Capítulo 26

Era muy temprano para dormir, pero Hans permaneció en la cama en vez de encontrar algo fuera de ella en que ocuparse. Como partiría al alba del día siguiente, Elsa había dicho que se retiraría temprano, y él, sabiendo que sería la última noche para un poco de placer, se le unió.

Ahora tenía que aguardar a que el sueño llegara a él. Su reciente encuentro no le había quitado la energía necesaria para agotarlo.

Se acostó sobre su espalda con el brazo bajo la cabeza, inquieto.

Quizá el sentimiento inexplicable de aprensión, que venía arrastrando a lo largo de la semana, se manifestaba de nuevo. Había comenzado desde que invitó a su esposa a compartir algunas actividades para solazarles durante su estancia en París y que al momento le salieron espontáneamente, pues las vio como un preliminar para el sexo.

Cerró los ojos quitándose eso de su mente y resopló; era civilizado y con ninguna otra de sus amantes se había cuestionado el compartir un entretenimiento —si bien con Elsa todo fue público e incluyó idas al teatro, una de las cosas que más disfrutaba, prefiriendo ir por su cuenta.

Omitió también el hecho de hablar con ella de sus pensamientos sobre negocios, que hasta entonces solo había hecho con Joseph.

Tenía que ser rastros de su hartazgo.

Oyó un gruñido a su costado, así que puso atención a Elsa. No tardó en percatarse que estaba despierta, porque su respiración no era acompasada.

Hans abrió los ojos y oteó en la penumbra que le daba las cortinas abiertas. Reprimió una sonrisa; al menos no estaba observando su pene erecto —que actualmente no lo tenía—, como la atrapó unas mañanas antes, cuando tuvo que dar prioridad a su curiosidad que a su frustración, alta por el interés de los ojos que lo observaban y la imagen que veía en su cabeza, de su boca en él.

Empero, al menos su muy inocente esposa del comienzo se había abierto a desfogarse juntos y él estaba expectante a más de lo que podían explotar entre los dos, hasta alguno los dibujos de aquel interesante libro que Hildbrand les había traído a Joseph y él de su viaje a la India el año pasado, el cual le dio el mes de abril.

—¿La idea de regresar a Arendelle para aburrirte te mantiene despierta? —preguntó con mofa, diciéndose que, si no iba a descansar, podrían matar el tiempo de forma productiva.

Elsa batió las pestañas un par de veces y ladeó el rostro para mirarlo. En la escasa luz del lecho, su movimiento parecía tentador.

—Si Nueva York es como París, puedo entender por qué mi reino te parece aburrido —repuso ella frunciendo la nariz.

Lejos de la verdad; por la atracción con su esposa, Arendelle era pasable.

Si ella supiera de su apatía en América.

—La ciudad estadounidense es mucho más frenética. Y no niego que Arendelle sea pacífica.

—Espero que siga así.

Él puso los ojos en el dosel.

—¿Alguna vez has montado un caballo a horcajadas? —dijo instantes después, escuchando que su respiración no se había ralentizado.

De reojo observó su ceño fruncido.

Contuvo una sonrisa.

—¿Es que eres un niño que entabla plática insustancial si no puede dormir?

—Skaði, no voy a desperdiciar mi tiempo conversando mientras estamos desnudos en la cama.

Él se giró en dirección de ella y se movió unos centímetros. Inmediatamente después, paseó su mano izquierda sobre el colchón, colándola cerca de la curva de la cintura de Elsa al mismo tiempo que su derecha asía su muslo izquierdo.

Ella liberó un sonido de sorpresa.

La arrastró hacia él, situando su pierna arriba de la suya, en una posición que más adelante pondría en uso; ahora le apetecía verla montándolo.

—Ya que evadiste el tema, estoy seguro que no lo has hecho. ¿Deseas saber cómo es o intentarás dormir? —invitó seductor, llevando su mano a su redondez trasera.

Con poco esfuerzo la haló cuando él se recostó nuevamente en su espalda, colocando su mano libre para evitar que lo golpeara en su zona noble. Ella sacó los brazos e impidió caerle encima de forma brusca, aunque quedaron a un palmo de distancia.

—Tú decides.

Por la manera en que ella mordió su labio inferior adivinó que se había sonrojado un poco. No obstante, su siempre ávida amante ubicó sus piernas en el lugar exacto donde las quería y se incorporó hasta quedar lo más recta posible, haciendo que la sábana resbalara.

Se le hizo agua la boca al contemplar el modo en que se apreciaban sus senos de alabastro desde esa postura, ya erguidos.

Impulsó su propio cuerpo hacia arriba y se sentó.

—Los griegos estaban locos por creer de las reinas amazonas sus enemigas —declaró en su oído, haciéndola estremecer.

—¿O estaban enojados por lo que se les negaba?

Su sorpresa ante la inusitada réplica atrevida de su esposa se transformó en satisfacción por ser el único privilegiado de oírla.

—Debían ser un espectáculo —murmuró lamiendo el lóbulo de su oreja.

Ella tembló y lo apartó, por lo que él la besó, adentrándose a su boca desde el primer asalto, raudo y abrasador.

Deslizó su mano hacia su muslo, acariciando con reverencia su piel satinada hasta alcanzar la carne en su entrepierna, tentando con sus dedos sin explorar más allá de los rizos que protegían su rincón secreto. Ella gimió encajando sus uñas en su espalda y él serpenteó su mano áspera por la suavidad de su cuerpo, moviéndose por la deliciosa curva de su cadera y su cintura teniendo como objetivo su busto izquierdo, en el cual presionó las yemas de sus dedos con puro dominio.

El camino de su mano siguió en la bifurcación de su brazo y su pecho, para después abarcar un roce de su hombro y su cuello, donde se detuvo, realizando círculos seductores con su pulgar, lo que la hizo presa de un escalofrío.

Su sexo se levantó con dolorosa plenitud y lo frotó contra ella.

Hans quería marcarla; el calor se reunía en su pelvis y sentía ansia de llenarla nuevamente con su semilla. Le encantaba suponer que el recuerdo la abrumaría en los meses venideros.

Una exclamación gutural le abandonó al sentir los dientes de ella en su cuello, que creó un rayo de su columna a su virilidad.

Aumentó la fricción de sus sexos y Elsa lanzó suspiros entrecortados extasiada por sus toques, alimentando la sensación visceral de su propio cuerpo.

La cogió de su cintura y la alzó, acercando el valle de sus senos hasta él, que sirvió como centro de aterrizaje para su nariz; sus picos henchidos eran postres apetitosos para su boca, los mejores que había tenido en París. Eran sabor a sal, cítricos, rosas y madera, mezcla de ella y él.

Concentró sus atenciones en ambos montes, dividiendo su gusto sin cansarse. Entretanto, Elsa comenzó a hacerse con el ritmo adecuado y se movió sobre su erección haciéndole probar de su esencia pegajosa. Los sonidos de su placer enamoraban sus oídos y lo hacían sonreír sobre su piel ya perlada de sudor.

De repente ella lo sorprendió tocando la punta de su miembro, haciendo más que rozarlo, como había comenzado a llevar a cabo esa semana.

Gimió y se apartó cuando le dio un tirón, prometiéndose enseñarle una manera más correcta en otro tiempo. En su lugar, le guió los dedos a su propia protuberancia, animándola a acariciarse conforme él priorizaba sus pechos.

Alzó la mirada al sentirla vibrar.

Los ojos de ella se perdieron detrás de sus párpados cuando la arrasó su petite mort y Hans casi se vació por la magnífica imagen que le dio al arquearse.

Una diablesa sensual. Un ángel corrompido por él.

Al verla regresar a la tierra, tomó su hombría preparada y le dio el premio que estaba esperando, deslizándose por las paredes húmedas de su mujer.

Gruñó contento, sintiéndose más dentro de donde había estado antes. Por su jadeo, ella le dio la razón.

Se acostó en la cama y apoyó sus manos sobre su cintura.

—Con cuidado —susurró con una ronquera que casi hizo su voz irreconocible.

Le enseñó a elevarse y a descender, apretando los dientes por cada sujeción de su centro.

Su lista estudiante aprendió pronto y la dejó hacer, disfrutando de la manera en que ella lo cabalgaba. En unos pocos deslizamientos la tensión se acumuló hasta tenerlo al borde de estallar.

Antes de ser cegado por sus sentidos, pensó que ese viaje a París había sido de gran provecho.

(Y embarazarla le importó muy poco.)

{…}

Elsa interrumpió la realización de su trenza superior cuando la acometió un bostezo, que fue seguido de una sensación de ardor bajando de su rostro hacia su pecho, sabiendo la causa de su somnolencia.

Lo que aconteció hacía una hora y varias más atrás le había hecho perder tiempo de descanso; y, no solo eso, le habían robado más fuerzas que otras veces. Estaba exangüe.

Ser ella quien controlara las penetraciones fue mayor demanda corporal.

Y a pesar de ello ya tenía preferencia por esa posición, porque sentía un poder en su lado de la balanza, aunque él participara con sus propios movimientos.

Si bien no era solo el control, pues hubo más éxtasis de esa forma.

En el espejo vio las marcas rojizas en sus pómulos y suspiró, bajando la vista hacia sus labios, que su cabeza se empeñó en señalarle que estaban hinchados como al mirarse minutos antes, pese a que ya habían vuelto a la normalidad. Si incluso creía que el almizcle de su unión prevalecía en su cuerpo luego de haberse aseado.

Un ruido de Hans saliendo del baño la devolvió a su tarea de peinarse, recordándole que debía alcanzar el ferrocarril.

A través de su reflejo le observó recorrer la habitación hacia al armario, con solo una toalla acomodada en su cuello. No había tenido el cuidado de secarse bien, aun en la distancia era capaz de ver las gotitas de agua bajando por su abdomen.

Con los dientes apretados, ella concluyó su moño rodeándolo con un listón y se puso en pie, recogiendo el peine que fue a depositar en su retículo.

Arruinaría su esmerado itinerario.

Comprobaba que no dejara nada cuando llamaron a su puerta y le indicaron que sus baúles ya se encontraban en el coche que la llevaría a la estación. Los habían recogido mientras ellos desayunaban en el salón adjunto a sus aposentos.

—Te acompaño, tomaré mi vehículo detrás de ti —manifestó su esposo revisando su reloj de bolsillo. Él iba al otro lado de la ciudad.

Asintió y cogió su retículo.

Haciendo el camino a la entrada principal en silencio, pensó en el grato tiempo en París, con su buena parte de descubrimientos y libertades… siendo una maravillosa relajación para su vida cotidiana.

Desafortunadamente debía acabar y regresar a Arendelle.

(Sola.)

Sintió aguijonazos en el pecho con cada paso que le acercó a la calle, pero se negó a indagar lo que provocaba tal reacción en su cuerpo.

—Infórmame si los eventos de esta semana tienen consecuencia —comentó él cuando estuvieron en el exterior del edificio y tuvieron el carruaje a unos metros.

Se humedeció los labios. —¿Estarías viajando el próximo año?

—No, iría tan pronto como pudiera.

Afirmó sucintamente, disimulando la ola de tranquilidad que le brindó su respuesta.

(Hasta los colores anaranjados de la mañana le parecieron más resplandecientes.)

—De no ser así, estaré en Arendelle en octubre.

Cuatro meses.

Muchas cosas podían ocurrir en ese lapso de tiempo. Buenas o malas. Algunas se presentaban en menos de un parpadeo o germinarían con paciencia hasta que lo creyeran necesario.

Y no era ilusa para creer que todos los días serían bondadosos.

—Me encontraré en mi oficina central, estos son nuevos códigos para ti. —Hans cambió el rumbo de sus pensamientos entregándole una hoja doblada. —Alterna con los que tienes.

—¿Los creas cuando estás aburrido? ¿O en realidad eres tan desconfiado? —inquirió sin poner trabas a su curiosidad, imaginando lo complejo de los acertijos de esa ocasión.

(Ignorando la ironía de cuestionar su confianza.)

—Puedes enviarme un mensaje cifrado de otra manera y me entretendré resolviéndolo.

Podía ser divertido, obviando los dolores de cabeza para conseguir algo digno de enviar.

—No lo lograrías —repuso con soberbia cuando se detuvieron en su destino.

Los orbes de él brillaron por el reto, capturando su atención. Le sostuvo la mirada con la frente en alto, aunque tuviera la certeza que en eso él la superaría, por la combinación de experiencia e inteligencia, los cuales tendrían más peso que su ingenio y creatividad.

La rigidez de sus hombros contrastó con el palpitar de su corazón en el cuello.

—Estoy abierto a comprobarlo, querida.

Rió entre dientes y se dispuso a subir al carruaje para no perder su ferrocarril. Fiel a la verdad, podrían pasar horas hasta que claudicaran.

Y no quería un pretexto para alargar su estancia en París.

Hans la asistió para ascender al coche, pero no la soltó una vez ella se encontró arriba.

Giró, frunciendo el ceño ante el murmullo de su estómago.

—Buen viaje.

Trató de no mostrar la inquietud que este le daba y asintió.

—Para ti también —susurró con un pequeño nudo en la garganta.

Iba a volverse, pero Hans se acercó a ella.

—Yo disfrutaría de lo que tú viviste después de aclararte esos temas, si te animas a hacerlo. —Él le guiñó un ojo. —Ten unos meses para pensarlo.

Luego de un beso caballeroso en sus nudillos, él dio un paso atrás. Ella se acomodó en el asiento impertérrita, sin evidenciar que su vientre se había estrujado.

—Nos vemos, Majestad —se despidió Hans cerrando la puerta del coche. —Haz bien tu trabajo, Egil. —Lo oyó decir con seriedad cuando el chófer azuzó a los caballos.

Su transporte partió del hotel y ella se relajó en el asiento. Tan divertida como azorada, puso los ojos en blanco; sabía a qué se refería.

A ella le agradaba lo que hacía con su boca en sus partes íntimas y seguramente para él la experiencia podría ser similar. Le parecía extraño verse en esas circunstancias, en lugar de disgustarle, mas no podía rechazarlo sin un análisis debido, tomando en consideración que ya había hecho algo decadente.

Y hasta la fecha no le producían repulsión las actividades.

Lo maldijo, sabiendo que tendría la idea vagando en su mente largo rato.

Cuatro meses.

Respiró hondamente y al mirar hacia abajo vio que tenía la mano sobre su pecho, en el broche de copo de nieve, a la altura de su corazón.

¿Qué no lo ponía en el lado derecho?

Con una sacudida de cabeza se invitó a colocar las manos sobre su regazo, mirando al exterior.

Echaría de menos París, había tenido grata experiencia que recordar.

(Únicamente eso se diría.)

{…}

El viaje de vuelta a Arendelle no tuvo percances y la tripulación llegó al reino en el tiempo estimado, para alivio de Elsa. Tendría síncopes en los contratiempos suponiendo un destino como el de sus padres.

No entendía el amor de su esposo por la travesía marítima, tarde o temprano el agua podría traicionar hasta al marinero más avezado.

Guardaba la esperanza que alguno de sus hijos no heredara esa pasión o sufriría una muerte temprana.

O ese tema podría ponerse a consideración para la crianza de sus hijos, y haría que Hans jurara no alimentar el gusto por el mar, solo el reconocimiento de la necesidad, por aquel que viajara para ser su aprendiz.

La cabeza le palpitó por la mera noción del futuro.

—Hemos colocado la rampa en babor, Majestad —le indicó Sven a su derecha.

Con un asentimiento agradeció al joven grumete y se dirigió al lateral del barco, procediendo a descender sin ayuda.

El ánimo le cambió al ver que Olaf y Skygge estaban en el muelle para recibirla, junto con varios habitantes del pueblo, contentos de verla. Había quienes tenían presente la forma en que los antiguos reyes regresaron de su viaje.

Saludó a la pequeña multitud con educación, pronto viéndose a la tarea de responder sus preguntas y comentarios, que le hizo desear su regreso al navío para zarpar de nuevo. No había sido suficiente tiempo en el que descansó.

Agradeció cuando la gente regresó a sus actividades, dejándola a solas con sus dos amiguitos.

—Hola, Olaf. —Se inclinó y lo abrazó, apartándose asombrada para esquivar un arañazo de su felino. —Hola, Skygge.

Su gato desvió la cabeza como si fuera indiferente a ella. Sintió una punzada de dolor.

—Oh, debe estar resentido porque lo dejaste atrás. Pobrecito, te extrañó.

—Y yo a ti cariño, a los dos.

Skygge se movió en los brazos de Olaf y escapó hacia el pueblo. Elsa suspiró, viéndolo partir sobre su hombro mientras ella iba al castillo.

—Descuida, te quiere. Estuvo aguardando por ti junto a la ventana.

Se le encogió el corazón.

—Y llevó unos ratones y diminutos lagartos a tu puerta y la de Hans. Gerda gritó muy fuerte al verlo jugar —Olaf miró a todos lados y colocó una mano junto a su boca—, creo que hasta los trolls la escucharon.

No pudo contener la risa por el comentario, para nada alarmada de lo que había hecho Skygge, que ya una vez se había aparecido frente a ella con una salamandra tratando de escapar. Daphne se había carcajeado cuando platicaron de ello en la heladería, porque los familiares de él también lo hacían, especialmente su madre.

—Me gusta verte feliz, el viaje te hizo bien. ¿Cómo estaba Hans?

¿Según él había una relación directa entre esos temas?

—¿O no te gustó?

Pestañeó confundida, haciendo una pausa en su recorrido al castillo. —¿Qué me preguntaste?

Olaf no detuvo su paso. —¿Cómo estaba París?

Siguió caminando. —Sí, sí, claro que me gustó. Estaba repleto, te traje unos chocolates —respondió cuestionándose si había sido ella quien mutó los nombres. Nadie sabía que vería a Hans en su visita a París, se habrían hecho ideas equivocadas y ya tenía a muchos entusiastas por su matrimonio.

Además, Olaf acababa de mencionarlo, era evidente que podría confundirse.

Su amigo celebró con los brazos en alto.

—¿También a Anna? Pronto es su cumpleaños.

—Por supuesto.

—¿A Kristoff? Miente al asegurar no le gustan; siempre nos roba uno.

—También.

—¿Y a Hans? —Olaf rió dándose un golpe en la frente, sin notar que ella fruncía el ceño. —Ay, qué tonto, él no está aquí.

Se hallaba en medio del océano, se dijo con un escalofrío.

—Le echo de menos, ya me había acostumbrado a él. Me agrada, se preocupa por ti como Kristoff hace con Anna, o más, porque es más inteligente que él y es bueno observando para saber qué hacer; no es mal esposo, pero vive muy lejos. Bah, ¿por qué América? Arendelle está aquí y Estados Unidos allá —Olaf separó los brazos tanto como su cuerpo le permitió—. Ummm. Bastante lejos. Debe extrañarte.

Ella miró a Olaf boquiabierta, sin saber de dónde sacaba esas ideas.

—Y tú, ¿lo extrañas?

Acababa de verlo.

No, ni por asomo aquello debía ser su respuesta. En su lugar tendría que ser, ¿por qué lo haría?

—Si no quieres que nadie sepa, puede ser un secreto entre los dos. Después de todo se fue desde marzo. ¡Es julio! Abril, mayo, junio, julio —Olaf contó con sus dedos—. ¡Cuatro meses! Guau, es mucho tiempo. Con razón le echo en falta, extraño ver esto.

El pequeño hizo una perfecta imitación de la sonrisa ladina su marido.

Elsa rió cubriendo su boca con su mano, imaginándose la indignada cara que haría Hans si lo viese. Luego frunciría el ceño, daría un acertado comentario sarcástico y sin fijarse pondría la misma expresión que estaba haciendo Olaf.

—Ya me acostumbré a su forma de ser, disimula que las cosas le importan. Cuando lo conoces comienza a caerte bien, crece en ti como la plantita bonita que sembramos el año de tu coronación, que hoy es muuuuy grande porque la he cuidado. Ah, cuatro meses son muchos días.

Finalmente entraron al castillo, donde los guardias llevaron sus manos a sus frentes en forma de saludo, aunque iba más atenta a su amiguito divagando. Lo que decía le daba una sensación de familiaridad que no alcanzaba a descifrar.

—¿Cuándo vuelve Hans?

Una involuntaria bocanada de aire escapó de su boca. —No estoy segura. En octubre.

—Agosto, septiembre, octubre. Tres. ¡Tres meses! No le voy a guardar chocolates, él se lo pierde. Se está tardando mucho. Entonces, ¿lo extrañas? ¿Ni un poco? Yo lo extrañ…

—¡Bienvenida!

Ambos saltaron al escuchar el grito en la puerta principal, donde Anna y Kristoff la aguardaban con pequeñas tartas personales en una bandeja, cada una con una letra pintada en los recipientes de barro. Formaban la palabra bienvenida todas juntas.

Si las hubieran ordenado correctamente.

Ven bien ida.

—Oh, sabía que olvidé algo. No las ordené después de admirarlas —murmuró Olaf para sí mismo. —¡Bienvenida!

Le sorprendió de sobremanera aquel recibimiento animado, que parecía de un sueño y no de su vida cotidiana. Hacía mucho tiempo que esas muestras se habían esfumado.

¿De qué se había perdido durante su viaje? ¿Partió más que tres semanas? ¿Los trolls de nuevo le borraron la memoria a su hermana y, de paso, a Kristoff?

—Gracias por el detalle, no tenían por qué molestarse —les dijo cuidando no mostrar su recelo.

—Pensamos que te gustaría, porque cuando viajas tú… —Kristoff tosió sonoramente, interrumpiendo a su esposa.

Elsa era consciente de lo que hablaba; cada vez que había dejado Arendelle fue para encontrarse con comentarios maliciosos y rechazos.

Ahora había sido muy distinto.

—Ah, sí, pensamos que te gustaría porque no te sientes cómoda con los barcos, pero es obvio que te fue bien —contestó Anna con una sonrisa larga.

Ahí estaba otra vez la hermana que añoraba. No inquiriría en el asunto, estaba demasiado acostumbrada a crearse problemas por la vida de Anna, que no podía decir lo mismo porque sabía ponerse en primer lugar. Sin embargo, aunque habían pasado varias cosas y nunca serían como antaño, deseaba que se tratara de un verdadero paso en la dirección correcta y que consiguiera tener una mejor relación con ella.

Asimismo, se contentaba con que no fuese señal de que acontecería un suceso desagradable.

¿O lo era y por ello sentía como si faltase algo?

Su hermana hizo un amago de abrazarla, mas de pronto Elsa experimentó una caricia peluda y puntiaguda en el tobillo, así que bajó la mirada para comprobar que era Skygge, quien había vuelto y ahora se frotaba y ronroneaba contra ella.

Sonrió acuclillándose para mimar a su gato, que le dejó hacerlo comunicando su agrado con soniditos.

Lo cogió en brazos y él se acomodó sobre su pecho, con los ojos advirtiendo a los demás guardar distancia.

Kristoff desvió la mirada tras el bufido de Anna.

—Qué simpático —opinó Olaf.

—Vamos, estos pastelillos de chocolate te han estado esperando todo un día.

Los demás se adelantaron.

Skygge espió hacia las altas puertas de la fortaleza, como si esperara por algo, y ella le dio unas palmaditas de consuelo.

—Tres meses más, pequeño. Hans también aguarda por ti. —Se lo decía su intuición, guiada por el creciente conocimiento de él. —Él vendrá en octubre.

Una mano tiró de su falda.

—Elsa, ¿no vienes? —preguntó Olaf.

Se inclinó hacia su amiguito.

—¿Te cuento un secreto, Olaf? —Ella cerró su puño y extendió su pulgar e índice, que separó medio centímetro antes de agitar la cabeza y la mano.

El pequeño puso cara de incomprensión y Skygge maulló.

Recuperó la postura e ingresó al interior de su hogar.

¿Por qué lo haría? —preguntó en voz alta, caminando por el pasillo con latidos más vivos de lo acostumbrado.

{…}

Con desidia, Hans cerró su libro y lo dejó en la mesa a su lado.

No tenía la cabeza suficiente para su nueva adquisición, Guerre et Paix —traducción francesa de un recomendado libro ruso—, por muy interesante que lo encontrara. Leer sobre familias aristocráticas era su última idea de entretenimiento esa tarde-noche de sábado, la cual estaba tornándose igual de aburrida que sus predecesoras.

De semanas recientes.

Tenía sopor y tedio desde que abandonase París y los recreos nocturnos que enriquecían su ánimo.

Aquello no había pasado con sus viajes anteriores.

Le sacudió un hormigueo en todo el cuerpo y se puso en pie, dando una vuelta por su salón para acabar con él.

A mitad de eso vino a su mente la nota que llegó a media tarde, de Joseph. Estaría en casa de Daphne y Hildbrand, informándole por si deseaba ir. No había enviado una nota de aceptación o negativa, como era su costumbre de todas las veces que le hacían saber sus planes en ese sitio; más que nada porque en la primera invitación no indicaron al mensajero que esperara respuesta.

Creyendo que la pasaría mejor, avisó a su mayordomo que cenaría fuera —para que se hicieran con mayores porciones—, acudió a sus aposentos y bajó a su establo para buscar a Tapp, ensillado mientras él se alistaba. En su destino no tendría alcohol para entorpecer su regreso a caballo.

Tapp pegó su frente a la suya para saludarlo y Hans le acarició la cabeza cálidamente.

—Hoy darás otro paseo. No será como en las mañanas.

Tapp bufó por la nariz.

Riendo, lo montó y el mozo de cuadras esperó junto a la puerta de salida para cerrarla tras él.

A trote recorrió la ciudad hasta la propiedad donde vivían Hildbrad y Daphne, cerca del edificio donde acogían a los menores desfavorecidos. Tras llegar, se metió por las caballerizas y dejó a su caballo con el encargado.

Una vez hecho esto, pese a que Hildbrand le había dicho que podía ingresar por la entrada que conectaba con su hogar, fue a la puerta principal y golpeó con la aldaba.

Minutos después la puerta se abrió y Daphne apareció detrás de ella. Hans inclinó la cabeza fugazmente antes de ingresar a la residencia, bañada con un olor a naranja agradable a su olfato.

Escuchó un gruñido y arrugó la nariz al ver a la gata blanca junto a las piernas de su dueña. Con menos de cinco visitas a la casa se había ganado su odio, que incrementó el suyo por esas criaturas.

—Están demasiado inmersos en una partida de póquer que ninguno vino a abrirte, pero te recuerdo que no tienes por qué llamar a la puerta —aseveró la morena dándose la vuelta, seguida de su mascota.

Él resopló y se quedó en mangas de camisa, guardando su saco en el armario junto a la puerta principal.

—El día que les roben dejarás de decir lo mismo.

Winter y Orleans son grandes guardianes.

—Sobre todo tu amistosa gata —masculló él al recordar unos rasguños en su cara de la pequeña minina blanca, más fiera que su considerablemente alto retriever de Chesapeake.

La susodicha lo observó sobre su hombro como si le mirara con desprecio.

—Tú no te disculpaste por casi pisar su cola —dijo Daphne al pie de la escalera.

Datter af Satan —farfulló en su idioma natal enfocando sus ojos en la gata.

Incluso si no le entendió, la hija de Satán siseó y fue detrás de su dueña.

Él tomó el pasillo para llegar al salón dorado, al que entró sin tocar. Joseph y Hildbrand estaban alrededor de una mesa redonda concentrados en sus cartas.

Ambos alzaron la mirada un instante.

—Johans —pronunciaron en unísono e hicieron sus apuestas.

Él no se molestó en responder y recorrió el salón para servirse una limonada de la jarra en la esquina, que acompañó con unas galletas de arándano del frasco de vidrio.

Orleans, recostado a los pies del sillón dorado, movió su cola. Lo miró, negando por la lengua animada del animal, en cuyo pelaje marrón de su hocico había migajas de galleta. Era listo para saber dónde le convenía estar y bien educado para no tirar el frasco.

Dejó caer la mitad de una galleta y se sentó en el mueble.

—¿Quieres unirte? —invitó Joseph un minuto después, tomando su ganancia.

—Todavía no.

Estaría relajado unos momentos; los tres eran considerablemente buenos y competitivos, por lo que el juego no sería tranquilo, estado que necesitaba para aligerar el hormigueo que permanecía.

—Escuché por ahí que alguien fue a París para reunirse con su esposa… diciendo que iba a trabajar —expresó Joseph con retintín mientras barajeaba las cartas.

Hans bebió de su limonada sin darse por aludido.

—Sigo pasmado, nunca creí que llegaría el día en que Johans mezclaría los negocios con el placer.

Joseph soltó una carcajada y Hans se puso en pie para dirigirse al piano, buscando que el sonido les callara sus tonterías. Era un Steinway que atrapaba la atención de la habitación adornada con tonos dorados, negros y azules.

Levantó la tapa y se sentó en el banquillo probando las teclas. Satisfecho, comenzó una sinfonía cuya tonada recordaba en su cabeza.

Detuvo sus dedos con brusquedad al descubrir que interpretaba la Rêveries. Passions de la Symphonie Fantastique, obra con poder sentimental, para cambiar por otra melodía con menor intensidad. Esa pieza exaltaba su mente al crear fuertes vibraciones en sus sentidos y no tenía por qué tocarla.

—No sé mucho de piano, pero la anterior estaba bien. —Hildbrand le compartió su opinión bañada de una inflexión halagadora.

—Es complicada —sentenció Hans repitiendo de memoria la pieza que su tutor le hizo aprender de niño, la sonata para piano n° 16 en do mayor de Mozart. Era menos complicada que la otra porque podía tocarla de forma mecánica, con los ojos cerrados.

—Pensaba pedirte que la compartieras con Daphne.

—Conozco muy poco de la obra —comunicó con sequedad.

—Es una lástima.

Hans bailó sus manos sobre las teclas del piano negro hasta que concluyó la pieza, agradeciendo que los dos estadounidenses se enfrascaran de nuevo en su juego. Aun si hacía bastante tiempo desde que no tocaba, lo hizo sin fallos, evocando las lecciones recibidas en la infancia, a las que asistía con gusto para huir de las pullas de sus hermanos mayores, y que resultaron de provecho por su avidez para aprender, no solo de escapar.

De hecho, después de Lars, era el mejor estudiante de los trece príncipes Westergård.

Suspirando porque retomar la práctica del piano era signo de rareza en él, se dio vuelta en el banquillo para observar a los otros dos hombres.

Joseph se levantó estirándose al término de una partida en que resultó perdedor y fue hacia la mesa con las bebidas y aperitivos.

—Daphne le está escribiendo a tu esposa —anunció Hildbrand cogiendo las cartas para revolverlas.

Hans viró los ojos.

—¿Cuántas páginas lleva? —preguntó Joseph divertido—. ¿Tendrá que encuadernarlas?

—Tres. No exageres. Ese año que te envió veinte hojas fue porque no quería olvidar detalles de la celebración polinesia hasta que pudiera contártelo en persona.

—Por supuesto que lo sé. Nunca podré olvidarlo, acababa de leer Moby-Dick cuando me llegó esa carta. Mi insomnio se esfumó cuando regresaron a Nueva York, aunque ella me escribió desde la ciudad con pingüinos patagones. —Joseph mordió una galleta de mala gana.

Hans sonrió divertido al recordar la época.

—Sí, bueno. Ya son amigas.

—Una liberal y una reina, combinaciones más raras no se han visto —observó Joseph. —Suena interesante su correspondencia.

—Incluirá una imagen de la familia del gato que tú y Daphne le regalaron a Hans.

—¿Qué has dicho? —intervino el pelirrojo incrédulo.

Joseph rió estrepitosamente. —Parece que has arruinado cualquier plan secreto que tenga su Majestad.

Ahora adquiría sentido el gesto de Elsa al agradecer a Daphne por el regalo. Las telas no generaban una sonrisa como ésa.

—Tenía que haberlo imaginado.

—Como los odias, ajá —se burló Joseph, sin entender que se refería a algo distinto.

Puso los ojos en blanco. —Esa cosa es una molestia.

Aunque reconocía que gracias a la bola de pelos ocurrieron momentos a su favor, como en diciembre.

Y le aliviaba saber que no le enviaron una indirecta desagradable a su esposa.

—¿Pero no hace feliz a su Majestad? Me pareció muy contenta al mencionarlo en tu boda.

De nuevo, ¿cuánto tiempo conversaron?

Su estómago se revolvió ligeramente recordando la expresión que Elsa ponía al hablar de la criatura y que seguro estuvo en esa charla.

—Eso no es tu asunto, Joseph. Deja la felicidad de mi mujer en mis manos.

Tan pronto como acabó se quedó sin aire, anonadado por la vehemencia y contenido de sus palabras, emitidas impulsivamente.

—Es reconfortante oírlo, Johans.

—Es cierto —concordó Hildbrand.

A continuación, los dos se acomodaron a la mesa para empezar otra partida, sin inmutarse por una frase que había alterado la mente de Hans.

Él no era responsable de la felicidad de Elsa, eso no formaba parte de su matrimonio ni de sus prioridades.

¿Qué le poseyó para decir semejante barbaridad?

—Reparte para mí, Hildbrand —pidió abandonando su lugar, cerrando su mente a toda posibilidad de análisis.

Esa noche y todas las que vinieran.


NA: Y así dos ciegos al amor.

El libro del que habla es el Kama-sutra, cómo no. Me enteré que en 1883 un británico los tradujo al inglés en colaboración con otro (¿pueden creer que Richard Francis Burton, uno de ellos, llegó a hablar 29 lenguas?)

Antes del término orgasmo, de alguna época de 1880 hacia arriba, "petit mort" fue un término utilizado para describirlo. Hoy día se refiere al después de, del clímax.

Cuando no habían papelitos, los cupcakes estaban en tacitas, miren de cada cosa que me entero, es por eso que tienen ese nombre. Hay registro de su existencia desde finales del siglo XVIII.

Por lo que leí, Guerra y paz de Leon Tolstoi se tradujo primero al francés (Guerre et paix), en 1879, y al inglés en 1885, así que su compra coincide bien con su estancia en París. Quería que fuese Crimen y castigo, pero el condenado fue después de eso.

Steinway es una compañía que fabrica pianos fundada a mitad del siglo XIX en Nueva York. Era reconocida mundialmente ya para el tiempo de esta historia.

Escogí la Sinfonía Fantastica (cuyo nombre puse en francés), porque el creador de ella, Berlioz, la compuso inspirado por la mujer de la que estaba enamorado; esa parte que interpreta Hans es cuando describe el enamoramiento ja,ja. El autor la hizo en 1830, pero fue Franz Liszt, un famoso artista del siglo XIX, quien la adaptó al piano y la hizo conocida.

Moby Dick fue publicada en mitad del siglo XIX en EU, habla sobre la caza de ballenas y tiene lugar en el océano Pacífico, el arponero obsesionado con la ballena era polinesio. En la historia quedan varados en ese océano y el arponero caníbal, pero a fin de cuentas era un hermano preocupado por su hermana.

Al decir los "pingüinos patagones", Joseph refiere que estaban cerca del continente. No son su nombre como tal, sino pingüino de Magallanes o patagónico. Y otra curiosidad, quería que el perro de Daphne fuese un Pastor alemán, pero sorpresa, la raza nació en 1899. La que mencioné es estadounidense y encaja con la época, además que era un perro de caza, "más fiero".

Ahora bien, pensarán que Hans es un todo-lo-puedo, pero lo hago listo siguiendo esa idea de que pueda ser psicópata, por no decir que fue privilegiado en su educación al ser un príncipe (y es hombre, algo que le dio una ventaja en su crianza en comparación con Elsa o Anna, también de la realeza).

Retomando lo que Elsa pensó cuando Anna cayó de las escaleras, pues ahora de forma inconsciente se siente menos culpable de acercarse a su hermana, ya que está empezando a tener sentimientos por Hans y su vida está cambiando. Desde luego también escuchó las palabras de Daphne. Obvio no se arregla así como así ja,ja. Me encantan sus indignaciones con la pelirroja.

¿Y por qué creen que a Elsa se le hace familiar lo que dijo Olaf?

Les dejo a su criterio los sentimientos de nuestros tórtolos.

Abrazos, Karo.


Guest1: Oh, dear! Elsa's jealousy was there, though it fade just for the reason you said. But yeah, Elsa must have a friend, aside from her sister, husband, brother-in-law. There should be different relationships for her. I could've used Honeymaren, though I don't know big deal about her, but she is younger and Daphne's story is better to understand Elsa. / "I love the kiss to persuade Erikson of their feelings. Not that it needed any acting skills." Ha,ha, you're right, they forgot the engineer XD. / Their talks was originally going to take place in Arendelle, but I prefered Paris, where she wouldn't have excuses to be there. It's nice to know you liked it. / Thanks for reviewing.

Guest2: Sí, no fue en su tiempo, y con el amor incondicional de su amiga y Hildbrand, sus celos son más por su relación que la historia con su esposo, de quien ya sabe más de lo que ha ido descubriendo por sí misma. Bienvenido amor. Como mencionas, va surgiendo de a poco, usando el símil de Elsa de que germina hasta que sea su momento de mostrarse. Si te gustan sus sentimientos de ahora, cuando sean más fuertes y los acepten, los amarás. / Ja,ja, Erikson se lo ganó. / Gracias por tu review.

Guest3: I had half-chapter by then he,he. Sorry, but here is the update.