No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Mariel Ruggieri. Yo solo me divierto un poco.

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Isabella soñaba que Edward estaba tendido de espaldas en la cama y que ella estaba montada sobre él. Su cabello caía hacia adelante y se le metía en la boca, pero Edward lo apartaba y lo sostenía en su nuca. Y en ese mismo movimiento la acercaba a él, y su boca desaparecía dentro de la suya…

Aún con ella arriba, él continuaba dominándola, pero Bella no estaba dispuesta a permitírselo. Tomó sus bragas rotas y amarró sus manos a la cabecera… El observarlo así, tan bello y vulnerable la hacía humedecerse más… Se sentía cada vez más ardiente y mojada…

De pronto se despertó sobresaltada. Sí, estaba toda mojada. Le había bajado por fin la regla.

"Edward estará aliviado. Al parecer le aterra la idea de tener un niño conmigo... Lo llamaré y se lo diré…"

¡Oh! Había olvidado que tenía su móvil apagado. Ay, cuántos mensajes. Escuchó el primero. Marie...

"¿Dónde estás, Isabella?".

Escuchó el segundo: Marie.

"¡Llámame Isabella!".

Escuchó el tercero... otra vez Marie. Ya había tenido bastante con todo lo que le había dicho la noche anterior. Le había soltado un rosario de reproches. Borró los mensajes restantes y marcó el número de Edward. ¿Apagado o fuera del área? ¡Qué extraño! Probaría más tarde.

No fue necesario. Antes del mediodía le timbró el suyo. Era Edward.

—¡Hola mi amor! —le dijo alborozada.

El solo hecho de escuchar su voz lo alteró. Y si además, lo llamaba su amor, y parecía feliz, eso lo desestabilizaba de tal forma que hacía que su cuerpo respondiera al instante. Un revoltijo hormonal vertiginoso, y ya estaba haciendo el ridículo en el aeropuerto mientras caminaba entre el gentío con esa terrible e inoportuna erección.

—Hola Bella.

—Me ha bajado la regla esta mañana...

—Eso está muy bien —de verdad, era un gran alivio para él, después de lo de Tanya.

—Escucho ruidos. ¿Dónde estás?

—En New York.

Isabella creyó que Edward estaba jugando con ella.

—Pues salúdame a la Estatua de la Libertad.

—De veras, ahora estoy en el JFK. Acabamos de aterrizar. ¿No escuchaste el mensaje que te dejé en el móvil?

Oh, al parecer no era broma. Edward estaba a miles de kilómetros de distancia. ¿Cómo podía ocurrir algo así? Si hasta hace un rato estaba con ella, dentro de ella.

—No... ¿Y qué haces allí? —preguntó con un hilo de voz.

—Mi cielo, te lo explicaré luego. Mira, es por trabajo y es sólo por un par de días. Fue algo sorpresivo, pero ya te explicaré más tarde. Te llamaré en cuanto pueda y te lo diré todo, ¿de acuerdo?

—Sí —respondió. ¿Qué otra opción tenía?

—Ahora debo irme... pero no olvides que te amo.

— Y yo a ti...

Edward en New York. No lograba hacerse a la idea de cómo y por qué había ido a parar allí de un momento a otro. Lo cierto es que no le agradaba, no le gustaba nada...

Ese día en New York fue interminable para él. Una reunión tras otra. Explicar todo una y otra vez... Estaba deseando que llegaran Jasper y Emmett. Sólo tuvo un minuto de soledad en el baño, pero no pudo llamar a Isabella porque el maldito teléfono no tenía señal. Cuando llegó al hotel, eran más de las diez. En Montevideo ya era de madrugada. No la llamaría, pero le explicaría todo por mail.

De: Arq. Edward Cullen

Para: Isabella Swan.

Fecha: 17 de enero de 2012.

Asunto: Te extraño.

Hola Princesa. Finalmente he llegado al hotel, pero es tarde para llamarte. Está nevando, y lo único que puedo pensar es en cuánto me gustaría que estuvieses aquí conmigo. Sé que es difícil, principalmente por Marie y por tu fobia a volar, pero ambas cosas pueden arreglarse, lo sé. Te contaré brevemente porqué estoy aquí. Hace dos años, junto a Jasper Whitlock, el ingeniero que ya conoces, presentamos un proyecto que tenía que ver con el sistema de ventilación de las futuras torres de Zona Zero. No tuvimos suerte, se lo adjudicaron a un grupo alemán, que ahora no los convence.

Al dejarte ayer... ¿o fue antes de ayer? Ya no sé ni en qué día vivo... Bueno, la cuestión es que recibí un mensaje de Jasper; querían que nos presentáramos aquí lo antes posible para detallar algunos aspectos de nuestro proyecto. A las dos de la madrugada estaba volando, y lo único en lo que podía pensar era en que no pude despedirme de ti...

Mañana llegarán Jasper y Emmett en distintos vuelos. Tendremos un largo día de reuniones, presentaciones, en fin, de todo. Veremos si sale. Si tenemos esa suerte, nos comprarán el proyecto. No lo ejecutaremos, sólo venderemos la idea y la forma de hacerlo. Para mí es todo un desafío. Es algo que quería hacer en forma independiente de la empresa. Jamás me había abocado a un proyecto parcial. Ya sabes cómo me gusta encarar cada cosa que hago en forma global. Adoro tener el control de todas las situaciones que enfrento, el control total, tú lo sabes más que bien. Por eso este proyecto es importante para mí, porque por primera vez trabajaré en una mínima parte de un todo que no me pertenece en absoluto. Un pequeño grano de arena en una máquina que otros pondrán a funcionar, por fuera de lo que yo pueda manejar.

Espero que todo termine en un par de días, Bella. Es todo lo que puedo soportar lejos de ti, sin llegar a enloquecer. Aún estoy abrumado por lo de ayer. Me diste mucho placer, demasiado.

Estoy como enviciado. Tú eres mi droga, te quiero, te disfruto, te necesito. No me alcanza con oír tu voz, quiero verte. ¿Qué te parece si mañana nos comunicamos por Skype? No será temprano, espero que puedas mantenerte despierta hasta digamos... la una de la madrugada de Montevideo.

Igual te llamaré antes de eso. Conecta la cámara, no lo olvides.

Te amo, Isabella.

Para siempre.

Edward

El día siguiente fue un torbellino, peor que el primero. Edward deseaba con todas sus fuerzas terminar con ello para bien o para mal. Estar lejos de Isabella lo desesperaba.

Cuando pudo llamarla ella parecía tan triste. Le partió el corazón oírla así.

—¿Qué te pasa, Princesa?

—Te extraño. Eso. Quiero verte.

—Yo también. Ten la cámara lista que esta noche al menos podremos vernos en el ordenador.

—Sí. Tengo que comprar una, sólo espero poder instalarla.

—Hagamos una cosa. No te preocupes por la cámara. Yo me encargo de eso.

Antes del anochecer, Gianna, la secretaria de Edward le había hecho llegar a Isabella un reluciente ordenador portátil de última generación. Adiós su viejo computador de escritorio.

Lograron comunicarse. Cuando él la vio en el monitor, su corazón dio un vuelco. Cada vez que la miraba se desestabilizaba. Su corazón, su estómago, su... bueno, tendría que acostumbrarse a andar así por la vida, con esa dulce puntada en el pecho y ese enorme bulto en sus pantalones.

Ella se mordió el labio cuando vio el rostro de Edward en la pantalla. También se sentía como enviciada. Tenía la regla, pero aun así sentía cómo su vagina se humedecía al instante. Era demoledor el efecto que le provocaba verlo, aun a miles de kilómetros de distancia y en el monitor de un ordenador.

Hablaron, rieron, se dijeron cuánto se amaban y cuánto se echaban de menos. Edward estaba tentado de pedirle más. Estaba obsesionado con verla desnuda, pero sabía que eso para ella era pasar una línea.

Nada de sexo virtual.

Debían aguantar y reservarse para el encuentro, que esperaba fuese en breve. Pero no fue así. Todo se dilató bastante más de lo que ambos hubiesen deseado. Pasó una semana entera antes de que se lograra firmar la venta del proyecto. Jasper y Emmett estaban en las nubes. Eso representaba varios adorables billetes verdes.

Pero lo único en que Edward pensaba era en volver ya a los brazos de Isabella. No le había dicho nada de su regreso, quería sorprenderla. Mientras esperaba que se hiciera la hora de ir al aeropuerto, fue de compras. Se sabía de memoria las medidas del cuerpo de ella, y no fue difícil adquirir un vestido, ropa interior, zapatos y bolso y una encantadora valija de maquillaje. Caminaba por Manhattan y no podía apartar de su mente el rostro de Isabella.

Oh, cuánto la amaba. Deseaba tenerla consigo todo el tiempo. Esa semana fue una tortura, y ni siquiera pudo disfrutar del éxito, del reconocimiento, de la meta lograda. Para él, Isabella era su principio y su final.

Y de pronto lo supo.

Quería casarse con ella.

No le alcanzaba con tenerla en la cama. Quería más, quería todo. Tenía la certeza absoluta de que la amaría siempre, ¿así que por qué dilatarlo? Sólo esperaba que ella le diese un sí. Sólo eso.

Cuando entró a Tiffany's, el corazón le latía desbocado en el pecho. Le temblaban las manos al escoger la sortija. Buscaba algo especial para esa chica tan única que había puesto su mundo de cabeza y que le había enseñado a amar. Emmett Mcarty observó a Edward mientras cenaban en pleno vuelo. Parecía conmovido, feliz como nunca. Y estaba seguro de que no tenía nada que ver con el logro obtenido en New York. Lo conocía bien, y estaba seguro de que esa euforia tenía que ver con Isabella Swan.

No quería arruinarle la dicha, pero tenía malas noticias con respecto a Tanya. No había obtenido una prórroga para responder la demanda, y debían ocuparse del asunto ni bien llegaran. No había otra salida, habría que pagarle para no ir a juicio y orar para que con eso se contentara y no fuera a los medios a divulgar el penoso asunto.

Afortunadamente Edward aún ignoraba lo que lo esperaba en Montevideo y pasó el vuelo pensando en su princesa que, si todo salía bien, pronto sería su reina.

Isabella estaba desolada. Una semana entera sin Edward... ya no lo soportaba. La noche anterior no había podido evitar el llanto; se durmió con el rostro bañado en lágrimas murmurando su nombre. Le hacía tanta falta, lo amaba tanto. Y lo deseaba desesperadamente.

Su cuerpo necesitaba a Edward. Había comenzado a tomar la píldora, asesorada por su prima Alice. Quería que él ya no se preocupara por lo que tanto temía: embarazarla. Ella tampoco quería eso, por cierto. Lo que sí quería era meterse en una cama con él varios días, nada más. Lo besaría hasta que él dijera basta.

Lo tocaría todo, y luego lo observaría dormir. Oh, ¿cuándo llegaría ese momento?, se preguntó angustiada mientras descendía por la enorme escalinata de la universidad. Y de pronto lo vio.

Como tantas veces, recostado en un coche, con los brazos cruzados en esa postura indolente que lo hacía más guapo, si era eso posible. Isabella dejó caer todos sus papeles, que volaron alrededor de ella. Nada le importaba. Corrió como si le fuese la vida en ello y se arrojó en sus brazos, sollozando.

Se besaron con hambre. Se devoraron uno al otro. La barba crecida de Edward le hacía daño, pero era de esos daños maravillosos.

—No me vuelvas a hacer esto —pidió ella entre lágrimas.

—Jamás, mi vida. Jamás volveré a alejarme de ti.

—Te amo, te amo, oh, cuánto te...

No la dejaba hablar, le recorría la boca con la lengua, anhelante.

—¿Qué quieres hacer ahora, Isabella? —preguntó él sonriendo cuando debieron parar para respirar.

Ya sabía la respuesta, pero quería oírlo de esa maravillosa boca…

—Llévame tu casa, y fóllame hasta dejarme sin sentido. Ahora.

Y por primera vez, Edward permitió que fuese ella quien diese las órdenes. Estaba más que dispuesto a obedecerla.

Era su esclavo ese día, y lo sería siempre.

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Un poco dramática Bella jajaja pero bueno… así la ama Edward XD