21

Leonard había tenido ese sueño de nuevo. Ese que lo despertaba a media noche, jadeando y cubierto de sudor. Aquel donde veía a Spock, de pie en la corte. Su cara verdecina estaba marcada por los golpes de los guardias. Llevaba esposas en las muñecas. Podía verlo con claridad, como la luz del día, vestido con su pulcro uniforme. Spock siempre le devolvía la mirada, con aquellos oscuros ojos llenos de un dolor que no era capaz de describir. Abría la boca, diciendo algo que Leonard no lograba comprender, así que trataba de acercarse para oír mejor. Un paso, dos pasos. Spock siempre parecía alejarse… y entonces el fuego estallaba detrás del vulcano, consumiendo todo, envolviendo aquel cuerpo verde hasta volverlo ceniza mientras gritaba. Si, siempre era ese sueño.

Se sentó en la cama, mirando el reloj que marcaba las 3:20 a.m. Bebió del vaso de agua que estaba en el buro al lado de su cama, temblando del miedo que seguía pegado a su piel. Su psicóloga había dicho que era estrés postraumático, le habían dado fármacos para eso. Se metió una de las pastillas de gusto amargo a la boca, luego, se levanto para cambiarse de ropa.

No podía dejar de pensar en que Spock había muerto al ser trasladado a prisión, ni siquiera cuando ya habían pasado 3 meses de eso. Zefram le había dado su palabra de que encontraría a los culpables, pero nada de eso había ocurrido, y él jamás pudo mirar a la cara de Amanda o Sarek para darles el pésame. Ellos tampoco quisieron saber nada de él. No podía culparlos, su hijo había sido enviado a prisión por él.

Se puso una camisa limpia, unos vaqueros gastados, y fue hacía la sala de su nueva casa. Ahora formaba parte de un proyecto de supresión de gen omega desde la concepción. Había encontrado interesante aquello. Si estaban en lo correcto, podrían borrar los géneros de la especie. Todos podían ser betas, y ser iguales. Esa idea le atraía, ningún omega tendría que ser violado como lo fue él; ningún alfa moriría como murió Spock.

El pensamiento le sentó lúgubre, se sirvió café. Revisó algunas muestras que tenía mientras dejaba que su computadora reprodujera algo de música. Claro, la aparente calma de eso no duro, y fue directo al baño a vomitar. El café le había provocado profundas nauseas, así que termino botándolo en el retrete, junto a los restos de su cena. Lo cierto es que Leonard tenía días con nauseas con ciertos olores y sabores, había ganado algo de peso, aunque se negaba a aceptar lo inevitable. Era, después de todo, un omega que se había unido a un alfa.

―Computadora, agenda una cita de control médico― Pidió, jadeando mientras apoyaba la frente en la porcelana fría de su retrete.

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James T. Kirk llevaba tres meses en una prisión, aislado del mundo al que una vez perteneció. Si bien, a todos se les había dicho que el rubio fue enviado a una misión en el espacio, no fue el caso. Habían entrado en su celda de noche, mientras dormía. Le habían dado una paliza bastante memorable antes de arrastrarlo hasta un transporte y lo enviaron a aquel lugar. Ni siquiera tenía noción de que clase de prisión era o donde estaba.

El lugar en si era una luna minada, las perforaciones en la superficie la habían dejado inútil para producir alimento. Comían solo esporas que cultivaban para su supervivencia. Salvo por un medico que estaba en una especie de torre lejana a ellos, carecían de autoridad dentro de la prisión. Sobrevivía el más fuerte, y para asegurar aquello, los alfas como Kirk habían perdido su dispositivo luz, aquel que en algún momento estuvo incrustado en su nuca.

Para él, había sido un comienzo difícil el que tuvo en aquel lugar. Había prisioneros de todas especies y clases, pero pronto noto que la mayoría de la población eran, bueno, Alfas. Fue cuando logro adaptarse, comenzó a reconocerse con ellos, a hablarse, y entender que todos estaban ahí porque para Zefram eran problemas.

―Él espera que muramos aquí― Le había dicho un anciano, su pelo era completamente blanco, ya le faltaban todos los dientes. Alguna vez fue un investigador, según le dijo, y se froto la nariz de modo juguetón. ―. Él cree que los alfas somos tan estúpidos que nos mataremos unos a otros, pero tu eres un chico listo, Kirk, y vendrán a buscarte eventualmente.

Aquel anciano no se había equivocado.

Una mañana, mientras Kirk intercambiaba algunas setas por tabaco con un chico nuevo, vio algo que jamás creyó ver. Un grupo de uniformados de la flota se introdujo en aquella ratonera, iban armados, listos para defenderse de ser necesario. Eran un total de cuatro hombres armados, y un chiquillo. Este ultimo parecía emocionado de lo que veía a su alrededor, sus ojos azules recorrían todos los detalles del lugar hasta que se fijaron en Kirk.

La sonrisa radiante del joven fue automática. Sus pies casi brincaron hasta pararse frente al ex capitán. La forma en que su cabeza se torció hacía un lado, fue…incomoda para Kirk. El chico entero generaba cierta sensación de peligro. A eso se le sumaron sus guardias, que rodearon a Kirk sin problema.

― ¿Es usted el capitán Kirk? ― Pregunto, hasta la forma en que hablaba era extraña. Kirk sintió la necesidad de corregirle, pues ya no era capitán, pero asintió una sola vez. ―Mi nombre es Charlie Evans, y he sido enviado por usted. Ellos dijeron que le han reasignado a su puesto… Le han dado una misión.

Kirk supo, en la sonrisa que recibió, que no tenía elección.

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Leonard miró sus pies desnudos, sentado en una camilla de la clínica omega. Le habían realizado diversos estudios, entre pruebas de sangre, tomografías, radiografías, y ahora solo esperaba sus resultados. Le había atendido una doctora demasiado joven, pero bastante eficiente. Una omega, claramente, que se veía felizmente unida.

Aquello había dado un ligero sentimiento de desesperanza en Leonard. Recordó a Spock, como cada día de su vida desde que aquel vulcano había muerto. Recordó aquella mirada, aquellos brazos. Si, pudo ser un omega felizmente unido al duende verde, pero las cosas habían sido diferentes… Ahora no podía entender porque había dicho aquello, porque había tirado al joven vulcano a una muerte inminente.

Una parte de su cabeza esperaba que esos síntomas fueran la muerte viniendo por él, que la separación entre su alfa y él estaba consumiendo su cuerpo ahora… pero no. La doctora risueña apareció en la habitación con un gran paquete de papeles y pastillas. Se sentó justo frente a él, con cierta alegría y preocupación.

―Bueno, doctor, para alguien de su edad es importante que a partir de este momento, estará bajo un estricto régimen de vitaminas, y cuidados médicos para que usted y el bebé estén en perfecto estado…

Leonard dejo de escuchar.