Capitulo 25 Horse
Naruto cerró la ducha de la casa de Mito, agarró una toalla y rápidamente se secó. No podía dejar que se fuera. Costara lo que costara, tenía que meter algo de sentido en esa terca y dulce cabeza suya. Su vida dependía de ello.
Envolviéndose la toalla alrededor de las caderas, salió al vestíbulo.
—¿Hina?
No hubo respuesta.
El pánico lo atravesó. Ella había sugerido que se duchara él antes. ¿Qué pasaría si lo único que había querido era deshacerse de él para recoger a Chip y dejar el pueblo?
Atravesó el vestíbulo, metió la nariz en el dormitorio de Chip y en el suyo, luego en el de ella.
No se había ido a ninguna parte, sino que se había quedado dormida encima de la colcha. Su vestido arrugado se extendía alrededor de sus piernas y sus sucios pies sobresalían ligeramente por debajo.
Relajó bruscamente los hombros con alivio. Sonrió, se vistió y se pasó gran parte del día viéndola dormir. Era lo más hermoso que había visto nunca.
Tres horas más tarde, ella se despertó, pero él no estaba allí porque había salido a mirar cómo estaba Piolín. Fue una suerte.
—¡Hina! ¡Hinata, despiértate! ¡Te necesito!
—Les deberíamos haber dicho que nos hemos C-A-S-A-D-O. —Shiho deletreó la palabra mientras contemplaba a su reciente marido en el interior del Range Rover de Shion—. Pero estaban demasiado cansados para más novedades. Aún no me puedo creer que Menma haya metido a Hinata en la cárcel.
—Lo que yo no me puedo creer es que nos hayamos ofrecido para ser los canguros de esos dos diablillos cuando llevamos sólo un día C-A-S-A-D-O-S.
Él miró por el espejo retrovisor a Miroku y Chip. Chip se rascaba una costra del codo y Miroku mordisqueaba feliz la pata de Horse. Habían pedido prestado el Range Rover porque era más fácil instalar la silla de Miroku. En ese momento los dos niños estaban llenos de arena de haber pasado la tarde en el parque.
—Menma y Shion han cuidado de ellos toda la mañana —apuntó Shiho—. Nosotros sólo los hemos tenido una tarde.
Tomaron el sendero que conducía a lo alto de Heartache Mountain.
—Es nuestra luna de miel, por el amor de Dios. Deberíamos estar haciendo nuestro propio bebé.
Shiho sonrió.
—Me encantaría. Pero Menma y Shion necesitaban un descanso. Hoy ha sido un día duro.
—No me hables de cosas duras.
—¡Deidara Namikaze!
—No intentes hacerte la tímida conmigo, Sra. Namikaze. He visto tu verdadero yo.
—¿Y quieres volver a verlo otra vez? Él estalló en risas.
—¿Por qué llamas a Shiho Sra. Namikaze? —preguntó Chip desde el asiento trasero.
Dediara y Shiho intercambiaron miradas de culpabilidad, luego Dediara se reclinó contra el respaldo sin dejar de mirar la carretera.
—Me alegro que preguntes eso, Chip. De hecho, queremos que seas el primero en saber que… Shiho y yo nos casamos ayer.
—¿Se casaron?
—Sí.
—Pues genial. ¿Sabéis que hay montones de planetas por todas partes? Y algunos de ellos tienen trillones de años.
Eso era lo que le importaba el matrimonio a un niño de cinco años.
Shiho comenzó a reírse tontamente una vez más. Deidara le sonrió con el amor rebosando su corazón. ¿Cómo podía haber estado tan ciego tanto tiempo?
Tomaron la curva que enfilaba a la casa de Mito, y los dos lo vieron de inmediato. Shiho se quedó sin aliento.
—¡El garaje está ardiendo!
Deidara apretó el acelerador y el Range Rover salió disparado. Una lluvia de grava voló cuando frenó. Shiho abrió de golpe la puerta y salió de un salto.
Deidara subió el freno de mano y le dirigió a Chip una rápida mirada de advertencia.
—¡Quédate aquí! ¡No te muevas!
Chip asintió con la cabeza asustado y Deidara saltó fuera justo a tiempo de ver a Naruto y Hinata aparecer por detrás de la casa. Mientras Naruto corría para coger la manguera, Hinata se abalanzó sobre el grifo exterior para abrirlo.
Shiho se dirigió a la casa. Él la siguió al interior para coger varias alfombras pequeñas, luego salieron rápidamente con ellas.
Cuando Naruto los vio llegar, empujó a Hinata:
—¡Mantén el perímetro mojado! — Deidara supo que su preocupación era que el fuego no alcanzara la casa desde el viejo garaje.
Naruto agarró una de las alfombras de Deidara.
—Ve por detrás. Yo me ocuparé del frente.
Se separaron, y empezaron a sacudir las alfombras sobre varias de las llamas más pequeñas. Deidara podría haber trabajado más eficazmente si hubiera estado solo, pero no hacía más que mirar alrededor para asegurase que Shiho no se acercaba demasiado a las llamas.
Afortunadamente, la tierra estaba húmeda por la lluvia que había caído la madrugada del sábado y pronto tuvieron el fuego bajo control. Nada quedaba del garaje salvo un montón de escombros al rojo vivo, pero la casa estaba a salvo.
Shiho cerró el grifo y Hinata dejó caer la alfombra. Deidara se acercó a ellas.
—¿Qué sucedió?
Hinata se apartó un mechón de pelo de la cara con el antebrazo.
—No lo sé. Estaba durmiendo. Entonces Naruto me llamó desde fuera y vi las llamas.
—Estás mojada —dijo Shiho.
También estaba manchada de barro, con el vestido de algodón tan arrugado que parecía como si hubiera dormido con él y luego le hubiera pasado un coche por encima.
—Mira lo qué encontré en esos arbustos de allí. —Naruto apareció con un bidón rojo de gasolina que siempre estaba en el garaje.
—¿No pudo provocarlo otra cosa? —preguntó Deidara.
Naruto negó con la cabeza y disgustado arrojó al suelo el bidón.
—No me importa si tengo que tener esto vigilado veinticuatro horas. Voy a llegar hasta el final.
Hinata apretó la mano de Shiho.
—Fue una suerte que vinieran. Lo habríamos pasado mal si no fuera por ustedes.
—Vinimos a traer a Chip. Y también porque tenemos algo que deciros. —Shiho intercambió una sonrisa conspiradora con Deidara, y luego abrió más los ojos—. Deidara, nos olvidamos. Dejamos a los niños en el coche.
—¿Niños? —Hinata se dirigió hacia la casa.
—También trajimos a Miroku —aclaró Deidara mientras las seguía—. Menma y Shion necesitaban un descanso.
—¿Qué es lo que tienen que decirnos? —preguntó Hinata. Deidara sonrió.
—Será mejor que dejemos que Chip les dé la noticia.
Rodearon la casa. Shiho contuvo la respiración, y después todos se paralizaron. El Range Rover no estaba. Y no había ninguna señal de los niños.
Kiba Inuzuka no conseguía respirar el aire suficiente. Siguió abriendo la boca y tratando de aspirar más, pero era como si sus pulmones hubieran encogido. Los dos niños de la parte trasera lloraban y el niño no dejaba de gritarle.
—¡Tienes que soltarnos ahora mismo, o Naruto te disparará con su pistola! ¡Lo digo en serio! ¡Tiene un millón de armas, y te disparará y luego te clavará un cuchillo!
Kiba ya no lo podía aguantar más.
—¡Cállate o harás que nos estrellemos!
El niño se calló, pero el bebé continuó gritando. Kiba quería echarse al arcén y escaparse de ellos, pero no lo podía hacer porque había dejado atrás su Lumina. Estaba aparcado en la carretera que conducía hacia Heartache Mountain.
Kiba había estado tan pendiente de todo lo demás que no había visto que los niños estaban en el asiento trasero del coche cuando se había montado en él. Si los hubiera visto no hubiera cedido a la tentación de robar el Range Rover.
¿Cómo había podido meter tanto la pata? Era culpa de Hinata Hyūga. Si no fuera por el Templo, sus padres no se habrían divorciado. Por el Templo, su madre se había vuelto tan religiosa que había hecho huir a su padre.
Kiba todavía recordaba cómo era ir a las reuniones con ella y escuchar Sasuke Uchiha predicar, mientras la bruja de su esposa estaba allí sentada absorbiendo cada palabra. Sasuke estaba muerto, así que Kiba no podía vengarse de él, pero después de todos esos años, finalmente se había vengado de su esposa.
Pero nada había salido bien.
Aunque había estado borracho, ahora sabía que nunca debería haber destrozado el autocine. Pero cuando había entrado a comprar un bocadillo, ella había parecido tan feliz que lo había incitado a atacar. No era justo que ella estuviera tan feliz cuando su madre se comportaba todo el tiempo como una bruja y su padre ya no lo llamaba.
Shino, Zabuza y él habían estado bebiendo cerveza Mountain Dew y vodka durante la segunda película. Después, Kiba había querido continuar la fiesta en casa de alguno de ellos pero Shino y Zabuza dijeron que estaban cansados. Menudos perdedores. Kiba se había despedido de ellos, tomado algo más de vodka y luego había vuelto al autocine. Todo el mundo se había ido, así que había entrado a hurtadillas y se había vuelto loco.
No fue hasta la tarde del sábado cuando se había puesto a pensar en lo que había robado y se había preocupado de que su madre o cualquier otra persona las encontrara.
Fue en ese momento cuando vio el asqueroso Escort de Hinata aparcado delante de los nuevos apartamentos. La calle estaba desierta, y no se veía a nadie alrededor y como estaba asustado, había escondido los artículos robados bajo las cajas y el asiento delantero.
Ese mismo día había oído que la habían arrestado y encerrado en la cárcel. Se había felicitado de su buena suerte hasta que oyó que la habían soltado de inmediato.
Se dio cuenta de que se acercaba demasiado al coche de delante y se metió en el carril izquierdo.
Una camioneta venía directamente hacia él.
La adrenalina surcó las venas de Kiba. Sonó un claxon con gran estruendo, y, en el último momento la camioneta salió de la carretera aterrizando en el arcén.
—¡Vas demasiado rápido! —lloró el niño en el asiento de atrás.
Kiba se sacó el sudor de los ojos con la manga de su camiseta.
—¡Te he dicho que te calles!
Ojalá su madre no hubiera encontrado la hierba en su armario esa mañana, entonces no lo habría echado de casa. Ella le había dicho que no volviera, pero él no la había creído hasta que volvió un par de horas antes y vio la camioneta del cerrajero delante de su casa. La camioneta tenía un letrero en el que ponía Servicios 24 horas.
No supo qué hacer. Por lo que sabía, su padre vivía en Jacksonville, decidió que iría allí, pero no sabía si su padre lo querría con él.
Había bebido un par de cervezas, había fumado algo de hierba y cuando daba una vuelta, había visto la carretera que llevaba a Heartache Mountain. No podía olvidar que Hinata ya no estaba en la cárcel y que probablemente hasta fuera feliz y todo. Fue entonces cuando ocultó el Lumina entre los árboles y había subido atravesando el bosque.
Creía que Naruto y Hinata estarían limpiando el autocine, y decidió quemar la casa mientras no estaban. Pero cuando había robado el bidón de gasolina del garaje, Naruto había salido un momento al porche posterior de la casa. Kiba no estaba tan loco como para quemar la casa llena de gente, así que había rociado el garaje con la gasolina.
Cuando el fuego había prendido, lo había observado un minuto y luego se había dado vuelta para atravesar el bosque hacia su Lumina justo cuando el Range Rover subía por la carretera. Podría venderlo fácilmente por sesenta mil dólares.
Después de que el reverendo Deidara y Shiho Brown se bajaran, se había subido él y había salido pitando. No había oído el ruido de detrás hasta que había recorrido bastante distancia. Ahora, todo lo que hacían era meter bulla.
—¡Si nos dejas salir del coche, no le diré a Naruto lo que hiciste! Kiba apretó el acelerador.
—¡Los dejaré bajar, de acuerdo! Pero todavía no. Quiero estar más lejos.
—¡Ahora! ¡Tienes que dejarnos salir ahora! ¡Estás asustando a Miroku!
—¡Cállate! ¿No puedes hacer lo que te digo?
Tomó la curva demasiado rápido. Oyó el grito que salió de su propia garganta.
Luego dio un frenazo.
El niño gritó en la parte trasera.
El coche comenzó a ir de un lado para otro y a Kiba se le apareció la cara de su madre en la cabeza. ¡Mamá!
Perdió el control.
Hinata no podía dejar de gemir. Por favor, Oh Dios, Por favor… Por favor.
Los nudillos de Naruto estaban blancos sobre el volante del Mercedes, su cara estaba gris bajo el bronceado. Sabía que pensaba lo mismo que ella. ¿Qué ocurriría si habían tomado la dirección equivocada?
Se dijo a sí misma que la policía encontraría a los niños si ella y Naruto no podían. Shiho y Deidara se habían quedado atrás para contarles lo sucedido. Habían seguido las marcas de frenazos de la carretera. Aún no habían encontrado nada… y ya habían recorrido veinte kilómetros. ¿Qué pasaría si su intuición no había sido correcta? ¿Qué ocurriría si el bastardo que conducía se había metido por una carretera secundaria?
No podía pensar en eso. Si lo hacía, comenzaría a gritar. Naruto contuvo la respiración.
—El coche.
Luego lo vio.
—Oh, Dios mío.
El Range Rover estaba boca arriba en el arcén de la derecha. Había coches parados; la gente se apelotonaba. Había dos coches patrulla y una ambulancia.
Oh, Dios mío… Por favor… Por favor, Dios mío
Las ruedas del Mercedes derraparon y la grava crujió bajo el peso de los neumáticos cuando Naruto frenó en seco sobre la carretera. Saltó del coche y ella corrió tras él. La grava se metía en las sandalias que Shiho le había prestado. Lo oyó gritar al enfermero que estaba al lado de la ambulancia.
—¡Los niños! ¿Están bien los niños?
—¿Tú quién eres?
—Yo…, soy el padre del chico.
El enfermero señaló con la cabeza hacia la camilla.
—El chico está estabilizado por ahora.
Hinata llegó a la camilla poco después de Naruto. Pero no era Shisui. Allí estaba Kiba Inuzuka.
Sin decir nada, Naruto se giró hacia el coche y se agachó para mirar dentro donde una de las puertas estaba abierta. Inmediatamente se enderezó.
—Había dos niños pequeños con él. Un niño de cinco años y un bebé. El enfermero se puso inmediatamente alerta.
—¿Estás diciendo que ese chico no era el único ocupante del coche?
Naruto le ofreció una brusca explicación mientras ella corría para mirar en el Range Rover. El cinturón del asiento de Miroku estaba suelto. Hinata miró frenéticamente alrededor y vio un zapato blanco de bebé en los arbustos a unos metros del coche.
—¡Naruto!
Él se acercó a ella.
—¡Mira! —gimió—. El zapato de Miroku. —Miró en dirección al sol que se ponía y vio un diminuto calcetín rosa colgando en los arbustos cerca de la línea de árboles que marcaban el borde de un área densamente arbolada.
Naruto vio el calcetín al mismo tiempo que ella.
—Vamos.
Sin esperar a nadie, se dirigieron hacia el bosque. Los arbustos espinosos se enganchaban en su falda, pero apenas prestó atención.
—¡Shisui!
La voz de Naruto subió de intensidad.
—¡Chip! ¡Grita si nos puedes oír!
No hubo respuesta, y se internaron más entre los árboles. Las piernas de Naruto eran más largas que las de ella y rápidamente se adelantó.
—¡Chip! ¿Me puedes oír?
Su camisa se enganchó en una rama. Ella tiró bruscamente para liberarla, luego levantó la mirada para ver qué había paralizado a Naruto.
—¿Chip? ¿Eres tú?
—Oh, Dios mío… —Ella se detuvo y escuchó.
—¿Naruto?
La voz era lejana y estremecedoramente familiar, venía de algún sitio a su izquierda.
Naruto se adelantó, gritando. Ella corrió tras él, con el corazón latiendo a mil por hora.
El terreno se inclinaba cuesta abajo y ella se deslizó, luego recuperó el equilibrio. Naruto había desaparecido. Ella siguió el camino que él había tomado atravesando un matorral y salió a una zona despejada por donde pasaba un pequeño riachuelo.
Entonces los vio.
Shisui estaba sentado contra el tronco de un viejo eucalipto negro a unos treinta pasos con Miroku sobre su regazo.
—¡Chip! —Los pies de Naruto golpearon la tierra cuando comenzó a correr a través del claro hacia los niños. Miroku estaba en silencio, pero tan pronto lo vio, comenzó a gritar. Los dos niños estaban sucios y con rastros de lágrimas. La camiseta de Shisui estaba rota y tenía un arañazo en una rodilla. Además le faltaba un zapato y un calcetín; la mejilla rosada de Miroku tenía una mancha de grasa que bajaba desde la frente. Naruto se puso de rodillas, la cogió con un brazo y con el otro rodeó a su hijo.
—¡Naruto! —Shisui se agarró a él.
Un sollozo desgarró la garganta de Hinata mientras se acercaba.
Naruto le pasó a Miroku y apretó a Shisui contra su pecho, entonces lo apartó lo suficiente como para mirarle los ojos.
—¿Estáis bien? ¿Te duele algo?
—Los oídos.
Naruto inmediatamente giró la cabeza de Shisui para mirarle las orejas.
—¿Te duelen los oídos?
— Miroku gritó muy fuerte. Me hizo daño en el oído. Naruto se relajó visiblemente.
—¿Eso es todo? ¿Nada más? Chip negó con la cabeza.
—Estaba realmente asustado. Ese chico era muy malo. —Comenzó a llorar.
Naruto le dio un rápido abrazo, se lo pasó a Hinata, y cogió a Miroku para examinarla.
Shisui temblaba entre sus brazos y habló contra su estómago.
—Mamá, estaba tan asustado. El coche se dio la vuelta y temí que el chico malo se despertase y quisiera llevarnos con él otra vez, así que saqué a Miroku de su asiento y la cogí, pero era muy pesada, y no hacía más que gritar porque también estaba muy asustada, pero finalmente se calló.
Hinata habló en medio de sus lágrimas.
—Fuiste muy valiente.
Naruto, mientras tanto, había examinado a Miroku. Hinata lo miró, y él asintió con la cabeza.
—Está bien. Los llevaremos para que los examinen a los dos, pero creo que están bien. Dale gracias a Dios de que tuvieran los cinturones puestos cuando el coche volcó.
Gracias, Dios mío. Gracias.
Miroku descansó la cabeza contra su tío y se metió el pulgar en la boca. Su pequeño pecho tembló cuando lo chupó con movimientos reconfortantes.
Shisui extendió la mano y palmeó su pierna.
—Ves, Miroku. Te dije que nos encontrarían.
Hinata envolvió firmemente a su hijo con el brazo cuando se dirigieron entre los árboles hacia la carretera, pero no se habían movido más que unos metros cuando Miroku dejó escapar otro chillido.
Shisui dio un salto.
—Ves, mamá. Ya te dije que podía gritar mucho. Naruto le frotó la espalda.
—Silencio, cariño.
Pero Miroku no podía ser silenciada tan fácilmente. Retorció su cuerpo, estiró los brazos y gritó.
Hinata siguió la dirección de su mirada y llegó hasta la base del árbol donde habían encontrado a los niños. Miroku quería su conejo de peluche.
—Ya te lo recojo.
Se acercó al árbol, entonces se detuvo al ver que la costura de atrás se había abierto y que el relleno estaba desparramado.
Brillando, el relleno centelleaba.
Naruto lo vio al mismo tiempo que ella. Se volvió rápidamente al árbol y clavó los ojos en el pequeño montón de piedras brillantes. La mayor parte de ellas habían caído sobre el terreno, otras reposaban sobre la manchada tela del conejo.
Naruto silbó.
—Diamantes.
Ella miró fríamente las piedras brillantes. Sasuke las había escondido en el relleno del conejo de Shisui. El busto Kennedy y la Biblia sólo habían sido para despistarla y que no sospechara la verdad. Cuando le había rogado que le llevara a su hijo al aeródromo, no era porque quería despedirse de él, sino porque sabía que Shisui llevaría a Horse. Sasuke había querido los diamantes, no a su hijo.
En ese momento, Hinata decidió que Sasuke Uchiha no sería más el padre de Shisui.
Naruto la tomó de la mano.
—Parece que finalmente encontraste tu tesoro, Hina.
Ella tocó una de las piedras con el dedo del pie que sobresalía de la sandalia de Shiho y supo que él estaba equivocado. Esos diamantes no eran su tesoro. Su tesoro de verdad estaba delante de sus ojos, pero ella no tenía derecho a reclamarlo.
