—!Frankie! Un poco más a la derecha.
El hombre gruñó y movió el cuadro un poco más a la derecha.
—¿Así está bien, su majestad?
—¡No te hagas el graciosito conmigo!
—Ma, son las siete de la mañana y todavía está oscuro afuera. ¿No podías esperar a la noche?
—No. Y apúrate que tengo que estar en el trabajo a las nueve.
—¿Y Tommy? Por qué no le preguntaste a tu preferido.
—No digas tonterías, Frankie. —Estuvo a punto de reprocharle el que se quejara, pero su celular comenzó a sonar—. ¿Gabriel, ya llegaste?
Frankie casi se cae de la escalera cuando reaccionó al darse cuenta con quién hablaba.
—¿Estás hablando con ese tarado? —Articuló bajándose de la escalera, acercándose para intentar escuchar la conversación, pero Angela le dio un cocotazo.
—Ah… Sí. Bueno, no está aquí. De seguro se le descargó el celular. Está con Maura. Claro, yo le digo. Cuídate.
Angela ignoró la mueca de su hijo y volvió a meter el celular en el bolsillo.
—¿Por qué lo tratas así?
—¿Así cómo? Sabes que siempre lo he tratado de ese modo. Nunca me ha caído bien, solo lo he tolerado por mi hermana.
—¡Frankie no hables así de él!
—Solo estoy siendo honesto, Ma.
—No digas esas cosas enfrente de tu hermana —advirtió y su hijo sacudió los hombros con desinterés y dijo:
—Jane ya sabe.
—¿¡Qué!? Pero por qué le dices esas cosas, Frankie. Es su marido.
—Por eso mismo lo hago. Además, sabes lo difícil que es ocultarle algo a Janie.
—Claro, eso cuando no está lo suficientemente ciega para ver las cosas que están justo en su cara.
—A todos nos pasa en algún momento. ¿Qué te dijo Gabriel?
—Estaba preocupado por Jane.
—Claro, por eso no demoró veinte minutos en salir al aeropuerto. Al menos está con Maura… Ya quisiera estar yo con ella.
—¡Frankie!
—¿Qué? Está buenísima.
—Es hermosa, no buenísima. Si quieres tener una novia, aprende a hablar como un caballero y tal vez tengas un poco más de suerte.
—Touché, madre. Touché. A esto ha llegado mi vida: mi madre dándome consejos para conquistar.
—¿Quién más te los dará?
Frankie hizo una mueca y suspiró.
—Mira, tu cuadro ya está donde lo querías. Ya me voy.
—Aja, aja. ¡Gracias por ayudar a tu madre!
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Maura se mordió el labio inferior cuando sus pies descalzos tocaron el suelo helado. Se restregó la cara con las manos y lanzó una mirada por encima del hombro, suspirando aliviada al ver que Jane seguía durmiendo profundamente. Despertar con ella abrazada a su cuerpo la había hecho sentir cosas inexplicables. No había sido la primera vez que había despertado con Jane, pero por alguna razón esta ocasión se sintió diferente. ¿Acaso era porque ahora era consciente de lo que sentía? Con otro suspiro miró por última vez el rostro, el cabello esparramado sobre la almohada, y los labios parcialmente separados.
—Tú también eres hermosa —susurró antes de levantarse con cuidado de no despertarla al salir de la habitación. Estaba segura que si no se despertaba sola, la luz del sol lo haría.
Jane pestañeó varias veces abriendo los ojos lentamente cuando escuchó la puerta cerrarse, y un murmuro incomprensible escapó de sus labios antes de rendirse al sueño una vez más.
Maura descendió por las escaleras pausadamente, repitiendo en su mente los primeros segundos de su despertar: la cabeza de Jane sobre su pecho, la pierna sobre la suya y el aliento caliente acariciando la piel expuesta de su escote. Los primeros botones de la camisa seguían desabrochados de la misma forma que cuando despertó. Caminó hasta el vidrió del ventanal corredizo y observó su reflejo, pensando que el escote no era diferente al de varios de sus vestidos, aun así, decidió abrocharse uno de los botones antes de dirigirse a la cocina, buscando algo para preparar el desayuno.
Con el café listo y una tostada con mermelada, subió por las escaleras y abrió la puerta de la habitación lentamente para no hacer mucho ruido, asomándose primero para chequear si aún seguía dormida. Para su sorpresa, Jane no se había movido ni un centímetro. No se explicaba cómo no se había despertado con el cuarto bañado por la luz del sol.
Con el mismo cuidado que entró, dejó la bandeja sobre la mesita del lado de Jane y caminó hasta la pared de vidrio panorámico, sintiendo el calor del sol en su rostro a la vez que tomaba un sorbo de café. Era un amanecer hermoso y el mar se veía tan azul que, aunque ya había visto aquel paisaje antes, la conmovió. Tal vez porque nunca antes lo había compartido con alguien más. Se había dado cuenta que las cosas, por muy simples que fueran, tendían a ser más hermosas cuando las compartía con Jane
—Hmmm. —Jane se quejó estirándose un poco, tocando el otro lado de la cama como si estuviera buscando el calor del cuerpo que la había abrigado durante la noche.
Maura permaneció de espalda a la cama, tomando otro sorbo de café antes de girarse y acercarse, sentándose al borde.
—Buenos días. —Para su sorpresa solo se sentía cansada y la claridad le molestaba un poco. Lo que más le causaba molestia era un leve dolor de cabeza.
—Te hice café y una tostada con mermelada. Era lo único que había para desayunar.
—Con el café ya eres la mejor. —Notó que Maura se había recogido con las manos el cabello y lo había echado a un lado sobre su hombro. Sus ojos siguieron bajando por el cuello hasta llegar al escote que, aunque no fuera descarado, no dejaba de atraer la vista.
—Te quiero mostrar algo realmente hermoso.
Jane sonrió media dormida aún y murmuró un "¿Algo más?" que hizo que Maura ladeara la cabeza.
—¿Tengo que levantarme?
—Me temo que sí, aunque puedes sentarte.
Jane le hizo caso y se sentó con pereza y quejidos que se acallaron al quedar boquiabierta cuando sus ojos registraron la vista que tenía.
—Es… Es mucho más hermoso de lo que imaginaba —susurró y Maura sonrió complacida.
—Lo es. —Se puso de pie y se acercó al vidrio una vez más.
Los ojos de Jane se enfocaron en el cabello dorado que parecía brillar con los rayos del sol. Sus ojos siguieron bajando por el cuerpo de la mujer, recorriendo las piernas desnudas hasta llegar a los pies descalzos.
—Es realmente hermoso... —repitió en voz baja, hipnotizada por la belleza de su amiga.
Maura convino tomando otro sorbo de café, ingenua a la mirada de Jane.
—¿Qué te apetece hacer hoy? Ya llamé a Ella y me confirmó que el vuelo será el martes en la noche.
Jane la escuchaba atentamente, probando el café y la tostada que le había preparado. Pensando y procesando sus palabras hasta que se dio cuenta de algo totalmente diferente.
—Espera… —Tragó el pedazo de tostada que tenía en la boca y la miró sorprendida, apenas dándose cuenta—. No recuerdo haber despertado en la noche.
—No lo hiciste. No tuviste pesadillas.
—¿Estás segura? ¿No dormiste?
—Claro que dormí, Jane, pero me hubiera despertado al escucharte o sentirte. Ni siquiera te moviste. —Evitó su mirada tragando en seco al sentir que sus mejillas se ruborizaban al recordar la posición en que había despertado.
—¿Estás segura, segura?
—Sabes que no podría mentirte.
—Lo sé… Es solo que hace mucho que no tengo una noche sin pesadillas. El caso lo ha empeorado y… solo estoy sorprendida. Se siente bien… dormir sin ninguna interrupción. ¿Puedo contratarte?
—¿Contratarme? —La miró a los ojos— ¿Para qué?
—Como almohada personal, esas… amm ¿Cómo es que se llaman? ¿Almohadas de cuerpo? —Soltó una carcajada ahogada cuando notó la expresión de la rubia como si lo estuviera considerando en serio—. Maura, sabes que estoy bromeando, ¿verdad?
—Claro… Claro. No podría dejar mi trabajo por uno de "almohada personal" aunque suena tentador —le guiñó un ojo y ahora fue Jane quien se quedó estupefacta.
—Creo que soy una mala influencia para ti.
—Aprendo de la mejor.
—Ujum. —Intentaba revisar el celular, pero no encendía—. Creo que me quedé sin batería.
—Puedes usar el cargador que tengo en el carro.
—Perfecto, pero ahora no. Hace mucho que no estoy desconectada de este modo y es agradable. Un baño no estaría mal y después hago las llamadas necesarias.
—Está a la izquierda, esa puerta. —Señaló la puerta enfrente de ella—. Yo usaré el baño del pasillo.
—¿Nos vemos luego entonces?
—Sí. Te dejaré ropa sobre la cama, así puedes escoger lo que desees. Mi vestido y tu ropa ya se están lavando.
—Perfecto.
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Maura intentaba leer el libro que tenía sobre sus piernas, pero ya era la tercera vez que leía la misma página. Con un suspiro frustrado cerró el libro y lo dejó a su lado. Colocó el brazo sobre el reposabrazos del sofá y apoyó la mejilla sobre su puño.
Con la mirada seguía atentamente a la mujer del otro lado del vidrio, que caminaba de un lado a otro en el balcón, hablando por teléfono. Llevaba así más de quince minutos; supuso que había llamado a Angela y ahora parecía que hablaba con Gabriel. No podía escuchar lo que decía y tampoco estaba segura de querer hacerlo, pero por la expresión tensa y su lenguaje corporal, dedujo que no estaba muy contenta.
¿Acaso por eso no podía concentrarse?
Jane cerró los ojos una vez más e intentó concentrarse en el sonido del mar y no en la voz de su marido.
—No sé cuántas veces te he dicho que está cargando, Gabriel. Por eso no he podido ver tus mensajes. ¿Podrías dejarlo ya? Por favor.
—Al menos estás bien.
—Lo estoy. No estoy enojada —dijo en un tono neutro, mordiéndose el labio—. ¿Ya empezaste el nuevo caso?
—Sí, pero tendré que volar a Brooklyn. Tenemos una persona de interés con información y solo estuvo de acuerdo con un encuentro en persona.
—¿Nueva York?
—Sí, Jane. Seguiré teniendo mi celular personal, puedes contactarme con ese o al de trabajo.
—¿Esto se ha convertido en una relación a distancia? ¿Eso es lo que será, cierto?
—Solo será algo temporal. Regresaré a casa pronto.
Se volvió a morder el labio inferior para no seguir preguntado. ¿Y después de eso? ¿Acaso tengo que mudarme yo? ¿Por qué no me dijiste nada antes? ¿Por qué no fue una decisión de ambos? Su labio comenzó a sangrar y ahogó un quejido al sentir el dolor; no se había dado cuenta de lo fuerte que se estaba mordiendo. Se detuvo al girarse y notar que Maura la miraba, intentó sonreír, pero terminó haciendo una mueca cuando el corte de su labio la hizo recordarlo.
—Todo estará bien, amor…. Solo dale un poco de tiempo y todo se solucionará.
"Tiempo" —pensó, recordando las palabras de su amiga "El tiempo no cambia nada… "
—Está bien —convino forzando una sonrisa cuando su mirada se volvió a encontrar con la de la rubia.
Maura le brindó una amplia sonrisa cuando entró en el salón con el celular en la mano y se preparó mentalmente para su reacción. Esperaba que el corte no fuera tan malo y notable como el dolor que provenía de él.
—¿Todo b… qué te pasó? —Se levantó del sofá con rapidez, ignorando que Jane le había extendido la mano sosteniendo el celular para devolverlo.
—No es nada. Solo autocontrol.
—¿Autocontrol? Eso no es autocontrol. ¡No me pongas esa cara, Jane! Te aprovechas —protestó.
—¿Me aprovecho? Esta es mi cara. —Se irguió con orgullo, ensanchando una sonrisa, ignorando el dolor—. ¿Ves? Todo bien.
Maura la ignoró y empezó a buscar el kit de emergencia por todos lados en la cocina. Estaba segura que lo había visto la noche anterior cuando buscaba el abre corchos.
—Haces lo mismo con tu voz. —La miró con desaprobación por un instante, abriendo una de las gavetas, buscando con sus manos.
—Pensaba que te gustaba.
La morena frunció el ceño cuando la Maura soltó un bufido sin dejar de buscar.
—No lo hago a propósito —aseguró deteniéndola en seco al sostener su brazo—. No es nada. Míralo —dijo en voz baja, dejando los falsos pretextos a un lado.
—No puedo cuidarte si tú no lo haces —musitó cabizbaja con la mirada enfocada en la mano sosteniendo su brazo.
—No pude contenerme. Sentía mucha rabia entre otras cosas. —Su voz se volvió un susurro tembloroso.
Maura alzó la mirada, angustiada, separando los labios al notar las lágrimas que Jane intentaba contener, pero sus ojos oscuros brillaron aún más hasta que no pudo un segundo más y las lágrimas resbalaron por su mejilla.
—Jane… —La primera y única vez que la había visto llorar fue cuando encontraron el paquete en la esquina de la estación de policías. Pero esta vez la causa de las lágrimas era muy diferente. Esta vez Jane y ella estaban cara a cara, en persona.
—Lo siento. —Se cubrió la boca inmediatamente cuando escuchó que su voz se quebró—. No quería que esto pasara. No quería que fuera así, delante de ti. No quiero que me veas así. —Las palabras se ahogaron en su garganta cuando sintió brazos fuertes y decididos tomarla y sostenerla con fuerza. Las dos encontraron que las palabras no eran necesarias y mucho menos las explicaciones. Ambas eran conscientes de la causa de esas lágrimas.
Jane se aferró a ella como si fuera lo único que la mantenía en una sola pieza… y en ese momento lo era. Ella siempre sabía qué hacer, qué decir o qué no decir. A veces la mejor decisión era no tomar una decisión y Maura nunca se equivocaba. La conocía tanto que la asustaba y tranquilizaba a su vez. Eso era Maura Isles para ella: una contradicción. Al principio no se había dado cuenta de cuánto. Fue con el tiempo que vio que no era precisamente Maura la que era polo opuestos, sino ella; los sentimientos y sensaciones que Maura provocaba era lo que siempre se contradecía. Justo como se sentía en ese momento abrazada a ella... El sentir de paz y tranquilidad la inundaba por completo y aun así sentía un hormigueo por toda su piel.
—No… No sé qué está pasando. No sé por qué me está haciendo esto —susurraba, sintiendo manos moverse a lo largo de su espalda, intentando tranquilizarla—. Me ha puesto entre la espada y la pared; si no voy a Washington mi matrimonio no funcionará y si voy perderé mi trabajo, dejaré atrás a mi familia…. ¡Si tan solo lo hubiera consultado conmigo! —terminó en un frenesí separándose un poco, pero no lo suficiente como para perder el contacto. Inspiró con fuerza cerrando los ojos y Maura sintió una angustia sobrecogedora al ver que su labio inferior temblaba—. Tal vez todo esto ha sido mi culpa… ha estado detrás de ese trabajo hace meses... si no hubiera sido por eso nunca hubiéramos estado en la exposición donde las dos nos conocimos. En el fondo siempre fui consciente de los cambios que traería consigo ese trabajo…. Solo que no me imaginé que fuera tan pronto y de este modo. Por eso Gabriel no sabe con qué se equivocó ¡Si yo lo estaba animando! —Pausó y tomó aire, temblando y alzando la mirada para mirarla a los ojos—. No me entiendo.
Maura respondió sosteniéndole la barbilla entre los dedos para que no evitara su mirada.
—Nada de esto es tu culpa, Jane —dijo con firmeza—. No puedes culparte por esto, ponerte todo el peso sobre los hombros tu sola. Es normal temerle al cambio. La distancia es manejable y estoy segura que es algo que podrán sobrepasar si trabajan juntos. Y tu familia siempre estará a tu lado. No importa si están en otro estado u otro país, nunca perderás a la familia. —Soltó el mentón y sonrió ligeramente—. Y eres la mejor detective con la que he tenido el gusto de trabajar. Puedes conseguir un trabajo donde desees y estoy segura que Frost y Korsak estarán felices por ti.
—Cuando lo pones así no suena tan mal.
—Porque no lo es, cariño —susurró en un tono conciliador.
—Gracias, Maur... —Se limpió la cara con la parte trasera de la mano—. Dios, he de verme horrible —dijo con una risa nerviosa.
—Si quieres ve al cuarto baño. Te prepararé un té de manzanilla —anadeó hacia la puerta del baño en el primer piso y Jane asintió.
Maura se aferró con las manos a la isla de la cocina al sentir que sus piernas flaqueaban. La boca se le había secado y sentía un peso sobre el pecho que la privaba de oxígeno.
"Uno… dos… tres" —Y así contó hasta diez con los ojos cerrados, recuperando nuevamente la compostura. Una vez segura de haber recuperado la fuerza de sus piernas, caminó hasta el refrigerador y se sirvió un vaso de agua. ¿Por qué estaba temblando? Jane era la que estaba mal. No encontraba una explicación concreta de lo que le estaba pasando, ni siquiera una científica… quizás eso era mejor. No todo tenía que tener una explicación. Ser consciente de la naturalidad de sus sentimientos por Jane hacía las cosas tan difíciles que a veces deseaba volver a ser la mujer ignorante que no se daba cuenta de lo que estaba sintiendo.
Escuchó que Jane abrió la llave del lavamanos en el baño y aprovechó para dejar el agua calentando para el té. Mientras esperaba, decidió que necesitaba algo de aire fresco y deslizó una de las puertas corredizas. Tomó unos pasos hasta la barandilla de metal y colocó las manos sobre ella, cerrando los ojos al sentir cómo el viento la despeinaba, y se sorprendió al darse cuenta que no le importaba en lo absoluto. Ya la tarde había enfriado considerablemente y el viento no tenía compasión, pero de alguna forma era agradable. Se sentía despierta y viva con cada soplo de viento que acariciaba su rostro. La piel desnuda de sus brazos se erizó y sonrío de oreja a oreja. El mar parecía responderle y arrastró con él una ráfaga de viento y ella respondió con risa. Ese era el efecto que tenía el mar en ella; la hacía sentir libre, sin ataduras ni responsabilidades o consecuencias. Se sentía como una niña otra vez.
Jane emergió del baño y, secándose el rostro aún con una toallita, la buscó con la mirada.
—¿Maura? —No obtuvo respuesta y caminó hasta la hornilla para apagarla—. ¿Por qué dejarías esto encendido? —Se preguntó y se estremeció de pies a cabeza cuando sintió una ráfaga de viento entrar por el balcón. Estuvo a punto de maldecir, pero escuchó una risa. Sus labios se separaron en sorpresa y tiró la toalla sobre la isla de la cocina antes de salir al balcón.
¿Acaso Maura había perdido la cabeza? Al menos ella había tenido una chaqueta cuando hizo sus llamadas afuera. Maura solo tenía un vestido azul marino sin mangas y que apenas llegaba a las rodillas. Tenía que estar helada.
Otra ráfaga de viento golpeó su rostro y cruzó los brazos intentando protegerse del frío, ladeando la cabeza, frunciendo el ceño al ver que Maura se mostraba indiferente. En sí parecía aceptarlo por cómo abrió sus brazos. Su cabello dorado fue agitado violentamente en todas las direcciones, pero Maura rio hasta que se calmó y volvió a apoyarse a la barandilla. Por un instante le recordó a uno de los cuadros que había visto en la exposición.
—¿Has perdido la cabeza? —preguntó aun boquiabierta. Maura dio un respingo al escucharla y sentir algo sobre sus hombros. Al darse la vuelta notó que Jane se había quitado la chaqueta y era lo que había colocado sobre sus hombros—. Entonces doctora Isles, ¿Hemos perdido la cabeza?
—¡Claro que no! Estamos muy estables mentalmente.
—Me refería solo a ti —aclaró ensanchando una sonrisa.
Maura ladeó la cabeza, mirándola de hito en hito intentando deducir la razón de la pregunta.
—No entiendo… Y toma, Jane, tienes frío—. Intentó quitarse la chaqueta de los hombros, pero fue detenida inmediatamente.
—No. Estoy bien —aseguró intentando mostrarse indiferente cuando en realidad estaba sintiendo el frío hasta los huesos. Se sintió estudiada por la mirada de la doctora, que sabía que podría deducir que, en efecto, se estaba cagando de frío. Pero para su sorpresa, Maura asintió y dijo con amabilidad:
—¿Deseas entrar? —propuso, dándole una oportunidad para decidir si seguir teniendo frío o estar a gusto.
—Aún no. —Sentía curiosidad por lo que Maura estaba viendo o sintiendo que la hacía reír tan libremente.
—¿Te sientes mejor? —inquirió cuando la imitó al sostenerse de la barandilla. Jane se estremeció visiblemente al tocar el metal. Maura sonrió para sus adentros al notarlo y movió la cabeza negativamente ¿Qué era lo que intentaba hacer?
—Sí… Tus palabras me hicieron ver las cosas más claras. Estoy segura que una vez que terminemos el caso las cosas volverán a la normalidad. Gabriel ha sido un hombre y un marido ejemplar, ya era hora que metiera la pata con algo. No sería normal si así no fuera.
—Estoy segura que así será —improvisó con la boca seca y un nudo en el estómago. Nunca la habían golpeado en el abdomen, pero estaba casi segura que tenía que sentirse como lo que sintió al escuchar esas palabras. ¿En qué había estado pensando todo ese tiempo? Realmente era una mala amiga.
—Creo que ya deberíamos entrar —propuso al sentir otra ráfaga de viento y escuchar el rugir de las olas.
La rubia asintió en silencio, sosteniéndose el cabello a un lado con una mano, aunque el viento había liberado varios mechones que eran agitados sobre su rostro.
—¿Maura?
Maura se obligó a sonreír y la miró con mejillas enrojecidas por el frío, acomodándose la chaqueta sobre los hombros al sentir que toda la frialdad de la tarde la golpeaba de repente.
—Debería comenzar a preparar la cena —inspiró hondo con gesto trémulo y caminó hacía el salón, seguida por una Jane desconcertada. ¿Qué había pasado?
"Renuncia ahora: Tienes tiempo aún. Solo forjas ilusiones" Se repetía una y otra vez, quitándose la chaqueta, dejándola sobre el reposabrazos del sofá.
—¿Cocinaras? —cerró las puertas del balcón y caminó paulatinamente alrededor del sofá hasta llegar a la isla de la cocina.
—¿Prefieres que ordenemos algo?
—¡No! —Se apresuró a decir antes de que cambiara de pensar—. Es solo que no pensé que cocinaras.
Maura apartó la mirada del refrigerador que ahora tenía abierto y la miró por encima del hombro, arqueando una ceja.
—Sé cocinar.
—Lo sé, pero no pensé que fueras a hacerlo.
Maura frunció la nariz, sin lograr entender.
—Que cocines para mí…. Digo que pues…. Sabes qué, me estoy liando. No quiero ordenar, quiero probar lo que sea que hagas.
—¿Segura? Tal vez no sea tan bueno como la de Gabriel.
—Hasta ahora has sido buena en todo lo que haces. Sorpréndeme.
—Bien… Espero cumplir con tus expectativas entonces.
—Siempre lo has hecho —aseguró y se dejó caer sobre el sofá, con la mirada perdida en el infinito azul que tenían como vista.
—¿Un risotto está bien? No tenemos mucho...
—Delicioso —respondió con la mirada fija en el cielo que parecía unirse con el mar.
Maura colocó otro disco vinyl antes de comenzar a cocinar y se alegró al ver que a Jane no le pareció molestarle, todo lo contrario; se hundió en el sofá, tamboreando los dedos sobre su muslo al ritmo de la música. Maura apenas hacía ruido en la cocina; solo se movía de un lado a otro hasta que permaneció en el lugar moviendo el risotto y mirando hacia Jane de vez en cuando.
—Maura —llamó en voz baja sin moverse.
—¿Sí?
—¿Nos podemos quedar esta noche?
La pregunta fue inesperada. Había pensado que desearía regresar esa misma noche, pero como siempre, no dejaba de sorprenderla.
—Claro, Jane.
