Capítulo 17
Veintiocho días después…
Esa clienta estaba tardando siglos en pedir. No paraba de mirar el menú y luego a mí. Conocía perfectamente esa mirada. La temía. Me encantaba trabajar en la cafetería, con el aroma a café y la suave mezcla de música y conversaciones de fondo. Adoraba el compañerismo que teníamos detrás del mostrador y el hecho de que el trabajo mantuviera mis manos y mi cerebro ocupados. Y lo más raro de todo es que me encantaba ser camarera, se me daba bien. Además, esto es lo que pensaba: si la facultad fallaba en algún momento, siempre tendría un trabajo donde acudir.
El café era la identidad de Portland. La ciudad giraba en torno a las semillas de café y a las cafeterías. El café y la cerveza corrían por las venas de todos los lugareños.
Sin embargo, últimamente nuestros clientes se habían vuelto muy quisquillosos.
-Me resultas familiar – comenzó la muchacha -. ¿Tú… no has salido por internet? ¿Algo relacionado con Natsu Dragneel?
Al menos escuchar su nombre ya no me dolía, y hacía días que tampoco sentía la necesidad de vomitar. Definitivamente no estaba embarazada, solo en un proceso de divorcio.
Había pasado unos días metida en la cama, llorando como una magdalena, por eso acepté todos los turnos en la cafetería, para mantenerme ocupada. No podía llorar su pérdida para siempre, pero mi corazón no pensaba igual. Lo veía en mis sueños cada noche, cuando cerraba los ojos. Tenía que alejarle forzosamente de mis pensamientos mil veces al día.
Cuando conseguí resurgir, los pocos paparazzi que quedaban aquí regresaron a Los Ángeles. Por lo visto, Jerall había entrado en un centro de desintoxicación. Mirajane cambiaba de canal cada vez que yo entraba por la puerta, pero no podía evitar las noticias y enterarme de todo lo que estaba pasando. Todo el mundo hablaba de Fairy Tail. Alguien incluso me pidió que le firmara una foto de Natsu entrando en un hospital psiquiátrico, cabizbajo y con las manos en los bolsillos. Se le veía tan solo. Estuve a punto de llamarle varias veces únicamente para saber cómo estaba, para oír su voz. ¿Sería estúpida? ¿Y si llamaba y respondía Lissanna?
De cualquier forma, la caída de Jerall era mucho más interesante para mí, y lo mencionaron una vez en las noticias.
Pero los clientes me volvían loca. Cuando no estaba en la cafetería, me cerraba por completo a los demás, lo cuál supuso un problema, porque mi hermano había pasado prácticamente a vivir con nosotras. Creo que los enamorados están enfermos. Es un dato médico comprobado, pero los clientes que especulan con miraditas no eran mucho mejor.
-Oh, te equivocas – le contesté.
Me devolvió una mirada decidida.
-No.
Diez dólares fueron el indicio de que se las estaba apañando para pedirme un autógrafo. Era la octava vez que me lo pedían en un día. Algunos tipos, jóvenes y no tan jóvenes, querían incluso llevarme a casa, ya sabéis, el morbo de las exnovias de las estrellas de rock. Claramente mi vagina tenía algo especial.
A veces me preguntaba si se pensaban que habría una placa en la cara interna del muslo que dijera algo así como Natsu Dragneel estuvo aquí.
Esta muchacha, sin embargo, no me estaba escudriñando, solo quería un autógrafo.
-Verás – me dijo, deshaciéndose en halagos -. No te preguntaría de no ser porque soy una gran fan suya.
-Lo siento, no puedo ayudarte. Estamos a punto de cerrar. ¿Deseas pedir algo? – pregunté, con una firme sonrisa. Sting habría estado orgulloso de aquella, por falsa que fuera, pero mis ojos le decían la verdad a esa clienta: que estaba cansada y que no aguantaba ni una tontería más, sobre todo en lo referente a Natsu Dragneel.
-¿Me puedes decir al menos si el grupo se separa de verdad? Por favor… Todo el mundo dice que lo van a anunciar pronto.
-No tengo la menor idea. ¿Quieres pedir algo o no?
Este rechazo normalmente venía seguido de ira o de lágrimas. Ella escogió lo primero. Buena elección, porque el llanto me ponía de los nervios. Estaba muy cansada, del mío y del de los demás. A pesar de que todos sabían que Natsu me había dejado tirada, pensaban que seguía teniendo contacto… o eso querían creer.
La joven soltó una risita falsa.
-No hace falta que seas tan perra. ¿Tanto te cuesta decirme lo que pasa con el grupo?
-Vete – dijo Ruby, mi adorable jefa -. Levántate y sal de aquí ahora mismo.
La muchacha abrió la boca, incrédula.
-¿Cómo?
-¡Amanda, llama a la policía! – Ruby se dirigió en voz alta a otra camarera.
-Voy, jefa.
Amanda sacó el teléfono móvil y marcó el número, examinando a la mujer con su mirada asesina. Amanda había dejado atrás su época de única lesbiana del instituto y estaba estudiando arte dramático. Estas broncas era su momento favorito del día. A í me absorbían las fuerzas, pero a ella le ponían a tono.
-Buenos días, agente – comenzó a decir Amanda frente a la joven -. Tenemos a una rubia de bote muy mal bronceada dándonos problemas. Estoy segura de que la vi en una fiesta de la fraternidad la semana pasada bebiendo, y no es mayor de edad, aunque realmente lo parece. No quiero decirle lo que pasó después de aquello, pero el video está disponible en Youtube para que lo disfrute.
-No me extraña que te dejara. ¡Vi la foto de tu trasero, y es tan grande como el estado de Texas! – gritó la muchacha, y salió de la cafetería.
-¿En serio tienes que cabrearles así? – le dije a Amanda.
-¡Venga ya, ha empezado ella! – me respondió, chasqueando la lengua.
Me habían dicho cosas mucho peores. Pero muchísimo peores. Tuve que cambiar varias veces de dirección de correo electrónico para evitar los mensajes de odio que me llegaban, y hacía tiempo que había cerrado mu cuenta de Facebook. Aun así, me toqué el trasero para asegurarme. Casi se acerca, pero juraría que Texas era bastante más grande.
-Por lo que sé, llevas una dieta a base de pastillas de menta y cafés con leche. Así que tu trasero ahora es la menor de tus preocupaciones – objetó Amanda.
Ella me había perdonado hacía mucho tiempo por el beso del instituto. Que Dios la bendiga. Realmente me sentía muy afortunada por tener a mis amigas. No sé cómo habría sobrevivido los últimos meses sin ellas.
-Estoy comiendo perfectamente.
-¿Ah, sí? ¿Qué jeans son esos?
Comencé a limpiar la cafetera porque se acercaba la hora de cerrar. Por eso, y por no entrar en el tema. Que una estrella de rock te engañara y te mintiera no ayudaba en la dieta. No a una recomendable, al menos. No podía dormir por las noches y estaba cansada todo el tiempo; era carne de depresión. No me sentía yo misma, por fuera ni por dentro. El tiempo que pasé con Natsu, la manera en que cambió mi vida… todo era una agitación constante, un picor que no me podía rascar. En parte, porque no tenía fuerzas, pero tampoco me apetecía. Podría cantar I Will survive unas cuantas veces antes de que el deseo de ahorcarme me invadiera.
Cuando bajé de mi ensoñamiento, reaccioné defendiéndome:
-Mirajane no se pone estos pantalones. Dice que no le gusta el color y que la posición de los bolsillos traseros la hacían parecer una colgada. Por lo visto, los bolsillos son muy importantes.
-¿Y desde cuando te pones la ropa de esa flacucha?
-No la llames así.
Amanda puso los ojos en blanco.
-Por favor, ¡si se lo toma como un cumplido!
Eso era cierto.
-Bueno, los jeans te quedan bien. – Me sonrió -. ¿Vas a limpiar las mesas o quieres que lo haga yo?
Amanda suspiró y me rodeó con un brazo.
-Jo y yo queríamos agradecerte que nos ayudaras con la mudanza el fin de semana pasado, así que esta noche te invitamos a salir. ¡Bailaremos y beberemos hasta el amanecer!
-Oh. No sé…
El alcohol y yo teníamos una mala reputación.
-Pues yo sí lo sé.
-Es que tengo planes que…
-No, no los tienes. Por eso he esperado hasta el último minuto para decírtelo, porque sabía que me pondrías excusas de mierda. – Se volvió y gritó -: Ruby, me llevo a Lucy de juerga esta noche.
-¡Buena idea! ¡Sácala de aquí! Yo me encargo de limpiar.
Se me borró la sonrisa complaciente de la cara.
-Pero…
-¡Nada de peros! No puedo soportar más tus ojos tristes. Por favor, sal con nosotras y diviértete un poco.
-¿Tanto se me nota? – pregunté, preocupada.
Pensaba que había podido fingir una buena cara durante todo ese tiempo, pero su mirada me decía lo contrario.
-No. Simplemente eres una muchacha normal y corriente de veintiún años que está pasando por un bache. Necesitas poner los pies en la tierra y recuperar tu vida. Confía en mí, tengo más experiencia. Venga, vamos.
-O… - añadió Amanda -, si lo prefieres puedes volver a casa a ver Walk the line por milésima vez mientras escuchas a tu hermano y a tu mejor amiga montándoselo en la habitación de al lado. Elige.
-Vámonos – dije, decidida al escuchar eso.
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-Quiero ser bisexual – anuncié, porque era muy importante. Una mujer debía tener objetivos en la vida. Arrastré la silla hacia atrás y me levanté -. Vamos a bailar, me encanta esta canción.
-A ti te gusta cualquier canción que no toque la banda que no debe ser nombrada – respondió Amanda entre risas, siguiéndome a través de la multitud en la pista de baile.
Su novia, Jo, sacudió la cabeza y la tomó de la mano. Sin duda el vodka era tan mala idea como el tequila, pero me hacía sentir más libre, menos dolida. Había sido buena idea salir, aunque en un estómago vacío tres copas daban para mucho. Sospecho que Amanda había doblado el alcohol de al menos una de ellas.
Que bien sentaba bailar, reír y liberarse. De todas las tácticas que había empleado para superar la ruptura, la que mejor funcionó fue el trabajo duro, pero ponerse guapa para salir a bailar y a beber también hacía lo suyo.
Me retiré el pelo detrás de la oreja porque la coleta había empezado a aflojarse otra vez: la metáfora perfecta de mi vida. Nada marchaba desde que regresé de Los Ángeles, nada duraba. El amor era una mentira, y el rock una porquería. Blablablá. Me fui a pedir otra copa, pues me sentía animada y con muchas ganas de hablar. Además, estaba en mitad de una declaración importante.
-Hablo en serio – dije a Amanda -. Me voy a hacer bisexual. Es mi nuevo plan.
-¡Es un plan fantástico! – exclamó Jo, poniéndose a mi lado. También trabajaba en la cafetería. Amanda y ella se conocieron allí. Llevaba el pelo largo teñido de color azul y era la envidia de todo el mundo.
Amanda puso los ojos en blanco.
-No eres bisexual, cariño – dijo Amanda y se volvió a su novia -. Y tú, por favor, no le des pie.
-Lu, la semana pasada querías ser lesbiana. – Jo me sonrió, sin arrepentirse -. Y antes de eso pensabas ingresar en un convento. Creo que esto supone un paso importante hacia el perdón de todos los seres humanos con pene, y un claro avance para seguir adelante con tu vida.
-Sigo adelante con mi vida – afirmé.
-Claro. Por eso habéis estado hablando sobre él durante las últimas cuatro horas, ¿no?
-No hablábamos sobre él, le insultábamos. – Solté una carcajada -. ¿Cómo decís maldito fornicador de ovejas apestoso en alemán – pregunté, intentando que se me escuchara por encima de la música -. Ese era mi favorito.
Jo y Amanda se fueron a bailar y las dejé ir, impasible, porque ya no me daba miedo estar sola. Estaba preparada para la acción, llena de poder de mujer soltera. Que le dieran a Natsu Dragneel, que le dieran bien fuerte.
La música se funcionó en un ritmo continuo que resultaba perfecto, siempre y cuando no parara de bailar. Me corría el sudor por el cuello y me abrí otro botón del vestido para abrir más el escote. De repente me olvidé del resto de gente que bailaba a mi alrededor. Cerré los ojos y me sentí a salvo en mi mundo interior. El alcohol me estaba dando un toque muy bueno.
Por algún motivo no me molestaron las manos que se deslizaron por mis caderas, aunque yo no pedí a nadie que las pusiera ahí. No se sobrepasaron, se quedaron ahí, y el dueño de esas manos bailaba pegado a mí pero manteniendo una pequeña distancia de cortesía entre los dos. Era muy agradable.
Quizá me sentía hipnotizada por la música o quizá por estar sola, pero no luché contra ello, sino que relajé mi cuerpo contra el suyo. Nos quedamos en esa postura toda la canción, y la siguiente, fusionados, moviéndonos a la par. Aún no le había visto la cara. El ritmo disminuyó y levanté los brazos, agarrándome a su cuello. Tras un mes evitando todo contacto humano, mi cuerpo despertó. El pelo corto y suave de su nuca se deslizó entre mis dedos y dio paso a una piel cálida y suave.
Dios, que placer. No me había dado cuenta hasta ahora de las ganas de sexo que tenía.
Eché la cabeza hacia atrás y me susurró algo, demasiado bajo como para enterarme. Su barba me rozó la mejilla. Deslizó las manos por mis costillas y por debajo de los brazos. Mantenía su cuerpo pegado a mí con firmeza, por detrás, fuerte, pero a cierta distancia. En teoría yo aún no estaba en el mercado, mi corazón seguía roto, pero tampoco quería separarme de ese hombre.
-Lucy… - me susurró al oído.
Contuve la respiración.
Me di la vuelta: era Natsu. Ya no llevaba el pelo largo, se lo había cortado, se parecía a Elvis con el pelo rosa. Una barba corta y más oscura cubría su mentón.
-Eres… eres tú – balbuceé.
Notaba mi lengua pesada e inútil, la boca seca. Dios, era él de verdad, en carne y hueso, en Portland.
-Sí – contestó, y no dijo nada más.
-¿¡Por qué!?
-¿Lu? ¿Qué pasa? – interrumpió Amanda, que me tomó del brazo y me sobresalté.
Se había roto el hechizo. Le echó un vistazo rápido a Natsu y torció la cara en un gesto de asco.
-¿Qué coño hace este aquí?
-Tranquila. No pasa nada – contesté.
No dejaba de mirarnos a Natsu y a mí, no muy convencida de mi respuesta. Tenía sus razones.
-Amanda, por favor… - insistí.
Dudó unos segundos y regresó con Jo, que miraba a Natsu sin creérselo. Su nuevo aspecto le concedía un disfraz estupendo, a menos que supieses a quién buscabas, claro.
Me abrí paso entre la multitud y salí de allí corriendo. Sabía que me seguiría, por supuesto que lo haría. Él no estaba allí por casualidad, aunque no tenía ni idea de cómo me había encontrado. Necesitaba huir del calor y del ruido para poder pensar con claridad. Crucé toda la pista de baile y llegué hasta mi objetivo: la gran puerta negra de emergencias que salía a un callejón. Al frescor de la noche.
Se veía brillar algunas estrellas, pero por lo demás estaba oscuro y húmedo por la reciente lluvia veraniega. Un escenario ideal: horrible, feo y gris. Quizá me estaba poniendo demasiado dramática.
Escuché un portazo detrás de mí y vi aparecer a Natsu. Se puso delante, con las manos sobre las caderas. Abrió la boca para empezar a hablar, pero no se lo iba a permitir. Me adelanté.
-¿Qué haces aquí?
-Tenemos que hablar.
-No.
-Por favor. Hay algo que necesito contarte.
Tenerle frente a mí reavivaba el dolor, como una herida a flor de piel esperando resurgir.
Pero no podía dejar de mirarle. Una parte de mí se moría por verle, por escucharle. Mi cabeza y mi corazón eran un auténtico desastre, pero él tampoco tenía buena pinta. Se le veía muy cansado, con ojeras y un poco pálido. Se había quitado todos los pendientes, menos mal.
-Jerall ingresó en una clínica de desintoxicación y tuve que afrontar otra serie de cosas. Tenemos que hacer terapia juntos como parte de su tratamiento, por eso no pude venir antes.
-Siento lo de Jerall.
-Gracias, le va mucho mejor.
-Muy bien. Me alegro.
-Lu, respecto a lo de Lissanna…
-¡Eh! – Le hice un gesto con la mano -. Ni se te ocurra.
-Tenemos que hablar.
-¿Ah, sí?
-Sí.
-¿Por qué has decidido que ya estás listo? Que te den, Natsu. Ha pasado un mes, veintiocho días sin saber nada de ti. Siento lo de tu hermano, pero no.
-Esperé porque quería asegurarme de que venía a por ti por las razones adecuadas.
-No sé lo que quieres decir.
-Lu…
-No. – Moví la cabeza con furia y dolor y le empujé, haciéndole retroceder. Se chocó contra la pared, pero eso no me detuvo. Me abalancé contra él de nuevo y me sostuvo por las manos.
-Relájate – me pidió.
-¡No!
Me rodeó las muñecas con las manos. Chirriaba los dientes, lo pude escuchar. Fue un milagro que no se rompiera ninguno.
-¡No que! – gritó exasperado -. ¿No quieres hablar ahora? ¿No quieres verme? ¡Qué! ¿Qué quieres decir?
-¡Digo no a todo lo que tenga que ver contigo! – estallé.
Las palabras resonaron por todo el callejón y subieron por los laterales de los edificios hasta que se perdieron en el cielo abierto.
-Hemos terminado, ¿recuerdas? Ya no tienes nada que ver conmigo. No soy nada para ti, tú mismo lo dijiste.
-Me equivoqué. Maldita sea, Lu, cálmate y escúchame.
-Deja que me vaya.
-Lo siento, pero no es lo que piensas.
Me quedé sin opciones y le miré a la cara.
-No debiste venir – le dije -. Me mentiste y me engañaste.
-Cariño…
-¡Ni se te ocurra volver a llamarme así!
-Lo siento. – Me observó en un intento de que su frase hiciera algún efecto en mí, pero no era su día de suerte -. Lu, lo siento muchísimo.
-Basta.
-Lo siento, lo siento…
Repitió las mismas palabras una y otra vez hasta que tuve que pararle y mandarle callar antes de que me volviera loca. Puse la boca sobre la suya para detener esa letanía inútil. Y entonces me devolvió el beso, haciéndome daño, pero yo le hice daño también. Curiosamente el dolor ayudaba. Introduje la lengua en su boca y recuperé lo que era mío. En aquel momento le odiaba y le amaba a partes iguales, no parecía hacer ninguna diferencia.
Me liberé las manos y le rodeé el cuello. Me puso contra la pared de ladrillo. Su tacto me hacía arder la piel.
Todo pasó demasiado rápido, de repente no había tiempo para pararse a considerar la situación. Me levantó el vestido por detrás y rasgó mi ropa interior. El aire de la brisa nocturna y el calor de sus manos me rozaron los muslos.
-Te he echado tanto de menos – gimió.
-Natsu…
Se bajó la cremallera y los jeans hasta los tobillos, y me levantó una pierna hasta la cadera. Me enganché a su cuello, creo que intentaba escalar por él, no pensaba con claridad, tan sólo quería estar tan cerca como fuera físicamente posible. Me besó y me penetró al mismo tiempo. La cabeza me dio vueltas al sentirle llenarme. El ligero dolor a medida que me penetraba, su otra mano deslizándose por mi trasero… me levantó sin dejar de embestirme y me hizo gritar. Le rodeé con las piernas y me agarré a él fuertemente. Clavé las uñas en su cuello, con los tacones cerca de su espalda. Me mordió fuerte en el cuello. Dios, el dolor era perfecto.
-Más fuerte – le pedí.
-Oh, sí.
El ladrillo se me enganchó en la espalda y rasgó la tela de mi vestido. Su polla dura me quitaba el aliento. Me aferré a él con fuerza, intentando saborear su tacto. La tensión iba en aumento en mi interior. Era demasiado y a la vez no era suficiente. Pensar que podría tratarse de nuestra última vez, de un encuentro tan brutal y furibundo como ese… Quería llorar, pero no me salían las lágrimas. Me apretó las nalgas y me las dejó marcadas. La presión en mi interior aumentaba más y más. Cambió ligeramente de ángulo para rozar mi clítoris y entonces tuve un orgasmo brutal, con los brazos atrapando su cabeza y la mejilla pegada a la suya. La barba me arañaba la cara. Mi cuerpo intenso se sacudió intensamente.
-Lucy – gimió mientras se vaciaba dentro de mí. Se me relajaron todos los músculos, no podía hacer más que esperarle.
-Está bien, cariño – apretó la boca contra mi cara empapada en sudor -. Todo irá bien, te lo prometo. Lo arreglaré.
-Bájame.
Lo hizo con cuidado. Me estiré el vestido y retomé el control, como si eso fuera posible. La situación se me había ido de las manos. Se subió los pantalones y se recompuso él también. Yo miraba a todas partes menos a él. En un callejón. ¿Estaba loca o qué?
-¿Te encuentras bien?
Me acarició la cara y me atusó el pelo hasta que puse una mano en el pecho y le obligué a retroceder. Bueno, más bien accedió a darme el espacio que le pedía.
-Yo… Mmm – Me humedecí los labios -. Debo irme.
-Vamos, pediré un taxi para los dos.
-No, lo siento. Sé que he comenzado yo, pero… Natsu, esto era un adiós.
-Y una mierda. No vuelvas a decirme eso jamás.
Me cogió la cara y me obligó a mirarle.
-No hemos terminado, ¿te enteras? Ni por asomo. Este es mi plan: no me pienso ir de Portland hasta que hayamos hablado. Te lo aseguro.
-Esta noche no.
-No, esta noche no. ¿Mañana?
Abrí la boca pero no me salieron las palabras. No tenía ni idea de lo que quería decir, ni siquiera lo sabía. Que dejara de dolerme estaría bien. Borrar al fin todos los recuerdos de él de mi cabeza y de mi corazón, poder recuperar la respiración.
-¿Mañana? – repitió.
-No lo sé.
Me cansaba enfrentarme a él, podría haber dormido durante un año. Se me caían los ojos, y el cerebro no me respondía.
-De acuerdo – concluyó.
No tenía ni idea de en qué quedaba la cosa, pero sentí como si hubiéramos concretado algo.
-Muy bien – dijo, y tomó algo.
Aún me temblaban las piernas. Sentí su líquido tibio bajarme por la entrepierna y de repente tomé conciencia de la situación. Mierda. Ya habíamos hablado sobre esto, pero las cosas habían cambiado mucho desde entonces.
-Natsu, ¿has practicado sexo seguro este último mes?
-No tienes nada de qué preocuparte.
-Bueno.
-Para mí seguimos casados. Así que no, Lucy, no he ido follando por ahí.
Me temblaban las rodillas, probablemente debido a la actividad reciente. El alivio por que no se hubiera acostado con sus fans como venganza tras la ruptura seguro que no tuvo nada que ver. No quería ni pensar en Lissanna, ese monstruo marino de las profundidades con tentáculos.
Si el sexo era complicado, ni que decir el amor. Uno de los dos tenía que irse y él no parecía moverse, así que me fui pitando de allí hacia el bar para encontrarme con Amanda y Jo. Necesitaba unas bragas nuevas, un trasplante de corazón y llegar a casa.
Abrió la puerta y me dejó pasar. Me siguió hasta que me encerré en el baño de mujeres para limpiarme. Me costó mirarme al espejo cuando salí a lavarme las manos, y la luz intensa fluorescente no ayudaba. Mi melena estaba enredada en mi cara por obra y gracia de las manos de Natsu. Mis ojos lucían dilatados y heridos. En fin, tenía una pinta terrible, pero no sabía exactamente por qué. Además, había aparecido la madre de todas las contracturas formándose en el cuello. Maldición.
Un par de muchachas entraron charlando y me miraron al pasar. Antes de que se cerrara la puerta, vislumbré la mirada de Natsu contra la pared de enfrente, esperándome mientras se miraba las botas. La conversación entre las dos jóvenes era muy animada, pero no mencionaban su nombre. El disfraz de Natsu funcionaba.
Salí para encontrarme con él.
-¿Lista para irte?
-Sí.
Atravesamos la discoteca atiborrada de bailarines y borrachos. Amanda y Jo estaban hablando en el extremo de la pista de baile y pude ver que Amanda tenía pinta de estar muy enfadada.
-¿Me estás vacilando? – me riñó cuando aparecí con Natsu.
-Gracias por traerme de fiesta, pero me voy a casa – contesté, con evidente prisa.
-¿Con él? – preguntó Amanda.
Jo dio un paso adelante y me abrazó.
-No le hagas caso, haz lo que consideres mejor para ti.
-Gracias.
Amanda puso los ojos en blanco y me abrazó también.
-Recuerda el daño que te ha hecho.
-Lo sé – contesté con los ojos bañados en lágrimas. Esto no ayudaba -. Gracias por hacerme salir esta noche, de verdad.
Apostaría todo el dinero del mundo a que Amanda estaba fulminando a Natsu con la mirada. Casi sentía pena por él. Casi.
Dejamos la discoteca justo cuando sonaba una de sus canciones. Se escuchaba la voz de Jerall gritar varios Divers! y cantar: Odio estos días de amor, labios de cereza y largas despedidas…
Natsu agachó la cabeza y salimos.
0o0o0
Desde la calle, la canción se reducía al ruido del bajo y la batería. Yo le miraba de reojo, asegurándome de que existía de verdad y que no formaba parte de mi imaginación. Había deseado tantas veces que llegara este momento…y siempre me despertaba sola, bañada en lágrimas.
Pero ahora estaba aquí de verdad y no podía arriesgarme. Si volvía a hacerme daño, no creo que pudiera recuperarme una segunda vez. Mi corazón no lo soportaría, así que hice un grandísimo esfuerzo para mantener la boca cerrada.
Era relativamente temprano y no había mucha gente fuera. Paré un taxi y Natsu me abrió la puerta. Entré sin mediar palabra.
-Te acompaño a casa – dijo, y se escurrió en el asiento sin darme cuenta.
-No hace falta que…
-Ya lo sé. Pero necesito hacerlo, así que…
-De acuerdo.
-¿Adónde? – preguntó el taxista mirándonos con apatía desde el retrovisor. Otra pareja discutiendo en el asiento de atrás, seguro que lo habría visto decenas de veces.
Natsu dio mi dirección sin titubear y el taxi emprendió la marcha. Seguro que Sting le había dicho dónde vivía, porque si no…
-Mirajane – suspiré, hundiéndome en el asiento -. Por supuesto, ella te ha dicho dónde encontrarme, ¿no?
Parecía avergonzado.
-Hablé con ella. Sí. No te enfades, intentó disuadirme.
-Sí, claro.
-De verdad. Me la montó por haber liado las cosas contigo, me estuvo gritando más de media hora. Pero no te enfades con ella.
Apreté los dientes y miré por la ventanilla hasta que sus dedos se deslizaron entre los míos. Retiré la mano.
-¿Dejas que te penetre pero no que te dé la mano?
Estuve a punto de decirle que eso había sido un accidente, que lo que acababa de pasar entre nosotros estaba mal, pero no pude. Sabía que le haría muchísimo daño, así que nos quedamos mirándonos en silencio, hasta que lo rompió.
-Te he echado muchísimo de menos, no te imaginas cuánto.
-Ya basta, Natsu.
Se calló, pero no apartó la mirada. Me hundí más en el asiento, atrapada por su encanto. Parecía otro, al haberse cortado el pelo; me resultaba familiar y desconocido al mismo tiempo.
No había mucho camino hasta mi casa, pero se me hizo eterno. El taxi se paró por fin y el conductor nos dirigió una mirada impaciente. Abrí la puerta y me debatí entre quedarme o salir.
-Pensaba sinceramente que no volvería a verte jamás – le dije, al fin.
-¡Hey! – dijo, con el brazo extendido a modo de despedida -. Nos veremos mañana.
No sabía qué decirle.
-Mañana – insistió.
-No creo que cambia de opinión.
-Sé que la he cagado, pero voy a arreglarlo. No tomes ninguna decisión todavía, ¿de acuerdo? Dame una oportunidad.
Me apresuré a entrar en el portal, y cuando cerré la puerta el taxi se fue, con las luces alejándose, hasta desaparecer.
¿Qué se suponía que debía hacer ahora?
Parece que Natsu quiere arreglar las cosas pero... ¿es posible que ya sea demasiado tarde?
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