IV


Ay mi bien, no te olvides del día que separó a tu vida de la pobre vida que me tocó vivir.

Shakira.


Shaka, Milo, Camus~

Después de la hora del almuerzo, el Santo de Virgo regresó a su meditación. Necesitaba que la separación de su conciencia alejara todas sus emociones y sensaciones corporales. Todo continuaba, desesperaba por despertar del sueño llamado realidad una vez más.

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Te estás fugando del entrenamiento.

— Meditar es parte de mi entrenamiento.

— Hmmm… ¿Y para qué sirve?

— Para encontrarte y unirte con el infinito.

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"Desde ahí también puedo estar de nuevo contigo".

Las voces del pasado se fueron alejando, sus sentidos lo abandonaron y de nuevo estuvo en esa nebulosa, de donde todos provenían y permanecen conectados. El único lugar donde su alma podía descansar y vivir, y amar de nuevo.

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En casa de Escorpio, Milo se sentía devorado por un hoyo negro, intentando recordar el porqué había hecho todo eso. Las emociones que antes fluían como torrentes desde su ser se apartaban de él. Veía formas insípidas, los olores no tenían brillo, los sonidos le raspaban, la cena había quedado muda y su cuerpo parecía difuso.

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— ¿Aurora Boreal?

Sí, son luces que pintan el cielo nocturno.

— Cómo un arcoiris.

— Sí, pero mucho más bonito.

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El Santo de Escorpio pensó que le gustaría ver ese fenómeno algún día. Sí, quería pintar auroras boreales, y arcoiris, y playas, y noches estrelladas. Sí, era lo que más deseaba.

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Cuando Aioria abrió la puerta, Camus estaba terminando de acomodar todo lo que había ocupado, ahora sí era consciente de que estaba invadiendo un espacio aún más privado que su habitación. Miró alrededor, se percató de que parte de la decoración había cambiado y de que el dueño del lugar empezó a acercarse para distraerlo y sacarlo de ahí.

Camus cerró la puerta a su espalda preguntándose qué tanto habría visto, intentando encontrar la respuesta en los verdes cristales de Aioria, quien empezaba a disfrutar de la vergüenza disfrazada de frialdad del onceavo santo de Athena.

Si algo había aprendido de Milo, era que entre más se acercaba a un sitio vulnerable solía existir una reacción aún más intensa.

— Preferiría que no me hicieras buscarte.

— Y yo que no estuvieras aquí.

— Aproveché tu ausencia para que Fleur me acondicionara un lugar en tu recámara. Te aviso para que no te sorprendas ésta vez.

— Como sea —le puso llave a la puerta y siguió al león que le cedió el paso a su cuarto antes de entrar.

A la mañana siguiente no encontró rastros de Aioria en su habitación pero sabía que seguía dentro de su templo. Fleur le llevó el desayuno a la cama y le avisó que el Santo de Leo lo esperaba en su estudio.

Sus recuerdos estaban difusos pero aún sentía que tenía algo pendiente para ése día. Tal vez tenía que ver con la presencia de Aioria pero lo confirmaría una vez que viera su agenda.

Encontró al león observando uno de sus cuadros que colgaba en la sección de su biblioteca personal y lo pasó por alto para ir hasta su escritorio. Tenía programada su partida para ese día. Revisó sus pendientes y comenzó a firmar lo que hacía falta; en cuanto despidiera a Aioria iría a entregar las instrucciones que debían seguirse en su ausencia.

— ¿Por qué lo escondes? —la pregunta de leo interrumpió su tarea— Sí son tan importantes el uno para el otro, ¿por qué no toman el riesgo y van con el Patriarca?

"Porque no confío en ése hombre", pensó y un fuerte dolor en el pecho lo sorprendió. Volteó a ver el cuadro que era diferente al que recordaba. Lo que en su mente debía ser una pintura abstracta al óleo, ahora era el boceto de un paisaje amateur. El dolor se empezó a transformar en una extraña sensación de calor y confort que nada tenía que ver con Arles pero que, por alguna razón, no paraba de relacionarlo con él. Se acercó a Aioria y le puso más atención al cuadro que colgaba en la pared.

— Cuando amas a alguien no puedes evitar querer más, conformarte con simples detalles es asfixiante. Lo deseas todo, lo bueno, lo malo, lo mundano, lo extraordinario. Milo entiende eso.

"¿Milo?", miró al león curioso de a dónde quería llegar.

— Si fuera tú no dudaría en hacerlo.

— ¿Tanto lo quieres? —Camus no entendió el porqué del tono suave y doloroso de su propia voz.

— Es, lo más importante para mí, pero él te prefiere a ti.

Camus volteó a ver el cuadro, y vio la firma al lado de la nota al pie, colgado en su lugar favorito, fácilmente visible desde su escritorio.

— "... mil vidas junto a ti" —leyó.

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