Estaba exhausta...
A pesar de ser una persona con bastante energía, ese día de verdad fue pesado en el trabajo. Hace varios años atrás, Anna había conocido a una tierna pareja por pura casualidad cuando le estaban preguntando indicaciones para llegar a su destino. Al parecer, acababan de mudarse de Noruega y estaban tratando de llegar al lugar donde vivirían.
Erick era un hombre apuesto; cabello negro, tez blanca y ojos del mismo color que la miel. Su pareja, de nombre Oaken; de cabellera castaña, tez blanca y del tamaño de una montaña, eran los nuevos integrantes del lugar.
Varias semanas después de haberlos ayudado a localizar su destino, volvieron a encontrarse. Ambos le preguntaron si conocía a alguien que quisiera trabajar entre semana y los fines de semana, ya que ellos habían abierto un antro y un pequeño restaurante, Anna al ser una persona reservada y apartada, no pudo pensar en nadie.
Fue por eso que, siendo la solución más obvia, le preguntaron si quería trabajar. Al principio dudó; no sabía si su temperamento era el adecuado para atender a las personas y no tenía aún la edad legal para poder trabajar en el antro de noche. Pero ellos resolvieron el dilema con rapidez; si trabajaba en el restaurante, se encargaría de la limpieza y la cocina, y si elegía el antro, solamente cuidaría la entrada unas cuantas horas y regresaría a casa.
Al escuchar la sugerencia de ambos, y lo rápido que le encontraron solución al problema, aceptó de inmediato. Sería una forma de liberarse de un poco de la energía extra que tenía encima, y de olvidarse por unas cuantas horas de las cosas.
Era casi media noche cuando, por fin, llegó a su casa. El gimnasio estaba a oscuras y solo se podía ver una luz proviniendo de las escaleras. Subió arrastrando los pies, comenzando a escuchar los ladridos de Olaf y como Gerda trataba de callarlo en vano. Al llegar hasta arriba, sintió el peso de Olaf en su estomago y tratando de lamerle toda la cara.
- ¡Olaf! ¡Espera...! - no debió de haber hablado, ya que fue el momento perfecto para que él sacara la lengua y pudiera alcanzar su boca. - ¡Aaughh! ¡Qué asco Olaf!
- ¿¡Dónde has estado, jovencita!? - la voz enfurecida y preocupada de Gerda la alcanzó.
'¡Oh mierda! Olvidé avisar...'
No quería pelear, no tenia las energías de eso; solamente quería darse un baño para quitarse el sudor y los demás olores impregnados en ella e ir a dormir para levantarse temprano e ir a clase. Volteó a verla, con el rostro detonando cansancio y suplica.
- Estaba con Erick, hoy no fue alguien a trabajar y me pidió cubrirlo. - contestó, sintiendo sus parpados pesados y la mochila en su hombro resbalándose lentamente.
Al escuchar eso, el rostro de Gerda cambió a uno de entendimiento. Sin decir nada, le quitó la mochila y la empujó suavemente de la espalda para que fuera a darse un baño. Cuando les informó sobre el trabajo que había encontrado, se opusieron rotundamente, alegando que no era necesario que ella trabajara y descuidara la escuela. Pero al ver que ella seguía metiéndose en problemas y su estado de ánimo solo empeoraba, llegaron a la conclusión de que quizá eso era lo que necesitaba: una forma de distraerse y salir a convivir con más personas además de los entrenamientos y constantes golpes.
Anna le agradeció con una pequeña sonrisa. Se encaminó a su cuarto por su pijama; un short deportivo algo holgado, bóxer color negro junto a una camiseta y se dirigió directamente al baño. El agua caliente que salió de la regadera fue un bálsamo en su adolorido cuerpo, ni siquiera el constante repudio por la parte extra que colgaba de su entrepierna fue suficiente para molestarla ese día. Tan cansado que estaba su cuerpo y mente para pensar en algo más que no fuera bañarse lo más rápido posible e ir a dormir.
Al terminar; se secó rápidamente, se puso su ropa, cepilló sus dientes y, con todo eso listo, se acostó por fin en su espaciosa cama. El clima era fresco, la casa silenciosa, todo lo necesario para que pudiera caer en coma sin problema. Sintió la cama hundirse a su lado, para después sentir el calor corporal de Olaf. Sonrió, sabía que vendría a dormir sin importar qué.
Toda esa semana fue rutina para Anna; en la escuela salía corriendo cuando las clases terminaban para ir a la siguiente asignatura, se tomaba su tiempo antes y después de E.F para que nadie la encontrara en los vestidores y al término de clases, se iba directo al restaurante...
Siempre con la sensación de que alguien la seguía con la mirada desde la distancia...
Ahora que debía de cubrir dos turnos, ya que al parecer Albert tenía problemas con su horario de clases y de trabajo, había tenido que renunciar hasta que estuviera un poco más estable. De mientras, Anna era la única trabajadora en ese lugar mientras alguien más apareciera. Ese viernes, poco antes de las seis de la tarde, le llegó una notificación en su celular anunciando el nuevo cambio de horario.
De solo verlo, no pudo suprimir el gruñido que escapó de su garganta. El horario había cambiado un poco, nada que ella no pudiera acostumbrarse nuevamente, pero lo que más le afectó fue el cambio que hubo entre E.F e inglés. Ahora, en lugar de tener inglés como primera materia, sería Yzma quien le diera la bienvenida todos los días; y en donde antes era matemáticas y E.F, se cambió a ser E.F y culminando con inglés.
Eso no le daría mucho tiempo para esperar a las de la clase anterior en abandonar los vestidores y poder cambiarse sin preocupaciones. Maldijo de nuevo, no teniendo idea de qué pasaría ahora con ese cambio tan drástico de horario para ella.
El fin de semana, como era de esperarse ahora que ya era mayor de edad, se ocupaba de la seguridad del antro de Oaken. Nada complicado, solo estar sentada en la entrada del antro junto a Kristoff, revisar que nadie llevara algún arma encima y que todos se mantuvieran tranquilos hasta que era hora de cerrar.
Las horas pasaban lentamente mientras ellos dos mantenían vigilado el lugar. Kristoff era un chico amable y divertido; alto, de hombros anchos, cabellera rubia y ojos color miel, podría considerarse apuesto para los cánones femeninos. No hablaban mucho, solo pequeñas oraciones donde se turnaban para entrar y dar una ronda mientras el otro se quedaba en la entrada.
Aunque aún no lo consideraba un amigo como tal, simplemente un compañero de trabajo, sí aceptaba su presencia. Nunca se acercaba demasiado a su espacio personal, y las pequeñas pláticas eran algo nuevo para ella. El domingo, cerca de las 2:30 de la madrugada, un pequeño grupo de hombres había comenzado a causar disturbio. En su estado de ebriedad y estupidez mental, comenzaron a lanzar golpes por todos lados.
Kristoff, al ser más alto y fornido, sujetó a uno de ellos por la espalda mientras que Anna aplicaba una llave al otro, retorciéndole el brazo por la espalda. Tratando de ser lo más civilizado posible, los sacaron a punta de empujones hasta que abandonaron el establecimiento. Poco tiempo después decidieron que era momento de cerrar; después de todo, Kristoff y Anna debían de ir a estudiar en unas cuantas horas.
El exceso de trabajo y las altas horas que se mantenía despierta por vigilar el antro comenzaban a hacer estragos en ella. No podía mantener por mucho tiempo la concentración en las clases, en más de una ocasión la regañaron por quedarse dormida unos momentos. Maldijo en su interior, no teniendo la energía para salir corriendo y llegar a tiempo a la siguiente asignatura.
E.F fue calmado ese día, no todas las chicas habían entrado a los vestidores al comienzo del entrenamiento, quizá debido a que estaba caminando más lento de lo normal y eso le dio tiempo de sobra para poder aparecer en el momento correcto.
Como había sido desde la semana pasada, ella solo se sentó en un rincón mientras el coach daba todas las instrucciones, para luego quedarse en las bancas con los demás corriendo como locos alrededor del gimnasio con miradas asesinas en su dirección. No le importaba y simplemente aprovechó el momento para dormir un poco.
Al escuchar el silbato del entrenador, anunciando el término de la clase, Anna esperó un rato, maldiciendo de nuevo porque sabía que llegaría unos minutos tarde a la clase de inglés. Se apresuró y vistió en cuanto supo ya no había nadie, y trató de salir corriendo a la clase. Para su mala suerte, ya había comenzado.
No pudo más que pararse en la entrada del salón y tocar, llamando la atención de la maestra. Escuchó más de lo que vio el suspiro de frustración e irritación por, de nuevo, interrumpir la clase. Con un movimiento de mano, le permitió entrar. Se apresuró a su asiento, tratando de saber cuál era la tarea sin tener que molestar de nuevo.
Al terminar de explicarlo todo, la señorita Winters empezó a pasar asistencia de los alumnos presentes ese día. Los nombres pasaban poco a poco, escuchando diversas respuestas de ellos; algunos en ingles y otros en español, hasta que escuchó el suyo. No quería llamar la atención, y tampoco es que tuviera la fuerza para alzar su voz, así que se limitó a levantar su mano. Pasaron los segundos y, creyendo que no la había visto, alzó un poco su vista para alcanzar a ver cuando ella bajó la vista y continuó con el resto.
En seguida se dio cuenta de qué trataba la tarea; sin perder más tiempo, sacó su libreta y se puso a trabajar. No tardó nada en terminar lo de ese día, solo unos cuantos ejercicios y había terminado, era más explicación que la actividad en sí.
Sin tener nada más que hacer, puso su codo en la mesa y apoyó su cabeza en su puño, esperando a lo que seguía. Sintió sus parpados pesados, tratando de luchar para que no se mantuvieran demasiado tiempo cerrados, pero inevitablemente sucedió.
Su mente se sumergió en la oscuridad, sintiéndose a la deriva en esa inmensa negrura, dándole ese merecido descanso que su cuerpo tanto deseaba. Realmente no podía evitarlo, era la primera vez que se excedía tanto en el trabajo que ahora le causaba fatiga. Raro en ella, pues siempre parecía tener pila para continuar, ahora ni siquiera tenía el tiempo suficiente para entrenar y su ansiedad iba en aumento por eso.
El sueño ligero que tenía iba agarrando profundidad, trayendo consigo memorias que prefería evitar. De un momento a otro, ya no estaba metida en esa infinita oscuridad, si no en un pequeño cuarto. Sentía el suelo en sus manos y rodillas, ese asqueroso suelo pegajoso de días sin conocer el trapeador; el aire tenía ese asqueroso olor a cigarro barato impregnado en todos lados, como una maldita sombra que se aferraba a tu cuerpo a donde quiera que fueras; el sonido de vidrios quebrándose y perros ladrando sin cesar en las calles del vecindario.
- ¿¡DÓNDE MIERDAS ESTÁS ESCORIA!?
Y esa voz, rugiendo y sonando más duro que un trueno, detonando tanta rabia y asco con cada silaba que escupía. Escuchaba los pasos acercarse, pisando con tal fuerza y furia que podrías pensar atravesaría el pavimento con el poder que poseían. Se iban acercando a su escondite, a ese pequeño lugar que consideraba su refugio en ocasiones, escondiéndose debajo de la cama rogando a cualquier dios que alguien viniera a rescatarla.
Escuchó la puerta abrirse de golpe, escuchando a lo lejos como algo metálico rebotaba en alguna parte del cuarto debido a la fuerza del impacto. Trató de mantenerse callada mientras las pisadas caminaban alrededor, lanzando todo en intentos por encontrarla, a pesar de las lágrimas que ya adornaban su enrojecido rostro y el llanto que intentaba de suprimir en vano.
- ¡AQUÍ ESTÁS MALDITO FENÓMENO!
Pudo sentir su cabello ser jalado con fuerza, sintiendo que sería arrancado de raíz por la acción. Gritó, en un intento por hacerle saber que le dolía, con una pequeña esperanza de que alguien acudiera a su rescate, pero nunca ocurría nada. La sacó por completo de su escondite, poniéndola a su altura sin soltar su cabello. El asqueroso olor a alcohol y cigarro emanaba de su ser, con esa maldita cosa entre sus labios, liberando el humo de entre sus labios y nariz, dando la imagen de un demonio salido de las profundidades del mismo infierno.
- ¿Qué creíste, basura? ¿Qué podrías esconderte para siempre de mí? - su voz sonaba burlona, cargada de veneno y desprecio hacia ella. - ¡NO PUEDES ESCAPAR DE MI!
Las pequeñas prendas que su cuerpo poseía, fueron arrancadas con tanta fuerza que solo pedazos de tela cayeron al suelo. El sabor metálico de la sangre invadió su boca cuando fue empujada contra el suelo con tal furia, que su tiernos labios se partieron dando paso a ese mar rojo que corría por sus venas.
- ¡TE ENSEÑARE A NO ESCONDERTE DE MI, MONSTRUO ASQUEROSO!
El sonido metálico de la hebilla de su cinturón resonó en las paredes seguido del característico sonido del cuero al ser deslizado de la mezclilla. Trató de huir, usando toda la fuerza de su pequeño cuerpo para alejarse de lo que se avecinaba, pero una enorme bota en su espalda manteniéndola contra el suelo impedía que pudiera escapar...
Una mano en su hombro la trajo de regreso al presente, sintiendo la urgente necesidad de quitarse de encima al dueño de dicha mano. Se paró a toda velocidad, quitando la mano de un fuerte manotazo hasta poder quedar frente al responsable de ponerle las manos encima y hacerle pagar.
Unos ojos color azul glaciar la miraban, completamente abiertos debido a la sorpresa con rastros de preocupación y miedo, una piel tan blanca como la nieve recién acumulada, una hermosa cabellera platinada que parecía brillar con los reflejos del sol, unas imperceptibles pecas en sus mejillas, y unos hermosos y carnosos labios con un toque de labial.
La profesora Elsa Winters estaba de pie, frente a ella, con una mano sujetando su pecho y la otra suspendida en el aire. No había sonido más que la errática respiración de Anna, no había otra alma en ese lugar más que ellas dos. Su cuerpo estaba temblando, sentía sus piernas a punto de fallarle, el sabor del miedo en su paladar y un sudor frío recorrer toda su columna vertebral.
Sin mediar palabra, teniendo la necesidad de salir de ahí, guardó sus cosas como pudo en su mochila y salió corriendo. Corrió como tenia años que no lo hacía, corrió sin importarle pasar trayendo a quien sea que estuviera en su camino, con la sola idea de llegar a un lugar.
Su corazón latía a toda su capacidad, amenazando con salirse de su pecho en cualquier momento. Sentía los fantasmas del pasado en su espalda, su piel sintiendo cada agresión como si los estuviera recibiendo en ese instante, como el sabor del miedo y la desesperación danzaba en su boca sin misericordia.
No supo el tiempo que estuvo corriendo, no fue consciente del momento en el que entró y aventó su mochila a algún rincón del lugar. Su cuerpo estaba funcionando en automático; poniéndose los guantes de protección en las manos y acercándose a su víctima más próxima.
Estaba en su zona segura, en su refugio, en su oasis, donde nada ni nadie podía lastimarla...
Empezó a golpear el costal de arena, con toda la ira de su cuerpo, con el desprecio acumulado en su ser tras todos esos años. Golpe tras golpe recibía el objeto, descargando todo ese torbellino de sentimientos que tenía en su sistema, tratando de alejar a todos esos fantasmas de su vida, para que las garras invisibles que mantenían a su piel prisionera se alejaran de ella.
No sentía dolor, su cuerpo estaba cargado de adrenalina que le hacía ser ajena a tal sentimiento. Solamente cuando alguien la abrazó por la espalda, impidiendo cualquier movimiento, fue que se detuvo. Escuchó la voz de Kai a sus espaldas, susurrándole con voz quebrada que todo estaría bien, que ella estaba bien.
Que estaba en un lugar seguro donde no la lastimarían más, donde era amada y apreciada por sus habitantes. Su cuerpo ahora dolía, estremeciéndose por el esfuerzo de tal actividad, las lágrimas escurrían por su mejilla, sus puños gritaban en agonía detrás de los guantes debido a la perdida de adrenalina en sus venas.
Kai no dijo más, simplemente la ayudó a levantarse guiándola hasta su habitación, donde se encerró sin querer ver a nadie. Ese día el celular de Anna sonaba insistentemente, siendo Gerda quien contestó para avisarle a Erick que Anna estaba indispuesta por el momento.
Los demás días fueron duros para Anna; las mañanas estaban ocupadas por sus clases, tomándose la libertad de dormir en cuanto terminaba sus deberes en ingles. La profesora Winters, después de unos días, empezó a permitirle llegar esos minutos tarde que se tomaba en cambiarse después de E.F y dejarla dormir un poco después de clases. Debido a la reacción anterior, ahora movía su silla para despertarla sin ocasionar otro incidente igual.
Las tardes estaban ocupadas en el restaurante, donde Erick le preguntaba si estaba realmente bien, a lo cual ella respondía con un simple "Estoy bien". Pero las noches eran las más difíciles. Desde aquel quiebre emocional; las pesadillas la asaltaban con mayor intensidad y frecuencia, haciendo que despertara con un grito ahogado en la garganta, con el cuerpo sudoroso y temblando de miedo.
Los días pasaban, y Anna cada vez se sentía más cansada, tanto física como mentalmente. No eran las horas de trabajo, o el tiempo en la escuela, ni siquiera los entrenamientos causaban eso en ella; lo que la estaba drenando de forma tan drástica eran esos sueños constantes.
Un día, después de que las clases terminaron y la Señorita Winter la despertara moviendo un poco su silla, se sintió un poco desorientada. Lentamente vio su alrededor, notando que de nuevo todos sus compañeros se habían ido, dejándolas a solas. Se levantó de su lugar, guardando sus cosas sin ánimo, y comenzó su camino hacia la puerta, pero la voz detrás de ella la detuvo de golpe.
- ¡Anna, espera! - su voz era diferente. Ya no era esa voz estricta y afilada que utilizaba en las clases, sino suave con tono suplicante. Se detuvo, sin darle la cara. Simplemente queriendo terminar con lo que sea que diría y seguir su camino. - Escucha, no sé la razón por la cual llegas tarde o te duermes en clase. Ni tampoco te estoy obligando a que me digas tus asuntos... pero si quieres que alguien te escuche, o quieres el consejo de alguien, puedes venir a mí en cualquier momento.
'¿Por qué diablos le está diciendo eso? ¿Qué gana con saber lo que le sucede, con lo que piensa o necesita? ¿Por qué alguien como Elsa Winters estaría siquiera remotamente preocupada por su bienestar?'
Mil pensamientos recorrieron su mente con esas palabras, no viendo que quería esa maestra en realidad. No teniendo idea si lo que quería era realmente ayudarla o simplemente meter sus narices en donde no le incumbe y así tener un chisme para compartir con el mundo.
No quiso responder y, en el peor de los casos, tener una idea equivocada de las intensiones detrás de sus palabras. Simplemente volteó un poco su cabeza, asintió y salió del aula con dirección a su trabajo.
El viernes llegó, y con ello su trabajo en el bar de Oaken. No era muy tarde cuando llegó, siendo apenas las 9:35 de la noche. Vio a Kristoff en la puerta, de brazos cruzados y con el uniforme puesto; una simple playera negra y un gafete colgando del cuello donde mostraba su nombre. Anna entró, asintiendo su cabeza a modo de saludo en su dirección. La música resonaba en todo el lugar, haciendo su cuerpo vibrar al ritmo de las canciones. Se fue a la parte trasera del bar, donde se encontraba una puerta para el personal.
- ¡Yoho! ¿Lista para otro día de trabajo, Jaa? - escuchó a Oaken, casi gritando para que su voz no se perdiera con el ruido de la música. Anna asintió, cambiándose el suéter azul marino que llevaba por la playera negra y el gafete, amarrando su cabello en una coleta alta.
Cuando estuvo lista, salió a ocupar su lugar al lado de Kristoff. Nada parecía fuera de lo normal, haciendo chequeos a todos los hombres por si llevaban algún arma de contrabando y verificando que las chicas fueran mayores de edad.
Un bostezo de aburrimiento escapó de sus labios, demostrando que tan calmada estaba la noche. Escuchó a Kristoff reírse, diciéndole que fuera adentro por algo que le subiera los niveles de energía. ¿Qué podría haber en un bar, que no contuviera una sola gota de alcohol, que le subiera los niveles de energía?
Aún así, sin tener idea de que encontraría, fue al almacén buscando algo para ayudarle a despertar un poco. Estuvo varios minutos buscando por todos lados, cuando la voz de Oaken a su espalda la asustó de muerte.
- ¿Se te perdió algo aquí, Anna? - Su voz amable, a pesar de su descomunal tamaño, sonaba algo traviesa.
- Kristoff me dijo que entrara y buscara algo para despertar un poco. Creí que podría encontrar algo como una bebida energética pero solo veo alcohol y más alcohol por todos lados. - Respondió, rascando su nuca por causar tantos problemas.
- Sé justo lo que necesitas. Ven conmigo a mi oficina. - contestó con una pequeña risa, para después dar la vuelta y guiar el camino a su pequeña oficina.
El lugar seguía como la primera vez que lo vio; era pequeña, con varios libros cerrados sobre su escritorio, algunas fotografías de él y Erick colgaban de la pared y una lámpara colgaba del techo. Oaken se dirigió a su escritorio, abriendo y cerrando gavetas hasta que encontró lo que estaba buscando. Al regresar, le entregó una pequeña barra de chocolate con fresas de envoltorio color azul.
- Come eso, y veras que en unos minutos estarás como nueva. - aseguró, asintiendo como si eso fuera lo más obvio del mundo.
Con dulce en mano, regresó a la entrada, notando a Kristoff un poco distraído. Anna no le tomó mucha importancia, comiendo su chocolate con entusiasmo. No le estaba prestando atención a lo que sea que decía su compañero, pero lo siguiente hizo que se detuviera de continuar comiendo esa delicia.
- ¡...La hubieras visto, Anna! Su cabello era tan rubio, casi platinado, dando la ilusión de brillar con cada paso que daba. Su piel, tan blanca y delicada, que solo me hace desear saborear cada centímetro de su cuerpo. Y esos ojos azules, tan fríos y duros como el hielo ártico, te hacen querer estar a sus pies y hacer lo que sea que te ordene. Y ¡Dios!, ese vestido parecía ser una extensión más de su piel, con la forma en la que se amoldaba a sus curvas y resaltaba su belleza, como si una Diosa estuviera caminando entre simples mortales. No creo que sea tan mayor, quizá unos años mayor que yo. ¿Crees que tengo oportunidad? ¿Tú crees que sea buena idea entrar y preguntarle por su número y que tenga una cita conmigo?
Él siguió hablando y hablando, sin percatarse de que Anna ya no estaba escuchando más. Sintió su cuerpo tensarse al escuchar esa descripción, llegando la imagen mental de su maestra de inglés casi de inmediato. Pero no podía ser cierto, ¿Qué probabilidad había de que la descripción realmente fuera de ella?
Además, ¿Qué estaría haciendo alguien como la señorita Winters en un lugar como este? Ella tenía la imagen mental de que iría a lugares más refinados, algo como un pub o un restaurante de cinco estrellas, no un antro como en el que trabajaba.
Algo dentro de ella empezó a ponerse ansiosa; no por el hecho de que la viera o que su trabajo se expusiera a alguien que no conocía de nada, sino por lo que podría pasarle al estar adentro sola y con todos esos sujetos ebrios alrededor.
No queriendo exponer cómo se sentía, se mantuvo en su puesto tratando de no expresar sus emociones. Inventando cualquier excusa para que Kristoff se quedara en su lugar cada que quería ir a verla adentro. Habían pasado un par de horas, cuando Anna por fin decidió que era momento de entrar y averiguar cómo se encontraba la Señorita Winters.
Poniendo el pretexto de que iría al baño rápido, no esperó respuesta por parte de su compañero y entró sin importarle los gritos de Kristoff a su espalda. Las luces del lugar no ayudaban mucho a su búsqueda, con el constante cambio de colores dificultaba su visibilidad y le hacía casi imposible ver entre la masa de cuerpos moviéndose.
Empezó a caminar entre los cuerpos sudorosos y moviéndose al ritmo de la música, buscando desesperadamente a su objetivo, teniendo un mal presentimiento en el fondo del estomago. A la tercera vuelta, fue cuando la vio sentada frente a la barra con un vaso medio vacío de un líquido que no alcanzó a identificar.
Sintió alivio casi instantáneo al verla bien, quizá algo ebria pero bien a final de cuentas. Pero ese alivio fue fugaz cuando vio, al lado de su maestra, como un hombre la sujetaba de la muñeca y empezaba a arrastrarla a algún lugar del antro.
La vio forcejeando, débilmente, tratando de liberarse del agarre de ese imbécil. Claramente tratando de sacarla en contra de su voluntad por la puerta trasera.
Algo dentro de Anna explotó, sintiendo su cuerpo hervir de ira hacia ese sujeto y el cómo sus asquerosas manos estaban encima de ella. Como una fiera enfurecida, emprendió su camino hacia donde se encontraban, agarrando el brazo del tipo y aplicándole una llave que casi provocó que le dislocara el brazo.
Lo escuchó soltar maldiciones hacia ella, alegando que si quería conservar sus dientes mejor lo soltara, pero eso solo provocó que el fuego en su interior cobrara mayor intensidad. Sin dudarlo, aplicó la fuerza necesaria hasta que escuchó el satisfactorio sonido del hueso saliéndose de su lugar, y los alaridos de dolor de esa escoria retumbar por sobre la música.
Otros tres aparecieron detrás de él, abalanzándose hacia Anna al mismo tiempo. Anna no esperó a que ganaran terreno, atacándolos cuando estuvieron lo suficientemente cerca. Podía escuchar con toda satisfacción como los huesos de esos tipos se quebraban ante la fuerza de sus ataques, como caían noqueados cuando su codo se estampaba en sus rostros y un mar carmesí emergía de ellos.
La música se había detenido en algún punto, Kristoff entró corriendo al lugar, con su expresión de asombro y confusión al ver a los 4 tipos en el suelo quejándose de dolor y las manos de Anna con manchas de sangre.
Oaken apareció poco después, con una mirada que expresaba lo enfurecido que estaba. Le ordenó a Kristoff sacar a esos tipos y llamar a las autoridades, mientras que le pidió a Anna una rápida explicación de las cosas. Le contó lo que vio, como actuó ante tal escena y quien había sido el primero en atacar. Remarcando que ella conocía a la mujer y que la llevaría a un lugar seguro.
Él asintió, dándole el resto de la noche libre para que cuidara de la mujer que, claramente estaba ebria. Anna volteó a verla, viéndola sentada sobre un taburete y su cabeza apoyada sobre la barra. Con cuidado, la apoyó a su costado para que pudiera caminar hacia la salida.
Al estar en el exterior, se preguntó qué hacer. No podía llamar a un taxi y dejarla irse a quién sabe dónde, no apartaría su vista de ella por nada del mundo, pero no sabía su domicilio. Lo pensó por un momento mientras miraba los alrededores, viendo la luz en esa noche sin luna al notar los carros estacionados.
Miró las manos de su maestra, con la esperanza de encontrar un pequeño bolso o algo donde guardara sus cosas, encontrando absolutamente nada en ellas. Estaba por rendirse y llamar un taxi cuando, en la periferia de su vista, vio algo negro en uno de los delgados tirantes de su vestido...
Las llaves de su auto.
Por un momento, sintió su rostro sonrojarse por la ubicación del objeto, pero sacudió su cabeza. Debía de enfocarse en la situación que tenía entre manos. Retiró con cuidado las llaves, apretando el botón de quitar el seguro. Un carro color azul metálico marca FIAT ONE parpadeó en ese instante. Procurando no tirarla, se encaminó al carro para poder llevarla a un lugar tranquilo y que pudiera descansar.
Sin saber las consecuencias que traería tal acción.
