Capítulo 25
Durante una cena en la residencia de Joseph, Daphne había asegurado que cuando conociera a su esposa, pasaría largo tiempo con ella porque su presentimiento le decía que serían grandes amigas; así que al verla allí en París el pelirrojo sabía que, si no era aguzado, le robaría tiempo en el que podría retozar con su mujer.
—¡Hans!
La hermana de Joseph gritó su nombre y procedió a acercarse con una sonrisa entusiasta, a la par que Elsa giraba la cabeza —dándole la impresión que encogía los hombros con alivio.
—Y tu esposa —añadió Daphne mirando a la aludida con ojos exultantes. —Sabía que la conocería, pero no dónde. ¡Qué emoción!
Elsa se puso en pie y el contorno de sus ojos creció un ápice al reparar en el pantalón que usaba la estadounidense, y que en París suscitaba frenesí menor, igual que en el continente americano. Él rodeó la mesa que les separaba y extendió su mano señalando a la pelinegra.
—Ella es Daphne Brown-Ross.
—Solo Ross.
Asintió. —Mi esposa, su Majestad, Elsa de Arendelle —dijo en tono moderado, por lo sensible que algunos todavía eran de los títulos nobiliarios.
La rubia movió la cabeza educadamente.
—Un gusto, ¿pariente de Joseph Ross?
—Sí, él es mi hermano menor. ¿Te sentirías incómoda si te llamo Elsa? Para mí es un placer conocerte, no sabes cuánto —remarcó con sus manos.
Ahí iba con su viveza desmesurada; esa que salió en todo su esplendor al conocer a Hildbrand.
—Dime Elsa, Daphne. Escuché de ti por tu hermano. Gracias por el bello regalo.
Asombrado por dentro, Hans vio una inusitada sonrisa surcar el rostro de su esposa, similar a la que puso cuando conoció a su minino.
¿Por qué?
Asimismo… ¿qué tanto había hablado Elsa con Joseph durante su boda?
—Pensé en ambos al escogerlo, tuve el presentimiento cuando lo vi y no te conocía en persona. ¿Qué te parece si nos sentamos para platicar?
Acostumbrada como debía estar a Olaf, Elsa pareció aceptar rápido la actitud de Daphne, porque asintió y regresó al asiento, dejando que la pelinegra ocupara el que estaba enfrente.
Él se aclaró la garganta.
—Te dejaré con ella unos momentos —informó a la reina, indicando que le esperara. Aunque minutos atrás no pretendía reunirse después de su visita al banco y al correo, debía acortar el tiempo con la americana.
—Vaya, te arriesgas a que le hable de mis ideas.
Resopló. Si quería sacar su copia de Vindicación de los Derechos de la Mujer, que Hildbrand afirmaba llevaba a todas partes, no le importaría su presencia.
—Tú eres lo bastante madura para saber con quién y cómo hablar.
—Bonita forma de llamarme vieja, ¿eh? Solo tengo treinta y cinco. Pero tienes razón, sé quiénes pueden escuchar mis ideas liberales, sobre todo aquí en París. En fin, si tus negocios te atrasan y no nos vemos, el pequeño Charlie está muy bien, para que lo sepas.
Pese a que le produjo cierto alivio, él ignoró a Daphne e hizo un asentimiento a su esposa, que los miraba de hito en hito.
—¿Quieres otro helado? ¿Puedo invitarte uno mientras compro el mío? ¿También de chocolate?
Elsa pestañeó antes de agradecer el ofrecimiento de la expresiva pelinegra, que partió al interior de la heladería para hacerse con las nieves.
Le parecía agradable, solo que sentía nostalgia porque le recordaba a Anna en el pasado. Y tal vez eso, unido a llevarle a Skygge a su vida, hacía que le aceptase pronto.
Daphne volvió con dos platos de helado del mismo sabor y le dio la opción de escoger cualquiera de ellos, lo cual era bastante confiable de parte de un desconocido. Al instruirla como futura reina, su padre le había hecho consciente de los envenenamientos que podían sufrir por su posición. (Y allí en Francia debía ser cuidadosa por su historia.)
—¿Tienes un hijo llamado Charlie? —preguntó atraída por el nombre mencionado anteriormente.
—Ese hombre —Daphne negó con la cabeza—. Él es un niño que Hans rescató de las calles en abril, confiándolo a la casa donde mis amigas y yo tratamos de darle una mejor vida a menores desamparados. Fue la primera vez, aunque es uno de nuestros benefactores.
Un pitido reverberó en sus oídos, conmocionada por aquella información. Era inverosímil que él hiciera algo como eso. Actos así de bondadosos no encajaba con su forma de ser.
Podía haber accedido a casarse con ella cuando nadie más lo quiso, ser bueno con Skygge y Eir, atender las heridas de Anna, tener menos intenciones aviesas, actuar considerado con ella o mostrar un gran apoyo tras su aborto; sin embargo…
…quizá sí haría algo como aquello.
En su tiempo casados había demostrado un comportamiento que divergía al de nueve años atrás, manteniendo su astucia y arrogancia características.
—Me alegra que Charlie esté bien ahora —respondió tras su larga pausa, ignorando un sentimiento extraño en su pecho a causa de Hans.
Si Daphne pensó alguna cosa por su desconocimiento de la acción de su marido, no lo comentó. —Lo sé, sus primeros años han sido duros. Tiene mucha fortaleza. Él y los demás nos animan cada día a continuar nuestra labor. Me han enseñado a levantarme y a creer en el mañana, que mis ideas liberales valdrán la pena, no importa si no es para mí.
Le pareció un fin noble y valiente; dedicarse a los otros e ir en contra de las convecciones abiertamente no lo hacía cualquiera.
Con su compañera haciéndose rápido de que era comedida con sus palabras, platicaron un poco más sobre su labor en el hogar y otras causas, como su visión de los derechos de las mujeres, hasta pasar a la vida personal de la pelinegra, de la cual le impactó saber que era viuda.
De repente repitió en su cabeza el comentario de Hans acerca de quién le enseñó a preguntar.
—¿Tú le comentaste a mi esposo de respetar lo que desean las mujeres? —soltó en un impulso raro.
La pelinegra ensanchó los ojos y pasaron varios segundos en los que guardó silencio.
—Tan lista como él, me parece saber hacia dónde vas; mi intuición me dice que atas cabos de muchas cosas. —Daphne hizo una mueca. —No voy a insultar tu inteligencia. Creo que yo soy la única mujer que Hans ha conocido que le hable del valor de las mujeres y lo que queremos y deseamos. De mis amigas, solo ha tenido contacto conmigo y con Violet, y ella no prefiere verse acompañada de hombres… además nunca se interesaría por Hans.
Hubo una inflexión en eso último que no supo si imaginó, pero con sus latidos acelerándose le prestó poco interés.
Un suspiro salió de los labios de la pelinegra.
—No estás equivocada. Pensándolo mejor debo ser sincera, por si esto sale más delante de la forma equivocada. Sí, él y yo tuvimos encuentros de alcoba.
Un algo siseó en su costado.
—Solo recuerdo qué año nos conocimos ya que me acerqué a Hans para que apoyara un baile benéfico y luego se lo presenté a mi hermano… y porque el año siguiente encontré al hombre que amo, gracias a un negocio entre los tres.
El rostro de Daphne reflejó una gran intensidad al referirse a su amado, tanta que sintió una ola de añoranza que calmó su corazón raudo.
—En ese tiempo, Hans y yo éramos dos personas que queríamos a alguien para unos minutos de placer sin ataduras de por medio; yo le convenía porque no tuvo que buscar a una mujer que investigar, lo había hecho antes de decidir darme una donación, él era muy racional al escoger pareja para sus actividades nocturnas; y, en lo que a mí respecta, presentí que sería un buen partido con el que estar sabiendo lo bien que trataba a sus empleados, así como su verdadera búsqueda de conocimiento sobre la causa que iba a apoyar monetariamente. Antes de Hild, por circunstancias relacionadas a mi matrimonio, me interesaba solo disfrutar de la actividad y únicamente pocos hombres podían ser rescatables para hacerla grata.
» ¿Sabes?, no fue tan importante pues ni siquiera estuvimos exclusivamente con el otro, y por lo que sé de Jo, se siente satisfecho porque Hans se mantenga célibe contigo. Las dos amigas de mi hermano, que son con quiénes estuvo hasta antes de que se fuera de viaje el año pasado, cuando regresó comprometido, lo han dicho. Y tu esposo las ha visto.
Elsa se aseguró que su complacencia se debió a que él cumpliera con no enfermarla.
(Si bien al ser cuidadoso con sus parejas sexuales el argumento perdía valor.)
—No tenías que explicarlo.
—Hild dijo lo mismo —repuso Daphne sonriendo con amor.
—¿Cuánto tiempo llevan casados?
Una sombra cruzó la mirada verdosa de la estadounidense antes de desaparecer rápidamente.
—Hild es mi prometido.
—Felicidades por tu compromiso.
—Gracias, aunque no es reciente, me lo pidió al poco de conocernos hace cuatro años.
Era demasiado largo en una pareja fuera de la aristocracia y con posibilidades económicas.
—Deseo que pronto puedan concretar su matrimonio.
Daphne negó y bajó sus manos de la mesa, llevándolas a su regazo. Por su propia experiencia, Elsa supo que las escondía.
Pudo identificarse con ella; ambas habían escogido guardar sus sentimientos, y Daphne lo hacía con una actitud opuesta a la suya. Mientras que ella era circunspecta, la otra desviaba la atención dando una cara alegre, que de cualquier modo parecía su personalidad de siempre.
—A veces es difícil arriesgarse de nuevo. Las viejas heridas tardan en sanar, pero voy un paso a la vez y él, afortunadamente, es paciente. También sé que permanecería a mi lado, incluso si nunca pasamos por el altar. ¿No es curioso cómo nos hacen creer que el matrimonio lo es todo? Hemos recitado nuestros votos para el otro sin que la sociedad lo presenciara. Fue antes de vivir juntos. No me gustan los privilegios, pero no me desdeñan públicamente por estar con un hombre rico y ser hermana de otro, dueño de las deudas de muchos en la clase alta; así que debo resignarme que no atenten contra mi estilo de vida por otras circunstancias y no la felicidad de los dos.
Daphne Ross era cada vez más sorprendente. Aun sin ser reina, no sabía si se había atrevido a desafiar un sinfín de preceptos para vivir a gusto.
—Elsa, lo siento si soy muy franca para ti. Mis intuiciones no fallan y creo que por tus expresiones no te molesta escucharme. Y… te he soñado sin haberte conocido y supe que serías importante en mi vida, por eso te puedo hablar de esta forma de mí, no es que quiera llenarte de mis problemas. Una sola vez he ido en contra de mis presentimientos y fracasé.
Ocasión que no olvidaba.
—Puedes decirme que me calle. Tampoco tienes que ser importante si no quieres. Tu esposo…
—Está bien —le dijo en voz alta por la inseguridad que oía en su voz. Y, aunque había una cosa extraña en ella por la verdad, ¿para qué interesarse por ese pasado que no era suyo?
—¿Puedo escribirte, Elsa? Hans no es mi amigo, solo un buen conocido, y el amigo de Hildbrand y mejor amigo de mi hermano, pero creo que tú y yo podríamos ser muy buenas amigas. Solo si tú quieres. No voy a obligarte a hacerlo, no me corresponde a mí decidir por ti. Y estoy segura que como reina tienes que pensar en el bienestar de muchos, ten calma que aceptaré tus deseos.
Elsa sintió un nudo en la garganta al escuchar a Daphne. Le tenía más consideración que su propia hermana, sin imponerle su entera voluntad; pensaba en sus deseos y las restricciones de su vida por su posición.
Sintió lo mismo que con su hermano; esa Ross también sabía qué decir. Por asociarse con Hans podían ser manipuladores, pero no le hizo caso a esa advertencia.
—Esperaré tu carta.
Su primera amiga.
Daphne sonrió con amplitud. —Será enorme, te hablaré de la familia de tu gato; le pediré a Violet que les pinte para ti, es una gran artista. Y sabrás de todas las clases de chocolates que hay en Nueva York, te enviaré del más delicioso que pruebes.
—Me encantará.
—Ojalá te sirva para distraerte de las dificultades. —Daphne paró y cogió aire. —Elsa… esto que voy a decirte se entromete en tu vida y no quisiera hacerlo —se tensó—, pero hay algo que es mi deber decirte, aunque no funciona solo con hablarlo. Y estaré ahí si me necesitas. Sé que hay mucho de tu matrimonio con Hans que no es "normal"; conozco su pasado mutuo y estoy consciente de que en menos de seis meses se casaron, cuando él renegaba de hacerlo. Aparte eres reina. Sin embargo, una de las muchas cosas buenas que me dejó la viudez es el aprendizaje. No importa si tú y él no se aman y solo se tienen cariño. Puede funcionar con eso si los dos quieren, si no te atormenta. No vivas en la infelicidad porque es lo que más conviene o porque así te limiten los demás. No cometas ese error. Olvídate de todo lo que te han enseñado; si te hace sentir miserable, no vale la pena. Tú eres grandiosa y te mereces cosas iguales.
Por primera vez en público, Elsa inclinó la cabeza, sobrecogida por el discurso emotivo de Daphne. Había atacado en un punto sumamente sensible para ella, fuente de mucho dolor y que solo podía entender quien lo había vivido en carne propia.
Alguien que comprendía la infelicidad por pensar en otros.
Pero fiel a su costumbre, de inmediato bloqueó cualquier reflexión sobre sí misma y se concentró en su nueva amiga. Sonaba mucho peor que ella y relacionado a estar casada. ¿Cuánta infelicidad tuvo Daphne, cuan miserable fue en su matrimonio, para adquirir ese aprendizaje?
¿De qué se libró al quedar viuda?
Algo que la había hecho fuerte, sin duda.
—Tú también eres grandiosa —dijo mirándola a los ojos para transmitirle su respeto, toda vez que agradecía sus palabras.
Aligerando el ambiente, Daphne cambió de tema, contándole del sueño que tuvo con ella, cuyo escenario era un bosque donde se internaban para tener un picnic en el lago sin nadie perturbando esa paz. Se lo describió con tal detalle y ambiente agradable que comprendió su idea de que serían amigas. Parecía un gran momento.
—Lo olvidaba, tú usabas pantalones. Lucías perfecta con ellos.
—¿Yo en pantalones?
—Daphne, creo que esta vez te has excedido. Elsa en…
La voz de Hans irrumpió la imagen de sí misma con una prenda celeste que cubriera hasta sus tobillos.
Se giró hacia él, que achicaba un poco sus ojos, sin ocultar sus orbes brillantes. Podía adivinar qué pensaba.
Como cuando lo vio en el vestíbulo del hotel, sintió un burbujeo en el estómago, menos ligero. Y después de su conversación con Daphne, otras cosas más danzaron en su interior, haciendo un revuelo grande y un laberinto sin resolver.
—Solo le estoy hablando de mi sueño. ¡Ya! ¿Te molesta que tú no lo sugirieras?
Su esposo bufó y colocó su mano sobre el respaldo de su silla, permitiéndole sentir su calor en la piel entre su espalda y hombro.
—¡Oh! Hild viene de regreso —anunció Daphne mirando donde Elsa no podía.
—Enfurruñado.
Se preguntó de qué iba la ironía de Hans.
—Excelente, le gusta mi modo de calmarlo. —Su amiga se puso en pie enérgica. —En la próxima ocasión te lo presentaré, Elsa. Disfruten de París.
Daphne le apretó la mano y se apuró en irse. Sobre su hombro, ella le vio yendo a abrazar a un rubio apuesto, cuya sonrisa pletórica era tan deslumbrante como el brillo de las estrellas en la noche.
Él la besó en la frente y se alejaron de la mano.
Había tal amor entre ambos, mucho más grande del que vio en el matrimonio de sus padres y el de su hermana, sus referencias de amor conyugal.
—Siempre lo mismo.
Lindo, en su opinión.
—Parecen muy enamorados.
—Lo sé.
—¿Ningún comentario cínico? —Volteó hacia él, que curvó la boca hacia arriba.
—No soy estúpido, es obvio. Hay personas que se enamoran.
En otro tiempo le habría pasmado, ahora no necesitó mucho convencimiento. Cada uno de esos nueve años desde su coronación hicieron posible que tuviera a ese hombre junto a ella, capaz de mucho más de lo que creía en un principio de su matrimonio.
Aquella era una de todas las cosas de ese día que prevalecería en su memoria.
{…}
Elsa se descruzó de brazos y abandonó el banco donde estaba sentada, desechando esperar más por Hans. Desde varios minutos atrás las campanadas del Notre-Dame habían sonado anunciando una misa de siete de la tarde, así que él probablemente había olvidado su acuerdo de cenar juntos, o iba muy tarde, y tendría que conformarse con tomar sus alimentos por su cuenta, pues ella no aguardaría.
No habría prescindido de Egil sabiendo que viajaría sola. Tenía la habilidad para defenderse, pero usar el hielo era un último recurso y prefería que el hombre entrenado para ello se encargara de su primera protección.
—¡Espera!
Deteniéndose, oteó a su espalda para ver que su esposo caminaba a grandes zancadas hasta ella.
—No tienes que decir nada, llego tarde —comentó él apenas la tuvo a un metro de distancia, robándole la reprimenda.
—¿Desde cuándo te obedezco? —inquirió con un deje de burla, cuidando que no apareciera gesto en su rostro.
—¿Te quejas? No es por mí que no lo haces.
—Pero eres tú quien está obligado, consorte. —Le recordó su juramento al ser nombrado rey.
Él lanzó una risa sonora que trajo un temblor a su estómago.
—Te encantaría verlo.
—Una dama puede desear.
Con una sonrisa de satisfacción ella le indicó el restaurante y caminaron hacia él.
—Me pregunto en qué consistirían tus deseos, Skaði —dijo Hans inundando su voz de ardor, pero continuó mirando al frente con seriedad, como si no nada.
No transcurría ni un minuto para que él pudiese darle una respuesta, sobre todo si era sugerente.
—Ya lo sabes, ¿te gustó limpiar establos? —replicó confirmándole una pregunta hecha meses atrás, ignorando la picardía de su frase.
La máscara seria de él cayó al fruncir el ceño.
Antes de poder evitarlo, sonrió de una forma que llevaba años sin hacer, mostrando sus dientes.
Él giró su rostro hacia ella, riendo por lo bajo. Se estremeció al ver la chispa de admiración en sus ojos. —Eres un pequeño demonio, reina Elsa.
Ese intercambio concluyó al entrar al al restaurante, donde continuaron hablando cuando les llevaron a inspeccionar los ingredientes de los platillos que iban a ser preparados para ellos. Aparentemente un accidente de ómnibus había ocurrido en la calle principal que usaría, armando un caos, por lo que debió acortar su asunto para llegar a tiempo, aunque no lo consiguió.
—¿Se verá afectado ese negocio?
Él realizó un círculo con su copa de vino, bebió de ella y negó.
—Solo estaba haciendo averiguación personal. La absenta se está volviendo demasiado importante en la sociedad, pretendía analizar si era un negocio rentable durante la "hora verde" en un cabaré, de nombre como Skygge, Le Chat Noir.
—¿No es ésa que causa aletargamiento, alucinaciones o demencia? —censuró, sonriendo por dentro al oírlo recordar a su pequeño.
Él se encogió de hombros. —Es una bebida de artistas, pero dicen que tiene otros efectos.
—¿Y tú producirías más, sin importar que pueda hacer daño?
—Te olvidas que cada persona tiene libre albedrío, la gente puede decidir no beberla y asunto acabado. No puedes responsabilizarte de las decisiones de los demás, Elsa. Tengo una fábrica de armas, pero no pienso en quién va a comprarlas o para qué uso, solo doy respuesta a una demanda.
—Tienes una conciencia muy limpia.
Tomando en cuenta que quiso matarla y ni una vez intentó disculparse, el comentario estaba de más.
—Soy pragmático. Por otro lado, si sirve para calmar tu aprensión, considera el supuesto de que los empresarios de armas cierren sus fábricas, pero las personas van a seguir queriéndolas. Entonces, alguien tomará la oportunidad y les dará lo que piden, mas con una calidad baja, que pueda resultar en el dispositivo explotando en la mano del disparador, quien solo daba muerte a un animal sufriendo por una enfermedad. ¿No es mejor garantizar un producto bueno que uno malo?
Él tenía un punto, aunque no disminuía su desagrado por ese tipo de negocios.
—Tampoco es como si estuviera vendiendo esclavos. —Saberlo le dio tranquilidad. —Hay cuestiones éticas que puedes poner de lado o no.
—Y esa es tu clave para el éxito en poco tiempo.
—Es parte de. El mejor consejo de negocios que te puedo dar para que comiences, es invertir en lo que la gente siempre necesite, como enseres. Y siempre que sean los mejores. Después puedes continuar con algo que la gente no necesite, pero les puedes crear esa necesidad.
Su método con los muebles, acompañado de dirigirse a las personas adecuadas.
—Ahora bien, respondiendo a tu pregunta inicial, hay muchos produciendo absenta, es una pérdida de dinero invertir en ese negocio.
Fue evidente que no le interesaba la bebida; en su lugar, su atención —y la de ella—, se vieron atrapadas por novedades de contactos de investigación de negocios en París, de los que su esposo pretendía mantener la pista en el futuro, no por interés monetario.
Una de ellas era un médico que publicaba artículos de sus inventos; el investigador había obtenido información de sus intenciones de tomar múltiples fotografías a la vez para concentrar las imágenes de sus animales moviéndose, lo que era impresionante. La otra, de un ingeniero en el Imperio Alemán que tenía o quería un vehículo potente a base de un motor mecánico, más pequeño que un ferrocarril y similar a un carruaje; no era muy claro porque todavía buscaba más datos y la relación de los alemanes y los franceses no era buena, además había que ser muy perspicaz para obtenerlos por los temores del robo de ideas.
Ni quería saber las técnicas empleadas por esos "cazarrecompensas".
Intercambiaron puntos de vista sobre ambas y el tema los guió hacia otros inventos para el uso humano, entreteniéndolos por tanto tiempo que hasta pareció inexistente la tardanza que llevaba preparar los alimentos en exclusivos restaurantes como ese.
Al salir del edificio de piedra, una noche estrellada abrazaba la ciudad y las farolas en las calles creaban sombras a los transeúntes. La luna bordeando las nubes creaba un escenario místico.
Un gato color gris atigrado les cortó el paso. Poco después, otro felino de mismas rayas, pero anaranjadas, salió de otra calle, dirigiéndose al lugar donde se perdió el primero.
—¿A cazar un par de ratas o a una escurridiza felina gris?
Hans se perdió la reacción de Elsa cuando percibió un rostro conocido a lo lejos antes de que su dueño se arrodillara para hacer el tonto con su zapato.
Erikson.
Lo había visto el día anterior, cerca del hotel, y asumió que fue un cruce casual; el ingeniero había trabajado previamente en París y ahora podía hacerlo de nuevo. Sin embargo, ese actuar, en conjunto con su cercanía al sitio donde Elsa se hospedaba, se merecían otra conclusión.
¿De verdad contrató a semejante idiota?
Con más vehemencia de la debida, enganchó su brazo a la cintura de Elsa, quien dio un ligero respingo.
Adelantándose a las palabras de ella, se giró, la apresó en sus brazos, pegándolos pecho a pecho, y llevó sus labios a su oído. —¿Es casualidad que sea la segunda vez que veo a cierto ingeniero sueco cerca de tu ubicación? —murmuró, dando la impresión del abrazo de dos amantes.
Ella se tensó.
—¿Dónde más?
—Ayer, cerca del hotel.
—Yo también lo he visto dos ocasiones, en Picardie y aquí en París, en el centro, ayer. Y… me envió una carta a Arendelle. Deseaba saber si consideré su ofrecimiento porque tú te habías ido.
Golpeado por una sensación de desdén, frunció el ceño y su sujeción se hizo más fuerte. Si quería acercarse a su esposa o pensaba robársela, le iba a demostrar cuán inútil sería intentarlo.
Y esta vez pretendía ser más efectivo demostrándole la diferencia entre los dos.
—Parece que necesita una prueba de su pérdida de tiempo —sentenció duro.
A continuación, la besó.
Allí en medio de la calle.
Hans no se midió juntando sus labios castamente, sino que burló las puertas de la boca de Elsa y chupó uno de los rebordes carnosos, para luego hacer tocar sus lenguas entre múltiples besos que creaban sonidos húmedos al rozarse. Era una unión en verdaderas condiciones que anunciaba a gritos quién la tenía.
Llevó su mano a la base de su recogido, justo en su nuca. Ella se asió de su cuello y él esbozó una sonrisa contra su boca, mezclándola con un beso. La acercó más y Elsa hizo lo mismo, participando con ganas; disfrutaba tanto como él del pequeño placer que era besarse.
Durante el transcurso de ese intercambio, sintió una especie de calma venir a él, aunque se sentía muy alerta de su alrededor, por su seguridad… de ambos.
Nadie los interrumpió y no le apetecía parar, pero lo hicieron. Entonces apoyó su barbilla en la sien izquierda de Elsa, mirando detrás con disimulo; inundándose también del olor floral que provenía de su cabellera platinada.
—Se va. Esperemos que no sea más obtuso —manifestó con buenos ánimos al ver la espalda de su antiguo empleado, que se alejaba corriendo.
—Que algo justifique la pérdida de propiedad —replicó Elsa crítica, poniendo sus manos en su pecho para tomar distancia; él casi lo lamentó. —Esto no es Arendelle.
—No, es París —dijo recordándole las libertades que permitían los habitantes de esa región.
Ella negó con los labios apretados y él rió.
{…}
Con el sonido del agua cayendo en el cuarto de baño, Elsa se preguntó si no haber cedido a la invitación de su esposo para unirse había hecho que el tiempo corriera más lento mientras esperaba a que terminase.
Estaba recostada en la cama y sentía que los minutos eran horas. Ni siquiera el libro en que dibujaba era de ayuda.
Pero ella ya se había aseado y no iba a regresar al agua solo por alguna idea decadente de Hans, a quien escuchó llegar cuando ya se vestía.
Infló su pecho y sacó el aire, extendiendo la mano para coger la almohada de Hans y ponerla debajo de sus piernas. De reojo, un destello en el colchón capturó su atención y al volverse para descubrir qué era su corazón corrió descontrolado.
Un cuchillo.
Él tenía un arma bajo la almohada de la cama que compartían.
Frunció el ceño.
¿De verdad le pertenecía a Hans? ¿No era una artimaña de algún empleado para alarmarla, pues, qué motivos tenía su esposo para deshacerse de ella? ¿Qué tenía para envidiarle o qué ganaba? ¿Lo haría de un modo tan grotesco y llamativo, en Francia, donde no temían guillotinar a una persona de la realeza? ¿Y consciente de que todos los dedos señalarían hacia él? ¿De que su reputación se vería por los suelos al asesinar a su esposa?
Su mente saltó al darse cuenta de cómo lo defendía, en vez de tener dudas, como solía hacer al recordar cuando le pidió que no fuese un monstruo. No obstante, era demasiado ilógico que su cometido fuese continuar lo que no pudo en el pasado, porque en enero, convaleciente por el aborto y tomando un tónico, pudo envenenarla y salir indemne.
Sorprendiéndola porque no oyó que concluía, Hans salió del baño. Se detuvo justo cuando ella miró en su dirección.
—¿Por qué tienes un cuchillo bajo la almohada?
En sus ojos se reflejó un entendimiento que debía diferir del suyo. Ella no reaccionó creyendo sin más que deseaba asesinarla.
—Protección. —Él se dirigió al mueble con cajones junto a la cama, abriendo el primero de ellos para mostrarle una pistola. —Soy rico.
El arma regresó a su sitio y Hans se sentó del otro lado del colchón, apoyando la espalda en el poste que sostenía el dosel.
Él sonrió de modo burlón.
—Además, tengo una gran familia. Cuando resultas un estorbo, lo más recomendable es deshacerse de ti. ¿Y qué mejor momento que la noche?
Elsa creyó que su tono irónico era una forma de enmascarar el dolor por el trato de sus parientes, porque en el fondo debía de afectarle no ser de importancia para su familia, o de lo contrario no lo habría mencionado.
Se arrepintió de haber usado a sus hermanos para sus bromas; independientemente de que a él no le agradaran —tampoco a ella por sus modales—, sabía que lo habían condenado a la muerte y aun así nunca los consideró capaces de algo como querer matarlo. Fue su voto el que lo salvó, pero en su inocencia pensó que lo hacían en contra de su voluntad, considerando que el crimen lo valía; dejar la decisión en sus manos les sería más llevadero.
—Debí decirlo ayer… gracias por salvarme la vida. Sé que eres tú por quien no fui colgado.
Se horrorizó. ¿Le habían dicho la verdad a la cara? ¿Tanta crueldad era necesaria? Ella se había prometido no decírselo, incluso si le daba poder sobre él.
Odió estar emparentada con esos hombres y que su progenie tendría su sangre. Se juró que ni por educación les permitiría estar a unos metros de sus hijos; si así eran con el padre, se comportarían peor con la extensión de él.
—No debí haber tratado de matarte.
Eso le sonó a una disculpa, la única que intuía obtendría de él; sin explicaciones que no valían la pena.
—Una vez lo hice, sí, pero te prometo por mi vida que no lo repetiré.
Supo que lo decía en serio.
Para demostrarlo, hizo que la almohada volviera a cubrir el cuchillo. Luego dejó su material de dibujo en la mesita de su lado y se aproximó a él sin bajarse de la cama.
Desde un rincón de su memoria acudió una noche de debilidad donde se sintió consolada por él, que Hans nunca trajo a colación en el día. Y al besarlo decidió brindarle exactamente lo mismo.
Vio en su mirada comprendía el mensaje de aislar ese momento de la realidad, cuando había uno vulnerable y el otro se percataba de ello, ofreciendo una ayuda que el primero no sabía dónde necesitaba, pero quería en alguna parte de sí mismo.
Él la sentó en su regazo y sus manos permanecieron en su cintura; ella profundizó el beso acercando su rostro, sintiendo el sabor mentolado de su boca. El calor se expandió a sus terminaciones con exquisitez y dejó vagar sus manos por su cuello hasta colarse debajo del batín, tocando los anchos hombros de su esposo antes de ir a su espalda rígida, en la que frotó sus palmas lentamente.
Pausó la atención en su boca y abrió los ojos, alejándose para desanudar la prenda de él. La abrió con movimientos parsimoniosos sujetando las solapas y rozando sus pulgares con la extensión de piel que dejaba al descubierto; su cálido pecho con una franja ligera de claroscuro vello rojizo, sus hombros fuertes y sus resistentes brazos.
Él retiró las manos de su cintura y terminó de despojarse de la bata, lanzándola al suelo. Sus irises verdes poseían un océano secreto de emociones debajo del brillo sinigual en la superficie.
Su corazón le dio un tirón.
Mirándolo atenta, comprendió las circunstancias que dejó atrás para ser el hombre que se presentaba diariamente al mundo, cuya indiferencia perdía en contados casos. Ahí al fondo estaba el niño herido que buscó un amor fraternal nunca encontrado, de ilusiones perdidas que lo hicieron optar por la defensa de quienes ni debieron pensar ponerle una mano encima.
Vio el afán de éxito para demostrar su valor, ser querido y lograr que la emoción del triunfo llenara los huecos vacíos de su existencia.
Y palpó con mucha fuerza el agradecimiento por la oportunidad de vida que le otorgó al no dictaminar que diera su último aliento hacía nueve años.
Invadida por sentimientos de compasión, apoyo y respeto, sus manos se movieron por cuenta propia hacia los costados de su rostro y unió sus bocas. Él amasó su pierna subiendo desde el interior de su rodilla, dejando una estela cosquilleante a su paso, hasta pedir acceso a su femineidad, que ella le concedió.
Un gemido rompió su beso al sentir un dedo hurgando entre los pliegues ocultos de sus muslos. Se inclinó y presionó sus labios sobre la yugular de él, acariciando su torso con sus manos; lamió, besó y rozó con los dientes su cuello y hombros mientras el ritmo de sus respiraciones aumentaba.
Hans soltó un gruñido bajo cuando mordisqueó arriba de su clavícula como respuesta a un pellizco en su carne y dos de sus dedos explorando su interior.
Lo detuvo con su mano y se apartó de él, empujándose con su trasero hacia el centro de la cama, donde se desanudó la bata y la dejó a su costado. Él se hincó y gateó hasta colocarse encima de ella.
Tan pronto como lo tuvo acomodado entre sus piernas, con la punta de su miembro en su abertura, lo cogió de la nuca y le hizo bajar la cabeza para reunir sus bocas, elevando la cadera para sumergirlo en su cuerpo.
Elsa se enajenó de esa sensación tan placentera como siempre y respondió a cada embiste pausado, abrazándolo de la espalda y los costados de sus muslos; entregando un contacto físico estrecho de la única forma en que lo habría recibido, aun si lo pidiera a gritos.
Y la cúspide se postergó tanto le fue posible, como si él quisiera sentir ese tacto por horas.
NA: ¡Hola!
De Mary Wollstonecraft, Vindicación de los derechos de la mujer es una de las primeras obras feministas, publicada en 1792. En Francia se puede hablar del feminismo moderno después de la Revolución, y a la mitad del siglo XIX comienza a adquirir mayor fuerza.
En el siglo XVII en Francia hubo un "Asunto de los venenos", donde estuvo de moda asesinar usando este método, qué conspiraciones en la corte.
Le Chat Noir (El gato negro), un cabaré en Mortmartre que tuvo famosos clientes, abrió en 1881 y cerró en 1897, por lo que está dentro de mi línea temporal. A Hans le falla un poquito la intuición, porque la absenta llegó a ser muy cotizada a finales del siglo hasta su prohibición en 1915 (por las cosas que dice Elsa), y hoy día ya circula de nuevo; en el siglo XX fue considerada la bebida nacional francesa. La hora verde era a las 17h - decía que en 1860 se estableció, no sé por cuanto tiempo, pero supongamos que un lugar bohemio como el cabaret, podía seguir la costumbre.
[Hablando de gatos, leí por ahí que en Europa uno de los períodos de celo de las gatas es en junio, y no van por ratas, aunque si Victor Hugo las menciona en Los Miserables y en la actualidad son una cosa típica de París, pues también las comerán ja,ja].
Me tomo licencias artísticas y ajusté el trabajo de dos personas famosas para que los investigadores de Hans se enteraran (él no trabaja solo, no puede saber tanto ja,ja). El médico es Étienne Jules Marey, quien con su trabajo da pie a la creación de las películas; el inicio del cine se data en 1895 con la invención del cinematógrafo por los hermanos Lumière. El otro es Carl Benz, cuyo apellido ya les dice la marca; a él se le adjudica el primer automóvil.
Las relaciones con Francia y el entonces Imperio Alemán no eran tan buenas, incluso en 1882 se formó la Triple Alianza con el Imperio astro-húngaro y el Reino de Italia. Es algo histórico y político, solo necesitamos saber que no se llevaban muy bien.
No me maten por el pasado de Hans con la hermana de Joseph y que Elsa se haga su amiga; creo que es más delicado casarse con el hombre que trató de asesinarla. Por eso tenía que ser París. Pero esa información sirvió para que alguien se diera cuenta de que no hay mucha indiferencia por un colorado. Y también Erikson sirvió para lo mismo ja,ja.
¿En la escena final no les sale decirle?: Elsita, se te olvida que le revelaste a Hans que lo hiciste limpiar establos, podría haber sacado su coraje matándote. Y te olvidaste, pero por ahí al principio de tu matrimonio estabas contenta de que no fuesen a meterse en la vida del otro.
Y bueno, me sorprendieron los 11 reviews del capítulo pasado con más follows y favs, vaya que les gustó verlos juntos de nuevo. ¡Gracias!
Abrazos, Karo.
Aiden O'Malley: Hola a ti también, gracias por tu review. Es muy bonito que te gustara el capítulo. ¡Besos!
Guest1: ¡Qué padre! Me alegra superar las expectativas, aunque a veces haga cosas que quieran matarme. Pues Elsa ya va mejorando con Hans y parece que sus sentimientos afloraron más aquí, ya han tocado un poco de su corazoncito. Es una lástima que París no les dure para siempre. Ja,ja, Erikson muy muy inoportuno, pero aquí ya se fue huyendo por ese beso bajo la luna; ay, gracias por aparecer hombre. XD . No pasó lo que querías del temor de perder a Elsa, pero algo es algo. Sabe que es muy poco para su rubia.
