Capítulo 15
Udon no la reconoció.
Habían acordado reunirse a las puertas de un supermercado la tarde siguiente, y Hinata había llegado más de una hora antes para comprobar si había algo sospechoso. Ella odiaba no ser capaz de confiar plenamente en Udon, pero había demasiado en juego.
Vio como Udon llegaba en su querido Chevelle 66. Al oír el ruido similar al de una tos que hacía el coche, dos hombres de mediana edad lo miraron envidiosos.
Pobre Udon. Quería atraer a las mujeres, pero en cambio su coche atraía a diversos hombres. Desde la última vez que ella lo había visto, había hecho algunos trabajos adicionales en el Chevelle; ahora estaba pintado, realmente del mismo color rojo brillante de los coches de bomberos.
Él estacionó al final de una calle y esperó. No había aparecido nadie sospechoso en esa hora que Hinata había pasado esperando, pero aún así esperó.
Tras quince minutos más, bajó de la camioneta y caminó sobre la nieve que había caído desde que llegó al estacionamiento, aún continuaba nevando, y los copos bailaban y se arremolinaban por el viento. Se acercó al Chevelle y golpeó la ventana.
Udon bajó la ventanilla unos centímetros.
—¿Sí, qué quiere? —preguntó con un poco de impaciencia.
—Hola, Udon —dijo ella, y los ojos de él se agrandaron por el susto. Él bajo corriendo del coche, resbalándose un poco y se agarró a la puerta para evitar caer.
—Dios mío —mascullo—. Dios mío.
—Es una peluca —dijo ella. Llevaba una rubia, con una gorra de béisbol y gafas de sol. Sumado a eso la pérdida de más de quince kilos y nadie que la hubiera conocido la reconocería.
La mirada alelada de Udon la recorrió desde los pies, pasando por los pantalones y la cazadora vaqueros, y volviendo a su cara. Su boca se abrió, pero ningún sonido salió. La punta de su nariz se puso roja.
—Dios mío —dijo nuevamente.
De improviso se arrojó sobre ella y la envolvió con los dos brazos, sosteniéndola firmemente mientras se balanceaba de un lado a otro. Hinata había estado durante demasiado tiempo al borde de un ataque de nervios; su primer instinto fue darle un pisotón en los pies. Pero entonces él hizo un sonido estrangulado, sus hombros se agitaron, y ella comprendió que él estaba llorando.
—Shh —dijo ella suavemente, mientras ponía sus propios brazos alrededor de él—. Está bien —Se sentía extraña al permitir que la tocaran y al tocar a alguien a cambio. Había pasado tanto tiempo sin contacto físico que se sentía torpe y hambrienta.
—He estado tan asustado —dijo él contra su gorra del béisbol, con voz temblorosa—. Sin saber si estabas bien, si tenías un sitio donde estar.
—A veces sí, a veces no —dijo ella, mientras le daba golpecitos en la
espalda—. La primera semana fue la peor. ¿Crees que podemos entrar en el coche?
No quiero llamar la atención.
—¿Qué? ¡Oh! Claro —él caminó alrededor del coche para abrirle la puerta del pasajero, una cortesía que la emocionó.
Él todavía era alto y delgado, aún se le resbalaban las gafas hasta el final de la nariz, pero en varios detalles pequeños se notaba que maduraba. Sus hombros parecían un poco más pesados, su voz había perdido algo de su tono juvenil, e incluso su barba incipiente, era un poco más espesa. La virilidad le sentaba mucho mejor que la niñez; cuando otros hombres de su edad pelearan contra la curva de la felicidad, Udon aún estaría delgado.
Él se deslizó tras el volante y cerró la puerta de golpe, entonces se volvió a examinarla. Sus ojos estaban todavía húmedos, pero agitó la cabeza con asombro.
—No te habría reconocido —admitió él con temor—. Pareces más pequeña.
—Adelgacé —lo corrigió ella—. Pero soy tan alta como antes. Más alta —dijo ella señalando los cuatro centímetros de los tacones de sus botas.
—Estupendo —dijo él, mirándolos y pestañeando con fuerza.
Él miro fijamente sus propios pies, y ella pensó que él podría volverse pronto un hombre de botas. No había nada como las botas para dar a un hombre seguridad. O viniendo al caso, una mujer; definitivamente ella andaba con más autoridad cuando llevaba botas.
Entonces él miro su cara y ella vio como volvía a temblarle el labio.
—Pareces cansada —dijo bruscamente.
—No pude dormir anoche —ésa era la verdad sin adornos.
Después de leer la pequeña nota de Naruto el Negro, le había sido imposible cerrar los ojos. Cada vez que pensaba en ello, sentía un escalofrío en la columna vertebral y se le ponía la piel de gallina. Pero tras el susto inicial, lo que le daba miedo no era que él hubiera viajado a 1945, sino la frase: "Y así vino Hinata a Creag Dhu". Ciertamente él quería decir los días soleados, pero sentía que era personal, de algún modo escrito específicamente para ella. Sentía como si él la invitara a usar la formula, a caminar a través de las capas de energía del tiempo. Sus cálculos habían sido muy específicos, exactamente para viajar seiscientos setenta y cinco años, hasta 1322, el año en que el mensaje se escribió.
Udon extendió la mano y cogiendo la de ella, la apretó.
—¿Dónde has estado?
—En movimiento. No me he quedado mucho tiempo en el mismo lugar.
—La policía.
—No es la policía lo que me preocupa, sino los hombres de Obito. Por lo menos la policía no está tratando de atraparme activamente, no después del tiempo que ha pasado. Seguro que seguirán tras la pista, pero no es eso lo importante. Los hombres de Obito casi me cogieron una vez.
—Es tan raro —dijo él agitando la cabeza—. ¿Tenías razón al pensar que todo esto se debía a los papeles que tenías?
—Sé que fue por eso —ella miró fijamente por la ventana que se empañaba con su respiración.
—Los traduje. Sé exactamente por qué los quiere él.
Mientras miraba su perfil delicado, Udon cerró su mano en puños. Quería llevarla a alguna parte y darle de comer, quería envolverla con una manta, quería darle puñetazos a algo. Ella parecía tan frágil.
Sí, eso era. Frágil.
Hinata siempre había sido una persona especial para él; la conocía desde niño, desde los diecisiete había estado enamorado de ella. Ella había sido siempre tan buena con él, tratándolo como a un igual cuando la mayoría de los adultos no lo hacían. Hinata era una persona buena, inteligente y amable, y su boca, oh su boca le hacía sentirse caliente y mareado. Aunque había soñado con besarla, nunca lo había hecho. Fue un pensamiento horrible, pero cuando ella le había llamado el día anterior, había pensado otra vez en besarla e incluso pensó que ahora no estaría mal porque Toneri estaba muerto.
Pero mirándola él supo que no estaría de acuerdo, que nunca lo estaría. Ella estaba callada, triste y distante, y esa boca no parecía haber sonreído nunca. Él apartó esos pensamientos, y metió la mano en el asiento trasero para coger una copia impresa del ordenador.
—Aquí —dijo él, poniéndolo en su regazo. Nunca podría besarla, pero haría lo que pudiera para ayudarla—. Es un plano del edificio de la Fundación.
Hinata se quitó las gafas de sol y las puso en el salpicadero.
—¿Dónde los conseguiste? —preguntó sorprendida, mientras miraba las paginas.
—Bien, es un edificio bastante nuevo —explicó él—. Una copia de los planes está en el archivo de proyectos de la ciudad, supongo que es para casos de emergencia.
Ella le dirigió una mirada indirecta.
—¿Así que fuiste al ayuntamiento y conseguiste una copia?
—No exactamente. Los saqué de sus ordenadores —dijo él alegremente.
—Espero que sin hacer saltan ninguna alarma.
—Ah, por favor —se mofó él.
—Era un chiste —no había modo de regañarlo por eso, cuando le estaba pidiendo que cometiera un crimen mucho más serio.
—Entrar en los ordenadores de la Fundación no será tan fácil —le advirtió ella.
—No, pero ya me lo había imaginado. Tu idea de entrar con los de mantenimiento es buena. Robaremos un par de uniformes y directos a dentro. Pero todo lo que necesitamos es entrar en el edificio, no realmente en las oficinas de la Fundación. Mira —dijo mientras señalaba el mapa—. Aquí está el ascensor de servicio. Lo tomamos en el piso de abajo, luego usamos este panel de acceso que hay en el techo para acceder al panel eléctrico. Me conecto a una de las líneas, me llevo la lista de archivos, y nos vamos de allí.
—¿Y las alarmas?
—Bien, es un sistema autónomo, para que no se tengan que preocupar por ningún hacker; ciertos archivos pueden estar codificados, pero no el propio sistema. Mi trabajo es conseguir los archivos codificados.
Aunque ella no esperaba que fuera tan fácil acceder a los archivos de la Fundación como a los de la ciudad, él hacía que pareciera muy fácil. Obito era demasiado inteligente, demasiado taimado, y tenía demasiado que esconder.
—Allí tiene que haber una lista de contraseñas para acceder a los archivos codificados, pero podría estar en cualquier parte. Obito las puede tener consigo en su casa, o en una caja fuerte en la oficina. De cualquier modo, nosotros no podremos conseguirla.
Mientras sonreía abiertamente, él negó con la cabeza.
—Te sorprenderías de cuántas personas guardan una lista de contraseñas en su escritorio. Sin embargo, merece la pena echar una mirada cuando estemos seguros de que todo el mundo se ha ido a casa.
—Tengo algunas ideas sobre las contraseñas —dijo ella—. Probaremos esas primero —ella se estremeció ante la idea de entrar en las oficinas vacías y que no estuvieran completamente vacías después de todo, pero Obito podía trabajar hasta tarde.
Oír su voz por teléfono había sido horrible, no creía ser capaz de soportar verlo. Pero aún así, si era necesario forzar la entrada en su oficina, lo haría. Udon estaría deseoso, pero ella no deseaba permitírselo, ya lo había involucrado bastante.
—De acuerdo. —dijo él, prácticamente brincando de entusiasmo—. Vamos.
—¿Ahora?
—¿Por qué no?
Por qué no, de hecho. No había ninguna razón para esperar, no si conseguían dos uniformes del servicio de mantenimiento.
—¿Tienes tu ordenador portátil? —preguntó ella.
—En el asiento trasero.
Ella se encogió de hombros.
—Entonces podríamos hacer la prueba. Iremos en mi camión.
—¿Por qué? —él la miro como si fuera una ofensa su renuncia a viajar en el Chevelle.
—Tu coche llama un poco la atención —señaló ella en tono seco.
Una sonrisa apareció en su cara.
—Sí, lo es, ¿no? —dijo mientras daba una palmadita cariñosa al salpicadero—. De acuerdo —él cogió el ordenador portátil y sacó las llaves del contacto.
Hinata agarró sus gafas de sol. Salieron y después de cerrar con llave las puertas, empezaron a caminar por el resbaladizo aparcamiento.
Guardaron silencio mientras Hinata conducía. Aunque Hinata intentó pensar en algún plan factible para conseguir los uniformes, no se le ocurrió ninguno. Y todavía había seguridad en el edificio después de las horas de oficina; quizás el servicio de mantenimiento tenía una llave para entrar por la puerta de atrás, quizás no. Tras seis meses limpiando casas, ella sabía que algunas personas dejaban a la buena de Dios la llave de repuesto al servicio de limpieza para no ser molestado cuando sus casas estaban siendo limpiadas. Hinata siempre se asombraba por su falta de cautela. Pero aún así, ocurría. A menos que Obito poseyera todo el edificio, había alguna oportunidad de entrar sin que les viera ningún guardia. Si Obito poseyera el edificio, no habría ninguna forma; a él no le importaría si la gente tenía que esperar o si algún guardia tenía que ir desde donde estuviera en el edificio para dejarlos entrar.
Él no consideraría las molestias en el diseño de la seguridad.
Con lo que aprendido en los últimos ocho meses, Hinata tenía que admitir que él tenía razón. Si tenías algo de valor, lo protegerías y no te preocuparías por los guardias o por si el servicio de mantenimiento tenía que esperar algunos minutos.
Claro que un sistema sofisticado usaría cámaras de circuito cerrado para identificar al personal, y la puerta se abriría desde la sala de control remoto de cámaras.
Cámaras. Ella soltó la respiración en un siseo.
—Estamos haciendo esto mal.
—¿Nosotros? —pregunto Udon inexpresivamente—. ¿Qué quieres decir?
—Puede haber cámaras de seguridad en la entrada de mantenimiento. ¿Cómo vamos a entrar con el camión y conseguir los uniformes?
Él se frotó la barbilla, sus largos y delgados dedos raspaban sobre el rastrojo de la barba mientras él lo pensaba.
—Veamos... de acuerdo. Primero, me dejas fuera del bloque y hago una comprobación. Si hay cámaras, tenemos que averiguar si son de circuito cerrado y está supervisándose, o si son simplemente del tipo que graba para que se pueda ver la cinta cuando se ha cometido un crimen.
—De cualquier modo, si hay cámaras tú también deberás disfrazarte —dijo Hinata firmemente.
Él pareció divertido con esa idea, y el corazón de Hinata se encogió al ver su juventud.
—Tendrás que quitarte las gafas —decidió ella—. En cambio, las llevare yo. Y tu uniforme lo rellenaremos con toallas para que parezcas más gordo.
Él parecía dudar.
—No podré ver —objetó él—. Y tú tampoco.
Eso tenía sentido. Uno de ellos tenía que poder ver. Ella cogió sus gafas de sol y se las dio a él.
—Rompe los cristales —al haber pagado solo cincuenta centavos por ellas, no le molestaba romperlas.
Obedientemente Udon rompió las lentes de plástico, y le devolvió la montura.
Hinata se las puso y se miró en el espejo retrovisor. Desde cerca se notaria claramente que no tenían cristales, pero una cámara de seguridad no lo descubriría.
—Realmente deberíamos habernos tomado tiempo para pensar esto con más detalle y quizá comprar nuestros propios uniformes de mantenimiento —dijo ella encogiéndose de hombros—. Sin embargo, podría funcionar.
Funcionó.
Udon regresó corriendo hasta el camión, su cara roja por la excitación y la exposición al frío. Subió al camión, abrió la boca y se le empañaron inmediatamente las gafas. Se las quitó y con aire distraído las sostuvo delante de la abertura de ventilación mientras él le dirigía una sonrisa triunfal miope.
—Hay una cámara —informó él jadeantemente—. Pero no es de circuito cerrado.
—¿Cómo lo sabes?
—Yo lo comprobé.
—¡Udon!
—Ningún problema. Está en una esquina, dirigida a la puerta de mantenimiento. Yo me deslicé alrededor del lado del edificio y quede fuera de su vista. No vi ningún cable que fuera desde la cámara hasta el edificio. Y aún mejor —Él hizo una pausa, mientras le sonreía abiertamente.
—¿Qué? —exigió ella con impaciencia por la pausa que había hecho él, y él se rió con deleite.
—¡La puerta está abierta!
Era obvio que Obito y la Fundación no poseían el edificio, pensó Hinata.
—Es el tipo de puerta que se cierra con llave cada vez que la cierras —explicó Udon—. Supongo que los de mantenimiento se cansan de tener que abrirla cada vez que tienen que salir, así que han arrastrado una de esas alfombrillas de caucho hasta la puerta para evitar que la puerta se cierre.
Oh, simple ingenio de personas que intentan conseguir ahorrarse unas pocas de molestias. Con ese un acto, ellos habían negado la seguridad del edificio.
—Todavía necesitamos los uniformes.
Él sonrió abierta y triunfalmente a ella.
—Hay una furgoneta grande aparcada allí. La comprobé. Las puertas de adelante están cerradas con llave y hay una pantalla de acero que lo separa de la parte de atrás, supongo que para que puedan salir por las puertas traseras y no tengan que preocuparse por que les roben la furgoneta. Sin embargo, hay un montón de material en la parte de atrás, y algún mono de trabajo sucio.
Él devolvió las gafas a su lugar.
—¿Qué más necesitamos?
¿Qué más, de hecho? La cámara que había fuera de la puerta de servicio no era de circuito cerrado.
La que estaba en el vestíbulo sí lo era.
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.
Obito vio como entraban dos personas más de mantenimiento en el edificio.
Sus cejas se habían alzado cuando el primer grupo había dejado la puerta abierta.
Para satisfacer sus propósitos ahora, necesitaba que Hinata tuviera un acceso fácil si mordía el cebo; pero en cuanto él la tuviera, haría que se contratara un nuevo servicio de mantenimiento. Claro que las oficinas de la Fundación tenían las medidas de seguridad más severa, pero eso no excusaba el descuido del personal actual.
Estos últimos recién llegados, llevaban cajas de herramientas, y llevó cinturones de herramientas atados encima de sus amorfos monos de trabajo. Uno era una mujer delgada, con una fea gorra de béisbol encima de su pelo ensortijado poco atractivo. Unas gafas demasiado grandes dominaban su cara. El hombre era alto, gordito y torpe. Llevaba guantes y un sombrero de piel raro con visera, y no parecía saber dónde iba. La mujer lo guiaba cuando entraron al vestíbulo desde el ascensor de servicio.
Él no estaba interesado en ellos. Vigilaba cuidadosamente por si el pequeño ratón mordía el cebo. Quizás ella no vendría; si había visto el tiroteo, no querría estar cerca de él en ningún sitio; claro, a menos que pensara dispararle para vengarse; pero él estaba seguro de que Hinata era una mujer incapaz de matar. Él podía reconocer el instinto asesino de algunas personas; por ejemplo, en Nagato.
Hinata no lo tenía.
Por otro lado, ella los había sorprendido a todos logrando eludir a la policía y a sus mejores hombres durante más de ocho meses. Ella había demostrado que era una mujer de muchos recursos. Si no hubiera llamado a la Fundación, nadie habría pensado que ella estaba de vuelta en Minneapolis. Un error chocante. Pero a menudo los criminales cometían un error regresando al escenario del crimen, quizás para regodearse en a su propia astucia.
Pero Hinata había llamado a la Fundación, específicamente a él, y al no haber hablado, la única razón de la llamada era saber si él estaba en la ciudad. Ahora que ella sabía dónde estaba, ¿qué haría? ¿Presentarse en su casa para hablar con él?
Podría haber hablado con él por teléfono, a menos que de repente la aterrara la idea de revelar su paradero.
¿Ella le habría visto o no? ¿Quería hablar o disparar? Era perverso, pero él esperaba que fuera lo último. El pensamiento de Hinata con un arma en la mano era extrañamente excitante. Ella nunca conseguiría usarla, claro, pero él no la quería débil y llorando en sus brazos; la quería furiosa y luchando para que su victoria fuera tan dulce como cuando destruyó el enojo de Fuka con su habilidad. Su pequeño interludio con Fuka había sido extraordinariamente satisfactorio; ciertamente con Hinata su placer sería aún más intenso.
¿Ella vendría o no? Convenientemente, la puerta de servicio estaba abierta, pero quizás ella intentaría entrar durante el día, cuando se pudiera perder más fácilmente con el flujo de gente que entraba y salía.
Esperó pacientemente.
—Ya llegamos —susurró Udon agitadamente mientras abría el panel del techo que daba acceso a la sala del ordenador principal de la Fundación.
Estaba tranquilo, oscuro, con sólo el zumbido de los aparatos electrónicos rompiendo el silencio.
Les había llevado una hora llegar ahí. Nada era tan fácil en la vida como parecía en el papel. Primero habían tenido que esquivar al personal real de mantenimiento, luego tuvieron que subir diecisiete tramos de escaleras en vez de usar el ascensor de servicio. Después de localizar el acceso a los conductos de ventilación, cogieron un taburete alto y seguidamente subieron a él, una vez dentro volvieron a poner el tablero en su sitio para que nadie supiera que ellos habían estado allí.
Entonces, usando una linterna cogida de la guantera de la camioneta de Hinata, atravesaron miles de conductos sólo para descubrir que después de todo tenían que entrar en las oficinas de la Fundación. Tras localizar el cuarto de ordenadores, escucharon durante un rato, pero parecía que la habitación estaba vacía. Cuidadosamente quitaron el tablero de acceso de techo.
Asomando la cabeza y los hombros fuera de la abertura, Udon miró alrededor.
—No hay cámaras —susurró él—. Pero hay una ventana en la puerta, deberemos sentarnos donde no seamos vistos si alguien pasa.
—Si nos ven cuando entremos o salgamos, estaremos perdidos —dijo Hinata.
Sin embargo, no había otra manera; ya que no podían acceder por ninguna de las puertas, tenían que entrar por el techo.
Udon aseguró sus brazos a cada lado de la apertura y despacio bajo hasta que estuvo colgando por los dedos. Normalmente los techos eran de dos metros y medio, para que fuera fácil calentarlos; con los brazos extendidos, sólo quedaban treinta centímetros hasta el suelo. Silenciosamente aterrizó en el suelo de azulejos, entonces se volvió para que Hinata le pasara el ordenador portátil. Cuando estuvo puesto a salvo, cogió por la cintura a Hinata y la puso con cuidado en el suelo.
Él echo una rápida mirada alrededor, evaluando el entorno. Éste era su ambiente natural, y la delgada cara brillaba con avidez.
—Siéntate allí, detrás de ese escritorio —dijo él, mientras lo señalaba—. Déjame realizar unos enganches y me reuniré contigo. —Mientras hablaba quitaba enchufes y cables de un terminal ya conectado y los enganchaba a su ordenador portátil.
Hecho esto, movió unos cuantos manuales para que no se viera cómo sobresalían sus cabezas por detrás del escritorio.
Él se sentó a su lado y encogió sus piernas largas, mientras ponía el portátil entre ellos. Tocó un interruptor y la pequeña y poderosa máquina empezó a zumbar y hacer un discreto chirrido cuando él la inició. Ellos habían cruzado los dedos, porque Udon usaba el sistema operativo Windows 95; si la Fundación usara MS— DOS, él no podría usar el portátil. En ese caso él tendría que sentarse frente al ordenador y correr el riesgo de que alguien lo viera. Pero la Fundación usaba el mismo sistema operativo, y el menú apareció en la pantalla.
—De acuerdo, veamos los archivos —murmuró él, mientras frotaba la yema de los dedos en el pequeño ratón situado en medio del teclado y dirigía el cursor al icono correcto. Hizo clic una vez, y la pantalla se llenó con los nombres de los archivos.
Él se desplazó hacía abajo buscando algo interesante.
—Veamos el estado financiero, y la declaración de impuestos —dijo ella, y se dirigió a esos archivos.
Eran increíblemente complicados; como no tenían tiempo para descifrarlos todos, él copio los archivos y volvió a la lista.
—La lista de contribuyentes —le indicó Hinata, y él copió ese archivo también.
Había poco más que pareciera interesante; parecían archivos de nominas y Hinata se quedó con la boca abierta al ver lo que le pagaban a Obito.
Millones. La Fundación le pagaba millones todos los años. ¿Simplemente por dirigir la Fundación?
Ella estaba segura de que la Fundación podría encontrar a otra persona capaz de dirigir al personal por mucho menos dinero, si eso era todo lo que necesitaba.
—No hay nada más aquí —dijo Udon después de una hora mirando los archivos individualmente y verificando su contenido—. ¿Cuáles son tus ideas sobre las contraseñas? Intentemos con algunas y veamos que pasa.
—Tesoro —indicó ella, y él le echó una mirada aguda cuando tecleó obedientemente la palabra e hizo clic adelante—. Otro intento.
Archivo no encontrado.
—Templo.
Archivo no encontrado.
—Caballero.
Archivo no encontrado.
—Templarios.
—¿Te refieres a esos monjes sobre los que estuviste leyendo en mi casa esa noche? —pregunto Udon, tecleando mientras la palabra.
—Los mismos.
Archivo no encontrado.
—Maldición —dijo ella. Se estaba quedando sin contraseñas probables—. Guardián.
Archivo no encontrado.
— Naruto... Papá... El Tesoro del templo. ¿De quien fue la brillante idea de que las contraseñas para acceder a los archivos tuvieran un espacio limitado? Veamos... él es lo bastante egoísta para llamar a un archivo con su nombre. Prueba Obito y Uchiha.
Archivo no encontrado, apareció en pantalla después de cada entrada. Salvo para preguntar como se escribía Naruto, Udon había permanecido en silencio.
—Poder —sugirió ella.
Él tecleó.
—No.
—Mortaja... Turín... Alianza... Arca.
Él agitó su cabeza después de cada entrada.
—No.
Hinata se frotó la parte de atrás del cuello. El Arca de la Alianza había sido un tiro al azar. Solo había pensado en ella por la película de Indiana Jones, donde los Nazis intentaban encontrar el Arca para dominar el mundo. Había habido una semilla de verdad en la película, pues de hecho Hitler había estado obsesionado por adquirir antiguos artefactos religiosos.
"En el Año de Nuestro Señor de 1945, el Guardián mató a la bestia alemana, y así llegó Hinata a Creag Dhu". Ella recordó la entrada, y una vez más se le puso la carne de gallina. Creag Dhu no podía ser la contraseña, porque la situación del Tesoro era lo que Obito no sabía.
—Hitler —sugirió ella.
De nuevo Udon le dirigió una mirada sobresaltada, pero tecleó el nombre. La pantalla se llenó de palabras.
Ella se recostó, aturdida. No podía ser. Ella no había considerado una conexión siquiera, a pesar de las advertencias de los documentos sobre la Fundación de Mal.
—Dios mío —susurró Udon.
Apresuradamente metió otro disquete en la disquetera y copió el archivo sin pararse a leerlo. Sólo cuando el archivo estuvo copiado y el disco guardado en lugar seguro, lentamente se fue desplazando hacia abajo por él.
—Realmente creen que pueden dominar el mundo si encuentran eso que llaman Tesoro —susurró él. Lo que estaban leyendo no era nada menos que un manifiesto, una declaración de intenciones—. ¿Los papeles que tienes supuestamente dan su localización? ¿Realmente mataron a Toneri y Neji por qué conocían la existencia de los papeles? —el ultraje y la incredulidad se percibían en su voz.
Ella lo miró. Su mirada era vidriosa por el trauma.
—La dan —dijo ella ofuscadamente—. Dan la localización.
—Mierda Santa — susurró él. Entonces sus ojos se ensancharon y miró la pantalla con nerviosismo. —¿Supongo que no debería decir eso, verdad?
Una puerta se cerró en el vestíbulo. Ellos se quedaron congelados. Después de un segundo, Udon bajó apresuradamente la tapa para que el ordenador estuviera casi cerrado, escondiendo la luz de la pantalla. Apenas se oía nada tras la puerta; quienquiera que fuese se movía muy silenciosamente. Pero el sonido de pasos siguió sin detenerse, y después de un momento se oyó el sonido de otra puerta cerrándose en el vestíbulo.
—Deberíamos irnos —murmuró Udon—. ¿Tienes más ideas sobre las contraseñas?
Ella agitó su cabeza. Él salió del archivo, cerró el programa y rápidamente apagó el portátil. Después de un minuto él había vuelto a conectar el otro terminal y había dejado los manuales en su posición original.
Él se arrastró hasta la puerta y se asomó sólo lo bastante para mirar fuera de la ventana en ambas direcciones.
—Está despejado —susurró, mientras se ponía de pie y cruzaba apresuradamente el cuarto.
Hinata arrastró una silla bajo el tablero de acceso y subió hacia el asiento.
Primero metió el ordenador portátil y los discos en el conducto, entonces ella se elevó para pasar través del agujero. Udon la ayudó con un empujón desde abajo.
Ella se volvió hacia abajo y le agarró por el cuello de su mono, para arrastrarlo a través del agujero. Ambos jadeaban cuando volvieron a dejar el tablero de acceso y encendieron la linterna eléctrica. En silencio ellos deshicieron su camino, ambos pensando sobre lo que habían leído.
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—Ella no vendrá esta noche —dijo Obito a Nagato, la desilusión era evidente en su tono—. Es medianoche; ella no esperaría que yo trabajara hasta tan tarde.
Nagato no contestó. Él miraba la pantalla viendo como dos de mantenimiento bajaban al vestíbulo y salían por la puerta abierta. Parecían tener mucha prisa y la mujer llevaba un maletín.
Ella era pequeña, y tenía el pelo rubio crespo. El ángulo de la cámara no era bueno, pero había algo en ella que le resultaba familiar.
Un gruñido retumbó en su garganta, y Obito alzó las cejas preguntando.
—Ésa era ella —dijo Nagato, mientras corría hacía la puerta.
Obito estaba detrás de él cuando llegó a la puerta de servicio y corrió abajo por la calle. Él miró en ambas direcciones, pero las aceras estaban vacías. Un automóvil pasó; el conductor era un hombre negro joven, probablemente un ejecutivo menor que había trabajado hasta muy tarde.
A una manzana de distancia, un coche arrancó. Nagato corrió por la acera hacia donde había desaparecido el coche, sus zapatos que se resbalan en la acera nevada. Su respiración formaba nubecillas en el aire helado. Alcanzaron la esquina a tiempo para ver desaparecer a un coche tras la otra esquina.
—¿La vistes? — Obito abrió la boca, mientras se paraba al lado de él—. ¿Qué tipo de coche era el de él?
—No lo podría decir —dijo Nagato—. Pero la mujer era Hinata Hyuga. Llevaba un pequeño maletín, quizás una funda de ordenador.
—Ordenador — Obito sintió que su tensión arterial subía—. Maldita sea, ¡esa perra ha estado en nuestro archivos! —él y Nagato se dieron prisa para volver a la oficina, mientras se estremecían por el frío que se colaba a través de la ropa.
Ella no habría podido entrar en sus archivos sin la contraseña, pero lo enfurecía que ella hubiera entrado en su guarida, que hubiera estado tan cerca todo ese tiempo y que él no lo hubiera sabido. Condena perra pequeña, ¿cómo lo había hecho?
—¿Quién era su amigo, me pregunto? ¿En quién podría encontrar ayuda? Ella no habría avisado a las personas que había conocido antes, porque no podría estar segura de que no llamarían inmediatamente a la policía. Tenía que haber sido alguien que ella hubiera conocido después.
—Quizás por eso nosotros no pudimos encontrarla —sugirió Nagato—. Hemos estado buscando a una mujer sola, en lugar de una pareja —la idea enfureció a Obito.
Él hizo rechinar los dientes mientras caminaban rápidamente a la sala de ordenadores y él abría la puerta. Todo parecía normal, salvo una silla que estaba fuera de lugar.
Nagato apuntó al techo. Directamente encima de la silla, un tablero estaba ligeramente fuera de lugar.
—Encuéntrala —dijo Obito en un cuchicheo casi silencioso. Ella había estado allí, tan cerca; se había mofado de él viniendo allí con otro hombre. Él no sabía todavía si ella realmente había entrado en el sistema de ordenadores, pero simplemente el hecho de que se hubiera atrevido lo llenó de rabia—. Encuéntralos. Y mátalos...
Continuará...
