Palabra: crisis
El templo de Nana Shimura
Countin' freckles, as they run down your spine
Show your demons, and I might show you mine
One at a time, yeah, yeah
What are you hidin'? What a design, yeah, yeah
I wanna dive in, what a divine momento
Living Proof, Camila Cabello
Momo apunta con el arco y tira.
—¿No se van a ir?
Shouto niega con la cabeza después de dirigirle una mirada de soslayo a los soldados de su guardia. Hombres leales a su padre, ante todo. Shouto había guardado la esperanza de que almenos intentara vigilarlo haciendo que pasara el tiempo con la general Kamiji —que solía voltear hacia un lado cada que Shouto hacia algo que su padre no aprobaba—, pero no había tenido suerte. Tenía ya los veinte años cumplidos y tenía niñeras con espadas.
—No —dice.
La princesa Momo Yaoyorozu aprieta los labios en una mueca.
—Creí que nos dejarían solos si les decía que quería practicar tiro —comentó—. Al menos podemos hablar sin que nos oigan. —Les dirige una mirada—. Ninguno tiene un poder que tenga que ver con tener un buen oído, ¿cierto?
Shouto niega con la cabeza.
—Al menos.
Momo vuelve a apuntar y dispara.
Lleva un vestido rojo, sencillo, ceñido a la cintura con un broche dorado sobre el que alguien había pintado el cuervo que era el emblema de los Yaoyorozu. Aquellos son sus colores, igual que el azul, el plata y el dorado son de los Todoroki y el copo de nieve, el emblema que descansa siempre en sus blasones.
Los copos de nieve, con sus diseños intrincados, están por todo el castillo: grabados en la madera de las puertas, en los estandartes, en la ropa, en los aretes, los brazaletes, los collares. Se encuentran en las armas también: grabados en los arcos y hechos con incrustaciones en las empuñaduras de las espadas y en sus vainas. Shouto, de niño, solía contemplarlos largo rato. Los diseños intrincados le parecían fascinantes y, en algún punto, había aprendido a hacer esas figuras con su propio hielo. No llegó muy lejos cuando su padre juzgó que el arte no era necesario dentro de su entrenamiento y cortó toda pretensión de tajo. Después de eso, Shouto sólo aprendió a hacer flores de hielo cuando descubrió a Fuyumi haciéndolas.
—Todavía no me quiero casar —dice Momo, al apuntar el arco con la tercera flecha. No ha logrado darle a su objetivo—. Por cierto.
—Lo supuse.
La primera vez se lo había dicho apretándole tanto la mano de los nervios que Shouto se sintió responsable de ella. Y cuando él dijo «yo tampoco» soltó un suspiro tan largo que el aire se llenó de su aliento. Por eso se habían hecho amigos. Tan amigos, claro, como se pueden hacer dos personas que viven enjauladas en el romance de las cortes y apenas tuvieron oportunidades de interactuar a solas antes de que Shouto hiciera su escape.
Fue fácil entonces.
Nadie esperaba que huyera. Pero ahora sí y por eso tenía tanta vigilancia.
—La fiesta de compromiso es en tres días —sigue Momo—. No quieren que vuelvas a desaparecer. Volverán a entrar en crisis. —Parece que se mueve la lengua. Dispara la tercera flecha y esa sí da en el blanco—. ¿Tienes un plan?
Shouto niega con la cabeza.
Está atado de pies y manos.
Han pasado semanas y él ha estado dándole vueltas a cómo huir de nuevo. Enji amenaza veladamente con su madre. Sabe que ella es el punto débil de Shouto. «Querrás que tu madre esté bien, ¿no?». Y Shouto enrojece de rabia —porque el Rey es el único capaz de hacerlo enojar tan rápido, sacarlo completamente de sus casillas— y no dice nada.
—Pero quieres volverte a ir —comenta Momo—. Se te ve en la cara.
Shouto desvía el rostro.
Usualmente es bueno para esconder lo que siente y sólo enseñarle al mundo la faceta de un príncipe frío y desinteresado. Puede serlo, realmente.
Él no va a gobernar. No le importan sus súbditos. Confía en que Fuyumi será una buena reina cuando llegué el momento y el Rey Enji Todoroki no tenga más poder sobre el reino. No le importa el ejército, pero no quiere comandarlo para mandar a que otros mueran. Antes creía que sólo quería irse. Ahora sabe que quiere irse porque desea seguir a Izuku y a Katsuki allá a donde vayan.
—Fui a los picos de Yuei —confiesa. Supone que Momo le guardará el secreto—. Al Santuario de Yagi.
Momo asiente.
—También hay una aldea… o campamento… o algo… Tienen un templo magnífico a Nana Shimura. Te gustaría. —Le dirige una sonrisa pequeña, apenas visible. Momo es devota.
—Haz un plan —le dice Momo—. Quieres volverte a ir.
Shouto traga saliva.
—Tendré que ir al sur, de nuevo. En el norte hay demasiados aliados de mi padre —murmura. Ve a Momo poner una cuarta flecha en su arco y apuntar al blanco—. No llegaría tan lejos. —Y uno tiene un número limitado de intentos de escape, supone Shouto. Si vuelve a fracasar, su padre será cada vez menos permisivo. Además, Katsuki e Izuku están al sur, tiene que encontrarlos. No se imagina volver a vagar por el mundo y que no estén ellos. Necesita la voz de Izuku contando cualquier historia que le llegue a la mente sobre los héroes de la antigüedad, los bufidos de Katsuki. Necesita contarles que cree que su hermano está vivo y convencerlos de que lo ayuden a averiguar que ocurrió—. Mi padre quizá sospeche. Aunque… no lo sé.
—¿Dónde te agarraron? —pregunta Momo, al disparar.
—En la ciudad amurallada.
Recuerda el grito de Izuku. Su rostro. Tan desesperado.
Ahí se da cuenta que no sabe que ocurrió con ellos. ¿Lograron salir bien? ¿Rescatar a la dragona? Se le va el aire un momento. Le cuesta respirar. Sus pulmones se tapan con todas las preguntas sin respuesta y por sus venas corre un miedo que tiene el nombre y el rostro de Kai Chisaki, el hechicero.
—Tengo que irme —dice.
Momo Yaoyorozu frunce el ceño.
—¿Qué?
—Iré al templo —le dice—. Volveré antes de la cena.
Se supone que sus padres llegaran esa tarde y deben cenar juntos. El compromiso está a punto de hacerse oficial y no pueden retrasarlo más.
Momo asiente, baja el arco y le ofrece una mano. Shouto la levanta y la besa.
—Hasta al rato, Lady Momo.
—Oh, no seas tan formal —espeta ella, quitándole importancia.
Pero tienen público al que satisfacer. Aun cuando sean sólo unos cuantos soldados de la guardia de Shouto.
Él no agrega nada y se dirige de regreso allá hasta donde están los soldados. Les dice que quiere ir al templo y al final acceden. Después de que les recuerde que es el príncipe y puede hacer lo que se le plazca porque tuvo la suerte de nacer en medio de una familia real y que si quiere ir al templo sin explicarle a nadie por qué, lo va a hacer. No le gusta aprovecharse de su posición de esa manera pero los hombres que lo acompañan son hombres leales a su padre. Ante todo.
No hay nadie en el templo cuando llega.
Hay una figura de Nana Shimura en el altar. Shouto se acerca en silencio, con los soldados atrás.
No se atreve a pedirle que lo dejen solo porque sabe que se van a negar.
Se pone de rodillas ante la figura de Nana.
Antes de bajar la cabeza, hace un par de flores de hielo y las deja al pie del altar. No es la única ofrenda que hay.
«Protege a Izuku y a Katsuki».
Traga saliva.
«Por favor».
—Su Alteza. —Una voz lo interrumpe. Levanta la cabeza. La sacerdotisa lo está viendo—. Hace mucho que no lo veía por aquí.
—Ibara —dice él. Le hace un pequeño gesto con la cabeza, por respeto.
—¿Viene a pedir algo nada más o quieres hablar, Su Alteza?
—Si tienes un momento —dice Shouto.
No son amigos, pero Shouto la conoce desde el día que sus padres la dejaron a los pies del templo. Al principio era sólo una niña con cabello de flores que se escondía entre las túnicas del resto de las sacerdotisas que vivían en el edificio contiguo al templo. Una niña tranquila, capaz de leer la sangre de los cuervos, los conejos y las gallinas, los designios en las plantas, en las nubes y en el aire. Una niña oráculo. Lo había heredado de quien le había heredado el cabello de flores.
A los quince años, empezó a hacerse cargo ella del templo. La gente va a verla desde entonces para que les hable de su destino. No es una adivina, como Sasaki. Sólo un oráculo. Puede atisbar algunas cosas.
—Siempre, Su Alteza.
No son amigos. Pero Ibara Shiozaki siempre ha sido amable.
La acompaña hasta uno de los blancos en los laterales del templo y se sienta a su lado.
—Algo le conflictua.
—¿Tan notorio es?
—Tiene un patrón para visitarme, Su Alteza.
Shouto suelta un bufido y le extiende sus manos a Ibara. Ella las toma entre las suyas y las examina. Pasa las yemas de sus dedos entre las líneas de sus manos antes de suspirar.
—Han pasado muchas cosas desde la última vez que vino, príncipe. —Ibara cierra los ojos—. ¿Qué quieres saber?
Shouto tiene una pregunta en la punta de la lengua y no le sale. En realidad, todo está fuera de su control. El destino de Izuku y Katsuki está tan lejos que ni siquiera puede imaginarlo. Podría no volver a encontrarlos jamás. De repente, se le va la pregunta. Huye. Sale corriendo, lejos de la garganta de Shouto, se va volando y él no la alcanza.
¿Dónde están Katsuki e Izuku?
—No sé —dice—. En realidad… Quiero saber que alguien está bien. Pero están demasiado lejos. No, no sé dónde están.
Ibara sonríe.
—¿Quieres oír tu destino?
—¿Qué ves? —pregunta.
Inana sonríe cuando le suelta las manos.
—Aventura —murmura—. ¿Amor? Quizá. Está cambiado, Su Alteza. —Ibara alza una mano y alcanza su rostro. La mano de la sacerdotisa se pega a su mejilla y las yemas de sus dedos le rozan la sien del lado derecho, la que no está cubierta por una máscara—. Sus ojos son diferentes. Más suaves. Más vulnerables.
Shouto aparta la mirada.
Nunca ha visto la vulnerabilidad como algo bueno. No en el castillo Todoroki. No cuando se enfrenta a su madre y a su fragilidad.
—No es malo —apunta Ibara—. Todos lo necesitamos. —Hace una pausa, no dice nada durante un momento. No lo necesita. Con Ibara, el silencio no se hace incómodo. Su sola presencia es tranquilizadora—. Oí que vas a casarte.
—Eso parece —dice Shouto. No cambia su expresión.
Necesita un plan para que ni él ni Momo lleguen al altar.
—Se siente amor en su destino. Eso se lo digo como oráculo —dice Ibara—. Como mujer. Como persona… Le digo que corra hacia él. Vaya a buscarlo. Allá, tan lejos donde esté. Lo encontrará.
¿Eso significa que Izuku y Katsuki siguen vivos?
¿Significa que están bien?
Se le va la respiración un momento. Se le olvida cómo se supone que uno inhala y exhala y tiene que concentrarse para hacerlo.
—Gracias —le dice a Ibara.
Ella sonría.
—Pídele una bendición a Nana Shimura —le dice.
—Gracias —repite.
No sabe de dónde le sale tanto agradecimiento. Usualmente es mucho menos emocional e intenta mantenerse impasible, por más difícil que sea.
Se pone en pie y vuelve dirigirse hasta el altar donde está la imagen de Nana. Se arrodilla ante la imagen de nuevo.
«Cuídalos hasta que nos encontremos de nuevo, Nana», pide. «Por favor».
Les hace una seña a los guardias que esperan más lejos. Tiene que volver a castillo. Lo espera una cena con sus supuestos futuros suegros —que no lo serán si él y Momo tienen una opinión en todo aquello—. Lleva días manteniéndose lejos de su padre pero no puede evitarlo por más tiempo. El recuerdo de su último golpe todavía le duele en la mejilla. Y, aunque con los años ha disminuido, su miedo de niño de seis años sigue allí y no puede irse.
No se despega de las dos sombras que lo siguen a todas partes.
La cena transcurre sin grandes eventos. Momo le sonríe al sentarse a su lado. Fuyumi se ubica al lado derecho de su padre. Es la heredera y quien sabe mejor cómo lidiar con él. Con los años, Shouto la ha visto desarrollar una relación cordial con él, después de haber sido ignorada gran parte de su vida. Natsuo al lado de Fuyumi. Shouto apenas lo conoce. Pasa largas temporadas fuera del palacio, haciendo lo que le place. No heredó la magia de ninguno de los dos lados de la familia, así que Shouto envidia su posición, olvidado entre todo el resto. Él, por el contrario, a la izquierda de su padre, es siempre objeto de escrutinio. «No me avergüences», advierte su padre. Y él asiente, porque es el papel que le toca jugar. Momo busca su mano debajo de la mesa, a su lado. Y le sonríe.
Shouto no tiene fuerzas para responderle y todo el evento le pasa como si fuera un ente ajeno a él.
No está tranquilo. Siente tensión en las manos. Las palabras de Ibara lo quema. «Corra hacia él». ¿Es lo que siente por Izuku? ¿Por Katsuki?
Sus dedos se entierran en sus piernas todo el tiempo que dura la cena. Los padres de Momo hablan de la alianza entre los Yaoyorozu y los Todoroki. Él apenas escucha. Al final, se da cuenta de que no oyó una sola palabra. Está en otro lado. La cena acaba y él vuelve a sus habitaciones como en un sueño. Está en la cama, ya dormido, cuando lo despierta el ruido. Es la ventana.
—¡No explotes nada!
—¡Estoy intentando!
—Déjame a mí.
—Maldita sea…
Se pone en pie, a la defensiva.
La ventana se abre y lo primero que ve es el rostro de Katsuki y luego el de Izuku, encaramados al alfeizar. Izuku es el primero en entrar. Katsuki aterriza sobre él.
Shouto alza una ceja, sin decir nada.
Considera muy probable estar soñando.
Ambos llevan puestos uniformes de la guardia real. A ninguno le pega el papel. Katsuki parece de por sí incómodo e Izuku no tiene la tez de un soldado.
—Shouto —sonríe—. Hola.
Es la primera vez que alguien que no sea de su familia o Momo lo llama así.
—Arruinamos la manija de tu ventana. —Katsuki ni siquiera saluda cuando se acerca a él—. No lo sentimos.
—¡Kacchan, sé amable!
—Estoy siendo amable —espeta Katsuki—. Mi primer plan fue volar el palacio en pedazos.
—¡No podemos hacer eso!
Aquel ir y venir de frases tiene sentido. Transporta a Shouto a otro lugar, a otro momento. «Corra tras él», dicen las palabras de Ibara, el oráculo, todavía en su mente. Si ella había visto amor en su futuro, no se equivocaba. Su mirada va de uno a otro, sin detenerse en ninguno demasiado tiempo. No está soñando. Son Izuku y Katsuki y acaban de aparecer sobre su ventana.
—¡Pero Shouto odia este…! —Katsuki no lleva a terminar la frase. Shouto es consciente de que tiene los dos pares de miradas encima—. ¿Princesa?
—¿Shouto? ¿Estás bien?
Siente la primera lágrima cuando llega a sus labios. Antes ni siquiera había sido consciente de su presencia.
—¿Cómo… demonios están aquí?
Se sorbe los mocos, intenta que no se le rompa la voz. Está a unos pasos de ellos y quiere —no, necesita— que cualquiera de los dos lo abrace para anclarlo al mundo de vuelta porque siente que va a empezar a flotar y se va a ir muy lejos. No puede controlarse.
Izuku sonríe con ternura, pero quien se apresura a contestar primero es Katsuki.
—No íbamos a dejarte escapar después de que nos abandonaras a media batalla, príncipe.
—¡Kaccha, se amable!
—¡Estoy siendo amable!
—Hicimos el camino de vuelta —completa Izuku—. ¡Tras rescatar a Eri! Oh, Shouto, hay tantas cosas que no sabes… Pasamos dos días en casa de mi madre. Bueno, Kacchan fue a casa también. Y luego seguimos hasta acá. Dormimos un par de días en una posada.
—De mierda —aclara Katsuki.
Shouto no necesita esa nota.
—Nos dedicamos a hacer un plan para…
—Muchos planes. La mayoría inútiles —interrumpe Katsuki.
—… entrar al palacio —sigue Izuku, sin inmutarse—. Nos dimos cuenta de que la guardia no era tan cuidadosa como se esperaba y robamos dos uniformes y… Esa es la versión simplificada.
—No tenemos tiempo para contarte la otra —dice Katsuki—. Tenemos prisa.
—Oímos que vas a casarte. —Aquella afirmación de Izuku parece fuera de lugar. Shouto, que sigue intentando que no se le escapen las lágrimas, se fija en el joven. Se mira los pies.
—Mi padre quiere, sí.
—Pasado mañana es tu fiesta de compromiso.
—Sí, esa es la idea.
—Izuku quiere saber si quieres casarte.
Shouto se ríe. Primero bajito y luego más fuerte. Su risa es extraña. Izuku sonríe con nerviosismo al oírla.
—No bajo los términos de mi padre. No. —Carraspea—. Ella tampoco quiere. Es la princesa menor de la dinastía Yaoyorozu. Somos amigos. —No sabe por qué expica eso, no tiene necesidad—. Pero no. Nada más.
—Izuku quiere saber si…
—¡Kacchan! ¡No!
—¡Estuviste molestándome con eso todo el viaje!
Izuku enrojece.
—¡Pero no debes…!
Shouto los mira con confusión.
—¡Maldita sea! ¡Sólo dile!
—¡¿Y tú que, Kacchan?!
—¡Deku, maldita…!
Se oye una explosión. Es pequeña y de puro nerviosismo. Sale de las manos de Katsuki. Pero sólo esa explosión es suficiente para que las puertas se abran y los soldados apostados fuera de la habitación de Shouto irrumpan en el lugar. Ninguno de los tres reacciona a tiempo. Katsuki intenta soltar un par de explosiones que sólo atraen más la atención a esas horas de la noche. Acaba en el piso con cinco soldados sobre él, uno aprisionándole las manos en la espalda, poniéndole unas esposas de las que bloquean la magia. Izuku se ve superado igual de rápido.
Shouto sólo tiene los ojos muy abiertos y está paralizado.
—No —dice—. ¡No!
Reacciona cuando todo acaba y están obligando a que Katsuki se ponga en pie.
—¡Hay intruosos! —grita alguien.
—¡No! —grita Shouto—. ¡No pueden llevárselos!
En realidad, nadie le hace caso. Su guardia le es fiel a su padre, no a él.
Pero se los llevan, de todos modos. Katsuki forcejea y grita e intenta morder a la mitad de los soldados. Hiere a un par antes de que le den un golpe en la cabeza e Izuku grite de horror y Shouto intente correr tras ellos.
Un soldado lo detiene.
—Será más seguro que se quede atrás, Su Alteza.
No conoce a quien le impide seguir. Sus ojos se quedan clavados en los de Izuku, aterrados. Hace tan solo unos minutos estaban hablando. Se estaba riendo. Ya no. Tiene el corazón apretado tan solo de pensar en los calabozos de Enji Todoroki. Alguien más le impide seguir.
«¿Qué más quieres saber, Izuku?»
Las palabras se le quedan atoradas. Alguien lo agarra por los brazos.
—¿Está bien, Su Alteza?
Le falta el aire.
Notas de este capítulo:
1) Todo aquí apunta a crisis. Jé. Perdón. Los siguientes dos capítulos, si no me fallan, son para cerrar este arco y abrir el último/penúltimo (quizá sea el último y lo junte todo, porque tiene que ver con los villanos, Touya y cosas que quiero explorar de este mundo).
2) ¿Sabían que por alguna razón shippeo a esta Momo con Tokoyami? Tengo toda una side story de esos dos que no creo que salga aquí, pero ey, si a alguien le interesa, igual en el futuro la podría escribir.
Andrea Poulain
