18
Objetivo: Ser feliz.
57, 58, 59 y 60.
60 segundos. Un minuto completo observándola. Un minuto de mi vida contemplándola embelesada en el perfecto y cuidado jardín del 150 de Ohio Avenue, en West Hollywood. No tenía ni idea de por qué me mantuve allí petrificada mientras ella observaba algo más allá de la verja que dividía el jardín, pero lo hice. Lo hice y no me arrepentí de haber desperdiciado ese minuto de vida. Esos largos 60 segundos de completo silencio, y sin pensamientos que rondasen por mi mente.
Solo cuando escuché la voz de Santana en plena conversación con la fotógrafa en el interior de la casa, pude reaccionar y decidí avanzar hacia ella. Que algo le pasaba era evidente, pero supuse que tenía que ver con lo que yo ya intuía.
—Hace buen día, ¿verdad? —dije antes de llegar a ella, tratando de no sonar demasiado brusca y asustarla. Ella me miró de soslayo y volvió la mirada hacia la verja.
—De poco me sirve ahora mismo, pero sí… Bonito día.
—¿Te ocurre algo?
—La cabeza me va a estallar de un momento a otro.
—Supongo que son los efectos colaterales de la marihuana —bromeé—. Después de la diversión, llegan las consecuencias. No te preocupes, yo tampoco estoy en mi mejor momento.
—No me hables del porro, te juro que lo pienso y me entran ganas de vomitar. Además, te puede oír Santana, y es lo último que queremos. ¿Verdad? A saber qué pensará de nosotras después de cómo nos hemos reído en su cara.
Totalmente verdad, pensé mientras asentía a su pregunta/consejo. Ella no debía saber absolutamente nada, al menos eso es lo que decidimos cuando nos interrumpió en plena conversación en la terraza. Mejor dicho, cuando Rachel estaba a punto de confesarme algo que realmente me interesaba. Yo aún no estaba segura de saber qué era, pero a juzgar por su mirada, y al cesar el tema cuando llegó Santana, supe que tenía algo que ver con ese tan guardado secreto que nos ocultaba a ambas.
Rachel parecía haberme elegido para compartirlo, y yo solo deseaba poder estar a solas con ella, para saber si no había cambiado de opinión, y aun pretendía hacerme participe de él.
Lo bueno de la interrupción de la matriarca mafiosa después de habernos fumado el dichoso porro, aunque apenas fuesen unas cuantas caladas, es que nos permitió divertirnos más de lo que podríamos llegar a imaginar. Y toda esa diversión provenía por la cantidad de bromas y burlas que vertimos sobre ella. Sobre Santana.
Admito que tener que soportar a dos idiotas como nosotras completamente colocadas no debía ser fácil de conseguir, y sabiendo que Santana carecía de tal paciencia, menos aún. Pero yo no me reí tanto en mi vida como lo hice aquella mañana cuando tomamos un taxi, y emprendimos el trayecto hasta aquella zona de la ciudad, donde se asentaba el estudio de fotografía de la amiga del compañero de maquillaje de Rachel en su serie. O eso creo. Lo cierto es que el trayecto hasta allí fue de lo más divertido que viví junto a Rachel, mientras Santana no paraba de cuestionarnos por nuestra actitud. Simplemente nos dejamos llevar y nos reíamos. Nos reíamos tanto que cuando llegué al estudio, tuve que volver a retocar mi maquillaje por culpa de lo que las lágrimas habían provocado en él.
No puedo describir muy bien todo lo que hicimos, porque mi memoria aún anda confusa recordando aquel trayecto. Pero que Rachel llegó a sacar la cabeza por la ventanilla para imitar a un perro, y yo me coloqué el bolso de Santana a modo de sombrero, sí que lo recuerdo perfectamente. ¡Ah!, y también de cómo Santana nos maldecía porque había perdido varias barritas de labios que guardaba en el bolso, y que lógicamente terminaron cayendo en el interior del coche gracias a mi invento del sombrero/bolso. Hasta el taxista llegó a maldecirnos. Sin contar con lo que sucedió en el estudio de fotografía, por supuesto
Tener que concentrarme en lo que la fotógrafa me exigía para que mis planos fuesen perfectos, con Santana y su cara de perro a un lado de ella, y a Rachel completamente desbordaba por las risas en el otro, fue toda una odisea. Si alguna vez tuvieron dudas de mi capacidad versátil para actuar, creo que aquella mañana acabé con todas ellas gracias a mi magistral clase de interpretación. Pero eso no fue todo. Decidimos hacer un descanso para almorzar, y la fotógrafa nos invitó a un pequeño restaurante a escasos metros de allí. Un restaurante que de noche se transformaba en pub de ambiente, según nos contó, y donde Rachel y yo volvimos a hacer de las nuestras haciéndonos doscientas mil fotos con cualquier cosa que encontrásemos a nuestro paso; No quedó servilletero, cubiertos, vasos, botellas e incluso limones que no tuviesen su foto con la gran Rachel Berry, mientras Santana seguía cuestionándonos continuamente con la mirada, completamente desconcertada y con claros síntomas de enfado por no saber qué diablos nos pasaba.
No fue hasta que volvimos del restaurante para acabar con la sesión, cuando las risas dejaron paso a un leve dolor de cabeza, y la imperiosa necesidad de dormir o buscar un lugar en el que relajarnos, se adueñase de las dos.
—Tranquila, está demasiada ocupada organizando cómo será su book.
—¿Su book? —me miró confusa.
—Le he sugerido que se haga uno. No sé, puede que quiera dedicarse a la representación, pero creo que tiene mucho potencial y le puede venir bien en algún momento. Así que ahí la he dejado, concertando una nueva sesión para ella.
—Santana no quiere actuar —replicó, y yo traté de contener la sonrisa que la haría comprender que algo rondaba por mi mente. Algo que comencé a pensar nada más salir del restaurante, y que estaba convencida de que era la mejor idea que había tenido desde que llegué allí. Pero no entraba dentro de mis planes el contárselo a Rachel, por lo que tuve que seguir fingiendo ante ella.
—Ya, bueno…Nunca viene mal tener uno —respondí sin darle demasiada importancia. Rachel me miró confusa. Intuí que sospechaba que tramaba algo, pero aun así prefirió no darle importancia.
—Si te sientes mal, tranquila, no creo que Santana tarde mucho. Así que podremos marcharnos, y en casa te relajas.
—No puedo —se quejó volviendo a tomar la verja como apoyo—. Esta tarde tengo que ir a los estudios. No sé si voy a ser capaz de soportarlo, pero tengo que hacerlo.
—¿No puedes alegar que te encuentras mal?
—No, a menos que esté muriéndome —volvió a quejarse resignada.
—Bueno, no te preocupes. ¿Ok? Seguro que se te pasa el dolor y vuelves a ser tú —traté de sonar cómplice, pero por lo visto, los daños colaterales de la marihuana eran mucho más intensos en ella. Rachel apenas me miró de soslayo, y dio una gran bocanada de aire mientras dirigía su mirada hacia el jardín vecino. Yo aproveché el momento para hacer lo mismo colocándome a su lado, ofreciéndole mi compañía por si la necesitaba— ¿No es genial que tenga un estudio de fotografía en su propia casa? —dije buscando algún tipo de conversación— Me ha dicho que utiliza prácticamente todas las estancias a modo de escenarios según las sesiones.
—Es original, y seguro que le saca bastante beneficio —apuntilló ella—. Además, nunca llega tarde a su lugar de trabajo.
—Seguro. Me gusta esa moto —señalé hacia uno de los laterales, donde una imponente moto negra parecía servir de atrezo.
—A mí me gusta esa casa —replicó señalándome hacia el jardín vecino, donde una cuidada y coqueta casita de árbol presidía el lugar—. Siempre quise tener una en mi casa, pero no teníamos árboles en el jardín y mis padres se negaban a plantarlos. Ha sido una de mis grandes frustraciones.
—Es bonita —dije centrándome en la misma—. No te preocupes, cuando tengas tu casa y una familia, podrás tenerla para que tus hijos jueguen en ella.
—¿Una familia? —cuestionó con algo de sarcasmo—¿De verdad crees que algún día tendré una familia?
—Por supuesto. Siempre te he imaginado viviendo en una casa así, con su jardín y probablemente un perro, o dos. Tendrás una hija que será exactamente igual a ti. Y serás quien organice los teatros en el colegio para que puedan actuar y disfrutar como tú lo hacías. Es más, te veo siendo la presidenta de las asociaciones de padres de alumnos.
—¿Qué? —me interrumpió completamente confusa. Yo la miré y sonreí— ¿Sigues colocada?
—No. Solo te digo lo que intuyo que va a sucederte en el futuro. Vas a ser muy feliz, y vas a tener una familia perfecta. Estoy completamente convencida.
—Me alegra que tengas tan buenos pensamientos respecto a mi futuro, pero me temo que andas un poco equivocada.
—No, no lo estoy. Vas a ser feliz, Rachel. Te lo aseguro.
—No asegures algo que no sabes si va a suceder —me replicó cambiando el tono y mostrándose algo más seria—. Ya no creo que el amor dure para siempre. De hecho, ni siquiera creo que el amor de un padre sea para siempre. He vivido tantas cosas en mi vida que no puedo creer en nada de eso.
—Pero eso no es excusa. Es más, haber vivido todo eso de lo que hablas te puede incitar a demostrar que todos se equivocan. ¿Recuerdas? Eras la chica que lograba los imposibles, que alcanzaba sus sueños a pesar de las trabas. No creo que alcanzar la felicidad personal suponga una odisea imposible para alguien como tú —dije ganándome su atención. Rachel dejó de mirar la casita del vecino para centrarse en mí—. Estoy convencida de que hay alguien en este mundo que logrará conquistarte y darte todo eso que los demás te han hecho creer que no existía. Y si quieres, hacemos una apuesta aquí, ahora mismo.
—¿Otra apuesta? Te recuerdo que me debes una cena.
—Cierto. Pero esta vez no será algo tangible. Solo quiero que confíes en mí cuando te digo que vas a ser feliz. Si sueñas con tener una casita de árbol en un jardín como ese, y que el amor de tu vida te regale una rosa cada mañana al despertar. Te aseguro que lo tendrás.
No dijo nada. Me regaló una tímida sonrisa mientras me ofrecía su mano para certificar oficialmente aquella apuesta. Yo accedí igual de sonriente y tomé su mano con decisión, sin apartar mis ojos de los suyos.
—Si lo consigo, tendré que invitarte a cenar yo —dijo sin dejar de mirarme—. Y no me importa que digas que es una apuesta sin premio. Yo te invitaré a cenar en mi perfecta casa. ¿De acuerdo?
—Trato hecho.
—Pero si no lo consigo…—añadió tras humedecer sus labios y tomar una bocanada de aire que me llegó a provocar algo de intriga.
—Si no lo consigues, ¿Qué?
—Si no lo consigo por mí misma en…diez años, tendrás que volver a mi vida y ayudarme a conseguirlo.
—¿Diez años? ¿Ese es el tiempo límite? —cuestioné sin ser consciente de lo que parecía querer decirme. Una propuesta que no logré comprender hasta tiempo después.
—Diez años.
—Trato hecho. Aunque solo espero no tener que volver a tu vida.
—¿Cómo?
—Espero seguir en ella —apuntillé logrando que su tímida sonrisa dejase de ser tímida e iluminase todo su rostro. A pesar de las leves ojeras que empezaban a dar muestras de su malestar.
—Ojalá que así sea —añadió justo cuando el insoportable torrente de voz de Santana nos interrumpía reclamando nuestra atención.
—¿¡Qué hacéis ahí!? —la escuchamos gritar desde el porche del jardín—. Aquí no hay paparazis, así que dejar de hacer manitas. Me estáis avergonzando.
—Idiota —mascullé
—Deja de insultarme —me ordenó sin abandonar su lugar—. ¡Vamos!, tenemos que marcharnos ya. Tengo cosas que hacer.
No dije nada, simplemente miré a Rachel y vi como ella, al igual que yo, se resignaba a seguir recibiendo las continuas burlas de nuestra querida amiga. Burlas que llegaron una vez que le confirmé que no iba a marcharme de la ciudad, y acabaría con cualquier mínima posibilidad para que triunfase en el mundo de la representación. Porque antes de saberlo se mostró completamente educada. Y muy, muy atenta conmigo. Demasiado, de hecho.
No le dimos importancia. Hicimos caso de su petición y ambas abandonamos el coqueto jardín para regresar al interior, y despedirnos de la fotógrafa hasta que al menos tuviese preparado mi book. Después retomamos el trayecto de vuelta al apartamento en un taxi que Santana se encargó de pedir. Y fue allí, en el interior del mismo y mientras ella nos contaba la propuesta para su sesión de fotos, cuando mi vida volvía a dar un giro de 180º, y me colocaba frente a un nuevo camino que yo cada día veía más y más alejado.
El teléfono de Santana comenzó a sonar, y tras varios segundos buscándolo en el interior del bolso, atendió la llamada mientras Rachel y yo guardábamos silencio. Apenas estuvo hablando dos o tres minutos, y siempre utilizando monosílabos que nos ayudaba en nada a saber quién era y qué quería. De nuevo esos minutos que pueden pasar desapercibidos a lo largo de una vida, volvían a ser cruciales en la mía.
Santana miró a Rachel que se encontraba a su derecha tras colgar la llamada, y luego me miró a mí con una incipiente sonrisa dibujándose en sus labios.
—¿Cuándo decías que tienes que ir a Lima?
—Eh, el fin de semana.
—Ok. Tengo que ir a visitar a alguien, y luego voy a conseguirte los billetes de vuelo y te los llevaré al apartamento. El lunes tienes que estar de vuelta.
—¿El lunes? ¿Por qué?
—Porque tienes un casting que atender —respondió soltando por fin la sonrisa que contuvo. Admito que realmente me sorprendí, pero quien de verdad parecía emocionada por tal noticia era Rachel. Fue ver como Santana terminaba de hablar, y dejó escapar un grito que incluso llegó a asustar al taxista.
—¡Berry! —exclamó Santana y con razón. El grito de Rachel había sido a escasos centímetros de su oído, por lo que era más que evidente que le había molestado más que al resto—. Si me vuelves a gritar tan cerca, te doy un bocado en la nuez y me hago un silbato con ella. ¿Entendido?
—¡Pero es genial! ¡Ya tienes el casting! —replicó ignorando la amenaza de la mafiosa.
—¿Es el lunes? —cuestioné yo.
—Si, a las 5 de la tarde, así que más te vale estar aquí por la mañana. No me lo puedes negar, soy la mejor representante del mundo.
—Pues…veo que sí, que sabes manejarte bastante bien.
—Si me lo dices un poco más animada creeré que estás en un funeral —me recriminó— ¡Espabila, Fabray! Ya tienes tu oportunidad. Deberías estar emocionada…Como la gallina gritona de aquí al lado —señaló a Rachel, que seguía ignorando los impertinentes insultos, y seguía mirándome con una emoción en su rostro que no podía llegar a asimilar. Yo sabía que estaba entusiasmada con la idea de que me diesen esa oportunidad, pero no era consciente de como parecía importarle, hasta que pude observarla en aquel instante. De hecho, puedo confirmar que estaba mucho más excitada que yo.
—Lleváis toda la mañana riéndoos sin parar, haciendo el idiota y ahora que te doy una buena noticia, me pones cara de perro. ¿Qué diablos te pasa?
—Nada, no me pasa nada. Es solo que no me lo esperaba.
—¿Qué no te lo esperabas? ¡Hey! Señor —se dirigió al taxista acercándose a él entre los dos asientos delanteros— ¿Cree que tengo cara de decir cosas que no se van a hacer realidad? Porque aquí la hueca de mi representada, piensa que sí.
—No, en absoluto, señorita —respondió el tipo, más interesado en caerle bien que en decir la verdad. Las miradas a través del espejo retrovisor hacia las piernas de Santana bien lo demostraban.
—¿Lo has oído? —volvió a mí— Él, que ni siquiera me conoce, sabe que siempre cumplo con mi palabra. Y tú que me conoces desde pequeña, dudas. No me lo esperaba.
—Deja de dramatizar —la interrumpí fingiendo alegrarme—. Estoy contenta, es solo que estoy cansada y me duele la cabeza. Lo celebraré cuando consiga superar el casting. ¿De acuerdo?
—Aburrida —masculló justo cuando ya llegábamos al apartamento de Rachel—. Vamos, salid de mi vista —añadió casi obligándonos a bajar del taxi—. Luego te veo para entregarte los billetes —me dijo—. Y tú, cambia esa cara también. No dejes que los de la Fox te vean así, si no quieres que cancelen la serie —miró a Rachel, que ni siquiera le prestó atención mientras abandonaba el taxi.
Yo no dije nada más. Me bajé del taxi logrando así la tan ansiada calma que empezaba a necesitar, y que con Santana a mi lado era imposible.
Por supuesto que sabía que lograría ese casting para mí, pero desde que llegué a Los Ángeles, mejor dicho, desde que emprendí el promance con Rachel, no pensé demasiado en ello. Era algo que estaba ahí, pero de lo que no quería hablar. Sin embargo, no parecía sucederles lo mismo a ambas, tanto a Santana como a Rachel. La primera, porque me demostró que evidentemente iba a cumplir su palabra al regalarme una oportunidad importante antes de decidir abandonar por completo mi patética carrera como actriz. Y Rachel, por la emoción exorbitada que mostró al saber que tenía esa oportunidad, casi como si fuese ella la que optaba al papel.
Ninguna de las dos sabía que mis planes habían cambiado un poco respecto a la versión original, pero aún no había llegado el momento de decirlo. No hasta que todo estuviera perfectamente organizado.
Rachel, a pesar de la excitación que mostró en el interior del taxi, no me dijo nada cuando ya comenzábamos a andar hacia su casa, y veíamos como el coche se alejaba con Santana en su interior. Fui yo quien tomó la decisión de hacerlo.
—¿Te encuentras mejor? —le pregunté colocándome a su lado.
—No mucho. La cabeza sigue sin dejar de dolerme. ¿Crees que debería tomarme algo? Quiero decir. ¿Será peligroso mezclar alguna pastilla con los efectos de…?
—No creo que sea peligroso —respondí sin saber a ciencia cierta si tenía o no razón—. Pero por las dudas no deberías experimentar.
—Ya…Me lo temía.
—¿Te molesta la luz? —pregunté y ella me miró un tanto confusa.
—¿La luz? Pues…No, no mucho. Es más como si estuviesen golpeando mi cabeza continuamente. No sé explicarlo.
—¿A qué hora te tienes que marchar? —volví a cuestionar provocando su confusión. Evidentemente, no sabía cuál era el motivo que me llevaba a preguntarle aquello, y que empezó a rondar por mi cabeza justo cuando dejamos toda la costa de Santa Mónica atrás en el taxi.
—Pues…Sobre las 4 más o menos.
—Ok. Te da tiempo a relajarte un poco, pero necesitas aire… No encerrarte en el apartamento. Eso te va a agobiar más.
—¿Qué propones? Hace un poco de calor.
—¿Playa? —musité y ella se detuvo en mitad de la acera mientras me miraba— Podemos dar un paseo, o tal vez irnos al muelle…Donde me llevaste la otra mañana, ¿recuerdas? Seguro que la brisa del mar te viene bien, y más tranquila que allí no vas a estar en ningún lado.
Confieso que no creí que fuese a aceptar la idea tan rápido, pero apenas le bastó mirarme por algunos segundos y comprobar la hora en su teléfono. Diez minutos más tarde, mis pies descalzos ya sentían el frescor del océano Pacífico mientras caminaba por la orilla de la playa en dirección hacia el muelle. Ella lo hacía a mi lado, permitiendo que sus pies también terminasen mojados, pero con el gesto completamente diferente a como había estado prácticamente toda la mañana.
Pensativa, seria y algo cansada. Supe que el dolor de su cabeza estaba pasándole factura de veras, pero tenía la esperanza que el buen tiempo y el aire que llegaba desde el mar, pudiese aliviarle un poco.
—Quinn —interrumpió el silencio en nuestra caminata—. ¿Estás segura de que quieres hacer el casting? No te he visto muy convencida.
—Me ha pillado de sorpresa. No esperaba que Santana pudiese conseguirlo, nada más.
—Eso no me responde a mi pregunta —añadió curiosa—. ¿Quieres o no quieres hacerlo?
—Lo voy a hacer—respondí aun sin contestar exactamente lo que ella quería escuchar—. Siempre cumplo mi palabra.
—Eso es que no quieres hacerlo. ¿Verdad?
—Sí quiero hacerlo —contesté al fin—. Quiero hacerlo y demostrar que realmente puedo ser actriz. Solo es eso. Me ha pillado de sorpresa, y ya sabes que no soy muy amante de las sorpresas.
—Si llegan de la mano de tortitas o patatas asadas, sí que lo son —bromeó por primera vez desde que abandonamos el estudio de fotografía, y yo me alegré. Era buen síntoma sin duda.
—Eso no son sorpresas —dije alargando el tono agradable de nuestra conversación—. Eso son declaraciones de amor que hacen que te ame para toda la vida.
—Bien, lo tendré en cuenta —sonrió comprendiendo que todo seguía siendo una broma. Algo que en otra ocasión no habría hecho sin duda—. ¿Podemos sentarnos un rato ahí, bajo el muelle? La sombra nos vendrá bien —añadió señalando hacia el mismo, que ya aparecía ante nosotras a escasos metros.
—Entraba dentro de mis planes.
—Perfecto. Has tenido buena idea. Si me llego a meter en casa no estoy segura de si iba a tener fuerzas para salir luego.
—Lo sé. A mí me sucede lo mismo cuando me encuentro mal, y sé que tengo que salir a algún sitio importante. Te metes en casa y tener que salir se hace mucho más duro. Tienes mucha suerte de tener la playa tan cerca. Verás cómo dentro de un rato te encuentras mucho mejor.
—Si por ti fuera tendría que vivir justo aquí. ¿Verdad? —bromeó al tiempo que se dejaba caer en la arena, cuando la sombra del muelle ya nos protegía.
—¿Bajo el muelle? No, mejor no. Pero admito que cada día que pasa me gusta más este lugar. Creo que podría acostumbrarme fácilmente a vivir aquí, y eso que adoro New Haven.
—¿Lo echas de menos?
—Mucho —respondí sentándome a su lado. Ella terminó por tumbarse utilizando el bolso como almohada, sin importarle llenar su ropa de arena o que algunas gaviotas merodeasen entre los postes.
—¿Cómo es Caroline? —me preguntó sorprendiéndome— Apenas hablas de ella y cuando lo haces, solo mencionas frases o consejos que te suele dar.
—Digamos que es como mi psicóloga personal —respondí sin poder evitar acordarme de ella.
—¿Psicóloga? ¿No es veterinaria?
—Sí. Cuando digo que es mi psicóloga me refiero a que suele darme muchos consejos aún sin saber que me los da. Es una persona muy cauta, muy responsable a pesar de lo que pueda decir Santana. Ella vive por y para los animales y eso demuestra que es una persona con gran corazón. Y todo en la vida lo relaciona con ellos. Te parecerá increíble, pero no te haces una idea de lo que puedes llegar a aprender de alguien así.
—Escuchándote hablar de ella, me lo imagino.
—No somos grandes amigas, de hecho, simplemente somos compañeras de apartamento, pero te aseguro que es la persona más sensata de cuantas he tenido la oportunidad de conocer, y eso es más que suficiente para sentirte bien viviendo a su lado. Además, tiene una paciencia infinita. Yo creo que me lo ha contagiado, sin duda. Dicen que lo bueno de conocer a las personas es que tienes la oportunidad de adquirir, de contagiarte de lo bueno que tienen, de sus virtudes. Y yo cada día aprendo más y más de ella.
—Vaya…—balbuceó obligándome a que la mirase.
—¿Qué?
—Me da envidia que hables así de ella. Ojalá yo hubiese aportado tanto en tu vida.
—¿Quién dice que no lo hayas hecho?
—No hablas así de mí, y además…Soy consciente de que no puedo aportarte esas cosas que Caroline si consigue.
—Primero, eso de que no hablo así de ti es algo que te estás inventando porque no lo sabes. Caroline tampoco sabe que hablo así de ella. Y segundo, cada persona que pasa por mi vida me aporta cosas. Tú no vas a ser menos.
—Pero no de igual forma que Caroline.
—Por supuesto que no—la interrumpí—¿Sabes cuál es la diferencia entre ella y tú? —cuestioné provocando su curiosidad. Ella no habló, simplemente guardó en silencio mirándome—La diferencia es que ella tarde o temprano se marchará de mi vida. Y solo me quedará ese aporte que me ha regalado. Tú no, tú no te vas a marchar de mi vida, o al menos eso espero. Y por eso mismo voy a seguir aprendiendo y adquiriendo cosas tuyas.
—Nunca hemos estado tan unidas como ahora, pero ¿qué te hace pensar que cuando todo esto acabe lo seguiremos estando?
—Pues, me hace pensar el ver cómo ha sido toda nuestra vida juntas. No importa cuánto nos separemos, si discutimos o nos reconciliamos, si desaparecemos, si no nos hablamos por meses e incluso por años. Siempre estás en mi vida, Rachel. Siempre vuelves a aparecer sin importar si el momento es bueno o malo. Y si quieres que sea honesta, espero y deseo que siga siendo así.
No dijo nada. Me miró por algunos segundos algo conmovida por mi discurso, y tras ello se reincorporó para lanzar la mirada hacia el mar. Yo tampoco dije nada, porque comprendí que ese silencio era uno de esos momentos en los que no necesitas hablar para sentirte bien. Acababa de confesar que me gustaba, que deseaba tenerla en mi vida y no me importó en absoluto hacerlo, es más, me sentí bien, muy bien y liberada. Otra virtud que me enseñó Caroline; Dejar que el corazón hablase sin más, sin temor por ser juzgada de alguna forma. Yo sabía que Rachel no me juzgaría por confesarle mis verdaderos sentimientos hacia ella, aunque sí supe que no terminaba de creerlo por culpa de aquella estúpida inseguridad que rondaba por su mente en aquellos días, y que yo me empeñé en destruir.
Rachel Berry no podía ser insegura. Rachel Berry no tenía motivos para ser insegura, y yo iba a convencerla de ello, aunque fuese lo último que hiciera. Bueno, tal vez no tanto, pero sí iba a poner todo mi empeño en lograrlo, sin duda.
Un empeño que en aquel instante logró algo que aún no había olvidado, pero que ya daba por perdido. Al menos en aquel día.
Su confesión. Su confianza. Su tranquilidad. Su paz.
No tenía ni idea lo que rondaba por su mente, pero verla bajar la mirada y como se abrazaba a sus rodillas, me alertó. No lo dudé. Me deslicé hacia ella para sutilmente acariciar su espalda con cariño, haciéndole ver que me tenía justamente ahí, y que si lo necesitaba yo podría ser su psicóloga personal. Yo podría ser su Caroline.
No lo fui. Fui Quinn Fabray. Su Quinn Fabray.
—¿Necesitas hablar? —susurré viendo como el tiempo pasaba y no se decidía.
—No, no necesito hablar—me miró con el brillo en sus ojos presagiando lo peor—Lo que necesito es volver a atrás, que el tiempo se congele cuando todo estaba bien, cuando todo lo que me movía era la ilusión por triunfar.
—Sigues teniendo esa ilusión, ¿No? Es por eso que quieres triunfar aquí, en esta ciudad.
—No Quinn—me interrumpió— Yo ya no tengo ilusión por nada. Yo ya no creo en nada de lo que antes me hacía seguir luchando.
—No te entiendo, Rachel. Tú sigues luchando por lograr tus objetivos. No paras de hacer otra cosa más que luchar.
—Pero no lo hago por la ilusión, sino por miedo.
—¿Miedo? ¿Miedo a qué?
—Miedo a terminar mi vida completamente frustrada, y evitar que quienes me rodean no logren ser felices. Tengo, tengo mucha carga sobre mis hombros, Quinn. Me he equivocado, he cometido errores que ahora pueden destruir todo lo que he conseguido, y lo que es peor, hacer daño a mi familia, a mis amigos.
—No, no entiendo nada—balbuceé realmente preocupada. No solo por lo que decía, sino por como lo decía. Por las lágrimas que volvían a aparecer en sus ojos y la voz completamente quebrada que tanto me dolía escuchar. Me rompía el corazón, de hecho.
—¿Sabes cómo era mi vida en New York? —me preguntó y yo dudé. No sabía si quería que respondiese o no, obviamente yo sabía cómo era así que supuse que en cierto modo tenía algo de retórica, y simplemente esperé pacientemente—Al principio todo era un caos, lo pasé mal en mis primeros años de NYADA, conocí a gente que no me iban a traer nada bueno y me plantee muchas veces rendirme y abandonar. Fueron Kurt y Santana quienes me apoyaron lo suficiente como para continuar. Y gracias a ellos, a la confianza que me regalaban, tuve el valor de alcanzar uno de mis sueños—me miró emocionada—Cuando estrené Funny Girl fue el mejor momento de mi vida. Estaba feliz, y durante varios meses me sentía como una verdadera estrella. La gente me aplaudía tras cada función, firmaba autógrafos, me invitaban a cenar, a bailar…Que se yo, todo era perfecto. Tal y como esperaba que fuera la vida de una estrella que acaba de comenzar su carrera. Pero entonces cometí un error.
—¿Un error? —balbuceé justo cuando ella trataba de evitar que su voz temblase.
—Me creí alguien que no era, y me dejé llevar por mis aires de diva. Un día me presenté ante el Señor Rivkin y le dije que quería probar en el cine o en la televisión.
—¿Quién es el señor Rivkin?
—Era mi agente, mejor dicho, el director de una de las agencias de talentos más importantes de Nueva York. Yo pensaba que me iba a apoyar, pero lo que me dijo me dejó muy mal, Quinn.
—¿Qué te dijo?
—Que mis cualidades físicas no eran las adecuadas para el cine o la televisión. Que mi cara no merecía estar expuesta de esa manera.
—Oh dios… ¿De verdad te dijo eso? Ese tipo es un completo estúpido. No puedes sentirte mal por lo que te diga un idiota que se cree…
—No acaba ahí la historia—me interrumpió lanzando la mirada hacia el mar— Aquello realmente me puso mal, Quinn. Era, era la primera crítica de alguien importante, y no me decía otra cosa más que me conformase con seguir en el teatro. Y eso me llevó a cometer otro error aún más grave. Un par de semanas después, Lee Paublatt apareció en mi camerino. Él era productor de la Fox, y me ofreció una prueba para una serie de televisión.
—Oh, sí, eso sí lo recuerdo. Santana me comentó que te habías librado de ser despedida porque ella hizo tu función mientras tú estabas aquí haciendo el casting, ¿No es cierto?
—Así es. El señor Greene que había producido Funny Girl, se enteró de que le había mentido para poder escaparme y me amenazó.
—¿Te amenazó?
—Me dijo que, si volvía a jugársela de aquella manera, me denunciaría por incumplimiento de contrato y además… Me dejó entrever que podría hacer que nunca más volviese a trabajar en Broadway.
—No, no, es imposible… ¿Te dijo eso de veras?
—Sí —susurró resignada—. Yo estaba asustada, muy asustada, y para colmo aquel día el señor Paublatt me dijo que no contaban conmigo para la serie, pero que, sin embargo, habían empezado a pensar en algo que me iba a gustar. Querían hacer un proyecto a largo plazo conmigo. Desarrollar un personaje basado en mi personalidad, y yo acepté. Acepté porque pensé que no supondría inconveniente alguno. Ellos se iban a trasladar a Nueva York para seguirme, y tener reuniones mientras yo seguía en Funny Girl. Todo calzaba a la perfección, y creí…Ilusa de mí, que el señor Greene no se enteraría de tal cosa hasta que no acabase mi contrato.
Me vine a los Ángeles a rodar cuando ya acabé la obra y dejé de tener relación profesional con el señor Greene. Después del rodaje regresé dispuesta a seguir trabajando en otras obras. Tenía un año por delante hasta que la serie estuviese lista para ser emitida. Pero ya nada fue lo mismo en Nueva York—musitó con las lágrimas cayendo por sus mejillas—Hice varias audiciones y en todas, después de darme el sí, me llamaban a los pocos días para rectificar y decirme que no entraba dentro del perfil que necesitaban. Yo por entonces ya no pertenecía a la agencia del señor Rivkin, y Shelby me recomendó a George como agente. Él hizo todo lo posible por encontrar obras para mí, y logró una prueba el Mago de Oz.
—Ahí si te aceptaron. Te vi en cartelera.
—Sí, ahí si me aceptaron. Empecé los ensayos y estrenamos la obra con un éxito rotundo. Yo volví a creer que todo iría bien, pero 3 meses después del estreno, me citó el productor y me dijo que iba a rescindir mi contrato. Que no podía seguir siendo Dorothy a pesar de tener cubierta las ventas de las entradas por varias semanas de adelanto. Fue un shock para mí. No, no me dieron explicación alguna, más que no podían seguir contando conmigo. Me pusieron un cheque encima de la mesa con muchísimo dinero para pagar la rescisión del contrato, y me invitaron a no volver jamás. Solo, solo me prometieron que no comentarían las razones de mi despido para no perjudicarme. Así que alegarían que simplemente había cumplido un contrato como buena profesional. Por eso todo el mundo piensa que mi participación en la obra solo duraba 3 meses, porque tendría que regresar aquí para seguir con mi trabajo en la serie.
—¿Qué? Pero eso no tiene lógica alguna. ¿Te despiden sin razones, pero a la vez se preocupan por tu imagen pública?
— Eso mismo pensamos George y yo. Todo el mundo creyó que simplemente había cumplido el contrato, pero lo cierto es que me echaron.
—¿Te estaban utilizando? —cuestioné siendo esa la única razón que encontraba a aquel hecho.
—No lo sé, supongo…Pero todo tenía un motivo. Y lo supimos cuando George averiguó que el señor Greene estaba detrás de cada oportunidad rota y de mi despido.
—No.
—Sí —replicó con la voz quebrada y el temblor en sus labios presagiando el llanto. Suspiró llenando sus pulmones con una gran bocanada de aire y me miró—. Fui a hablar con él, con el Señor Greene, y me dijo que él no estaba haciendo absolutamente nada, solo responder a las dudas que los demás productores le preguntaban acerca de ella cuando hacia audiciones para sus obras. Básicamente les estaba hablando mal de mí a quienes le preguntaban. Y por lo visto, al ser joven y no tener un gran curriculum, interesarse por cómo trabajan las actrices antes de contratarlas es algo habitual.
—Hijo de…
—Me dijo que jamás hablaría bien de mí por haberle mentido como lo hice. Porque él sabía que había estado tratando con el señor Paublatt mientras tenía contrato con él. El director de la agencia también estaba al tanto de mi juego y manejaba sus armas por su lado. Cuando quise darme cuenta tenía a dos de las personas más influyentes de Broadway en mi contra, Quinn. Y no solo en la mía —sollozó—. El señor Greene me dijo que mientras él viviese y yo siguiera en Nueva York, no hablaría bien de mí, ni de quienes me rodeaban, entre ellos Kurt, Blaine o Santana. Que si quería triunfar tendría que hacerlo lejos de allí. De esa forma no me perjudicaría, ni a mí ni a mi gente.
—Oh dios…
—Fue horrible, Quinn.
—Ok, ok…pero no tienes que venirte abajo, ahora estás aquí y vas…
—No, ¿Sabes lo que sucedió después de eso? —me interrumpió aferrándose aún más a sus rodillas y yo temblé por no saber qué más le había sucedido—. El señor Paublatt me llamó para decirme que no iba a continuar al frente del proyecto que habíamos rodado, y que todo pasaba a manos de otros dos ejecutivos, los que vistes en el festival, y ellos no estaban convencidos de lanzar la serie. De hecho, aún siguen buscando alternativas para sacarle un beneficio que dicen que no tiene. ¿Sabes lo que eso significa? —No respondí, porque la retórica volvía a aparecer en aquella pregunta—. Significa que la única oportunidad que tengo de triunfar lejos de Nueva York, se está yendo al garete. Y que voy a terminar jodiendo el futuro profesional de Blane, Santana y de Kurt. Y quién sabe si ahora también peligra la tuya.
—No, no. Olvídate de eso, Rachel. No vas a poner en peligro el futuro profesional de nadie, y tú vas a triunfar.
—No —volvió a interrumpirme—. No hables sin saber cómo está todo, Quinn. No sé cuántas reuniones llevo asistidas y en todas salgo con las mismas dudas, e incluso más. A día de hoy todo apunta a lo peor, y no puedo volver a New York. El promance era una opción, tal y como te dije, para adquirir una imagen pública y alentar a los productores. Pero no estoy segura de que vaya a resultar positivo.
—Rachel…—Susurré sin saber cómo consolar el llanto que ya la invadía. Solo me salía acariciar su espalda y tratar de animarla quitándole importancia. Pero lo cierto es que sí que la tenía. De hecho, era demasiada la presión que parecía llevar en su consciencia por culpa de guardar aquello—. Tendrías que habernos dicho esto mucho antes.
—No, no podía, Quinn. No puedo decirle a Santana que el señor Greene me hizo abandonar Nueva York por miedo, porque seguro que ella se enfrenta a él y todo se complicaría. Tampoco quiero meter a Kurt en esto, ni a Shelby. Solo, solo George lo sabe y por eso estaba de acuerdo en el promance. Él está luchando por conseguirme papeles y todo lo que sea que me haga al menos asentarme aquí. Y a ti…Bueno, no quería meterte en éste lio tampoco, pero me siento en deuda contigo por todo lo que estás haciendo por mí.
—No tienes deudas conmigo, Rachel. Yo solo quiero poder ayudarte, nada más. Me preocupa verte así porque tú siempre has sido una persona muy vitalista. Siempre has sido quien nos aconsejabas a los demás, quien nos empujaba a seguir caminando. Verte así me rompe el corazón. Y no solo a mí, también a Santana. Ella realmente está preocupada por ti. Ella sabe que algo te sucede, y quiere ayudarte…
—No, no —me interrumpió—. Me tienes que prometer que no le vas a decir nada. Me tienes que prometer que me guardarás el secreto, por favor.
Dudé, pero su mirada ayudó a decidirme.
—Cuenta conmigo —susurré tratando de ser cómplice con mi sonrisa. Imaginé que lo conseguí, porque después de ello regresó la mirada hacia el mar, y dejó escapar un suspiro que me invitaba a ser paciente.
—Fui yo quien le propuso a Santana que fuera representante, y cuando le dije que necesitaba un promance, dejé que fuera ella quien se encargase para poder ayudarle sin tener que confesarle todo. Ella vale para este mundo, y quiero que encuentre una estabilidad y triunfe por sus propios méritos. Ahora que es tu representante tiene mucho más ganado, y está más lejos de toda esa mierda. Y si consigues ese papel, todo será mucho mejor. Si se hace fuerte no tendrá problemas con nadie, y mucho menos con el señor Greene ni con Rivkin.
—Estás…Estás sacrificando tus sueños en Nueva York por los demás.
—También lo hago por mí. Me duele vivir sin Broadway, pero sería mucho peor si me tengo que apartar de todo este mundo. Yo, yo no sé hacer otra cosa, Quinn. Sé que aprendería a defenderme con lo que sea, pero toda mi vida en luchado por dedicarme a esto, y no hacerlo es como si me quitasen la vida. Y no, no estoy siendo exagerada, ni egoísta, ni loca…Es, es solo mi mundo. Es como si a un escritor le quitan su imaginación, o a un pintor sus colores. Es como si me quitasen la voz, como si me cortasen las alas—me miró completamente devastada—Seguiré viviendo, pero nunca más seré yo. Y eso me aterroriza. Por eso te pedí que te quedases en casa, aunque no sigamos con el promance—me miró apenada—Desde que estás, al menos ya no me paso las noches llorando. Si, si ahora lloro es porque discuto contigo, y créeme…Es mil veces mejor llorar por eso, que por el miedo.
La interrumpí y lo hice sin palabras, solo con un gesto. No supe por qué, tal vez porque volvía a dejarme llevar por el corazón y no por la cabeza. Alcé mis manos hasta rozar su mejilla y sin más dejé un beso sobre ella, notando como las lágrimas empapaban mis labios. Ella me miró conmovida, y algo sorprendida, además, justo antes de regalarme una tímida sonrisa que me cautivó.
—No te preocupes por nada, Rachel —susurré sin apartar mi mano de su mejilla—. Confía en ti como lo has hecho siempre. Yo no voy a permitir que nadie te corte esas alas, ¿Ok?
—¿Lo prometes? —musitó vagando con sus ojos sobre los míos. Yo ni lo pensé, aun sabiendo que no tenía ni idea de lo que hacer o cómo hacerlo. Simplemente sabía que no lo iba a permitir, y que no podía defraudarla.
Rachel Berry había nacido para alcanzar su estrella, para conseguir hacer realidad todos sus sueños, y eso era algo que todas, cada una de las personas que la había conocido sabía con rotundidad. Y yo no podía permitir que alguien estuviese interponiéndose en su camino de aquella manera y provocándole un miedo que empezaba a afectarla psicológicamente. Porque sus cambios de humor, sus repentinas lágrimas por cualquier motivo absurdo que surgiese, no tenían excusa alguna más que la del miedo y la presión que soportaba sobre sus hombros. Fue entonces cuando lo comprendí. Fue entonces cuando supe que tenía que hacer algo, sí o sí.
—Lo prometo —aseguré justo cuando noté como su cuerpo se aferraba al mío, y buscaba el abrazo que yo también necesitaba regalarle para confortarla de alguna manera. Por supuesto, fue ella quien dio aquel primer paso, recordándome que aún seguía ostentando aquella maravillosa cualidad de su personalidad. Ella siempre daba el primer abrazo, y eso me demostró que Rachel, mi Rachel Berry, a pesar de todo aún seguía allí.
