Hola chicas!

Les debo pedir una disculpa.

Una lectora anoche, me hizo darme cuenta de mi error sobre la visión de Albert.

Tiene por completo la razón. No expliqué como recuperaba la vista y otra "cosita" más.

No tengo excusa, pero ya estaba bastante cansada. Mi cuarentena es algo agitada y aunque no es justificación mis ocupaciones, es una realidad que se me pasó explicarles y no debo dejar cabos sueltos.

Así que he editado el capítulo.

Espero sepan comprender.

La temática es difícil, delicada, pero real. Agradezco la empatía de todas.

Me he leído todos sus reviews. FF había tenido problemas pero ya aparecieron todos.

Mil gracias por dedicarle el tiempo a este fic.

Gracias por leer y compartir.

Cuídense mucho, mucho!

Bendiciones, saludos y prosperidad para todas! o todos!

Moon

Capítulo 16.

Narra Albert.

No podía creer todo lo que había escuchado. Ella pensaba que era la peor persona y con justa razón. Por eso me rechazaba, no solo por mi estupidez de alejarla. Casi se me rompe el alma al mirar su carita destrozada, marcada por un rictus de dolor, y sus ojos irritados e hinchados por tanto llorar mientras narraba todo en una especie de trance.

Sin importarme nada me deshice de mis bastones y me acerqué a ella, para tomarla entre mis brazos y reconfortarla. Me pegaba, me insultaba y continuaba llorando, pero nunca la solté. Cuando sentí que su emoción iba menguando, acaricié su cabello con suavidad y ternura. Me atreví a besar su coronilla y después le dije con el corazón en la mano y esperando que me creyera:

—Yo nunca te haría daño princesa… hace años que para mi tía Elroy estoy muerto.

De pronto la sentí removerse bruscamente de mi abrazo para alejarse unos pasos. Sus manos temblaban; estaba impresionada. En en su mirada había frustración y duda. Repasó sus ojos con la cara interna de sus manos, como si con eso pudiera esclarecer el mundo de preguntas que seguramente se formulaban en su cabeza. Su dulce voz —opacada por el desgaste de las confesiones previas—, ahora sonaba áspera y mucho más dura que nunca antes.

—¡No es cierto!. ¡Tú aceptaste todo!. ¡Cumpliste los morbosos deseos de tu tía y tu prometida!.

Intenté acercarme un poco a ella, pero al hacerlo retrocedía por igual. Así que me resigné al distanciamiento y traté de ensamblar todas mis palabras para que comprendiera que nunca quise hacerle daño.

Haciendo acopio de todo mi autocontrol para no desbordarme e utilizando inflexiones suaves, le hablé:

—Sé que pedirte esto justo ahora es casi imposible, pero por favor… trata de calmarte. Déjame explicarte todo cuanto sé…

Ella me miró por un par de segundos. Su expresión me pareció un instaste menos severa. Después la escuché decir:

—Tienes cinco minutos…

La barrera era intangible, pero ahí estaba, alzándose entre nosotros.

Respiré pesadamente.

—Sé que tus hermosos sentimientos eran reales, y que yo… sumergido en la autocompasión, y con el pretexto de no quererte arrastrar a una vida miserable a mi lado, los destrocé sin miramientos. Ahora sé que no sirve de nada pero te pido perdón, pues solo la vida me enseñó que la persona que amas y las que en verdad te quieren, serán incapaces de sentir lastima por ti. Al contrario, solo tratarán de ayudarte y apoyarte.

—Eso…eso no es real —me interrumpió—. Lo dices para resarcirte, pero sé que nunca sentiste lo mismo que yo…

Quise limpiar ese rostro estigmatizado por el llanto, pero debía continuar.

—Todo es cierto Candy… yo ... yo te he amado desde hace mucho tiempo. Pero tras el accidente todo cambió dentro de mi y no supe sobrellevarlo.

Flash Back: Tiempo atrás.

El día siguiente al despertar del coma Stear fue a verme. Yo había corrido a todos de mi habitación, pues no podía asimilar nada y mis reacciones eran descontroladas. Pero él, tan terco como siempre, poco o nada le importó y por eso regresó. Más cuando se retiraba, le pedí que por favor llamara al doctor Stevens. Necesitaba escuchar mi pronóstico sin intermediarios. Fue entonces que me enteré que prácticamente me encontraba esclavizado a una silla de ruedas para toda la vida, y a una ceguera que en teoría debería de haberse quitado en un par de semanas.

La frustración e impotencia que experimenté en ese momento jamás podré explicártelo con la impresión correcta. Pero aun así, algo dentro de mí, por segundos, se resistía a rendirse.

No obstante, un par de horas después traté de dormir un poco, pero el escuchar unos pasos adentrarse en la habitación me lo impidió.

Un par de enfermeras entraron y yo simulé estar dormido. Aunque las escuché claramente pese a su voz baja.

—No deberíamos estar aquí…

—Lo sé. Pero no podía dejar de venir a verlo. Es tan guapo…

—Sí… Es una lástima lo que le pasó. Jamás volverá a caminar. Y solo Dios sabe si podrá ver de nuevo.

—Es una pena…tan rico, buen mozo y joven. Es increíble que una vida así se desperdicie.

—No digas eso, tampoco es como si estuviera muerto.

—Ya sé que no… pero casi… Piénsalo, en su condición… bien sabes que no podrá volver a estar con nadie. Por lo tanto su apellido muere con él.

—Oremos por un milagro. Mejor ya vámonos. Si alguien nos encuentra aquí nos pueden reportar, no es nuestro paciente.

Cuando Escuché la puerta cerrarse lloré por el coraje y resentimiento que sentía con la vida. Luego pensé en ti, en tu vitalidad, tu sonrisa, la belleza de tu naturaleza y esa energía desbordaba con la que vas dejando huella en las personas. Entonces me sentí la peor escoria por tratar retenerte, por privarte de algo que otro hombre sí podría darte y que yo jamás lograría: Una familia.

Junto a mi en, ese momento, solo te esperaba una vida de eterna enfermería y cuidados a un esposo que más bien sería tu paciente. No podría amarte, ni venerar todas las noches tu precioso cuerpo porque ni siquiera sería capaz de llenarte de placer. Mi hombría estaba caída, y mi orgullo de hombre herido me cegó estúpidamente y lo eché a perder.

Por eso te alejé, más mi amor por ti nunca menguó.

El último día en que estuviste en la mansión, me juré desaparecer de tu vida para no ser una sombra y estorbar tu prosperidad. Para que pudieras recomenzar. Sin mi…

Pero jamás recibí carta alguna Candy. Mi fuerza era por momentos tan frágil, y mis pensamientos tan contradictorios e inestables, que de haberme enterado que seguías sufriendo por culpa mía, todo lo habría dejado para pedirte perdón y sucumbir ante el egoísmo de tenerte a mi lado sin importar nada más.

Tiempo después de no vernos hablé con George. Necesitaba estar lejos de todos y la tierra que me vio nacer me llamaba. Por eso —y en completo hermetismo— realizó los preparativos necesarios para partir cuanto antes.

Un fin de semana en que mi tía tuvo que alcanzar a Archie en Boston para acudir a una junta del clan, aprovechamos para dejar Chicago.

Tenía muy claras sus intenciones desde el día en que Annie llegó a mi estudio para avisarme sobre el "compromiso" del que te habló Stear.

Por un breve momento, mi mente ofuscada me instó a buscarla para reclamarle, gritarle en su cara que yo no era juguete de nadie, y que aun en mis condiciones seguía siendo el patriarca. Pero George me lo impidió.

—¡No puedo creer que se atreva a pensar si quiera que voy a aceptar algo como esto!. ¡En cuanto llegue verá de lo que soy capaz!.

—Entiendo que estas molesto y con justa razón William, pero no es la forma.

—¡Entonces cual sí lo es!. ¡Tengo que resignarme a contraer matrimonio con una mujer tan vulgar como Ann Legan, quien se ha descarado en una alianza con mi propia tía!.

—Nada de eso va a pasar, pero hay que estar siempre un paso delante de madame. Así que piensa bien que es lo que puedes hacer para ganar tiempo.

Sus palabras rondaron en mis pensamientos y no pude encontrar otra alterativa.

—¿Me acompañarías a Escocia?. Mi mente necesita un poco de paz y si me quedo aquí me van a presionar hasta conseguir lo que quieren, ya sea por las buenas o por las malas. Mi tía no es lo que yo pensaba.

—Jamás dudes de mi apoyo. Claro que iré contigo. Y tienes razón, madame es otra después de tu accidente. Todos sabíamos que tiene una personalidad fuerte, pero jamás pensé que fuera tan ambiciosa. Ella tiene un viaje a Boston en una semana. Me da perfecto tiempo de conseguir los pasajes para irnos antes de su regreso.

—Ojala las cosas fueran diferentes, pero es mejor así. Ya tendrá noticias mías.

Así fue como partí de América. En la oscuridad de la madrugada y sin voltear atrás. Sin embargo —y muy en contra de mis deseos— George no tenía los mismos planes que yo, y doy gracias al cielo por eso, pues fue él quien anticipadamente buscó información sobre la clínica de rehabilitación y me trajo a Suiza.

En un principio me rebelé por completo, pues no quería saber nada de esto. Suficiente tenía con recordar la plática con el doctor Stevens y el morbo de las enfermeras. Yo no tenía remedio, y los dolores que sufría durante el día y la noche por la desquiciante cefalea o por mi espalda, me lo recordaban siempre.

Aun así, días después de nuestra llegada me obligó a tomar la terapia. Fui revisado por el doctor Martin, quien aún viendo mis estudios y diagnóstico, jamás dudó de que la perseverancia fuera la clave de mi rehabilitación.

Por un momento el escuchar a un médico darme una pequeña esperanza hizo que mi ánimo reviviera.

Pero mi camino distaba mucho de ser corto y menos sencillo.

Las semanas pasaban y no observaba mejoras en mi cuerpo. Seguía sin sentir absolutamente nada y era incapaz siquiera de mover un dedo del pie.

La ceguera continuaba ahí. Y entonces más que nunca supe que estaba perdido.

Candy, durante todo ese tiempo no estuve en contacto con mi familia. Ni siquiera supe que Stear se había enrolado en el ejército porque para ese entonces ya me había ido.

Sé que tienes razones suficientes para odiarme y pensar que soy la peor persona, pero yo nunca supe nada…

Por los tiempos, calculo que todo sucedió después de aquello…

Suspiré profundamente, lo que iba a contar no era nada fácil para mi, así que me serené lo más que pude y controlé mis emociones. Mis manos comenzaban a temblar un poco antes los recuerdos. Pasaron un par de segundos y el nudo en mi garganta se perfilaba hacia mis ojos haciéndolos vidriar. Miré su rostro atento y analítico a cada palabra que salía de mis labios. En ese instante ella era el juez más severo de mi vida. Así que opté por dar prueba de mis actos. Esa sería la única manera en que no dudaría de mi...

Jamás me enorgulleceré de esto, pero…—Aseveré mientras retiraba los ligeros protectores que siempre traía conmigo, mostrando así un par de delgadas líneas horizontales que atravesaban la piel de cada una de mis muñecas— yo intenté quitarme la vida de esta manera. Además de ingerir casi un frasco de benzodiazepinas que me fueron recetadas. George me encontró prácticamente desangrado en una pared del baño.

Yo… yo… sé que no tiene perdón ni justificación lo que hice, pero en ese momento pensaba que mi vida no valía nada. Poco a poco, esa autocompasión que experimenté en los primeros meses tras el accidente, me llevó a una depresión profunda de la que no quería salir, pues no aceptaba ayuda y me regocijaba en el dolor, cayendo peligrosamente en una espiral interminable de lamentaciones, de autodestrucción.

Mi autoestima era inexistente.

Aterrizaba en la realidad pocas veces pues me abstraía constantemente. Hubo días que en la soledad de mi habitación pasaba de la euforia a la desazón profunda de la noche a la mañana. Casi un par de semanas antes de planearlo, todo el tiempo me sentía atrapado o sin esperanzas.

Por las noches, terribles pesadillas sobre mi futuro incierto me despertaban ansioso, agitado y sudoroso.

Finalmente, una tarde — después de repasar en mi mente la penosa escena de Annie— medité en la declaración que le hiciera como protesta a ese matrimonio:

"Primero muerto…".

Entonces se me reveló la solución a tanta frustración, a la impotencia, a mi derrota, a los sueños perdidos. Así que no lo dudé un segundo, solo debía decidir cuándo hacerlo, pues no sentía necesidad de explicarme ante nadie, pues a nadie le importaba y a nadie me debía.

Un par de días antes de hacerlo cambie mis hábitos tanto conductuales como alimenticios, evidenciando así una falsa mejoría. Sabía que George se alegraría por mi y que cuando le pidiera algo saldría corriendo a buscarlo para levantar mi ánimo. Así que yo, abusando de esa bondad, le pedí me trajera nueces y chocolate amargo para decirle a Katrina que me hiciera un pastel.

El que ha sido más que mi mentor no tardó en dejarme en mi habitación, pero antes de cerrar mi puerta lo escuché decir con su característica seriedad: "Me alegra que estés mejorando muchacho". Cinco minutos después salió de la villa. Pero mi estado era irrevocable.

Escuché que el reloj de pared marcaba las tres de la tarde. Sabía que por lo menos un par de horas tardaría en regresar, quizá una hora con treinta si no se entretenía mirando. Así que sin prisa giré las ruedas de mi silla hacia el buró para sacar del cajón lo que tenía más que ubicado. Una tras otra, lentamente, ingerí cada píldora que quedaba en el envase. No sabía en cuanto tiempo los efectos comenzarían a presentarse, así que con decisión —pues ya sabía el camino por memoria— me dirigí al amplio baño. Con esfuerzo me estiré para alcanzar a tientas la navaja de afeitar que sabía estaba cuidadosamente colocada sobre la encimera. El sonido del afilado acero inoxidable resplandecía atrayente ante mis oídos al probarla con la yema de mi pulgar.

No podía verme, pero sabía de sobra que en mi mirada no había nada más que vacío….

Sin pensarlo palpé el lugar y di un corte certero a mi muñeca derecha.

El grito que salió de mi garganta nadie pudo escucharlo… eso solo reforzó mi decisión.

La sangre caliente comenzó a correr rápidamente de mi mano. El dolor punzante y ardiente que sentí pronto me debilitaría. Necesitaba terminar lo que había empezado. Así que con la fuerza que aún tenía tomé la hoja y abrí la piel de mi mano izquierda de un solo tajo.

Solo quería dejar de sufrir, descansar, dormir eternamente…y no saber más.

No sé cuánto tiempo transcurrió, pero comenzaba a sentirme pesado y muy mareado. El dolor de cabeza que había catalogado antes de ese día como: "insoportable", no era nada en comparación a lo que sentía en ese momento. Pronto todo comenzó a darme vueltas a mi alrededor. Las náuseas me sobrepasaban, la opresión en el pecho me causaba un dolor tan agudo y penetrante que llegué a pensar que el tórax se me partiría en dos. Mi sudoración era fría y mi piel se tornaba pegajosa.

Sentía asfixia y desesperación, mucha desesperación.

Ese fue el momento en que me arrepentí. Tardíamente me di cuenta de que no quería morir, quería vivir. Poco o nada importaba si volvía a caminar o a ver mientras Dios me permitiera respirar.

Quería gritar por ayuda, pero estaba tan desgatado que las palabras no salían de mi boca mas que en un ligero susurro.

Sentí como caí de la silla golpeándome la cabeza y aunque quise impulsarme con mis manos no logré hacerlo. Segundos después la oscuridad fue llenando mis ojos y no supe más.

Cuando recobre la consciencia escuché el tono afligido de George. Como nunca antes lo escuché gritar.

—¡Un doctor por favor!. ¡Un doctor!.

De nuevo más oscuridad.

Tiempo después regresé, pero sus inflexiones cambiaron. Ahora reflejaba alivio. Mas no pude evitar sentirme desquebrajado por dentro, pues imaginé todo lo que por mi culpa tuvo que pasar.

Perdón… —Fue lo único que pude articular. Mi garganta se sentía seca e irritada, Mi voz sonó ronca y rasposa.

Lo sentí hasta llegar a mi lado.

Su voz era seria, pero su reflejo solo podía ser preocupación y cariño. Casi como un padre.

—No vuelvas a hacer una estupidez como esa. Casi mueres. Estuviste dos meses en terapia intensiva y tu corazón dejó de latir por un momento. Es un milagro que estés vivo hijo.

Supongo que notó la consternación en mi rostro ante sus palabras y adivinando mis pensamientos, me tranquilizó.

—Tu corazón está bien, pero tu mente no. Irás a terapia.

Solo asentí y minutos después me perdí en el sueño.

A los pocos días, cuando George así lo consideró prudente, me contó que había tenido que dar parte de lo sucedido a mi tía, pues era un asunto extremadamente delicado y las posibilidades de partir eras demasiadas.

Le pidió que nos alcanzara, pero en palabras de él, Elroy Andrew solo respondió: "Me es imposible. En este momento tengo asuntos urgentes con el clan. Pero no dejes de avisarme si fallece, estamos hablando del patriarca más importante de Escocia".

En pocas palabras: "Muerto El Rey. ¡Viva El Rey!".

No voy a negar que pese a todo me entristeció la falta de cariño de mi tía, pero no me dejaría caer de nuevo.

—¿Qué piensas hacer William?. No creo que tarde en llamarme para saber tu estado. Le he dejado mi número.

—¿Sabes George?. Nunca me ha interesado ser el "Gran patriarca" como todos dicen. Y en este momento es lo que menos necesito. Lo primordial es mi salud física y mental. Después de eso regresaré, pero solo por Candy.

—¿Entonces…?.

—Lo que he de pedirte puedes hacerlo. Por favor no me juzgues. Utiliza tus influencias para obtener un acta de defunción falsa. Pero antes te daré un poder para que retires todo el dinero de mi herencia en cualquiera de nuestros bancos aquí. Cuando todo esté listo le hablarás para decirle que en cuanto sea posible mandarás los documentos. Y si pregunta por el efectivo, responde que en mi testamento (previamente realizado cuando ella lo sugirió años atrás) te he solicitado donarlo a una causa justa por los animales y así lo has hecho.

—Debes hacerte de una identidad nueva.

—Lo sé. William Frederick Wentworth.

—Pero ese nombre…

—No me importa George…"Persuasión" es el segundo libro favorito de Candy. Tiene la colección de Jane Austen.

—Será como tú digas.

—Gracias…

El tema de mi tía quedó atrás, pues evidentemente lo que le interesaba era el anuncio. Curiosamente jamás pidió ver el acta, y "comprendió de buena fe" la renuncia de George, quien se justificó que con mi partida, no tenía más que ver por los Andrew.

Respecto a mi intento de suicidio…

Tras esa experiencia — aunado a la terapia psicológica y física— cambié la forma de conceptualizar mi vida. Nada fue sencillo, pues aunque acondicionamos la villa para hacer todo aquí, el esfuerzo era agotador y los resultados apenas notables. Más la constancia fue el premio inmerecido que el cielo me otorgó, pues un día pude mover mis dedos. Después de eso los avances fueron cada vez más notorios y los meses menos pesados de sobrellevar. Ahora tenía muy en claro que uno debe vivir las pruebas que Dios te ponga sin importar que tan duras sean. Por eso aquel día, en una de nuestras sesiones, te dije que no importaba si debía caminar con apoyos, pues mientras lo hiciera sería feliz.

Un par de meses después fisiológicamente me encontraba mejor. Las sesiones psicológicas me ayudaron a entender, que existen ocasiones en que las personas pasamos por situaciones emocionales que nos provocan un "estado shock y bloqueo permanente", provocando con esto la inestabilidad constante de nuestras emociones de una manera más profunda y haciéndonos "somatizar", es decir: llevar los problemas a un nivel orgánico, físico… Por ese motivo, con mayor razón creo que llevé al extremo mi ansiedad por la ceguera, retrasando así la progresión de mi vista. Lo mismo ocurrió con lo que escuché de las enfermeras… Definitivamente somaticé todo, puesto que al evolucionar con mi rehabilitación física y mental, "Todo en mi" funcionaba con normalidad, y mi vista regresó.

Fin de Flash Back.

Narra Albert.

Candy… —Me acerqué un par de pasos hasta ella— te he dicho toda mi verdad. Créeme que estoy muy afectado por todo lo que tuviste que pasar. No te dieron la opción de negarte porque con abogado en mano sabían que era un derecho legal el solicitar la prueba, pero solo querían humillarte. Por favor…no soy quien para pedirte que lo hagas, pero nunca di una orden así. Todo lo que he relatado fue antes de que Stear falleciera.

Narra Candy.

En un principio no quería escucharlo. El coraje y la rabia por todo lo revivido en mis recuerdos me lo impedía. Pero conforme su parte de la historia avanzaba mi corazón sin permiso comenzó a oprimirse, y mis ojos se anegaron de lágrimas. Todo el tiempo pensé que él fue orquestador junto con su tía, pero estaba viviendo su propio infierno.

Verlo recrear en su memoria cada hecho fue tan difícil de escuchar para mi, como para él. Su rostro contrito y sus inflexiones por momentos cambiantes me lo confirmaban.

¡Dios todo era cierto!. Jamás le pregunté por el uso de las muñequeras porque es normal en rehabilitación. Y él pasa su día entero en eso. Aun en la alberca no se las quitó.

No puede evitar tocar una cicatriz y decirle

—No debiste hacerlo… no debiste…

Sentí pronto como me envolvió en un abrazo.

—Te amo Candy… sé que te hice daño, pero no he dejado de pensar un solo día en ti.

Esas palabras reactivaron lo vivido años atrás y por inercia lo alejé de mi.

—¿Cómo puedes decir algo así…? —Secaba las lágrimas que no cesaban—. ¿Sabes Albert?. Ese día que me rechazaste… era mi primer beso, y te lo di porque quería sentirlo contigo, con mi príncipe, con nadie más… Sentir esa frialdad en cada palabra que me dirigías… tus labios inertes ante un beso que nunca nació porque así lo decidiste… Me destruiste. Tardé meses en recuperarme…Yo estaba dispuesta a todo por ti, a todo. Pero tú solo me alejaste, ni si quiera me permitiste ser tu amiga.

—Candy por favor entiende… yo estaba mal, pero no podía pensar si quiera en besarte bajo esas condiciones. Mi cuerpo no sentía nada de la cintura para abajo. Jamás podrías haber formado una familia a mi lado…

—Eso nunca me habría importado Albert. No necesito tener experiencia para saber que hay otras maneras de brindar placer.

—No sabes lo que estás diciendo… No sabes la tortura que era sentir tus manos sobre mi piel y ni siquiera poder verte o tocarte. ¡Dios Candy!. ¡Había tantas cosas que quería hacerte, pero en ese tiempo estaba seguro de que jamás podría!. ¡No sabes cuantas noches soñé que te hacía mía, más solo en sueños lo lograba complacerte pues al despertar la realidad era muy diferente!. ¡Nunca podría llenar de besos tu cuerpo y hacerte mi mujer!. No sabes lo que estás diciendo…

—¡Claro que lo sé… Yo quería estar contigo porque te amaba. Albert, los hijos son el producto de un amor de pareja, mas no una condicionante. Mientras estuviera a tu lado no habría necesitado más!.

Se acercó un par de pasos, pero retrocedí por igual.

—No me rechaces… No puedo perderte otra vez…

—Yo… —negué— jamás podría dejarte. Voy a seguir siendo tu terapeuta, eso no va a cambiar hasta que sea el momento indicado…

Se acercó de nuevo y mi mano firme lo detuvo. Los dos estábamos muy afectados. Jamás había llorado tanto en mi vida, y cuando más pensaba que había menguado mi llanto, éste regresaba a la menor aflicción de mi alma.

—Yo te a…

—No por favor… Ahora soy yo... ahora soy yo la que te pide: No me ames, por favor, no me ames… No sé si se pueda arreglar esto Albert…

Sé que lo estaba lastimando, pero en este momento necesito pensar y no solo sentir…

Continuará…