Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


«18»


La duquesa viuda se agarró el cuello con la mano.

—¡No es cierto!

—Si lo es.

—¿Por que, por el amor de Dios?

—Porque es la verdad —dijo Gaara con una risita—, y porque, de todas formas, él mismo lo habría descubierto en unos días.

—Habría sido mejor comentárselo más adelante.

—Pero no tan satisfactorio, ni de lejos —bromeó Gaara, y Hinata pensó que era el hombre más amable y encantador del mundo—, porque lo habría oído de otros labios y yo no habría estado delante para ver su reacción.

—¿Como ha reaccionado? —preguntó Hinata sin poder contenerse.

—No ha reaccionado —respondió Gaara con un gesto de indiferencia—. Pero así es Naruto. Nunca muestra sus sentimientos. Es más famoso por no perder la compostura que por sus aven...

—Basta, Gaara —dijo la duquesa, disponiéndose a tocar la campanilla para llamar a las doncellas.

Hinata y Gaara se levantaron.

—¿Le apetece hacer un poco de esgrima? —dijo él.

Hinata asintió. La esgrima le parecía lo mejor para pasar el tiempo que le quedaba antes de la entrevista con Naruto.

Poco antes de las doce y media, Higgins entró en el despacho de Naruto para entregarle una nota de un caballero con despacho en Bow Street, en la que se le explicaba que el remitente no se sentía bien y deseaba posponer para el día siguiente su entrevista confidencial.

Naruto miró al mayordomo y decidió avanzar su encuentro con Hinata.

—¿Dónde está la señora, Higgins?

—En el salón de baile, Excelencia, practicando esgrima con lord Gaara.

Naruto abrió las puertas del inmenso salón de baile de la segunda planta y entró sin que la pareja de diestros duelistas, que se movían sin cesar, hacían chocar sus estoques y finalmente se separaban esquivando un golpe y pasando de nuevo a la estocada con gracia y pericia, se diera cuenta de nada.

Apoyando el hombro en la pared, Naruto les observó fijando sobre todo la vista en la ágil silueta femenina vestida con un atrevido pantalón masculino ceñiro a sus esbeltas caderas y largas piernas. Se dio cuenta de que no solamente era diestra con el estoque, como había supuesto tiempo atrás, sino que en realidad era una espadachina extraordinaria con un ritmo impecable, unos reflejos veloces como un rayo y unos movimientos sorprendentes.

Aún ajena a su presencia, Hinata de pronto dijo que era hora de terminar. Sin aliento, riendo, se quitó la mascara y agitó la cabeza de forma que la cabellera se soltó en una especie de desbordante cascada de color oscuro con reflejos azulados sobre sus hombros.

—Cada vez es más lento, Gaara —dijo en tono de burla con el rostro seductor y sonrosado mientras se quitaba la protección del pecho y se agachaba para dejarla contra la pared. Gaara le dijo algo y ella le miró por encima del hombro sonriendo... De repente, Naruto se sintió lanzado hacia el pasado, y la imagen de exuberante belleza que tenía delante se transformó en otra: la de la encantadora niña de pelo lacio que blandía un ímprovisado sable ante él en un claro del bosque, que se arrodilló entre las flores y le miró con un brillo de amor en los ojos mientras sujetaba entre sus brazos un cachorro que se retorcía en ellos.

Sintió una punzada de nostalgia junto con una intensa sensación de pérdida al constatar que la niña del claro del bosque había desaparecido para siempre.

Por fin Gaara le vio allí de pie.

—Naruto —dijo en tono burlón—, ¿tú también crees que soy cada vez más lento porque me estoy haciendo viejo?

En el otro extremo del salón, Hinata se quedó helada.

—Espero que no —replicó Naruto secamente—.Luego, volviéndose hacia Hinata, dijo—: Ya que he resuelto mis asuntos antes de lo que imaginaba he pensado que podríamos hablar ahora.

A diferencia de la fría animadversión con la que se había dirigido a ella el día anterior, su tono, en aquellos momentos, era cortés, impersonal y serio. Hinata, aliviada pero cautelosa, miró su indumentaria y se equivocó al pensar que se encontraría en desventaja si accedía a hablar con él vestida de aquella forma, con el rostro arrebolado y el pelo desaliñado.

—Preferiría cambiarme antes.

—No hace falta.

No estaba dispuesta a discutir por nimiedades cuando en realidad tenía una cuestión muy importante que negociar con él, por ello asintió con una fría y cortés inclinación de cabeza. En un tenso silencio, lo acompañó abajo, a su despacho, ensayando por última vez mentalmente lo que iba a decirle.

Después de cerrar la doble puerta, Naruto esperó a que Hinata se sentara en una de las butacas dispuestas en semicírculo frente a su maciza mesa de despacho de roble finamente tallada. En lugar de sentarse frente a ella, apoyó una cadera en su extremo, cruzó los brazos y la observó sin inmutarse, haciendo balancear la pierna tan cerca que la tela de su pantalón casi rozaba el de ella.

A Hinata le pareció que pasaba una eternidad antes de que él abriera la boca. Lo hizo con voz tranquila y autoritaria diciendo:

—Usted y yo hemos tenido dos «comienzos»: el primero en casa de mi abuela hace un año, y el de está casa, ayer. Por las circunstancias ni uno ni otro han sido muy prometedores. Hoy es el tercer, y último, comienzo para nosotros. Dentro de unos minutos voy a decidir que rumbo va a tomar nuestro futuro. Y para ello desearía oír lo que usted tiene que decirme en este sentido... —Estiró el brazo hacia atrás, cogió una hoja de papel de la mesa y se la pasó a ella.

Llena de curiosidad, Hinata cogió el papel, le echó un vistazo y estuvo a punto de salir despedida del asiento con la furia que empezó a desencadenarse en su interior y explotó en un instante con la fuerza de una hecatombe. Sobre el papel, Naruto había confeccionado una lista en la que figuraban más de una docena de «actividades cuestionables», como el duelo con Utakata, la carrera en Hyde Park, el caso que rozó el escándalo cuando lord Marbly intentó llevársela a Wilton, así como unas cuantas aventuras más relativamente inofensivas, aunque, catalogadas de aquella forma, representaban una acusación.

—Antes de decidir el rumbo de nuestro futuro —siguió Naruto sin acalorarse, inmune a la airada expresión de su rostro—, me ha parecido que era justo darle la oportunidad de negar todo lo que figura aquí y no sea verdad, así como de ofrecerme las explicaciones que desee.

El intenso y creciente enojo la obligó a levantarse lentamente y a apretar los puños. Ni en sus peores pesadillas había imaginado que tendría el descaro de criticarle su conducta. Sobre todo teniendo en cuenta que, en comparación con la vida que había llevado él, Hinata era inocente como un bebé.

—En mi vida había visto una hipocresía, una odiosa arrogancia... —saltó ella enfurecida, pero un instante después, haciendo un esfuerzo sobrehumano consiguió controlar su creciente ira. Levantando el mentón, miró de hito en hito aquellos enigmáticos ojos y sintió un inmenso placer al admitir cada uno de los detalles de aquella exageradísima lista—. Soy culpable —declaró, llena de ira—, culpable de cada uno de los insignificantes, inofensivos e inocuos incidentes que ahí se exponen.

Naruto miró a la turbulenta beldad que tenía delante: sus ojos, que centelleaban como perlas preciosas embravecidas y sus senos, en movimiento ascendente y descendente dirigido por la ira contenida; y la irritación que sentía se convirtió en un sentimiento de renuente admiración por la sinceridad y el valor que había demostrado Hinata al admitir la culpabilidad. De todas formas, ella no había terminado.

—¿Cómo se atreve a presentarme una lista de acusaciones y a darme un ultimátum sobre mi futuro? —exclamó encolerizada y, sin darle tiempo a reaccionar, dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta.

—¡Vuelva aquí ahora mismo! —le ordenó Naruto. Hinata se volvió con tanta rapidez que su brillante melena cayó sobre su hombro izquierdo formando una cascada de ondas.

—¡Volveré! —le aseguró ella llena de ira—. ¡Dentro de unos minutos!

Naruto la dejó marchar y se quedó mirando la puerta que ella había cerrado violentamente frunciendo el ceño con aire pensativo. No se había imaginado que Hinata pudiera reaccionar con tanto furor ante la lista. En realidad, ni siquiera estaba seguro del objetivo con el que se la había mostrado, aparte de pretender descubrir con su reacción si aquello era todo a lo que se había dedicado Hinata en su ausencia. Lo único que deseaba, que necesitaba saber, era algo que no se veía capaz de preguntarle: quién había compartido su cama y su cuerpo mientras él estaba fuera.

Cogió de entre el montón de papeles del escritorio un contrato de flete de embarcación y empezó a leerlo con aire ausente mientras esperaba su regreso. Tenía que admitir que la lista no había sido una idea brillante.

Confirmó esta conclusión unos minutos después cuando Hinata llamó a la puerta, entró indignada, sin esperar siquiera que él le diera permiso para hacerlo, y plantó una hoja de papel en la mesa.

—Puesto que desea intercambiar acusaciones y me ofrece la posibilidad de desmentirlas —dijo, furiosa—, tendré la misma «atención» con usted antes de darle un ultimátum sobre nuestro futuro.

La mirada curiosa de Naruto pasó del bello y acalorado rostro a la hoja de papel que había dejado ella sobre la mesa. Dejando a un lado el contrato que había estado revisando, señaló con un gesto a Hinata la butaca en la que había estado sentada antes y esperó a que se hubiera acomodado en ella para coger la hoja.

En ella había escritas dieciséis palabras. Ocho nombres. De sus antiguas amantes. Naruto dejó la lista, describió una intrigada curva con las cejas mirándola a ella sin decir nada.

—Vamos a ver... —dijo ella por fin—. ¿Hay algún error en la lista?

—Un error —contestó él con irritante tranquilidad— y unas cuantas omisiones.

—¿Error? —preguntó Hinata, distraída por el brillo de diversión que vio en sus ojos.

—Maryanne Winthrop se escribe con «y» griega y no con «i» latina.

—Muchas gracias por esa información tan edificante —replicó Hinata—. Si decido algún día regalarle un espectacular brazalete de diamantes que haga juego con el collar que todo el mundo cuenta que le regaló usted, procuraré no equivocarme al escribir su nombre en la tarjeta.

En aquel momento estaba clara la expresión divertída que se empezaba a dibujar en la comisura de los labios de él. Hinata se puso de pie con el aspecto de una orgullosa diosa enfurecida, eclipsada por un arrogante y oscuro gigante.

—Ahora que ha admitido su culpa, seré yo quien le diga qué rumbo va a tomar nuestro futuro. —Haciendo luego una pausa para recuperar el aliento en su furia, Hinata anunció con aire triunfal—: Voy a conseguir la anulación.

Aquellas duras palabras resonaron en el despacho, rebotando en las paredes y retumbando en el absoluto silencio. Pero ni un aleteo de emoción apareció en la imperturbable expresión de Naruto.

—La anulación —repitió finalmente. Con la paciencia de un profesor que razona una absurda cuestión retórica con un alumno algo retrasado, dijo sin inmutarse mucho—: ¿Le importaría explicarme cómo pretende conseguirla?

Aquella irritante calma hizo que a Hinata le entraran ganas de pegarle una patada en la espinilla.

—No pienso hacerlo. Se enterará de las razones en las que me baso por... quien sea que se ocupe de estas cuestiones.

—Los abogados —apuntó Naruto solícito— son los que se ocupan de estas cuestiones. —Hinata era casi incapaz de contener la ira que despertaba en ella aquella actitud de condescendiente superioridad, cuando él siguió sin inmutarse—: Puedo recomendarle que lo consulte con unos cuantos abogados excelentes. Están a mi servicio.

Aquella indignante sugerencia le pareció un insulto tan grande a su inteligencia que los ojos se le nublaron.

—¿Tan crédula y estúpida me vio usted dos años atrás? —preguntó ella en un susurro marcado por el sufrimiento—. ¿Tanto que cree usted sinceramente que sería capaz de acudir a un abogado suyo en busca de consejo?

Naruto frunció el entrecejo al darse cuenta de repente de una serie de detalles: en primer lugar, pese a aquel magnífico despliegue de valor e indiferencia, al parecer Hinata estaba a punto de llorar; en segundo lugar, la valiente, inocente y encantadora niña con la que se había casado se había convertido en una espléndida mujer de exótica belleza y gran brío, pero además había adquirido una poco aconsejable inclinación hacia el orgullo y la rebeldía; y finalmente, y lo que más le desconcertaba, había descubierto que se sentía tan atraído físicamente por ella como un año atrás. más que entonces. Mucho más.

Con tranquilidad, dijo:

—Sólo pretendía ahorrarle un calvario inútil y lamentable en el despacho de algún abogado desconocido y posiblemente indiscreto.

—¡No será inútil!

—Lo será —declaró él, convencido—. ¿Acaso no recuerda que se consumó el matrimonio?

El descarnado recuerdo de lo que había sentido desnuda en sus brazos era algo que sus tensos nervios no podían soportar.

—Aún no chocheo —replicó, y el divertido brillo que se formó en los ojos de él la desesperó tanto que quiso destruir como fuera aquella maldita tranquilidad, por ello le explicó cómo pretendía conseguir la anulación.

—¡Nuestro matrimonio no es válido porque yo no me casé con usted por voluntad propia!

En lugar de reaccionar con desconcierto, Naruto pareció más divertido que antes.

—Dígaselo usted a un abogado y verá como le da un ataque de risa. Si un matrimonio no fuera válido por el simple hecho de que la novia se hubiera visto obligada a casarse con el novio que no había escogido ella misma, la mayor parte de las parejas de la aristocracia vivirían ahora mismo en concubinato.

—No solo me vi «obligada» —replicó Hinata—, sino que me coaccionaron, me engatusaron, me engañaron y me sedujeron para que lo hiciera.

—Entonces busque un abogado y cuénteselo, pero cuando vaya a verle, no olvide las sales, pues tendrá que reanimarle.

Hinata tenía el terrible presentimiento de que Naruto tenía razón y el alma se le cayó a los pies. Durante el último cuarto de hora había dado rienda suelta a todo el resentimiento y la ira acumulados contra él, sin conseguir el menor atisbo de reacción gratificante por parte de él, y de repente se sintió desposeída de todo, incluyendo la esperanza y también el odio. Desposeída. Levantó la vista hacia él y le miró como si no le conociera en absoluto, como si se encontrara delante de una nueva y desconocida especie de ser por la que no sentía... absolutamente nada.

—Si no consigo la anulación, conseguiré el divorcio.

Naruto contrajo la mandíbula al comprender de repente que por lo visto Gaara le había mentido respecto a los sentimientos «familiares» que experimentaban el uno por la otra y viceversa.

—Sin mi consentimiento no va a conseguirlo —saltó él—. De modo que quítese de la cabeza la idea de casarse con Gaara.

—¡No tenía ninguna intención de casarme con Gaara! —Fue tal su indignación que Naruto se sintió algo aliviado—. Como tampoco tengo intención de vivir como esposa suya.

Naruto se animó bastante al constatar que realmente no deseaba casarse con Gaara y la observó sin enojo.

—Dispense que me muestre duro de entendederas, pero me ha sorprendido eso de que quiera la anulación.

—No me extraña que le asombre descubrir que existe una mujer en el mundo que no le encuentra irresistible —replicó ella con amargura.

—¿Por eso quiere la anulación? ¿Porque no me encuentra irresistible?

—Quiero la anulación —respondió Hinata mirándole a los ojos, en un tono educado que no casaba con sus palabras— porque usted no me gusta.

Curiosamente, aquello hizo sonreír a Naruto.

—No me conoce lo suficiente para saber que no le gusto —bromeó.

—¡Claro que le conozco! —respondió ella sombríamente—. Y me niego a ser su esposa.

—No tiene otra alternativa, querida mía.

El casual y vacío termino cariñoso encendió de ira las mejillas de Hinata. Aquella era exactamente la forma en la que hablaba una persona que coqueteaba; claro que se suponía que ella iba a caer rendida a sus pies...

—¡Y no me llame querida! Cueste lo que cueste, me libraré de usted. Y sí tengo otra alternativa —decidió sin reflexionarlo—: Puedo irme a donde vivia y comprarme una casa allí.

—¿Y cómo pretende —preguntó él— pagar esa casa? Usted no tiene dinero.

—Pero... cuando nos casamos usted dijo que me había asignado una gran suma.

—Suma que puede utilizar —le aclaró él— siempre que yo esté de acuerdo en lo que la utilice.

—¡Qué práctico es usted! —dijo Hinata con desdén—. Se concedió el dinero a sí mismo.

Visto desde aquella perspectiva, lo que dijo Hinata se ajustaba tanto a la realidad que Naruto estuvo a punto de reír. Fijó la vista en aquellos tempestuosos ojos plateados, en las enrojecidas mejillas, preguntándose por qué, desde el primer momento, había sido capaz de hacerle reír, al tiempo que reflexionaba de dónde salía la imperiosa necesidad de apoderarse de ella y volverla dócil sin alterar su temple. Hinata había cambiado terriblemente en un año pero seguía pareciéndole la mujer que más se ajustaba a él de todas las conocidas o por conocer.

—Toda esta discusión sobre cuestiones legales a la fuerza me ha recordado que tengo unos derechos legales que no he reivindicado en más de un año —dijo, cogiéndola con firmeza por los brazos y acercándola a sus muslos.

—No tiene usted decencia... —saltó Hinata, retorciéndose, presa de un temor ciego—. Sigo estando legalmente prometida a su primo.

Naruto soltó una estrepitosa carcajada.

—Eso sí es un argumento convincente.

—¡No quiero que me bese! —le advirtió ella, enfurecida, apartándose de él y poniendo las manos contra su pecho.

—¡Qué pena! —respondió él en voz baja, acercándola a su torso, rodeándola con sus brazos y bloqueándole los suyos—, porque quisiera comprobar si aún soy capaz de conseguir que se sienta «caliente».

—Está perdiendo el tiempo —exclamó Hinata volviendo la cabeza, con un terrible sentimiento de humillación al ver que le recordaba lo perdidamente enamorada que había estado de él cuando le decía que sus besos le calentaban el corazón y el cuerpo. Según había podido oír, los besos de Naruto Namikaze habían conseguido subir la temperatura de la mitad de la población femenina de Inglaterra—. Entonces yo era una niña ingenua. Ahora soy una mujer adulta a la que han besado otros que lo han hecho exactamente igual que usted. ¡En realidad, mejor!

Naruto contraatacó hundiendo los dedos de la mano que le quedaba libre en la espesa cabellera de Hinata y apretando con fuerza su nuca.

—¿Cuántos ha habido? —preguntó con la mandíbula en tensión.

—¡Docenas! Cien! —dijo, molesta.

—En este caso —dijo él en voz baja y en tono despiadado—, seguro que ha aprendido lo suficiente para encender mi pasión.

Antes de que ella pudiera responder, los labios de Naruto se pegaron a los suyos con rabiosa actitud posesiva y empezaron a moverse en un implacable, duro beso, impaciente por descubrir si ella iba a permitirle aquella libertad. El beso de Naruto no tenía nada que ver con los demás porque bajo la rudeza se escondía, una exigente persuasión, la insistencia de que ella respondiera, pues, si cedía, el beso iba a dulcificarse y convertirse en algo muy distinto.

Hinata notó la promesa formulada en silencio, lo comprendió sin saber cómo, y todo su cuerpo empezó a temblar de terror al notar que la boca de él perdía tosquedad y empezaba a amoldarse a los contornos de la de ella, siguiendo sus labios con suave e inquisitiva intensidad, empujándolos a participar en el beso.

Una respiración entrecortada hizo que Naruto la soltara un poco y que ella se volviera, aún sujeta por su brazo, y ambos se encontraran ante la mirada aterrorizada de Higgins, que hacía pasar a tres visitas, entre las que se encontraba lord Anbu, al despacho.

El mayordomo y los tres hombres se detuvieron en seco.

—Di... disculpe, Excelencia—dijo de repente Higgins, perdiendo la compostura por primera vez desde que le conocía Hinata—, creí entender que me había dicho que cuando llegara el conde...

—Os veo dentro de un cuarto de hora —dijo Naruto a sus tres amigos.

Salieron, pero antes Hinata se fijó en las expresiones divertidas de los tres y entonces se volvió hacia Naruto, humillada e indignada.

—¡Van a creer que tenemos la intención de seguir besándonos durante un cuarto de hora! —exclamó—. Supongo que se sentirá satisfecho, mal...

—¿Satisfecho? —la interrumpió él riendo mientras observaba con detención a su joven apasionada, desconocida y terriblemente atractiva esposa, a aquella que en un tiempo le había contemplado con ingenua admiración en sus resplandecientes ojos plateados. Ya no quedaba rastro de las rebeldes mechas. No quedaba rastro de admiración en sus ojos. Ni rastro de la niña con aire de mozalbete con la que se había casado. En su lugar veía a la cautivadora beldad de temperamento inquietante por la que sentía una incontrolable e irracional necesidad de domar y obligar a que respondiera como había hecho en otra época—. ¿Satisfecho? —preguntó de nuevo—. ¡Si a eso no merece la pena llamarle beso!

—¡No me refería a esto! —exclamó ella, abatida—. Hace tres días me casaba con otro hombre. ¿Tiene idea de lo raro que les habrá parecido a esos hombres ver que usted me besaba?

—No creo que nada de lo que hagamos nosotros pueda parecerle ya raro a nadie —respondió Naruto en un tono entre alegre e irónico—, sobre todo después de haber presenciado el divertido espectáculo de verme aparecer a mí en su boda para detenerla.

Por primera vez Hinata pensó en lo cómico que había tenido que resultar aquello para la aristocracia y violento para él, y se sintió un poco compensada.

—Adelante, ríase tanto como quiera —dijo él secamente, percatándose de que hacía un esfuerzo por mantenerse fría y distante—. Si es para desternillarse...

—Pero no —le rectificó Hinata manteniendo una expresión terriblemente seria— en aquellos momentos.

—No —reconoció él, y de pronto una indolente y abrumadora sonrisa se dibujó en su rostro—. Tenía que haber visto la cara que puso cuando se volvió en el altar y me vio allí de pie. Era como si hubiera visto un fantasma.

Naruto recordó que, por un brevíssimo instante, la había visto rebosante de alegría, como si estuviera viendo a alguien muy querido.

—Y usted era la encarnación de la ira divina —dijo ella, inquieta ante el encanto y el magnetismo que transmitía él.

—Me sentí ridículo.

La capacidad de reírse de sí mismo provocó en ella una admiración que no estaba dispuesta a admitir y durante un momento tampoco quiso pensar en todo lo que le habían contado sobre él. Retrocedió en el tiempo y él volvió a ser el hombre atractivo, sonriente y cautivador con el que se había casado, el que bromeaba con ella y el que había organizado una parodia de duelo en el claro del bosque.

Sin darse cuenta de que los segundos iban pasando, Hinata levantó la vista hacia aquellos ojos azules, audaces y fascinantes mientras su aturdida cabeza aceptaba completamente que era cierto que Naruto estaba vivo, que aquello no era un sueño que iba a acabar como habían acabado los demás.

Naruto vivía, e increíblemente era su marido. Como mínimo por el momento. Tan perdida estaba en sus pensamientos que le costó darse cuenta de que la mirada de él se había centrado en sus labios y que sus brazos la rodeaban y la atraían hacia sí.

—¡No! Yo...

Naruto ahogó su objeción con un ávido y terriblemente excitante beso. De pronto se había disipado la irritación que afianzaba su resistencia. Y el traídor cuerpo de Hinata perdió la rigidez al tiempo que el toque de atención que emitía su mente quedaba ahogado por la aceleración del corazón y el extraordinario placer que le producía encontrarse en los firmes brazos de su marido, al que había dado por muerto. Una fornida mano masculina sujetó su nuca, los largos dedos la acariciaron y tranquilizaron, mientras la otra descendía por su espalda e iba acercando su cuerpo al de él.

Los cálidos labios de Naruto iban moviéndose sobre los de ella y la sensación de aquel cuerpo contra el suyo le resultaba extraordinariamente familiar, pues todo aquello lo había vivido en sueños miles de veces. Consciente de que estaba jugando con fuego, le permitió que la besara, concediéndose a si misma, tan solo por una vez, el prohibido y fugaz placer de aquella boca, de aquellas manos y de aquel cuerpo. Pero Hinata no respondió, no se atrevió a responder.

Naruto apartó los labios de los de ella y con ellos le rozó cálidamente la sien.

—Bésame —susurró, ya que el vibrante aliento difundió el ardor por todo el cuerpo—. Bésame —insistió él con vehemencia, recorriendo con los labios su mejilla, la sensual curva del cuello y la oreja. Hizo deslizar las manos por su cabellera y, sujetándole luego la cabeza, la obligó a mirarle a los ojos mientras le decía en tono provocador, desafiante—: ¿Has olvidado cómo se hace?

Hinata hubiera preferido morir antes de darle a entender que él había sido el único que la había besado en los labios en los últimos quince meses, pero tenía la impresión de que Naruto lo había intuido.

—No —dijo temblorosa.

Los labios de él se apoderaron de nuevo de los suyos en otro largo e incitante beso.

—Bésame, princesa —insistió, pasando los labios por la sien, la oreja, la mejilla—. Quiero comprobar si es algo tan delicioso como lo recuerdo.

Hinata no podía soportar el conmovedor descubrimiento de que él también había recordado sus besos. Con un gemido de desesperación casi imperceptible, volvió la cabeza y juntó sus labios con los de él mientras le acariciaba el pecho. La boca de Naruto se inclinó con pasión en la de ella y entonces los labios de Hinata cedieron ante el tímido y tierno beso, se abrieron ante la sensual presión y la lengua de él penetró en su boca tomando posesión de ella.

Perdida en el tempestuoso mar del deseo, la confusión y el ansia, Hinata notó cómo la mano de Naruto se abría en la parte inferior de su espalda, atrayendo su cuerpo hacia el de él, pero en lugar de oponer resistencia, hizo deslizar las manos hacia sus hombros y, sin conciencia de ello, amoldó su cuerpo a los duros contornos de los de él. Se estremeció al acoplarse ambos cuerpos y entonces Naruto la estrechó con fuerza mientras le acariciaba el pecho, con el pulgar seguía el contorno del pezón y la boca se sumergía en la de ella una y otra vez con una salvaje excitación, incrementando cada vez más el ritmo del beso y haciéndole perder la cabeza con el anhelo.

El eterno y embriagador beso, la provocadora calidez de sus manos que no cesaban de acariciarle la cintura, los senos, la fuerza de las piernas y los muslos de él contra los suyos ejercieron una especie de magia en Hinata; respondió con todo el ardor que había sentido en otro momento, aunque esta vez la incertidumbre quedó contrarrestada por el deseo de fundir su cuerpo con el suyo, de hacerse la idea por un momento de que Naruto era todo aquello que ella había deseado que fuera.

Lo único que veía él era que la mujer que tenía entre los brazos respondía al beso con más vehemencia que nunca y aquello tenía unos efectos devastadores sobre su cuerpo hambriento. Cuando la lengua de ella rozó sus labios, Naruto la apretó contra él de forma que penetrara más adentro mientras el deseo empujaba en su torrente como un reguero de pólvora. Controlando como pudo el impulso que le pedía que se tumbaran sobre la alfombra e hicieran el amor allí mismo, apartó los labios de los de ella, inspiró lenta y entrecortadamente y expulsó el aire con más lentitud aún. Sin duda, su esposa había avanzado mucho en el arte de besar mientras él se pudría en la cárcel, pensó con aire triste.

Volviendo lentamente en sí entre la neblina del deseo, Hinata miró aquellos hipnóticos ojos, contemplando algo aturdida cómo el color pasaba de la difuminada oscuridad de la pasión al enigmático tono celeste, al tiempo que ella volvía lentamente a la realidad. Con la mano aún en su nuca, se le ocurrió que la piel de Naruto ardía bajo sus dedos. «Enciéndeme», había dicho él, provocador.

El orgullo y la satisfacción se apoderaron de ella al darse cuenta de que al parecer lo había conseguido, y sus suaves labios dibujaron una inconsciente e insinuante sonrisa. Él se percató del gesto y fijó la vista en sus plateados ojos. Su mandíbula registró la tensión al apartar los brazos de ella y retroceder un paso.

—La felicito —dijo en tono cortante. Hinata observó como su estado de ánimo experimentaba un cambio significativo—. Ha aprendido mucho en este último año.

Un año atrás, confirmó la embotada mente de Hinata, él la había considerado una ingenua, una lamentable nulidad. Simulando una sonrisa, dijo a la ligera:—Hace un año usted me tenía por una niña terriblemente cándida. Ahora se queja de que no lo soy. A usted no hay forma de complacerle.

Lo que acabó de mortificarla fue que él no negara su ingenuidad.

—Podemos discutir cómo puede «complacerme» esta noche en la cama, cuando vuelva yo del White. Mientras tanto —siguió en el tono implacable y autoritario de quien dicta una orden—: Quiero que comprenda unas cuantas cosas. En primer lugar, puede empezar a quitarse de la cabeza lo de la anulación. Lo mismo que el divorcio. En segundo lugar, se han acabado las parodias de duelo, las exhibiciones con ese pantalón que lleva usted ahora, las carreras por los parques y las apariciones públicas con otro hombre que no sea yo. ¿Está claro? No va a salir con otro que no sea yo.

La indignación se apoderó de Hinata.

—¡Quién se cree usted que es! —exclamó, enrojecida de ira. No había cambiado lo más mínimo en dos años. Seguía con la idea de encerrarla bajo llave. Seguro que aún tenía la intención de llevarla a Devon.

—Sé perfectamente quién soy yo, Hinata —exclamó él con aire enigmático—. Aunque no sepa quién es usted. Es decir, aunque ya no lo sepa.

—Estoy convencida de que no lo sabe —replicó élla, controlando prudentemente las ganas de advertirle por adelantado que pretendía desafiarle—. Usted pensó que se había casado con una mujer sumisa que le adoraba y se desvivía por satisfacer todos sus antojos, ¿verdad?

—Algo así —admitió él, erguido.

—Pues no era eso.

—Pero lo será.

Hinata hizo un movimiento brusco con la cabeza y se volvió, negándose de forma harto significativa a inclinarse ante él.

—Se equivoca, Su Excelencia —dijo y se encaminó hacia la puerta.

—Me llamo —respondió él en tono cáustico— Naruto.

Hinata se detuvo y volvió un poco la cabeza, con las cejas algo arqueadas simulando sorpresa, y las mejillas encendidas. En otro momento había ansiado el permiso de utilizar su nombre de pila, ahora le complacía rechazarlo.

—Lo sé —dijo y, con aire tranquilo y desafiante, añadió—, Excelencia.

Habiéndole informado de que no deseaba la intimidad del tuteo, siguió hacia la puerta, notando los ojos de él como dos barrenas contra su espalda y rezando para que las rodillas no le fallaran y pudiera seguir disimulando el nerviosismo.

Cuando puso la mano en el pomo, la voz de él, grave y lúgubre, rasgó el silencio.

—¡Hinata!

Tuvo un sobresalto y contra su voluntad respondió:—¿Sí?

—Piénselo bien antes de cometer el error de desobedecer mis órdenes, porque le prometo que lo lamentará.

Si bien aquella suave voz despertó un poco la alarma en ella, Hinata levantó la cabeza para decirle:

—¿Ha terminado usted?

—Sí. Al salir, mándeme a Higgins aquí.

La mención del mayordomo recordó a Hinata la aflicción que vivían sus propios sirvientes y dio media vuelta preparada para el último dardo:

—La próxima vez que desee tomar represalias conmigo por algún error que haya cometido contra usted, me hará el favor de no tomarla con mis sirvientes. Esos dos amables ancianos a los que ha desterrado usted está mañana a la cocina son lo más parecido a un padre que he tenido en mi vida. Penrose me enseñó a pescar y a nadar. Filbert me hizo con sus propias manos una casa de muñecas y más tarde me construyó una balsa y me enseñó a manejarla. No voy a permitir que les maltrate o les humille.

—Dígale a Higgins —le interrumpió él fríamente— que los ponga a trabajar donde le parezca a usted siempre que no sea en la puerta principal.

Cuando por fin salió y cerró la puerta, Naruto se sentó y frunció el ceño. Había conseguido lo que se había propuesto: que ella comprendiera las normas que tendría que seguir a partir de ahora, y estaba convencido de que iba a obedecerlas. Le resultaba inconcebible la idea de que una mujer, en especial una joven que en otra época le había idolatrado, pudiera desobedecerle. Por otra parte, aquel deseo incontrolable que había sentido unos momentos antes le había sorprendido, incomodado y disgustado terriblemente, a pesar de comprender que en parte se debía al año pasado en forzada abstinencia.

Se dio cuenta de que Hinata nunca sería la mujer sumisa de sus sueños, pero podía sentirse compensado con su orgulloso carácter. Nunca se aburriría con ella y además no era mentirosa ni cobarde. En la última media hora, le había presentado una lista con todas sus amantes, aparte de haber admitido abiertamente lo que había hecho durante los dos últimos años; además, había conseguido enojarle, divertirle y excitarle sexualmente. Realmente no iba a aburrirse con ella.

Cogió la pluma que tenía sobre el escritorio y empezó a jugar con aire ausente mientras un amago de sonrisa empezaba a sustituir su expresión ceñuda. ¡Qué encantadora le había parecido con aquellos encendidos ojos que parecían llamas plateadas y las mejillas de porcelana teñidas de rojo!

Mientras supiera comportarse, él estaba dispuesto a dejar que disfrutara de su posición como duquesa de Konohagakure. Pero sólo si se comportaba...

Apareció Higgins en la puerta, seguido por Sai Anbu.

—Por lo que veo —dijo Sai sonriendo— vas avanzando con tu esposa...

—Se portará bien —respondió Naruto con toda la ponfianza del mundo.

—Si es así, puede que estés de humor para pasar por el White esta noche...

—Perfecto —dijo Naruto, y ambos se dispusieron a hablar sobre la empresa de minería de la que ambos eran propietarios.

CONTINUARÁ...