Buenas.

La muerte de mi tío me ha tenido un poco bajoneada estos días, por eso he tardado un poco en publicar.

Sakura: ¿Era muy obvio? Rayos, soy terrible para el suspenso.

Cristine: Gracias!

Wolf: Severus fue parte de los Mortífagos y el vivió la guerra, así que sabe de lo que habla.

Algo que compartimos Christopher y yo es el amor por la música y quise usar esta oportunidad para dar rienda suelta a esa faceta XD

Christopher fue el que quedó más traumado por la muerte de su padre, ya que fue él quien lo causó. Poco a poco lo fue superando, pero no del todo. Tal vez Tobias siempre sea su boggart, pero necesita enfrentarlo.

Eileen intentó ser una buena madre, pero... tss, estaba enamorada de ese imbécil y luego ya no tenía a donde ir. Una lástima.

Que la madre haya muerto fue el colmo para Tobias y quiso deshacerse de todo lo que tuviera que ver con ella. De milagro no destrozó ese sótano donde estaban las cosas de Eileen.

Gracias por tus palabras, lobito.

Guest: apuesto a que si, no te preocupes.

WitchingSisters (cuando vas a sentar cabeza con el nombre?): El plan sigue marchando

Aclaración: como gran parte del capítulo está del punto de vista de Harry, tuve que tomar partes del capítulo "El Mapa del Merodeador".

Capítulo dieciocho

Las Tres Escobas

Las vacaciones de Navidad se estaban acercando. Después de haberle mostrado los recuerdos a Remus, ya no se sentía tan seguro de matar al padre de Larson. Remus le había dicho que no era un asesino y tenía razón: no lo era. Sacando la muerte accidental de su padre, jamás había matado a nadie.

Volvió a tener las sesiones con Remus con el boggart, pero no conseguía nada. Cuando faltaba poco más de una semana para las vacaciones, estando en la habitación de Remus, este le dijo:

—¿No se te ocurre nada gracioso? ¿De verdad? —le preguntó Remus.

—No hay nada que me cause gracia del cadáver de mi padre —respondió Christopher, inexpresivo.

—Oye… ¿por qué tu padre aparece mojado y con aspecto de que le hubieran tirado ácido?

Christopher se estremeció, pero decidió responder.

—Severus llevó el cadáver al sótano, lo cortó en pedazos y lo tiró dentro de un caldero con una poción disolvente.

Remus tragó saliva.

—¿Tu lo viste?

—Si. Severus no quería que lo viera, pero me metí dentro del sótano y…

—Creo que no quiero escuchar más de eso, pero me imagino que te debe haber traumado mucho.

—He tenido pesadillas con ahogarme en un caldero.

Se quedaron en silencio un rato antes de que Remus dijera:

—Vamos a tratar otro enfoque. No pensemos en lo gracioso. ¿Por qué no nos concentramos en algo que te gusta?

Christopher frunció el ceño.

—¿En algo que me gusta?

—¿Qué es lo que más te gusta?

—Bueno, la música, pero no entiendo…

—Seguro has visto videoclips por la televisión, ¿no?

—Si, incluso los he grabado con la videocasetera, pero…

Remus casi saltaba de la emoción.

—¡Eso es! En lugar de pensar en algo que te haga gracia, piensa en un escape mental. Piensa en la música.

Christopher lo miró, no muy convencido.

—Creo que sé a dónde quieres llegar, Remus, pero no sé si funcionará.

—No perdemos nada con intentarlo…

—Mi salud mental, tal vez, pero tienes razón. Adelante.

Christopher se puso en posición y Remus fue a abrir el baúl.

—Piensa en la música.

Christopher le dedicó una sonrisa un tanto forzada y Remus abrió la tapa.

El boggart saltó del baúl con la forma de su padre. Sonreía con la cabeza balanceándose sobre sus hombros y un hilo de sangre chorreándole por la nariz.

—Te atormentaré durante el resto de tus días, Christopher, nunca serás feliz…

Christopher cerró los ojos e intentó concentrarse en una canción en lugar de esa especie de zombie…

Zombie…

Christopher sonrió. Lo apuntó con la varita y gritó:

¡Riddiculus!

¡PUF! En lugar de su padre había un zombie muy similar a los que aparecían en el videoclip de Thriller, de Michael Jackson, bailando la coreografía. Christopher comenzó a reírse y el zombie se detuvo, confundido.

—¡Mételo en el baúl! —le dijo Remus.

Christopher lo empujó con la varita y lo encerró dentro del baúl. Sentía la euforia en cada poro de su piel.

—¡Lo lograste! —Remus se acercó y le palmeó el hombro—. ¡Sabía que lo harías!

Christopher estaba tan feliz de haberlo logrado, que perdió el juicio e hizo lo primero que se le cruzó por la cabeza. Lo tomó por los brazos y lo besó en la boca.

Al principio Remus no respondió. Se quedó completamente rígido mientras Christopher lo besaba de manera apasionada. Cuando su mente se despejó, intentó alejarse, pero en ese momento Remus empezó a dejarse llevar y a corresponder el beso. A Christopher le hubiese gustado estar así para siempre, pero necesitaba respirar, así que se separó.

Por un momento se quedaron frente a frente, mirándose a los ojos. Christopher no sabía si había cometido un terrible error el cual no había manera de reparar.

—Lo siento —murmuró Christopher—. Yo…

—Está bien —Remus se frotó el cuello con una mano.

—Me correspondiste el beso.

El rostro de Remus se puso rojo.

—Sí, sí, me dejé llevar.

—Realmente me gustas, Remus.

Remus sonrió de manera triste y negó con la cabeza.

—Christopher, soy un hombre lobo.

—¿De veras? Creí que estaba atendiendo a un vampiro todo este tiempo.

—Hablo en serio.

—Remus sé perfectamente que eres un hombre lobo y sé en donde me estoy metiendo. Si no sientes lo mismo por mí, deberías buscarte una mejor excusa.

—Tú también me gustas, de verdad —se apresuró a decir Remus—. Pero serias un paria, yo no me lo perdonaría.

—No voy a dejar que un montón de imbéciles me digan cómo debo vivir mi vida, Remus, y tampoco deberían con la tuya.

Se acercó a él y lo volvió a besar, de manera más lenta esta vez, acariciando su cabello castaño con una mano. Remus le correspondió enseguida y le rodeó el cuello con los brazos.

—Christopher —le dijo, ya agitado por la falta de aire.

—¿Si?

—Si tu hermano se entera, me va a matar.

Christopher soltó una risotada.

—Es cierto. Te matará a ti y después a mí. Mientras tanto, tendremos que ser discretos.

—No se lo podrás ocultar para siempre.

—Lo sé, pero quiero que conserves tu linda cabeza sobre tus hombros por el máximo tiempo posible, ¿si?

Remus se rió.

—Lo más probable es que caiga muerto después de tomar una copa de jugo de calabaza o mi poción Matalobos.

—Lo más probable.

Christopher bostezó.

—Voy a dormir mientras pueda. Ya le daré sus vacaciones a Hagrid para poder descansar yo también.

—Te veré en la siguiente sesión.

Christopher, quien ya se estaba retirando, le sonrió.

—Dado a lo que acabamos de hacer hoy, no puedes ser mi paciente. Aunque nadie me dice que no puedes hablar de tus problemas conmigo.

Y, con una sensación de calor en medio del pecho, salió de la habitación de Remus.


Con la promesa de que Lupin le daría clases para combatir a los dementores, la esperanza de que tal vez no tuviera que volver a oír la muerte de su madre nunca más, y la derrota que Ravenclaw infligió a Hufflepuff en el partido de Quidditch de finales de noviembre, el estado de ánimo de Harry mejoró mucho. Gryffindor no había perdido todas las posibilidades de ganar la copa, aunque tampoco podían permitirse otra derrota. Wood recuperó su energía obsesiva y entrenó al equipo con la dureza de costumbre bajo la fría llovizna que persistió durante todo el mes de diciembre. Harry no vio la menor señal de los dementores dentro de los terrenos del colegio. La ira de Dumbledore parecía mantenerlos en sus puestos, en las entradas.

Dos semanas antes de que terminara el trimestre, el cielo se aclaró de repente, volviéndose de un deslumbrante blanco opalino, y los terrenos embarrados aparecieron una mañana cubiertos de escarcha. Dentro del castillo había ambiente navideño. El sanador Snape se había hecho cargo de las decoraciones y había decorado su aula con lo que parecían pequeñas réplicas de Papá Noel revoloteando por el salón Los alumnos comentaban entusiasmados sus planes para las vacaciones. Ron y Hermione habían decidido quedarse en Hogwarts, y aunque Ron dijo que era porque no podía aguantar a Percy durante dos semanas, y Hermione alegó que necesitaba utilizar la biblioteca, no consiguieron engañar a Harry: se quedaban para hacerle compañía y él se sintió muy agradecido de que no se lo dijeran directamente.

Para satisfacción de todos menos de Harry, estaba programada otra salida a Hogsmeade para el último fin de semana del trimestre.

—¡Podemos hacer allí todas las compras de Navidad! —dijo Hermione—. ¡A mis padres les encantaría el hilo dental mentolado de Honeydukes!

Resignado a ser el único de tercero que no iría, Harry le pidió prestado a Wood su ejemplar de El mundo de la escoba, y decidió pasar el día informándose sobre los diferentes modelos. En los entrenamientos había montado en una de las escobas del colegio, una antigua Estrella Fugaz muy lenta que volaba a trompicones; estaba claro que necesitaba una escoba propia.

La mañana del sábado de la excursión, se despidió de Ron y de Hermione, envueltos en capas y bufandas, y subió solo la escalera de mármol que conducía a la torre de Gryffindor. Había empezado a nevar y el castillo estaba muy tranquilo y silencioso.

—…no podemos dárselo a Harry.

La mención de su nombre hizo que se detuviera. Parecía venir de la puerta entreabierta de un aula. Harry se asomó y vio a Fred y George discutiendo dentro del aula vacía. Fred daba vueltas de un lado a otro, mientras George estaba sentado encima del escritorio del profesor.

—Fred, no se dará cuenta.

—Nosotros nos dimos cuenta en nuestro primer año, ¿recuerdas? Harry podría tardar días en descubrirlo. Él no va a ser indulgente como nosotros. Lo detesta.

—¿Estás seguro? Si le explicamos la verdad, tal vez…

—Le juramos que no íbamos a decir nada y mantuvimos esa promesa por casi cinco años, no quiero traicionar su confianza. Cuando nos graduemos se lo podemos dar, no ahora.

George tomó un pergamino viejo y lo desdobló. Abrió los ojos grandes y se giró hacia la puerta.

—¡Harry! —dijo George, con una sonrisa ancha, tomando el pergamino que estaba encima del escritorio—. Justo queríamos hablar contigo.

—¿Sobre qué? ¿Por qué no están en Hogsmade?

—Entra y cierra la puerta. Tenemos algo para ti.

Fred miró de reojo a su hermano, casi con tono de advertencia. Harry comenzó a sentir el ambiente tenso.

—Oigan, si no confían en mí, los entiendo, no quiero que se peleen por eso.

—Es que… —Fred se pasó una mano por la cabeza, nervioso. Harry jamás lo había visto así

—Vamos, entra.

Dudando, Harry entró y cerró la puerta tras de sí. George lo guió hasta el escritorio del profesor y puso el pergamino sobre la mesa, haciendo con el brazo un ademán rimbombante. Era grande, cuadrado, muy desgastado. No tenía nada escrito. Harry, sospechando que fuera una de las bromas de Fred y George, lo miró con detenimiento.

—¿Qué es?

—Esto, Harry, es el secreto de nuestro éxito —dijo George, acariciando el pergamino.

—Nos cuesta desprendernos de él —dijo Fred—. Lo necesitas mucho más que nosotros, pero tengo que advertirte…

—De todas formas, nos lo sabemos de memoria. Tuyo es. A nosotros ya no nos hace falta —lo interrumpió George.

—¿Y para qué necesito un pergamino viejo? —preguntó Harry.

—¡Un pergamino viejo! —exclamó Fred, cerrando los ojos y haciendo una mueca de dolor; como si Harry lo hubiera ofendido gravemente. Luego se puso serio—. Escucha, tienes que prometerme que, si ves o descubres algo relacionado al Profesor Snape en el mapa… nos lo dirás a nosotros primero antes que a cualquier otro y eso incluye a Ron y Hermione.

—¿Qué?

—Solo promételo —le dijo George, tan serio como su hermano—. Si no lo haces, no te ayudaremos a ir a Hogsmade.

—Lo prometo. ¿Qué hace ese pergamino?

Fred dio un suspiro de alivio

—Bueno, Harry… cuando estábamos en primero… y éramos jóvenes, despreocupados e inocentes... — empezó George. Harry se rió. Dudaba que Fred y George hubieran sido inocentes alguna vez—. Bueno, más inocentes de lo que somos ahora... tuvimos un pequeño problema con Filch.

—Tiramos una bomba fétida en el pasillo y se molestó.

—Así que nos llevó a su despacho y empezó a amenazarnos con el habitual...

—... castigo...

—... de descuartizamiento...

—... y fue inevitable que viéramos en uno de sus archivadores un cajón en que ponía "Confiscado y altamente peligroso".

—No me digan... —dijo Harry sonriendo.

—Bueno, ¿qué habrías hecho tú? —preguntó Fred— George se encargó de distraerlo lanzando otra bomba fétida, yo abrí a toda prisa el cajón y tomé...esto.

—No fue tan malo como parece —dijo George—. Creemos que Filch no sabía utilizarlo. Probablemente sospechaba lo que era, porque si no, no lo habría confiscado.

—¿Y saben utilizarlo?

—Si —dijo Fred, sonriendo con complicidad—. Esta pequeña maravilla nos ha enseñado más que todos los profesores del colegio.

—Me están tomando el pelo —dijo Harry, mirando el pergamino.

—Ah, ¿sí? ¿Te estamos tomando el pelo? —dijo George.

Sacó la varita, tocó con ella el pergamino y pronunció:

—Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas.

E inmediatamente, a partir del punto en que había tocado la varita de George, empezaron a aparecer unas finas líneas de tinta, como filamentos de telaraña. Se unieron unas con otras, se cruzaron y se abrieron en abanico en cada una de las esquinas del pergamino. Luego empezaron a aparecer palabras en la parte superior. Palabras en caracteres grandes, verdes y floreados que proclamaban:

Los señores Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta

proveedores de artículos para magos traviesos

están orgullosos de presentar

EL MAPA DEL MERODEADOR

Era un mapa que mostraba cada detalle del castillo de Hogwarts y de sus terrenos. Pero lo más extraordinario eran las pequeñas motas de tinta que se movían por él, cada una etiquetada con un nombre escrito con letra diminuta. Estupefacto, Harry se inclinó sobre el mapa. Una mota de la esquina superior izquierda, etiquetada con el nombre del profesor Dumbledore, lo mostraba caminando por su estudio. La gata del portero, la Señora Norris, patrullaba por la segunda planta, y Peeves se hallaba en aquel momento en la sala de los trofeos, dando tumbos. Y mientras los ojos de Harry recorrían los pasillos que conocía, se percató de otra cosa: aquel mapa mostraba una serie de pasadizos en los que él no había entrado nunca. Muchos parecían conducir...

—Exactamente a Hogsmeade —dijo Fred, recorriéndolos con el dedo—. Hay siete en total. Ahora bien, Filch conoce estos cuatro. —Los señaló—. Pero nosotros estamos seguros de que nadie más conoce estos otros. Olvídate de éste de detrás del espejo de la cuarta planta. Lo hemos utilizado hasta el invierno pasado, pero ahora está completamente bloqueado. Y en cuanto a éste, no creemos que nadie lo haya utilizado nunca, porque el sauce boxeador está plantado justo en la entrada. Pero éste de aquí lleva directamente al sótano de Honeydukes. Lo hemos atravesado montones de veces. Y la entrada está al lado mismo de esta aula, como quizás hayas notado, en la joroba de la bruja tuerta.

—Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta —suspiró George, señalando la cabecera del mapa—. Les debemos tanto...

—Hombres nobles que trabajaron sin descanso para ayudar a una nueva generación de quebrantadores de la ley —dijo Fred solemnemente.

—Bien —añadió George—. No olvides borrarlo después de haberlo utilizado.

—De lo contrario, cualquiera podría leerlo —dijo Fred en tono de advertencia.

—No tienes más que tocarlo con la varita y decir: "¡Travesura realizada!", y se quedará en blanco.

—Así que, joven Harry —dijo Fred, imitando a Percy admirablemente—, pórtate bien.

—Nos veremos en Honeydukes —le dijo George, guiñándole un ojo. Salieron del aula sonriendo con satisfacción, pero Fred se dio vuelta y agregó:

—No te olvides lo que te dije. Cualquier cosa relacionada con el profesor Snape, ven directo con nosotros. Luego se fue.

Harry se quedó allí, mirando el mapa milagroso. Vio que la mota de tinta que correspondía a la Señora Norris se volvía a la izquierda y se paraba a olfatear algo en el suelo. Si realmente Filch no lo conocía, él no tendría que pasar por el lado de los dementores. Pero incluso mientras permanecía allí, emocionado, recordó algo que en una ocasión había oído al señor Weasley: "No confíes en nada que piense si no ves dónde tiene el cerebro."

Aquel mapa parecía uno de aquellos peligrosos objetos mágicos contra los que el señor Weasley les advertía. "Artículos para magos traviesos..." Ahora bien, meditó Harry, él sólo quería utilizarlo para ir a Hogsmeade. No era lo mismo que robar o atacar a alguien... Y Fred y George lo habían utilizado durante años sin que ocurriera nada horrible.

Harry recorrió con el dedo el pasadizo secreto que llevaba a Honeydukes. Entonces, muy rápidamente, como si obedeciera una orden, enrolló el mapa, se lo escondió en la túnica y se fue a toda prisa hacia la puerta del aula.

La abrió cinco centímetros. No había nadie allí fuera. Con mucho cuidado, salió del aula y se colocó detrás de la estatua de la bruja tuerta.

¿Qué tenía que hacer? Sacó de nuevo el mapa y vio con asombro que en él había aparecido una mota de tinta con el rótulo Harry Potter. Esta mota se encontraba exactamente donde estaba el verdadero Harry, hacia la mitad del corredor de la tercera planta. Harry lo miró con atención. Su otro yo de tinta parecía golpear a la bruja con la varita. Rápidamente, Harry extrajo su varita y le dio a la estatua unos golpecitos. Nada ocurrió. Volvió a mirar el mapa. Al lado de la mota había un diminuto letrero que decía:

Dissendio.

—¡Dissendio! —susurró Harry, volviendo a golpear con la varita la estatua

de la bruja.

Inmediatamente, la joroba de la estatua se abrió lo suficiente para que pudiera pasar por ella una persona delgada. Harry miró a ambos lados del corredor, guardó el mapa, metió la cabeza por el agujero y se impulsó hacia delante. Se deslizó por un largo trecho de lo que parecía un tobogán de piedra y aterrizó en una tierra fría y húmeda. Se puso en pie, mirando a su alrededor.

Estaba totalmente oscuro. Levantó la varita, murmuró ¡Lumos!, y vio que se encontraba en un pasadizo muy estrecho, bajo y cubierto de barro. Levantó el mapa, lo golpeó con la punta de la varita y dijo: «¡Travesura realizada!» El mapa se quedó inmediatamente en blanco. Lo dobló con cuidado, se lo guardó en la túnica, y con el corazón latiéndole con fuerza, sintiéndose al mismo tiempo emocionado y temeroso, se puso en camino.

El pasadizo se doblaba y retorcía, más parecido a la madriguera de un conejo gigante que a ninguna otra cosa. Harry corrió por él, con la varita por delante, tropezando de vez en cuando en el suelo irregular. Tardó mucho, pero a Harry le animaba la idea de llegar a Honeydukes.

Después de una hora más o menos, el camino comenzó a ascender. Jadeando, aceleró el paso. Tenía la cara caliente y los pies muy fríos.

Diez minutos después, llegó al pie de una escalera de piedra que se perdía en las alturas. Procurando no hacer ruido, comenzó a subir. Cien escalones, doscientos... perdió la cuenta mientras subía mirándose los pies... Luego, de improviso, su cabeza dio en algo duro. Parecía una trampilla. Aguzó el oído mientras se frotaba la cabeza. No oía nada. Muy despacio, levantó ligeramente la trampilla y miró por la rendija.

Se encontraba en un sótano lleno de cajas y cajones de madera. Salió y volvió a bajar la trampilla. Se disimulaba tan bien en el suelo cubierto de polvo que era imposible que nadie se diera cuenta de que estaba allí. Harry anduvo sigilosamente hacia la escalera de madera. Ahora oía voces, además del tañido de una campana y el chirriar de una puerta al abrirse y cerrarse.

Mientras se preguntaba qué haría, oyó abrirse otra puerta mucho más cerca de él. Alguien se dirigía hacia allí.

—Y toma otra caja de babosas de gelatina, querido. Casi se han acabado —dijo una voz femenina.

Un par de pies bajaba por la escalera. Harry se ocultó tras un cajón grande y aguardó a que pasaran. Oyó que el hombre movía unas cajas y las ponía contra la pared de enfrente. Tal vez no se presentara otra oportunidad...

Rápida y sigilosamente, salió del escondite y subió por la escalera. Al mirar hacia atrás vio un trasero gigantesco y una cabeza calva y brillante metida en una caja. Harry llegó a la puerta que estaba al final de la escalera, la atravesó y se encontró tras el mostrador de Honeydukes. Agachó la cabeza, salió a gatas y se volvió a incorporar.

Honeydukes estaba tan abarrotada de alumnos de Hogwarts que nadie se fijó en Harry. Pasó por detrás de ellos, mirando a su alrededor; y tuvo que contener la risa al imaginarse la cara que pondría Dudley si pudiera ver dónde se encontraba. La tienda estaba llena de estantes repletos de los dulces más apetitosos que se puedan imaginar. Cremosos trozos de turrón, cubitos de helado de coco de color rosa trémulo, gruesos caramelos de café con leche, cientos de chocolates diferentes puestos en filas. Había un barril enorme lleno de alubias de sabores y otro de Meigas Fritas, las bolas de helado levitador de las que le había hablado Ron. En otra pared había dulces de efectos especiales: el chicle droobles, que hacía los mejores globos (podía llenar una habitación de globos de color jacinto que tardaban días en explotar), la rara seda dental con sabor a menta, diablillos negros de pimienta (¡quema a tus amigos con el aliento!); ratones de helado (¡oye a tus dientes rechinar y castañetear!); crema de menta en forma de sapo (¡realmente saltan en el estómago!); frágiles plumas de azúcar hilado y caramelos que estallaban.

Harry vio una figura alta entre los alumnos, cerca del mostrador y se puso pálido. El sanador Snape se encontraba allí, pagando unas compras. Luego se marchó, cargando unas bolsas, entre la marea de gente.

Harry se apretujó entre una multitud de chicos de sexto, y vio un letrero colgado en el rincón más apartado de la tienda (Sabores insólitos). Ron y Hermione estaban debajo, observando una bandeja de pirulines con sabor a sangre. Harry se les acercó a hurtadillas por detrás.

—Uf, no, Harry no querrá de éstos. Creo que son para vampiros —decía Hermione.

—¿Y qué te parece esto? —dijo Ron acercando un tarro de cucarachas a la nariz de Hermione.

—Aún peor —dijo Harry.

A Ron casi se le cayó el tarro al suelo.

—¡Harry! —gritó Hermione—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo... como lo has hecho...?

—¡Wow! —dijo Ron muy impresionado—. ¡Has aprendido a materializarte!

—Por supuesto que no —dijo Harry. Bajó la voz para que ninguno de los de sexto pudiera oírle y les contó lo del mapa del merodeador.

—¿Por qué Fred y George no me lo han dejado nunca? ¡Son mis hermanos!

—¡Pero Harry no se quedará con él! —dijo Hermione, como si la idea fuera absurda—. Se lo entregará a la profesora McGonagall. ¿A que sí, Harry?

—¡No! —contestó Harry

—¿Estás loca? —dijo Ron, mirando a Hermione con ojos muy abiertos—. ¿Entregar algo tan estupendo?

—¡Si lo entrego tendré que explicar dónde lo conseguí! Filch se enteraría de que Fred y George se lo robaron.

—Pero ¿y Sirius Black? —susurró Hermione—. ¡Podría estar utilizando alguno de los pasadizos del mapa para entrar en el castillo! ¡Los profesores tienen que saberlo!

—No puede entrar por un pasadizo —dijo enseguida Harry—. Hay siete pasadizos secretos en el mapa, ¿verdad? Fred y George saben que Filch conoce cuatro. Y en cuanto a los otros tres... uno está bloqueado y nadie lo puede atravesar; otro tiene plantado en la entrada el sauce boxeador; de forma que no se puede salir; y el que acabo de atravesar yo..., bien..., es realmente difícil distinguir la entrada, ahí abajo, en el sótano... Así que a menos que supiera que se encontraba allí...

Harry dudó. ¿Y si Black sabía que la entrada del pasadizo estaba allí?

Ron, sin embargo, se aclaró la garganta y señaló un rótulo que estaba pegado en la parte interior de la puerta de la tienda:

POR ORDEN DEL MINISTERIO DE MAGIA

Se recuerda a los clientes que hasta nuevo aviso los dementores

patrullarán las calles cada noche después de la puesta de sol. Se ha

tomado esta medida pensando en la seguridad de los habitantes de

Hogsmeade y se levantará tras la captura de Sirius Black. Es

aconsejable, por lo tanto, que los ciudadanos finalicen las compras

mucho antes de que se haga de noche.

¡Felices Fiestas!

—¿Lo ven? —dijo Ron en voz baja—. Me gustaría ver a Black tratando de entrar en Honeydukes con los dementores por todo el pueblo. De cualquier forma, los propietarios de Honeydukes lo oirían entrar, ¿no? Viven encima de la tienda.

—Sí, pero... —Parecía que Hermione se esforzaba por hallar nuevas objeciones—. Mira, a pesar de lo que digas, Harry no debería venir a Hogsmeade porque no tiene autorización. ¡Si alguien lo descubre se verá en un grave aprieto! Y todavía no ha anochecido: ¿qué ocurriría si Sirius Black apareciera hoy? ¿Si apareciera ahora?

—Pues que se las vería negras para localizar aquí a Harry —dijo Ron, señalando con la cabeza la nieve densa que formaba remolinos al otro lado de las ventanas con parteluz. Vamos, Hermione, es Navidad. Harry se merece un descanso.

Hermione se mordió el labio. Parecía muy preocupada.

—¿Me vas a delatar? —le preguntó Harry con una sonrisa.

—Claro que no, pero, la verdad...

—¿Has visto las Meigas Fritas, Harry? —preguntó Ron, cogiéndolo del brazo y llevándoselo hasta el barril en que estaban—. ¿Y las babosas de gelatina? ¿Y las píldoras ácidas? Fred me dio una cuando tenía siete años. Me hizo un agujero en la lengua. Recuerdo que mi madre le dio una buena paliza con la escoba. —Ron se quedó pensativo, mirando la caja de píldoras—. ¿Creen que Fred picaría y cogería una cucaracha si le dijera que son cacahuates?

Después de pagar los dulces que habían cogido, salieron los tres a la ventisca de la calle.

Hogsmeade era como una postal de Navidad. Las tiendas y casitas con techos de paja estaban cubiertas por una capa de nieve crujiente. En las puertas había adornos navideños y filas de velas embrujadas que colgaban de los árboles.

A Harry le dio un escalofrío. A diferencia de Ron y Hermione, no tenía su capa. Subieron por la calle, inclinando la cabeza contra el viento.

Ron y Hermione gritaban con la boca tapada por la bufanda.

—Ahí están los correos.

—Zonko está allí.

—Podríamos ir a la Casa de los Gritos.

—Les propongo otra cosa —dijo Ron, castañeteando los dientes—. ¿Qué tal si tomamos una cerveza de mantequilla en Las Tres Escobas?

A Harry le apetecía muchísimo, porque el viento era horrible y tenía las manos congeladas. Así que cruzaron la calle y a los pocos minutos entraron en el bar.

Estaba calentito y lleno de gente, de bullicio y de humo. Una mujer guapa y de buena figura servía a un grupo de pendencieros en la barra.

—Ésa es la señora Rosmerta —dijo Ron—. Voy por las bebidas, ¿eh? — añadió sonrojándose un poco.

Harry y Hermione se dirigieron a la parte trasera del bar; donde quedaba libre una mesa pequeña, entre la ventana y un bonito árbol navideño, al lado de la chimenea. Ron regresó cinco minutos más tarde con tres jarras de caliente y espumosa cerveza de mantequilla.

—¡Felices Fiestas! —dijo levantando la jarra, muy contento.

Harry bebió hasta el fondo. Era lo más delicioso que había probado en la vida, y reconfortaba cada célula del cuerpo.

Una repentina corriente de aire lo despeinó. Se había vuelto a abrir la puerta de Las Tres Escobas. Harry echó un vistazo por encima de la jarra y casi se atragantó.

La profesora McGonagall acababa de entrar en el bar con una ráfaga de copos de nieve. La seguía Hagrid muy de cerca, inmerso en una conversación con un hombre corpulento que llevaba un sombrero hongo de color verde lima y una capa de rayas finas: era Cornelius Fudge, el ministro de Magia. En menos de un segundo, Ron y Hermione obligaron a Harry a agacharse y esconderse debajo de la mesa, empujándolo con las manos. Chorreando cerveza de mantequilla y en cuclillas, empuñando con fuerza la jarra vacía, Harry observó los pies de los tres adultos, que se acercaban a la barra, se detenían, se daban la vuelta y avanzaban hacia donde él estaba.

Hermione susurró:

—¡Mobiliarbo!

El árbol de Navidad que había al lado de la mesa se elevó unos centímetros, se corrió hacia un lado y, suavemente, se volvió a posar delante de ellos, ocultándolos. Mirando a través de las ramas más bajas y densas, Harry vio las patas de tres sillas que se separaban de la mesa de al lado, y oyó a los profesores y al ministro resoplar y suspirar mientras se sentaban. Luego vio otro par de pies con zapatos de tacón alto y de color turquesa brillante, y oyó una voz femenina:

—Una tacita de alhelí...

—Para mí —indicó la voz de la profesora McGonagall.

—Dos litros de hidromiel caliente con especias...

—Gracias, Rosmerta —dijo Hagrid.

—El ron de grosella tiene que ser para usted, señor ministro.

—Gracias, Rosmerta, querida —dijo la voz de Fudge—. Estoy encantado de volver a verte. Tómate tú otro, ¿quieres? Ven y únete a nosotros...

—Muchas gracias, señor ministro.

Harry vio alejarse y regresar los llamativos tacones. Sentía los latidos del corazón en la garganta. ¿Cómo no se le había ocurrido que también para los profesores era el último fin de semana del trimestre? ¿Cuánto tiempo se quedarían allí sentados? Necesitaba tiempo para volver a entrar en Honeydukes a hurtadillas si quería volver al colegio aquella noche... A la pierna de Hermione le dio un tic.

—¿Qué le trae por estos pagos, señor ministro? —dijo la voz de la señora Rosmerta.

Harry vio girarse la parte inferior del grueso cuerpo de Fudge, como si estuviera comprobando que no había nadie cerca. Luego dijo en voz baja:

—¿Qué va a ser; querida? Sirius Black. Me imagino que sabes lo que ocurrió en el colegio en Halloween.

—Sí, oí un rumor —admitió la señora Rosmerta.

—¿Se lo contaste a todo el bar; Hagrid? —dijo la profesora McGonagall enfadada.

—¿Cree que Black sigue por la zona, señor ministro? —susurró la señora Rosmerta.

—Estoy seguro —dijo Fudge escuetamente.

—¿Sabe que los dementores han registrado ya dos veces este local? — dijo la señora Rosmerta—. Me espantaron a toda la clientela. Es fatal para el negocio, señor ministro.

—Rosmerta querida, a mí no me gustan más que a ti —dijo Fudge con incomodidad—. Pero son precauciones necesarias... Son un mal necesario. Acabo de tropezarme con algunos: están furiosos con Dumbledore porque no los deja entrar en los terrenos del castillo.

—Menos mal —dijo la profesora McGonagall tajantemente. —¿Cómo íbamos a dar clase con esos monstruos rondando por allí?

La puerta se volvió a abrir.

—¡Christopher! —saludó Hagrid alegremente. A Harry casi se le congeló el estómago al oir su nombre—. ¡Ven a sentarte con nosotros!

—Oh, no quiero molestarlos.

—No es ninguna molestia —dijo McGonagall—. Señor ministro, le presento al sanador Snape, nuestro nuevo profesor de Encantamientos.

—Un gusto, sanador.

—Encantado de conocerlo —dijo el sanador Snape, ya sentándose en la única silla libre. Harry vio como dejaba unas bolsas con compras, incluyendo una de Honeydukes.

—¿Quiere tomar algo, sanador? —preguntó la señora Rosmerta.

—Mocaccino, por favor.

—Enseguida.

La señora Rosmerta se levantó y fue hacia la barra.

—Así que usted es sanador —comentó Fudge —¿Qué tipo de sanador?

—Sanador experto en encantamientos y sanador de mentes.

—¡Vaya, un sanador de mentes! No hay muchos que sigan esa especialidad.

Harry frunció el ceño. ¿Qué era un sanador de mentes?

—Es una lástima. No tiene idea de lo que hace falta y lo subestimada que es mi carrera porque no solemos agitar la varita y resolver los problemas con magia.

—Muy cierto, muy cierto. ¿Y que lo hizo dejar San Mungo?

—Mi hermano Severus es profesor de Pociones aquí y quise pasar tiempo con él. Con nuestros trabajos no nos veíamos con mucha frecuencia.

Madame Rosmerta volvió a la mesa y Harry escuchó un tintineo.

—Su mocaccino, sanador.

—Gracias, Rosmerta.

—Como iba diciendo antes de que el sanador llegara —objetó Fudge—, los dementores están aquí para defendernos de algo mucho peor. Todos sabemos de lo que Black es capaz...

—¿Saben? Todavía me cuesta creerlo —dijo pensativa la señora Rosmerta—. De toda la gente que se pasó al lado Tenebroso, Sirius Black era el último del que hubiera pensado... Quiero decir, lo recuerdo cuando era un niño en Hogwarts. Si me hubieran dicho entonces en qué se iba a convertir; habría creído que habían tomado demasiado hidromiel.

—No sabes la mitad de la historia, Rosmerta —dijo Fudge con aspereza—. La gente desconoce lo peor.

—¿Lo peor? —dijo la señora Rosmerta con la voz impregnada de curiosidad—. ¿Peor que matar a toda esa gente?

—Desde luego, eso quiero decir —dijo Fudge.

—No puedo creerlo. ¿Qué podría ser peor?

—Dices que te acuerdas de cuando estaba en Hogwarts, Rosmerta —susurró la profesora McGonagall—. ¿Sabes quién era su mejor amigo?

—Pues claro —dijo la señora Rosmerta riendo ligeramente—. Nunca se veía al uno sin el otro. ¡La de veces que estuvieron aquí! Siempre me hacían reír. ¡Un par de cómicos, Sirius Black y James Potter!

A Harry se le cayó la jarra de la mano, produciendo un fuerte ruido de metal. Ron le dio con el pie.

—Exactamente —dijo la profesora McGonagall—. Black y Potter. Cabecillas de su pandilla. Los dos eran muy inteligentes. Excepcionalmente inteligentes. Creo que nunca hemos tenido dos alborotadores como ellos.

—No sé —dijo Hagrid, riendo entre dientes—. Fred y George Weasley podrían dejarlos atrás.

—Los gemelos Weasley no se parecen en nada a Potter y Black—terció el sanador Snape, con tono amargo.

—¡Eran inseparables! —dijo Fudge, ignorando la acotación del sanador—. Potter confiaba en Black más que en ningún otro amigo. Nada cambió cuando dejaron el colegio. Black fue el padrino de boda cuando James se casó con Lily. Luego fue el padrino de Harry. Harry no sabe nada, claro. Ya te puedes imaginar cuánto se impresionaría si lo supiera.

—¿Porque Black se alió con Quien Ustedes Saben? —susurró la señora Rosmerta.

—Aún peor; querida... —Fudge bajó la voz y continuó en un susurro casi inaudible—. Los Potter no ignoraban que Quien Tú Sabes iba tras ellos. Dumbledore, que luchaba incansablemente contra Quien Tú Sabes, tenía cierto número de espías. Uno le dio el soplo y Dumbledore alertó inmediatamente a James y a Lily. Les aconsejó ocultarse. Bien, por supuesto que Quien Tú Sabes no era alguien de quien uno se pudiera ocultar fácilmente. Dumbledore les dijo que su mejor defensa era el encantamiento Fidelio.

—¿Cómo funciona eso? —preguntó la señora Rosmerta, muerta de curiosidad.

El sanador Snape carraspeó.

—El encantamiento Fidelio es un hechizo antiguo y complicado que supone el ocultamiento mágico de algo dentro de una sola mente —dijo, como si estuviera frente a una clase—. La información se oculta dentro de la persona o las personas elegidas, a la cual se le denomina guardián del secreto. Una vez hecho el hechizo, es imposible encontrar lo que se ha guardado, a menos que el guardián secreto lo divulgue de manera voluntaria. No se puede revelar bajo tortura, encantamientos o pociones que lo podrían hacer hablar. El Innombrable podría haber tenido la casa de los Potter en la cara y no poder verlos.

—¿Así que Black era el guardián secreto de los Potter? —susurró la señora Rosmerta.

—Naturalmente —dijo la profesora McGonagall—. James Potter le dijo a Dumbledore que Black daría su vida antes de revelar dónde se ocultaban, y que Black estaba pensando en ocultarse él también... Y aun así, Dumbledore seguía preocupado. Él mismo se ofreció como guardián secreto de los Potter.

—¿Sospechaba de Black? —exclamó la señora Rosmerta.

—Dumbledore estaba convencido de que alguien cercano a los Potter había informado a Quien Tú Sabes de sus movimientos —dijo la profesora McGonagall con voz misteriosa—. De hecho, llevaba algún tiempo sospechando que en nuestro bando teníamos un traidor que pasaba información a Quien Tú Sabes.

—¿Y a pesar de todo James Potter insistió en que el guardián secreto fuera Black?

—Así es —confirmó Fudge—. Y apenas una semana después de que se hubiera llevado a cabo el encantamiento Fidelio...

—¿Black los traicionó? —musitó la señora Rosmerta.

—Desde luego. Black estaba cansado de su papel de espía. Estaba dispuesto a declarar abiertamente su apoyo a Quien Tú Sabes. Y parece que tenía la intención de hacerlo en el momento en que murieran los Potter. Pero como sabemos todos, Quien Tú Sabes sucumbió ante el pequeño Harry Potter. Con sus poderes destruidos, completamente debilitado, huyó. Y esto dejó a Black en una situación incómoda. Su amo había caído en el mismo momento en que Black había descubierto su juego. No tenía otra elección que escapar...

—Sucio y asqueroso traidor —dijo Hagrid, tan alto que la mitad del bar se quedó en silencio.

—Chist —dijo la profesora McGonagall.

—Hagrid, por favor… —le dijo el sanador Snape, en tono tranquilizador.

—¡Me lo encontré —bramó Hagrid—, seguramente fui yo el último que lo vio antes de que matara a toda aquella gente! ¡Fui yo quien rescató a Harry de la casa de Lily y James, después de su asesinato! Lo saqué de entre las ruinas, pobrecito. Tenía una herida grande en la frente y sus padres habían muerto... Y Sirius Black apareció en aquella moto voladora que solía llevar. No se me ocurrió preguntarme lo que había ido a hacer allí. No sabía que él había sido el guardián secreto de Lily y James. Pensé que se había enterado del ataque de Quien Ustedes Saben y había acudido para ver en qué podía ayudar. Estaba pálido y tembloroso. ¿Y saben lo que hice? ¡ME PUSE A CONSOLAR A AQUEL TRAIDOR ASESINO! —exclamó Hagrid.

—Hagrid, por favor —dijo la profesora McGonagall—, baja la voz.

—No tenías manera de saberlo —le dijo el sanador Snape

—¡Claro que no lo sabía! ¿Cómo iba a saber yo que su turbación no se debía a lo que les había pasado a Lily y a James? ¡Lo que le turbaba era la suerte de Ya Saben Quién! Y entonces me dijo: "Dame a Harry, Hagrid. Soy su padrino. Yo cuidaré de él..." ¡Ja! ¡Pero yo tenía órdenes de Dumbledore y le dije a Black que no! Dumbledore me había dicho que Harry tenía que ir a casa de sus tíos. Black discutió, pero al final tuvo que ceder. Me dijo que tomara su moto para llevar a Harry hasta la casa de los Dursley —el sanador Snape carraspeó, pero no dijo nada— "No la necesito ya", me dijo. Tendría que haberme dado cuenta de que había algo raro en todo aquello. Adoraba su moto. ¿Por qué me la daba? ¿Por qué decía que ya no la necesitaba? La verdad es que una moto deja demasiadas huellas, es muy fácil de seguir. Dumbledore sabía que él era el guardián de los Potter. Black tenía que huir aquella noche. Sabía que el Ministerio no tardaría en perseguirlo. Pero ¿y si le hubiera entregado a Harry, eh? Apuesto a que lo habría arrojado de la moto en alta mar. ¡Al hijo de su mejor amigo! Y es que cuando un mago se pasa al lado tenebroso, no hay nada ni nadie que le importe...

—Ya, ya, tranquilo —le dijo el sanador Snape, seguido por el ruido de unas palmadas en el hombro.

—Lo siento —dijo Hagrid—. También te ha afectado a ti, ¿verdad? Lilly era una de tus mejores amigas.

Hubo un corto silencio, seguido del sonido de un sorbo de una taza.

—Era amiga mía, sí. Incluso fue dama de honor cuando me casé y bromeamos sobre que, si ella llegaba a tener dos hijos, yo debería ser el padrino del segundo —dijo el sanador Snape, con un tono amargo.

—No sabía que usted había sido amigo de Lilly —murmuró Fudge, asombrado.

—Ahora lo recuerdo. Solías venir aquí con tus amigas o con tu hermano. Siempre rodeado de chicas guapas.

Christopher soltó una risotada.

—No exageres, Rosmerta, no era ningún casanova, solo que me resultaba más fácil ser amigo de las chicas.

—¿Tuvieron contacto después de Hogwarts? —preguntó Fudge.

—En los últimos tiempos no nos hablábamos mucho, por la guerra y el ambiente de desconfianza a nuestro alrededor. Fue muy triste enterarme de lo que le sucedió por culpa de confiar en la persona equivocada.

—Pero no consiguió huir; ¿verdad? El Ministerio de Magia lo atrapó al día siguiente —dijo Madame Rosmerta, con cierta satisfacción en su voz

—¡Ah, si lo hubiéramos encontrado nosotros...! —dijo Fudge con amargura—. No fuimos nosotros, fue el pequeño Peter Pettigrew: otro de los amigos de Potter. Enloquecido de dolor; sin duda, y sabiendo que Black era el guardián secreto de los Black, él mismo lo persiguió.

—¿Pettigrew...? ¿Aquel gordito que lo seguía a todas partes? —preguntó la señora Rosmerta.

—Adoraba a Black y a Potter. Eran sus héroes —dijo la profesora McGonagall—. No era tan inteligente como ellos y a menudo yo era brusca con él. Pueden imaginarse cómo me pesa ahora... —Su voz sonaba como si tuviera un resfriado repentino.

—Venga, venga, Minerva —le dijo Fudge amablemente—. Pettigrew murió como un héroe. Los testigos oculares (muggles, por supuesto, tuvimos que borrarles la memoria...) nos contaron que Pettigrew había arrinconado a Black. Dicen que sollozaba: "¡A Lily y a James, Sirius! ¿Cómo pudiste...?" Y entonces sacó la varita. Aunque, claro, Black fue más rápido. Hizo polvo a Pettigrew.

La profesora McGonagall se sonó la nariz y dijo con voz llorosa:

—¡Qué chico más alocado, qué bobo! Siempre fue muy malo en los duelos. Tenía que habérselo dejado al Ministerio...

—Le digo que si yo hubiera encontrado a Black antes que Pettigrew, no habría perdido el tiempo con varitas... Lo habría descuartizado, miembro por miembro —gruñó Hagrid.

—No sabes lo que dices, Hagrid —dijo Fudge con brusquedad—. Nadie salvo los muy preparados Magos de Choque del Grupo de Operaciones Mágicas Especiales habría tenido una oportunidad contra Black, después de haberlo acorralado. En aquel entonces yo era el subsecretario del Departamento de Catástrofes en el Mundo de la Magia, y fui uno de los primeros en personarse en el lugar de los hechos cuando Black mató a toda aquella gente. Nunca, nunca lo olvidaré. Todavía a veces sueño con ello. Un cráter en el centro de la calle, tan profundo que había reventado las alcantarillas. Había cadáveres por todas partes. Muggles gritando. Y Black allí, riéndose, con los restos de Pettigrew delante... Una túnica manchada de sangre y unos... unos trozos de su cuerpo.

La voz de Fudge se detuvo de repente. Cuatro narices se sonaron.

—Bueno, ahí lo tienes, Rosmerta —dijo Fudge con la voz tomada—. A Black se lo llevaron veinte miembros del Grupo de Operaciones Mágicas Especiales, y Pettigrew fue investido Caballero de primera clase de la Orden de Merlín, que creo que fue de algún consuelo para su pobre madre. Black ha estado desde entonces en Azkaban.

La señora Rosmerta dio un largo suspiro.

—¿Es cierto que está loco, señor ministro?

—Me gustaría poder asegurar que lo estaba —dijo Fudge—. Ciertamente creo que la derrota de su amo lo trastornó durante algún tiempo. El asesinato de Pettigrew y de todos aquellos muggles fue la acción de un hombre acorralado y desesperado: cruel, inútil, sin sentido. Sin embargo, en mi última inspección de Azkaban pude ver a Black. La mayoría de los presos que hay allí hablan en la oscuridad consigo mismos. Han perdido el juicio... Pero me quedé sorprendido de lo normal que parecía Black. Estuvo hablando conmigo con total sensatez. Fue desconcertante. Me dio la impresión de que se aburría. Me preguntó si había acabado de leer el periódico. Tan sereno como se puedan imaginar; me dijo que echaba de menos los crucigramas. Sí, me quedé estupefacto al comprobar el escaso efecto que los dementores parecían tener sobre él. Y él era uno de los que estaban más vigilados en Azkaban, ¿saben? Tenía dementores ante la puerta día y noche.

—Pero ¿qué pretende al fugarse? —preguntó la señora Rosmerta—. ¡Dios mío, señor ministro! No intentará reunirse con Quien Usted Sabe, ¿verdad?

—Me atrevería a afirmar que es su... su... objetivo final —respondió Fudge evasivamente—. Pero esperamos atraparlo antes. Tengo que decir que Quien Tú Sabes, solo y sin amigos, es una cosa... pero con su más devoto seguidor, me estremezco al pensar lo poco que tardará en volver a alzarse...

Hubo un sonido hueco, como cuando el vidrio golpea la madera. Alguien había dejado su vaso.

—Si tiene que cenar con el director, Cornelius, lo mejor será que nos vayamos acercando al castillo.

Todos los pies que había ante Harry volvieron a soportar el cuerpo de sus propietarios. La parte inferior de las capas se balanceó y los llamativos tacones de la señora Rosmerta desaparecieron tras el mostrador. El sanador Snape tomó las bolsas de compra que había dejado en el suelo. Volvió a abrirse la puerta de Las Tres Escobas, entró otra ráfaga de nieve y los profesores desaparecieron.

—¿Harry?

Las caras de Ron y Hermione se asomaron bajo la mesa. Los dos lo miraron fijamente, sin saber qué decir.