Gracias ENORMES a camii b, lunnarve, tayanita, fifi, sweetsorrow8, flor de luna, guest, pink-eyes-to-my-darlingg y arlet por los reviews que me dejaron en el capítulo anterior. Les juro que el fandom en español generalmente deja los reviews más wholesome y bellos, ¡los amo a todos! Los he releído tantas veces... Muchísimas gracias por sus análisis y palabras de aliento. A ustedes va dedicado este capítulo :*

LAWLESS


Capítulo 17. Inapropiado


El sirviente los guió hacia una de las habitaciones vacías del primer piso, cercana al salón en el que estaba teniendo lugar la aburrida velada de ricos. El hombre encendió la luz por ellos y Eren le dio unas escuetas gracias poco antes de que éste cerrara la puerta para darles privacidad. Mikasa hizo un chequeo rápido del lugar y se apresuró a cerrar las cortinas de las dos altas y estrechas ventanas que daban a la calle, entre las cuales se hallaba una cama. Se volvió y caminó hacia Eren mirando el piso.

Él no había dado más que un par de pasos al interior del cuarto, quedándose quieto con aire pensativo y la vista fija en ella.

— ¿Cómo es que recién ahora nos venimos a enterar de lo que pasó en Trost? — Mikasa se abrazó a sí misma y se apretó los brazos, pues los sirvientes les recibieron los abrigos al entrar en la casa y el cuarto no estaba temperado — No me gusta admitir esto, pero la vieja esa tiene algo razón. Deberíamos leer los malditos periódicos… — negó con la cabeza, descartando lo que acababa de decir — Soy yo la que debería leerlos, es parte de mi trabajo estar pendiente de esas situaciones. Es mi culpa que no lo supiéramos de antes.

— O sea que, además de tener que estar conmigo día y noche pendiente de mi seguridad, ¿tienes que enterarte de lo que pasa en todo este maldito reino? — preguntó Eren.

— Debería. Sí.

Eren echó una mirada a la puerta y, tomando a Mikasa del codo, la guió hacia la cama en donde ambos se sentaron.

— Oh. Y eso es otra cosa que debería haber hecho, pero se te ocurrió a ti antes que a mi — se quejó ella, dándose un golpecito con los dedos en la frente — Es vergonzoso. Levi me daría una regañina por descuidada, y con razón.

A los pies de la cama había una manta de lana. Mikasa la tomó y se la puso sobre los hombros con expresión chasqueada. Se sentía como una novata, cometiendo un pequeño pero significativo error tras otro que podía, a la larga, arriesgarlos a ser descubiertos en su farsa y en todo lo demás. Tenía que esforzarse más. Trabajar más duro. No podía permitirse andar tan distraída con emociones relacionadas con su pasado y tampoco con su presente.

— ¿Quieres el otro extremo? — le preguntó a Eren, extendiéndole la manta.

— Estoy bien, gracias — dijo él con un gesto de la mano. Parecía un tanto distante — Y oye, no necesitas culparte por detalles así. Los dos estamos metidos en esto. Yo también tengo que cumplir con mi parte y estar atento a ciertas cosas, como evitar que algún fisgón cerca de la puerta nos escuche.

— No, Eren. Eso último que dijiste es mi responsabilidad. Lo tuyo es seguir visitando a tus pacientes y, a lo más, tratar de fingir lo nuestro. Con eso ya tienes bastante trabajo.

— Según como yo lo veo tenemos una responsabilidad compartida y, seamos francos, lamentablemente conozco a esta gente mucho mejor de lo que la conoces tú. Sé que adoran el chismorreo y las revelaciones tanto como el dinero. Supongo que por esa simple razón fui yo el que reaccionó antes, y ya está — insistió tozudo y en un tono que no admitía réplica. Acto seguido, su expresión se suavizó ligeramente y la observó con preocupación — La oficial de policía rubia de Trost… trabaja con ustedes, ¿verdad? ¿Es tu amiga?

Mikasa bajó la vista hacia su regazo. Su vestido púrpura parecía casi negro.

— Annie es algo así como… una colaboradora independiente. No trabaja para Kenny como el resto de sus hombres y… tampoco es mi amiga — hizo una pausa, pensando en las contadas ocasiones en que entrenaron juntas — Apenas hablábamos. Ella solamente fue parte de mi plan de entrenamiento por un tiempo.

Mikasa conoció a Annie Leonhardt casi cuatro años atrás, escasos meses antes de su quinceavo cumpleaños, y siempre intercambiaron más golpes y miradas cabreadas que palabras. De hecho al principio se llevaron horrible, pero fue culpa de Annie. Después de que, sin mayores preámbulos, Kenny las presentó en el cuarto de entrenamiento del escondite, Annie con suerte la saludó. Ésta simplemente dio un distante asentimiento de cabeza, como si ni siquiera reconociera su presencia, y eso fue todo. Mikasa había estado expectante esperando ese día. Su tío nunca había traído a una mujer para que ella se entrenara en combate cuerpo a cuerpo, por lo que la actitud antipática de la chica la confundió, decepcionó y mosqueó. Entonces, no halló nada mejor que preguntarle a Kenny en tono aburrido:

— ¿Estás seguro de que ésta tiene dieciocho? Es demasiado baja y parece menor que yo. No quiero hacerle daño a niñas pequeñas. O peor, a una chica con serios problemas de crecimiento.

Sus palabras consiguieron una pronta repercusión que, en cuestión de segundos, la llevó a encontrarse de espaldas en el suelo. La mitad del aire de sus pulmones resultó expulsado en el impacto. Lo único que alcanzó a hacer, a modo de reflejo aprendido, fue pegar la barbilla al hueco entre sus clavículas para evitar golpearse la cabeza. Los gélidos ojos de Annie lanzaban dagas contra los suyos, abiertos de par en par debido al súbito movimiento, mientras que podía oír la risa burlona de Kenny de fondo.

— Le dije al asesino serial este, tu tío, que lo mío no es pegarle a niñitas tontas, pero te acabo de agregar a mi lista de excepciones — su voz desapasionada combinaba perfectamente con su expresión insípida. Annie la inmovilizaba de una manera que Mikasa no acababa de comprender en medio de su sorpresa — Acepto el trato — dijo, quitándose de encima.

Y así fue como los primeros meses ambas chicas entrenaron una vez por semana, luego sólo se veían una vez al mes y, al final, cada dos meses en un trato que duró menos de un año y medio. Annie resultó ser una excelente rival y maestra, hasta que dio un paso al costado y se abocó a su irónico trabajo como policía. Durante el tiempo que duró el entrenamiento, poco a poco lograron congeniar dentro de lo que se podía. Hubo ocasiones en que comieron juntas y fue en pausas como esa, lejos de las zurras habituales, cuando Mikasa descubrió que además de compartir el gusto por las cosas dulces, ella y Annie compartían una similar naturaleza introvertida y reservada. Los largos silencios y conversaciones concisas sobre lo que fuera que estimaran necesario, sin presionarse la una a la otra a hablar de más, de alguna manera contribuyó a forjar respeto y un cierto aprecio mutuo. Al mismo tiempo, siempre hubo una especie de muralla entre ellas. Ninguna parecía fiarse por completo de la otra, algo a lo que Mikasa trataba de no darle demasiadas vueltas pues la desconfianza básica era esperable entre infractores de la ley. Hasta era más que esperable si una de ellas se dedicaba a aplicar esa misma ley, independiente de si solía torcerla en pos de su propia conveniencia.

Annie estaba lejos de ser su persona favorita y no podía llamarla amiga en el estricto sentido de la palabra, sin embargo, aquello no impedía que Mikasa se preguntara cuál era el estado de la oficial de policía luego de lo que había ocurrido en Trost. ¿Estaría herida? Y si lo estaba, ¿eran heridas de gravedad? Ojalá que no. El día que volviera a ver a esa mujer, más valía que su perezosa y antipática cara incluso conservara la narizota esa que se gastaba.

Por mínimo que fuera, Kenny también debía de tener algún grado de respeto o aprecio por Annie, así que el presunto ataque de la Legión a la comisaría de Trost, de todas las otras comisarías de Paradis, no le hacía mucho sentido. ¿Por qué su tío aceptaría poner en riesgo la vida de una colaboradora que se había probado tan útil? A menos que Kenny no hubiese tenido voz ni parte en relación al ataque, o que Annie no se encontrara de guardia aquella noche en la comisaría… O que ésta fuera una traidora que Kenny, en conjunto con la Legión, estuviera buscando quitar del camino. Pero las tan repentinas e impersonales explosiones no eran el estilo de los Ackerman. A la hora de deshacerse de un mal elemento los Ackerman empleaban sus propias manos. Aquello comprendía una de las acciones favoritas del loco al que miles de personas alguna vez se refirieron como "El Destripador".

— Una de mis profesoras de la universidad es miembro de la Legión — Eren dijo el nombre de la agrupación rebelde en un volumen más bajo. Su cuerpo estaba inclinado hacia delante y apoyaba los antebrazos sobre las piernas — Es una de las personas más raras que he conocido en mi vida, pero… no se me hace el tipo de persona capaz de asesinar a otros. Nunca me han gustado los policías y puede que a ella tampoco, y aunque los detestara no la veo llegando al extremo de hacer explotar una comisaría en la que todavía hay policías dentro. Si estuviera vacía, tal vez sí… Igual, ¿quién demonios sabe? — soltó, un tanto exasperado — Tampoco es que me la pudiera imaginar siendo parte de un grupito que pensaba que ni siquiera existía.

Mikasa conoció a Hange Zoe luego de rescatar a las muchachas escondidas en el carro de embutidos y, a decir verdad, no tenía idea de si entabló alguna conversación con ella. En aquél entonces, su cabeza daba mil vueltas y su estado emocional había sido bastante precario.

— He visto a tu profesora una sola vez y apenas la recuerdo. No sé qué asumir o no sobre ella — musitó en tono tranquilo — Lo que no entiendo es por qué Kenny permitiría que pusieran a Annie en peligro… Si Annie fuera una traidora, Kenny se tomaría el tiempo de cargársela él mismo. De preferencia con un cuchillo.

Eren se enderezó y la miró ceñudo.

— Cierto. Kenny no tendría por qué exponer y arriesgarse a tullir o perder a uno de sus policías corruptos — asintió pensativo — Que Annie no esté entre los muertos del atentado fue cuestión de suerte. Kenny se aseguraría de que un soplón tan valioso no tuviera oportunidad de sobrevivir o tiempo para escapar. Y sí, estoy al tanto de cuánto el loco de tu tío ama sus cuchillos… Al aliarse con la Legión tuvo que haber hecho una especie de trato para que su gente ganara inmunidad y no se viera expuesta a esas situaciones, incluyendo esa chica.

— A menos que, no sé, él nunca les haya dicho acerca de Annie.

— O que les hubiera dicho y que a la Legión le diera igual, pero no creo. Así como de todas formas dudo que mi profesora estaría de acuerdo con hacer estallar edificios con personas vivas dentro por mucho que, hipotéticamente hablando, odiara a los policías porque son casi todos sobornables. A todo eso hay que sumar que una explosión puede herir o matar a cualquiera que pase cerca, y la Legión debe necesitar a los civiles de su parte, no en su contra, ¿verdad?

Mikasa asintió, pensando en los comentarios que había oído de los ricachones esta noche y en cómo los periódicos habían llegado a la rápida conclusión de que la Legión era responsable del ataque, apuntándolos como los villanos de todo el asunto.

— Pareciera que se convirtieron en el perfecto chivo expiatorio, de lo más conveniente para la jodida monarquía y los nobles — dijo Eren entre dientes, empuñando las manos — Ni siquiera sería la primera vez que matan a alguien para mantener ocultos sus malditos secretos o desviar la atención.

Eren se inclinó hacia delante, apoyó los codos sobre las piernas y, juntando las manos, las presionó contra la frente. Cerró los ojos como si estuviera concentrándose, o intentando calmarse para no permitir que lo sobrecargara la rabia y todo lo que fuera que estuviera sintiendo. Mikasa asoció sus palabras y reacción a lo ocurrido con su padre, el doctor Grisha. Quizás Eren también se encontrara pensando en el enigma de Frieda Reiss, otra de los asuntos que recordaba que lo afectaban. Vacilante, ella puso una mano sobre su espalda encorvada. Al cabo de un rato, Eren soltó una sonora exhalación y masculló cosas ininteligibles, pero no era difícil adivinar que debía tratarse de una retahíla de insultos. Alcanzó a oír el nombre del rey entre medio.

— Deberíamos salir de aquí — comenzó a decir Mikasa con suavidad. Arrastró la mano hacia el hombro de Eren y le dio un pequeño apretón — Volvamos al hotel… Podrás tener un poco de tranquilidad allí, lejos de esta gente.

Su respuesta consistió en un gruñido desganado y, como si recién se percatara de ello, miró la mano que Mikasa mantenía en su hombro y después a ella. La chica se disculpó y retrajo la mano, sintiendo que se le calentaban las mejillas de vergüenza. El ceño fruncido de Eren se profundizó.

— Si quitaste tu mano pensando que me molestaba o algo, no es así.

— Pero pareció como si… — dijo ella, confundida — Dio la impresión de que no quisieras que te tocaran. Tu expresión…

Eren alzó ligeramente las cejas.

— Ah… Bueno sí, estoy enfadado, pero no fue mi intención que pensaras que también lo estoy contigo. Lo siento — tras una corta pausa miró hacia otro lado, se masajeó la nuca y añadió en voz baja — No me molesta que me toques, Mikasa… Quiero decir que no es algo que me desagrada o me haga enojar. De ninguna manera.

Mikasa trató de mantener una expresión neutra, aunque el movimiento de sus dedos sobre la tela del vestido delataba que se había puesto nerviosa. Repitió en su mente que las palabras de Eren no tenían doble sentido alguno. Que era ella quien estaba embrollando las cosas.

— Antes de que nos vayamos, tengo ganas de cabrear al montón de ricos imbéciles de aquí afuera — dijo Eren de repente — Estos tontos aman los chismorreos y al mismo tiempo odian que ciertos… incidentes pasen bajo sus propios techos o en su presencia, sobre todo los vejestorios. Y aquí está lleno de viejos. Se escandalizan y lo ven como una falta de respeto, que sería el punto… Pero primero tengo que saber si estarías dispuesta a ayudarme con esta idea, porque no funcionará si lo hago solo y si no parece que formaste parte y… bueno, además se vería raro.

— ¿Qué idea? — preguntó Mikasa, pese a que ya se estaba empezando a imaginar qué podría ofender a un montón de viejos y que necesitara que ella formara parte. Si bien sólo se trataría de una simulación, sintió que todo su rostro se coloreaba ante la perspectiva — ¿Q-qué es lo que planeas que hagamos para escandalizarlos?

Eren se tomó unos segundos para formular la respuesta.

— Pretender que realmente somos la joven pareja inapropiada que se escapó del último Baile Real. Si es que estás de acuerdo… claro. No estás obligada a hacer nada que no quieras.

Pareció un tanto incómodo ante su propia sugerencia. En cuanto Mikasa aceptó, él se subió a la cama, que crujió bajo su peso y siguió crujiendo mientras éste se ponía de pie encima del colchón, trayéndole sin cuidado ensuciar el cobertor tono pastel con las suelas de sus zapatos lustrados. Extendió una mano hacia ella, llamándola con una sonrisa maliciosa que aceleró su frecuencia cardíaca. A pesar de su elegante atuendo y porte de adulto serio, en esos momentos Eren se veía como un completo alborotador, como un adolescente gamberro de buena pinta disfrazado de rico para cometer sus fechorías. Así se le hacía más similar al chico revoltoso, irresponsable y difícil que ella imaginaba al oír las peripecias del pasado contadas por Armin. Mikasa tomó su mano sin pensárselo dos veces y, aguantándose una risita nerviosa, se subió también a la cama. Al no saber qué hacer, se quedó de pie como una tonta hasta que Eren empezó a saltar y la superficie del colchón se desestabilizó, lo que la obligó a brincar con él para no caerse.

El marco de la cama crujía como si estuviera a punto de romperse, con sólo eso el plan ya parecía ir de mil maravillas, mientras que el somier metálico bajo el colchón también chillaba en exceso. Eren le hacía gestos para que no se riera pero, saltar en una cama como un par de niños inquietos con el fin de simular un encuentro sexual, le parecía demasiado ridículo e hilarante. Se tuvo que tapar la boca con las manos. Fue entonces cuando a Eren le dio por soltar unos gemidos extraños mencionando su nombre falso y Mikasa ya no fue capaz de contener la risotada que se le escapó entre saltos. Él tuvo que apresurarse a cubrirle la boca mientras que le insistía que "¡shh, shh!", sin poder evitar sus propias risas. Pronto sintió un tirón al pie del vestido que la hizo perder el equilibrio. Eren trató de agarrarla, sin darse cuenta de que era él quien le estaba pisado la ropa. La tela del vestido se rasgó y ella lo empujó sin querer. Hizo un último intento por equilibrarse en aquella superficie inestable, mas la tarea se dificultaba bastante por llevar los botines puestos. Cayeron aferrados el uno al otro en el borde del colchón y, al mismo tiempo, se oyó el fuerte crac de uno de los largueros rompiéndose bajo el peso combinado de ambos. El colchón pasó de largo al piso. Eren y Mikasa resbalaron a un lado sobre la alfombra y, sin golpes ni dolor, rodaron un par de veces antes de detenerse.

Intercambiaron una mirada aturdida. Le echaron un vistazo a la cama y se volvieron a mirar, hasta que tuvieron plena consciencia de que estaban muy pegados y en una posición bastante comprometedora. Eren había terminado encima de ella, con el mentón a escasos centímetros de su escote. Su respiración le hacía cosquillas en la clavícula y la base del cuello. Su perfume la atontaba. Sentía los brazos Eren atrapados bajo su espalda y cabeza, que al parecer le había intentado proteger, y la mayor parte del peso de éste se concentraba sobre su estómago y entre sus piernas. Mikasa apoyaba un pie en el suelo. Su pierna izquierda doblada se asomaba por la abertura del vestido roto, dejando a la vista su muslo completo, las ligas que sostenían sus medias negras y la funda donde escondía un pequeño cuchillo. Con cuidado y en silencio, Eren quitó la mano de detrás de su cabeza y la apoyó a un lado, separándose algunos centímetros de ella. Mikasa arqueó la espalda para que a él le fuera más fácil mover el otro brazo y liberarse.

Juntos se pusieron de pie. Eren le preguntó si le dolía algo y ella le preguntó lo mismo a él. A ninguno le dolía nada. Eludieron las miradas del otro. Mikasa comprobó el estado de su vestido, que se había rasgado horizontalmente a la altura de su rodilla. Eren inspeccionó la condición de la cama y le dio un flojo puntapié al larguero roto.

— Al final esto salió mejor de lo que esperaba — dijo de espaldas a ella — Salvo por lo del vestido. Lo siento.

Mikasa sonrió de buen humor, pese a que le daba algo de lástima que el regalo de Eren no le hubiera durado ni un día.

— Está bien, supongo… Al menos hace que todo parezca más inapropiado.

Se dio cuenta de que, considerando el desastre que habían dejado en la habitación, su aspecto y el de Eren no completaban la apariencia de una pareja que se acababa de dar un revolcón tan exagerado como lo habían hecho parecer. Se quitó la flor de plata, se soltó el cabello del moño y lo sacudió. Acercándose a un confundido Eren, le desordenó el pelo y, un tanto apocada, le balbuceó que se desabotonara los primeros tres botones de la camisa, cosa que él hizo tan pronto como entendió la razón. Mientras tanto, Mikasa buscó la pequeña barra de labial que había guardado en el pliegue de una de sus mangas.

Desconcertado, Eren frunció sutilmente el entrecejo al notar el labial, sin embargo no puso objeciones cuando ella le empezó a dejar manchitas rosa oscuras en la camisa, la parte superior del pecho y luego en el cuello. Mikasa notó que su manzana de Adán subió y bajó en el momento en que comenzó a difuminar el color sobre la piel de su garganta con los dedos. Su propia respiración era superficial debido a la cercanía y el contacto. Si se había envalentonado tanto para hacer algo así era porque de verdad quería contribuir a que el plan de Eren tuviera éxito. Sus ojos se encontraron luego de que Mikasa le dejara una mancha en la mejilla y la esparciera con la yema de un tembloroso dedo. Intentó no rehuir la intensidad de su mirada, y hubiera establecido un logro personal de no ser porque fueron los arrolladores ojos de Eren los que se desviaron y descendieron concienzudos hacia algún punto bajo su nariz. Contuvo el aliento al sentir que éste ponía una mano en el borde de su mandíbula, y el corazón le latió desbocado en el pecho cuando éste pasó un lento y delicado pulgar a través de sus labios, deslizándolo sobre su piel más allá de las comisuras. Él volvió a atrapar su mirada. Sus ojos incendiarios le decían que ansiaba algo más, pero Mikasa fue incapaz de mantener aquél intercambio. Bajó la cabeza, ruborizada hasta las orejas.

Se hizo un caluroso y tenso silencio entre la espesa y corta distancia que los separaba.

— ¿Me prestas tu labial?

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Antes de poner un pie en el salón, ya todas las miradas curiosas y desaprobadoras se posaban en ellos. El anfitrión, el tal Axel, estaba rojo por lo que debía de ser una mezcla de vergüenza ajena y rabia por tamaña ofensa que supuestamente había tenido lugar bajo su propio techo. La vieja a la que Eren ni siquiera le había preguntado el nombre, la petulante que se las daba de realeza, fruncía los labios en una mueca de disgusto que se concentraba en Mikasa, cosa que a él no le gustó para nada. Se oían murmullos y una que otra risita aislada. Siguiendo las órdenes del mayordomo del patrón, un sirviente se apuró en llevarles y ponerles los abrigos encima antes de que siquiera alcanzaran el zaguán, en un empeño por cubrir la indecencia que exudaban sus imágenes a vista y paciencia de los invitados.

— Por los inconvenientes para los de la limpieza — bisbiseó Eren al joven sirviente, metiéndole algunos billetes doblados en el bolsillo frontal del uniforme con disimulo.

El sirviente realizó un discreto asentimiento y le echó una boba mirada a su boca torpemente manchada con el labial de Mikasa y luego a ella, antes de adelantarse para facilitarles la salida.

— Eren Jaeger — dijo Axel en tono despectivo. Había llegado hasta ellos con aire indignado — Tenga a bien abandonar mi propiedad en este preciso instante junto a su… novia.

— Estamos en eso, señor Alex, pero necesitamos transporte. Pida que alisten uno de sus carruajes para nosotros, si fuera tan amable — dijo con una sonrisa afectada y mirada fría, estirado en toda su altura — No querrá que un súbdito del rey tan importante como yo se vaya caminando a altas horas de la noche en compañía de su joven y frágil dama, sabiendo que andan terroristas sueltos.

— Mi nombre es Axel, no Alex. Axel von Bassermann-Jordan.

— Claro, señor. Le hablaré muy bien de usted al rey cuando me corresponda verlo dentro de los próximos días.

Alex von-lo-que-sea accedió con mesurada reticencia a su petición, después de todo los quería fuera y lejos lo más pronto posible, como si fueran la peste encarnada. Unos minutos antes de que el transporte se detuviera frente a ellos, una mujer de frondoso cabello claro y ondulado apareció en el pórtico, encendió un cigarrillo y caminó hasta situarse bajo la luz de la farola en la calle junto a ellos. Con una sonrisa despreocupada y mirada perspicaz, se presentó como Carly Stratmann. Era la hija de Elliot Stratmann, un hombre de negocios de la zona al que Eren no conocía personalmente al no encontrarse vinculado con la nobleza y a que éste jamás había requerido sus servicios médicos. Tras un breve diálogo en que les agradeció por transformar aquella noche en algo interesante, la mujer le entregó a Mikasa un trozo de papel en el que ponía una dirección escrita a la rápida.

— Es una invitación para este sábado — dijo Carly y, apurando el cigarrillo antes de regresar al caldeado interior de la vivienda, agregó con un guiño — Una fiesta. Algo más a tono con personas como nosotros. Espero verlos allí, Margot y Eren.

Eren ayudó a Mikasa a subir al carruaje. Ella se mantuvo en silencio durante todo el trayecto mientras observaba alrededor con imperturbable eficacia, atenta a cualquier peligro al acecho entre los callejones y esquinas donde la luz de las farolas era engullida por las sombras. Era una noche cerrada de brisa helada y calma donde sólo se oían los casquillos del caballo y el traqueteo de las ruedas avanzando por la calle adoquinada. No tardaron mucho en llegar al hotel y subir a su habitación, cuando era pasada la media noche. Eren notó un bulto redondo sobresaliendo en medio de la cama. Un calentador de bronce que el servicio debió de haber traído mientras no estaban. Mikasa desapareció con su pijama al interior del baño y Eren, sintiendo un creciente nerviosismo aflorar en su pecho, se quitó los zapatos y dio una vuelta por el cuarto. Quizás era insensato estar más preocupado por compartir cama con Mikasa en lugar de seguir dándole vueltas a todo lo que lo hacía enojar, pero se había divertido tanto con ella en el teatro y durante la improvisada jugarreta que protagonizaron en la velada de pijos que, ahora mismo, le costaba trabajo conectar con sus emociones y pensamientos negativos. La jornada transcurrió como una experiencia memorable y diferente para los dos, independiente del momentáneo mal rato que pasaron al enterarse de la situación de Trost.

Cuando la vio aguantándose a duras penas la risa mientras saltaban en el colchón como un par de mocosos, Eren no halló nada mejor que fingir unos gemidos más parecidos a los de alguien teniendo problemas estomacales que a los que se pudieran asociar al placer. Bastó eso para que Mikasa explotara en una melódica risa que, lamentablemente, Eren tuvo que enmudecer para no poner en jaque su plan. Fue entonces cuando tuvo la oportunidad de entrar en contacto con su boca por primera vez aquella noche, aunque sólo fuera con la palma de su mano. Después vino el bendito accidente que no hizo más que estimular sus inéditas ansias, y es que no se podía quitar de la cabeza la sensación que experimentó ante la íntima cercanía de sus cuerpos y la perspectiva que ganó al terminar encima de ella. Eren batalló contra el impulso de sellar las distancias durante todo el tiempo que Mikasa le manchó la piel con el lápiz labial, y estuvo a punto de perder el control al aventurarse a recorrer sus suaves y tentadores labios entreabiertos con el pulgar, un pretexto para difuminar el color que los decoraba y dejar la huella de un apasionado beso fantasma.

Cuando Mikasa desocupó el baño, Eren tomó sus cosas y se encerró allí dentro un largo rato. Se cambió de ropa, notando un borroso hematoma largo y reciente en un costado de la espalda, se cepilló los dientes dos veces y se limpió los restos de labial del pecho, cuello y rostro. Examinó su aspecto en el espejo y se preguntó por enésima vez si Armin estaría en lo cierto y al menos la atracción que él sentía por Mikasa era correspondida. Si ella también quería algo más de él, algo más que una simple e inocente amistad. Había un calor y una presión en la boca de su estómago. Un cosquilleo. Era una sensación agradable a la vez que insoportable, difícil de explicar, que se extendía hacia su pecho y bajo el ombligo y le daba la impresión de estar empezando a enloquecer de impaciencia. Una especie de repentino apetito que, era consciente, sólo podía ser saciado entrando en contacto con el cuerpo y la piel de una persona en particular.

Volvió a la habitación. Mikasa estaba acurrucada cerca del borde de la cama y le daba la espalda. Esto se sentía diametralmente distinto a la ocasión en casa de Franz y Hannah, y también a la noche que pasaron en el sillón de la cabaña abandonada, donde el propósito había sido acompañarla en su dolor, apoyarla y ofrecerle un poco de consuelo. Era otro contexto. Ahora estaban los dos solos en un cuarto de hotel de lujo después de un día que se había salido de la norma y en el cual Eren se pasó de la raya a sabiendas.

— ¿Puedes apagar la luz? — le pidió Mikasa mientras él se introducía en la cálida cama.

En la oscuridad, Eren no podía siquiera ver la punta de su nariz. Pasaron unos minutos en que ninguno de los dos dijo nada y en los que su vista apenas se acostumbró a la penumbra. Un débil haz de luz se colaba entre las cortinas y se diluía antes de siquiera llegar hasta donde ellos estaban. Casi no podía distinguir la inmóvil silueta difusa de Mikasa. Estaba empezando a creer que se había quedado dormida cuando ésta pareció cambiar de posición.

— ¿Eren? — la oyó susurrar, insegura.

— ¿Hm? Estoy despierto.

Tenía la pequeña esperanza, por decirlo así, de que ella se refiriera a su descaro.

— Me gustó mucho ir al teatro — dijo Mikasa después de un rato — Y lo otro también fue divertido… Gracias. Y gracias por el vestido.

Eren le sonrió, aunque ella no podía verlo.

— Me di cuenta de eso — giró todo su cuerpo hacia ella y se desplazó en su dirección unos centímetros — Mira que hasta nos terminaron invitando a una fiesta turbia por el número que nos montamos. Valió la pena el sacrificio de tu vestido. Cuando quieras compramos otro y lo desgarramos.

— ¿En serio? — su tono cansino le hacía gracia — Despilfarrador.

— Sí, total tengo dinero de sobra para gastar en lo que quiera — alardeó adrede.

Como era de esperar, Mikasa rezongó y no respondió.

— ¿Qué? Sé que sólo estás conmigo por mi abultada billetera… y quién sabe, puede que también por mi apuesto rostro — Eren hizo una mueca al decir aquello, riéndose por lo bajo. Era estúpido y vergonzoso.

— Oh, por favor ¿te golpeaste duro en la cabeza cuando nos caímos o algo?

Eren suspiró. Continuar bromeando sobre este tipo de cosas con ella sería un desatino que sólo lo haría parecer un completo idiota y perder el tiempo.

— Algo así — admitió con una inflexión más seria y ronca.

Mikasa pareció captar ese cambio. La sintió removerse. El ambiente distendido que se había creado entre ambos llegó a un abrupto fin y dio paso a una ligera tensión. Eren intentó buscar su mirada en la oscuridad pero sólo podía adivinar en dónde se encontraría su rostro oyendo el tenue rumor de su respiración. Percibía una amortiguada vibración en el colchón. Ella debía de estar rehuyéndolo, pues las miradas tienen cierto peso y se sienten aunque no se vean. Intuía que ella tenía que estar sintiendo la suya. Eren se humedeció los labios y se preparó para hablar.

— ¿Estás bien? — preguntó Mikasa de repente, antes de que él pudiera formularle su propia pregunta, y ahora sí percibió que ella escudriñaba en su dirección — Te oí despotricar contra el rey cuando estábamos en esa casa, y después le dijiste a ese tipo que lo verías pronto…

Eren apretó la mandíbula ante la sola mención de Rod Reiss.

— Aprecio tu preocupación, Mikasa, en serio, pero no quiero hablar de eso. Me da demasiada rabia.

— Lo siento — se disculpó ella, bajito.

— No, por favor no lo sientas. No pasa nada. Es que- — Eren soltó aire por la nariz y sacó los brazos de debajo de las sábanas — Es que te juro que cuando me acuerdo me dan ganas de moler al hipócrita y cobarde hijo de puta a puñetazos, y no quiero quedarme dormido pensando en esa mierda.

— ¿Quieres… entrenar un poco mañana? Puede que golpear algo hasta cansarte ayude.

Eren apoyó un lado de la cara en la almohada, pues en su molestia había rodado sobre su espalda y mirado hacia el techo.

— ¿Golpear algo?

En el fondo igual tenía ganas de romper unas cuántas cosas, como lo que habían roto en la habitación de invitados, pero golpear algo inanimado imaginando que era el jodido rey podría funcionar también.

— No tenemos sacos de arena aquí pero hay un montón de almohadas que podemos usar para que no te lastimes. ¿A qué hora tienes a tu primer paciente?

El primero sería al mediodía, así que quedaron en probar lo del entrenamiento por la mañana. Era una buena idea y tenía que intentarlo, de lo contrario luego terminaría rechinando los dientes de rabia al dormir, tendría sueños homicidas y despertaría con la mandíbula dolorida, y seguramente tendría dolor de cabeza. Nunca antes Mikasa se había ofrecido a entrenarlo… No estaba proponiendo un entrenamiento cuerpo a cuerpo y, por varias razones, de momento eso sería lo mejor, ¿o no? Eren tragó saliva al imaginarla a horcajadas encima suyo, oprimiéndolo contra el suelo y desafiándolo a liberarse, y su apetito especial regresó reptando entre sus entrañas con energía renovada. Oyó a Mikasa bostezar, deseándole buenas noches, y no pudo creer que de verdad ella se iría a dormir así sin más, sin mencionar lo que él había hecho, como si no hubiera pasado. Como si diera igual. Su tímida reacción después de aquello no podía significar que era indiferente, ¿verdad?

— Mikasa, espera — urgió, alargando un brazo en búsqueda del de ella y arrepintiéndose a medio camino en caso de que su mano agarrara algo que no se le estaba permitido tocar — ¿Dónde estás? — golpeó el colchón con la palma de la mano, bajo las colchas.

¿Y si en realidad Mikasa era indiferente y sólo se había ruborizado porque la situación se le había hecho incómoda? ¿Y si prefería ignorar ese momento porque no significaba nada para ella? No. Eren pensaba en la manera en que sus ojos oscuros habían fulgurado y sospechaba que quizás…

Unos dedos aletearon en su antebrazo con delicadeza, haciéndole cosquillas.

— Aquí — respondió ella, su voz sosegada y perezosa — ¿Qué ocurre?

Eren se quedó estático. En la conversación que había tenido con Armin la noche anterior al viaje a Stohess, éste le había preguntado qué tenía pensado hacer ahora que era consciente de lo que sentía por Mikasa, y a decir verdad Eren se encontraba bastante perdido.

— Diría que fueras sincero con ella, pero como no estamos cien por ciento seguros de lo que ella siente por ti, y teniendo en consideración la situación especial en la que se encuentran, puede que esa no sea la mejor opción por ahora — había dicho Armin, sentándose con las piernas cruzadas. Eren había hecho lo mismo, poniendo atención a cuanto le decía pues confiaba en su criterio más que en el propio — Si le confesaras tus sentimientos y ella no sintiera lo mismo por ti, o no lo sintiera con la misma intensidad, supongo que todo podría volverse incómodo entre los dos y hasta podría arruinar la convivencia… Así que yo creo que, por ahora, la mejor opción es que tantees terreno. Que veas qué es lo que ella acepta o corresponde, que leas bien su lenguaje corporal, las cosas que dice y no dice. Observa cómo reacciona.

— Eso es un poco como lo que ya he estado haciendo, o intentando hacer — indicó Eren — Me preocupa hacerlo mal. Forzar las cosas… No quiero que parezca que estoy obligándola a… quererme también.

— Y eso está bien, pero de ahora en adelante sé más proactivo. Tal vez no necesitas decirle que estás enamorado de ella de sopetón, pero puedes demostrarle tu interés a través de tus acciones. Claro que al principio no deberías ser muy directo… Me refiero a que no deberías llegar y besarla y ver qué pasa — Armin le dedicó una sonrisa bonachona y Eren miró a un lado con un mohín, azorado — Lo que quiero decir es que la cortejes. Si es que le gustas sólo un poco, quizás le termines gustando más al darle a entender que ella es importante para ti en muchos sentidos. Si no quieres ir en modo "conquista" tal cual, quizás deberías dejar que las cosas se den espontáneamente entre ustedes, sin estimular ni forzar nada, como dices. En otras palabras, ser muy, muy paciente.

Eren había aprendido bastante sobre paciencia durante los últimos años, ya fuera en su trabajo o en su vida cotidiana. Sabía esperar.

Deslizó los dedos entre los de Mikasa y entrelazó sus manos. Ella no trató de soltarse, es más, plegó lentamente los dedos sobre los suyos. Tras unas cuantas profundas inspiraciones, Eren se inclinó un poco y se llevó los sólidos nudillos de Mikasa a los labios. No hubo intentos de escape ni interrogantes, lo que se podía considerar una buena señal. Su pecho se hinchó de entusiasmo. Su corazón latía con fuerza pero una parte de él, la más sensata, la que sonaba parecida a Armin, le aconsejaba dejarlo hasta ahí. Suficientes manifestaciones con tintes románticos por ahora. No quería abrumar ni espantar a su amiga.

— Buenas noches, Mikasa — susurró, comenzando a deshacer el agarre de sus manos. Para su sorpresa, ella no se lo permitió.

Si tan sólo pudiera ver qué clase de expresión tenía…

Durante uno o dos minutos que se le hicieron eternos, Eren esperó a que ella dijera algo, pero no lo hizo. Sentía sudor entre sus manos y no sabía si era suyo, o el de ella, o el de ambos. Se estaba poniendo un poco caluroso.

— Así que… ¿hay algo que quieras saber? — decidió preguntar Eren con torpeza.

— Y-yo… — dijo ella con un hilo de voz, y luego no dijo nada más.

"¿Tú qué, Mikasa? ¿Quieres saber por qué hice lo que hice? ¿Quieres… algo más de mí también?" Las interrogantes se agolpaban en la cabeza de Eren exasperadas, impacientes, incapaces de ser pronunciadas en voz alta mientras el aire se tornaba denso.

— Mikasa — la llamó, recordando otra de sus tantas dudas — ¿Por qué puedes relajarte tanto alrededor de Armin y no alrededor mío?

— ¿Eh? — ella soltó rápidamente su mano y tiró de las sábanas, como si quisiera ocultarse debajo de éstas y la oscuridad no fuera suficiente — ¿A q-qué te refieres?

— Noté que te comportas diferente con él. Lo besaste en la mejilla, por ejemplo — Eren intentó que no sonara como una queja, pero no estaba seguro de haberlo logrado. Continuó con suavidad — Es sólo que me parece extraño, porque a mí me conoces de antes y aún así… nunca has hecho eso conmigo, y me pregunto si es porque todavía no te sientes realmente cómoda conmigo… o si es porque no quieres — "O por otra razón más compleja," añadió mentalmente.

Ella se tardó en responderle. Eren casi podía palpar su desconcierto, pero necesitaba saber.

— Me e-estaba despidiendo de él.

No era la respuesta que estaba esperando. Sin embargo, Eren tampoco estaba siendo del todo claro, ni directo, ni mucho menos sincero. Y Mikasa se estaba tratando de esconder aún cuando él ni siquiera podía verla, ni ella a él. Sólo eran un par de voces resonando en la negrura.

— Entonces… — el cosquilleo en su abdomen subió hasta su pecho, donde experimentó una leve punzada ante la incertidumbre del futuro — ¿Yo solamente recibiré uno de esos cuando esta cortina de humo llegue a su fin?

Porque lo haría. La mentira acabaría más temprano que tarde y ellos ya no tendrían que pasar todo ese tiempo juntos, ni a solas.

— Eren… — Mikasa susurró su nombre como si fuera una súplica.

— ¿Puedo… acercarme? — la voz de Eren era ronca, apremiante.