Capítulo 26. Los arces perdidos

Draco no tenía idea a dónde estaba dirigiendo a Harry porque no conocía aquella casona, pero por supuesto que no iba a admitirlo. Lo que hizo para no quedar en ridículo, fue fingir que sabía lo que estaba haciendo y entrar por la primera puerta que encontró, rogando que no fuera un baño o un armario.

Para su buena suerte, se encontró con un salón muy amplio lleno de aparatos electrónicos de tipo muggle, los cuales miró extrañado durante unos segundos. Reaccionó y se movió hacia dentro, para permitir que Harry entrara detrás de él.

Draco se quedó de pie junto a un sofá, no deseando sentarse para no darle la impresión al otro de que estaba esperando que aquella charla se prolongara más de lo necesario. Harry entró, cerró la puerta con suavidad y miró a su alrededor. Sonrió de lado, sin pizca de diversión.

—Vaya. Esto es lo que los muggles llaman "cuartos de televisión" o de entretenimiento. Había escuchado que, acá en América, la sociedad mágica estaba bastante adaptada a los beneficios y comodidades de la tecnología muggle, pero creo que esto es ridículo. Si no hubiera visto un elfo al entrar, habría pensado que esta era una simple casa muggle.

Draco estaba tan nervioso que ni escuchó lo dicho por Harry.

—Potter, tengo muchas cosas que hacer. ¿Podrías ir al grano, por favor?

Harry, solamente vestido (casi desnudo) con aquel pantalón corto de color verde, caminó hacia donde estaba Draco, pero sin acercarse demasiado. Lo miró a los ojos y, titubeando, comenzó:

—Sí, claro. Perdona, Malfoy. No voy a quitarte mucho tiempo. Son dos cosas, como te había dicho allá en la piscina. Primero, quiero agradecerte. —Draco arqueó una ceja, y Harry prosiguió—: Sí, verás... Quiero darte las gracias por haber traído a Teddy y a Andrómeda a este viaje contigo y por brindarles tu compañía y la de tu madre, y todo eso… Y también, claro, por haberle dado permiso a Teddy de que yo pudiera venir a visitarlo.

Draco meneó la cabeza y suspiró.

—Potter, no es necesario que agradezcas nada. Andrómeda es hermana de mi madre, y Teddy es...

—Sí, sí, es tu sobrino, ya lo sé. Pero aun así. Teddy es como un hijo para mí. Lo he visto crecer durante todos estos años y he intentado ser el mejor padrino posible para él, pero no puedo cegarme a la realidad de que el niño está bastante solo. Darme cuenta de que tu disposición a acercarte a él e incluirlo en tu círculo familiar es totalmente sincera, me ha aliviado mucho y me hace sentirme contento por él... Pero, te lo advierto, Malfoy, al primer intento de querer hacerle daño al niño... Créeme que cualquier persona que se atreva, deseará no haber nacido —concluyó Harry mirando a Draco con intensidad.

Sus ojos verdes refulgían como fuego y Draco se perdió en ellos durante unos segundos. Pasó saliva y negó levemente con la cabeza.

—Ya te había dicho que podías despreocuparte de eso. Estuve dispuesto a hacer un juramento contigo, ¿lo olvidas? En todo caso, yo podría decirte exactamente lo mismo a ti y a cualquier otra persona cercana a Teddy. Sólo lo he tratado unos pocos días, pero ya estoy dispuesto a hacer todo lo que esté a mi alcance para salvaguardarlo de cualquier daño. Así que... Estamos de acuerdo en ese punto, supongo. —Se encogió de hombros y no dijo más.

Se quedaron entonces los dos en silencio, sólo mirándose a los ojos. Era bastante curioso, pero Draco había dejado cualquier sentimiento de enojo muy atrás... En ese instante, sólo se sentía muy triste y muy cansado. Especialmente porque un momento antes, durante un miserable segundo, había albergado la esperanza de que lo que Harry deseaba hablar con él, fuera algo... Algo más personal.

Le decepcionaba que no fuera así y Harry sólo estuviese velando por los intereses de su ahijado.

—Y... ¿Qué otra cosa deseabas decirme? —masculló.

Harry, quien sólo estaba observándolo con fascinación, pareció reaccionar.

—Ah, sí. La segunda cosa que quería hablar contigo. Um... —dijo Harry, poniéndose repentinamente muy nervioso. Comenzó a moverse inquieto en su sitio y se llevó una mano al cabello. Draco deseó que mejor no hubiera hecho eso porque los músculos de sus brazos se le veían irresistiblemente apetecibles. Incapaz de seguir admirando aquella semidesnudez, Draco bajó la mirada y Harry continuó hablando—: Es... Es un tema un poco más delicado. Mira, Malfoy, voy a ser muy sincero contigo y necesito que mantengas eso en mente, ¿de acuerdo? —Harry hizo una breve pausa y su actitud cambió de nuevo: pareció tomar alguna resolución y caminó hacia Draco, acercándose mucho más a él. Quedaron separados por apenas un metro de distancia, y entonces Harry comenzó a farfullar—: Por favor, por lo que más quieras, necesito que deposites toda tu confianza en mí y que seas consciente de que yo no quiero hacerte ningún daño. Menos ahora que, aparentemente, vamos a tener que convivir de vez en cuando a causa de Teddy. Supongo que estarás de acuerdo conmigo en que tú y yo necesitamos llevarnos, si no bien, al menos sí con cordialidad. Por el bien de Teddy. ¿O me equivoco?

Se cruzó de brazos, cubriéndose el pecho desnudo, como si de pronto se sintiera un poco cohibido de su desnudez. Draco distraídamente pensó que alguien con un físico de campeonato como ése, no debería sentirse avergonzado jamás de mostrarlo al público. Pasó saliva y afirmó:

—Por supuesto. Estoy completamente de acuerdo contigo. Tú y yo, llevando la fiesta en paz por el bien de Teddy e incluso de Andrómeda. Claro.

Harry asintió, satisfecho. Suspiró, se armó de valor y volvió a explicarse:

—Bien. Con ese punto clarificado y estando ambos de acuerdo, quiero que entiendas de antemano que lo que necesito decirte no lo hago para perjudicarte ni para hacerte sentir mal en ningún sentido. —Draco frunció el ceño, totalmente perdido. ¿De qué era de lo que estaba hablando aquel mago?— Y sobre todo, quiero que sepas que es verdad. Tan así que, si no me crees, estoy dispuesto a tomar Veritaserum, o a que veas mis recuerdos, o lo que sea, cualquier recurso que quieras utilizar, para que compruebes que no estoy mintiéndote.

Aquello ya estaba poniéndose interesante.

—Bueno, Potter, confieso que has despertado mi curiosidad —dijo Draco en un intento de humor, pero ni él ni Harry estaban sonriendo. Harry se veía endiabladamente serio y preocupado.

—Qué bueno, Malfoy. Además, mira... Voy a contarte acerca de esto porque, aunque no me lo creas, no quiero ver que te hagan daño. Voy a exponerte los hechos de algo que sucedió entre Enescu y yo y, a partir de entonces, lo que tú decidas hacer con esa información ya será tu entero problema y yo no volveré a inmiscuirme en tus asuntos, ¿te parece bien?

Draco miró a Harry, sintiéndose intrigado y desolado a partes iguales. Así que, ¿aquello se trataba de Enescu? Pero si ese mago era lo que menos le importaba a Draco en el mundo, ¿por qué Harry no podía verlo? Tuvo que hacer acopio de mucha fuerza de voluntad para no decirle "Por favor, Harry, Enescu es la menor de mis preocupaciones, en cambio tú… Tú inmiscúyete lo que quieras en todos mis asuntos; es más, sé parte primordial de ellos; es más, sé mi asunto principal…" Tuvo que apretar los labios para no dejarlo salir. En vez de eso, dijo en un hilo de voz:

—Está bien. Gracias... supongo. Pero, ¿por qué consideras necesario contarme lo que sea que sucedió entre Enescu y tú?

—¿Como que por qué? ¿Acaso tú y él no van a…?

Harry se interrumpió porque, de pronto, la puerta del salón se abrió y Enescu, precisa y coincidentemente, asomó la cabeza, atajándolo.

—Oh. Lo siento, ¿interrumpo algo?

En un movimiento brusco, Harry se giró a verlo y lo fulminó con la mirada.

—¡Sí, de hecho, así es! —espetó, comenzando a enojarse—. ¿Podrías, por favor, dejarme a solas con Malfoy hasta que terminemos de hablar?

A pesar de la molestia de Harry, Enescu parecía encontrar eso muy divertido porque le sonrió burlesco. Draco entrecerró los ojos. Esa manera de ser de Enescu le recordaba muchísimo más al Enescu del "vistazo" que al propio Enescu que creía estar conociendo ahí en su vida real.

—Lo lamento, Potter —se estaba explicando Enescu con voz amable—. Pero es que la presencia de Draco es requerida con urgencia en la cocina. Aparentemente, los elfos no quieren servir el almuerzo si no es Draco quien les da las instrucciones y… como Teddy ya necesita comer algo, pues pensé que tendría que venir a avisarle. Después de todo, estoy seguro de que a ninguno de ustedes dos les gustaría saber que el pobre Teddy está pasando hambre sólo porque quieren estar aquí a solas, ¿o sí?

Draco frunció el ceño, extrañándose todavía más ante eso. Se tomó unos segundos para pensar con rapidez. Se moría de la curiosidad por saber qué era lo que Harry había estado a punto de contarle de Enescu y, todavía más allá, se moría de ganas de averiguar los motivos que tenía Harry para desear hacérselo saber. No obstante, decidió que podía esperar un rato. Arreglaría ese tema con los elfos, almorzarían y, después, tendría tiempo para hablar con Harry de eso y de cualquier otra cosa más.

Ignoró a Enescu y buscó a Harry con la mirada:

—¿Vas a quedarte a pasar la noche aquí, Potter? Espero que Andrómeda y Teddy te hayan informado que estás cordialmente invitado a quedarte, si es que puedes y lo deseas así.

Harry, quien no le había quitado los ojos de encima a Enescu y parecía querer matarlo con sus propias manos, se giró bruscamente hacia Draco, asombrado.

—Si… Si no te molesta, sí. Sí, claro —tartamudeó adorablemente—. Gracias.

Draco quiso sonreírle, pero se obligó a contenerse. No quería dejar en evidencia lo mucho que amaba a aquel hombre. Lo que hizo fue asentir con caballerosidad.

—Bien. ¿Podemos continuar con esta charla más tarde, entonces? Ahora quisiera hablar con los elfos y ver si podemos almorzar de una vez por todas, porque tengo una cita de trabajo en un par de horas.

Harry parecía muy decepcionado, pero asintió.

—De acuerdo. Cuando tú puedas, no hay problema.

Draco le dedicó una última mirada y sin girarse a ver a Enescu, salió del salón.

Enescu se apresuró para caminar junto con él. Draco lo miró de reojo y lo encontró sonriéndose muy pagado de él mismo. Frunciendo el entrecejo, Draco clavó la mirada en el suelo, comenzando a sentir que la desconfianza hacia Enescu lo inundaba inevitablemente, presintiendo que aquella interrupción no había sido una coincidencia en absoluto.

No dijo nada, pero a partir de ese instante, no dejó de observar a Enescu con mayor atención.


Después de unos minutos de haber estado departiendo en la mesa mientras todos almorzaban, Draco, a pesar de su reciente decisión de observar a Enescu más de cerca, la verdad era que, al que no podía dejar de admirar, era a Harry.

A Harry, quien, antes de pasar al salón comedor moderno y muy iluminado de aquella casa, había subido a cambiarse y ahora estaba vestido al estilo muggle con vaqueros, camisa y suéter. Draco, quien tenía todo aquel tiempo sin haberlo visto así, se había quedado embobado, sintiéndose transportado a sus años de colegio donde era muy habitual verlo usando ropa parecida.

Aunque, claro, ahora Harry tenía mucho mejor figura y ropa que le quedaba a la medida, así que se veía millones de veces mejor que cuando era adolescente.

Harry se había sentado en la silla más alejada de Draco y de Narcisa, y estaba sumido en un silencio necio, con la mirada triste clavada en su plato y sin entablar conversación con nadie a su alrededor. Narcisa, al igual que Draco, no dejaba de observarlo; parecía muy intrigada y ansiosa por la presencia del Gryffindor. De vez en cuando, ella se giraba a ver a Draco como pidiéndole una explicación, pero Draco simplemente se encogía de hombros porque la verdad era que ni él mismo sabía cuál era el asunto que había llevado a Harry hasta ahí.

Enescu y Teddy eran quienes habían dominado la conversación. Enescu había encontrado en Teddy a un gran oyente, ya que éste lo escuchaba absorto mientras le relataba sus aventuras en el Santuario de Dragones donde Charlie Weasley y él trabajaban juntos.

—Más que "domar" a los dragones, lo que hacemos en el Santuario es protegerlos y estudiarlos. Creemos que todavía nos queda mucho que aprender sobre ellos.

Teddy estaba fascinado escuchándolo hablar, quizá también porque estaba incluyendo relatos donde mencionaba a su tío Charlie. Aunque... Draco notó, con curiosidad, que Enescu ya no se expresaba de Charlie con la adoración incondicional con la que lo había hecho antes.

Y otra cosa que Draco estaba notando era que Harry parecía enojado, pero realmente enojado, de que Enescu estuviese charlando con su ahijado. Una o dos veces, Harry había tratado de desviar la atención del niño, pero era difícil competir contra alguien que tenía relatos que incluían dragones de diversas razas y tipos.

—Los dragones que más abundan en el Santuario son los cuernolargos, que son los nativos de Rumanía. Pero también tenemos de todas las razas en peligro, incluida una hembra ridgeback noruega que el mismo Charlie introdujo en la colonia hace algunos años y a quien ridículamente llama "Norberta".

Draco notó que Harry esbozaba una gran sonrisa sincera, como si aquel dato le recordara algo. Draco se permitió, durante unos momentos y porque pensó que nadie lo estaba viendo, admirar a Harry porque, cuando sonreía, se veía realmente hermoso. Dejó escapar un leve suspiro y, de pronto, Narcisa carraspeó. Draco, sorprendido, se giró a verla y la encontró observándolo con curiosidad.

Sí, Draco ya estaba dándose cuenta de que no iba a tener más remedio que sostener una "charla" con Narcisa respecto a sus sentimientos por Harry Potter. Quizá había sido demasiado ingenuo al creer que su propia madre no se daría cuenta de que Draco se bebía los vientos y los elementos por el famoso jugador de quidditch, y más cuando lo tenía enfrente.

Sentado a un lado de Draco, Enescu continuaba su charla acerca de dragones.

—... los cuernolargos son bastante torpes, creo que por eso llegaron a estar en peligro de extinción. Cuando se sienten en peligro, en vez de arrojar fuego como cualquier otro dragón, lo que hacen es embestir a su enemigo con los cuernos, tal como lo haría un toro. —Soltó una risita despectiva que no agradó a nadie y agregó—: En la colonia tuvimos que recurrir a un confundus especial para dragones que nos permite implantarles ciertos comportamientos obligados, como un tipo de "entrenamiento" forzado, para que dejaran de hacer eso ya que se lo pasaban todo el tiempo embistiéndonos a los dragonologistas. Ahora, en vez de vernos a nosotros como enemigos, desquitan su mal humor contra los árboles y rocas.

—Eso suena... un poco abusivo, ¿no lo cree, señor Enescu? —comentó Andrómeda, mirándolo con el ceño fruncido. Enescu se encogió de hombros y sonrió cautivador.

—Son sólo bestias sin sentimientos, madam Tonks —fue lo que dijo—. Estoy seguro de que a ellos no les importa.

A pesar del comportamiento "encantador" de Enescu, había cierta crueldad en sus palabras que no le pasó desapercibida a nadie. Todos se quedaron sumidos en un pesado silencio mientras terminaban con el postre. Draco no podía dejar de observar a Harry, notándolo cada vez más incómodo y con ganas de salir de ahí en cuanto le fuera posible.

Draco carraspeó y dijo:

—Tengo que disculparme con todos ustedes pues me temo que tendré que abandonarlos de nuevo durante varias horas. —Observó su reloj de pulsera al tiempo que sentía la mirada de Harry clavada en él—. En treinta minutos tengo una cita con los directivos del Grupo Cenfuel y, después, con el jefe de una tribu local. —Ante las miradas de incomprensión de todos, añadió—: Grupo Cenfuel es una compañía muggle que se dedica a la explotación petrolera y con quien tengo un negocio pendiente.

—Explotación petro-algo… —repitió Teddy, con los ojos brillantes—. ¿Se dedican a explotar piedras?

Draco trató de no reírse.

—Pues no estás muy errado, Teddy —le respondió.

Harry intervino, explicándole al niño:

—El petróleo es un líquido negro y viscoso natural de gran antigüedad que se extrae de lo más profundo de la tierra. Los muggles lo usan para fabricar cosas y para producir las sustancias que le dan energía a sus transportes.

—Oh, ya veo —dijo Teddy, sonriendo—. ¡Es el alimento de sus aviones y autos!

Harry sonrió y asintió.

—A falta de magia, así es. Eso es lo que ellos usan.

—Y, hablando de autos, Potter... —mencionó Draco, mirando a Harry fijamente, encontrando ahí una oportunidad—. ¿De casualidad no sabrás tú conducir autos completamente muggles?

Harry, sorprendido de que Draco le hablara, dirigió sus ojos hacia él y lo miró con expresión desafiante.

—Pues, de hecho, sí. No tengo auto propio, pero decidí aprender para estar listo para cualquier emergencia. Tengo mi licencia de manejo y toda la cosa... —Se encogió de hombros mientras murmuraba muy bajito: "Hermione me obligó a sacarla".

Draco sonrió.

—Entonces, llegas a mí como caído del cielo —dijo vehementemente, ocasionando que todos, incluyendo a Harry, lo miraran con azoro. A Draco no le importó lo que pensara nadie ahí, porque, de cualquier forma, era evidente que hasta Narcisa se había dado cuenta de que Harry no le era indiferente—. Verás, tengo un gran vehículo muggle estacionado acá afuera a mi disposición. Venía incluido en el alquiler del rancho. "Camioneta", creo que le llaman. Y para llegar a mis dos reuniones de hoy, me vendría genial hacer uso de ella porque el primer lugar al que necesito ir, es totalmente muggle, y el segundo tiene encantamientos de protección que impiden la aparición y que, de hecho, creo que interfieren con cualquier tipo de magia que se ejecute ahí.

—¿Cuál es esa segunda cita que tienes, Draco? —le preguntó Enescu, quien de pronto parecía un poco aterrorizado. Draco se giró a verlo. Era obvio que Enescu no quería que Draco pasara tiempo a solas con Harry. Lo miró con los ojos entrecerrados mientras respondía con cautela:

—Es una reunión con un clan de una tribu indígena. Me citaron en su reserva. No hay otro modo de llegar que no sea el muggle. Por lo que leí, estoy casi seguro que ni siquiera una escoba voladora funcionaría ahí.

—Eso suena fascinante —dijo Enescu con una enorme sonrisa—. ¿Podría acompañarte yo también?

Antes de que Draco pudiera abrir la boca para negarse, Teddy gritó:

—¡Yo también quiero ir! ¡Quiero conocer a los indios! ¿Por favor, tío Draco? ¿Me llevas con ustedes?

Draco miró a todos en la mesa. Narcisa se encogió de hombros.

—Yo no quiero ir, a mí no me mires.

—Yo tampoco —comentó Andrómeda con una sonrisa—. Podríamos aprovechar para irnos de compras, ¿no lo crees, hermana?

Narcisa miró a Andrómeda con gesto sorprendido y le obsequió una gran sonrisa.

—Me encantaría, Drómeda.


Y así, con las dos hermanas Black en camino a una orgía de compras en pos de lograr una completa reconciliación, Draco y sus acompañantes tomaron sus abrigos y se encaminaron hacia el exterior de la casa.

Draco se sentía confundido. Le alegraba que su plan para reconciliar a su madre con su tía estuviese saliendo a pedir de boca, pero también le frustraba la presencia de los dos invitados inesperados: Enescu y Harry.

La presencia de Harry lo alteraba especialmente, tanto de modos negativos como positivos. Draco había pensado con tanta firmeza que no volvería a verlo en persona que, para empezar, le costaba creer que lo tenía enfrente apenas dos días después de su marcha de Inglaterra, ahí en vivo, muy cerca, guapísimo y muy tentador.

Y, por si fuera poco, con un secreto acerca de Emil Enescu que quería compartir con él. Draco no podía negar que se moría de la curiosidad y que, conforme pasaban los minutos y estudiaba el comportamiento de Enescu, comenzó a sospechar de qué iba el tema.

Llegaron hasta un enorme vehículo que ostentaba la palabra "Chevrolet" al frente. Era, según había leído Draco, una Chevy Silverado de modelo muy reciente que, afortunadamente, tenía espacio para los cuatro. Harry, quien iba muy triste y callado, se asomó por una ventana y pegó un respingo.

—¡Tiene el volante del otro lado! —dijo con susto—. Me había olvidado que eran así en América.

Draco tendría que haberse enojado por la incompetencia de Harry, pero la verdad era que no podía dejar de encontrarlo adorable y tierno aun cuando decía sólo estupideces. Cerró los ojos y meneó la cabeza, fingiendo enojo pero aguantando las ganas de sonreír. A su lado, Teddy sí se rió mucho de la expresión de azoro que se le había escapado a Harry.

Enescu también se asomó al interior del vehículo y puso cara de asco.

—En Rumanía así son los coches muggles. Pero yo, como cualquier otro mago sangre limpia que se aprecie de serlo, jamás intentaría usar uno ni mucho menos aprender a conducirlo. Pero de ti no me extraña, Potter —añadió, mirando a Harry con desprecio—. Sabiendo que tu familia muggle te trataba como a un sirviente, es comprensible que tengas ese complejo de aprender los oficios degradantes de su mundo.

Harry lo fulminó con la mirada. Draco, también enojado por aquel comentario, llegó hasta ellos. Empujó a Enescu al tiempo que le abría a Harry la puerta del lado del conductor.

—Conducir un auto muggle no es un acto degradante en absoluto, Emil —le dijo al rumano mientras le hacía a Harry un gesto con la mano, invitándolo a subir—. De hecho, es bastante sexy. ¿En serio nunca has mirado a alguien conducir un auto con palanca de cambios? —Se mordió los labios con toda intención—: Es... extremadamente sensual —añadió en voz muy baja para asegurarse de que Teddy, quien estaba caminando alrededor de la camioneta para verla bien, no lo hubiera escuchado—. Tú vete atrás con Teddy —le ordenó a Enescu de mala manera—. Yo voy a irme adelante con Potter porque no quiero perderme la oportunidad de verlo conduciendo —finalizó y miró a Harry con intensidad.

Le sonrió y, durante un segundo, el mundo desapareció para ambos. Harry le correspondió la mirada y se sonrojó muchísimo. Balbuceó algo que sonó a "Espero recordar que debo conducir por la derecha y no cagarla" y se subió a tropezones al asiento del conductor.

Sonriendo complacido por haber puesto a Enescu en su lugar y por haberle echado una mano a Harry contra aquel pesado, Draco caminó hacia el otro lado de la camioneta, pasando junto a Enescu y dándole una mirada de burla. Ayudó a Teddy a subir al asiento de atrás y luego él mismo se subió junto a Harry. Aunque, para su desencanto, el interior de aquel vehículo era monstruosamente amplio y los asientos de Harry y de él quedaban muy separados.

Harry, quien todavía estaba rojo como tomate, tartamudeó algo acerca de los cinturones de seguridad y les explicó cómo ponérselos. Enescu, con cara de haberse comido un limón, no tuvo más remedio que sentarse atrás con Teddy y luego poner atención a las instrucciones de Harry para amarrarse al asiento.

Un tanto titubeante y torpe, Harry encendió el vehículo y se pusieron en marcha. Draco le indicó hacia dónde tenía que conducir y Harry, en silencio total, lo obedeció.

Ninguno de los tres adultos dijo nada importante durante el breve camino; sólo Teddy era quien, de vez en cuando, rompía el incómodo silencio haciendo alguna observación acerca de las cosas y animales que veía a través de las ventanillas. Harry continuó adorablemente sonrojado durante mucho rato más, echándole evasivas miradas de vez en cuando a Draco, especialmente cuando tenía que agarrar la palanca de cambios y meter otra velocidad.

Draco sonreía pícaramente, sin comprender con exactitud por qué había hecho eso y por qué había dicho todas esas cosas. Había roto completamente con su resolución de ignorar a Harry, pero, por el momento, no le importaba y no quería que le importase. Ver a Enescu metiéndose con Harry le había encendido la sangre, y de ninguna manera iba a quedarse de brazos cruzados.

No tenía idea de qué era lo que Harry iba a contarle acerca de Enescu, pero, sin poder explicárselo conscientemente, Draco alcanzaba a sospechar que no era nada bueno y que ese secreto a punto de ser revelado pondría a Enescu bajo una nueva luz que lo haría parecerse mucho más al Enescu que Draco había conocido en "el vistazo". Y quizá estaba demente por pensarlo así, pero descubrir que este Enescu no era una blanca paloma y que parecía tan repugnante como el otro, lo tranquilizaba y le ayudaba a no sentirse culpable por rechazarlo.

Sabía que con Harry tampoco tenía ninguna oportunidad, pero al menos podía darse el lujo de coquetear inocentemente con él mientras durara su estadía ahí.

No le hacemos daño a nadie, ¿o sí?, pensó, y luego, de inmediato giró su cabeza para dejar de observar al moreno y clavar sus ojos en el paisaje desértico de afuera.

Suspiró.


Sin mayor novedad y con una excepcionalmente buena conducción de parte de Harry, al cabo de unos treinta minutos llegaron hasta las oficinas de Grupo Cenfuel en el interior de la ciudad de San Antonio. Los tres acompañantes de Draco tuvieron que esperar en una sala dentro de un lujoso edificio mientras Draco se entrevistaba con uno de los principales accionistas. Aquel empresario primero lo atendió con excesiva amabilidad, pero conforme se daba cuenta de que la actitud de Draco era dubitativa e interrogante acerca de la adquisición del pozo y de la legitimidad de su posesión, su comportamiento comenzó a cambiar.

El accionista negó cualquier acusación que Draco le hizo acerca del modo en que habían "comprado" las tierras a los indígenas, arguyendo que la adquisición había sido del todo legal. Le pasó a Draco una copia de las escrituras que estaban firmadas por un supuesto "consejo de ancianos", donde éstos les cedían el uso de una reserva boscosa que era donde se escondía un tesoro de petróleo aun no explotado.

Draco se guardó esa copia y le informó al empresario que visitaría a los indígenas antes de tomar una resolución. El tipo le dirigió una mirada bastante furibunda y ni siquiera se despidió cuando Draco salió de aquella elegante oficina.

Bajó hasta la sala de espera y le pidió a Harry que ahora los llevara a los cuatro a una reserva indígena que quedaba afuera de la ciudad.


El sitio donde vivían los nativos daba auténtica pena. Estaba empobrecido, desértico, vacío y deprimente. Las calles no estaban pavimentadas y las ráfagas de aire caliente levantaban remolinos de tierra por doquier.

Todos los que iban en la camioneta guardaron silencio conforme Harry la condujo hacia el interior de la propiedad y pasó por debajo de un letrero que daba la bienvenida a la "Reserva Kikapú en Texas". Se estacionó en un espacio disponible junto a una casucha que parecían ser las oficinas, se giró hacia Draco y le dijo:

—No sé qué estaba esperando de un sitio donde viven indios, pero… definitivamente, no era esto.

Teddy también estaba muy decepcionado. Miraba por la ventanilla con desencanto.

—¿Por qué está tan feo su pueblo? ¿En dónde están sus casas en forma de cono hechas de pieles? ¿Por qué no traen penachos de plumas de colores?

Draco miró a su alrededor. En efecto, en aquel lugar desolado, sólo había casas y cabañas de estilo moderno pero bastante empobrecidas y pequeñas. Los pocos indígenas que andaban por ahí no estaban vestidos como salían en las películas, sino con ropa bastante normal: vaqueros, camisa, sombreros rancheros, etcétera...

—Tengo entendido que ahora sólo usan los penachos y su ropa tradicional para cuando celebran sus ceremonias y fiestas —le explicó Draco a Teddy y a quien quisiera escucharlo—. Por lo demás, están bastante integrados a la sociedad moderna… Y bueno, la verdad es que la historia de los nativos de América del Norte es una bastante triste. Estos indígenas que ven aquí son lo que queda de la anteriormente orgullosa y guerrera tribu kikapú. Hace tres siglos poseían vastas tierras muy al norte, en zonas donde abundaban los bosques, los lagos y los animales. Los europeos comenzaron a exterminarlos para robarles la tierra y ellos no tuvieron más remedio que comenzar un éxodo que llamaron el "sendero de las lágrimas" porque eso es lo que fue, hasta terminar lo más al sur que pudieron llegar, en estos desiertos que nada tienen que ver con los sitios donde prosperaban antes. Acá… Apenas sí pueden sobrevivir, y el gobierno y la gente blanca siempre los ha tratado como a ciudadanos de segunda categoría, apiñándolos en estos terrenos secos que osan llamar "reservas".

Harry y Teddy se le quedaron viendo con interés y tristeza. Enescu le comentó con cierta tonada despectiva:

—Sí que estás bien documentado, Draco Malfoy.

Draco resopló y se encogió de hombros.

—Obviamente, si iba a tratar con ellos, tenía que conocer su historia. Leí todo lo que encontré antes de venir acá.

Harry soltó una risita y murmuró entre dientes: "No sé a quién me recuerda eso", lo que provocó que Draco pusiera los ojos en blanco pero que también lo hizo sonreír porque sabía que se refería a Granger. Los cuatro se bajaron de la camioneta al tiempo que una comitiva de cinco personas, todos hombres, se acercaba a saludarlos.

—¿Draco Malfoy? —preguntó uno de ellos, el de mayor edad y que tenía pinta de poseer gran autoridad. Draco asintió y dio un paso adelante.

—Soy yo. Buenas tardes. Les agradezco mucho que aceptaran recibir mi visita.

Aquellos hombres de piel oscura y rojiza se le quedaron viendo con fijeza, pero también con creciente respeto.

—Es todo lo contrario, Draco Malfoy —volvió a hablar el mismo hombre, acercándose a Draco y tendiéndole una mano. De unos cincuenta años de edad y con el cabello peinado en dos trenzas, estrechó la mano de Draco con gran fuerza—. Mi nombre es Mojag Manetoa, del Clan de la Serpiente. Soy el encargado de esta reserva y el asistente personal de nuestro Supremo Sacerdote. Él está esperándote para conocerte, está bastante admirado de que un europeo blanco como tú haya aceptado averiguar primero nuestra versión de los hechos antes de simplemente haberse aprovechado de las circunstancias para comprar nuestras tierras sagradas. Él no habla inglés, así que yo fungiré como intérprete. —Miró hacia a los acompañantes de Draco y dijo—: Tus amigos pueden esperar en la oficina, hace bastante calor acá en el exterior. Tú, acompáñame.


De ese modo, Draco fue conducido a conocer al Supremo Sacerdote, quien era un hombre muy anciano y también, Draco pudo sentirlo, un mago muy poderoso. Según había aprendido al leer sobre ellos, supo que entre los indígenas también existía la magia y también nacían magos y brujas como en cualquier pueblo de la Tierra, pero que, a diferencia de los europeos y del mundo occidental moderno en general, los indígenas sin magia sentían veneración por los nacidos con magia entre ellos, al grado de que todos éstos eran nombrados jefes, sacerdotes, curanderos, chamanes o profetas, según la que fuera su mayor habilidad mágica.

Ese modo de convivir, donde muggles y magos se mezclaban y vivían en los mismos pueblos, y donde los primeros sentían gran devoción y respeto por los segundos, era para Draco un motivo de gran admiración. Así que, cuando el Supremo Sacerdote también percibió su magia y le cuestionó, por medio de Mojag Manetoa, si es que acaso también él era un mago, Draco no lo negó.

El respeto de Mojag Manetoa aumentó de modo exponencial, especialmente cuando Draco afirmó que no sólo él era mago, sino también las tres personas que lo acompañaban. Entonces, Mojag y el Supremo Sacerdote intercambiaron unas frases en su lengua que, por supuesto, Draco no entendió y, después de unos minutos, Mojag le comunicó:

—Es deseo del Supremo Sacerdote que yo te lleve a conocer nuestra tierra sagrada, la que tenemos en disputa con los empresarios blancos. Los papeles que ellos presumen tener y que supongo ya te mostraron, son fraudulentos. Ese consejo de ancianos que ellos dicen les otorgaron la tierra, no existe. Fueron sólo unos pocos renegados de nuestra tribu a quienes ellos les pagaron una gran cantidad de dólares para que accedieran a firmar.

Draco arqueó una ceja.

—Sí, ya sospechaba de un movimiento así. En todo caso, con ayuda de un buen bufete de abogados, eso se puede solucionar.

—Un abogado del ayuntamiento ya vio nuestro caso y nos dijo que no se podía hacer nada.

Draco negó con la cabeza.

—Revisé los papeles. Hay un fraude notorio ahí. Estoy convencido de que se puede hacer algo. Si ustedes me permiten ayudar, puedo… —Diablos, ¿cómo decir aquello sin ofender a los orgullosos indígenas? Intentó ser sutil—. Yo podría ayudarles a pagar los servicios de un bufete especializado en este tipo de casos. No un abogado del ayuntamiento que incluso pudo haber sido sobornado por Grupo Cenfuel.

—¿Ayudarnos? —repitió Mojag con desconfianza—. ¿A cambio de qué?

A Draco se le ocurrió algo de último momento.

—¿Qué te parece a cambio de un tour a su tierra sagrada en compañía del niño y los otros dos hombres que me acompañan? Hemos manejado desde muy lejos y estoy seguro de que conocer ese sitio mágico sería una manera grandiosa de finalizar el día. El pequeño niño de cabello azul es mi sobrino, y sé que se pondría feliz con el paseo.

Mojag Manetoa sonrió y se lo comunicó a su Supremo Sacerdote, quien, a diferencia de todos los demás indios, sí estaba portando un gran penacho hecho de enormes plumas de águila pintadas en blanco y azul. A Teddy le habría encantado verlo, pensó Draco mientras el Supremo Sacerdote lo observaba, a su vez, con curiosidad y apreciación.


La media docena de nativos les indicaron que subieran a su camioneta y los siguieran, así que eso hicieron. Después de unos minutos de conducir en silencio, yendo detrás de la camioneta vieja y destartalada donde iban los kikapú, Draco pudo notar que Enescu iba de muy mal humor y Harry se veía preocupado. De pronto, éste comentó en voz baja:

—Malfoy, no tengo idea de qué tipo de negocios estás haciendo con estas personas, pero… Tengo que advertirte que no todos son muggles. Al menos, la mitad de los que van en esa camioneta frente a nosotros, son magos. Y algunos de ellos, bastante poderosos.

Enescu soltó un bufido.

—¿Cómo puedes saberlo, Potter?

Harry le dedicó una mirada muy desagradable a Enescu a través del espejo retrovisor y no se dignó a responderle nada. Fue Teddy quien intervino. Puso los ojos en blanco y le dijo a Enescu:

Duh, Emil, ¿qué no sabes que mi padrino es uno de los magos más poderosos de Inglaterra? Él siente la magia de los otros, ¿verdad, padrino?

Harry sólo sonrió y Draco lo imitó, nada sorprendido de que Harry hubiese percibido la firma mágica en esas personas y pudiera identificarlos. Si había alguien capaz de hacer eso, era Harry Potter y nadie más. Distraídamente, Draco pensó que Harry podría haber sido un estupendo auror en caso de haberse decidido por esa carrera en el mundo mágico. Lo miró con cariño y orgullo durante unos segundos antes de decirle:

—Yo sé bien que hay magos entre ellos, Potter. Los nativos de América son conocidos por permanecer mezclados. Para ellos, no hay distinción entre un mago y un muggle. En todo caso, los no-mágicos sienten veneración por la gente que ha nacido con el don de la magia porque ayudan a que la vida en la tribu sea más sencilla.

—¡Qué conveniente! —comentó Enescu con sarcasmo mientras miraba hacia afuera por las ventanillas de la camioneta, donde el paisaje se iba tornando más y más verde, aunque habían dejado la autopista pavimentada muy atrás y ahora iban por un camino de tierra—. Y, ¿a dónde nos están llevando? ¿Piensan asesinarnos y dejarnos tirados en algún barranco? ¿Los hiciste enojar, Draco?

Draco soltó una risita.

—Todo lo contrario, Emil. Lo que están haciendo por nosotros podría considerarse un gran honor que seguramente no suelen tener con nadie más. Van a llevarnos a conocer su tierra sagrada, una gran extensión de propiedad en estado salvaje que el gobierno les cedió en un inicio y que ahora una empresa les ha arrebatado con un truco barato de firmas falsas. Yo... Ellos y yo hemos llegado a un acuerdo: les voy a ayudar a recuperar la propiedad de esa tierra.

Harry se giró a verlo con ojos sorprendidos, pero pronto tuvo que poner su atención en el camino que tenían delante.

—¿Una empresa? —repitió Harry— ¿Te refieres al Grupo Cenfuel? ¿Vas a darle pelea a una de las corporaciones más grandes de petróleo para devolverles su tierra a unos nativos? Yo… pensé que lo que estabas haciendo era comprarles un pozo.

—¿O sea que vas a perder dinero ayudándoles en vez de ganar? —preguntó Enescu con desencanto—. Vaya Draco. Eso suena muy altruista pero muy… tonto. Y pensar que tu madre me había dicho que eras un genio en los negocios —finalizó con un dejo de desprecio.

Draco no dijo nada. Por supuesto que Enescu tenía razón: lo que estaba haciendo era completamente estúpido desde el punto de vista mercantil. Era un acto de total beneficencia donde él ni siquiera estaba recibiendo una deducción de sus impuestos por hacerlo, lo que solía ser el objetivo común en esos casos. Era… un acto totalmente desinteresado de su parte y bastante raro. Pero… La realidad era que no podría vivir con su consciencia si no lo hacía así. Recordó a su padre y el modo en que éste había estado tan orgulloso de él cuando Draco le había dicho que se haría cargo de esa situación y hasta les ayudaría a los nativos a recuperar su tierra.

Miró por la ventanilla mientras decía en voz baja:

—Digamos que lo estoy haciendo en memoria de alguien… y ya.

Harry le dedicó una mirada extraña y no dijo más.

—¡Oh, miren! ¡Caballos! —exclamó Teddy de repente—. ¡Vaya! ¡Por fin esto se parece más al Viejo Oeste!

Habían llegado al final del camino de tierra, al lindero mismo de un bosque que parecía ir cuesta abajo en una hondonada. La camioneta que iba indicándoles el camino se estacionó junto a una casucha que tenía varios caballos flacos y de muy mala estampa dentro de un corral. No obstante lo feos que eran, Teddy estaba excesivamente entusiasmado. Se bajó de la camioneta en cuanto Harry detuvo la marcha y corrió a ver a los animales de cerca.

Todos se apearon, Mojag se dirigió hasta Draco y le dijo:

—De este punto en adelante, ya no hay camino para los vehículos motorizados. Tenemos que seguir a caballo. Pero me veo en la obligación de advertirles de los peligros existentes en las tierras a las que vamos a ingresar. —Aquellas palabras obraron la maravilla de llamar la atención de Teddy, quien se olvidó de los jamelgos y se acercó a escuchar—. En el viejo bosque de los Arces Perdidos, no hay sólo leones y osos. También hay seres mágicos que pueden ser benévolos o malévolos. Criaturas ocultas al ojo común que son conocidas por ser come-hombres —continuó explicando Mojag, quien sonreía ante los gemidos de emoción y miedo que emitía Teddy.

—¿Leones? —le cuestionó Enescu a Draco, arqueando una ceja.

—Se refieren a leones de montaña, o sea, pumas. Guarda silencio, Emil, que esto es importante —le indicó Draco con molestia.

—El rey de estas tierras, el que gobierna entre todas las criaturas mágicas que la habitan, es el grande y venerado pájaro piasa.

Draco, Harry y Teddy se quedaron nada impresionados, pero Enescu sí emitió un jadeo de asombro.

—¿Tienen un dragón piasa aquí, en este bosque? —preguntó con azoro, mirando a su alrededor como si estuviera buscándolo.

Mojag lo miró con desagrado.

—Nosotros no lo tenemos. El pájaro piasa vive aquí en una gran cueva por su propia voluntad para cuidar de los últimos árboles sagrados que quedan en estos parajes. Es bastante inofensivo. Nuestros ancestros tuvieron un acuerdo con él y, por lo regular, si no lo molestan, no devora humanos.

Draco abrió mucho los ojos. Sí había escuchado que existían ciertos tipos de dragones en América, un tanto más pequeños que los europeos, pero francamente no había pensado que ellos tendrían la suerte de estar tan cerca de uno en aquel viaje. ¿Quién lo hubiera dicho?

—¡Un dragón, padrino! —chillaba Teddy mientras tiraba del suéter de Harry—. ¡Espero que podamos verlo!

—Yo sinceramente espero que no, Ted —admitió Harry con el ceño fruncido.

Enescu, por su parte, lucía aterrado. Esperó a que Mojag se alejara un poco para girarse hacia Draco y decirle en voz baja y urgente:

—Escucha, Draco: los dragones piasa son conocidos por tener un humor de los mil demonios. Y son, tal como lo dijo este indio, criaturas come-hombres. Yo no me fiaría de su supuesto pacto. No vale la pena entrar a este bosque a tener un encuentro con semejante bestia. Son pequeñas, pero rápidas y feroces. Hazme caso. No entres ahí.

Draco lo sopesó un momento. Miró a Harry y a Teddy, quienes ya estaban eligiendo un caballo para montarlo. El niño estaba tan contento e ilusionado que Draco no tuvo corazón para suspender la excursión.

—Si Mojag dice que no hay peligro, yo le creo, Emil —le dijo al rumano—. Supongo que él, mejor que nadie, tendría que saber de qué está hablando, ¿no?

Enescu meneó la cabeza en un gesto negativo.

—No estoy de acuerdo. Si decides ir allá, yo me niego a acompañarte. Me quedaré aquí esperándolos. No estoy así de loco.

A Draco casi se le sale una sonrisa del gusto que le dio escuchar eso. Estar con Harry sin que Enescu rondara cerca, era lo que había estado deseando hacer durante todo aquel día. Eso sólo provocó que tuviera más ganas de adentrarse en aquel mágico bosque.

—De acuerdo —dijo con alegría ante la estupefacción del otro, quien quizá se esperaba que Draco cediera ante su "amenaza" de no continuar el camino—. Tú podrás esperarnos aquí en esta choza, o arriba de la camioneta, me da igual. Nosotros continuaremos adelante. No voy a perderme de conocer el sitio mágico que pienso ayudar a salvar.

Y es que, realmente, aquel bosque vibraba por la magia ancestral que se percibía en la tierra, en el aire y en cada árbol y planta. Draco estaba seguro de que la sensación se volvería todavía más intensa al sumergirse en la arbolada. Sin despedirse de Enescu, quien se quedó visiblemente muy molesto, todos se subieron a un caballo y comenzaron a andar. La media docena de nativos encabezados por Mojag se colocaron adelante, indicándoles el camino. Conforme comenzaban a bajar hacia la hondonada y la vegetación se tornaba más verde y densa, la magia se sentía tanto que les cosquilleaba en la piel.

Teddy iba extasiado: seguramente nunca había experimentado nada igual.

—Vamos a bajar hasta el río y, entonces, regresaremos —les indicó Mojag—. Con ese trayecto bastará para que ustedes descubran por qué este sitio es tan especial y valioso para nuestra gente. Aquí tenemos y cuidamos a una de las últimas colonias de arces palo de azúcar que existen en América.

Arces palo de azúcar, repitió Draco en su mente. Ahora entendía el nombre del bosque: los Arces Perdidos. Ese tipo de arce, pariente de los famosos arces de Canadá (de donde se sacaba la miel), era bastante raro y se daba sólo en escasas zonas de América.

—De esos árboles sagrados es de donde nuestra gente mágica hace sus mehtekwi —continuó explicando Mojag.

—Sus, ¿qué? —preguntó Teddy, quien iba en un caballo tan bajito y raquítico que más bien parecía un pony desnutrido.

Mojag le sonrió amablemente, pero fue Draco quien le explicó al niño:

—Se refieren a sus varitas, Teddy. Así es como ellos las llaman.

—Así es. ¡Mehtekwi! —exclamó otro de los nativos que iba con ellos. Era un indígena de aspecto muy alegre que no dejaba de sonreír todo el tiempo. Sacó una varita de un bolsillo de su chaqueta vaquera y se las mostró orgullosamente. Era un palo torcido y muy rústico, carente del acabado pulido que solían tener las varitas de los magos en Europa.

—Entonces, ¿aquí hacen todas sus varitas iguales? ¿Todas son del mismo tipo de árbol? —preguntó Harry, también muy interesado en el tema.

—Así es —respondió Mojag, quien no era mago—. Pero según sé, lo que diferencia a cada mehtekwi es la sustancia de criatura mágica que les ponen dentro.

—El núcleo —dijeron Draco y Harry al mismo tiempo. Se miraron de manera cómplice y se sonrieron.

—El mismo Langundo es un gran hacedor de mehtekwi —explicó Mojag, refiriéndose al nativo sonriente que había sacado su varita para mostrárselas. El aludido elevó su varita por encima de su cabeza y la agitó, orgulloso. Un gran chorro de luz multicolor brotó de la punta y Teddy se rió. Mojag continuó diciendo—: A eso dedica su tiempo y su don mágico. Langundo posee la habilidad para trabajar la madera dulce de nuestros arces sagrados.

—Oh sí, yo, gran mehtekwi-hke —afirmó Langundo riéndose a carcajadas y enseñando unos enormes dientes que rivalizaban con los del caballo en el que iba montado. Harry y Teddy lo miraban, extrañamente fascinados.

Teddy acercó su caballo flaco hasta quedar pegado a Langundo, y éste le pasó su varita para que la admirara.

—No entiendo nada, pero vaya que estos tipos son geniales y muy divertidos —comentó Harry por lo bajito, asegurándose de que sólo Draco lo escuchara. Todo aquel rato había estado maniobrando su caballo para asegurarse de cabalgar muy pegado al de Draco, y éste, por supuesto, no había hecho nada para evitarlo—. Al menos, son mucho más entretenidos que los mequetrefes presumidos con quien me tocó trabajar en MACUSA, te lo aseguro.

—No pidas compasión, Potter. Sé bien que te están pagando una millonada —se burló Draco. Harry sólo sonrió significativamente y no dijo nada. Entonces Draco carraspeó y se dirigió a Mojag, diciéndole—: Es por eso que este bosque es sagrado para ustedes, ¿no? Por los árboles. Porque son la fuente de la magia de su gente y no sólo eso. También es hogar de muchas criaturas que, como si formaran un círculo vicioso pero de manera positiva: se alimentan de esa magia y a su vez, le donan sus propios poderes a este sitio.

Los cinco nativos se le quedaron mirando a Draco con gesto enigmático, como si no creyeran que un hombre blanco pudiera entender el punto de toda aquella lucha por la conservación de la naturaleza. Un par de ellos incluso detuvieron la marcha de su caballo para girarse a mirar a Draco con más detenimiento.

—Lo has entendido bien, Draco Malfoy —asintió Mojag—. Aunque, si me permites una corrección, son sólo los árboles palo de azúcar los únicos con magia. Todos los demás… son sólo árboles ordinarios. —Señaló a su alrededor—. Si se fijan, lo que predomina en el paisaje son estos árboles que ahora, en invierno, no tienen hojas. Ésos son los arces. Si ustedes hubiesen venido un par de meses atrás, los habrían encontrado en pleno esplendor rojizo, que es cuando son más hermosos y poderosos. Ahora, en invierno, suelen dormir y descansar.

Draco miró a su alrededor y notó los arces sin hojas, moviendo sus ramas al comando del viento helado que había comenzado a soplar. El sol ya estaba poniéndose y el frío arreciaba. Se preguntó vagamente cuánto tiempo de luz natural les quedaría disponible y si no sería peligroso que la noche los pillara dentro de aquel bosque encantado.

Miró hacia Teddy, quien continuaba paseando junto al indio Langundo. Esperaba no haber traído al niño ahí a ponerlo bajo algún riesgo.

—Fue por eso que ellos quisieron traerte aquí —le susurró Harry a Draco, acercándose de nuevo conforme sus caballos andaban a paso lento bien pegados el uno al otro—. Querían que vieras por ti mismo lo mágico que es este lugar y por qué merece ser salvado.

Draco, muy serio, asintió. Suspiró hondamente, pensando en el estupendo negocio que iba a dejar marchar al no comprar el pozo que reposaba debajo de aquellas tierras y, al contrario, en el dinero que iba a perder por ayudar a los nativos a recuperar la propiedad. ¿Desde cuándo se había vuelto tan estúpidamente generoso?

Arqueó las cejas y bajó la mirada. Él sabía exactamente desde cuando.

Se giró hacia Harry y lo encontró observándolo embelesado.

—¿Qué? ¿Qué sucede? —le espetó, poniéndose nervioso ante aquel escrutinio.

Harry le sonrió de lado, de un modo tan adorable que a Draco le cortó el aliento.

—Nada —le respondió Harry—. Es sólo que… No lo sé, Malfoy. Estoy seguro de que tú no lo verás así, pero a mí me parece que eres todo un héroe. Lo que estás dispuesto a hacer por esta gente y esta tierra. Renunciar a un negocio multimillonario y, en vez de eso, ayudarlos. Carajo —soltó y bajó la mirada—. Qué suerte tiene Enescu de ser quien pueda estar a tu lado.

Draco frunció el ceño.

—¿Qué? —le preguntó en tono brusco—. ¿Cómo que Enescu puede estar a mi lado? ¿A qué te refieres con eso?

Harry levantó la mirada hacia él, confundido.

—Pues a su compromiso y futuro matrimonio.

—¿De qué estás hablando, Potter? ¿Quién te dijo semejante barbaridad? —le preguntó, riéndose. El sólo pensamiento de él casándose con Enescu le ocasionaba tanta repulsión como diversión. Era hilarante.

Harry lo miró con los ojos entrecerrados durante un momento, pensando. Luego, desvió la mirada y soltó una maldición entre dientes.

—Ah, ya veo. Maldito Enescu, entonces sólo lo dijo para molestarme —masculló.

Draco entendió inmediatamente.

—¿Fue Emil quien te lo dijo? Pues sí, Potter, me temo que sólo estaba jugándote una broma. Yo no pienso casarme ni con él ni con nadie.

Vio a Harry fruncir más el ceño ante ese "ni con nadie" que acababa de salírsele. Bueno, tampoco era como si Draco fuera a confesarle a Harry que sólo había una persona en todo el mundo con quien él se casaría, y que justamente era ese mago desastroso que iba montando un caballo flaco y desgarbado a un lado de él.

Suspiró y volvió a ponerse melancólico, aunque su mente no dejó de pensar en Enescu y en el motivo que habría tenido para decirle aquella mentira a Harry. ¿Se la estaría creyendo realmente o sólo lo habría hecho para molestar al moreno? Pero, entonces… ¿eso quería decir que Enescu sabía que había existido algo entre Harry y Draco y quería asegurarse de que no volviera a pasar?

—Creo que ahora es un buen momento para que me cuentes lo que ibas a decirme hace unas horas, cuando Emil nos interrumpió —dijo Draco de repente, mirando hacia Harry.

Harry lo miró. Suspiró y dijo:

—De acuerdo. Aunque si es verdad que no piensas casarte con él, creo que ya no importa mucho que te lo diga. Como sea —espetó y se encogió de hombros—. Enescu y yo nos conocimos en un viaje que yo hice a Rumanía como parte de una gira de mi equipo de quidditch. Fui a visitar a Charlie al Santuario de Dragones y él nos presentó. En pocas palabras, Enescu intentó enamorarme porque creyó que…

Un rugido ensordecedor interrumpió a Harry y encabritó a los mansos caballos, los cuales comenzaron a mostrar señales de querer salir huyendo. El sol ya estaba ocultándose detrás de una colina, pero continuaba habiendo suficiente luz como para ver bien a una criatura alada que volaba a toda velocidad hacia ellos.

—¡El pájaro piasa! —gritaron los indígenas al unísono, al tiempo que los que eran magos alistaban sus varitas y, los que no, sacaban rifles de quien sabía dónde.

—¡Cúbranse! —les gritó Mojag con el rostro lívido y gesto angustiado—. ¡No entiendo qué le pasa, pero viene dispuesto a atacar!

—¡Teddy! —gritó Harry cuando el caballo de Teddy se empinó y casi tumba al niño. Langundo lo agarró justo a tiempo del abrigo y lo levantó al vuelo. Se lo acomodó en el espacio que estaba entre él y el cuello de su caballo.

—¡Yo cuidar niño! —le gritó a Harry—. ¡Tú, mago poderoso! ¡Pelea contra pájaro piasa!

Diciendo eso, Langundo cabalgó para alejarse del claro y del peligro, internándose entre los árboles. Harry, quien se veía pálido, pareció reconocer que el indígena tenía razón. Sacó su varita y maniobró las riendas de su caballo para enfrentar al dragón que estaba echándoseles encima.

—¡Lo bueno es que este dragón no arroja fuego! —le gritó Draco a Harry mientras luchaba por mantener a su caballo tranquilo. Harry sólo lo miró escéptico.

—¡Qué consuelo! ¿Ya viste el tamaño de sus garras y dientes?

Harry tenía razón. El dragón piasa, cada vez más cerca de ellos y bajo la luz crepuscular, les mostró toda su horripilante majestuosidad. Era un dragón de unos seis metros de largo cubierto de escamas de color verde oscuro, pero cuyas enormes alas eran de color rojo intenso en la parte interior. Quizá lo más terrible de aquel monstruo eran sus cuatro patas de ave rapaz, las cuales tenían garras enormes como cuchillos. El rostro de la bestia, carente de hocico, era tan humano que resultaba grotesco y terrorífico. Rugía y mostraba unos dientes gigantescos que seguramente matarían a la primer mordida. Y por si todo eso fuera poco, tenía unos largos cuernos encima de la cabeza y una cola inmensa en forma de látigo.

Draco jadeó cuando se dio cuenta de que aquel animal estaba bajando a toda velocidad y parecía ir directo hacia Harry, como si lo hubiese seleccionado a él de entre todos ellos para hacerlo su primera víctima. Los kikapú comenzaron a pegar de gritos, a lanzarle hechizos y a dispararle con sus rifles, pero no le hacían ni cosquillas.

Harry también le lanzó algunas maldiciones que no hicieron efecto. El piasa rugió y adelantó sus garras posteriores hacia el moreno.

—¡Potter! ¡Ten cuidado!

Draco arreó a su caballo y se lanzó hacia el de Harry para empujarlo y quitarlo del camino. Sacó su varita al tiempo que el dragón piasa llegaba hasta ellos y, batiendo sus alas, les soltaba un rugido espantoso que los dejó sordos de manera momentánea. Cubriéndose una oreja con una mano, Draco intentó un hechizo con la otra, pero fue demasiado tarde.

Las enormes garras de las patas traseras de la bestia lo tomaron y, de un solo golpe, lo arrancaron de su cabalgadura. El piasa se elevó entonces hacia el cielo, llevándose a Draco con él.

—¡DRACO! —alcanzó a escuchar que Harry le gritaba.

Muerto de pánico pero luchando por conservar algo de calma para poder librarse, Draco intentó usar las manos para abrir los dedos de las patas de la criatura y ver si ésta lo soltaba, pero un dolor punzante y la sangre que comenzó a empapar su ropa le indicó que al menos una de las garras lo estaba hiriendo.

Gritó de dolor, cerró los ojos porque estaba mareándose y, como pudo, sostuvo fuertemente su varita mientras el piasa lo alejaba de Harry y de los demás, llevándolo bosque adentro a través del cielo cada vez más oscuro.