16. REGALO DE NAVIDAD


Los criados habían recibido los regalos la noche anterior, compartiendo el espíritu navideño, y habían disfrutado de la generosidad de su amo comiendo y bebiendo para celebrar la feliz fiesta siguiendo sus propias tradiciones.

Hinata había guardado su regalo hasta esta mañana para dárselo en privado. Se había despertado temprano a esperar que su esposo se levantara. Ahora podía oír cómo caminaba por la habitación, se aseaba y abría las puertas de su armario.

Se levantó y cogió el regalo envuelto alegremente, y abrió la puerta que separaba ambas habitaciones. Naruto no se percató de que su esposa había entrado; estaba ocupado buscando una camisa en su armario, vestido sólo con los pantalones y las medias.

La joven dejó el regalo sobre la cama y se sentó sigilosamente en una silla junto a la chimenea. Naruto encontró la prenda, se la puso y al volverse, descubrió que la puerta estaba abierta. Reparó entonces en la presencia de Hinata, sentada en la silla con una sonrisa picara iluminando su rostro.

—Buenos días. Naruto —lo saludó—, Feliz Navidad. Su actitud de duende travieso hizo sonreír a su esposo.

—Buenos días, cielo, yo también te deseo una feliz Navidad.

—Te he traído un regalo —anunció ella, señalando la cama—. ¿No lo vas a abrir?

Él se echó a reír mientras acababa de meterse los faldones de la camisa en los pantalones. Obedeció y, con cierta sorpresa, sostuvo en alto el albornoz que ella le había regalado, admirando con especial interés el bordado con el escudo de la familia que había en el lado izquierdo.

—¿Te gusta, Naruto? —se apresuró a preguntar Hinata—. Póntelo para que yo te lo vea.

Le caía perfecto. Satisfecho, se lo abrochó y examinó con detenimiento el laborioso trabajo del escudo.

—Es muy bonito, Hinata. No me habías dicho que poseyeras tanto talento. —Levantó la cabeza con un brillo perverso en sus ojos azules—. Pero ahora que lo sé, tendrás que confeccionarme todas las camisas. No soy fácil de complacer. Incluso para mi madre era una carga muy pesada a la hora de hacerme ciertas prendas. —Su voz se suavizó y su mirada se intensificó—. Me satisface que mi esposa sea capaz de complacerme.

Hinata se echó a reír feliz y se levantó de la silla de un salto para admirar el albornoz y su percha.

—Te sienta bastante bien —comentó, orgullosa, alisándole la espalda—, y te hace muy atractivo.

Naruto soltó una carcajada y se dirigió hacia su baúl. Extrajo una pequeña caja negra y se la entregó.

—Me temo que mi humilde presente quedará eclipsado bajo tu rostro rutilante, resultando del todo insulso —bromeó.

Permaneció al lado de Hinata mientras ésta lo abría. Al levantar la tapa de la caja, la esmeralda y los diamantes que la rodeaban brillaron intensamente. Hinata se quedó mirando el broche maravillada e incrédula y levantó sus ojos asombrada.

—¿Es para mí? —preguntó.

Naruto cogió la caja, sacó el broche y arrojó aquélla sobre la cama.

—¿Y a quién sino a ti le hubiera comprado semejante regalo? Te aseguro que es tuyo. —Deslizó sus manos bajo la bata de la joven y prendió el broche en el terciopelo violeta sobre su pecho. Sus manos temblaron al contacto con el calor de la suave piel haciendo la tarea harto difícil.

—¿Puedes abrocharlo? —le interrogó mientras observaba sus manos delgadas y bronceadas. El centelleo travieso de los ojos de la joven había dado paso a un brillo cálido encendido por el tacto de su esposo. El viejo temblor volvió a poseerla.

—Sí —respondió Naruto al conseguir finalmente asegurar el cierre. Hinata se apoyó contra él, y sin desear apartarse, acarició la joya.

—Gracias —murmuró—. Nunca he tenido nada tan hermoso.

Naruto deslizó un brazo por su espalda y le levantó la barbilla. El corazón de la muchacha empezó a latir con fuerza. De pronto se oyeron unos golpes en la puerta y él se apartó contrariado. Mientras Karui entraba con una bandeja de comida, Naruto le retiró una silla de la mesa del desayuno.

Hinata se sentó, observando cómo su marido provocaba a la anciana.

—¿Dónde está la sombrilla que te regalé, Karui? —inquirió—. Pensé que estarías aporreándola contra el suelo para llamar la atención de todo el mundo. La señora Gokyōdai debe de estar muy celosa.

—Sí, señorito Naruto—afirmó la mujer—. Debe estarlo. Nunca ha tenido una tan bonita. Y ese es también un albornoz muy bonito, el que lleva usted. — Miró a Hinata entornando los ojos mientras servía el desayuno.

—Gracias, Karui—contestó, mirando a Hinata con una sonrisa—. Me lo ha hecho mi mujer.

La criada apretó la boca y antes de marcharse se volvió para echarle otra ojeada.

—Sí señor, es un albornoz muy bonito. —Hizo una pausa y prosiguió enfadada—. Es una pena que para confeccionarlo la señorita tuviera que cambiarlo por su ropa.

Naruto dejó el tenedor y la miró, pero la anciana prosiguió su marcha satisfecha. El hombre apoyó los codos sobre la mesa observando a su mujer, que se había vuelto hacia la ventana en actitud pensativa, apretó las manos y apoyó la barbilla en ellas.

—¿Cambiando ropa por regalos, Hinata? —inquirió con deliberada lentitud—. ¿De qué va todo eso?

La muchacha se encogió de hombros con una expresión inocente.

—No tenía dinero y deseaba sorprenderte con un regalo. Sólo era un vestido viejo —se disculpó. Naruto frunció el entrecejo.

—No tenías ningún vestido viejo —apuntó. Hinata se apresuró a responder con una sonrisa.

—Sí lo tenía.

El hombre se quedó en blanco por un momento y hurgó en su memoria para ver si recordaba el vestido al que se refería. A excepción del traje de novia, Hinata había venido a él prácticamente desnuda.

—¿Y cuál es ese vestido que considerabas viejo, mi amor? —inquirió con una expresión irónica.

La joven se reclinó en su silla acariciando su vientre.

—El que llevaba puesto cuando me conociste, ¿recuerdas?—contestó.

—Mmm —gruñó él. Se llevó el tenedor a la boca y durante un rato masticó irritado el trozo de jamón. Después de tragárselo prosiguió con un tono de desaprobación—. Hubiera preferido que no lo hicieras, Hinata. No me gusta la idea de que mi esposa trueque su ropa con un vendedor ambulante. —Dio varios bocados a una tortita y la amonestó con severidad—: Suele haber dinero en el escritorio de abajo. Luego te mostraré dónde. Está ahí para usarlo cuando se necesita.

Hinata bebió un sorbo de té con delicadeza y levantó la cabeza ligeramente ofendida.

—Señor, me dejó muy claro que no tenía derecho a gastar su dinero— apuntó, furiosa.

Naruto dejó el tenedor y, agarrando la mesa, le lanzó una mirada llena de furia.

—¡Intercambiaste un objeto que era mío, señora, mío! —exclamó él entre dientes—. Antes de que nos casáramos me cogiste un poco de dinero y dejaste el vestido a cuenta. Era el trofeo de una batalla, por decirlo de alguna manera, el recuerdo de una muchacha hermosa que había conocido y lo guardaba con cariño.

Hinata lo observó confundida. Las lágrimas arrasaron sus ojos al pensar en lo disgustado que estaba con ella.

—Lo siento, Naruto —se disculpó—. No tenía ni idea de que le tuvieras tanto aprecio. —Bajó la mirada, abatida, e inconscientemente acarició el broche.

Él la contempló durante unos segundos, y recordando que estaban en Navidad, se tranquilizó y se sintió culpable por haberle arrebatado con tanta mezquindad la alegría de su regalo. Decidió levantarle el ánimo y se apresuró a arrodillarse junto a su silla.

—Mi amor —susurró con ternura tomándole la mano—. Me gusta mucho el albornoz y lo llevaré orgulloso por la destreza que has demostrado al confeccionarlo con tanto esmero, pero no soy un hombre tacaño y no voy a permitir que mi mujer tenga que trocar ropa con un vendedor ambulante como si fuera la bruja de un granjero. Tengo dinero y puedes usarlo. Ahora ven. —Se levantó y la ayudó a incorporarse para abrazarla—. Tengamos un feliz día de Navidad y no más lágrimas. Vas a estropear tu precioso rostro.


Llovía y la casa estaba en silencio. Menma se había marchado a Konohagakure para entregar unos cuantos regalos y no volvería hasta la noche para compartir con ellos la cena de Navidad. Naruto encendió la chimenea en el salón y se sentó en el suelo, apoyado en la silla de Hinata con las piernas extendidas. Estaba leyendo El sueño de una noche de verano, de William Shakespeare.

La muchacha tejía un traje para su bebé mientras escuchaba divertida las interpretaciones que hacía su esposo de los diferentes personajes. Frente a la chimenea descansaba un tronco de abedul que Menma y Kotetsu habían cortado la noche anterior. Estaba decorado alegremente con ramas de pino y muérdago, todo ello atado con una cinta roja. Dos enormes velas ardían a cada lado.

Finalizada la lectura. Naruto sacó un tablero de ajedrez para enseñar a jugar a su esposa. Ésta se sentía cada vez más confusa, y se echaba a reír ante sus errores arrancándole alguna que otra carcajada a su marido con su ineptitud.

La noche se acercaba y la joven se excusó para arreglarse para la cena. Momentos más tarde descendió por las escaleras, luciendo un traje de terciopelo verde oscuro, a juego con el broche. Sus senos, provocativos, parecían escapar del escote, y al hacerle una reverencia, Naruto besó su mano devorándola con la mirada.

—El broche no es ni la décima parte de hermoso que la persona que lo lleva —dijo en tono halagador, y a continuación le sirvió un vaso de Madeira y se lo ofreció.

—Creo que estás siendo amable conmigo porque he perdido en el ajedrez —repuso ella. Naruto se echó a reír.

—Eres muy desconfiada, querida —apuntó—. ¿Cómo puedes dudar de mí cuando sólo alabo tu belleza?

Hinata sonrió y se dirigió hacia la ventana para contemplar la tormenta. El viento rugía empujando la lluvia que caía más fuerte que nunca entre los árboles y contra la gran mansión.

Pero en el salón, el fuego ardía vivamente manteniendo calientes a todos sus ocupantes. Había sido un día de lo más encantador para Hinata y siempre lo recordaría con cariño. Mientras permanecía de pie frente a la ventana soñando despierta, Naruto se aproximó a ella para contemplar también la oscuridad de la noche.

—Me encanta la lluvia —murmuró Hinata—. Especialmente cuando puedo contemplarla junto al calor de un hogar. Mi padre siempre se quedaba conmigo cuando el viento soplaba fuerte. Imagino que por eso me gusta tanto. Nunca me asustaba la lluvia.

—Debiste de quererlo muchísimo —dijo Naruto. La joven asintió despacio.

—Sí —afirmó ella—. Era un buen padre y lo quise mucho, pero me daba mucho miedo cuando me dejaba sola. —Se echó a reír suavemente—. No soy muy valiente. Papá siempre me decía que no lo era. De hecho, era una niña muy cobarde.

Naruto sonrió y le tomó la mano con delicadeza.

—Se supone que las niñas pequeñas no tienen que ser valientes, cielo—comentó—. Tienen que mimarlas y protegerlas y siempre mantenerlas a salvo de sus temores.

Hinata lo miró asombrada por su respuesta. Sonrió avergonzada.

—Te he vuelto a aburrir con la historia de mi vida. Lo siento —se disculpó—. No era mi intención.

—Nunca he dicho que me aburrieras, cielo —murmuró él. La condujo hasta el sofá y se sentaron.

Todavía estaban allí cuando oyeron pasos en el porche, y al cabo de un instante Menma abrió la puerta principal trayendo consigo una ráfaga de viento y lluvia. Shino se precipitó desde la parte trasera de la casa hacia él, para ayudarle a quitarse el sombrero y la capa mojados y traerle un par de zapatos. Menma se quitó las botas con considerable esfuerzo, se puso unas pantuflas y se reunió con la pareja en el salón todavía con el semblante mojado.

—Santo Dios, hace una noche terrible —comentó, sirviéndose una copa de whisky en el bar. Se aproximó a la chimenea para calentarse la espalda y sacó del bolsillo de su abrigo una caja larga y delgada que entregó a Hinata—. Mi más preciada y hermosa Tory, te he traído un regalo, aunque hoy me temo que cuestionarás su utilidad.

—Oh, Menma, no deberías haberlo hecho —murmuró ella, aunque enseguida sonrió feliz—. Voy a quedar como una tonta, porque no tengo nada para ti.

—Disfruta del regalo, Hinata —señaló Menma con una sonrisa—. Yo escogeré el mío más tarde.

La muchacha lo abrió a toda prisa y extrajo un hermoso abanico con un mango tallado laboriosamente en marfil y con abundante y delicado encaje español. Lo extendió y, colocándoselo frente al rostro, lo movió pestañeando con coquetería.

—Desde luego, señorito Menma —dijo con un suave acento sureño logrando una imitación perfecta—, sabe cómo agradar a una dama.

—Ciertamente, Hinata, pero me temo que al lado del regalo de mi hermano el mío se ve un tanto pobre —respondió con una sonrisa.

—Es bonito, ¿verdad? —inquirió ella tocándose el broche, orgullosa. Observó a su esposo y éste le devolvió una mirada cálida.

—Mi hermano elige bien en todo. Esto lo demuestra —apuntó Menma lanzando una mirada de complicidad a Naruto.

De pronto Karui abrió las puertas del comedor para anunciar la cena.

—Será mejor que vengan antes de que se enfríe la comida.

Hinata se levantó del sofá y se alisó el vestido sin darse cuenta de que sus senos asomaban, tentadores, por encima del corpiño. Al verlo, Menma abrió la boca y los ojos, fascinado ante tal exhibición inconsciente de la joven.

Naruto se puso en pie, y colocando el índice en la barbilla de su hermano, le cerró la boca lentamente.

—Relájate, Menma —bromeó—. Tiene dueño. Pero no desesperes, quizá un día encuentres una mujer con la que puedas babear. —Se volvió y acompañó a Hinata hasta su asiento en la mesa, en la que, esta vez, las sillas estaban agrupadas. Naruto esperó junto a la suya a que Menma se les uniera.

—Bueno, nunca vi a Sāra así —se disculpó Menma al llegar a la mesa. Naruto frunció el entrecejo y sin mediar palabra tomaron asiento. Hinata les miró con curiosidad, azorada.

El primer plato del festín navideño fue servido de inmediato. La cena resultó ser una obra maestra del arte culinario de tía Kaharu y mientras daban buena cuenta de ella, la conversación de los dos hombres se desvió hacia los negocios.

Naruto cortó un trozo de oca asada para su esposa y se lo sirvió, pensativo.

—¿Has averiguado algo más acerca del molino de Bart? —preguntó dirigiéndose a su hermano.

—No mucho, la verdad —respondió Menma—. Sé que utiliza esclavos como mano de obra y establece unos precios muy altos para sus productos. Por ahora está perdiendo dinero.

—Entonces podríamos convertirlo en una empresa relativamente próspera —musitó Naruto para sí. Luego miró a su hermano.

—Si sustituyéramos a los esclavos por una buena mano de obra podríamos sacar un rendimiento mejor. Hay un mercado excelente para madera de barco en Delaware, y tal como se están desarrollando las cosas en Konohagakure, no debería haber ningún problema en vender madera acabada aquí. Podríamos estudiar la posibilidad después de revisarlo todo. Voy a llevar el Fleetwood a Nueva York dentro de dos o tres semanas. Tendremos que tomar una decisión sobre el molino para dejar el asunto resuelto antes de que me marche.

—¿Y qué hay de Sāra? —inquirió Menma sin levantar la vista del plato—. Hoy estaba en la ciudad y me atosigó a preguntas porque deseaba saber si habías tenido la oportunidad de estudiar sus deudas y decidir algo al respecto. Le dije que no sabía nada del tema.

Hinata había estado escuchándoles sin prestar demasiada atención hasta que oyó mencionar el nombre de Sāra. Naruto se percató de su interés y se apresuró a responder.

—El otro día vino a verme al Fleetwood para hablar de su situación financiera. Le ofrecí saldar sus deudas además de una buena suma de dinero a cambio de las tierras, pero como sigue siendo igual de terca y falta de decoro, sólo saldaré las deudas pequeñas que contrajo mientras esperaba convertirse en mi esposa. Las deudas más importantes que acumuló cuando ya estaba al corriente de la situación, no pienso tocarlas, a menos que me asegure que las tierras serán mías.

Le hubiera gustado que la liberara de sus obligaciones para poder seguir negociando con ellas, pero no pienso hacerlo. Le comunicaré mi decisión y saldaré las cuentas que contrajo como mi prometida antes de partir. Parece que voy a estar muy ocupado hasta que me marche, especialmente si lo del molino funciona. Por cierto, ¿estarías interesado en invertir una cantidad si resultara rentable?

—Pensaba que no ibas a preguntármelo —respondió Menma con una sonrisa.

La conversación tocó una gran cantidad de temas y cuando la cena hubo finalizado, Menma se apresuró a retirar la silla de Hinata antes de que Naruto se levantara. La condujo al salón, a pesar del mal humor de su hermano, y se detuvo bajo la araña. Contemplándola, murmuró pensativo: —Pobrecita, ha estado ahí todo el día y no parece que la hayan utilizado.

Hinata alzó la vista y vio, en el centro de la araña una solitaria ramita de muérdago.

Menma se aclaró la garganta y sonrió.

—Y ahora, señora, sobre el regalo que mencionó antes. —La cogió entre sus brazos y haciendo caso omiso de su desconcierto, se inclinó para besarla.

Su beso fue largo y nada parecido al de un hermano. Ella se dejó abrazar, pero el desagrado de Naruto ante la osada actitud de su hermano era evidente en su semblante. Menma se apañó, y al ver la expresión de furia de Naruto, esbozó una sonrisa.

—Tranquilo, Naruto —dijo—. No he llegado a besar a la novia.

—Me das motivos para preguntarme si será seguro dejarla sola contigo mientras yo esté fuera —replicó Naruto—. Si no estuviera bien acompañada, pensaría mal.

Menma se echó a reír burlonamente.

—¿Es ese monstruo enorme y verde que veo en tu espalda? Creía que te habías deshecho del demonio de los celos hace tiempo.


Las semanas transcurrieron rápidamente hasta que tan sólo quedaron dos días para la partida de Naruto. Había estado muy ocupado cuidando del barco, de las deudas de Sāra y del molino, que finalmente habían decidido comprar, y había pasado muy poco tiempo en casa.

En varias ocasiones había permanecido en el Fleetwood durante tres o cuatro días, y cuando estaba en casa se pasaba la mayor parte del tiempo en el estudio trabajando en los libros de contabilidad, documentos y recibos.

El único día que pasaba junto a su esposa era el domingo. Solían ir a la iglesia donde Hinata era recibida ahora con sumo respeto y amabilidad.

Ese día, poco después del almuerzo, Naruto había salido a montar a Kurama por última vez antes de zarpar a bordo de su barco. Era ya tarde cuando el caballo regresó sin jinete causando un gran desasosiego.

Hinata estaba frenética cuando uno de los criados descubrió a Naruto saliendo del bosque. Al aproximarse, vieron que estaba cubierto de polvo y que su rostro estaba mugriento. Cojeaba ligeramente, y al ver al grupo que lo aguardaba, esgrimió la fusta en actitud sospechosa.

Kurama le observaba con el rabillo del ojo, contento de haber puesto en entredicho las habilidades ecuestres de su amo. Naruto lanzó la fusta al establo maldiciendo, y se hundió en un banco exhausto.

Karui se echó a reír alegremente y comentó:

—Ese viejo caballo saca lo mejor de usted, señorito Naruto.

El hombre volvió a maldecir y le lanzó el sombrero a la anciana. Ésta lo esquivó todavía desternillándose de risa y se batió en rápida retirada.

Menma también rió de buena gana.

—Una cosa está clara, Naruto, a este paso vas a gastar antes la espalda de la chaqueta que los fondillos del pantalón —se burló.

Killer B desvió la mirada tosiendo sonoramente como si se hubiera atragantado y trató de ponerse serio ante la mirada colérica de su amo.

Hinata continuaba mostrando una expresión de consternación.

—¿Qué ha ocurrido, Naruto? —le preguntó—. ¡Estabas cojeando!

—¡Esa maldita bestia me pilló desprevenido y pasó por una rama baja!— exclamó enfadado—. Y en cuanto a la cojera, es una ampolla. Estas botas no están hechas para caminar. —Dicho esto, les dio la espalda, que tenía cubierta de barro y se alejó a grandes zancadas hacia la casa.

Cuando se hubo marchado, el caballo agitó la cabeza y empezó a relinchar y a hacer cabriolas. Naruto se volvió y apretando los puños exclamó:

—¡Uno de estos días voy a matarte, malvada mula sarnosa! —Se volvió una vez más y se marchó a la casa, furioso.

Killer B continuaba aguantándose la risa.

—Será mejor que vaya a prepararle el baño. Creo que lo va a necesitar — observó.


La cena transcurrió en un riguroso silencio, pues las parcas contestaciones de Naruto no propiciaban una conversación fluida. No era difícil determinar que le dolía más su orgullo o todos los cardenales y ampollas que cubrían su cuerpo.

Su humor mejoró un poco al día siguiente. Hinata llamó tímidamente a la puerta de su estudio. Cuando Naruto le dijo que entrara, lo vio en su escritorio revisando libros de contabilidad y extractos de cuentas.

—¿Tienes un momento? —preguntó insegura. Nunca antes lo había importunado mientras trabajaba y ahora estaba vacilante.

Naruto asintió.

—Eso creo —repuso—. Se repantigó en la silla observándola cruzar la habitación y le indicó una silla para que se sentara junto a su escritorio.

Esperó un rato mientras la joven se balanceaba nerviosa en el borde de la silla tratando de reunir el coraje necesario para iniciar la conversación.

—¿Algún asunto que quieras discutir? —inquirió Naruto sobresaltando a la muchacha.

—Sí... ah... ¿cuánto tiempo vas a permanecer fuera? Quiero decir... ¿vas a regresar antes de que nazca el bebé?

—Sí, no planeo estar fuera más de un mes —contestó él molesto por haber sido interrumpido con semejante trivialidad—. Creía que ya te lo había dicho. —Regresó a su trabajo.

—Naruto —insistió ella—. Me preguntaba... si podría hacer algunos arreglos en la habitación mientras permanezcas fuera.

—Por supuesto —respondió él ásperamente—. Pídele a Kotetsu que disponga lo necesario. —Volvió a concentrarse en el trabajo pensando que Hinata había concluido, pero una vez más lo interrumpió.

—También habría que hacer algo en... el salón—. Naruto la miró.

—Mi querida esposa, puedes hacer que reconstruyan la casa entera si lo deseas —dijo con sarcasmo.

Hinata bajó la vista hacia sus manos, apoyadas con mojigatería sobre sus rodillas. Naruto le lanzó una mirada furiosa y regresó a su trabajo. El silencio reinó en la habitación sin que Hinata hiciera ademán alguno de retirarse.

Después de varios minutos Naruto volvió a mirarla. Clavó la pluma en el tintero y se apoyó en el respaldo de la silla.

—¿Deseas algo más? —inquirió molesto. Los ojos grisáceos de la muchacha se encontraron con los azules de su esposo. Levantó el mentón y se apresuró a añadir:

—Sí, señor. Mientras arreglan la sala de estar, me gustaría que me dieras permiso para usar tu cama.

Naruto dejó caer con estrépito el puño sobre la mesa y se levantó para caminar por la estancia muy furioso. Era ridículo que su propia mujer tuviera que pedirle su consentimiento para usar la cama que se suponía era para los dos.

—Maldita sea, mujer, no tienes que darme la lata cada vez que desees utilizar algo de la casa en mi ausencia. Ya tengo bastante de este estúpido juego. Puedes utilizarlo todo; no tengo ni el tiempo ni el humor para tener que estar aprobando todos tus caprichos. Te ruego ejercites tu cabeza de chorlito y empieces a ser la señora de esta casa. No quieres compartir mi cama pero con gusto te doy permiso para que compartas todo lo demás. Ahora tengo trabajo que atender, como puedes comprobar. Hay momentos del día en los que busco un poco de paz, ahora, por favor, sal de esta habitación.

Las últimas palabras las pronunció casi gritando. Al finalizar su diatriba, Hinata, pálida y demacrada, se puso en pie y se marchó. Al salir se encontró con Killer B y Menma en la puerta principal y con Karui en las escaleras.

Los tres tenían los ojos extremadamente abiertos evidenciando que habían oído cada una de las palabras que Naruto había proferido. Se precipitó escaleras arriba, sollozando, y se tiró sobre la cama, desconsolada.

Naruto salió del estudio en dos zancadas con la intención de consolarla y calmar la agonía causada por su conducta.


—Oh Naruto es lo peor de todo. Una pobre inocente había pagado. ¡Oh, qué vergüenza! ¡Oh, Wehby, qué vergüenza...!

Se llevó la botella a la boca y dio un trago generoso, luego se limpió con el brazo, riendo.

—Pero ese lord Sarutobi puso firme al capitán. Le obligó a casarse con ella cuando descubrieron al chiquitín.

Se echó a reír, satisfecho y escudriñó al gato con ojos vidriosos.

—El capitán se volvió loco, Webby. No hay mucha gente que pueda obligar al capitán a obrar contra su voluntad.

El viejo guardó silencio y se desplomó, mirando pensativo la botella.

—Y —farfulló al cabo de un rato—, el capitán debió tomarle cariño, tal como rastreó la ciudad cuando la joven escapó tras pasar la noche con él. Y cuando descubrió que había huido, jamás lo había visto tan furioso. Todavía estaríamos allí buscándola si no hubiera sido porque el caballero la trajo de vuelta para que se casaran.

Se incorporó y dio un largo trago a la botella. Luego se señaló con el pulgar y añadió:

—Pero yo fui el primero que se la llevó, Webby, ¡yo! Hice el trabajo sucio. ¡La dejé en sus manos! Y, oh Dios, lo que ha tenido que aguantar. La pobre y dulce señorita...

Su voz se fue apagando e inclinó lentamente la cabeza sobre el pecho. Un instante después sus ronquidos resonaban en la estancia. Menma se dirigió hacia la puerta de las caballerizas muy pensativo y se apoyó contra ella.

Esbozó una sonrisa.

—Así que la conoció de ese modo —murmuró. De repente soltó una carcajada—. Pobre Naruto, se lo encontró todo hecho. ¿Qué demonios digo? ¡Pobre Tory!

Se alejó de las cuadras silbando hacia la casa, con su buen humor recuperado. La puerta del estudio estaba cerrada y, al pasar por delante, Menma la saludó de manera informal y sonrió.


A la mañana siguiente descendió por las escaleras del mismo buen humor y, aunque el lugar de Hinata continuaba estando vacío, no molestó a su hermano. Sólo cuando Naruto tuvo la boca llena comentó:

—¿Sabes Naruto?, una mujer tarda doscientos setenta días en dar a luz. Será interesante ver lo que tarda la tuya. Sería muy extraño que hubieras tenido que casarte con Hinata en el mar. Aunque siendo capitán hubiera supuesto un problema, ¿no crees? ¿Cómo habrías podido casarte a ti mismo? —Siguió desayunando pensando en esa situación mientras Naruto lo observaba con curiosidad.

Menma se secó la boca con una servilleta y musitó:

—No debo perder la cuenta. —Y antes de que su hermano pudiera hacer un comentario, se levantó dejándolo solo y confuso.

Las maletas habían sido cargadas en el carruaje y Killer B, sentado junto a Iruka en el asiento del conductor, entrecerraba sus ojos inyectados en sangre ante el brillante sol de la mañana. Los dos hermanos estaban junto a la puerta del carruaje cuando de pronto, Hinata salió al porche. La joven los observó sujetando su chal con solemnidad.

—Espero que tengas un viaje agradable, Naruto —le deseó con ternura—. Intenta llegar a casa lo antes posible.

Naruto avanzó un par de pasos hacia ella con expresión adusta, se detuvo y la miró, pero mascullando una maldición se volvió y subió al carruaje.

Menma observó el coche alejarse y se reunió con Hinata en el porche.

—Ten paciencia, Hinata —murmuró—. No es tan estúpido como a veces parece.

La muchacha le dedicó una sonrisa agradeciéndole su comprensión, giró animada, sobre sus talones y entró en la casa.

En los días venideros no tuvo tiempo para pensar. Se ocupó desde las tareas más importantes a los detalles más nimios, organizando los arreglos necesarios para el cuarto de los niños y la sala de estar.

Seleccionó los materiales para las nuevas cortinas y colgaduras, así como el papel de las paredes. Cuando se sentaba, sus manos continuaban atareadas tejiendo ropa para el bebe.

Sólo por la noche, cuando yacía en la cama de Naruto y recorría con sus dedos el escudo tallado de la familia, pensaba en lo solitario que estaba Harthaven sin él.


Naruto entró en la posada sin darse cuenta de que Killer B estaba junto a la barra con una jarra de cerveza en la mano. Eligió una mesa, depositó el abrigo y el sombrero sobre una silla y pidió algo de comer y un poco de vino.

Mientras degustaba el Madeira, absorto en sus pensamientos, la puerta de la posada se abrió y entró una familia numerosa. Todos sus miembros estaban extremadamente delgados e iban escasamente abrigados para el frío que hacía.

Naruto observó que la procesión de niños rubios encabezada por la madre se dirigía cansadamente hacia la chimenea en busca de calor. El hombre se separó del grupo para hablar con el posadero.

Naruto supuso que la mujer debía de ser de su misma edad, pero su rostro estaba surcado por profundas arrugas y sus manos enrojecidas y nudosas presentaban la marca de una vida difícil.

El vestido que llevaba estaba deshilachado y cubierto de remiendos, y se sujetaba a su flácido cuerpo por un único botón. Sin embargo, su aspecto era aseado como el de los chiquillos.

Llevaba un bebé de unos ocho meses en su regazo y un niño tímido pegado a sus faldas raídas. Un chico de unos doce años, que parecía el mayor de los diez hermanos, permanecía muy rígido junto a ella observando en silencio cómo la posadera iba y venía con una bandeja repleta de comida.

Sus ojos verdes se abrieron de par en par al contemplarla.

El padre se acercó a la mesa de Naruto con un sombrero deteriorado por la intemperie en la mano. Naruto lo miró.

—Le ruego que me disculpe, señor —se excusó el hombre—. ¿Es usted el capitán Namikaze? El posadero me ha dicho que en efecto lo es.

Naruto asintió.

—Sí. Soy el capitán Namikaze. ¿Qué puedo hacer por usted? El hombre estrujó el sombrero con fuerza.

—Soy Sai Yamanaka, señor —se presentó—. Dicen que está buscando un buen maderero. Desearía el trabajo, señor.

Naruto le señaló una silla.

—Tome asiento, señor Yamanaka. —Cuando el hombre se hubo sentado, le preguntó—: Dígame, ¿qué experiencia tiene, señor Yamanaka?

—Bueno, señor —empezó a decir el hombre, nervioso, manoseando el sombrero—. Empecé en esto cuando apenas era un chiquillo, hace ya veinticinco años. Los últimos ocho he sido capataz y cabo de cuadrilla. Conozco el trabajo a fondo, señor.

Naruto se dispuso a hablar, pero la sirvienta llegó con la comida.

—¿Le importa que coma mientras hablamos, señor Yamanaka? — inquirió—. Odio desperdiciar la buena comida.

—No, señor —se apresuró a responder Yamanaka —. Adelante.

Naruto asintió agradeciéndoselo y volvió a los negocios mientras comía.

—¿Por qué no está trabajando ahora, señor Yamanaka?

El hombre tragó saliva con dificultad y contestó:

—Estuve trabajando hasta el verano pasado, señor. Me quedé atrapado entre unos troncos y me destrocé el brazo y el hombro. Estuve enfermo hasta principios de invierno, y desde entonces sólo he podido conseguir trabajos ocasionales como simple maderero. Los mejores puestos ya estaban ocupados y el frío y la humedad del norte me producen un gran dolor en los huesos. Es realmente difícil mantener a una familia con la paga de un jornalero.

Naruto asintió sin dejar de masticar. Se echó hacia atrás en la silla cruzado de brazos y habló con franqueza.

—De hecho, señor Yamanaka, estoy buscando un capataz para mi molino. — Hizo una pausa y el hombre se desplomó en su silla—. Su nombre me es familiar —prosiguió—. El señor Shimura, la persona que me ha comprado el barco, me lo recomendó. Me dijo que era usted un buen trabajador y que poseía más experiencia que cualquiera de los que pudiera encontrar por aquí. Voy a poner en marcha un molino y necesitaré a una persona que conozca ese trabajo. Creo que usted es el hombre, y si acepta, el puesto es suyo.

Yamanaka quedó perplejo durante unos segundos, luego esbozó una amplia sonrisa.

—Gracias, señor. No se arrepentirá, se lo prometo. ¿Puedo ir a comunicarle a mi esposa la buena noticia?

—Por supuesto, señor Yamanaka. Por favor hágalo. Todavía hay unos cuantos asuntos que necesitaría discutir con usted.

El hombre se acercó a su esposa y, mientras hablaba con ella, Naruto se fijó en la manera en que sus hijos contemplaban la comida, más interesados en ésta que en las noticias de su padre. Luego recordó los ojos del hombre mirando constantemente su plato de comida y, al observarlos de nuevo, comprendió que era una familia muy poco afortunada.

Finalmente el hombre regresó a la mesa.

—Mis más humildes disculpas, señor Yamanaka, pero ¿han comido? — preguntó con la frente ligeramente arrugada.

El hombre se echó a reír y se apresuró a responder:

—No, señor, vinimos directamente aquí, pero tenemos víveres en el carro y comeremos más tarde.

—Ahora, señor Yamanaka —empezó a decir—, acabo de contratarlo para un cargo de responsabilidad, y creo que esto requiere una pequeña celebración. ¿Podría decirle a los suyos que son mis invitados para cenar? Sería un honor.

El hombre sacudió la cabeza asombrado.

—Desde luego, señor, gracias, señor. —Yamanaka se alejó en dirección a su familia.

Se acercó a toda prisa a su descendencia mientras Naruto llamaba a una sirvienta para darle las órdenes pertinentes. Ésta se dispuso rápidamente a colocar varias sillas en torno a una mesa enorme junto a la de él, y los miembros de la familia Yamanaka tomaron asiento educadamente.

Cuando el señor Yamanaka condujo a su esposa a la mesa de Naruto, éste se levantó.

—Capitán Namikaze, esta es mi señora, Ino —anunció. Naruto le dedicó una ligera reverencia.

—Es un placer conocerla, señora —dijo cortésmente—. Espero que a usted y a sus hijos les gusten mis tierras.

La mujer sonrió tímidamente y echó un vistazo a su bebé, que en ese momento se movía junto a su pecho. Naruto volvió a su silla y esperó a que ambos saciaran su apetito antes de seguir hablando de negocios.

—No hemos discutido el salario, señor Yamanaka —manifestó—, pero mi propuesta es la siguiente: la paga será de veinte libras mensuales y aposentos junto al molino. Si las cosas marchan bien, podrá participar en el negocio.

El hombre se limitó a asentir, mudo de asombro. Naruto extrajo un papel de su chaqueta y prosiguió.

—Aquí tengo una carta de crédito extendida por mi banco en Konohagakure. Con esto podrá pagar la comida, y si conoce algunos hombres a los que les podría interesar el trabajo en el molino, puede traérselos con usted a cuenta de esta carta. ¿Tiene deudas que requieran ser saldadas antes de partir?

Yamanaka negó con la cabeza y sonrió divertido.

—No señor, a un pobre hombre como yo no le conceden crédito — respondió.

—Muy bien entonces —contestó Naruto. Sacó su cartera de uno de los bolsillos del chaleco y contó diez monedas—. Aquí tiene cien libras para gastos de viaje. Le espero una semana después de mi llegada. ¿Tiene alguna pregunta o sugerencia?

Yamanaka dudó por un instante antes de aventurarse a manifestar, indeciso:

—Hay una cosa, señor. No me gusta trabajar con esclavos o convictos.

Naruto esbozó una sonrisa.

—Tenemos las mismas convicciones, señor Yamanaka. Para una fábrica la mejor mano de obra es la asalariada.

La camarera levantó la mesa. Los niños mayores cuchicheaban entre sí y los pequeños, dormitaban en las sillas. Al observarlos. Naruto pensó en su propio bebé.

—Tiene usted una familia maravillosa, señora Yamanaka —comentó—. Mi esposa está en estado de nuestro primer hijo. Nacerá en marzo, así que estoy muy ansioso por volver a casa.

La mujer sonrió tímidamente, demasiado cohibida para contestar. Concluidas las negociaciones, los dos hombres se levantaron y se estrecharon la mano. Naruto observó meditabundo la partida de la familia, luego volvió a sentarse y se sirvió otra copa de Madeira.

De pronto, una mujer bastante atractiva, que lucía un profundo escote, cabello rubio y labios muy pintados, se levantó de su silla, desde la que había estado estudiando a Naruto con descaro, y se acercó a él.

La visión de la bolsa repleta de dinero la había animado, y había caminado hacia él provocativamente, sentándose con picardía en una silla vacía en torno a su mesa, exhibiendo el hombro.

—Hola —ronroneó—. ¿Le importaría invitar a una copa a una dama solitaria?

Naruto le lanzó una mirada gélida.

—Me temo que esta noche estoy ocupado, señora —respondió—. Le ruego que me disculpe. —Con la mano le indicó que se fuera. La mujer se volvió de mal humor y se alejó furiosa.

Killer B, que había sido testigo del interés de la mujer por su capitán hacía rato, sonrió para sí y suspiró aliviado.

Desde que habían desembarcado del Fleetwood un mes atrás, había visto a Naruto rechazar prostitutas una tras otra y retirarse a sus aposentos solo. Al día siguiente partían rumbo a casa y él regresaría junto a su esposa, ahora en un estado bastante avanzado del embarazo, para aliviar sus urgencias varoniles, pues no se había acostado con ninguna mujer desde su llegada.

Sintiendo un renovado respeto hacia él, Killer B asintió con la cabeza.

—Sí, parece que el capitán se ha enamorado —murmuró—, y mucho. La joven mamá ha hurgado en su corazón sin que él se diera cuenta y allí está, soñando con ella mientras otras muchachas bien dispuestas desfilan delante de él. Sí, pobre capitán. Nunca volverá a ser el mismo. —Levantó la jarra hacia Naruto como si fuese a brindar y apuró la jarra de un trago.

Naruto se levantó de la mesa y, olvidando la presencia del criado, subió las escaleras hacia su habitación. Cerró la puerta y empezó a deshacer la cama lentamente, como centrado en un pensamiento.

Se quitó la camisa, la dejó sobre el respaldo de una silla y se contempló en un espejo alargado que había en la esquina de la habitación. Vio que un hombre bastante atractivo le devolvía la mirada y flexionaba los brazos musculosos. El reflejo inspiró profundamente y Naruto contempló con satisfacción una figura alta, de espalda ancha y cintura estrecha. De pronto se volvió exasperado.

Maldita sea, pensó. No soy tan feo como para que una muchacha bonita rechace compartir mi lecho. ¿Cómo puedo acercarme a esa zorra cuando desprecia tanto la sola imagen de mi rostro que ni siquiera puede dormir a mi lado?

Caminó furioso por la habitación. He conocido muchachas de todas partes, se dijo. ¿Por qué ésta hace que mi buen juicio se esfume, convirtiéndome en un torpe mentecato?

He ordenado a las más arrogantes que se abrieran de piernas y lo han hecho encantadas, como si les hiciera el favor más grande del mundo. Pero cuando estoy delante de Hinata, las palabras huyen de mi boca, humillándome.

Se acercó, furioso, a la ventana y se quedó mirando fijamente a través de ella, con la certeza de que en esa manzana habría más de una cama caliente esperando. Su deseo creció, pero sabía que no era por ninguno de esos lechos, sino en parte por un recuerdo, en parte por un sueño que albergaba en su interior.

Se enterneció al recordar el resplandor dorado de las velas sobre la piel cremosa y sedosa todavía húmeda tras el baño vespertino, y el cabello rizado negro y suave sobre la almohada mientras dormía.

Sus recuerdos trajeron a su mente sueños en los que se imaginó los brazos dulces y delicados de la muchacha rodeando su cuello, sus labios carnosos y rosados presionando los suyos, el cuerpo suave y joven arqueándose bajo el de él y sus dientes blancos y pequeños mordisqueando su oreja para encender su pasión.

Se alejó de la ventana golpeándose la palma de su mano con el puño, frustrado.

¡Dios mío!, pensó, esa muchacha me rechaza y mi alma se desmorona.

¿Qué aflicción me atormenta que tiemblo de esta manera?

Cogió un vaso para servirse un trago y se sentó en una silla para seguir meditando sobre el problema que lo atormentaba.

No me he acostado con ninguna mujer desde la noche que trajeron a Hinata a mi camarote. Esta muchacha ha calado hondo en mí, pero ha cerrado todas las puertas excepto una, y ésa, la rabia me la ha negado. Dios mío, ¡tanto la amo...! Creí que las emociones estaban por debajo de mí.

Creí que había superado lo que otros hombres declaran. Creí que me había convertido en un hombre de mundo, por encima de la palabrería, y que podría aceptar a una mujer experimentada. Pero ahora me encuentro tan afectado por la inocencia de ésta, que no soy capaz de buscar alivio en otro lecho.

Se inclinó hacia delante y apoyó la cabeza en las rodillas.

Incluso cuando le arrebaté la virginidad satisfizo mi placer como ninguna otra mujer lo había hecho antes. Tomó mi semilla en su interior, traicionándome y, desde la primera vez que la abracé, mis pensamientos han sido suyos hasta el extremo de que sueño con ella y con el día en que vuelva a gozar de sus atenciones.

Levantó la cabeza y se apoyó contra el respaldo de la silla. Sorbió su bebida con calma y tomó una nueva decisión. Se acerca su hora, meditó. Esperaré mi momento pacientemente. La cortejaré con ternura y de ese modo tal vez consiga que venga a mí.

Apuró su copa y se dirigió a la cama. Con la comprensión de su amor por la joven y la nueva resolución, cayó profundamente dormido por primera vez en muchos meses.


La lluvia caía con fuerza sobre Harthaven. La noche era negra y silenciosa, como si el resto del mundo se hubiera retirado a un nido acogedor, a salvo de la tormenta.

Hinata caminó por la habitación asegurándose de que no quedara ni rastro de su presencia. Había pasado muchas noches en este espléndido dormitorio y había llegado a sentirse parte de él.

Contempló la cama enorme que parecía invitarla, y sintió una punzada al saber que debía regresar a su pequeña cama en la sala de estar contigua. Suspiró pensativa y se trasladó a la otra estancia. La puerta de la habitación de los niños estaba abierta; cogió una vela y fue a inspeccionarla una vez más.

Acarició un caballito de juguete que había sido de Naruto cuando era pequeño y se dirigió hacia la cuna, donde alisó la mantita que la cubría.

Es extraño, pues todos damos por sentado que el bebé será niño, pensó ahuecando el encaje del dosel. Por supuesto eso es lo que ha manifestado mi esposo, y ¿quién podría negarle el derecho a desear que fuese niño?

Esbozó una sonrisa al pensar en lo mucho que ella había deseado que fuera niña. Pobre hija, si estás creciendo en mi interior disfruta ahora de tus gustos más refinados porque tu color va a ser el azul.

Se volvió y se encaminó hacia el salón y, una vez más, hasta el dormitorio principal, donde crepitaba el fuego de la chimenea. Se relajó en una silla henchida al abrigo de su calor y contempló las llamas, abstraída en sus meditaciones.

Exhaló un suspiro pensando en el inminente regreso de Naruto. La carta que había recibido hace varias semanas había sido escueta, pues sólo mencionaba el día aproximado de su vuelta a casa.

¿De qué humor vendrá?, se preguntó. ¿Será más amable o, por el contrario, mostrará su genio? ¿Habrá encontrado una muchacha norteña que lo alivie?

Le había dado a ella, a su esposa, otra cama y otra habitación...

Antes no quería ni verme, pensó con tristeza. Y ahora estoy deformada a causa del embarazo, y tan torpe que debo de parecer más un pato que una mujer. No le culparé por su distanciamiento cuando descubra mi figura hinchada.

Echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados.

Oh, Naruto, si hubiera sido más cariñosa cuando tuve la oportunidad, pensó, ahora compartiría el lecho contigo y pronto sentiría tu calor de nuevo junto a mí. Me aseguraría que nadie más compartiera tu lecho.

Volvió a contemplar el fuego y sintió que la ira se apoderaba de ella. ¿Qué sensual pelandusca habrás escogido para pasar el rato? ¿Habrás engatusado a una moscona dulce y tonta para que te caliente en el norte?

De pronto se tranquilizó.

¡Nunca hubiera conocido esta tierra, esta casa, estas almas amables y gentiles si el destino no hubiera decidido que mi virginidad debía ser el precio! No podía hacer otra cosa que conformarse y, una vez hubiera nacido el niño y recuperado su figura, ejercería sus artimañas femeninas para ganarse a su marido.

Se cruzó de brazos hurgando en sus recuerdos. El momento en la posada cuando había sido tan amable, casi amoroso, y en el barco, cuidándola con tanto esmero. E incluso con Sāra había desviado los golpes más crueles e interpretado al esposo enamorado.

¿Es posible que en algún lugar, bajo su ceño en su interior, albergue un sentimiento amoroso hacia mí?, se preguntó. Si fuera una esposa amable y devota, ¿podría llegar a amarme? Oh, mi amado, y ciertamente te amo, ¿podrías llegar a ser mi esposo de verdad y amarme por encima de todas las demás? ¿Me tomarías en tus brazos y acariciarías como lo haría un amante? Oh Señor, tiemblo sólo de pensar en la posibilidad de convertirme en todo lo que él pueda desear.

El fuego ardía débilmente. Hinata se levantó e, iluminada por su suave resplandor, permaneció una vez más junto al sugerente lecho.

—Y tú, oh lugar de descanso encantador —murmuró—, pronto volverás a sentir mi peso sobre ti, lo juro. Ya no estarás tan solo, pues prometo que lo tentaré hasta conseguir mis propósitos, que son los mismos que los tuyos: ser compartida, ser amada, ser cortejada gentilmente como si todavía fuera una doncella. Oh, cederá, y el tiempo me ayudará. Dejaré que la paciencia cure las heridas compartidas hasta que desaparezcan y él buscará mi calor, mi amor para siempre.

Suspiró y regresó a la sala de estar. Ahora pensaba en aquella estancia como la sala de estar, algo temporal hasta que ocupara su lugar legítimo. Se deslizó en la cama buscando su descanso.