17 . Confusión

Nada es mio, solo quiero adaptar. La historia es de la sra. Hervás y los personajes de la sra. Meyer.

—Estoy hasta las narices de hacer mariposas de estas —protestó Jasper, mientras espolvoreaba con canela algunas de las galletas.

—No son mariposas, son lacitos. —Alice le miró seria—. No me digas que nunca los has probado…

—Eso es algo obvio. En mi casa no comemos mierda.

—¡Los lacitos no son mierda!

—Cierto, tienes razón: solo son un cúmulo de grasa bañado en azúcar. Grasa y más grasa, como conclusión —explicó con ademán reflexivo.

—Estás enfermo.

Se encogió de hombros.

—Es complicado mantenerme sano si tengo que verte a todas horas; las pupilas, los tímpanos… todo acaba resintiéndose inevitablemente.

—¡Cállate de una vez! ¡Y deja de echarles canela a los lacitos!

—Solo intentaba ocultar la aceitosa realidad.

Acababan de comenzar a preparar los primeros detalles del cumpleaños de Garrett, y Alice ya se sentía agotada. Soportar a Jasper era peor que moldear y hornear quinientos lacitos con canela.

Desde que el inglés había descubierto que acudirían a la celebración todos los amigos de Garrett, se había propuesto un reto: conseguir decir más de diez estupideces por minuto que sacasen de quicio a Alice. Y, al parecer, lo estaba logrando.

—Bien. Ya está. —Alice se apartó el flequillo de la frente y se ensució la cara de harina—. Ahora enchufa el horno.

—¿Cómo se hace eso, señorita… Casper?

—¿Casper?

—Te has manchado de harina, parece que acabas de disfrazarte de fantasma para ir a un carnaval —Enarcó las cejas—, aunque… por otra parte…

—Da igual, mejor no añadas nada más. —Alice le dio un empujón al pasar por su lado y encendió el horno.

—Como decía, por otra parte… la suciedad actúa como barrera impidiéndome ver tu cara. Y supongo que eso es bueno.

Ella bufó, esparciendo aún más el desastre desatado en la cocina, y se cruzó de brazos.

—No podías mantener la boca cerrada, ¿verdad?

—Exacto. Es uno de mis dones: siempre tengo algo que decir. Soy un chico listo.

—No sé qué concepto tienes tú de lo que significa realmente ser «un chico listo», cualquiera diría que estás como una regadera, en el caso más optimista.

—¿Como una regadera? Perdona, pero no he entendido la metáfora.

—No importa, ni siquiera quiero que la entiendas —farfulló Alice bruscamente.

Se quitó el delantal y lo dejó sobre la encimera de la cocina. Por una parte, Jasper tenía razón. Tras la elaboración de los famosos lacitos, Alice estaba sucia, despeinada, cansada y asqueada, mientras que él parecía recién salido de la ducha. Misteriosamente, ni siquiera llevaba restos de masa o harina entre sus perfectas uñas. Estos fenómenos inexplicables hacían que se sintiera en desventaja.

—Bueno, ahora, si no es mucha molestia, creo que subiré a mi habitación y dormiré un poco… —anunció él, y bostezó con disimulo.

—Pero ¿qué dices? ¡Si todavía no hemos preparado nada!

Jasper la miró confundido.

—¿Qué intentas decir, niña? —preguntó, arrugando la nariz; la última palabra sonó áspera y con un deje de hastío.

—Preparar el cumpleaños nos llevará horas, Jasper —le informó—. Y no me llames niña, idiota.

—¡Ni lo sueñes! Te dejo a ti el puesto de jornada completa, yo prefiero hacer media jornada y… creo que ya he cumplido con mi trabajo. —Sonrió ampliamente—. Me voy a echar la siesta.

Y salió de allí a grandes zancadas, cerró la puerta de la cocina con brusquedad y dejó a Alice sumida en un tenso silencio. La joven respiró profundamente, procurando mantener la calma. Al final, presa de la desesperación, decidió darse una ducha antes de enfrentarse de nuevo a Jasper.

Era invierno y hacía muchísimo frío, pero, de todos modos, Alice se duchó con agua templada y agradeció los escalofríos que recorrían su espalda haciéndole cosquillas, como si un ejército de diminutas hormigas escalase por su piel. Todavía era capaz de sentir algo. Últimamente las horas se le antojaban más largas y densas de lo normal, y por si aquello no fuese suficientemente malo teniendo en cuenta que estaba de vacaciones, temía estar perdiéndose a sí misma.

Quizá estaba cambiando por culpa de Jasper. Cerró los ojos con fuerza, disfrutando del contacto del agua sobre su piel. No podía dejar de pensar en la última conversación que había mantenido con el inglés.

Su voz martillaba con fuerza en su cabeza una vez tras otra, incansable. Imaginaba a Jasper cogido de la mano de una chica y sentía una extraña incomodidad al visualizar la imagen que trazaba en su mente. Aquella joven con la que él había estado debía de haber sido perfecta dada la selectividad de Jasper. No como ella… que al parecer tenía cien mil defectos que él odiaba y le recordaba constantemente.

Poco a poco, casi sin darse cuenta, comenzó a compararse con la ex novia de Jasper, a la que había ido idealizando, dando rienda suelta a su imaginación.

Enfadada consigo misma, cerró con fuerza el grifo de la ducha antes de salir y cubrirse con un albornoz de color pistacho. El espejo le devolvió la mirada: a decir verdad, tampoco se veía tan fea, y supuso que Jasper exageraba al respecto solo para hacerle daño. Era una chica corriente. Cierto que no se arreglaba demasiado, que verdaderamente no le gustaba hacerlo. Prefería invertir ese tiempo en cualquier otra actividad más provechosa.

Suspiró profundamente, en realidad no sabía por qué tenía que justificar su estilo de vida; nunca antes se había preocupado por ello y le molestaba hacerlo ahora.

Se vistió con desgana y salió del cuarto de baño más cabreada que nunca. Caminó a grandes zancadas, haciendo chirriar el suelo de madera a su paso hasta su habitación. Cuando entró, encontró a Jasper revolviendo la ropa del armario. Los labios de Alice formaron una línea recta perfecta, y los apretó tanto que se tornaron blanquecinos.

—¿Se puede saber qué demonios haces en mi cuarto?

—Solo… pasaba por aquí… Te estaba buscando —acabó confesando Jasper.

—¿Me buscabas dentro del armario, entre la ropa?

Jasper, con un gesto de absoluta inocencia, se encogió de hombros.

—Como estás loca, contigo nunca se sabe…

—¡JASPER! —gritó Alice, sumamente enfadada. Acababa de toparse con el límite de su paciencia. Ya había llegado a la frontera de la tolerancia.

—Así me llamo —aseguró él, dando un paso atrás.

—¡Sé qué es lo que estabas haciendo! —Alice sonrió maliciosa—. Buscabas los regalos de Navidad. Eres más tonto aún de lo que pensé al principio.

—¿Qué? ¿Regalos? Yo no…

—Te he pillado.

La actitud de Alice no dejaba margen para la más mínima duda. Jasper agachó la cabeza, rindiéndose al fin. Después se abalanzó sobre ella y comenzó a sacudirla por los hombros.

—¡Dime dónde están!

—Lo siento, tendrás que aprender a tener paciencia —le indicó Alice, tal como podría haberlo hecho una madre.

—La paciencia es la filosofía de los infelices conformistas —apuntó él—. Yo necesito saber qué me has comprado.

—¡Déjalo ya, Jasper, no pienso decírtelo! —concluyó—. Y ahora baja a la cocina y ayúdame a organizar la fiesta.

—¿Es un castigo o algo parecido?

A Alice le entraron ganas de reír, pero logró contenerse a tiempo. Definitivamente, Jasper era un niño grande. Hacía años que ella había superado aquella sana impaciencia a la hora de recibir los regalos navideños y le parecía graciosa la expresión angelical que él había adoptado.

—Sí, es un castigo.

Ambos salieron de la habitación —Jasper tras suspirar de un modo dramático— y se dirigieron hacia el piso inferior.

—¿Sabes…? —dijo, fijando sus ojos en ella con una sonrisa pícara—, eso de que me castigues… suena un tanto erótico.

A Alice se le aceleró el corazón y se preguntó si Jasper sería capaz de advertir la delirante velocidad de sus latidos. Notó el calor arremolinándose en torno a sus mejillas y, como no sabía qué contestar, le dio un manotazo en el hombro.

—¡Deja de decir tonterías! —logró exclamar finalmente.

Él rió con disimulo mientras descendían el último tramo de la escalera. Entraron en la cocina. Jasper apoyó la espada en la pared y se cruzó de brazos, observando los movimientos de Alice. Ella abrió la nevera preguntándose qué podría preparar para cenar.

—Bueno, al menos es un alivio saber que no piensas castigarme atándome las manos al cabezal de la cama ni nada de eso… —prosiguió—. Así pues, ¿cuál es mi condena?

Alice resopló furiosa. Quedaba poco tiempo para los preparativos y el inepto de Jasper le retrasaba la tarea aún más. Una idea pasó por su cabeza.

—Ya sé qué puedes hacer —objetó—. Camina lentamente hasta el garaje, abre la lavadora que encontrarás allí, saca la ropa limpia… ¿lo entiendes todo hasta el momento?

—Creo que sí.

—Vale. Pues después de eso, tiendes la ropa en el jardín trasero, en el tendedero, ¿de acuerdo? Te lo he explicado a prueba de idiotas, así que espero que no tengas ninguna duda al respecto.

Jasper chasqueó los dedos y sonrió levemente.

—En realidad tengo una duda.

—¡Uf! —Alice alzó la vista al techo de la cocina, presa de la desesperación—. ¿De qué se trata?

—Mi duda es… ¿por qué tengo que tender la ropa de la familia Brandon como un vulgar sirviente?

—¡JASPER, PORQUE TODOS DEBEMOS AYUDAR EN CASA Y YO NECESITO PERDERTE DE VISTA UN RATO!

Él dio la impresión de querer añadir algo más, pero, al ver a Alice tan enfadada, decidió que sería mejor no llevarle la contraria en ese momento.

—Está bien —gruñó por lo bajo, y se dirigió hacia el garaje.

No estaba seguro de haber comprendido todo lo que Alice le había ordenado, porque, sencillamente, jamás había tendido ni una sola prenda de ropa. Localizó la lavadora al fondo del garaje y la abrió, apretando la palanca. Sonrió satisfecho. Después encontró una palangana: sacó la ropa de la lavadora y la depositó allí. Una vez terminó, fue hasta la parte trasera del jardín cargado con la palangana repleta de ropa y la dejó en el suelo. Frente a él había unas cuerdas atadas a las ramas de dos árboles, formando tres líneas rectas. Ojeó las pinzas sueltas que se encontraban colgadas ahí.

«Tú puedes hacerlo, Jasper», se dijo. Cogió una camiseta. Era negra, y en la parte delantera resaltaba el dibujo de una hoja verde de marihuana, así que rápidamente dedujo que pertenecía a Garrett.

Suspiró, resentido por tener que llevar a cabo un trabajo tan decadente, dado su blanco historial en las tareas domésticas, y finalmente logró colgarla en la cuerda sujetándola con dos coloridas pinzas.

Tendió una segunda prenda, una tercera, una cuarta, una quinta… y entonces se quedó muy quieto. No pudo evitar sonreír.

—Vaya, vaya, qué interesante… —murmuró con un deje lascivo. Y estiró la goma de unas braguitas de Alice.

Eran de color azul intenso, con el dibujo de Piolín en la parte delantera y un letrero en la zona del culo donde se leía: «Sexy girl».

Apenas se dio cuenta cuando la imagen de Alice en ropa interior se apoderó de su mente. Sacudió la cabeza, consternado; ¿en qué estaba pensando?

Suspiró. En realidad debía admitir que se había sentido aliviado tras saber que Alice nunca se había acostado con ninguno de sus muchos novios. Probablemente, incluso empezaba a cogerle un poco de cariño a causa de la intensa convivencia.

Sintiéndose un tanto estúpido, Jasper tendió las braguitas de Alice. Y entonces una pregunta curiosa se apoderó de él, parpadeando como un luminoso cartel de propaganda en su cabeza: ¿qué talla de sujetador utilizaría la chica? No estaba seguro de ello, ya que Alice solía vestir sudaderas o chaquetas deportivas que ocultaban aquello que Jasper querría descubrir. Rápidamente rebuscó en la palangana hasta encontrar un sujetador azul que completaba el conjunto de las braguitas de Piolín.

—Pues tampoco está tan mal… —comentó Jasper en voz alta.

—¿Qué es lo que no está tan mal?

Sorprendido, dejó caer el sujetador al suelo. Era Alice, que le observaba con atención a apenas dos metros de distancia. Estaba de brazos cruzados y, a juzgar por la agria expresión de su rostro, seguía cabreada.

—Decía que…, nada, que no está tan mal esto de tender la ropa —mintió.

—Me alegra. Espero que te sirva de lección y lo hagas más a menudo.

—No lo dudes —añadió, esforzándose por no reír.

—¿Sabes?, hoy estás un poco raro.

—Así soy yo: raro y exclusivo —aclaró.

—No eres exclusivo en el buen sentido de la palabra, Jasper. En todo caso serías… repulsivo.

Jasper frunció el ceño, molesto.

—Oye, ¿por qué tienes que pagar conmigo tu mal humor?

—Pero ¿qué demonios te pasa a ti? Esto es lo que hacemos siempre: atacarnos el uno al otro.

—Ya, claro.

—¿No piensas decir nada? ¿Ni siquiera… un nuevo insulto o algo que reprocharme?

—Estoy falto de inspiración.

El enfado de Alice pareció concentrarse en la afilada mirada que le dirigió.

—¡Vete al cuerno, estúpido inglés! —gritó, antes de dirigirse nuevamente hacia el interior de la casa.

Jasper se encogió de hombros, ligeramente confuso por la reacción de Alice.

Lo cierto era que ella ya no estaba segura de qué la cabreaba más: si el hecho de que Jasper se comportase tal como lo harían las personas normales y corrientes o que se dedicase a humillarla y dañarla con sus patéticas ironías. Posiblemente le molestaba todo en general, e hiciese lo que hiciese él, ella jamás estaría satisfecha con el resultado final. Se sentía extraña y más irritable de lo normal tras la conversación sobre sexo que habían mantenido.

He vuelto... dispuesta a terminar esta historia, si todavía hay alguien que quiera leerla...