Jaskier estaba tendido sobre el suelo y abría y cerraba sus ojos, con la mirada perdida sobre el techo… hasta que, al final, los cerró simplemente y no los volvió a abrir.

Ciri corrió sobre Jaskier, lo levantó, él se mareó, abrió sus ojos. Vomitó otra vez. Sangre. Había vomitado sangre. Ella sintió el peso muerto sobre su cuerpo, a penas se mantenía despierto. El corazón de Ciri sintió miedo, un miedo desalentador, terror. Terror de perderlo. De volver a estar sola. Fue algo así como cuando había visto a su abuela herida después de la invasión de Nilfgaard, ese terror por perder a un ser amado, un ser que ella asumió que estaría a su lado siempre.

Ciri ya se había quedado con el gusto amargo por la impotencia de haber dejado a su abuela sola, jamás lo dejaría solo a él.

- ¡Jaskier! – escuchó su propia voz desgarrada por la pena. Ella lloraba. Era como si llorara por haber dejado a su abuela y lloraba, ahora, por tener sobre sus brazos a Jaskier brutalmente herido, como se encontraba. La mezcla de sentimientos la desbordaron, fue como si algo explotara dentro de Ciri. No podía sacarse de la cabeza las palabras de Yennefer, diciéndole que una hechicera no debía llorar, que tenía que ser fuerte. Y ella lo intentaba, pero no podía contener sus propias lágrimas. Es que tenía mucho miedo. – No te duermas. No cierres los ojos ¡NO ME DEJES SOLA! – gritó, francamente desesperada.

Ella temía que la dejara sola, era su mayor miedo. Porque ya le había pasado, ya le habían dejado sola… y en la soledad que había venido luego de la invasión a Cintra, solo había encontrado ultrajes, asesinatos, dolores, miedo, muerte… – No te duermas, por favor… No me dejes, me lo prometiste…

Te prometí que todo saldría bien… nada ha salido bien… Menuda palabra de poeta… Jaskier intentó sonreír para tranquilizarla, pero sus ojos se cerraban. Ni siquiera era capaz de emitir palabra. Había perdido mucha sangre.

Su cabeza cayó hacia atrás, Ciri tuvo que sostenerla con sus manos, mientras lloraba sin consuelo. Pero no te dejaré sola. Aún tengo que vivir. Por ti. Para que vuelvas con Geralt.

Jaskier hizo uso de toda la voluntad y llevó un brazo sobre la espalda de Ciri, en un intento fallido de abrazo, para que ella se tranquilizara. Aún estaba vivo. Ella sintió el cuerpo del bardo caer pesadamente sobre ella y poco a poco sus músculos fueron adquiriendo tonicidad.

El trovador no iba a morir ese día, solamente que su racionalidad no le estaba permitiendo convivir con aquella realidad, así que lo tiraba hacia el olvido del sueño, para que pudiera lidiar mejor con lo sucedido…

- Jaskier… me prometiste que todo saldría bien. No me dejes… - Ciri lloró desgarrada. No quiero estar sola de nuevo. No. No quiero volver a correr por mi vida, sola. No quiero. – Jaskier, por favor… Me dijiste que no ibas a dejarme sola… y yo te creí… cumple con tu palabra…

No te dejaré sola, no hace falta que llores, pequeña Ciri. Pero es que, mi cuerpo no me responde. No responde a los comandos que le doy con mi mente…

La oscuridad comenzó a alejarse. Los mecanismos de defensa que habían intentado ponerlo a dormir para que olvidara los asesinatos, negociaron con su vigilia para que Jaskier permaneciera despierto siempre y cuando se preocupara por Ciri y no por los asesinatos. Así que, por un momento, el poeta olvidó a los hombres drenados de vida y volvió a ver con claridad la habitación donde estaban.

Él la abrazó, en un intento de protegerla, pero era que quizás necesitaba él mismo un abrazo.

- Ya está… - decía mientras temblaba incontrolable el poeta. – Ya está, ya está. Ciri, ya está. – y lloraba él también, sin poder contenerse, temblando sin control, sudoroso, bañado en sangre. Jaskier la abrazaba y le decía que todo había finalizado, pero ni siquiera él era consciente de que todo había terminado.

Ciri lo abrazó y guardó silencio, aliviada. Nunca antes había matado una persona… pensó Ciri. Está en shock. No comprende qué sucede. No para de temblar, está empapado en sangre. Es la primera vez que mata. Por eso llora… porque está fuera de sí. Ni siquiera es capaz de comprender que ha matado a cinco personas…

Ella lo tomó del rostro y le limpió la sangre a pesar de las esposas. – Ya está, Jaskier. Tranquilo. – le dijo, él no paraba de temblar, dejó de abrazarla y vomitó una vez más.

Ella se fue hacia la cama y tomó la sábana. Se la dio. – Límpiate. – Ciri sabía que lo único que uno deseaba cuando se mataba a alguien por primera vez, era sacarse la sangre de encima, en un fallido intento de quitarse la culpa, el remordimiento… Ella lo sabía porque aquella vez que le había tocado huir de Cintra, cada vez que su cuerpo tenía sangre, lo único que ella deseaba era quitársela. A pesar de que ella tampoco había matado nunca… Estaba segura de que Jaskier deseaba lo mismo. – Limpiante tu rostro, y todo habrá pasado. Te lo prometo. – le dijo.

Le mintió, en un intento de que aquella falsa promesa sirviera para que él se sintiera mejor. Porque nada pasaría con simplemente limpiar su rostro, los cadáveres seguirían siendo los mismos y el asesino, seguiría siendo él.

Y allí comprendió por qué a veces las personas mentían en el afán de dar esperanzas a otros. Entendió por qué su abuela le había mentido tantas veces antes de que ella supiera que estaban atacando el castillo: porque solo anhelaba paz para su corazón, del mismo modo que Ciri anhelaba que el corazón del poeta doliera menos.

Él comenzó a limpiarse bruscamente, como si quisiera olvidar todo. – Tranquilo. - acariciaba su rostro. - Ya está, Jaskier. No hay peligro. Estamos vivos. – él pareció no oírla, siguió limpiando su rostro, su cabello, su flequillo empapado en pegajosa sangre que pronto comenzaría a coagular.

Ciri lo dejó, buscó las llaves de las esposas en el cadáver de Arnold, las encontró, se las quitó. Luego tomó sus ropas, se quitó la camisola y de pronto...

Sosteniendo aquellas ropas, recordó su sueño, porque en su sueño ella había llevado el mismo pantalón de cuero que acababa de tomar y la misma camisa blanca con corsé sobre el abdomen para proteger los órganos nobles. Aquel sueño en el que había visto a Jaskier y a ella caminando por algún lugar desconocido, y le había asustado verlo empapado de sangre. Ahora comprendía… No había sido un sueño… había sido una visión.

Ciri se puso el pantalón… entonces Jaskier viviría. No iba a morir. Su corazón dio un brinco de alegría.

Tomó unas botas largas de cuero fortalecido color caqui y se las puso. Miró sobre la mesa de luz, unos guantes. Se los puso. Un cinturón con unas piedras verde esmeralda en el centro de cada uno de los cuadrados unidos que lo constituían. Se puso el corsé y luego el cinturón.

Agarró sus cabellos revueltos por la pelea y se hizo un rápido rodete con ellos.

Tomó la espada de uno de los hombres muertos…


Una vez vestida tomó las dos dagas livianas y volvió hacia Jaskier. – Guárdalas. Podemos necesitarlas de nuevo. – él miró y se limpió las lágrimas, aun sentado sobre el suelo, donde ella lo había dejado. Miró cómo estaba vestida, y simplemente asintió, su flequillo empapado de sangre ocultó sus ojos, sacudió su cabeza. Sorbió su nariz. Volvió a asentir.

Jaskier ya no lloraba. Tenía la mirada celeste perdida. Pero asintió. Solo intentaba seguir respirando. Tomó las dagas que Ciri le ofrecía con manos temblorosas y se concentró en recuperar la respiración.

Ella guardó una espada en la vaina que puso sobre su espalda. – Jaskier. – lo tomó del rostro. – Estás herido. – No has sabido detener los ataques. Te han golpeado demasiadas veces. – Necesitamos medicina. – él asintió.

- Lo siento. Lo sé. – murmuró.

- No tienes que pedir perdón. – le dijo y levantó su flequillo para que le dejara los ojos libres. Sintió la sangre que se empezaba a secar, recordó una vez más el sueño… la sangre del flequillo coagulada, liberando su mirada, dejando su frente expuesta. Sonrió. Incluso bañado en sangre eres hermoso. Incluso perdido y temeroso, eres hermoso. Y me sorprendes cada día un poco más. Porque no tienes miedo de mostrar tus sentimientos, tus emociones. No te avergüenzas de llorar, de sufrir por haber quitado vidas. Vives con insolencia sin pedir permiso a nadie para existir. Vives a tu modo.

Ella acarició su mejilla y le sonrió. – Recuerda sonreír… - le dijo, él la miró y sonrió agotado, derrotado, abatido.

A Jaskier le hubiera encantado quejarse, rogarle entre lágrimas a Geralt que buscara el modo de mantenerlo con vida. Pero no era Geralt. Era Ciri, y no sería tan egoísta como para dejarla con la carga de su muerte a ella. A ella que había atravesado por tanto en tan poco tiempo…

La miró una vez más, vestida de aquel modo tan extraño para la niña que él había conocido, y de pronto la imagen de una mujer fue reemplazando sus recuerdos de la princesita aterrada que había encontrado en la casa de aquel mercader un día, hacía ya, demasiado tiempo. No estaba seguro cuándo, pero recordar a la pequeña iba costando cada vez más… y la imagen de la mujer que ahora representaba Cirilla, se volvía más fuerte en su consciencia. A veces olvidaba que tan solo tenía 16 años.

Ambos se miraron, él bañado en sangre, ella con las ropas que Yennefer había dejado en aquella habitación. Ropas de bruja.

Jaskier sentía su cuerpo partido, la adrenalina estaba descendiendo y cada parte de su cuerpo quemaba al rojo vivo. Nunca había experimentado este dolor. Nunca. Era insoportable.

Ciri tomó las mismas sábanas con las que él se había limpiado y dejó sobre sus piernas, sobre el pantalón de cuero. Apoyó sus manos sobre la ropa de él y comenzó a quitársela con cuidado, él la miró, mientras la jovencita con la mayor delicadeza posible le quitaba el doblete. Él le ayudó, aunque le dolió cada centímetro de su torso cuando lo hacía.

Ciri dejó el doblete a un lado, apoyó sus manos sobre su camisa y comenzó a desprender los botones. Jaskier notó que se ruborizó levemente, pero la jovencita mantuvo la compostura y controló el sonrojo. Siguió descendiendo su mano, botón a botón, y él se lo permitió, podría haberla ayudado, podría haberlo hecho él, pero dejó que ella lo hiciera.

Ciri abrió la camisa de Jaskier y se la quitó. Dolió demasiado. - ¡Argh! – se quejó y su respiración se entrecortó. – Con más cuidado… - ella asintió, sin poder mirarlo a los ojos.

- Lo siento. – murmuró y dejó la camisa empapada en sangre sobre el doblete. Miró el abdomen de Jaskier: rojo. El rojo había reemplazo el color natural de su piel. Múltiples golpes contusos que le dolerían como el demonio al siguiente día y empeorarían más tarde. Con suerte, solo dolerían como el demonio, con mala suerte… tendría hemorragias internas.

Pero también vio un golpe punzante… una daga lo había alcanzado, y eso era una herida con sangrado activo.

La jovencita cortó parte de la sábana y se dispuso a hacerle un vendaje compresivo alrededor del abdomen y torso. – Te va a doler… porque te duele todo el torso y abdomen. Pero tenemos que parar el sangrado. – sus ojos esmeraldas se posaron en los de él. Jaskier la miró también ¿Cuándo Ciri había aprendido tanto sobre heridas, golpes, sangrados? Asintió, confiando en su juicio sobre el tema.

- Lo sé. Hazlo. – ella estuvo a punto de empezar, pero él tomó su mano y la detuvo. – Te aviso que me quejaré. – advirtió. – Porque no puedo soportar el dolor sin quejarme. Tú sigue adelante, no tengas piedad… - respiraba agitado. – Simplemente sigue… Está en mi naturaleza rechazar el dolor… - yo no he nacido para todo esto… - con el dolor emocional, puedo. Con el físico… - negó con movimiento de cabeza. – Me cuesta más.

Además… duele demasiado. – ella sonrió y asintió. – Solo sigue adelante.

Ciri le hizo un vendaje compresivo, mientras Jaskier hizo uso de todo su temple para no lamentarse en voz alta, para evitar atraer otros enemigos. Pero se quejó, gruñó, cayeron lágrimas de sus ojos una vez más. Pero soportó. Como pudo, pero lo hizo.

Una vez girada varias veces la sábana sobre su torso, ella tomó la camisa y se la puso con cuidado. Él estaba rojo aguantando el dolor, sus ojos humedecidos por las lágrimas, pero de igual modo la ayudó. Luego ambos cerraron los botones, él no la quiso exponer nuevamente a la situación de vestirlo… y se preguntó por qué demonios le había permitido que lo desvistiera.

Luego ella tomó el doblete, se lo iba a poner pero él la detuvo. – Espe… - no pudo terminar y se abrazó a sí mismo con dolor, cerró sus ojos en una mueca desmoralizante y dejó escapar aire, agitado. – Duele… - le explicó. Se mantuvo de aquel modo durante los segundos necesarios, hasta que se empapó en sudor y luego, al parecer, el dolor cedió.

Jaskier comenzó a reír de la nada, mientras se limpiaba las lágrimas. Ella comprendía… había vuelto el shock después de soportar el dolor. Jaskier reía porque esa era su naturaleza. Ella, en Kaer Morhen, había gritado como una caprichosa, se había enojado, había querido golpear a Geralt, las primeras veces (porque aquella había sido su naturaleza). Luego había aprendido a manejar el dolor...

- Tranquilo. No pasa nada. En Kaer Morhen muchas veces tuve estas heridas… y me han curado como lo estoy haciendo. – le explicó y le puso el doblete encima. Tendremos que buscarte ropas más resistentes…

- No te estoy cuidando en absoluto… - dijo riendo. – Oh, menudo guardaespaldas tienes… - rio con soltura. – Lo siento. Lo siento tanto por tu suerte, Ciri… - su rostro se puso pálido y volvió a vomitar. Agradezco a mi suerte que estés aquí, conmigo.

Ella tomó los retazos de sábana y limpió sus labios. - Me has salvado la vida, Jaskier. – le dijo. – Me has salvado la vida. Por el contrario, yo no he podido cuidarte. Tengo suerte. Tengo toda la suerte que necesito.

Jaskier la miró y dejó de reír. Ambos se permitieron tomarse un minuto para dedicarse aquella mirada: la hija de su mejor amigo, salvándole de morir de una hemorragia activa. El mejor amigo de su padre, se había abalanzado contra toda esperanza frente a siete soldados redanos solo con el afán de que no la tomaran prisionera, y lo había logrado. Era la pareja más dispareja en aquel sitio, pero ninguno de los dos titubeaba cuando se trataba de proteger la vida del otro. – Si alguna vez tuve dudas sobre el "destino", te confieso que a partir de hoy no volveré a dudar. – Ciri escuchó la voz grave del poeta, mientras la miraba con sus ojos celestes como el cielo, incapaz de permitirse girar el rostro.

- ¿Por qué? – ella tampoco podía dejar de verlo.

- Porque… - él sonrió con dificultad, bajó la mirada, pareció dudar de sus palabras y finalmente volvió a mirarla: - que yo haya sobrevivido a un enfrentamiento con siete soldados redanos del Servicio Secreto del rey Vizimir… es solo cosa del destino, Ciri. Créeme. – Ciri no estuvo segura de que aquello hubiera querido decir desde el comienzo. Pero era lo que había decidido expresar.

La jovencita lo miró, esperando que se animara a decir lo otro que se había guardado. Pero él simplemente le sonrió, con una mueca de dolor que acompañó inmediatamente aquel gesto. Ella agradeció de la calidez de la personalidad del poeta y comprendió por qué su padre lo quería tanto. Incluso en aquel momento, en aquella situación de mierda que solamente Jaskier estaba padeciendo, él buscaba el modo de hacerla sentir cómoda. A gusto. De volver a reír.

- ¿Dónde están Geralt y Yennefer?

- No tengo idea. Somos tú y yo, Ciri. Y tenemos que actuar ahora. – él intentó ponerse de pie, pero a plena vista se deducía que no lo lograría. Ciri lo ayudó de inmediato.

Sintieron que Dijkstra se quejaba, ella miró horrorizada, tomó rápidamente una daga y Jaskier agarró su muñeca y la detuvo, negando con un movimiento de cabeza. – No, Ciri. No viene sin un alto precio quitar la vida de un hombre. – miró al jefe del Servicio Secreto. – Él no nos significa una amenaza, y solo mataré por protección… Déjalo. Que el destino se encargue de él.

- ¿Estás seguro? – No lo estaba, solo sabía que no permitiría que ella cargara con una muerte en su consciencia y que él era incapaz de lidiar con otra. Además, Geralt jamás había matado por placer ni precaución, solo en defensa propia y no sin antes advertir a sus oponentes y otorgarles una última oportunidad de redención.

Jaskier nunca había comprendido aquel gesto noble por parte del brujo, hasta ese día… Ahora comprendía que quitar la vida de alguien, inevitablemente, se llevaba consigo un pedazo del alma de uno mismo. La muerte de un oponente, mataba la vida de quien había continuado vivo.

- De acuerdo. – dijo Ciri y le entregó la daga, él la tomó con su mano derecha. La jovencita se agachó a su lado y tomó su brazo izquierdo, haciendo que atravesara sus hombros, mientras ella cruzaba su brazo derecho sobre la espalda de Jaskier y sostenía su cintura desde el lado homolateral.

Con algo de dificultad Ciri se puso de pie y obligó al poeta a hacer lo mismo. Él se quejó y en sus ojos volvieron las lágrimas. Ella sintió el peso muerto de él. Jaskier estaba tan herido que poco podía aportar a su estabilidad, pero Ciri ya lo sabía. Lo había sentido durante el sueño. El recorrido de ambos había sido de aquel modo: lento y tedioso para ella, que lidiaba con todo el peso de él. Pero jamás se quejaría, porque después de todo lo que él había soportado para que no la tomaran prisionera, cargar con él, sería lo mínimo que haría.

Ciri tomó la mano de Jaskier que colgaba desde sus hombros y lo sostuvo con mayor estabilidad. La mano izquierda de la jovencita sosteniendo la de él, y la derecha desde su cintura, manteniéndolo de pie.

Él la miró, mientras ella lo sostenía. Ciri notó el escrutinio y miró hacia el poeta. Los dos se miraron (una vez más), sus rostros cerca uno del otro. Se miraron en una complicidad que comenzaba a alarmarlo, porque se sentía a gusto. Jaskier no quiso apartarse, aunque podría haberlo hecho. Pero permaneció con sus labios cerca del rostro de Ciri para comprender qué era lo que ella comenzaba a provocarle.

Respiró un poco más rápido.

No, no, no.

Dejó de mirarla. Ciri no pudo descifrar aquel gesto sobre el rostro del bardo.

- La pregunta correcta es… - quiso dejar de pensar, desviar el tema… Esta vez no había vino o afrodisíaco a quien echar culpas. - … hacia dónde vamos. – intentó moderarse Jaskier y llevó sus ojos hacia la puerta partida. Bueno, siempre puedo echar la culpa a los golpes en la cabeza…

- Y yo tengo esa respuesta. – respondió ella, sin percatarse de los pensamientos que habían surcado la mente de él.

Ciri supo que su sueño le había marcado el camino. Le sonrió, él le devolvió el gesto.