Capítulo 17

Inuyasha se perdió en su mirada, sería tan fácil poseerla y hacerla suya para siempre, pero ella ante todo era una dama y como caballero la respetaba, aunque por dentro estuviera ardiendo de deseo por hacerle el amor.

Recargó su frente en la de ella y suspiró, no era de resignación, sino de fuerza.

―Lo siento – susurró contra sus labios – Pero no puedo.

Esto a Kagome no le convenció y murmuró contra sus labios.

― ¿No me deseas?

―Más que a otra cosa en el mundo – respondió él, perdiéndose en su aroma seductor – Pero ante todo soy un caballero y como tal debo respetarte.

―Inuyasha…― Kagome comenzó a jugar con los botones de su camisa – Has inventado un secuestro sólo para retenerme aquí y ahora me dices. Qué no puedes… que tú y yo…

―Es diferente – pasó un mechón detrás de su oreja – Eres una dama y mereces una noche de luna de miel con palabras de amor. Y yo no puedo dártelo.

De pronto, comenzó a odiarse, había dicho todo lo contrario a lo que quería decirle, como que cuando regresaran a Londres terminaría su compromiso con Lady Andrews y que la buscaría para pedirle matrimonio.

Ella estuvo a punto de levantarse, pero él la retuvo contra su cuerpo.

― ¿A dónde vas? – preguntó él.

―Suéltame por favor – suplicó – No quiero estar aquí a solas contigo.

―Escucha – pasó sus manos por sus mejillas y la obligó a verlo – No es que no te desee. Te deseo como no tienes una idea, pero éste no es el mejor lugar para hacerlo. Quiero que sea especial para los dos…

Pero antes de que pudiera continuar con su conversación, escucharon a lo lejos la voz de Eri y Bankotsu que se acercaban a ellos. Así que, Inuyasha se vio obligado a bajarla de su regazo. Una vez que Eri y su marido llegaron hacia ellos, ésta tomó a Kagome del brazo y se la llevó a la fogata.

Ahí todos formaron un círculo alrededor del fuego y comenzaron a contar sus anécdotas. Kagome no paraba de reír con cada una de ellas, pero aún tenía la duda de cómo Inuyasha y Bankotsu habían terminado siendo amigos.

― ¿Cómo se conocieron tú y Bankotsu? – le preguntó de repente a Inuyasha.

Él alzó la mirada y se encontró con Bankotsu y su esposa. Ambos enamorados y felices con sus dos hijos.

―Le salvé la vida – respondió él – Una noche, iba de camino a casa de mis padres. Alguien se cruzó en mi camino y era un hombre herido, así que lo llevé a mi casa y resultó que era el líder de una banda de bandidos. Al principio no confiábamos el uno al otro, Bankotsu pensaba que tarde o temprano daría parte a las autoridades para que se lo llevaran, pero nunca fue así. Al contrario, nos hicimos grandes amigos.

―Mencionó "como en los viejos tiempos" ¿Qué quería decir con eso?

Inuyasha esbozó una media sonrisa y miró a la mujer que estaba al lado de él.

―Porque asalté a mi propio padre.

Kagome abrió los ojos y la boca sorprendida.

―Así es – él asintió cerrando su boca – Mi padre era el hombre más tacaño que te pudieras imaginar. Así que un día, lo organicé todo con él y sus cómplices.

―Eso es lo más estúpido que pudiste haber hecho – ella frunció el cejo – Pudiste salir lastimado si tu padre hubiese decidido sacar un arma y detonarla contra ti.

―Eso sí. Pero estaba todo perfectamente planeado. Le dimos una lección a mi padre.

Una vez que hubo silencio, a Inuyasha se le ocurrió preguntarle algo que había querido hacer desde que la vio.

―Y dime ¿Qué placer le encuentras deslizarte por las escaleras?

Kagome esbozó una sonrisa, al recordar el primer encuentro que tuvo con él, fue justamente de esa manera.

―Desde que era pequeña. Mi padre me venía regañando, diciéndome que una señorita no hacía eso, que era muy peligroso, pero jamás le hice caso, sentía una inmensa emoción de hacerlo. Hasta que un día me rompí un brazo y decidieron mandarme a Francia.

Inuyasha escuchaba su relato con atención, pero la idea de que ella se hubiera ido desde pequeña a Francia y creciera allá y que los demás fueran testigos de su hermosura hacían que los celos se apoderaran de él.

― ¿Cuántos pretendientes dejaste en Francia?

Kagome esbozó una sonrisa.

― ¿Celoso, milord?

Él se encogió de hombros.

―Simplemente curiosidad.

―El primero en pedirme matrimonio…―debía decirle que fue Koga quien lo hizo – Fue su primo Koga.

Inuyasha frunció el cejo, ya lo sabía, pero escucharlo de sus labios le era muy difícil.

―Dos veces, pero terminé rechazándolo.

― ¡¿Dos veces?!― exclamó sorprendido, aunque él también lo hubiera hecho –Vaya hombre. Aunque lo entiendo, yo también lo hubiera hecho.

Sí, pero el detalle era que él ya le había pedido matrimonio a alguien más y no lo rechazaron.

Kikyo se cepillaba el cabello antes de irse a dormir. No podía dejar de pensar en su primo ¿Sería posible que él hubiera planeado todo este enredo, con tal de llevarse a Lady Kagome? Arqueó una ceja así misma y negó con la cabeza.

Era una idea absurda, su primo no sería capaz de tal bajeza.

Se alarmó al escuchar unas pisadas que provenían desde su balcón. Frunció el cejo y dejo el cepillo en el tocador, se levantó del taburete, avanzó con pasos lentos hasta llegar a las puertas que abrían en balcón. Vio una sombra alta subir y que intentaba abrir las puertas.

Miró hacia ambos lados de la habitación y se encontró con atizador. Lo sostuvo y espero a que el extraño individuo abriera la puerta.

En cuanto sus botas negras cruzaron el umbral, Kikyo le propino un golpe en la nunca, derribando al hombre.

― ¿Qué he hecho? – Se dijo así misma –He matado a alguien.

Fue por una vela para iluminar su rostro e intentó voltear al hombre que yacía desmayado en su habitación; en cuanto vio ese rostro su corazón dio un pequeño respingo.

Ay no…he matado a Lord De la Rosa.

Y de pronto sus ojos verdes se abrieron de golpe, Kikyo soltó el atizador y dejó la vela en el suelo y se levantó.

― ¿Qué hace aquí?

― ¿Estás loca? Por poco me matas.

Él se levantó e inspeccionó el golpe, afortunadamente no le había ocasionado ninguna herida mortal.

―Eso se merece por entrar a mi habitación de esa manera. Si mi tía lo ve aquí, mi reputación estará arruinada.

Lord De la Rosa esbozó una media sonrisa e inspeccionó la habitación y contempló a la mujer que tenía en frente de él, lucía tentadoramente bella, con ese camisón de lino blanco.

―Así que exijo que se marche.

El hombre se recargó en el poste de la cama y se cruzó de brazos.

―No me iré.

Kikyo abrió los ojos ― ¿Cómo dijo?

―Que no me iré― respondió él, divirtiéndose por la reacción de joven.

―Si no se va grito.

―Adelante – la alentó – Hazlo. Pero debo advertirte que si lo haces, tu tía vendrá aquí, nos verá a los dos y supondrá lo peor y ahora sí, tu reputación se vería más que comprometida, lo cual me exigiría a mí – se señaló así mismo – A cumplir con mi honor...

Aunque por más que le doliera reconocer, el sujeto tenía razón.

¿Qué le había impulsado a evadir la seguridad de su primo, para entrar a su habitación? Y ella estaba en estas ropas… ¿En estas ropas? Fue cuando comprendió que estaba semidesnuda ante él, con su mirada verde recorriendo su cuerpo; su batín descansaba en el colchón de la cama, justo a un lado de él.

Él pareció darse cuenta pues tomó la prenda entre sus manos.

― ¿Buscabas esto? – preguntó y parecía que lo disfrutaba.

Kikyo se acercó a él y con el cejo fruncido se lo arrebató para cubrirse el cuerpo con él.

Sólo cuando levantó la mirada para dirigirse hacia él, se dio cuenta de que estaban lo demasiado cera uno del otro.

― ¿Me va a decir que hace aquí?

―Si – él asintió y avanzó hacia ella –Esta noche me ha acusado de algo muy grave, señorita.

Kikyo dio un paso hacia atrás, ya sabía a qué se refería.

― ¿Acaso no es grave besar a la prometida de un hombre, milord? – preguntó con sarcasmo.

―No es grave – él se encogió de hombros y siguió avanzando hacia ella – Si la mujer está dispuesta.

―Pero comprometida. Si mi primo los hubiera visto estoy segura que lo habría retado a duelo y es probable que lo matara.

― ¿Llorarías mi muerte, amor?

¿Amor? ¿Qué clase de libertino era este hombre?

― ¿Y por qué habría de hacerlo? – Ella se encogió de hombros – Usted no…

Pero se quedó muda cuando en un abrir y cerrar de ojos él se había abalanzado sobre ella, sus brazos rodearon su cintura y la atrajo hacia él.

Kikyo se quedó paralizada y muda entre sus brazos y su mirada verde.

Sentía su respiración, su pecho se movía agitado de arriba abajo.

―Ya veo que no eres tan fuerte después de todo.

Comenzó acercar sus labios a los de ella.

―No…no se atreva―su voz fue más una súplica que una orden y se odió por eso.

― ¿Quién me lo va a impedir?

―Yo…

―Estoy seguro que quieres que te bese – susurró contra los labios ― ¿Quieres que te bese?

La besó y ella cerró los ojos, era verdad, había estado deseando besar esos labios desde la primera vez que lo había visto, quería estar entre esos brazos fuertes y la sensación era infinitamente placentera.

―Por favor…― suplicó – Debe irse…

― ¿Y si no quiero? – preguntó, dándole un mordico en el labio inferior ― ¿Qué hay si quiero seguir besándote?

―No es…

Pero no pudo seguir hablando, pues una vez más sus labios se fundieron de nuevo en un beso, Kikyo pasó sus dedos por el cabello castaño de aquel hombre, era el primer beso que le habían dado en su vida y por la maestría con la que él lo hacía, se podía decir que era un auténtico libertino.

Alguien llamó a la puerta y ambos se alarmaron.

―Kikyo, hija ¿Estas despierta?

Kikyo miró alarmada a Lord De la Rosa.

―Es mi tía, si te ve es probable que quiera casarnos.

Él esbozó una media sonrisa sin dejarla de abrazar ― ¿Tan malo resultaría ser la esposa de Lord De la Rosa?

―Lady Higurashi será su esposa – ella se apartó de él – Así que no es correcto que visite las habitaciones de una dama soltera.

Lord De la Rosa intentó acercarse a ella, pero Kikyo se lo impidió.

―Por favor, si me aprecia en algo, váyase.

Kikyo, sé que estas despierta así que abre la puerta.

La voz de su tía se volvió a escuchar del otro lado de la puerta.

―Ya voy tía – gritó Kikyo.

―Muy bien señorita – Lord De la Rosa la miró por encima de sus pestañas – Esto no se queda así, tenemos mucho de qué hablar.

De nuevo la tomó entre sus brazos, pasó sus dedos por la fina piel de sus mejillas y acarició su largo cabello sedoso y liso.

―Tenemos mucho de qué hablar amor. Pero no me iré sin dejar un recuerdo de que estuve aquí.

Y una vez más la volvía a besar con la misma pasión intensa que de hace un momento. Una vez finalizado el beso, le guiñó un ojo y salió por el balcón. Kikyo sentía estar flotando, como si estuviera en las nubes, tenía una sonrisa de tonta, que al verse al espejo, frunció el cejo de inmediato.

―Kikyo, apártatelo de la cabeza – se dijo así misma al verse al espejo – Es prohibido. Está prometido a otra.

Pero instintivamente se llevó las manos a la boca, pasó sus dedos por las delgadas líneas de sus labios. Aun sentía el calor latente de su boca poseyendo la suya, sentía sus brazos fuertes por toda su cintura, deseaba estar nuevamente así.

Hija si no abres en este instante, llamare a tu hermano para que tire esa puerta.

Los llamados de su tía la sacaron de sus ensoñaciones y regresó de nuevo a la realidad. Debía apartarse de él, como ella misma lo había dicho, era prohibido y se casaría con otra.

Mientras Kagome y Eri conversaban, Bankotsu fue hacía Inuyasha y le entregó un tarro de cerveza, a lo que el ojidorado la aceptó.

― ¿Y ahora? – preguntó Bankotsu tomando asiento a lado de él.

― ¿Ahora qué? – respondió él. Mirando el tarro de cerveza.

― ¿Qué planes tienes con respecto a la dama?

Ambos hombres miraron a las dos mujeres que estaba en frente de ellos, de vez en cuando ambas reían y cuando Kagome se dio cuenta de la observaba, se sonrojó y esbozó una sonrisa.

Al ver que su amigo no respondía, Bankotsu prosiguió.

― ¿No esperas quedarte aquí con ella en el bosque o sí? – Lo vio encogerse de hombros – Escucha, a pesar de que Eri y yo somos felices, me hubiera gustado ofrecerle algo mejor, algo digno de ella.

―Pero sin embargo es feliz.

―Lo sé y soy feliz al tenerla. Pero tú tienes mucho más posibilidades de ofrecerle una vida digna. Casarte con ella ofrecerle hijos. Si tus planes son tenerla aquí en el bosque déjame decirte que no es buena esa vida.

― ¿A dónde quieres llegar?

―Inuyasha, llévala de regreso Londres y cásate con ella.

Era imposible y bien lo sabía, si se la llevaba de regreso a Londres se tendrían que enfrentar a dos cosas: Su boda con Lady Andrews y verla a ella con Lord De la Rosa. Así que era mejor estar apartados de toda civilización.

―Es imposible Bankotsu. Ambos estamos prometidos a otras personas. Estando aquí, huiríamos de todo eso.

―Entonces déjame decirte que eres un cobarde – Inuyasha lo vio y éste volvió a rectificarlo – Si eres un cobarde que no afronta su destino. Si fueras más hombre hablarías con el padre de tu prometida y le dirías que no te puedes casar con su hija porque estás enamorado de alguien más y después buscarías romper el compromiso de la mujer que amas.

―No es fácil.

―Claro que lo es.

―Bankotsu, al verte aquí, con Eri y tus hijos es lo que yo espero. Si ambos regresamos a Londres es como si volviéramos a la realidad.

―Porque no estás en la realidad. No eres el hombre correcto que se convirtió en marques. Al contrario, eres el mismo joven que me pidió ayuda para asaltar a su padre – suspiró al ver que no hacía entrar en razón a Inuyasha – Pero bueno, yo ya te di mi punto de vista, ahora falta que tú tomes una decisión.

Bankotsu se levantó y fue hacia su esposa y Kagome, dejando solo a Inuyasha.

En cambio él se quedó pensativo gracias a los consejos que le había dado su amigo. Sabía que tenía razón, Kagome no se merecía una vida así, se merecía ser tratada como una reina y él era un maldito marques que podría ofrecerle el mundo entero si ella se lo pidiera.

No era fácil regresar a Londres y romper su compromiso con Lady Andrews eso supondría acabar con la reputación de esa familia. Pero era más peligrosa la reputación de Kagome, estando ella con él, en un lugar apartado de todo el mundo ocurría lo inevitable.

Ahora gracias a Bankotsu comenzaba a pensar de una manera más fría.

¿Qué había hecho?

Fingió un secuestro para estar con la mujer que lo volvía loco, la besó y estuvo a punto de tomarla y hacerla suya.

Si, él era un peligro para su reputación.

Kagome se acercó y ocupó el lugar donde había estado antes Bankotsu.

La miró, ella estaba feliz. Pero sólo comprobó que ella merecía algo mucho mejor que esto.

Nunca debió haber actuado por impulso. ¿En qué demonios había estado pensando?

― ¿Qué es lo que piensas? – le preguntó con una sonrisa.

Su cara se había trasformado en el hombre correcto que era y debía ser y le dolía más a él borrar esa sonrisa de ese bello rostro.

―Kagome – dijo él, dejando el tarro de cerveza que le había dado Bankotsu en la tierra y la tomó de las manos – Debemos regresar a Londres.

Ella soltó sus manos y en sus ojos se reflejaban la tristeza y la decepción.

― ¿Qué me estás diciendo? – preguntó ella.

―Kagome tanto tú como yo sabemos que no es correcto que estemos los dos aquí…

Pero no pudo seguir diciendo más porque le soltó una tremenda bofetada.

―Eres un maldito – gritó ella – Eso es lo que eres. Me besas, finges un secuestro para estar conmigo y pones en peligro mi reputación.

―Escúchame por favor…

―No hay nada que escuchar – dijo ella, levantándose de su lugar – Y encima me ofrecí a ti. ¿Cómo pude ser tan estúpida? Por poco pensé que tú…

Se quedó callada, estuvo a punto de decirle que creía que él estaba enamorado de ella aunque nunca se lo dijo.

―Quiero regresar a Londres. – dijo al fin.

Él alzó la mirada y se encontró con los ojos llenos de dolor de aquella dama, no lloraba pero la tristeza ensombrecía sus bellos ojos.

―Pero…

―No quiero escucharlo, ya lo ha dicho todo, regresemos a Londres para que usted pueda seguir con sus planes de matrimonio con la señorita Andrews y yo con Lord De la Rosa.

Giró sobre sus talones, ahora volvía a los formalismos y antes de irse, dijo por detrás de su espalda.

―Así que hágame el favor de pedirle a sus amigos que me lleven a Londres.

Él se levantó y fue hasta ella, cuando Kagome sintió que la iba abrazar por los hombros ella se apartó.

―Le voy a pedir que no me toque Lord Taisho. No soy nada de usted.

―Por favor

Como una mujer digna a la que le acababan de romper el corazón, se alejó de él.

Inuyasha se sentía el peor de los hombres.

¿Qué sentía por esa mujer?

Sólo un hombre enamorado era capaz de raptar a la mujer que amaba con tal de estar a su lado, el detalle era que él no estaba seguro de si amarla o no.

Se detuvieron justo en la barda donde una vez él la había llevado de regreso a casa, en aquel baile prohibido que habían organizado los actores de la ópera.

Ella bajó del caballo y aceptó de mala gana la ayuda de Inuyasha.

―Déjame te ayudo a subir Kagome.

Pero ella se negó.

―No es necesario milord. Una vez alguien me enseñó como subir una barda – lo miró por última vez – Espero que a partir de hoy usted se dirigida a mí como Lady Higurashi señor. No me hable con tanta libertad.

Dicho esto subió a la barda pero ayudada por otros hombres, y antes de que bajara del otro lado, se miraron por última vez.

Él le dijo adiós, pero en cambio ella brincó al otro lado de la casa, dejándolo atrás.

Una vez en el jardín de su casa, Kagome se recargó en la pared de la barda y ahora sí, ya no pudo seguir conteniendo las lágrimas y una por una comenzó a brotar deliberadamente.

―Eres un maldito. Un maldito Inuyasha Taisho.