Capítulo 25
Locura
—¡Hola!
—¿Qué desea?
—Eh, un… Un café mocca blanco con extra de mocca. —Respondió con algo de dudas—¿Se llama así?
—Eh sí, claro. ¿Con nata?
—Pues sí, supongo.
—Ok. ¿Arriba o abajo?
—¿Cómo?
—¿Qué si quiere el extra de mocca encima de la nata o en el fondo del vaso?
—Pues no lo sé, ¿influye en el sabor?
—Señorita, el café mocca blanco es café con leche y chocolate blanco—le explicó el camarero—Obviamente no, no influye en el sabor.
—Oh, Ok, pues entonces me da exactamente igual, puede ponerlo donde quiera.
—¿Ok?
—Disculpa—le interrumpió—¿Pueden ponerme la leche de soja?
—¿Leche de soja en el mocca blanco?
—Eh sí… Por favor—le respondió mientras el chico la miraba extrañado.
—Ok. Si así lo desea, con leche de soja.
—Gracias.
—¿Me dice su nombre? —musitó y la morena se sorprendió porque no la hubiera reconocido.
—Rachel
—Perfecto. ¿Algo más?
—No, nada más.
—Ok. Pase al fondo—le indicó y Rachel obedeció rápidamente, como una niña pequeña que por primera vez compra golosinas a solas.
Lo había hecho. Había desviado su trayecto de cada mañana hasta el teatro, para comprar el dichoso café y probarlo de una vez. El mismo café que tomaba ella, Quinn. Fuero varias veces las que estuvo a punto de hacerlo, de entrar en la cafetería y descubrir cual era el motivo por el que adoraba tanto aquella bebida, y esa mañana, justo después de tres días guardando reposo en su casa, decidió hacerlo.
Que el camarero no la hubiese reconocido le hizo descartar tomar un taxi que la llevase al teatro. Un paseo en calma disfrutando de aquel café era una buena opción después de tantas horas enclaustrada.
Eran las 10 de la mañana, el cielo de Nueva York aparecía cubierto con una capa de nubes que no permitían la entrada del sol, y el ambiente frío que, ya sí, no iba a marcharse hasta bien entrada la primavera, tal vez no eran las mejores condiciones para pasear después de haber estado enferma. Pero no le importó.
Lo necesitaba.
Necesitaba sentir el frío en su piel, necesitaba escuchar el ruido de la ciudad, llenar su cabeza con él y despertar de una vez. Y no del sueño, precisamente.
De domingo a miércoles iban tres días. 72 horas completas metida en su hogar, habiendo controlado la fiebre, pero con el malestar de la enfermedad. 72 horas que usó para descansar, para cuidar de Emily, hacer algunos trabajos a distancia y pensar. Pensar en lo que le estaba sucediendo con Quinn y en cómo había llegado a esa situación. Una situación que estaba decidida a cortar de raíz.
No podía ser. No podía jugar con algo así. Porque era un juego, por supuesto. Esa necesidad de provocar su atención, esa sensación de celos, ese pensamiento en bucle con las escenas que había compartido con ella, no podían continuar colapsándola.
Ya no tenía la excusa de la fiebre para justificar sus sentimientos, y era precisamente eso lo que estaba dispuesta a evitar; los sentimientos. Quinn era su amiga, siempre lo había sido, y dejarse llevar por aquel estúpido juego lo único que haría seria destruir esa amistad. Algo que no estaba dispuesta a que sucediera.
No volvió a llamarla durante los días que estuvo enferma, y no dejó que ella lo hiciera tampoco, porque se adelantaba con un simple mensaje de texto para informarle de su estado. Mejor prevenir que curar, y mantener una conversación como la que tuvieron en la mañana del domingo, no le iba a ayudar en nada a controlar la situación.
Una de los motivos por el que decidió probar el dichoso café en aquella mañana, a parte de por la curiosidad, era precisamente porque sabía que la iba a volver a ver en el teatro. Y una charla sobre el café era una buena excusa para recuperar la naturalidad, y olvidarse de todo lo que había estado rondando por su mente.
—Tampoco es nada del otro mundo—se dijo así misma tras probarlo—De hecho, sabe mal. — Añadió mirándolo con desgana tras emprender el trayecto. Diez minutos más tarde, con la nariz enrojecida por el frío y el vaho saliendo de su boca, lograba llegar al teatro, sabiendo que se había gastado cinco dólares en mantener caliente sus manos, porque ni siquiera fue capaz de darle más de dos sorbos al café.
Había movimiento en el interior del teatro, aunque nadie excepto el señor Shepard acertaba a cruzarse en su camino hasta el despacho.
—Buenos días Srta. Berry—le dijo el hombre—Me alegra volver a verla. ¿Se encuentra mejor?
—Buenos días, señor Shepard. Mucho mejor, sí—le respondió sonriente.
—No sabe cuánto me alegra—repitió.
—Gracias. ¿Y qué tal por aquí? Espero que no le hayan dado mucha guerra.
—Mas o menos. El único momento en el que estoy más tranquilo, es cuando todos están en el escenario, ensayando. Menudo acierto tenéis contratando a esos rebeldes incorregibles.
—Lo sé y no sabe cuánto lo siento—se disculpó—son demasiado jóvenes.
—Mira, mira que silencio mientras están en el escenario—Replicó el hombre divertido, y Rachel fue consciente de que tenía razón.
—Están ensayando…
—Sí. ¡Bendita juventud! —exclamó alejándose por el pasillo contrario al que ella iba a tomar—No la pierda nunca Srta. Berry, nunca.
No. No la iba a perder, como tampoco iba a perder la oportunidad de presenciar al menos un trozo de aquel ensayo. Rachel lanzó una mirada al reloj de su teléfono, y supo que tenía tiempo suficiente para ello, y antes de tan siquiera meterse en su despacho, tomó la decisión de desviar su trayecto hasta el pasillo que la llevaba al backstage del escenario. Otro de los lugares desde donde podía observar el trabajo de todo el grupo, sin ser descubierta.
O eso creía.
La voz de Gio y la música que sonaba con la inconfundible voz de Broke, le hizo tomar todas las precauciones posibles para evitar interferir. El teléfono en silencio y guardado en su bolso, todo el cuidado del mundo para no tropezar con alguna de las cajas que se amontonaban cerca del acceso, y la máxima expectación.
Dos bailarines cruzándose ante ella la pusieron en alerta, y llegó hasta la zona elegida con total calma para contemplar la escena.
La dichosa escena.
Broke cantaba en mitad del escenario y los tres bailarines, danzaban alrededor de ella y de la cama, que a punto estaba de ser ocupada por Quinn y Matt.
El chico permanecía semidesnudo, con los pantalones de tela que sustituían a los oficiales y Quinn, con el vestido que habían confeccionado para la misma labor.
Un certero empujón de la rubia sobre Matt lo lanzaba hacia la cama, y Rachel agradeció no haber sido testigo del beso que precedía a aquel movimiento, sin embargo, no pensó en lo que estaba por ver.
No pudo evitar sentir un escalofrío cuando descubría como Quinn alzaba la falda de su vestido hasta sus rodillas para poder subirse a la cama, y avanzaba hacia él, que la esperaba recostado sobre la misma.
No solo el escalofrío, Rachel notó que su garganta se secaba e incluso sintió un leve pinchazo que la llevó a creer que el dichoso virus seguía en ella.
Estaba allí, frente a ella. Rachel se había detenido justo en el único punto del backstage en el que podía verle la cara, y descubrir como Quinn se metía de lleno en aquel papel, no le hizo nada bien. Podía ver su gesto, la expresión de su rostro mientras se perdía en los ojos de Matt y acariciaba su pecho. Podía ver sus labios entre abiertos, la tensión en su mandíbula, y sus manos aferrándose a las sabanas.
Y palideció.
Le bastó ser testigo del siguiente acto de la escena, de ver como Quinn comenzaba a moverse sobre Matt de la misma forma que lo había hecho con ella días atrás, para sentir que perdía el color en su rostro.
No. No eran celos por culpa de Matt, en ese instante Rachel supo que daba igual quien estuviera compartiendo aquella escena con Quinn, no le importaba. Era el hecho de verla y desear ser ella quien estuviese allí, lo que la llevó al borde del colapso. Fue ser consciente de como su corazón parecía querer salir de su pecho, para entender que estaba completamente perdida.
Y así se mantuvo durante varios segundos, o tal vez minutos, los que duraba la escena de amor entre los dos. Rachel no se pudo mover a pesar de querer salir corriendo.
Ni siquiera fue consciente de que había presionado tanto el vaso de café entre sus manos, que la tapa terminó cediendo y cayendo junto a sus pies.
Y fue justo en ese instante, justo en ese momento de notar que algo rozaba sus pies, cuando el mundo se detuvo a su alrededor y llegó casi a perder la respiración.
Sus ojos la encontraron. Quinn desvió la mirada hacia ella por pura inercia, o porque tal vez su presencia llamó su atención, y la miró completamente desconcertada.
Pensó en gritar, en lanzar aquel café hacia el escenario y obligarlos a detener el ensayo, pero sabía que no serviría de nada. Que esa sensación que la estaba paralizando, no se iba a esfumar cuando ellos terminasen de actuar.
Y no lo soportó.
No quiso ver el final, no quiso ser testigo de cómo Quinn enloquecía de placer y se entregaba a sus brazos. No quiso escuchar a Broke clavar la última estrofa de forma sublime, ni ver las acrobacias de los bailarines sin ningún error, sin ninguna interrupción. No quiso, ni pudo seguir manteniéndole la mirada a Quinn. Rachel reaccionó al fin y abandonó su improvisado lugar sin siquiera recoger la tapa del vaso que quedó en el suelo, como prueba evidente para Quinn.
Ni siquiera supo cómo fue capaz de abandonar el backstage sin tropezar con el atrezo, Rachel corrió a través de los pasillos sin importarle prácticamente nada, solo quería llegar cuanto antes a su propio despacho y aislarse. Y eso fue lo que hizo.
Ni siquiera se deshizo del abrigo. Nada más colarse en su despacho, soltó el bolso, dejó el vaso con el resto de café sobre el escritorio, y se dejó caer en su silla llevándose las manos a la cara, lamentándose.
No tenía ni idea de lo que le estaba sucediendo o, mejor dicho, si lo sabía, solo que, en aquel instante, ni la fiebre ni el malestar se apoderaban de ella para poder utilizarlos como excusa a sus delirios.
Estaba deseando a Quinn y no de cualquier forma. La deseaba como mujer, algo que jamás había sentido por nadie, algo que jamás imaginó sentir por ella.
—Por el amor de dios, Rachel—se recriminó a sí misma—Es tu amiga ¡Es tu amiga!—Masculló. Pero aquellos reproches en voz alta no le ayudaron en nada, más que para sentirse peor—¿Qué me está pasando? ¿Qué estoy haciendo? —Se cuestionó a sí misma, y comenzó a odiarse porque conocía perfectamente la respuesta.
De pronto volvieron los nervios, volvió una ansiedad que ya casi había olvidado, y que la llevó a abrir su ordenador y expandir decenas de documentos sobre la mesa. Ni siquiera sabía que tenía que hacer, lo había olvidado por completo, pero quiso creer que, centrándose en el trabajo, su mente dejaría de recordarle la estupidez que estaba haciendo, y que la sensación de presión que sentía en su pecho, desaparecería.
Casi 15 minutos estuvo intentándolo, removiendo papeles y llamando a números de teléfono que ni siquiera existían. 15 minutos de total y absoluto desconcierto que acabaron con dos certeros golpes en la puerta, que lograron llamar su atención.
—¿Rachel? — escuchó tras la misma cuando ni siquiera le había dado tiempo a preguntar quién era. Quinn no dudó en abrirla con lentitud y asomarse tras ella mientras cubría su boca con un pañuelo—¿Zona contaminada? —añadió con su particular acento británico—¿Puedo entrar o está prohibido?
—Claro—balbuceó tratando de recomponerse—Pasa, adelante.
—Ok. Hoy no tengo que disimular—le dijo adentrándose en el despacho aún con la vestimenta del ensayo y apartando el pañuelo que había utilizado para aquella pequeña broma—le pregunté a Gio una duda sobre una canción y me mandó directamente hasta aquí.
—Oh. Ok. ¿Y qué duda es esa? —le cuestionó evitando mirarla directamente a los ojos.
—Ninguna.
—¿Ninguna?
—No hay dudas Rachel—le respondió acercándose a la mesa—Solo ha sido una excusa. Quería saber cómo estabas, no esperaba verte hoy por aquí.
—Estoy mejor—balbuceó—Pero aún no deberías acercarte demasiado—le avisó para que detuviera sus pasos. En realidad, prefería no tenerla muy cerca.
—Ok, me mantengo alejada—volvía a sonar divertida—¿Cómo está Em?
—Bien, muy bien. Ella, ella no se ha contagiado.
—Me alegro, tenía pensamiento de ir a verte esta tarde, pero veo que estás mucho mejor. Aunque tu cara no es lo que demuestra.
—¿Qué? ¿Qué le ocurre a mi cara? —alzó la vista por primera vez para encontrarse con la sonrisa en su rostro, y el bloqueo la dejó completamente en silencio. O, mejor dicho, el calor que de repente inundó sus mejillas, al creer que Quinn era consciente de los pensamientos que había tenido con ella.
—No sé, pero estás rara. —Le respondió Quinn tras notar el silencio— Cuando te he visto en el escenario parecías un fantasma—Le sonrió—Supongo que tres días de fiebre te están pasando factura.
—Sí, eso es… La fiebre—le dijo volviendo a desviar la mirada, pero en ese instante, cuando creyó que volvía a tener la situación controlada, Quinn recorrió los escasos pasos que la separaban y tomó asiento sobre la mesa, quedando junto a ella.
Solo un gesto les bastó para delatarse.
Su mano, la mano de Quinn directa hacia su frente, y la reacción de Rachel apartándose con brusquedad al intuir lo que pretendía hacer.
—Hey ¿Qué te pasa? —preguntó Quinn asustada por la reacción—Solo, solo quería ver si seguías febril.
—No me toques, Quinn—Le ordenó—Ya, ya te he dicho que no debes acercarte a mí, y no te sientes ahí—señaló hacia la mesa, obligándola a levantarse rápidamente, y completamente confusa por su actitud. —Si entra alguien no va a entender que estés sentada ahí—se excusó, pero aquella respuesta no sirvió a Quinn.
La conocía. Ya sabía cómo funcionaba Rachel, o al menos eso creía, y ese tipo de excusas dejaron de tener validez para ella. Era evidente que algo le sucedía, que algo la volvía a tener en un mundo diferente al de ella, y ni siquiera era capaz de mantenerle la mirada.
—Ok. Entonces será mejor que te deje tranquila. No, no te molesto más.
—No me molestas, Quinn—replicó Rachel rápidamente—Es solo que debemos guardar las distancias, no solo por evitar algún conflicto, también por mi infección. No quiero arriesgarme a que vuelvas a enfermar.
—Ok. Todo bien—fingió tratando de ignorar sus pensamientos. Cambiar radicalmente de tema era una de las soluciones, y ella tenía la excusa perfecta. —Solo una última cosa—volvía a acercarse, pero esta vez desde el otro lado de la mesa—¿Conoces este gimnasio? —le preguntó al tiempo que sacaba una pequeña tarjeta de visita de la manga de su vestido. Rachel no tardó en hacerse con ella para leerla.
—Sí, está cerca de mi casa.
—Había pensado en apuntarme a uno y Matt me recomendó ése. Dice que es bastante bueno.
—¿Matt? —susurró—Eh… Sí, está muy bien, de hecho, ahí trabaja Henry.
—¿Quién es Henry?
—Fue mi entrenador personal cuando regresé a Nueva York, después del nacimiento de Em…
—Oh. Entonces supongo que debo fiarme de Matt.
—Dile que vas de mi parte.
—Genial. Imagino que así me tratará mucho mejor, y no me va a machacar como estoy temiendo.
—Es, es un buen entrenador. No sabía que estuvieses interesada en acudir a un gimnasio, pensaba que con salir a correr te era suficiente.
—Eh sí… Pero me doy cuenta que no tengo tanta fuerza como necesito para los ensayos, de hecho, estoy desquiciada con el cansancio. Lo de dormir 12 horas el domingo, no se puede volver a repetir.
—Pero Quinn—la interrumpió recuperando un poco la naturalidad—Es lógico que estés cansada, llevamos un mes y medio de ensayos constantes y el cuerpo tiene que acostumbrarse.
—No es eso Rachel—respondía más animada, satisfecha porque su excusa le hubiese dado resultado—Es que ahora se acerca lo duro y quiero estar preparada. ¿Has visto lo que es Matt? Es imponente, y se supone que a ese chico tengo que mantenerlo en equilibrio yo en varias escenas. ¡Yo y mi fuerza bruta! —bromeó— No, no creo que pueda hacerlo sin prepararme.
No hacía falta que lo jurarse, pensó Rachel al escuchar a Quinn. No pensaba en el esfuerzo que tenía que hacer la rubia para conseguir sostener a alguien como Matt, pensaba en el cuerpo imponente al que había hecho referencia, y que volvía a provocarle una patada en la boca del estómago.
Otra vez los celos. Otra vez el lamentarse por pensar así de ella.
—Entiendo—susurró—Pues ve, ve y le dices que vas de mi parte.
—Lo haré. Por cierto, ¿has visto el ensayo entero? Te he perdido de vista justo cuando…
—No—la interrumpió intentando evitar que de nuevo el rubor se apoderada de sus mejillas—Solo he visto un trozo.
—Pues es una pena.
—¿Una pena?
—Sí, porque nos ha salido por primera vez sin ningún error. Estos días hemos cometido varios fallos, pero hoy… Ha sido brutal. Y Matt lo ha hecho genial.
—Me alegro. Por ti y por él. Solo espero que los dos boxers no lo dejen impotente de por vida—escupió y Quinn se sorprendió por el comentario, y por el tono que había usado.
—No, no los llevaba, Rachel.
—¿Ah no? Vaya, veo que es valiente ¿Te lo ha dicho?
—Pues, pues no—respondía aturdida. El sarcasmo que derrochaba la estaba confundiendo, y Rachel parecía volver de nuevo a romper la tregua.
—¿Y cómo lo sabes? ¿Te lo ha enseñado?
—¿Qué? No, lo sé porque me he dado cuenta—musitó —He estado casi 4 minutos de actuación junto a él.
—Basta, Quinn—espetó rápidamente. No lo soportaba y le daba igual quedar como una estúpida o borde. Lo último que necesitaba saber aquel día eran precisamente esos detalles.
—¿Qué?
—Que ya está bien—volvía a mostrarse seria—Si lo ha logrado, me alegro muchísimo por él, y por los demás. No podemos permitirnos detener más ensayos. Cada uno debe cumplir con su trabajo, y supongo que Matt es un maravilloso profesional.
—Ok—respondía seria. —Veo que tú también tienes mucho trabajo. —Le dijo lanzando una mirada sobre la mesa.
—Pues sí, mucho de hecho.
—Ok— balbuceó siendo consciente de nuevo de la situación, aunque no tenía ni idea de por qué se estaba dando. —Creo que es mejor que me marche.
—Muy bien, Quinn, ya nos vemos—masculló centrando la mirada sobre los documentos.
Un suspiro. Rachel escuchó como Quinn dejaba escapar un suspiro segundos antes de despedirse de ella con un cuídate Rachel, que volvía a destruir su entereza. O lo que quedaba de ella. Y supo que una vez más, volvía a cometer un error.
¿Qué culpa tenía Quinn de lo que le estaba pasando? ¿Qué culpa tenía de que estuviese enloqueciendo por los celos estúpidos que de repente la perseguían? Ella no había hecho absolutamente nada, más que ser una profesional como le había exigido que fuera. Y era su amiga.
—Quinn—susurró antes de que le diese tiempo a marcharse, y la rubia se giró para volver a mirarla. —Lo, lo siento—se disculpó levantándose del asiento y acercándose a ella—Aún tengo algo de malestar de estos días, y bueno, pensaba que iba a estar un par de horas aquí como mucho y me doy cuenta de que tengo más trabajo del que creía—Se excusó, pero esa vez su voz sonó lo suficientemente convincente como para que le creyese— Lo siento, siento mi mal humor, y siento volver a pagarlo contigo.
—¿Es por eso? —le preguntó con dudas—¿No te sucede nada, Rachel? —añadió dándole una última oportunidad de explicarse.
—No, no Quinn, todo está bien—mintió—Ya sabes como soy, se me escapa de las manos y lo pago con quien menos culpa tiene.
—Ok. Te creeré. De todas formas, ya lo sabes, si necesitas algo solo tienes que avisarme.
—Lo sé, pero ¿Sabes lo que voy a hacer? Mejor me voy a llevar todo eso a casa, y voy a hacer lo que tenga que hacer desde allí. Creo que me he adelantado al regresar al teatro. Debería esperar a estar completamente sana.
—Pues me parece que es una muy buena idea—le dijo más convencida— Aunque dicen que no es bueno llevarse el trabajo a casa.
—Lo sé, pero allí puedo tomar un buen café y distraerme un rato si me agobio—respondía tomando asiento sobre la mesa.
—También es verdad, ¿Vas a repetir? —le dijo recuperando la sonrisa mientras le señalaba el vaso de café sobre la mesa—Veo que te has animado a probarlo.
—¿Repetir eso? Ni hablar. —Lanzó una mirada hacia el vaso—Son los cinco dólares peor gastados de mi vida.
—¿Hablas en serio?
—Y tan en serio. No entiendo cómo te gusta tanto, no es nada del otro mundo. Es más, juraría que hasta sabe mal.
—¿Qué? ¿Qué dices? ¿Estás loca? — le recriminó mientras comprobaba el resto de café que quedaba en el vaso—El café mocca blanco no sabe mal, nunca, en ningún lugar del mundo.
—Pues ese sabe horrible—replicó observando divertida su gesto. Lo había logrado, a pesar de los nervios, había logrado calmarse lo suficiente como para entablar de nuevo una conversación con ella, y no delatarse. — La próxima vez le pido que me sirva leche de soja sola, sin azúcar y sin nada, y seguro que tiene más encanto que eso.
—¿Qué? —se sorprendía—¿Leche de soja? Espera, Rachel… No le habrás pedido que te sirvan este café con leche de soja, ¿verdad? —la cuestionó sin poder evitar llevar el vaso hasta su nariz para olerlo.
—Claro. Siempre tomo leche de soja.
—Oh dios—murmuró sin poder contener la risa.
—¿Qué?
—Rachel, es imposible que esto te sepa bueno si le echas esa leche.
—¿Por qué? A mí me gusta la leche de soja. Muchas veces tomo café con leche de soja.
—Café, pero esto es café con chocolate blanco, nata… Dios, has destrozado el mejor café del mundo.
—¿El mejor café del mundo? Menudo sacrilegio estás diciendo.
—Hey, cada una tiene sus gustos, y yo digo que este café es el mejor del mundo.
—Eso es porque no has probado el mío—sentenció.
—¿El tuyo?
—Te aseguro que, si pruebas el mío, no vas a volver a querer tomar más ese mejunje.
—¿Mejunje?
—Sí, eso es lo que es. Mi café le da mil vueltas a eso, y no tiene tantas calorías.
—¿Tan segura estás? Porque te recuerdo que yo tengo una cafetera con forma de cebra que es especial—volvía a bromear provocando la sonrisa en la morena.
—Tú tendrás la cafetera, pero yo soy yo—se señalaba a sí misma—lo que yo hago, deja huella, Fabray.
—¿Ah sí?
—Sí.
—¿Y solo es con el café o hay algo más que también hagas de forma sublime?
—Todo Quinn—respondía sin ser consciente de cómo había comenzado a acercarse a ella, que cruzada de brazos permanecía a su lado—Quien prueba algo de Rachel Berry, no encuentra nada que lo supere.
—Ok. Pues tendré que probar algo de Rachel Berry.
—Cuando tú quieras—susurró.
—¿En tu casa? —cuestionó con media sonrisa. Pero aquel gesto no accionó la alarma en Rachel, que ya había posado su mirada varias veces sobre los labios de Quinn y sentía como las piernas comenzaban a temblarles.
No había mucha diferencia entre la mirada de Quinn en aquel instante y la que le lanzó encima del escenario, cuando se suponía que tenía que estar concentrada en Matt.
La única diferencia era que en aquel instante no había nada en medio. No tenía obstáculos para avanzar hacia ella y besarla, de hecho, llegó a creer que ella lo esperaba también.
Obviamente todo estaba en su cabeza, y fue capaz de reaccionar con rapidez.
—Quinn, cuando quieras te invito a un café, pero ahora será mejor que te marches—le dijo, pero esa vez de una forma más cariñosa. Más sutil.
—Perfecto, pues te tomo la palabra—le dijo alejándose de nuevo de ella—En cualquier momento me presento en tu casa, y me invitas a ese café que va a conseguir que quiera vivir junto a ti, el resto de mi vida—añadió, y la sonrisa se instaló en la morena.
La sonrisa de satisfacción tras recibir eso que tanto le gustaba recibir de ella, aunque fuese a romper su cabeza; Su atención.
—Perfecto— susurró siguiendo sus pasos hasta la puerta, donde Quinn se detuvo para volver a mirarla.
—Descansa, y relájate un poco, Rachel—le aconsejó con dulzura, obligándola a que le mantuviese la mirada—Te va a hacer bien.
—Lo haré. Cuídate, Quinn.
—Y tú, también, Berry.
Tuvo que cerrar la puerta tras ella para asegurarse de que no cometía una locura, y salía corriendo tras ella, no sin antes lanzarle una última mirada a través del pasillo para asegurarse de que era ella quien caminaba a través de la oscuridad, y no su personaje de la obra.
Fue casi instantáneo. Le bastó cerrar la puerta para que sus piernas volvieran a temblar hasta el punto de tener que apoyarse sobre ella.
—Esto es una locura—susurró llevándose de nuevo las manos a la cara—Una completa y absoluta locura.
