Vigesimotercero

¿Sería aquel el primer paso hacia la felicidad? ¿Lograría tener por primera vez en mi vida todo lo que deseaba? Bueno, tal vez no todo ya que aún se me resistía mi presentación triunfal en Broadway.

Es cierto que siempre había deseado que mi primer premio llegase a los 25 años, pero dadas las circunstancias, y saber que solo me quedaban 11 meses para cumplir los 26, era prácticamente imposible hacer realidad ese sueño. Sin embargo, no había drama. No me preocupaba no ganar mi primer Tony con aquella edad, siempre y cuando lo lograse más adelante.

En aquel instante, mi definición de la felicidad englobaba el hecho de sentirme bien, ver que todos a mí alrededor también lo hacían y seguir caminando hacia mi sueño. Nada más. Mi constancia, mi esfuerzo y mi talento terminarían por llevarme a lograr mi objetivo. Pero mientras eso sucedía, mi vida personal debía empezar a tomar un rumbo más afianzado, más estable. Y conocer a Quinn como lo hice aquella noche bien podría significar que aquello a punto estaba de suceder.

Jamás imaginé que un simple paseo por el parque junto a una chica y a su juguetón perro podría hacerme tanto bien. Más aún si lo completaba con una deliciosa y rápida cena en el Holy Bush. Jamás en mi vida había probado unas patatas asadas tan exquisitas como aquellas. De hecho, ni siquiera me percaté en la presencia de los típicos clientes que solían acudir a aquel acogedor bar, y que tanto detesté en su día. Y sí, digo acogedor porque en aquella segunda ocasión que pude visitarlo, todo tomó un matiz diferente a como me sentía la primera vez.

Ya no me parecía un antro, sino un pequeño bar familiar. Los cuadros que en un principio me parecieron horribles, ahora me regalaba instantáneas de Inglaterra que los documentales o las películas no se dignaban a mostrar. Y del futbol mejor ni hablar. Con decir que hubo un instante en el que me levanté incluso de la silla para celebrar un gol de los rojos junto a Quinn. Digo los rojos porque de ese color vestía el equipo favorito de ella.

Fue una cita perfecta, y eso que ni siquiera estuvo planeada. Sin embargo, lo mejor no fue ese paseo ni esa cena en el bar. Lo mejor de todo llegó cuando de regreso a la boca del metro que me devolvería a Brooklyn, a Quinn se le ocurrió la mejor y más divertida idea de todas cuanta pudo tener en aquella noche. Y fueron muchas, lo aseguro.

Una cabina de fotomatón a escasos metros de mi objetivo, supuso aquella divertida escena que me iba a provocar dolor de cara de tanto reír.

Tal vez no se pueda imaginar sin verlo o vivirlo, pero juro que en menos de un metro cuadrado caben dos personas y un Chow Chow sin problemas.

—¿Estás lista? —me preguntó con el dedo ya sobre el pulsador.

—No, no —dije tratando de peinarme un poco—. Oh por dios, pero si estoy demasiado cerca, mira mi cara —señalé hacia la pantalla donde nos veíamos reflejados los tres. Bleu, Quinn y yo.

Los tres sentados en la pequeña banqueta dispuestos a ser captados por la cámara de aquel fotomatón. No sé cuál era el problema, o tal vez la perspectiva al estar sentada en uno de los laterales, pero yo veía que mi cabeza estaba descompensada con la de ellos dos. Y sí, hablo de Bleu como si fuera uno más porque el pobre animal se mantuvo erguido en todo momento, siguiendo las órdenes de Quinn sin rechistar.

—Es que estás adelantada —dijo ella—. Vamos, apóyate en mí —me invitó a que recuperase un poco la distancia.

Y era verdad. El reducido espacio de aquella cabina me llevó estar un poco más adelantada en la banqueta para que ambos pudiesen sentarse sin problemas. Y evidentemente, mi cercanía con la cámara lograba aquel extraño efecto de verme como si de una cabeza de la isla de Pascua se tratase.

Le hice caso y me dejé caer sobre el respaldo para separarme un poco, y aunque no funcionó demasiado, si nos sirvió para comenzar otra ronda de risotadas que volvían a poner nervioso a Bleu.

—Ok, ahí está bien —dijo Quinn dispuesta a pulsar el botón, y yo la dejé. Estaba mejor que nunca, pensé al tiempo que rodeaba su cuerpo con mi brazo, y permitía que ambas estuviésemos más juntas.

Aquella tanda de fotos iba a estar en mi poder, al menos ese fue el motivo por el que accedimos a hacerlas.

Fue Quinn quien recordó cómo me había sentido curiosa por sus fotos con Brittany hasta tal punto de regalarme una de ellas. Y tuvo la genial idea de repetir la escena, esta vez con nosotras dos de protagonistas.

Tal vez nuestras caras no reflejaban la diversión que mostraba Quinn junto a su amiga, pero tampoco teníamos nada que envidiarle. ¿Quién en su sano juicio haría algo así con Bleu junto a nosotras? Nadie, excepto ella y yo.

Y fueron cuatros los fogonazos que escuchamos cuando Quinn se decidió a pulsar el botón.

Reconozco que no supe que cara había puesto hasta que pude descubrir la ristra de fotos. Y a pesar de mi extraña posición y el efecto que provocaba en mi cabeza, no salí mal. De hecho, estaba más bien de lo que puedo aparecer en algunas fotos hechas a conciencia.

Y por supuesto ella tampoco salía mal. Pero eso era algo que ya sabía que iba a suceder.

Era imposible que alguien como ella saliese mal en una fotografía. Ni siquiera haciendo muecas lograba salir desfavorecida.

—Quiero una, no puedes dejarme sin tener un tesoro como ese —bromeó cuando ya caminábamos de nuevo hacia la boca del metro y observábamos las fotografías—. Ésta, quiero ésta.

—¿Por qué? Es en la que peor salgo —me excusé tras comprobar cómo era esa la única en la que ni siquiera miraba hacia el frente. De hecho, todo hacía indicar que, en ese disparo, estaba más preocupada por la situación de Bleu que por la mía.

—Sales perfecta, no inventes excusas.

—Ni siquiera miro al frente.

—Por eso la quiero —me replicó—. ¿Me la regalas?

Sonó tan dulce e infantil que no pude evitar resistir la tentación y negarme. ¿Cómo no le iba a regalar aquella foto, si había sido idea suya?

—Ok, te la regalo con una condición —dije al tiempo que separaba aquella instantánea del resto.

—Habla…

—Prométeme que no se la vas a mostrar a nadie. Si alguien ve esta foto mía cuando sea famosa, todo mi trabajo será en vano.

—¡Oh dios! ¿Por qué eres tan exagerada? —me recriminó divertida—, solo es una foto. ¿Acaso no has visto fotos de famosas en situaciones comprometidas? Yo le he visto el culo a Robbie Williams, y te aseguro que mi percepción sobre su talento no ha cambiado en absoluto. Es más, ahora soy más fan aún.

—¡Hey! ¿Estas teniendo una cita conmigo y tú me hablas de culos de famosos? —le repliqué sin perder el tono de humor.

—¿Una cita? —me miró sonriente— ¿Así que esto es una cita? —añadió al tiempo que se detenía. Ni siquiera me di cuenta de cómo habíamos llegado a la boca del metro.

—Supongo…—balbuceé notando como la timidez regresaba a mí. O tal vez era el rubor—. Hemos paseado, hemos hablado, hemos cenado, creo que podía considerarse una cita. ¿No crees?

—Me parece perfecto. Creo que ha sido una de las mejores citas que he tenido en toda mi vida.

—¿Una de ellas? —volví a bromear— Mmm, creí que había sido la mejor.

—Todavía me quedan muchas citas por vivir —musitó tras morderse el labio—. No puedo decir que ésta sea la mejor de mi vida sin saber cómo serán las demás.

—Mmm cierto, tienes toda la razón. Supongo que debemos conformarnos con acabar ésta de la mejor manera posible. ¿No crees?

—Estoy completamente de acuerdo contigo.

—Bien, estamos de acuerdo ambas. Tal vez sí te hayas merecido que te regalé esto —dije al tiempo que le ofrecía la fotografía que había escogido de las cuatro que tenía aquella ristra.

—Sí, me lo he merecido —respondió aceptándola sonriente. Una sonrisa que pronto dejó de ser tal, y se trasformó en una extraña e intensa mirada que no dejaba de observarme. Tan intensa que noté como un escalofrío se adueñaba de mi espalda y me hacía tiritar—. Hace frio —añadió tras darse cuenta de mi estado—. Deberías regresar ya. Me odiaría si terminas enfermando por esta cita.

—Sí, sí, supongo que ya va siendo hora —respondí tras comprobar como el reloj marcaba las 23:15 de la noche. En ese instante Quinn sacó su teléfono y vi como comenzaba a llamar a alguien sin dejar de mirarme.

Me mantuve un tanto a la espera sin saber que estaba haciendo, hasta que noté como el mío comenzaba a sonar en el interior de mi bolso. Ni siquiera tuve que mirarlo para ver quién era.

—Ya tienes mi número —volvió a sonreír débilmente—. Avísame cuando estés en tu apartamento. ¿De acuerdo?

Dulce, tierno e incluso embaucador. Aquel gesto de Quinn me hizo sonreír como una adolescente cuando le dicen algo bonito por primera vez, y me hizo ser más firme en mi intención de seguir conociéndola de aquella forma.

Y es que, aunque todo había sucedido de aquella forma tan extraña y veloz, no podía quitarme de la cabeza la sensación de creer que todo debía suceder así. Que no habríamos llegado a ese estado de atontamiento sin nuestras disputas e indirectas. Que no sentiríamos aquella sensación de bienestar al sonreírnos mutuamente, sin antes habernos llegado a odiar. Aunque lo cierto es que dudaba de haberla odiado. Era imposible odiarla.

—De acuerdo —susurré empezando a sospechar que debía despedirme y no sabía cómo hacerlo—.Te cuidado tú al regresar.

—Voy bien acompañada —sonrió al tiempo que miraba a Bleu—. Hablamos. ¿De acuerdo?

—Claro, hablamos —dije conteniendo mis ganas por abrazarla. Ganas que desaparecieron en el mismo instante en el que vi como ella se decidía, y se acercaba a mí para dejarme el tan deseado beso en la mejilla. Sin embargo, no fue eso lo que recibí. Tal vez si era lo que pretendía darme, porque iba directa hacia mi mejilla cuando se detuvo a escasos centímetros, y le bastó una mirada para cambiar de planes.

Sus labios no se posaron sobre mi rostro, pero sí sobre mis labios, y Quinn me regalo un dulce y tierno beso de despedida que a punto estuvo de hacerme flaquear.

Era increíble como lograba perder la noción de todo lo que sucedía a mi alrededor, cuando aquella chica me besaba.

Había decenas de personas que subían y bajaban hacia el metro, miles de coches recorriendo una de las avenidas más importantes de toda la ciudad, el ruido ensordecedor que provoca la humanidad en un lugar como aquel, y yo dejaba de sentir, de ver, de escuchar nada con un simple y sencillo gesto.

Era como si toda mi energía se concentrara en los labios, y dejasen mi cuerpo a la deriva.

—Una cita sin beso, no es una cita —volvió a susurrar, pero esta vez lo hizo casi rozando mis labios, cuando el beso acababa de terminarse y yo no pude responder otra cosa más que un sonoro y profundo suspiro.

¿Qué más iba a decir? Ella supo que estaba de acuerdo con solo mirarme.

Me mordí el labio, la observé por última vez y me dispuse a abandonarlos allí, en mitad de aquel extraño bullicio que regresaba tras el beso.

No dije nada más. Solo le sonreí a ella y a Bleu, y me perdí escaleras abajo hacia el metro.

Y es que después de todo lo vivido, después de esa presión en el pecho que me hacía sonreír como una idiota, confieso que fueron varias las personas que me miraron extrañadas al verme sonreír sin parar en el metro. Y de todo lo que pude aclarar con ella en aquel día, no podía hacer otra cosa más que sentirme bien, más que alegrarme y sonreír como hacía tiempo que no lo hacía.

Quinn no era perfecta, pero eso la hacía realmente especial. Tenía un atractivo que iba más allá de lo físico. De hecho, no pude evitar recordar sus palabras al confesarme como se sintió atraída por primera vez de una chica, como trataba de explicarme que no sabía lo que era, pero que necesitaba acercarse a ella, pasar tiempo a su lado y ser al menos su amiga. No pude evitar recordarlo porque eso mismo era lo que yo había estado sintiendo durante todo este tiempo.

Sí, tal vez me había empeñado en alejarla de mí, pero era solo por el temor a hacer el ridículo frente a ella.

Mis excusas, mis absurdas disputas no eran más que el reflejo del miedo que sentía al no ser bien recibida por ella. Tal vez no era consciente en aquel instante, pero sí después de vivir todo lo que viví. Y para colmo de males, resultaba que ella se sentía igual que yo, aunque no por los mismos motivos.

Saber que Quinn se fijó en mí el mismo día en el que nos encontramos en la salida trasera del teatro, me hizo recapacitar sobre todo lo sucedido después. Porque yo aquel día también me fijé en ella. En sus ojos, en su sonrisa, en sus manos, en su ropa, incluso en su acento. No hubo un solo detalle de ella que pasara desapercibido para mí, y estoy convencida de que, si no hubiera sido por los bombones, por el bueno de Bleu y la insoportable de Emma, nuestra relación no hubiera llegado a ese punto. Básicamente porque yo jamás me habría fijado en una chica, por mucha tolerancia que corriera por mis venas.

Y tolerancia era lo que iba a necesitar aquella noche, cuando por fin llegué a mi casa y me disponía a entrar.

Una de las extrañas sensaciones que me provocaba Quinn, era la de conseguir que olvidase todo cuanto sucedía en mi vida, mientras estaba en su compañía. Y aquella noche olvidé por completo que tenía una cena pendiente con Santana. De hecho, no lo recordé hasta que no entré y vía como todo estaba a oscuras, excepto la televisión que pacientemente miraba mi amiga.

Fue como un alud de recuerdos, como miles de flashes golpeándome sin piedad al verla allí, a solas en mitad del salón y con varios cuencos y platos vacíos sobre la mesilla.

No se giró al escucharme abrir la puerta. De hecho, llegué a creer que se había quedado dormida. Pero su voz no tardó en hacerme ver que no, que estaba completamente despierta y no de muy buen humor. Y con razón.

—Un mísero mensaje —masculló sin moverse—. ¿Qué te cuesta enviarme un mísero mensaje para avisarme que no venías?

Replicarle era absurdo. No solo porque no iba a poder competir con ella, sino porque no tenía razón alguna para hacerlo. Me había equivocado yo. Había sido mi fallo y aceptar las culpas era lo más sensato.

—Lo siento —murmuré con sinceridad—. Lo siento San, lo olvidé por completo.

—Ya, ya veo.

—Lo, lo siento San —volví a disculparme tras deshacerme del abrigo y acercarme a ella—. ¿Por qué me has esperado si veías que tardaba?

—Porque cuando quedo con alguien, procuro acudir a la cita. Te dije que estaría aquí y aquí estoy —me dijo con el cejo fruncido—. Te he esperado porque eres tú, y porque creí que lo que querías hablar conmigo, era realmente importante. Pero veo que no, o al menos no lo suficiente como para recordarlo.

—San, lo siento. No pensaba quedarme hasta tan tarde, pero al final estuve cenando en un bar y, bueno, olvidé por completo que había quedado contigo aquí. No me lo tengas en cuenta, por favor —le supliqué sintiéndome realmente mal.

No solo era la sensación de haberme olvidado por completo de ello, sino el hecho de comenzar a mentirle. Porque por cada minuto que pasaba sin que supiese lo que me sucedía con Quinn, sentía que no le ocultaba tal hecho, sino que le estaba mintiendo.

—Espero que al menos te lo hayas pasado bien. Aunque no entiendo cómo se te ocurre estar por ahí así vestida —me replicó mirándome de soslayo.

—Solo, solo tuve una reunión, y cené en un bar en el que apenas había gente.

—¿Un bar sin gente en Nueva York?

—Eh, sí —musité sin convicción—. Se llama Holy Bush. ¿Lo conoces?

—Pues no, no lo conozco —respondió y me sorprendió. Bueno, tal vez no era sorpresa, pero si me sentí extraña al ver que Quinn no le había hablado de aquel lugar a ella. Sobre todo, porque habían sido muchas las veces que habían salido a cenar juntas—. ¿Y sirvió de algo la reunión para el casting ese?

—Eh, no, para nada.

—¿Entonces? ¿Por qué has tardado tanto? ¿Has estado con alguien?

Ni siquiera me había dado tiempo a acomodarme. De hecho, ni siquiera estaba segura de querer seguir allí y empezar lo que había pretendido al quedar con ella. Pero Santana me puso en bandeja aquella conversación y mi confesión. Estúpida, pensé. Sabía que contándoselo tan pronto, mi sensación de bienestar iba a desaparecer de inmediato. De hecho, ni siquiera me iba a dar tiempo a disfrutarlo, aunque sea por algunos días. Sin embargo, verla allí, después de haberme esperado pacientemente durante toda la noche solo por escuchar mis problemas, me obligaba a ello. Debía contárselo y acabar con aquel suplicio cuanto antes. Al fin y al cabo, Quinn no era más que un capricho para ella, y yo era su mejor amiga. Tendría que entenderlo.

—Pues, pues lo cierto es que sí —balbuceé tratando de templar mis nervios—. He cenado con alguien.

—¿Brian? —me cuestionó tras escrutarme con la mirada—. ¿Has cenado con él?

—No, no —tragué saliva disimuladamente, aunque estoy segura que ella notó mi tensión—. He, he estado con…

—¿Con quién? —se impacientó.

—Con Quinn —dije con apenas un hilo de voz —. He estado cenando con ella.

Quise no mirarla, pero debía hacerlo si quería saber qué pensaba o pretendía decirme. Para mi sorpresa su respuesta no fue la confusión que yo esperaba. De hecho, fue más que buena.

—¿De qué te ríes? —la cuestioné tras ver cómo dejaba escapar una traviesa sonrisa—. ¿No crees que he estado con ella?

—Claro, claro que me lo creo. De hecho, me alegro muchísimo que sea así.

—¿Te alegras?

—Claro, llevo casi dos meses luchando por hacerte ver que es buena chica. Que me digas que has estado cenando con ella, no hace más que darme la razón. Te estás dando cuenta de que es verdad. ¿No es cierto?

—Eh, sí, sí, supongo que sí. No es tan mala como aparenta y no, bueno, al parecer no le caigo tan mal, de hecho.

—Quinn es una buena persona —me interrumpió al tiempo que recuperaba un vaso de agua de la mesita—. El único problema es que no está en su mejor época y bueno, tienes que reconocer que tú a veces eres bastante insoportable —me miró con algo de burla—. Si me llegas a lanzar a mí un café, te aseguro que habría reaccionado mucho peor que lo hizo ella.

—Lo sé, y la verdad es que me arrepiento de todo lo que dije. Todo ha sido un cúmulo de confusiones y de enfrentamientos absurdos. He podido hablar con ella bastante en estos días y…

—Ya, ya lo sé —volvió a interrumpirme con una sonrisa dibujando su rostro—. ¿Crees que no me di cuenta el día de Acción de Gracias? De hecho, tengo que agradecerte que te comportaras así con ella. Al menos mi espantoso ridículo no la hizo sentir mal. Y también me hizo bien por ella. Aunque no lo creas, Quinn se preocupa mucho por ti. De hecho, a veces he tenido hasta celos.

—¿Celos? No, no, San, yo solo quería que estuviese bien por ti. Pero, bueno, lo cierto es que desde ese día hasta ahora —me aclaré la garganta—, ha habido más momentos en los que, bueno, Quinn también está poniendo de su parte y las dos empezamos a entendernos.

—Lo sé —volvió a mirarme—. Y tengo que agradecértelo mucho, Rachel. Ya sabes que para mí es muy importante que mi mejor amiga y la chica de mis sueños se lleven bien.

Juro que hubo un momento en el que creí que mi mente iba más rápido que el tiempo y fue imaginación mía el escuchar aquel matiz. Pero no. Santana acababa de decir que Quinn era la chica de sus sueños, y era la primera vez en mi vida que yo la escuchaba hablar así de alguien. Quise creer y deseé que había sido solo una broma.

—¿La, la chica de tus sueños? —balbuceé con algo de humor. Tal vez convenciéndome a mí misma de que ella también lo había utilizado—. Un poco exagerado para alguien a quien solo quieres en tu cama. ¿No crees?

—No, no es exagerado —respondió con total y absoluta tranquilidad, tras apurar el resto de agua que permanecía en el vaso—. Quinn no es una más.

—¿De qué hablas? —fui directa. Tal vez porque no me salían más palabras y quería saber que todo aquello no era lo que ya empezaba a intuir.

—Rachel, puede que nunca más lo escuches de mí —me miró tras dejar escapar un sonoro suspiro—, pero no lo puedo evitar y no puedo esconderlo más. Siento que me hace mal hacerlo.

—No, no te entiendo —dije notando como todo a mi alrededor empezaba a volverse oscuro. A sentir como mis manos se helaban y el miedo se apoderaba de mí y de mi voz.

—Me he enamorado —sentenció, y yo lo negué. Aunque lo hice en silencio, gritándome a mí misma sin que ella se percatara de nada.

—¿Te, te has enamorado? —balbuceé como pude.

—Sí —confirmó dejándose caer en el sofá, presa de una ilusión que, a buen seguro, acababa de escapar de mí—. No sé, Rachel, nunca me he sentido así con nadie. Jamás en mi vida había tenido tal necesidad por hacerle bien a alguien, por cuidarla, por protegerla y quererla más que a ella.

—Pero, pero… ¿Se lo has dicho a ella? ¿Sabes si ella siente lo mismo? —cuestioné sin saber cómo la voz seguía saliendo de mi garganta. De hecho, notaba como un nudo empezaba a dificultarme el habla y unas tremendas ganas de llorar me invadían.

—No, claro que no. Ella solo sabe que me gusta —me miró—. Ya sabes, mis intenciones por llevarla a la cama han quedado patentes en más de una ocasión. Sin embargo, ahora es diferente. No, no quiero acostarme con ella, bueno sí, sí que quiero —sonrió—, pero quiero que no se vaya de mi cama si eso ocurre. Quiero poder dormir abrazada a ella y no a mi almohada. Quiero salir a cenar, a divertirme, no sé, quiero ver una peli abrazada en el sofá. Sí, sí, ya sé que estoy siendo cursi y todas esas cosas que siempre os recrimino a ti y a Kurt, pero, no sé, no puedo evitarlo. Me he enamorado de Quinn, y voy, voy a luchar por ella. Sí, lo tengo decidido, voy a conseguirlo, y cuando lo haga… ¿Qué haces? —me miró extrañada—¿Por qué lloras?

No lo pude evitar.

Había deseado escucharla hablar así miles de veces. Había deseado que se enamorase y supiese lo que era realmente el amor, desde que era una adolescente. Quería verla feliz, dejando su estúpido y agrio humor en algún cajón, y olvidándose de las chicas que solo llegaban para gemir, y se marchaban sin más. Había suplicado ser testigo algún día de una conversación como aquella con mi mejor amiga. Y, sin embargo, en aquel instante, cuando todo aquello estaba volviéndose real, solo podía llorar.

Llorar de rabia. Por la mala suerte, por la pena que me suponía sentirme como me sentía. Por saber que Quinn no sentía nada por ella y hacia escasos minutos me estaba besando a mí. Por el golpe que sentí en mi pecho al ver como mi ilusión se quebraba sin más, y solo duraba en mí unas horas.

Yo no estaba enamorada de Quinn, o al menos no lo sabía en aquel instante, pero tras escuchar la confesión de Santana, sentía que me habían quitado algo tan importante, que me era imposible mantenerme firme. Y mucho menos alegrarme.

—¿Qué te pasa, Rachel? —insistió al ver como yo no podía evitar dejar escapar un sollozo— ¿Por qué lloras? ¿Qué he dicho? Oh dios. ¿Es por Brian? —me preguntó y yo entendí que era la mejor excusa para aquel momento—. ¿Estás así por él? Te ha pasado algo ¿verdad?

—Solo, solo estoy emocionada —dije con apenas un hilo de voz—. No te preocupes por mí, quien importa ahora eres tú.

—Pero, querías hablarme de él. ¿Verdad?

—Sí, pero no te preocupes. Ya, ya sabes —dije tratando de secarme las lágrimas y aún con la congoja del llanto dificultándome la respiración—. Son tonterías mías.

—¿Pero ha pasado algo más? ¿Ha sido por la flor que te ha regalado? ¿Te ha dicho algo?

—No, no, olvídalo —musité—. Está todo bien, mañana le veré y no sé, tal vez me tenga otra flor preparada.

—¿Estás segura de que todo está bien? No me gusta verte llorar.

—Estoy bien —mentí como nunca antes lo había hecho. Y sin dudarlo me lancé a sus brazos buscando un abrazo que no iba a hacer otra cosa más que romperme aún más el corazón.

—Hey, tranquila —me susurró completamente aturdida —. Todo está bien conmigo. Estoy feliz, no tienes que llorar, solo sonreír.

—Lo hago, San. Lo hago, aunque no lo demuestre.

—Además, ni siquiera he logrado nada aún. Tal vez Quinn me ponga una denuncia por acoso sexual y acabe con todas mis expectativas.

—No, no, ni hablar —le repliqué destruyendo el abrazo—, no digas eso. Vas a conseguir lo que te propongas.

—¿Tú crees que Quinn aceptará?

—Lucha por ella —musité conteniendo una nueva oleada de lágrimas—. Tú puedes conseguir todo. Podrás con ello. Quinn, Quinn caerá rendida a tus pies.

—Oh dios, nunca me he alegrado tanto de verte llorar —espetó sonriente, recuperando la normalidad. Aunque no era lo habitual verla sonreír de aquella manera.

Definitivamente tenía razón, y el amor le hacía actuar de una manera muy diferente a como solía hacerlo. Y a mí también. Porque incitarla a que se lanzara a por Quinn, era todo lo contrario a lo que yo quería y deseaba. Sin embargo, no pude decirle que no. Quería demasiado a Santana como para romperle el corazón en aquel instante, ni nunca. Prefería mil veces que fuese el mío el que se quebrase en mil pedazos.

Y se rompió.

Ni siquiera la amaba, ni siquiera sentía que estuviese completamente enamorada de Quinn, pero solo el hecho de pensar que no volvería a tenerla, a disfrutar con ella como lo había hecho aquella misma tarde, ya era motivo suficiente para sentirme así.

Lo único bueno que me ayudó a no dejar demasiadas evidencias de ello, fue la repentina aparición de Kurt en mitad del salón. Su sorpresa al verme llorar desconsolada no pasó desapercibida en el sueño que ya se suponía debía mantener.

—¿Ocurre algo? —se interesó.

—No, no —respondió Santana—. Todo bien, es solo que Rachel está demasiado contenta y como es tan, tan cursi, pues se emociona— bromeó, pero yo supe que Kurt no le creyó en absoluto—. ¿Qué haces despierto?

—No estaba dormido. De hecho, estaba hablando con Blaine y, la he escuchado —respondió acercándose al sofá donde yo seguía tratando de contener las lágrimas que se me escapaban sin cesar—. ¿De verdad que estás bien?

—Sí, sí, estoy bien —volví a mentir por supuesto—. Será mejor que me marche a dormir —sonreí forzadamente—. No quiero que Brian me vea mañana con los ojos hinchados. Ya sabéis, tengo que, que estar guapa.

—Mmm, espera —me detuvo Kurt al tiempo que se dejaba caer en el sofá y me mantenía a su lado—, esperad, ya que estamos los tres despiertos, me gustaría aprovechar para contaros algo.

—¿Qué pasa? —cuestionó Santana al ver que yo seguía casi sin voz—. ¿Te vas a casar?

—Eh, no, pero es un tema casi igual de importante que ése —sonrió divertido.

—¿Qué es?

—Pues, Blaine y yo llevamos un tiempo pensándolo y creemos que hay llegado el momento de dar el paso —nos miró a ambas que impaciente esperábamos la continuación de aquella frase. Pero Kurt se hizo de rogar, tanto que incluso yo tuve que instigarle a que continuase sin más demora.

Lo único que necesitaba era otro golpe como el que Santana me acababa de dar sin ser siquiera consciente. Pobre de mí, si llego a saber que aquella noche las lágrimas no me dejarían dormir, no habría regresado a casa, sin duda.

—Vamos, habla…