Lolanord la miró con detenimiento a Deméter, la pobre campesina no sabía si la condesa le respondería con afirmación.
—Sí, desde mi posición de noble os puedo asegurar de ello —le daba lo solicitado.
—Si usted es alguien de confianza, ¿No os molestará que os cuente una calamidad, pero solo para usted, condesa? —no podía mirar a los ojos a la condesa.
—De ninguna manera dama agricultora, además, no he ser alguien que revele confesiones hechas y con el favor solo de ser escuchadas y nada más —le respondió de la forma que más le diera confianza.
La aldeana se mordía los labios, miraba a otro lado. Ella no quería meter en problemas a otras personas, pero realmente quería poder aplacar su pena sustrayendo los motivos.
—Sucedió como hace cinco años, conocí a un hombre, el cual es el señor de varias tierras en este pueblo. Yo vine a estas tierras siendo muy joven junto a unos parientes lejanos. El punto es que aquel hombre no era de por aquí tampoco porque nació de dónde vengo, pero se hizo de bastantes tierras debido a que antes sirvió a un gran monarca del cual ya no se sabe nada. Pocas veces era visto en estas tierras, eso se debe a que posee muchos vasallos a su servicio, tiene aires de realeza. Al conocernos quedamos cautivados por el otro. Con el tiempo lo conocí mejor... pensé que podría cambiar su forma de ser, pero recién al último me enteré de su verdadera forma de ser... es alguien que desposa con varias mujeres y toma cierto poder sobre las personas al tener que ver algo con su descendencia... mando a alguien a amenazarme con llevarse a nuestra hija si no le daba una especia de tributo, las cosas que me pidió son las semillas y frutos de mi huerto que sus alquimistas necesitan para sus experimentos, y ahora último me pidió los secretos de la buena cosecha, que son enseñanzas de mi familia acogidas por generaciones, iniciadas por una creencia pagana hacia una diosa de la agricultura. Solo sé que él se beneficia mucho de esto porque esto le perpetuaría en el pequeño poder que se ha hecho. Pero si le doy todo eso hasta el día de mañana terminando el atardecer... mi hija, mi hija no se irá de mi lado, es lo más preciado junto a mis conocimientos y mi aprendiz. Con ella supe que la cosecha no siempre es en la tierra y que se debe llevar con mejor cuidado, yo la llevo y la llevaré con amor —la campesina no quiso esconder nada, necesitaba contar su terrible situación—. Pero él tiene entendido que la cosecha y recolección de este fruto y semillas es muy difícil por ello me ha pedido más...
Todo eso le era muy parecido a la melancolía de su madre, la diferencia radicaba en que el destino de su hija dependía en cumplir todo lo del acuerdo. Le llegó a su corazón... la historia se iba a repetir.
—Deméter... no es que yo haya pasado por eso, pero sé de alguien que ha sentido eso que usted me ha dicho y aún siente... pero ella no pudo salvar a sus hijos... nunca supo que alguien se los iba a arrebatar —se sentía triste al recordar todo lo de su madre, pero decidió quitar ello por la aldeana—. Usted, aldeana, puede cambiar eso. Dios le ha dado la oportunidad de poder evitar aquello... nos puso en su camino, siento que me ha dado la oportunidad de evitar para evitar que alguien pase por lo que pasó mi madre —comenzaba a pensar que lo de la aldeana era un deber.
Lolanord se levantó con firmeza, le tomó su mano con las dos suyas, la miró a los ojos para decirle algo.
—Dama agricultora, no tema por lo que pasará con su hija, prometo que mis súbditos y yo le brindaremos la ayuda necesaria en este poco tiempo, confíe en nosotros. Le aseguro que no le fallaremos —se decía dentro de sí misma—. No fallaré, nadie pasará lo de mi madre.
Deméter se arrodilló y beso las manos de la condesa, las cuales estaban lavadas con lágrimas. Realmente no pensaba conocer a una joven noble que le prometiera ayuda y sobre todo que la entendiera. Secó aquellas manos con sus cabellos.
—Levántese dama agricultora, no llore. Debemos organizarnos nuevamente, su discípulo y mis súbditos necesitaran saber las nuevas instrucciones —se sentía muy segura de lo que hacía—. Descuide, no diré que es por esto a mis súbditos, le prometí no revelarlo.
—Gracias condesa, muchas gracias. Dios aún me alumbra, tiene mucha razón joven noble... gracias —se levantó y llamó a los demás.
Los herreros estaban terminando de preparar los moldes. Hephais le enseñó mejores técnicas para cincelar a Linkinton. No faltaba nada para que este el puente. Hephais le dijo a Linkinton que ayude en otras cosas que necesitaran las personas del pueblo.
Le pidieron que por favor recolectara ramas secas en el bosque, necesitaban las fogatas necesarias para poner calderas y preparar comidas para todos los hombres que ayudaban en construir el puente.
El herrero lo hacía con paciencia, no había apuros en estos momentos. Mientras más avanzaba sentía que no estaba solo. Miró a los lados y atrás, no había nadie.
Llegó a las orillas de un gran lago, se notaban diáfanas sus aguas. Vio ciervos bebiendo agua en un lado del lago, varios cisnes nadando en busca de comida junto a sus crías.
—Muchacho, buenas tardes, si no es mucha molestia, necesito hablaros sobre lo de ayer —se notaba muy comedido.
Alguien sentado en un tronco caído que acariciaba a unos canes le habló. Recordó que era aquel hombre con el que se cruzó ayer recogiendo las mismas ramas que está recolectando.
—Disculpe caballero, buenas tardes también digo. ¿Hice algo malo ayer? —preguntó de forma directa.
—No, no penséis que ha hecho algo malo en contra de mi persona, no es eso. ¿Tienes miedo? —lo dijo con seriedad.
Eso desconcertó por unos momentos a Linkinton. Se decidió a responderle con franqueza.
—Si usted se refiere al presente, la respuesta es no. Pero si tomamos la primera impresión que me causo... podría decir que tuve algo de miedo, no por usted, sino porque me hizo recordar a unos tipos, pero fue algo rápido —denotaba sinceridad en cada palabra.
Hades lo miraba y no comprendía eso, su figura imponía odio o miedo, pero aquel muchacho era de las pocas personas que conoce a la que no le inspira aquello.
—Quizás sea mi condición de forastero —dijo el muchacho que se mantenía recogiendo las ramas cercanas.
—No, no lo creo muchacho... es algo más. Muchacho, ¿Habéis pasado por mucho en lo que transcurre de tu vida? —de verdad que sentía mucha curiosidad.
—Sí, se podría decir que mi vida tuvo un cambio inesperado. Yo creo que ese cambio me ha ayudado en no tener tanto miedo —miró al lago recordando las aguas del río donde rescato a la princesa.
Lo miraba a Linkinton de pies a cabeza, no podía creer que un tipo como él pudiera no tenerle miedo. Se podía decir que era imposible.
—Entonces eres alguien valiente —lo dijo sonriendo.
—No, puede que tome valor, pero realmente tengo miedo —dijo sentándose en el suelo del bosque.
—Usualmente aquel que tiene pizca de valentía no debería tener miedo —dijo de manera crédula.
—Creo que se equivoca, no quiero que lo tome de mala manera —no quería parecer maleducado.
—Descuida, prosigue —quería saber su punto de vista.
—Cuando mi padre estaba en sus últimos momentos de vida, me dijo algo que me serviría alguna vez, sus palabras fueron: "Hijo, sé que te estoy dejando con grandes responsabilidades. Eso te causará temor, un miedo profundo por no poder llevar bien nuestro oficio o la crianza de tu hermana, pero que el miedo no nazca por ello. Ten por seguro que el miedo estará allí y tú debes saber de antemano ello para que no surja con lo que te topes en tu camino..." —citó a su padre el Herrero, luego dijo con sus propias palabras—. Es por eso que la valentía nace de aceptar de que el miedo está siempre allí, esperando que caigas. Claro está que a veces peco en no recordar esa enseñanza y tropiezo, pero levantarse sabiendo que los enfrentarás con valentía, eso es lo que debes hacer.
El hombre se quedó muy impresionado por ese discurso, no creyó venir eso de un hombre que había visto forjar cosas y recoger ramas... un hombre de vida simple diría cualquier persona con más posición.
—Me has dejado asombrado muchacho, de veras que tu concepto de valor frente al miedo ha roto paradigmas, aunque mi experiencia me diga otra cosa. Yo he de causar odio entre los que conocen sobre mí, miedo entre alguno de ellos y personas ajenas. Después de tiempo que alguien no siente ello de mí, con deciros que mi madre me dijo que cuando me tuvo, le dio miedo el criarme —lo dijo con altanería y ademanes.
—Si usted causa odio, debe ser porque ha causado daño o desgracias —respondía sinceramente.
Linkinton se sintió algo fascinado por esa conversación con aquel hombre desconocido que dejó absorto con su forma de enfrentar el miedo.
—Ha sido un gusto hablaros y saciar mi curiosidad —se levantó con lentitud.
De los arbustos salió su acompañante para decirle que necesitaba de su ayuda en un asunto. Saludo al herrero con cortesía y se fueron por donde vino.
—Muchacho, muchacho, ¿Ese hombre que os ha dicho? —le dijo un anciano que pasaba por allí.
—Nada en especial, solo quería saber algo sobre mí —respondió con sinceridad.
—No deberías hablar con él, ni hacer tratos. Su señor y él son la perdición de este pueblo y muchos más —dijo con temor.
—¿A qué se debe? —la curiosidad se apoderaba en él.
—Su señor es dueño de la mayoría de tierras en este pueblo, al dar las tierras nos hace a cambio de que tengamos un contrato, pero la mayoría de veces ese contrato suele beneficiar a ellos porque nos lo dan en un momento de desesperación o necesidad. Su señor le da el permiso para poder quitar de nuestra vida a padres, madres, hijos, y sobre todo hijas. Suele llevárselas con la excusa de que paguen por nuestro incumplimiento, pero las desposa con nobles de otras tierras... —se notaba que aquel hombre había perdido a alguien por esos tratos.
No podía creer que ese hombre hiciera todo eso en nombre de su señor. Eso le dio una rabia, pero de nada valía porque no era su problema. Recogió más ramas secas y regreso al pueblo a darlas a las cocineras.
En el feudo de Deméter, todos allí estaban escuchando las instrucciones de la agricultora. La princesa era la más atenta a ello.
La condesa y Lily comenzaron a recolectar las semillas, mientras Triptólemo y Flips tomaron la labor de extraer los frutos junto a la maestra agricultora. Esa labor iba a ser por horas, luego cambiarían, por eso Deméter los instruyó por esos momentos.
Las horas pasaban y ya habían cambiado seis veces y recolectado la mitad de la cosecha. Deméter no lo podía creer, estaba llegando a la mitad de lo establecido en el nuevo punto del contrato.
Lolanord imitaba la forma de extraer de Deméter a la perfección. No necesitaba mejorarla porque esto no era para su futuro, esto era para el presente de la pequeña Perséfone.
La bebé se quedó dormida casi toda la tarde, era como una gran oportunidad para avanzar dicha actividad porque atenderla en estos momentos resultaría más trabajoso.
—No pensé que usted fuera buen en esto condesa Marie —lo dijo muy sonriente la pequeña.
—Pequeña, es mi manera de agradecer y evit... estoy agradecida con la dama agricultora —quería decir que podía evitar lo que alguna vez su familia pasó.
Esos momentos con la princesa y su amigo alquimista los iba a guardar como tesoro. Sabía que conocer a personas maravillosas no son cosas que sucedan muy a menudo.
La manera en que Lilythod recolectaba las cosas le recordó, al alquimista, a su joven hijo. Su hijo solía buscar el lado bueno. Cuando su esposa murió, su hijo le dijo que sus estudios de alquimia eran lo mejor porque el persistir en ello lo iba a llevar a encontrar, con mucha probabilidad, cosas buenas y entre ellas podía haber el encontrar la panacea.
Cuando estaba alistando a su yegua para partir donde estaban sus compañeros de viaje. Una joven impacta con él al caminar rápido. La toma con sus brazos para evitar que se cayera.
—Disculpe giovane herrero —dijo con una bella sonrisa.
—Descuide joven dama —dijo mirándola con dudas.
La joven se fue de manera veloz de ese lugar. Linkinton juraba haberla visto antes. La joven rubia le había robado su pinza de herrería. No se dio cuenta.
Linkinton llegó cansado al feudo de Deméter. Al entrar se dio cuenta que la princesa y la mencionada agricultora se mantenían llenando los sacos con las semillas y frutas.
—Buenas noches, damas —dijo con educación.
—Igualmente, joven herrero —respondió Deméter.
—Buenas noches, Linkin —dijo sin mirarlo.
El joven aldeano se dio cuenta que la princesa se notaba muy agotada y con su piel maltratada porque denotaba un color rojizo.
Linkinton fue al río a darse un baño, necesitaba refrescarse de tanto trabajo. Ya no faltaba nada para que ya estuviera el nuevo puente.
Lilythod estaba en la parte de arriba del establo junto a Flipkirn descansando, saludó a su hermano por una abertura.
—Joven Lilythod... ¿No quisiera saber sobre lo del libro de pociones? ¿Ser mi nueva aprendiz? —le dijo con una sonrisa.
La niña se quedó muda por lo dicho por el alquimista. Parecía que era algo irreal o un sueño como lo era hace unos años.
—¿Estáis bien niña? —preguntó con algo de preocupación.
—Sí... sí quiero señor —se lanzó a sus brazos, pero preguntó—. ¿Por qué quiere tomarme como nueva aprendiz?
—Niña... quisiera que los momentos que vivimos los cuatro se queden en mí. La forma en que se aferran a mí es mediante la enseñanza y el aprendizaje —lo decía mientras recordaba a su retoño y esposa.
—Pero señor Flipkirn... yo aún no sé escribir y leer bien —lo dijo con vergüenza.
—Descuida niña, si aprendisteis a rezarle a nuestro señor, seguro podéis aprender los conceptos de la alquimia y las pociones —lo dijo con una sonrisa.
Le dio un fuerte abrazo de felicidad, no había palabras para describir todo lo que le sucedía a la pequeña. Pero el costo lo estaba viviendo junto a ellos y más.
La condesa había terminado de llenar los sacos de semillas, ahora les tocaba llevarlos al molino a guardarlos y evitar que le suceda algo a lo recolectado.
Apareció Linkinton en ese instante para ayudar a la princesa, también Triptólemo que había ido a atender a la pequeña Perséfone.
Dejaron esos cinco sacos en un lugar donde los rayos del sol no incidieran tanto en los sacos y secara las semillas y pudriera los frutos.
Lolanord le dijo que esta vez pasaría la noche con sus súbditos en el granero y que no se preocupara por ella porque había cosas aún más importantes. La agricultora les dio hogazas y frutas, ya que se olvidaron de comer al terminar de recolectar.
Lilythod se había excedido mucho y se quedó dormida al lado del alquimista. Ambos no lo mostraban por lo rápido que se distraían al terminar de realizar dicha actividad.
La princesa y Linkinton subieron a la parte superior del establo para comer esas hogazas y fruta acompañado de esencia de naranjas que Deméter le dio.
El herrero notó a la princesa algo triste, se notaba que ahondaba en sus pensamientos. Para Linkinton ver cómo estaba la princesa le era algo raro. Solo vio eso de ella cuando se disculpó con él, cuando lo ayudó a salir con Flipkirn y cuando Lilythod se enfermó. La mayoría del tiempo que viajaron mostraba su enojo o disgusto por algo, a veces simplemente ni una expresión. Se le quedaba aún esa imagen del inicio del viaje. La princesa sonreía, pero él pocas veces lo notaba.
—¿Se siente bien, princesa? —lo dijo en voz baja.
—Claro que sí, herrero... solo estoy algo pensativa por lo que nos queda de recorrido y lo tarde o temprano que encontraremos a esos hombres de capa negra —dijo eso mientras guardaba su collar.
—Yo también pienso en lo que nos depara el camino, pero descuide, estamos para servirle hasta que llegue al reino de su prometido, nuestra vida está al servicio de evitar que le suceda algo, no descansaremos hasta que esté sana y salva, le prometí ayudarla, no lo olvide. Su vida es muy preciada para nosotros. Quizás al comienzo tuvimos nuestras diferencias y me porte de manera maleducada, me disculpo por ello, pero ahora sé que usted nos tiene gran aprecio al confiarnos su vida y eso a la vez es apreciar nuestras vidas y darles un gran valor. Si tiene algún problema o necesita ayuda no dude en contar conmigo —lo decía con mucha sinceridad e hidalguía.
La princesa no tenía palabras de agradecimiento suficientes para lo que dijo el herrero. Realmente él había cambiado su concepto de ella. Un gran apreció crecía dentro de ella.
Esta vez no le dijo lo que acontecía en ella, no podía revelarle ello por cumplir la promesa a Deméter, pero él depositaba su confianza tanto como la agricultora.
Ella estaba convencida de que ella sola podía ayudar a Deméter sin tener que involucrar a sus súbditos, más que nada porque de nada servirían. Ese era su pensamiento en esos momentos.
La princesa durmió a pocos metros del herrero. Quería contar que esa mujer iba a pasar por lo que su familia pasó hace muchos años. Así era mejor.
Perséfone estaba muy feliz, sentía que podía quedarse con su hija y no acabar como los otros aldeanos, dando a sus hijos al señor.
En medio de la noche, la puerta del molino de cerró de lo abierta que la habían dejado. Se notaba la presencia de alguien.
La mañana no fue tan iluminada, era lo de menos en esos momentos. La condesa y la pequeña Lily estaban recolectando solo las semillas e introduciéndolas de manera directa a los sacos.
Deméter y Triptólemo siguieron con los frutos, en tanto el alquimista procedió a alimentar a los animales de ellos y de la agricultora. Las gallinas, ovejas y vacas no eran tan ruidosas, solo les daban una gran ración de semillas, heno y atados, eso les duraba por semanas.
Linkinton estaba colocando las láminas en las maderas, al revidar sus herramientas se da cuenta que su pinza de herrería no estaba en su saco. Reviso en el taller, le preguntó a Hephais por ella, pero no la encontró. En ese momento recordó a esa mujer que dos noches antes la había visto robar y que una noche antes le robó. Solo suspiró de enojo, pero no iba a olvidar el rostro de la joven dama.
Los trabajos eran paralelos, los esfuerzos eran casi los mismos. El poder lograrlo era lo que mantenían igual.
Nadie se detuvo para la comilona, en estos momentos donde ambos lados del río se estaban estabilizando con las maderas reforzadas y las últimas frutas estaban siendo recolectadas y colocadas.
Lolanord miró sus manos. Nunca pasó por su mente estar pasando por esto. Una princesa como ella esforzándose por algo que no sea sus estudios o aprender un arte... era sumamente impensable para la realeza.
Las personas del pueblo se alegraron al ver listo el nuevo puente. Era tan ancho y resistente que una carreta llena de rocas pasó y no pasó nada. Algunos comenzaron a irse del pueblo y los del otro lado pasaron.
Linkinton fue invitado al festín que se realizaría en la noche para agradecer a los que ayudaron en la construcción del puente. Aceptó gustoso, pero en ese instante escuchó a unos hombres hablar.
—Pobre mujer, no sabía que estaba en problemas con él —dijo un anciano.
—Ni que lo digáis viejo, la agricultora no sabe que él juega muy sucio, siempre se sale con la suya ese maldito de Hades —lo dijo con enojo y tristeza.
Eso no era nada bueno. Tomó a su yegua y se apresuró en ir donde estaba la agricultora. Los relatos contados por aquel hombre y algunos más afirmaban que era alguien que causaba desgracias en nombre de cumplir a su señor.
Marie, Triptólemo y Deméter habían sacado los sacos que estaban guardados en el molino, pero notaron algo raro. El saco pesaba de más.
Antes de que lo inspeccionen llegó Hades acompañado de Hermes, sus caballos, perros y una carreta. Se sorprendió al ver a una bella dama junto a la agricultora.
—Muy bien, fuera de rodeos y tratos con cortesía. Necesito los sacos y los pergaminos —dijo en voz alta, lo cual no pasó desapercibido por Lily y Flips que estaban conversando sobre el libro que ella tuvo.
—No necesitáis gritar —dijo molesta con su bebé en brazos.
—De acuerdo —sonrió con confianza.
Triptólemo le dio los pergaminos. Los revisó y se dio cuenta que eran en idioma de su antigua tierra.
—Ahora necesito inspeccionar las cosechas y si es la cantidad acordada —dijo de forma maliciosa, no pasó desapercibida por la condesa.
La condesa abrió los últimos sacos, Hades inspeccionó y se dio cuenta que estaban en buen estado, aunque al abrir los sacos que fueron la primera recolección las cosas fueron distintas.
—¿Acaso estas semillas están repletas de agua? ¿No ha sido una buena cosecha? —lo preguntaba con sarcasmo.
Deméter dejó a su bebé en las escalinatas de la entrada de su morada. No podía creer lo que decía el hombre.
Las semillas estaban arruinadas, el proceso de putrefacción se aceleró por la humedad y el calor dentro del molino.
Deméter no lo podía creer, sacó puñados y puñados de esos cinco sacos, en todos era lo mismo. Eso debía ser imposible. Lo había logrado, no era posible que las semillas se humedecieran tan rápido. Todo eso debió ser producto de su imaginación.
La princesa Lolanord no podía creer que vea con lujo de detalles como se llevaban a una bebé, como una madre perdía a un hijo.
Se escuchó el llanto de una bebé. Al mirar a la dirección de donde provenía, apreciaron a la pequeña Perséfone en los brazos del hombre que sería su tío.
—No habéis cumplido el trato, campesina. Es una pena que su madre no haya valorado tanto su vida —dijo mientras se iba con paciencia a montar su caballo—. No son necesarias tus semillas, pero estos pergaminos sí me servirán.
—¡Piedad! Por favor... ¡Piedad! —dijo Deméter que se aferraba a la pierna de Hades.
—Ya sabes cómo son las cosas con nuestro señor, mujer —la quitó de él con un movimiento brusco.
—Su padre no la quiere, ¿Por qué me hace esto? —dijo llorando en el suelo fértil, su aprendiz la ayudaba a recomponerse.
Hades no miraba a nadie, ya tenía lo que necesitaba. Esa bebé lo haría escalar hasta llegar a la posición de su hermano.
Hermes no hacía nada porque ese no era su asunto, solo estaba allí como acompañante.
Sin pensarlo se subió a su caballo y se fue a toda velocidad de ese lugar. Pero alguien fue detrás de Hades.
—¡Condesa! —gritó Lily al verla partir a gran velocidad con Benjamin.
En el momento que Lolanord partió llegaba Linkinton que no preguntó por la condesa, ya que el rastro de las pisas de equino estaban aún en la tierra.
Al huir victorioso recordaba lo que le pidió a su señor. Le pidió que le hiciera contraer nupcias con alguna hija suya, quería tener un cargo nobiliario. Su hermano le dijo que no podía porque todas ellas ya estaban desposadas por nobles de otras tierras.
Sin embargo, le dijo que una hija de él aún no estaba lista, Hades quiso saber quién era. La pequeña Perséfone era la que no estaba apta. Le ofreció la custodia de su última hija y que la criara para ser su mujer y futura marquesa. Es lo único que podía ofrecerle por ser tan servicial y ayudarlo a derrocar a su padre, aquel hombre que era dueño de esas tierras, y que nadie sabía que había pasado con él.
Le dijo que la obtuviera siempre y cuando Deméter no llegara a cumplir con el trato, pero ambos se conocían y sabían de lo que eran capaces. La noche anterior el entró al granero y roció los sacos con una sustancia hechas por los alquimistas de su hermano. Esos hombres hacían muchas cosas y entre sus logros era mantenerlo joven a su señor con sus pócimas.
No se dio cuenta que al tratar de perder a la bella dama se desviaba a un abismo. Hizo un alto a su caballo.
La princesa estaba detrás de él en ese instante bajo del equino. El hombre también hizo lo mismo.
—¿Qué deseáis joven dama? —dijo con altanería.
—Deseo que devuelva a la bebé con su madre —dijo con seriedad.
—¿Sabéis que fue un trato justo, no? Pero ella no lo cumplió —le replicó con justa razón.
—Te doy mi vida por al del bebé —fue muy directa.
Hades se dio cuenta que esa mujer no apreciaba su vida por lo que quería hacer. Lolanord no quería que nadie más pase por lo que su familia pasó.
—No es suficiente, esta bebé me he de ayudar a escalar en los estratos sociales —dijo con firmeza.
—Y si te ofreciera algo que vale mucho para mí, más que mi vida —dijo mientras se quitaba algo de su cuello—. Esto es el objeto más preciado que tengo, su valor en oro es inmenso, pero el valor sentimental es incalculable.
Era una batalla de miradas, Hades no dudó en que Lolanord tenía miedo de fallar y que decía la verdad sobre ese objeto, había escuchado a duras penas que una niña la llamó por el título de condesa, no perdía nada al intercambiar a Perséfone.
No tardó en darse cuenta que ella había pasado sobre algo similar, es por eso que solo le arrebató su objeto.
—Ahora perderéis más de lo que tenéis "condesa" —se sentía el máximo vencedor.
Eso quebró mentalmente a la princesa y cayó al suelo, no podía creer que haya hecho eso sin siquiera pensarlo bien. Fue algo tonto de su parte, exponer su joya y a ella, se dio cuenta que en estos momentos su vida no era nada al lado de la bebé y su collar. Comenzó a sentir miedo por las acciones tontas que había tomado en esos momentos.
—Acaso... ¿No valemos nada para usted? —lo dijo muy triste el herrero.
Hades no se dio cuenta que el herrero estaba allí observando todo. Notó mucha congoja en su rostro.
—No te metas en esto Linkinton, un aldeano como usted no podría hacer nada, ¡¿Qué podrías hacer hombre de clase baja?! —Lolanord no medía sus palabras.
No podía creer que esas palabras salieran nuevamente de la princesa. Le dolió porque la comenzaba a querer como la pequeña Lilythod.
—Después de todo... sigue siendo la misma mujer egoísta del comienzo —lo dijo mientras avanzaba donde Hades—. Le ofrezco mis servicios en vida y después de la muerte a cambio de la bebé, ese collar y que lleve a la princesa a su reino.
Esas palabras con firmeza y sin dudas. Hades por primera vez sintió miedo por la determinación de aquel herrero. No podía creer que ofreciera su vida, su preciada vida. Por lo que le contó era muy preciada por seguir con el oficio de herrero y el cuidar a su hermanita. Se sorprendió al saber que en verdad era una princesa.
—No es suficiente... joven herrero —dijo con dudas.
—Será suficiente si le cuento mi historia y como mi vida ha cambiado por la princesa Lolanord —se preparaba para contar todo.
Fueron minutos contando algo breve para que Hades comprendiera la situación. No dudó en decirle la verdad porque sabía que después de todo necesitaba asegurar que no jugaría sucio.
—Es por eso que, si me da todo ello, yo le ofrezco mi vida de servidumbre a usted, al menos que una acción divina me lo impida —era muy firme en sus palabras—. No tengo tantas cosas de valor, solo mi oficio y mi palabra.
Hades sonrió de forma leve. Sacó de un bolso un pergamino. Era un contrato.
—Solo leedlo y firmad, así estará sellado nuestro acuerdo —dijo con seriedad.
—Lo s-siento... no sé leer ni escribir, soy solo un aldeano —lo dijo con algo de vergüenza y tristeza.
Eso hizo dar una gran carcajada al hombre. No podía creer que aquel muchacho que aparentaba tener el valor de alguien noble, tuviera la educación de alguien de clase muy baja.
Lolanord no comprendía lo que pasaba, pero ver a Linkinton muy triste y con vergüenza no era algo normal. Se notaba que se sentía menos por ello.
—Descuida, sé cómo arreglar esto —dijo mientras sacaba algo de un bolsillo.
En un parpadeo marco con una cuchilla caliente el brazo izquierdo de Linkinton. La sangre brotaba y dejaba charcos medianos en la tierra.
Linkinton tuvo que soportar el dolor y evitar llorar para no dejar de mostrar valor.
—Siempre cargo carbón caliente en un bolsillo junto a una cuchilla para estos casos, si no podéis darme vuestra letra, necesito algo que los "distinga" al momento de reclamar lo que es mío —dijo eso sin dejar de burlarse.
Se acercó al herrero con lentitud. Le colocó un trozo de tela y envolvió su brazo izquierdo. Le colocó el collar a Lolanord. Volvió donde estaba su caballo y bajó a la bebé.
—Solo una cosa te voy a decir, no la voy a repetir: "Dile a Deméter que en quince años no la molestaré con mi presencia, pero que a esa niña la críe para ser mi esposa" —la seriedad se tornó en su rostro mientras le daba a la bebé.
—Haré entender eso a Deméter —dijo el herrero que tenía a la bebé en su brazo derecho.
—Muchacho, me has sorprendido, de verdad eres alguien con un valor inmenso frente a las adversidades, no te rindes al miedo porque sabes que tus acciones no son mal intencionadas. Princesa tiene un gran hombre al servicio de usted. Me tengo que ir sin más que el saber que tu vida ahora me pertenece y que mi futura esposa estará en buenas manos. Pronto nos volveremos a ver Linkinton —dijo eso mientras se iba de ese precipicio y sus perros lo esperaban.
El hombre se fue sonriente, no perdía nada. Se ahorraba la crianza y el odio por parte de la bebé si la criaba. Ganó a un sirviente eterno.
Se marchó y desapareció entre los árboles. Solo se escuchaba las pisadas de los caballos y que con los segundos se perdía el sonido.
Linkinton miró su herida, eso era un recordatorio de muchas cosas. Colocó a la bebé encima de la montura de su yegua. Se dirigió a la princesa.
—Tal vez para usted mi vida es algo que es bajo y sin valor, pero para mí y los demás la suya sí que lo vale, y mucho. Por eso nos arriesgamos para ayudarla a llegar, no para que la pierda por algo ajeno a nosotros —dijo muy triste y tratando de no llorar por el dolor del brazo y acciones tomadas.
Tiró de Meredith y se fue caminando rumbo al feudo de la agricultora con algo alegre para la agricultora y decepción para él.
La princesa en ese momento volteó a verlo y solo vio caminando con lentitud y encorvado al muchacho que ha sacrificado mucho por ella, y sin recibir la verdadera gratitud y disculpas...
