Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la trama a JAnnMcCole. Yo solo traduzco.
Capítulo diecisiete
Ser proactivo
"La defensa es nuestro mejor ataque." ~Jay Weatherill
EDWARD
—¿Cuánto nos está costando ese niño? —Mi padre suspiró, fumando como una máquina a vapor mientras se inclinaba contra mi Mustang del 69.
Me ubiqué a su lado, reajustando mis guantes.
—$58.378,23. Pero pagué directamente sesenta para terminar con esto.
Dios, odio el frío. Pero qué podía esperar del invierno en Chicago. Los últimos meses habían pasado lenta y dolorosamente y ahora, aquí estamos, parados y congelándonos por un niño.
—Podría pensar en diez diferentes cosas para gastar esos sesenta mil dólares y ninguna de ellas sería traficar a un niño por la frontera. —Sonrió.
Sesenta mil era un granito de sal para nosotros. Él simplemente estaba aburrido, tan aburrido que incluso comenzó a escribir.
—No tenías que venir, padre.
—En estos momentos, no tienes hermanos. Pensé que podría usar el tiempo de calidad ahora que estás a semanas de convertirte en padre.
La tormenta más grande que había caído sobre nosotros en los últimos meses era Alice, y apenas podía culparla. Ella tuvo una histerectomía y cada día que veía a Bella embarazada, se quebraba. Al final, fue demasiado y Jasper se la llevó devuelta al castillo en Irlanda. Todavía le quedaba meses de recuperación, además de otra ronda de quimio. Emmett y Rose estaban a un paso de desaparecer de la faz de la tierra. Después de su exilio, él y Rose solo me hablaban cuando tenían que hacerlo por la campaña electoral. Tenía que darles crédito, al fin eran buenos en algo al ser marionetas. Sonreían para las cámaras, y nos hacían ver bien. En unas semanas, vendrían a casa y voy a tener que hablar con Emmett. Sin embargo, por ahora necesitaba asegurarme que todas las escotillas estuvieran cerradas.
Era por esa razón que estacionamos afuera de la ciudad, esperando mi paquete debajo del puente.
—¿Estás nervioso? —preguntó mi padre, tendiéndome un cigarro. Le hice seña de que no. No valía la pena que Bella me regañara por el olor a humo. Se encontraba más sensible ahora.
—¿Nervioso sobre qué?
—Sobre tu hijo. Entendí por qué tú y Bella no quisieron hablar de ello mientras existía la probabilidad de que lo perdiera. Tu madre y yo hemos intentado darles algo de tiempo para que lo asimilen, pero estamos sorprendidos de que no hayan tenido más preocupaciones. Ninguno siquiera mencionó el cuarto, Bella no quiso un baby shower…
—Ella no quiso un baby shower porque los dos sabíamos muy bien que ella no lo hubiera soportado y hubiera matado a cada uno de nosotros. —Podía verla ahora, con un sonajero en la mano, golpeándole la cabeza a un pobre idiota, probablemente yo. Bella y yo hemos hablado sobre el bebé, hemos pasado nuestras noches hablando de él. Cómo lo llamaríamos, cómo manejaríamos el trabajo y ser padres. Bella no se abría bien a las personas. Nos había llevado dos años de matrimonio para que ella fuera honestamente abierta conmigo. Recurrir a mis padres no era algo que creía que pudiera hacer todavía.
—Sé que tú y mamá quieren ser incluidos más, pero Bella no es buena siendo personal, ya saben esto. Está trabajando en ello y no puedo presionarla. Estamos pensando en llamarlo Ethan Antonio Cullen.
—¿Ethan? —Sonrió, girándose hacia mí.
—Sí. —Sonreí en respuesta—. Quería algo irlandés, y ella me mandó a la mierda, me dijo que su apellido ya era suficientemente irlandés. Estuvo leyendo nombres italianos, y con cada uno le preguntaba si eran nombres de bocados o entradas. Llegamos a la letra "E" y Ethan simplemente apareció. Siéntete libre de contárselo a mamá así puede comenzar a tejer sweaters con su nombre. Con suerte, eso la mantendrá lejos de lo del baby shower.
—Sobre eso… —comenzó.
—Por favor, dime que no… Por favor, por el amor de Dios, no me digas que madre siguió con eso. —Apartándome del coche, me giré hacia él. Continuó fumando, intentando no mirarme a los ojos.
—¿Me estás jodiendo? Estoy haciendo todo lo malditamente posible para sobrevivir a las próximas semanas… Ella va a pensar que esto fue mi…
—Aw, pobrecito el Jefe le tiene miedo a su esposa enorme y embarazada. —Rio, lanzando su cigarro al suelo.
—Lo dice el hombre que probablemente intentó convencer a su esposa de que no lo haga y falló. Y le haré saber que la llamaste enorme. —Como si pudiera enfrentarse a su mujer. Ambos estábamos jodidos y ni bien tenga la oportunidad, iba a lanzarlo debajo del autobús.
—Tu paquete está aquí. —Asintió hacia la camioneta que conducía hacia nosotros.
Levanté la mirada hacia el puente, observé a las armas esperando mientras la vieja camioneta estacionaba frente a nosotros. Odiaba lidiar con traficantes de personas, me daban asco. La mierda que hacíamos, lo que vendíamos era para aquel que lo quería. Nosotros no le sosteníamos la jeringa sobre sus venas, o el polvo en sus narices. Era todo por su propia voluntad. Los traficantes eran enfermos y se merecían todo lo que les pasaba, pero sí sabían conseguir un cuerpo… y necesitaba a este chico.
Cuatro hombres sacaron al pequeño niño de la camioneta, sus manos estaban atadas y tenía una venda sobre sus ojos. El pobre niño debía llegar a la altura de mi cadera. Se retorcía y luchaba contra el agarre de los hombres, llorando. Lo sostenían del cuello de su camiseta sucia.
—Te dije que no debería ser lastimado y que le informen a dónde se lo llevaban.
—Está vivo, ¿o no? Y tiene suerte porque tuvimos otra oferta por él. Te va a costar otros diez. O nos lo llevamos.
No sabía por qué las personas elegían probar mi paciencia. Era como si quisieran probar repetidamente que estaba dispuesto a molerlos a palos. Mi padre me miró de reojo con una sonrisa diabólica en su rostro que igualó la mía. Asentí y él supo lo que significaba.
—Suelten al niño y obtienen el dinero que acordamos, junto con tus brazos.
Sonrieron entre ellos antes de agarrar al niño de nuevo…
—¡No! ¡No! ¡Déjame ir! ¡Suelta! —gritó él, intentando luchar.
Respiré profundo, tomé los fajos de mi chaqueta y se los lancé hacia ellos.
—Esa es la mitad que te debo —les dije antes de lanzar otros diez—. Y ahí están los diez. Ahora, entrégame mi paquete.
Estaban contentos de haber chantajeado a un Cullen. Soltaron al niño como una bolsa de papas al suelo. Caminé hacia él, le quité la venda y las sogas.
—¿Quién hubiera dicho que el legendario Cullen tuviera un gusto por los jóvenes exóticos? Podemos hacer de esto un negocio permanente.
—Espera un segundo —les dije antes de mirar hacia abajo.
—Estás a salvo —le susurré. Sus ojos estaban abiertos de par en par, asustado. Disfrutaba de esa mirada en los adultos, en hombres, pero los niños que ni siquiera tienen todos sus dientes, me enfurecía.
—Te voy a llevar con tu madre. Te lo prometo, siéntate en mi coche. —Miró a mi padre y de vuelta a mí.
—¿Me lleva con mi mamá?
—Lo prometo.
Asintiendo lentamente, tomó mi mano y caminamos los tres metros hacia mi coche. Mi padre simplemente abrió la puerta para él y usó su cuerpo para escudar la ventana. Nuestros ojos se encontraron justo antes de que me sacara la chaqueta y la lanzara sobre el capó para no permitirles que vieran las dos armas en mi espalda. Él simplemente sacó otro cigarro, el hombre siempre cargaba uno.
—¿Qué mierda es esto, Cullen? —gritaron, sacando sus juguetes mientras dos de mis coches nos rodeaban. Uno por uno, salieron mis hombres, apuntando armas hacia ellos.
—Esto, mis amigos, es lo que pasa cuando intentas estafarme. Cuando me insultas. Cada uno de mis hombres están ansiosos por arrancarles la cabeza. Sugeriría que dejen caer sus armas. —Sus ojos oscuros observaron los nueve barriles apuntando a sus rostros antes de que la gravedad hiciera efecto en sus armas. Las dejaron caer a sus pies, levantando sus manos en rendición.
Cruzándome de brazos sobre mi pecho, observé al último hombre de la derecha, que seguía sosteniendo mi dinero en sus manos peludas. Acercándose, el hombre me tendió todo antes de volverse a la línea. Caminando hacia mi chaqueta, dejé el dinero y comencé a silbar. Saqué mi navaja y mi arma antes de volver.
—Desnúdense —demandé.
—Vete a la m… —Antes que pudiera terminar, lancé mi navaja a su nariz. Su cuerpo cayó hacia atrás mientras se ahogaba en su propia sangre, jadeando por aire y llorando de dolor.
El resto de ellos ni respiraba, solo comenzaron a desnudarse.
—No tengo respeto por ustedes, cerdos, pero estaba dispuesto a dejar eso a un lado por el negocio. Sin embargo, llegaron tarde, fueron desagradecidos, irrespetuosos, y me duele. —Suspiré, cargando seis balas en mi revolver—. Y cuando siento dolor, otra cosa tiene que doler. Es lo que hace girar mi mundo.
Sonreí y le disparé al primero en el pene. Gritó tan fuerte que estaba seguro que una vena en su cuello reventó.
—¿Sientes al mundo girar? —Sonreí.
BELLA
Me siento como una Jackie Kennedy obesa.
Suspiré, arreglando el estúpido sombrero sobre mi cabeza antes que Jacob y Seth abrieran la puerta por mí.
Ni bien mi pie cruzó la entrada y la puerta se cerró detrás de mí, estaba en territorio enemigo y yo sobresalía como un hombre de mediana edad en vacaciones de primavera. Cada insignia se giró hacia mí, algunos asombrados, otros enderezándose en su lugar y arreglando sus corbatas. Me sentía expuesta, pero ese era el punto. Es la razón por la que me puse este abrigo de lunares; con los guantes y sombrero. Quería que cada uno de los oficiales en este departamento me notaran cuando entrara en su casa.
—¿Puedo ayudarla, Sra. Cullen? —Un joven oficial rubio preguntó, acercándose rápidamente.
—¿Sabes quién soy? —Sonreí.
—Todos saben quién es usted, señora, el nombre de su esposo se encuentra por todos lados aquí. ¿Puedo ayudarla con algo? —No me gustaba la forma con la que se refirió a Edward, el tono en su voz, pero no era Bella ahora mismo. Tenía que ser Isabella Cullen, la dulce esposa de un millonario de Chicago. Había pasado un tiempo desde que habíamos derrocado a la Primera Dama y todo había estado muy tranquilo. Demasiado tranquilo para ser bueno y con las elecciones cerca, me estaba asegurando que no haya sorpresas este noviembre. Estábamos cerca de ganar.
—Sí, oficial…
—Oficial Scooter.
—Bueno, oficial, estoy buscando a la señora Morales, ella era una crida en mi casa. No he sido capaz de contactarme con ella desde hace un tiempo y estoy algo preocupada. —Todo su lenguaje corporal cambió, sus manos fueron hacia su cintura y su expresión se endureció junto con su mandíbula.
—Bueno, señora, no es necesario que se preocupe. Aparte de estar desempleada y sin su hijo, ella está bien. Debido a recientes eventos con el presidente, estamos manteniendo a nuestra testigo bajo protección. —¿Acaso este maldito intenta insultarme engañosamente?
—Recientemente supe que perdió su empleo, si por favor pudieras hacerle saber que puede volver después todo esto pase, estaría muy agradecida. —Y no te abriré la garganta.
Frunció el ceño mirándome de arriba abajo antes de echar un vistazo hacia Jacob y Seth.
—Tienes mucha protección para estar aquí solo para ver a una criada. Estoy segura que tu gente puede encontrar a una nueva rápido.
—¿Quién? ¿Ellos? —Los señalé—. Mi esposo es tan paranoico a veces y ahora que estoy embarazada se ha vuelto loco. La señora Morales ha estado trabajado para nosotros por años. Ha estado intentando traer a su hijo aquí. Cuando supe que mi cuñada la despidió, me sentí mal. Ella no solo ha hecho mucho por nosotros, sino que ahora ha ido contra la injusticia, contra la mujer más poderosa del país. Ese tipo de fuerza, me gustaría poder ayudarla. Honestamente quiero que le hagas saber que, si necesita algo, los Cullen están aquí de su lado. Puede hacer eso, ¿no, oficial? No estoy rompiendo algún código súper secreto, ¿no?
—Sí. —Asintió—. Haré que le llegue eso una vez que testifique mañana.
—Gracias, oficial Scotty…
—Scooter.
—Lo siento mucho. Soy mala con los nombres. Es mi cerebro de embarazada. ¿Puedes creer que ya estoy de ocho meses? Bueno, me iré. Gracias de nuevo. —Le ofrecí mi mano, él sonrió y estrechó la mía.
—A usted, señora Cullen. Felicitaciones por la victoria del senador.
—Todavía no ha ganado. La elección es en tres semanas. —¿O acaso tiene una bola de cristal metido en su culo?
Se encogió de hombros.
—Todos saben que ahora que la Primera Dama está afuera de la situación, tu hombre está por convertirse en el líder del mundo libre. Ustedes, los Cullen, siempre tienen toda la suerte, ¿cómo lo hacen?
¿Quiere hacer esto ahora?
—Supongo que fuimos bendecidos. Cosas buenas les pasan a las personas buenas, ¿no? Todavía no puedo creer el desastre con la Primera Dama.
—¿Sabes? —Rio—. Hay un rumor loco dando vueltas sobre que todos ustedes están conectados en esto de alguna forma. Que este fue el plan maestro de tu esposo para hacer que su hombre esté en la Casa Blanca, para sus propias intenciones. La Primera Dama dijo que ella tuvo ayuda, pero no dijo el nombre de la mujer. ¿Qué piensas de eso?
Estaba metiéndose con la mujer embarazada equivocada ahora mismo.
—¿Debería… llamar a mi esposo o mi abogado o algo? —pregunté, acariciando mi vientre.
Antes que pudiera hablar, Sam se acercó a él.
—¿Señora Cullen? ¿Hay algo que pueda hacer por usted? Lo siento, ninguno de nosotros sabía que vendría hoy.
—No, ¿oficial…?
—Uley, señora. Su familia ayudó a pagar las heridas de mis viejos compañeros después del incendio en esa fábrica el año pasado. —Estiró su mano y estrechó la mía. Ni bien su mano áspera estuvo en contacto con la mía, le di un apretón y la solté.
—Por favor, no me agradezcas o te disculpes, soy yo la que vino sin avisar. Tenía información que quería hacerle llegar a la señora Morales, pero aquí el oficial Scatter…
—Scooter.
—Cierto. —Me sonrojé—. Me dijo que él lo haría. Realmente debería irme antes que mi esposo los llame en mi búsqueda.
Antes que pudiera irme, el maldito rubio tenía que tener la última palabra.
—Estoy muy contento que los rumores de que te casaste con un Cullen por poder fueran falsos. Ambos lucen muy felices.
Me mordí la lengua rápidamente y me obligué a sonreír una vez más.
—¿Todos estos rumores? Con razón ninguno de ustedes logra bajar la tasa de criminalidad, parece que todo lo que hacen es cotillear. Buenos días.
Seth abrió la puerta hacia la calle mientras el coche estacionaba en el encintado. Caminé como pingüino lentamente por las escaleras con Jacob siguiéndome de cerca. Todos ellos hacían eso ahora que mi estómago mostraba demasiado que ni siquiera podía levantarme de la cama sin ayuda. Entrando en el coche, me quité el sombrero, lanzándolo al asiento.
—¡Ese maldito bueno para nada, hijo de puta! ¡Quiero su cabeza! ¡Quiero matarlo a golpes hasta que su cuello se quiebre y luego lanzarlo por un cañón! —grité, respirando por la nariz mientras hacía círculos sobre mi vientre.
—Señora, por favor, el señor Cullen…
—Juro por tu cabeza que, si me dices que me calme por miedo a mi esposo, Jacob, te recordaré de quién soy, con bebé o sin bebé, ¿entendido? —Edward prácticamente había taladrado en las cabezas de todos que no solo necesitaba un guardaespaldas, sino alguien que me mantenga calmada.
Él asintió, echándole un vistazo a Seth como diciendo "te toca".
—¿Quiere que me haga cargo del oficial, señora? —Seth se dio vuelta para mirarme.
—No. —Yo quería ser la que se encargara de ese creído imbécil. Pero él no podía morir… aún—. Quiero ojos sobre él en todo momento. No quiero lidiar con otro aspirante a policía héroe. Ahora mismo, estoy más preocupada por hacer que este plan funcione.
—Señora, ¿por qué tanto problema por una criada? Ella no ha dicho nada a la policía por meses —preguntó Jacob y, por alguna razón, su voz simplemente me estaba irritando.
—No podemos matarla si la policía la tiene bajo protección, y matarla solo nos haría quedar mal. Renée se la jugó demasiado para prevenir que ganáramos la Casa Blanca y en un par de semanas, tendremos el 87% del electorado. Hemos tenido una respuesta negativa por eso y no queremos que usen a la criada en contra nuestro. Así que debemos mantener la única ventaja que tenemos, su hijo. Ella puede tener un trabajo y a su hijo, eso es casi tan bueno como comprárnosla. Renée no puede atacarnos mediante ella.
—Pero, ¿él le hará saber eso a la criada?
Sonriendo, asentí y miré por la ventana. Esperaba la llamada que sabría que vendría. Cuando Sam nos había llamado informándonos de la ambición de su compañero, decidimos matar cuantos pájaros sean posibles con una misma bala. Prevendríamos que Renée tomara acciones en contra nuestro mediante la criada, nos aseguraríamos que no la matara, y ahora le habíamos dado un hueso al oficial Scooter.
—Señora, Sam está en la línea. —Seth se giró, alcanzándome el teléfono.
—Ponlo en altavoz —susurré, haciendo círculos sobre mi estómago mientras cerraba los ojos. Solo quería un baño caliente y descomprimirme, el dolor en mis tobillos era molesto.
—Estás en línea —le dijo Seth.
—Señora, tenía razón. Scooter quiere que la criada se meta de espía en la casa después que testifique. Está hablándolo con el Jefe ahora. ¿Debería…?
—Ayúdalos como puedas, Sam. Adiós.
—Oh, mierda. —Ese no fue Sam, sino Jacob, forzándome a que abriera los ojos. Ambos miraban por la ventana, boquiabiertos, antes que Jacob me echara un vistazo por el espejo retrovisor.
Miré por la ventana y me sentí hiperventilar. Allí, en la gran entrada de los Cullen, había un cartel enorme y azul lleno de pájaros horrendos, sonajeros y cunas.
—Por favor, dime que esto no es lo que creo que es —siseé, apretando los dientes. Observé la cantidad enorme de coches, como especies invasoras, en nuestra entrada. Todas las malditas mujeres de la caridad de Esme estaban allí, con sus sonrisas falsas de esposas trofeo y grandes cajas con enormes moños repulsivos. Era como si estuvieran en cámara lenta, con el viento soplando sus cabellos hacia atrás y sus risas empeorando mi humor. ¡Cielo santo, este era otro nivel de infierno!
—La voy a matar, hacerla pedacitos y regarla por todos los malditos lagos. —No podía creer… Bueno, podía creer que haya hecho esto, pero ¡diablos!—. ¿Hay alguna forma de meternos en el garaje?
—No, señora, todos los coches están en el camino, y ella ya nos vio. —Seth asintió hacia la mujer vestida toda de azul, que saludaba y sonreía a todas las otras mujeres que sabía que odiaba mientras se acercaba.
Podía soportar muchas cosas, pero a mi suegra demente no era una de ellas. Sin embargo, no podía esconderme en el coche como una perra. Maldita sea ella.
Querido Dios, dame la fuerza para no matar a nadie.
Bajándome del coche, me encontré con una de las plásticas con el cabello rojo más falso que he visto.
—¡Oh, por Dios! —gritó y sonó como si tuviera gatos intentando escapar de su garganta—. ¡Isabella, estás enorme! ¿Estás segura que no tendrás mellizos? Mi prima como que, en serio, pensó que solo iba a tener uno. Le insistí, "Sissy, estás enorme, tiene que haber otro bebé allí" Y, vaya, estaba por tener trillizos. Tú estás enorme, ¿cómo sigues usando esos tacones tuyos? Amo a Giuseppe Zanotti, pero no hubo forma que pueda usarlos mientras estuve embarazada. No al menos con mi primer hijo, este es tu primer hijo, ¿no? Tú y Edward deben estar muy emocionados, un varón… —Ni bien su mano se dirigió hacia mi estómago, la agarré con furia mientras la miraba a los ojos.
Quería matarla. Ella no paraba de chillar. Ni siquiera sabía quién era y me hablaba como si fuéramos mejores amigas. No iba a lograrlo… ¿quién se creía que era? ¿Quién creía ella que yo era que pensó que podía a tratarme así?
—Isabella, mi brazo. —Hizo una mueca, como debería hacerlo.
—¡Bella, querida! —Se acercó Esme, tomándome en un abrazo y efectivamente zafando mi agarre de la mujer con suerte frente a nosotras—. Tú y ese agarre de embarazo que tienes. Juro que podría hacer a los hombres llorar sin siquiera saberlo, ¿estás bien, Nicole?
—Por supuesto —lloró la hiena—. No soy una flor delicada, soy más fuerte de…
—Gracias, Nicole, te veremos adentro. Tenemos un buen vino… —Eso la calló y la sacó corriendo como un perro con un bocado.
—Ahora, Bella, antes que amenaces con matarme…
—Ya pasamos eso, Esme. Ahora intento descifrar dónde tirar tu cuerpo.
Suspiró y puso los ojos en blanco antes de enlazar su brazo con el mío.
—Bella, sé que odias este tipo de cosas. Pero es todo lo que tengo. Tú tienes tu imperio, bueno, este es el mío. Manejo la imagen pública. Soy la razón por la cual si, Dios no quiera, necesitan testigos, tenemos gente de sobra. Mi primen nieto va a tener un maldito baby shower y habrá juegos de bebés. Lidiarás con ello por el amor que me tienes, Bella, porque no me has visto loca todavía. Una vez que estén borrachas, puedes irte, ¿de acuerdo?
—Quiero a Edward aquí. Nada de esa mierda femenina —respondí, saludando a algunas mujeres mientras salían de sus coches.
—Él ya está aquí. —Sonrió, dirigiéndome hacia la puerta.
Estas serán las horas más largas de mi vida.
EDWARD
Todo en la casa estaba de azul y blanco; sillas azules y blancas, candelabros azules y blancos, cuadros, bolsas de regalo. Si lo ves, era azul o blanco. Le había llevado seis horas armar esto mientras Bella y yo no estábamos en la casa. Lo que quiere decir que debió estar planeando esta mierda por semanas y mi padre mantuvo la boca cerrada hasta que fue demasiado tarde. Había más esposas borrachas en mi casa que en todo el condado de Orange, se encontraban sentadas en un círculo alrededor de Bella en el medio de nuestra sala.
—Ella está siendo… para nada como ella —me susurró mi padre. Éramos prisioneros, incapaz de salir de la habitación, pero incapaz de acercarnos al maldito circulo. Así que todo lo que podíamos hacer era estar de pie en la puerta con nuestras copas azules y blancas y observar.
Bella rio, sacando otro enterito de lana; el que iría genial con el chaleco de lana que había sacado antes, junto con las botitas de terciopelo y la chaqueta roja de lana. Después de todo, los recién nacidos amaban su lana. Bella sonrió y les agradeció antes de levantar la mirada hacia mí y mostrarme la prenda ridícula. Algunas de ellas se giraban y esperaban mi aprobación. Era solo cuando no estaban mirando que los ojos de Bella se llenaban de furia. Estaba siendo torturada, pero yo también. Todo lo que podía hacer era asentir y sonreír.
—¿Cuánto más hasta que este espectáculo termine? Tengo planes para nosotros esta noche —susurré. Aunque dudo que después de lo que mi madre hizo quiera ir ahora.
—Hasta que tu madre tenga suficientes fotos para llenar el libro del bebé. ¿Qué planes tienes?
Sacando las entradas del bolsillo de mi chaqueta, se las tendí.
—¿Bianca e Falliero por Felice Romani? —Leyó—. No estaba al tanto que disfrutaras de la ópera. Es una buena.
—Yo no, ella sí. ¿Y desde cuándo te gusta la ópera? —Él jamás había mencionado ese hobby antes.
Sonrió.
—Conozco todo, hijo.
—Menti…
—¿De quién es esto? —preguntó Bella, buscando una tarjeta en la caja que tenía en sus manos. Sin embargo, nadie respondió, todas las mujeres se miraron entre ellas, comentando solo sobre el envoltorio.
—¿Todos los regalos fueron controlados por los hombres? —le pregunté, apartándome de la pared cuando sus ojos se encontraron con los míos.
—Todos los regalos, incluido ese. Lo vi por mi mismo, aunque no busqué tarjetas —respondió.
Cada una de las mujeres se inclinaron hacia adelante, todas muriendo por saber qué había adentro… Yo, por el otro lado, no iba a correr el riesgo.
—¿Puede el futuro padre abrir uno de los regalos o estoy quebrando alguna vieja tradición? —Le guiñé el ojo, haciendo que Bella y mi madre pusieran los ojos en blanco, mientras que las mujeres reían.
—Oh, no veo por qué no, ¿cierto, señoras? —dijo una de ellas.
—¡Por supuesto!
—Esto es demasiado tierno. Deberías tomar una foto, ¿no, Esme?
Llegando a donde se encontraba mi esposa, besé su mejilla antes de tomar la caja lentamente de sus manos. Toda la cosa estaba acolchada y suave cuando la abrí. Me preparé mentalmente para todo, pero era…
—¡Aww! —Todas arrullaron mientras sacaba el oso de peluche vestido elegantemente de traje junto con un sombrero, en su mano había una metralleta.
—Un poco violento, pero tan tierno —dijo una de ellas.
—Edward, cariño, hay una nota en el bolsillo de la chaqueta —señaló mi madre y, efectivamente, sobre su pañuelo rojo había una pequeña tarjeta, que solo tenía tres palabras escritas.
Con amor, mamá.
—Gracias a todas por esto. Honestamente, a nuestro no le faltará nada. Me escaparé de vuelta a mi rincón ahora. —Todas rieron, al menos alguien podía reír mientras le devolvía el pequeño oso mafioso a Bella.
Ella no me miró. En cambio, se concentró en las mujeres frente a ella, pidiendo la torta.
Saliendo hacia el pasillo con mi padre, intenté no gritar. Alguien iba a morir. No estaba seguro de quién, pero estaba jodidamente seguro que no sería mi esposa, mi hijo, o yo mismo.
—Hay un infiltrado en mi casa. Esta es la segunda vez que ha conseguido entrar. Quiero que lo encuentren, ahora.
