Capítulo 18. Gracias, amigos.

Caía la tarde con parsimonia, Saori sentía como su corazón latía con fuerza, estaba muy nerviosa, a pesar de que habían pasado tan solo algunas semanas desde la última vez que vio a su hermana, el sentimiento de que una eternidad las separaba era estremecedor, y mas porque Saori sabia que su hermana había estado en el santuario, probablemente poco antes de despertarla a ella. Este hecho era irrefutable dado que todo el santuario estaba en ruinas, pero los aposentos de Athena estaban arreglados con minuciosidad, aunque todo tenia una pequeña capa de polvo acumulado de tres semanas, todo lucía radiante; la cortina roja que separaba la cámara del patriarca de la habitación de Athena era nueva, tersa y suave, había sabanas limpias en su cama, tampoco pudo dejar de notar la decoración. Llena de detalles como jarrones de cerámica dispuestos en dos mesas de vidrio a los costados de su habitación. Incluso había un baúl a los pies de su cama, aunque Saori no lo abrió al llegar, tenia miedo de encontrar un mensaje de despedida y frías instrucciones que le darían el siguiente paso, eso no sería posible, claro esta, porque Ícaro había llegado hasta el desierto por ordenes de su hermana, tenia que confiar en que ella llegaría.

Se sentó en la cama y buscó su dije de oro en forma de luna entre su cuello, lo miró, no recordaba cuando había llegado esa pieza de joyería a su posesión, probablemente se lo había dado su hermana en algún punto del año pasado, lo único que sabia es que esa pequeña figura le daba mucha seguridad.

Ya no le quedaba mas por hacer en esa realidad, había concluido la misión que le había encomendado Artemisa, sus caballeros estaban reunidos, lúcidos y armados, al igual que ella, ya no había nada mas por hacer salvo seguir adelante y aclarar todo el misterio que había estado persiguiéndola desde hace demasiado tiempo.

Las extrañas voces en sus sueños, las coincidencias que parecían estar decidiendo su destino, la extraña aparición de otro dios como Eros en la tierra y sobre todo, la demora para conocer su castigo por herejía. Fuera lo que fuera, solo quería terminar ya.


—Los hombres de Julian, es probable que nos estén buscando.—Dijo Shun pensativo.

—No importa ya.—Le respondió Ikki desde su lugar usual en una esquina de la habitación.—Nos iremos pronto de aquí.

—Estamos esperando a Artemisa.—Intervino Shiryu.—¿Creen que demore demasiado? Ya casi anochece.

—Espero que se apresure.—Se acercó Hyoga.—Estar en el santuario, sin caballeros y en estas condiciones de verdad me da escalofríos.

Seiya estaba en una esquina de la casa de Sagitario, escuchando a sus amigos, todos estaban muy preocupados, pero nadie quería decir nada, nadie quería hablar con él, no después de lo que había hecho, tampoco querían estar con Saori en los aposentos de Athena, sabían que ella estaría bien dentro del santuario, es lo que todos les habían repetido, solo optaron por permanecer un poco alejados unos de otros.


Las horas pasaron rápidamente y el velo de la noche cubrió las ruinas del santuario, Saori no podía dejar de notar la ausencia de ruido, de los otros caballeros de oro y plata, extrañaba la presencia de Milo de Escorpio y Kanon de Geminis en la cámara del patriarca junto con ella, aquellas no habían sido las mejores circunstancias pero se sentía segura de saber que estaban acompañándola fielmente.

Recordar la última vez que estuvo entre aquellas paredes era algo doloroso, se había tenido que despedir de Shaka de una manera muy triste, de Saga, de Aiolia, de Mu y todos los demás caballeros, se despidió de la vida incluso, en ese momento, no había sentido miedo, pues conocía su destino y sus consecuencias, había hecho aquel sacrificio para salvar a su amada tierra en donde estaba segura de que sus guerreros mas cercanos vivirían con bien.

Parecía que había pasado una eternidad desde aquella fatídica noche en que su tío, el Dios Hades había maldecido sus aposentos con traición y muerte.

Saori miró con anhelo al horizonte sombrío, hacia falta un elemento también en el panorama, el enorme reloj de piedra cuyas llamas había visto arder contando las horas, ahora en su lugar había una enorme roca sin una forma definida. Y así, sin mas, había dado la media noche, la impaciencia se estaba apoderando de la diosa Athena y llegaba casi tan rápido como el miedo y la incertidumbre.

Saori suspiro y se alejo de sus recuerdos, ella estaba consciente de que tenia un baúl a sus espaldas que le revelaría alguna verdad y ya no podía esperar a su hermana para abrirlo.

Se aproximó al imponente baúl con decisión, este era color gris con elegantes grecas tatuadas a los costados, Saori paso sus manos sobre ellas, buscando un patrón o una palabra, pero solo encontró un adecuado y sobrio adorno, deslizó entonces sus manos por la tapa, esta tenía algunas rasgaduras, mismas que parecía que los años le habían dibujado, levantó la pesada tapa con tan solo un poco de dificultad y pudo ver una hermosa y reluciente tela blanca, la tomó entre sus manos; era su fiel vestido, ese vestido que usó por primera vez en el torneo galáctico cuando volvió a ver a Seiya y a sus caballeros de bronce después de años, luego lo usó el día que Jamian de Cuervo la secuestró para llevarla al santuario, también en Asgard, lo llevaba puesto cuando enfrentó a su tío Poseidón, y por supuesto, había sido su ropa de batalla cuando se enfrentó a Hades, aquel sencillo vestido blanco con una falda larga y un delicado escote en v había sido su mas delicada armadura, y ahora estaba una vez mas frente a ella, miro dentro del cofre habían mas telas blancas y junto con ellas, había un mensaje tallado en griego hasta el fondo de la delicada pieza: "La luna te protegerá" , decía.

«No sé que significa esto, estoy demasiado cansada de los acertijos». Pensó Saori consternada.

Momentos después, se puso su vestido, estaba convencida de que no era importante, salvo un gesto de su querida hermana, lo cual confirmaba que tenía que seguir esperándola.


—Debemos ir a hablar con ella, es importante.—Dijo Ikki.— Ya es media noche y no hay señales ni de aliados ni de enemigos.

—Estamos seguros aquí, nos pidieron paciencia y prudencia, querido hermano.

—Creo que ya hemos esperado lo suficiente.—Dijo Hyoga levantándose del suelo en donde había permanecido por horas.—Estoy de acuerdo con Ikki. ¿Qué tal tu, Seiya?

—Solo quiero esperar.—Dijo Seiya que estaba sentado en las escaleras de la casa de Sagitario mirando a la nada.

De repente apareció un destello en el cielo, Seiya fue el primero en verlo y el primero en ir corriendo a buscar a Saori.


Aquel destello ilumino delicadamente la habitación en la que estaba Saori, parecía una estrella fugaz. Saori miró con atención y mucho esfuerzo buscando reconocer a aquel objeto, su trayectoria era extraña, no parecía moverse como una estrella, mas bien parecía estar cayendo en picada.

—¡Artemisa!.—Gritó Saori.

Usó de forma forzada su cosmo para que el salto que había dado desde la cámara del patriarca fuera amortiguado y pudiera llegar hasta ella lo mas pronto posible. Aterrizó con gracia entre los arboles y corrió con desesperación hasta la figura luminosa de la bella mujer que había caído del cielo.

Desde el balcón, Seiya y los demás caballeros pudieron ver cómo Saori corría entre los arboles, gritando el nombre de su hermana.

—¡Maldita sea!.—Expresó Ikki.—Ella no debe abandonar el santuario.

—Tenemos que ir por ella y traerla de v…

Shiryu no alcanzó a terminar la frase cuando Seiya ya estaba en camino, los otros 4 caballeros lo siguieron sin dudarlo.

—Artemisa, Artemisa.—Dijo Saori acercándose al cuerpo que yacía en el suelo en medio del pequeño cráter que se había formado con su caída y tomándola entre sus brazos.—Hermana, respóndeme.

—Athena…Ellos me hicieron esto.—Dijo con dificultad mientras señalaba una herida en forma de rayo qué le cruzaba el cuello.

—¿Ellos? ¿Quienes?

—Los mismos que te lo harán a ti.—Artemisa movió su mano hacia Saori buscando su cara y luego bajando hasta su cuello, estaba buscando algo.—Esta herida me ocurrió por salvarte, hermanita. Es mi castigo. Tú… has sido la causa de todo lo que pasa en el Olimpo.

—¿Por salvarme…?—Saori respiraba agitada y con dificultad, después se tranquilizó mientras recordaba el momento en que Artemisa había blandido su cetro en la cabaña antes de su boda con Julian.—Pero… aquella herida, fue… en tu pecho… no en tu…cuello.

Una flecha cayó a un lado de Saori, muy cerca de su brazo derecho, Saori se dió la vuelta para buscar al arquero pero no pudo ver nada. Al dirigir de nuevo su mirada hacia su supuesta hermana, esta comenzó a deformarse, parecía como si estuviera derritiéndose. Saori vió aterrada la forma grotesca de su falsa hermana disolverse entre sus manos, se quedo paralizada ante esa terrible visión.

—Vámonos de aquí.—Le dijo Seiya mientras la tomaba del brazo.—¡Ahora! Tienes que volver al santuario.

Saori no reaccionaba, y una nueva flecha pasó justo a un lado del Pegaso para clavarse en el árbol más próximo, Seiya volteo pero no vió a nadie, Hyoga y los demás estaban llegando.

—Rápido, tienen que llevársela de aquí.—le dijo Seiya a Shun.—Ikki, Shiryu, tenemos que buscar al arquero.

De repente no era una flecha, parecían formase miles de flechas en el cielo bañadas en fuego.

—¡Ya! tenemos que volver.—Les dijo Hyoga, quién había tomado a Saori de la mano y la había obligado a levantarse del suelo.

Hyoga y Saori corrían hasta el frente, seguidos por Shun y Shiryu, hasta el último iban Seiya e Ikki que estaban en guardia buscando al atacante, que en medio de la noche era imposible de localizar, aún así tanto Fenix como Pegaso lanzaban sus ataques con la esperanza de que alguno diera en el blanco, pero era inútil. Seguían corriendo buscando su refugio, Seiya corría mientras pensaba que el ataque parecía que solo los quería ahuyentar, aquella emboscada no quería matarlos.

Finalmente, después de lo que pareció interminable, cruzaron por la primera casa del zodiaco, Aries, y tan súbitamente como habían aparecido las flechas, estas habían desaparecido.

Todos se miraban, parecían exánimes, con excepción de Saori, que miraba al frente entre horrorizada y confundida. Seiya se acercó a ella y se fijo que miraba con desesperación al frente, al voltear, todos pudieron ver como en el suelo yacía el cetro de la luna, el cetro de Artemisa, Seiya se aceró a Saori y la tocó en el hombro, estaba temblando.

—Saori.—Le dijo con delicadeza.—Esto no es…

Pero la chica se desplomó y Seiya apenas atino a tomarla entre sus brazos, ella estaba de rodillas, aferrándose al brazo de su fiel caballero, pero sentía que iba a explotar.

—Quiero ir a casa, ya no quiero estar aquí.—Decía Saori con su voz entrecortada, ella quería llorar, gritar, patalear, quería desaparecer, disolverse de esa terrible realidad.—Quiero irme de aquí, quiero irme de aquí.—Repetía.—Ellos, quien quiera que sean… quieren que pierda la razón.

Las lágrimas escurrían por las mejillas de la chica, el llanto estaba ahogado por la desesperación de las amenazas que tenia enfrente de ella.

—Saori.—Se acercó Shun.—Nos iremos muy pronto, pero debemos esperar, hay… muchos enemigos afuera que quieren hacerte daño.

—Deberías intentar dormir, por favor.—Le dijo Shiryu.—Muy seguramente tu hermana aparecerá por la mañana.

—Ven, yo te llevaré a tus aposentos y me quedaré a tu lado toda la noche.—Le dijo Shun ayudándola a ponerse de pie y caminar.

Cuando Saori y Shun desaparecieron Hyoga fue el primero en hablar.

—¿Qué demonios fue eso?

—Su hermana se derritió frente a ella.—Dijo Shiryu con desagrado.—¿Ahora qué vamos a hacer?

—Te equivocas, esa no era Artemisa.—Les dijo Seiya poniéndose de pie y sintiendo en su brazo la sensación de que Saori seguía ahí aferrándose con fobia a su entorno.

—Seiya tiene razón, están jugando con nosotros.—Dijo Ikki.

—¿Eros?.—Pregunto Hyoga

—No lo creo, pareciera ser que es alguien que sabe qué tuvimos contacto con Eros.—Respondió Ikki.—Eros parecía muy astuto como para mostrar su estrategia de esa manera.

—Eran miles de flechas con fuego, seguramente no eran flechas ordinarias.—Dijo Seiya molesto.—Nosotros solo somos seis, si hubiera querido matarnos lo hubiera hecho.

—¡¿Pero quién?!.—Le grito Hyoga

—¡No lo sé!… pero no debemos volver a bajar la guardia. Tōma fue muy especifico en que no debíamos salir del santuario.—Seiya seguía en el suelo y se tomaba la cabeza con desesperación.—No sé que pueda implicar todo lo que acabamos de ver.

—No implica nada, Seiya.—Shiryu se acercó a su amigo.—Saori esta bien y nosotros estamos bien, ya hemos perdido lo suficiente para esta vida, estaremos bien.

—De verdad espero… que tengas razón.—Seiya no estaba convencido.


Saori llegó a sus aposentos con Shun.

—Esto no esta pasando, esto no puede estar pasando—Susurraba Saori.—Artemisa.

—Ella esta viva, Saori.—Shun se acercó a Saori y la tomó de los hombros.— Tratan de manipularte, de hacer que bajes la guardia, que te sientas acorralada.

—¡Pues lo están logrando!.—Saori gritó.—¿Acaso no lo ves? Todas las crueles pruebas son de alguien mas fuerte que yo, sabe que puede doblegarme a causa de mi amor hacia los humanos y hacia mi hermana.

—Quizás.—Shun le respondió serio.—Pero ese "alguien" quiere algo de ti y de nosotros, de lo contrario estaríamos todos muertos. ¡Piénsalo por favor! Tu eres nuestra comandante, eres estratega desde tu nacimiento, tu debes ayudarnos a salvarte y a salvar a todo lo que amamos.

—Yo ya no puedo pensar…Estoy tan… cansada.

Shun pudo notar en Saori su mirada perdida y sus facciones demacradas, no era la niña rica mimada ni la joven empresaria, en ese momento no era Athena, era una joven con miedo sincero al futuro, en ese momento y durante todo su viaje Saori había sido humana.

—Entonces solo… descansa.

Shun buscó en el baúl de Saori y encontró unas telas blancas que asemejaban al color de su vestido, las extendió y estas podían pasar por unas delicadas sabanas, así que arropó a Saori con ellas.

Cuando se acercó, Saori ya estaba dormida.


Los sueños la habían perseguido casi desde que todo había comenzado, esas pesadillas se colaban en sus pensamientos durante el día, Saori amaba a todos sus amigos y no podía soportar la idea de perderlos y se lo repetía todos los días, a fin de cuentas, ellos habían sido su rayo de esperanza cuando aparecieron en el inframundo para rescatarla, todos habían arriesgado sus vidas por ella… y ya los había visto morir.

Abrió los ojos, estaba en sus aposentos y la luna se asomaba entre los pilares de la cámara del patriarca, ya debía estar entrada la madrugada, miro hacia el cielo, no habían estrellas, solo nubes que se desdibujaban en el paisaje, el cielo parecía estar muy oscuro y solo se escuchaba el sonido de la naturaleza nocturna, balbuceando en la lejanía.

Saori se levantó, respiró hondo y miró a su alrededor, por un momento se sintió en el pasado, antes de la guerra santa. Pero se dió cuenta de que estaba en un lugar extraño, con sus amigos, si, pero aún así no tenían ni rumbo ni respuestas. Al poner sus pies en el suelo se sintió mareada, había vivido demasiadas emociones en las pasadas semanas, y en la última noche creyó ver a su hermana morir.

—No era ella…—Se dijo a si misma en voz baja.— No era ella.

Salió de sus aposentos para buscar a Shun, quien se comprometió a acompañarla durante toda la noche, pero no estaba, no había nadie a su vista. Bajo las escaleras para dirigirse al último templo del zodiaco, Piscis, caminó descalza a través de los pisos de piedra gastados, entre los pilares a medio caerse y no vió a nadie, un mal presentimiento la asechaba.

—¿Shun?.—Dijo lo más calmada que pudo, pero solo escucho su propia voz en forma de eco.

La brisa era muy fría, pero no le importaba, continuó caminando hasta llegar a la casa de Acuario, allí encontró, abandonada en una esquina, una de las placas que sus caballeros usaban para guardar las cajas de pandora que contenían a sus armaduras.

—¿Hyoga dejo aquí la armadura del cisne?.—Saori la recogió del suelo.—Eso es imposible, debe estar pasando algo.

Saori corrió hasta la casa de Capricornio con la placa en la mano izquierda y su cetro en la mano derecha. Nada. Ni siquiera sus cosmos.

—¡Seiya!…¡Hyoga!…¡Ikki!…¡Shun!…¡Shiryu!.—Gritaba.

Siguió su camino hasta la casa de Sagitario y allí encontró la placa del Pegaso.

—No… ¡Seiya!

Seiya no estaba en ninguna parte, no había nadie.

Saori siguió corriendo por todos los templos mientras gritaba sus nombres, llegó hasta el templo de Aries y no había encontrado a ninguno de sus amigos ni a sus otras armaduras.

—¿Ahora qué esta pasando?.—Decía mientras intentaba recuperar el aliento.

Volteó su mirada y en la cámara del patriarca había una luz brillante y mucho ruido de batalla. Pudo sentir sus cosmos nuevamente, así que emprendió su vuelta pasando por las 12 casas del zodiaco tan rápido como pudo. Aunque no estaba preparada para lo que vería al llegar.


Hyoga estaba de rodillas, lo sostenía Shun con sus cadenas, mientras el forcejeaba sin su armadura para soltarse.

—¡Hyoga! ¡Shun! ¿Qué esta pasando aquí?.—Dijo Saori acercándose a Hyoga para intentar liberarlo, pero lo único que causo fue que Shun apretara mas sus cadenas a su cuello.

—Es un traidor Athena. Intentó escapar.—Respondió Ikki

—Desertar es un acto vergonzoso para un caballero.—Dijo Shiryu.

Saori alzó su mirada, Shiryu tenia a Seiya de rodillas y lo estaba ahorcando.

—Deben morir.—Sentenció Shiryu.

—¡Noo!.—Gritó Saori.—Shiryu, suelta a Seiya en este instante, es una orden. Shun, tú deja a Hyoga.

Todos se quedaron quietos en la misma posición, desafiando a la orden de Athena.

—¿Y dejar qué escapen?.—Shiryu tomaba a Seiya con furia.

—Ellos no intentaban escapar, esto solo es un mal entendido.

—No lo… es.

—¿Hyoga?.—Dijo Saori con terror.—¿Qué estas diciendo? Tu… me prometiste en Siberia… le prometiste a tu madre que…

—¿Mi madre? Mi madre esta enterrada en un mar congelado, la mujer a la que le hice la promesa no existe. Por lo tanto… yo puedo irme en cuanto quiera de aquí.

—¿Pero qué?.—Saori no podía ni siquiera pensar en qué responder.

—Tu solo eres… una niña estúpida mimada…que no puede protegerse a si misma y crees que nosotros estamos dispuestos a morir por ti… pero no… ya no… ni nunca.

—¿Se…. Seiya?.—Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas al escuchar a su amado Pegaso decir aquellas palabras.

—Nos toca a nosotros ser…libres. Pero más importante… libres de ti.

—Ya esta bien Seiya.—Le dijo Shiryu.—Por ser unos desertores de caballeros de Athena, yo Shiryu de Dragón los condeno a ustedes Seiya de Pegaso y Hyoga de cisne… a morir.

—¡NOO! ¡No por favor!.—Saori corrió hacia Shiryu para evitar que llevara a cabo su sentencia.

—¡Tú no puedes intervenir!.—Ikki tomó del brazo a Saori y la arrojó al suelo.

Los cuerpos de Hyoga y Seiya cayeron al suelo con sus cuellos destrozados.

—No… nooooo.—Saori se acercó al cuerpo de Seiya pero ya no podía ayudarlo.—¡Están locos!… ¡Les di una orden!…¡Ellos eran sus amigos!

Saori podía hablar muy poco a causa del llanto desgarrador que salía de su garganta.

—El honor es lo mas importante.—Le dijo Shiryu sin inmutarse por haber matado a su mejor amigo.—¿No es verdad, Athena?

Saori quería vomitar, no entendía cómo era posible que sus amigos se mataran entre ellos, si después de todo lo que habían vivido, ellos eran una familia. Estaba en el suelo tratando de entender la situación y analizando sus posibilidades cuando un estruendo se escuchó en la cámara del patriarca, todos voltearon y era el encapuchado que los había atacado la noche anterior.

Tan solo al levantar la mano, una ola de cosmo se alzó a su alrededor y se aceleró hasta alcanzar a sus caballeros y a Athena. Todos se estrellaron contra la pared y cayeron al suelo, Ikki y Shun se apresuraron a atacar pero al acercarse una espada enorme de hierro atravesó el pecho de Ikki y lo azotó contra el suelo, cuando Shun vió la escena envió a sus cadenas de Andromeda en contra de su agresor, pero este volvió a alzar su mano y las cadenas se volvieron contra Shun asfixiándolo y apretando tanto su cuerpo hasta que cayó en pedazos. Shiryu se aproximó corriendo y cubriéndose con su escudo pero fue en vano porque el encapuchado usó su cosmo y le quitó su armadura, dejándolo desprotegido, una vez que ya no tenía a donde correr ni como cubrirse, el desconocido levantó uno de los pilares con tan solo un gesto y lo lanzó directo al estomago de Shiryu dejándolo atrapado entre la pared y el pilar y sangrando sin remedio.

Saori seguía en el suelo, había visto la escena entre el llanto y un estado de profunda catatonia. El desconocido se aproximó hacia ella lentamente, Saori apenas podía respirar entre la sangre y los cuerpos de sus amigos.

—Aléjate de mi.—Dijo en voz baja.—¿Quién eres?

Silencio.

Seiya estaba muerto, sus esperanzas de vivir una vida mejor a su lado y de sus amigos se había esfumado para siempre. Ya solo le quedaba una cosa.

Venganza.

Pero no tenia fuerzas, sus piernas no le respondían y el encapuchado estaba muy cerca.

Cerró los ojos muy fuerte y bajo la cabeza, este era el final.

Cuando de repente escucho una risa, primero leve que se fue transformando en una carcajada.

—Estarás sola, esta vida, y las que siguen… Estarás sola, esta vida, y las que siguen… Estarás sola, esta vida, y las que siguen… Estarás sola, esta vida, y las que siguen…Estarás sola, esta vida, y las que siguen…—Repetía un y otra vez la voz.

—Ya basta… ¡Cállate!… ¡BASTA!…¿Quién eres?.—Le decía Saori desesperada.

—Estarás sola, esta vida, y las que siguen…

—Estarás sola, esta vida, y las que siguen…

—Estarás sola, esta vida, y las que siguen…

—¡Ya BASTAAAAA!

Saori gritó y llamó a Niké. Su expresión de susto cambio a una de ira. Su cosmo se incendio de un segundo a otro y atacó con un rayo de luz enorme y contundente que cualquiera pudo haber confundido con uno del mismísimo Zeus. El rayo se impactó contra los muros del santuario ya que el desconocido se había desvanecido momentos antes en el aire.


—¡Saori! ¡Saori!

Parpadeó al oír aquella voz familiar.

—Ya despertó.—Dijo Hyoga

Todos sus caballeros estaban rodeándola, estaba de pie frente a su cama, las cadenas de Shun recorrían su cintura con fuerza pero no la lastimaban, Hyoga la estaba tomando por la muñeca izquierda, Ikki por la derecha, Seiya y Shiryu estaban frente a ella.

«¿Pesadilla?… No.». Pensó Saori al ver la expresión de sus amigos.

De repente todos fijaron su mirada en el enorme agujero que Saori había creado en la pared de la cámara del patriarca, era un agujero de mas de dos metros de diámetro y el rayo no solo había atravesado la pared, sino que había destruido por completo uno de los pilares que estaban cerca de donde se supone que debía estar la estatua de Athena.

—¿Estas bien, Saori?.—Dijo Seiya mientras miraba a sus compañeros para que soltaran a Saori.

—¡Suéltame!.—Dijo Saori y se apartó de Seiya con brusquedad, miraba hacia todos lados en busca del causante de sus alucinaciones, ella sabía que estaba ahí y que había pasado todo el tiempo vigilándola.

—Saori, por favor. Soy yo… soy Seiya.—Seiya se acercó con cautela, estaba asustando por ver a Saori con una expresión de histeria en el rostro.—Soy tu caballero de Pegaso… somos tus amigos… tu familia.

—Estamos contigo.—Dijo Shun

—¡No! Solo quieren jugar conmigo, ustedes no están aquí, ustedes están en… Japón… yo ordene que no se les permitiera la entrada al santuario… ¡Hades! El esta por venir… la… la… guerra santa.—Saori apretó tan fuerte a Nike que sus dedos se tornaron blanquecinos.

La respiración de Saori era agitada y desigual, miró a sus caballeros intentando encontrar algo que le revelara que no eran ellos y que ella seguía en sus aposentos en el santuario, soñando, la guerra santa había terminado, los caballeros dorados no habían muerto, ella abriría los ojos en cualquier momento, Seiya y los demás la despertarían enojados porque ellos habían querido ser parte de la batalla, pero no importaba, porque estaban todos juntos y volverían a Japón para vivir un largo periodo de paz y felicidad.

A veces sus ojos podían engañarla, como es natural en cualquier mortal, pero ella ni era una simple mortal, ella era la diosa Athena, para bien o para mal y podía sentirlos, sus auténticos y mas fieles caballeros de bronce estaban parados frente a ella, aterrados e impotentes ante la incertidumbre de su futuro incierto y por verla en aquel estado de desesperación y no poder ayudarla.

Saori no podía soportar sus expresiones de desesperanza y tristeza, así que corrió a buscar abrigo y piedad en las estrellas.

—¡Artemisa!.—Grito Athena.—Dime qué debo hacer… por favor… ¡Por favor!

—Saori.—Susurro Seiya.

—¡Haz que paren!…Haré lo que sea, pero haz que todo esto se detenga.— Saori miraba al cielo.— ¡Padre! Por favor… ayúdame.

Saori cayó de rodillas dejando a Nike caer en el suelo junto a ella y lloro con desconsuelo y amargura, tenia miedo del mundo, de los dioses, del destino y ahora de si misma. Lloraba como no había llorado desde que despertó de su prisión sin recuerdos. Lloraba de miedo, de enojo y a pesar de tener a sus amigos con ella, lloraba de soledad.

Los caballeros la miraron desde lejos con tristeza e impotencia, con toda su fuerza, con sus armaduras y aun estando todos juntos no había nada que pudieran hacer para aliviar el dolor y el sufrimiento de Athena.

Seiya fue el primero en moverse hacia ella, Saori seguía llorando, el se hincó a su lado, la miró un momento, ella sufría y ni aunque usara toda su fuerza, ni aunque elevara su cosmos y despertara así todos sus sentidos, ni aunque consiguiera la armadura mas poderosa, ni aunque se enfrentara a todos los dioses del Olimpo, ni aunque diera su máximo esfuerzo y muriera, ni con todo eso podría quitarle ese sufrimiento a la mujer que mas amaba, así que solo pudo hacer una sola cosa al respecto, la abrazó, de una manera fuerte y consistente, quería que su sufrimiento se esfumara, que todos sus malos recuerdos se desvanecieran, que sus lagrimas se detuvieran, que todo aquel mundo desapareciera y que ellos pudieran estar en el santuario en el que habían luchado y defendido. Los demás caballeros también decidieron acercarse a Athena y todos se sentaron a su lado en el suelo en silencio para así juntos poder esperar el amanecer.


—¿Cómo esta?.—Pregunto Hyoga a Shun cuando este entró a la casa de Piscis.

—De la única forma que puede estar.— Shun suspiro.—No esta bien.

—Seiya, deberías hacer algo.—Sugirió Hyoga.

—No sé que puedo hacer yo... hace un rato estábamos todos con ella y apenas pudimos contenerla y casi no logramos que se calmara.

—Hablále, todos sabemos que ella te necesita más a ti que a cualquiera de nosotros.—Dijo Shiryu.

—No estoy de humor para hablar de eso otra vez.—Respondió el Pegaso.

—Tu sabes bien que es lo que Shiryu quiere decir.—Dijo contundente Ikki.— Les daremos su espacio.

Ikki salió de la casa de Piscis para dirigirse hacia la casa de Aries, planeaba volver al lugar fuera del santuario en donde se habían suscitado los hechos de la noche anterior, estaba desesperado por respuestas. Hyoga salió detrás de él, seguido de Shun y Shiryu.


Saori no había vuelto a dormir después de que sus caballeros la llevaron hasta su cama a falta de saber qué más podían hacer, tenia miedo de dormir y ver de nuevo esas imágenes horribles de muerte y traición. Había amanecido hace un par de horas y a pesar de que Shun le dijo que se tranquilizara y durmiera, ella no podía simplemente esperar a que sus visiones acabaran destruyendo todo y matando a sus amigos, tan solo pensarlo le causaba nauseas. Luego estaba el asunto con su hermana, no habían señales de ella, ni de nadie del santuario que fuera su aliado, no sabía que más podía hacer salvo esperar, pero la espera también estaba destruyendo cada uno de sus nervios haciendo que reaccionara de manera estrepitosa ante el mas mínimo estimulo.

Saori se sentó en el suelo, miro sus manos e invoco a su cosmo con cautela, ahí estaba, el universo a su disposición, los objetos a su alrededor, las plantas, las paredes, el sonido de los pájaros e insectos que pasaban con rapidez cerca de ella, respiro hondo, pudo sentir el viento acariciando sus brazos, pudo sentir el tacto grácil de la brisa de la mañana, pudo sentir como el mundo seguía moviéndose a su alrededor, ignorante de los sucesos que estaba ocurriendo, se sintió pequeña. Con su cosmo, observó de manera muy cuidadosa sus recuerdos en busca de pistas, había contemplado sus recuerdos con cuidado desde el día en que la guerra santa comenzó, todo en busca de indicios que le mostraran las razones de su encierro en aquella realidad, recordó a Hades, Artemisa y Apolo, su familia, nada en ellos le revelaba su suerte, solo podía ver a Seiya recibiendo la espada de Hades con su pecho para salvarla, a Seiya yendo a buscarla al santuario cuando se despego de la silla de ruedas, a Seiya enfrentándose sin miedo a Apolo, se sonrojo. Abrió los ojos y se reprendió a si misma, debía de acabar con esos pensamientos lo mas pronto posible, estaban distrayéndola de su verdadero propósito. Recobró la compostura, relajó sus músculos y se concentro en intentar ver mas hacia el pasado, se estaba esforzando demasiado por recordar la última vez que había visto a su padre, Zeus.

—No creo que eso sirva de mucho, querida Athena.

«Esa voz.» Pensó Saori mientras abría los ojos sobresaltada y trataba de ubicar al dueño de aquellas palabras.

—Nunca creí que Zeus te enviaría tan lejos para entregar un mensaje.—Saori se puso de pie, había reconocido la voz, era alguien en quien quizá podía confiar.— Hermes.


Seiya se había quitado su armadura, sentía que ahora mas que nunca le pesaba el hecho de ser un caballero de Athena, se recargo en la pared y se permitió deslizarse hasta el suelo, miraba a la nada pensativo, recordó el día en que peleo con Cassios, jamás se hubiera imaginado que su vida se transformaría de aquella manera en cuanto ganó su armadura de Pegaso. Ahora que Seiya podía mirar en retrospectiva podía ver cómo llevaba mucho tiempo cargando más responsabilidad de la que estaba consciente de poseer.

Saori.

Pensar en ella lo agobiaba, porque había conocido y experimentado demasiadas emociones gracias a ella. Y ahora más que nunca veía la infinita distancia que los separaba.

—No puedo ser un cobarde.—Seiya se puso de pie, aunque no estaba decidido ni confiado, tenia mas temor que cuando entró al inframundo para buscarla a ella.—Ya no puedo esperar mas, si ella no quiere volver a verme, necesito que al menos sepa la verdad.

Se puso su armadura. Se marcho a buscarla.


De entre las sombras apareció una figura masculina, el era alto, delgado y muy joven, poseía unas piernas increíblemente atléticas y un porte un tanto desenfadado, sus ojos reflejaban astucia y picardía y su sonrisa amigable hacia que cualquiera confiara en él al segundo de verlo. Llevaba un atuendo completamente negro que parecía una especie de armadura de bronce, pero esta no era igual a la de sus caballeros, lucia mucho mas ligera, ajustada y endeble.

Saori como Athena podía reconocer a su medio hermano Hermes, pero no podía recordar que alguna vez lo haya visto vestido de esa manera, además ella lo conocía y sabia que él estaba tramando algo, había una distancia considerable entre ellos pero aun así ella podía leer perfectamente las intenciones del mensajero de los dioses.

—Ya paso mucho tiempo, Athena.—Hermes se aproximó levemente a Saori y le hizo una reverencia.— Es bueno verte. Tú santuario en la tierra siempre me gustó, es hogareño y tranquilo, cuando no esta en guerra, claro esta… hay algo en este lugar que me hace sentir mas… pequeño. ¡Ja! Debe ser la imponencia con la que recibes a tus invitados… recuerdo cuando fui al santuario de Poseidón, es un lugar demasiado pretencioso y no quiero mencionar el inframundo… ese lugar si que es horrendo…

—¿Qué es lo que quieres, Hermes?.—Saori miro a su alrededor con cautela, quería ver con que recursos contaba y quería averiguar si había alguna otra amenaza, dado que no estaban sus caballeros con ella.

—A diferencia de ti Athena, yo siempre cumplo con mi trabajo.—Hermes contesto con tranquilidad, el sabia que los caballeros de Athena estaban lejos, se tomó su tiempo para inspeccionar la cama de Athena, el baúl, incluso la miró en su bello vestido blanco.—Estuve buscándote para darte un mensaje del dirigente del Olimpo, aunque antes tuve que buscar un artefacto en esta tierra. Parece ser que Artemisa lo escondió muy bien, pero afortunadamente, yo soy lo bastantemente rápido e hice una enumeración exhaustiva de todos y cada uno de los lugares en los que podía estar… y ya lo encontré.

—Que gran noticia.—Saori se puso nerviosa, Hermes era impredecible.—Entonces cumple con tu trabajo, entrégame el mensaje y vete.

—Debo decir que no fuiste fácil de encontrar, Artemisa ha sabido jugar bien sus cartas… y yo creía que tu eras la diosa de la estrategia.—Hermes se sentó desenfadado en la cama de Saori y continuo hablando como si no la hubiera escuchado.—Lo cierto es que tuve ayuda, el gran jefe me ha dado su favor y me otorgo todas las habilidades necesarias para poder cumplir mi misión y estar hoy aquí.—Hermes se puso de pie y continuo paseándose por la habitación de Saori.

Saori lo seguía con la mirada, trataba de deducir su supuesta misión, pero más importante, trataba de deducir la forma de llamar a sus caballeros.

—Tu santuario es una fortaleza impenetrable… o al menos es lo que haces creer la mayoría del tiempo… Hades ha demostrado que nada es impenetrable.

— ¿Cómo entraste sin mi autorización si tu no tienes el poder de Hades?

—Pero si tengo la suficiente astucia como para lograr que tu misma me abrieras sus puertas.—Hermes sacó de su bolsillo el dije en forma de Luna que Saori había portado durante toda aquella aventura, estaba segura de que había sido un regalo de su hermana, Hermes movía el dije en su mano de manera burlona, el mensajero de los dioses tenia una manera especial de irritarlos a todos.

—¿Cómo es que tú tienes eso…?

Saori recordó la noche anterior, alguien la había intentado sacarla del santuario, todos pensaron que era para matarla, pero ahora se daba cuenta de que Hermes había planeado las cosas demasiado bien.

—Tu causaste aquel sueño que me hizo destruir la pared y el pilar…—Saori estaba a punto de desplomarse.— Yo fui la que rompió la barrera del santuario con mi cosmo.

—A veces vale más el cerebro que los músculos. Y creí que tu mejor que nadie sabría el significado de eso.

—Aún así, las visiones que he tenido en las últimas semanas, no pudiste haber sido tú… yo… no entiendo ¿Qué esta pasando aquí? ¿Y por qué nadie quiere decirme qué es lo que esta ocurriendo?

—Hay muchos seres allá afuera que seguramente quieren hacerte daño, pero ese mensaje no me corresponde a mí dártelo. Yo solo sigo ordenes del dirigente del Olimpo y mi mensaje es muy claro.

Saori estaba dispuesta a sacar a Hermes de cualquier forma, así que se dispuso a invocar a Nike, colocó su mano derecha tras su espalda y Niké apareció enseguida, cuando Saori estaba por blandir su cetro, Hermes hizo un movimiento increíblemente rápido y puso su mano sobre la de Saori de forma delicada y sin miedo. Hermes estaba muy cerca de Saori y la miraba a los ojos fijamente con una leve sonrisa en su rostro. Acercó su cuerpo al de ella, casi en forma de un abrazo, acercó su boca a su oido y susurro.

—El dirigente del cielo quiere verte, pero no quiere verte si llevas las impurezas y pecados de un cuerpo humano… es por eso que debemos apresurarnos.

Saori se quedo sin aliento en cuanto sintió una presión terrible en su estomago, Hermes retrocedió, arrebatándole con fuerza aquella daga. Saori la reconoció de inmediato, era la daga dorada con la que el falso patriarca había intentado matarla cuando era una bebe y era la misma daga que ella había utilizado para morir y llevar la guerra santa al inframundo. La daga dorada estaba bañada en sangre, su sangre.

Saori se tocó la herida con la mano, era profunda y estaba sangrando demasiado, busco desesperadamente a Nike, quería usar su cosmo para salvarse, a si misma. Pero Hermes había pateado su cetro lejos.

—No creo que eso sirva de nada, querida Athena, he estudiado a la perfección la anatomía de los seres humanos es uno de los temas mas fascinantes que hay, y te puedo asegurar que tu arteria aorta esta perforada, así que a menos que haya uno de esos lugares en que los humanos se curan los unos a los otros… morirás.

Saori estaba furiosa, Hermes la había engañado y ella estaba tan distraída e inmersa en buscar respuesta a sus visiones, en la preocupación por sus amigos y por sus sentimientos Seiya que permitió que alguien como Hermes le hiciera daño.

—Quiero que sepas que yo solo estoy siguiendo ordenes, Athena. Tu sabes cuando me agrad…

Antes de que terminara la frase, Hermes fue lanzado con una onda de cosmo agresiva y claramente mas rápida que él, aunque cuando Saori quiso ver si su ataque había surtido efecto, Hermes se había desvanecido en el aire.

Saori intentó dar un paso al frente y correr por su cetro, pero sus piernas dejaron de responderle y cayo de rodillas al suelo, la sangre seguía corriendo abandonando su cuerpo, tosió, pero mas que aliento para seguir caminando, de su boca solo salió mas sangre.


—Saori…lo lamento…mucho, tu eres demasiado importante para mi.—Seiya se decía a si mismo en voz baja mientras subía las escaleras hacia la cámara del patriarca.— No quiero dejar de ser el caballero Pegaso, no quiero dejar de ser tu caballero, quiero permanecer a tu lado hasta el día de mi muerte… porque te amo y mi vida te pertenece…—Hizo una pausa y suspiro.— Solo dile lo que sientes, no es necesario que lo ensayes.

Subía las escaleras con cada paso mas inseguro que el anterior, era ridículo que llevara su armadura puesta, tan solo hablaría con Saori, sin embargo, la armadura del Pegaso siempre lo había acompañado en momentos muy peligrosos, difíciles y heroicos de su vida, era justo que la portara para un momento tan importante para el.

Piso el último escalón, llegando así a los aposentos del patriarca, caminó varios pasos pero el silencio era absoluto, quizás eso significaba que Saori estaba dormida, no quería importunarla, ademas ella debía de estar de un humor no muy accesible y menos para el.

Decidió irse, volvería en un par de horas.

Estaba bajando el primer escalón, pero se detuvo al escuchar uno de los jarrones romperse.


Saori estaba muy asustada, el sentimiento no era nada comparado con aquella vez que tuvo que ofrecer su vida para salvar al mundo de Hades, sentía que el aire no llegaba a sus pulmones, se quedaba atascado en su garganta, levantó, con mucho esfuerzo, su mano derecha y concentró todo su cosmo para detener el sangrado, pero fue en vano, ya no le quedaban fuerzas para curar una herida de esa magnitud, necesitaba llegar hasta Nike para que le ayudara a concentrar todo su poder, pero cada segundo que pasaba sentía que todo su cuerpo dejaba de responderle.

Se arrastró por el suelo y escucho el inconfundible sonido de una de las armaduras de sus caballeros, como el metal se movía con holgura junto con alguno de sus amigos, quiso gritar pero su débil aliento apenas le permitió hacer el sonido de un susurro, las pisadas se alejaban tenia que pensar rápido. Giro un poco su cabeza y vió que tenia cerca una de las mesas que poseía encima un jarrón de cerámica. Agitó la mesa con todas sus fuerzas y el jarrón cayó al suelo justo enfrente de ella rompiéndose en mil pedazos y haciendo un fuerte sonido.


—¿Saori?.—Seiya estaba parado enfrente de la enorme cortina roja que separaba la cámara del patriarca de los aposentos de la diosa Athena.—No quiero molestarte, solo quiero saber si estas bien.

Silencio.

—Se que en estos momentos y por alguna razón, no soy tu persona favorita pero… yo… sigo siendo tu caballero.

Silencio.

Seiya sabia que ella se molestaría pero aún así decidió entrar.

—Ya estoy entrando.—Seiya caminaba tembloroso. Sentía algo que le oprimía el pecho.

Unos pasos adelante pudo ver como todos sus miedos se volvían realidad, como sus pesadillas se hacían palpables, como todos esos años de entrenamiento y todo el poder se volvían ínfimos e inútiles, como la mujer que el mas amaba en este mundo y en todos los demás, yacía en el suelo con su hermoso vestido blanco bañado en sangre.

—Seiya… ayúdame.— Dijo Saori con mucho esfuerzo.

Seiya estaba en shock, sintió que se le había parado el corazón por un momento. Parpadeo de forma rápida esperando que todo fuera un sueño, pero ella seguía con sus enormes y bellos ojos suplicantes sosteniendo con ambas manos su herida en el estomago, tal y como había soñado.

Corrió hacia ella y la sostuvo en sus brazos, no podía hablar, mucho menos pensar. No estaba analizando la situación solo quería que el sangrado se detuviera.

—Saori… Shun…el… debe saber qué hacer… yo no se… tengo que buscarlo….

—No te vayas, Seiya.

Seiya estaba respirando muy rápido, en sus años de entrenamiento Marin siempre le había enseñado a mantener la calma, pero ahora simplemente no podía hacerlo, sin embargo, el sabia que tenia que estar ecuánime si quería mantenerla con vida.

—Bien bien. Saori voy a tocarte el estomago para ver si puedo parar el sangrado.—Seiya le dijo al tiempo que buscaba el origen de la herida y apartaba la mano de Saori para colocar la suya. El sangrado se hizo constante. Seiya no sabia nada de medicina, pero sus propias heridas le habían enseñado que ella estaba en peligro mortal si él no actuaba rápido.

Presiono la herida de Saori fuertemente y de manera firme, Seiya sabia que debía mantenerla consciente lo mas posible y ver los recursos que tenia disponibles a su alrededor.

—Seiya… lo que te dije antes… no era cierto.—Saori tosió.— Tu eres… mi caballero Pegaso… yo… desafié a mi familia…. Por… por ti… y lo haría de nuevo… Tengo que decirte algo… muy importante—Comenzó a cerrar los ojos, se sentía extremadamente agotada.

—Saori.—Gritó Seiya le tomo su cara con la mano que no cubría la herida de la diosa Athena.— Mírame, ¡mírame! No cierres los ojos, vas a estar bien.

Seiya rompió parte de la falda de Saori para usarla como una venda e impedir que ella siguiera sangrando, estaba intentando hacer los dobleces necesarios sobre la tela para que fuera más gruesa con su mano libre, además tenía que seguirle hablando para que no se durmiera.

—Iré a verte, estaremos en Japón, tu estarás en la mansión Kido, será una tarde soleada, yo compraré un ramo de flores… te prometo que serán muy bellas.—Seiya se estaba desesperando, pues no lograba ver el origen del trauma en el estomago de Saori, aún así tenia que mantenerla despierta y orientada el mayor tiempo posible.—Estarás en tu estudio tocando ese enorme piano que tienes… entonces yo llegaré a molestar a Tatsumi por pasar directo contigo sin consultarlo…

Saori suspiro en forma de lo que pudo ser una risa. Seiya la miró un momento, sus ojos se estaban comenzando a llenar de lágrimas.

—… me quedaré contigo toda la tarde si es necesario y hablaremos acerca de todo… no habrá un solo secreto. Yo te hice una promesa, Saori… y pienso cumplirla, no importa cuánto me cueste.

—¡No puede ser! ¡Saori!.— Gritó Shun. Se había quedado helado a unos pasos de Athena y Pegaso junto con los otros caballeros.

La escena era peor que terrible, la diosa Athena estaba sangrando, al borde de la muerte en los brazos de su caballero Pegaso. Fue un segundo entero en el que nadie respiro.

—¿Qué estas esperando? ¡Tienes que hacer algo, Shun!.— Dijo Hyoga consternado.

—Pero… yo… ¡Yo no soy médico en realidad! Yo no sé cómo salvarla.

—Dijiste que este año te había dado cierta experiencia, este es el momento de usarla… no podemos dejar las cosas así, ella morirá y nosotros habremos fracasado.— Dijo Ikki tomando de los hombros a Shun y mirándolo a los ojos con dureza.

Shun se quedó pensando un momento, la expresión de Seiya revelaba que tenía esperanzas de salvarla y que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por hacerlo.

—Bien… necesito parar el sangrado, eso la estabilizará y nos permitirá llevarla a un hospital.—Dijo Shun poniéndose de rodillas aun con su armadura y colocando a Saori de forma horizontal en el suelo frente a Seiya.—Busquen agua limpia y necesitaré las sabanas.

Hyoga y Shiryu fueron a buscar las cosas que Shun pedía. Seiya estaba a un lado de ella, mientras venia cómo Shun retiraba la improvisada venda del estomago de la chica.

—¿Cómo es que todos están aquí? ¿Sintieron que su cosmo se debilitaba?.—Le pregunto Seiya a Ikki sin dejar de ver a Saori.

—El cosmo de Saori ya desapareció por completo Seiya, al menos al punto en que solo tú puede sentirlo… como al principio de todo esto.—Hizo una pausa.—Fue eso y el hecho de que, de forma súbita el cielo se nubló.

Seiya apartó por primera vez la mirada de Saori y volteó a su derecha, se percató de inmediato de que el día que en un principio era soleado ahora era de un gris profundo, el viento soplaba con ligereza pero era helado, las nubes estaban a punto de dejar caer la lluvia de una forma estrepitosa y eso solo aumento la preocupación del Pegaso, por su experiencia sabia que eso solo era el indicativo de que algo muy malo estaba a punto de pasar.

—Shun… chicos. Es muy bueno… verlos.—Dijo Saori en un tono casi inaudible, habia perdido mucha sangre y estaba desorientada.

—Hola Saori… por favor no hables… necesito que escuches mi voz y te mantengas consciente, te sacaremos de esta.—Le decía Shun mientras intentaba buscar el origen del sangrado para poder detenerlo pero palideció cuando se dió cuenta de que la herida de Saori era mortal.

Seiya volvió a mirarlos en cuanto dejó de detectar movimiento en Shun.

—¿Qué rayos haces? ¿Por qué te detienes?.—Pregunto molesto Seiya pero en voz baja para no asustar a Saori.

—Creo que… su arteria aorta… esta perforada.

—Y si así fuera…tú puedes ayudarla ¿No?.—Preguntó Hyoga que acababa de llegar con las sabanas limpias del baúl de Saori.

—No puedo…ella necesita un lugar estéril, un verdadero cirujano, equipo médico, transfusiones de sangre.—Shun miraba a Saori quien lo veía con calma y con sus ojos un poco cerrados.

—Shun… yo estoy bien…no me duele.—Le decía Saori.

«Ella es mi amiga, es la diosa Athena, ella debe vivir».—Pensó Shun.—«Necesitamos un milagro»

Shun se puso manos a la obra para mantener la presión sanguínea de Saori estable para mantener su corazón latiendo. Shiryu llegaba con agua limpia y Hyoga estaba listo con las improvisadas vendas. Todos estaban listos y decididos.

—Quiero que sepan que mi más grande deseo es que todos ustedes encuentren la paz y la felicidad.—Dijo Saori. Sin pausas, sin jadeos, sin miedo, sin lágrimas.—Ha sido un honor haberlos conocido en este tiempo… ustedes no me deben nada, no sientan esto como una derrota, es solo… avanzar.

De repente, el frio se fue, el dolor se disipó de su cuerpo, el miedo se veía lejano, el anhelo por la vida era un sentimiento que nunca antes había sentido sino hasta el día en que la vida la había abandonado. Ya no había vuelta atrás, solo le quedaba ser valiente y afrontar el futuro en soledad.

La lluvia comenzó a caer y tomo forma de lamento, las estrellas parecían a la lejanía parecían haberse apagado, el viento parecía susurrar el dolor de una perdida.

Saori había muerto.

Shun puso dos de sus dedos en el cuello de Saori. No había pulso cardiaco.

—No no ¡No!.— Shun se puso en posición para iniciar maniobras de resucitación, cruzó sus dos manos y las apoyó en el pecho de Saori para así comenzar a darle un vigoroso masaje en el corazón.—Esto no va a terminar así… todos hemos perdido mucho… tu has perdido mucho… pero aún podemos ganar… podemos ganarles a los dioses.

Shun había perdido la compostura. Ikki lo tomo de ambos brazos y lo abrazo para detenerlo, si continuaba así, le rompería las costillas a una Saori que por mas que lo intentara ya no iba a responder.

Seiya comprendió lo que estaba pasando más tarde de que su cuerpo reaccionara, pues ya la tenia entre sus brazos, su cuerpo estaba más ligero y muy frio. Colocó su cara en el cuello de Saori en dónde comenzó a llorar.

—Por favor, Saori, haré lo que sea, iré a donde sea, solo necesito una pequeña señal.—Seiya lloraba con desconsuelo.—Porque… de nada me sirve pelear si no es por ti. Tú eres la única razón por la que yo me levante del suelo tantas veces, eres la razón por la que luche todas esas batallas. Tú, tú, ¡Tú!

Hyoga vió toda la imagen y las fuerzas abandonaron su cuerpo, entonces el cisne cayó al suelo de rodillas y su armadura se desprendió de su cuerpo, parecía que la vida también la había abandonado, al igual que la de Shiryu quien estaba en uno de los pilares recargado, también en el suelo. Una a una las armaduras se desprendieron de sus caballeros, cayeron al suelo y se volvieron grises, casi parecían ser de plástico.

Las lágrimas de Seiya escurrían por sus mejillas sin control, mientras mantenía el cuerpo inerte de Saori en sus brazos. De inmediato, sintió que le arrancaban el corazón y lo hacían trizas en el suelo. Que su cosmo se hacía muy pequeño, que su alma se había ido muy lejos, que su voluntad estaba derramada en el piso con cada gota de sangre de la mujer que había jurado proteger. Sentía que la muerte de Saori era la suya también.

—…No puedo… no puedo salvar a la humanidad si no estas tu.

Saga de la Tierra

Fin de la primera parte


Queridos lectores, bueno que nos leamos de nuevo, había estado sumamente ocupada, este asunto de la pandemia no nos lo ha puesto fácil a ninguno, por lo que espero que todos ustedes estén muy bien.

Este es el último capítulo de la que me gusto llamar "Saga de la tierra" en donde (a mi punto de vista) a lo largo de la travesía pudimos ver a unos personajes mas vulnerables pero también mas fuertes, no solo ver las facetas de los heroes y la damisela en peligro, me he divertido mucho durante todo este proceso de escribir y editar las partes que creí que se podían mejorar.

Quise hacer este final un poco en homenaje a la saga de hades en la parte del final del santuario, ese sentimiento de fatalidad y de querer saber mas de la historia es lo que les quise transmitir.

Me encantaría que los lectores que vienen siguiendo esta historia y los nuevos lectores me dejaran su opinión acerca de este capítulo que si, es el más largo hasta el momento, pero creo que tiene la dimensión exacta. También me gustaría que me dijeran ¿Qué creen ustedes que pasará mas adelante? ¿Qué creen que los caballeros harán ahora para salvar a Saori? ¿Quién creen que esta detrás de las visiones de Pegaso y Athena? Y cualquier otra cosa que me quieran decir.

Retomaré la segunda parte de esta historia muy pronto, espero leerlos en los comentarios.

Gracias, amigos.