
—Sí, odio estar aquí.
Ella se rió.
Naruto pensó que sus hermanos le habían dicho que la vida podía mejorar, que lo único que necesitaba era encontrar a su Novia. Y en cambio su vida estaba ahora patas arriba. Aunque a veces sentía... esperanza. No terminaba de creer que él y Hinata pudieran ser felices juntos; ella era mortal y vulnerable y no parecía dispuesta a comprometerse, mientras que él seguía estando medio loco y tenía un montón de asesinos tras su cabeza. Pero era cierto que su Novia y él tenían una posibilidad.
Y se lo debía a sus hermanos.
—¿Estarás contenta si te digo que me centraré en eso cuando haya terminado con Kakuzu?
—Sí, mon grand. Muy contenta.
Naruto no haría nada hasta asegurarse de que Hinata estaba a salvo. La vida y la muerte habían empezado a adquirir un nuevo significado para él. En vez de limitarse a matar, se estaba convirtiendo en protector. Y era el primer sorprendido al ver lo fácil que le estaba resultando el cambio.
No le extrañaba que todos sus enemigos hubieran tratado de averiguar si había encontrado a su Novia. Hinata era su único punto débil, uno que él nunca había previsto tener. Naruto nunca había aprovechado esa debilidad en sus enemigos porque nunca había entendido el inimaginable poder que eso le hubiese otorgado.
Él miedo a perderla podía con todo.
Porque si Hinata moría, él no podía simplemente salir a la luz del sol y reunirse con ella. Naruto no se hacía ilusiones, sabía que ambos merecerían tipos distintos de más allá.
Entre ellos, veía tres obstáculos. La maldición de Kakuzu, el secreto de Hinata... y sus propios oscuros anhelos. Cada vez que hacían el amor, tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no morderla.
No era que quisiera su sangre para alimentarse; de hecho, había estado bebiendo tazas y tazas de sangre embotellada sólo para ver si así conseguía calmar su sed. Había bebido tanto que incluso había empezado a ganar algo de músculo. Su cuerpo tenía cada vez más fuerza, a pesar de que su determinación empezara a flaquear.
La naturaleza vampírica de Naruto se resentía de esa última barrera que existía entre los dos. Debía conocer el sabor de su Novia. Sus instintos clamaban por alcanzar la unión que supondría ese hecho; sólo entonces, ella sería una con él.
Pero Naruto era muy fuerte, podía matarla en cuestión de segundos, y el cuerpo mortal de Hinata se desangraría hasta morir, con sus colmillos hundidos en el cuello. Se estremeció asustado.
—¿Te he hecho daño? —preguntó ella, apartándose.
—¿Qué? No, en absoluto. —Se tumbó de espaldas. —Estaba pensando. —Si pudiera asegurar algún tipo de vínculo con ella. —Hinata, me gustaría hablar contigo sobre...
—¿Sobre qué quieres darme un masaje en los pechos? —Se inclinó hacia él con las manos levantadas y una seductora sonrisa en los labios. —Por supuesto, será un placer.
Se quedaron en la cama toda la noche.
A pesar de que Naruto llevaba días sin dormir, permaneció despierto después de que Hinata cerrara los ojos, y llegó a la conclusión de que había dedicado demasiadas energías a ir de caza, y demasiado pocas a tratar de conquistar a su Novia.
Abrazándola contra su pecho, se preguntó qué podía hacer. Ya le había comprado un anillo, y estaba esperando al momento adecuado para pedirle que se casara con él.
A veces, cuando Hinata le miraba, estaba seguro de que lo que sentía era algo profundo y que le diría que sí. Otras en cambio, creía todo lo contrario... Que ella sólo estaba pasando el rato y que tenía planeado abandonarle pronto. «¿Cómo puedo convencerla de que se quede?»
¿Y si la había dejado embarazada? Eso los uniría como ninguna otra cosa en el mundo. Pero la contrapartida era que él se convertiría en padre. Esperó a sentir la aversión que en principio iba asociada a tal idea, y al ver que no llegaba, siguió pensando en el tema.
Se imaginó a Hinata llevando a su bebé en brazos y a él protegiéndolos del mundo entero. Le gustó la idea. Ella los cuidaría y él proveería. Muy bien.
Naruto jamás había querido tener hijos. Pero ahora quería tenerlos con Hinata.
«¿Y si no la he dejado embarazada?» La angustia se apoderó de él de inmediato.
Dejó a Hinata con cuidado, y luego se incorporó para arrodillarse entre sus piernas. Cuando se las separó, se despertó sorprendida. Lo observó con los ojos entornados, mientras deslizaba su miembro en su interior, en su más profundo calor.
Ella se aferró a sus caderas, guiándolo. A cada lenta embestida, apretaba más y más los dedos.
Su pelo resplandecía desparramado por la almohada. Tenía sus ojos grises fijos en los de él, llenos de confianza y de algo más. Él le acarició la barbilla.
—Eres tan hermosa, Hinata...
—Naruto —murmuró. —Yo... yo te... necesito. —Fue como si le hubiese dicho por primera vez que lo amaba.
En respuesta, él gimió. —Y yo a ti también.
De repente, lo comprendió todo, y sintió como si un rayo lo atravesara. Frunció las cejas y exhaló el aire. Ella le había preguntado tiempo atrás si alguna vez se había enamorado, y él contestó que no. Ahora entendía por qué: porque todavía no la había conocido.
Tenía sentido que antes de ella nunca hubiera amado a nadie. Tenía sentido que para él ella representase esa emoción; el amor y Hinata eran la misma cosa.
«Estoy enamorado de ella...»
Durante las horas que los separaban del amanecer, Naruto le hizo el amor otra vez, y otra más. Pero cuando el sol salió, la dejó dormir y se obligó a abandonar el lecho. Ella se dio media vuelta dormida, como si lo buscara, y cuando se abrazó a la almohada de él para olerla, Naruto sintió que el corazón le ocupaba demasiado espacio en el pecho.
Quería quedarse allí, sentir cómo respiraba contra su piel mientras dormía tranquila y relajada a su lado.
Pero también sabía muy bien lo que quería. Y entre ellos todavía existían obstáculos. Así que, a pesar de que estaba exhausto, se levantó, se vistió y se puso las botas para volver a salir de caza.
«La haré mía o moriré en el intento.»
«Se me está acabando el tiempo», pensó Hinata al inicio de su tercera semana juntos.
No sabía cómo lo sabía, pero tenía un fuerte presentimiento de que así era. «Se me está acabando el tiempo», se repitió. Estaba segura de que no lograría pasar de aquel primer mes de vida con Naruto.
Y no podía dejar de pensar que, probablemente, él estaría presente cuando llegara su final. Desde el principio había sabido que cuando fuera que sucediera, entre ella y Naruto existiría una relación, pero nunca se le había ocurrido pensar que Naruto pudiera ser testigo de su muerte.
Una muerte que sería violenta.
La culpabilidad la ahogaba. «¿Por qué no pensé en todo esto antes?» Aun sabiéndolo, no habría podido apartarse de él sólo para ahorrarle el sufrimiento. Hinata quería pasar todo el tiempo que le quedara con Naruto, y sabía que él quería lo mismo.
La noche anterior, cuando ella le había acariciado con los nudillos la cicatriz del torso, él le había dicho:
—Antes odiaba esa cicatriz. Pero ya no. —La miró a los ojos y fue como si las palabras se escaparan de sus labios. —Hinata, ella me ha llevado hasta ti. Si hubiera sabido lo que me deparaba el destino, incluso habría ayudado al ruso a clavarme la espada.
Después de oír eso, se convenció de que lo que Naruto sentía iba más allá de lo que un vampiro solía sentir por su Novia. Estaba tan enamorado de ella como ella lo estaba de él.
Pero a pesar de esa revelación, Hinata tenía la sensación de que su mundo se iba desmoronando a su alrededor. Naruto estaba muy cansado, aunque trataba de ocultarlo, igual que ella trataba de ocultar el miedo y la tensión que sentía.
Como si le hubiera leído la mente, Naruto parecía empeñado en hacer que cada momento fuera especial...
Aquella noche le regaló un precioso vestido escarlata junto con la promesa de un destino sorpresa. Eso bastó para que la joven dejara de preocuparse, al menos durante un rato.
Cuando él los transportó a Italia para cenar, Hinata se emocionó muchísimo.
Naruto había reservado una mesa en un jardín privado de La Pérgola, en lo alto del monte Mario.
—La vista es espectacular. —A sus pies estaba Roma de noche, iluminada como en un sueño. — Mon Dieu, ¿eso es la cúpula de San Pedro? Sólo la había visto en postales. ¡Qué sorpresa tan maravillosa!
—¿Ah, eso? —Al encogerse de hombros, la atención de Hinata se centró en la chaqueta oscura que se ajustaba a la perfección a sus anchas espaldas. —Eso no es nada. Por el momento sólo estoy preparando a mi pequeña mortal para la verdadera sorpresa de la noche.
—¿Es mejor que esto? ¡Dime qué es!
—Si te lo digo no sería una sorpresa. —Le sonrió. —También conocida como surprise...
Se sentaron y un camarero acercó un carrito en el que había champán enfriándose. Mientras lo servía, el hombre apenas miró las gafas de sol de Naruto, pero aun así, éste se puso tenso. A Hinata le gustaría que el aspecto de sus ojos no le preocupara tanto.
Cuando se quedaron a solas, él se pasó la mano por la nuca.
—Seguro que los odias. Tienen el color de la sangre. Ella negó con la cabeza.
—Para mí tienen el color del fuego. Y el color sube de intensidad y se oscurece cuando me miras a mí... y eso me encanta. Además, con las gafas pareces una estrella de cine.
—O un drogadicto.
—No creo que las dos cosas sean excluyentes, mon grand—replicó Hinata, logrando que sonriera. Cuando sirvió el champán le preguntó: —¿No se supone que hay que reservar estas mesas con meses de antelación?
—Los demás sí.
Ella arqueó una ceja.
—¿Y tú no?
—A estas alturas, ya deberías saber que, en lo que se refiere a ti, no reparo en gastos.
Les sirvieron la comida y comieron plato tras plato, acompañados de carísimos vinos. A lo largo de la cena, y mientras degustaba los platos más sabrosos que había probado jamás, Hinata trató de hacerle confesar cuál era la sorpresa. Naruto bebió su whisky y jugueteó con la comida, riéndose de los descarados intentos de ella de sonsacarle...
—Se te ve muy orgulloso de ti mismo, Naruto.
—Es una sorpresa demasiado buena como para echarla a perder. ¿Cómo está la comida?
Algunos platos eran muy innovadores, otros más comedidos, pero todos deleitaron su paladar. Hinata sonrió por encima del borde de la copa.
—Deliciosa como tus labios —contestó.
Naruto se enderezó al notar su pie enfundado en la media, subiéndole por la pernera del pantalón.
—Puedes desplegar todas tus malas artes —susurró con voz ronca y sensual, al tiempo que fijaba la vista en el escote del vestido que le había regalado, —pero no conseguirás que confiese.
De postres, el camarero les llevó a la mesa una diminuta cajonera de plata y dentro de cada cajón había un pastelito distinto.
—Acabo de decidirlo —exclamó ella, saboreando aquellas delicias. —Nunca me iré de aquí.
—No te preocupes, regresaremos.
Hinata se obligó a sonreír pese al aguijonazo de dolor que sintió.
—Sí, al menos una vez a la semana, aunque sólo sea para comer postres —convino.
—¿Estás lista para tu sorpresa? —le preguntó él después de la cena.
—¡Sí, creo que me voy a morir de impaciencia! —Tan pronto como dijo esas palabras se arrepintió, pero, sin embargo, consiguió ocultar su malestar.
Naruto le tapó los ojos de aquella manera que a ella tanto le gustaba, y volvió a teletransportarlos. Hinata sintió que el clima era distinto, y que hacía más fresco. Luego escuchó a alguien hablar... en francés.
Con la mano que tenía libre en su espalda, Naruto la guió hacia un lugar donde parecía haber más gente. Y luego le destapó los ojos.
Hinata se quedó boquiabierta. Estaban frente a la Opera Garnier, la sede del ballet de París. Se le puso la piel de gallina, el espectáculo de esa noche era Romeo et Juliette.
Era una de sus obras preferidas, y siempre había soñado con verla representada. Pero ¿allí? ¿En París? Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Naruto —dijo, —es la cosa más maravillosa que nadie ha hecho jamás por mí.
Y el hombre más maravilloso que había conocido nunca le estaba tendiendo la mano para que entrasen.
—Vamos —murmuró. —O llegaremos tarde.
Aturdida, Hinata dejó que la guiara por los escalones hasta dentro del palacio. Con los sones de la orquesta de fondo y sobrecogida por el esplendor, lo observaba todo atónita, desde los techos hasta el elaborado diseño del mármol que tenía bajo sus pies.
Cuando llegaron a sus asientos, el mejor palco del aforo, Hinata susurró:
—Oh, Naruto, eres bueno, eres muy bueno. Es casi como si... no reparases en gastos.
Con una sonrisa muy sexy, él se quitó las gafas y dijo: —Me alegro de que te guste.
A partir del instante en que se levantó el telón, Hinata no se perdió un detalle. Se sintió en la gloria durante toda la representación, fascinada por lo mucho que había evolucionado el ballet a pesar de seguir siendo el mismo. El estilo de danza se ajustaba a la perfección a la historia contada, y la música era el acompañamiento soñado.
Naruto sin embargo seguía con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando el espectáculo con mirada crítica.
—Tú las dejas en ridículo a todas —masculló, lo que hizo que Hinata lo amara todavía más.
—Bueno, gracias por el cumplido, pero creo que, comparada con las bailarinas modernas, soy algo bajita y pechugona.
—A mí me gustan las bailarinas bajitas y pechugonas.
—Me alegro —replicó ella con una lenta sonrisa.
—Me gustan extremadamente. —Un mechón de pelo rubio le cayó sobre uno de los ojos. — ¿Lo echas de menos?
—Sí. Era muy emocionante estar ante el público. Y también echo de menos la camaradería entre bambalinas. —Incluso añoraba tener agujetas en los músculos después de ensayar. —Pero me alegro de estar aquí y poder compartir esto contigo. La mano de Naruto buscó la suya.
Cuando cayó el telón, Hinata lloró por el trágico final, a pesar de que ya lo conocía y lo había estado esperando. Porque ahora tenía un nuevo significado. También ella iba a tener que dejar al hombre al que amaba. No quería hacerlo, lamentaba estar en esa situación, pero era necesario. Lo había aceptado. Y no se arrepentía ni de un solo momento vivido...
Entonces Naruto le deslizó una cajita en la mano.
—¿Qué es esto? —preguntó ella, a pesar de que ya lo sabía.
Tragó saliva y la abrió. Dentro había un precioso anillo de platino con un zafiro azul en el centro rodeado por diamantes.
—Sé mi esposa, Hinata.
Cuando por fin consiguió apartar los ojos del anillo, miró a Naruto. Se lo había pedido en aquel hermoso lugar. El corazón de la joven rebosaba de emoción por el ballet, y por el amor que sentía por el hombre que le había permitido disfrutar de aquella noche mágica. En cualquier otra circunstancia, se habría echado a llorar de alegría.
—Naruto... —La necesidad de confesárselo todo la quemaba por dentro, pero tenía miedo de robarse a sí misma aún más tiempo de estar juntos. «Se me está acabando.» Sus miradas se encontraron. «No puedo decírtelo.»
Rechazar el anillo fue una de las cosas más difíciles que había hecho jamás. A pesar de que su gesto la estaba desgarrando por dentro, le devolvió la cajita.
—Lo siento —susurró. —No puedo.
Él la aceptó sin decir ni una palabra. Pero le tembló un músculo en la mandíbula.
Cuando Hinata rechazó su anillo, fue como si el mundo cambiase de eje.
Igual que si hubiera recibido un puñetazo en el estómago, Naruto comprendió que a pesar de todo, a pesar del tiempo que habían compartido, a pesar de lo bien que lo pasaban juntos... ella no quería comprometerse.
Ni siquiera se había tomado unos segundos para considerar lo que él le estaba ofreciendo.
El cansancio que Naruto había estado ignorando ahora apareció multiplicado. La frustración de su infructuosa búsqueda lo sobrecogió. Todo le salía mal.
No podía encontrar lo que andaba buscando y no podía asegurarse lo que tenía.
Cuanto más se alejaba Hinata de él, más desquiciado se sentía. La quería con locura. Y él sabía perfectamente lo que quería decir eso.
En ese preciso instante, llegó a la conclusión de que, sencillamente, no podía dejarla marchar. Temía que, si seguía por ese camino, terminara por parecerse a Sasori. Ese bastardo también le había pedido que se quedara con él.
Pero había una diferencia muy importante entre no dejarla ir cuando Hinata en realidad quería quedarse, y retenerla sólo porque no podía vivir sin ella. Naruto estaba convencido de que la muchacha quería quedarse con él. E iba a ayudarla a hacerlo.
Continuará...
