Capítulo 16

La actitud relajada de David desapareció casi de inmediato y ninguna emoción se plasmó en su rostro cuando August le contó su plan para conseguir una buena cuantía de dinero de parte de Regina.

‒¡Estás loco! ¿Te has olvidado de que Emma es mi hermana?

‒Cálmate, hombre. Solo ha sido una sugerencia‒murmuró August, mientras encendía un cigarro.

‒Pues te aconsejo que sugieras otra cosa porque no pretendo poner la vida de mi hermana en peligro.

‒Está bien, cálmate. Pero debes saber que para poder arrancarle dinero a tu cuñadita, tenemos que meter a Emma en nuestros planes.

Dejando escapar un largo suspiro, David asintió y se retiró. Aprovechando que Regina había ido a visitar la tumba de sus padres, él entró en el despacho y no tardó en localizar la caja fuerte. Sin embargo, como sospechaba, estaba cerrada con llave y sería muy difícil descubrir en qué sitio guardaba Regina dicha llave. Estando así las cosas, no tenía oro remedio sino acudir a Emma.


‒¿Tus padres murieron en un accidente?‒preguntó Emma, mientras Regina acariciaba sus nombres esculpidos en la lápida.

‒No, fueron asesinados.

‒Lo siento mucho, mi amor

‒Está todo bien, Emma…Pero no quiero hablar de eso‒dijo levantándose ‒Vamos a casa…Hay algo que me gustaría enseñarte.

Asintiendo, ella agarró la mano extendida de Regina y juntas subieron al coche. El corto trayecto de vuelta se hizo en silencio, pero en cuanto entraron por los portones de la hacienda y se recogieron en la habitación, la emoción embargó a Emma cuando Regina le regaló un magnífico collar de esmeraldas.

‒Este collar pertenecía a mi madre. Mi padre se lo regaló el día de su boda‒dijo Regina, sacando la joya de su estuche ‒Sé que no nos casaremos porque la ley no lo permite, pero no importa porque estoy segura de que eres la mujer con la que deseo pasar el resto de mi vida.

‒Regina…‒balbuceó Emma, claramente emocionada ‒No puedo aceptar…

‒Claro que puedes…

‒No lo merezco…

‒Nunca más digas eso‒rozándole su rostro con gentileza, Regina la besó y enseguida abrochó el collar en su cuello ‒Mereces todo lo más bello que existe en el mundo.

‒Gracias…‒murmuró Emma sin contener la emoción.

‒Te ha quedado perfecto.

Pasaron algunas semanas y Regina llegó a la conclusión de que la presencia de David y August en la hacienda no tenía el menor sentido. La insatisfacción no era solo de ella, sino de todos los empleados que veían sus trabajos retrasados por culpa de los errores y desapariciones repentinas de los dos. Regina sintió una puntada de pesar al mirar a los ojos a Emma tras informarle de su decisión de echarlos. Ella sabía que Emma sufría por el comportamiento y desinterés del hermano, pero ella no podía hace más de lo que había hecho.

‒¿Regina nos ha expulsado y tú no vas a hacer nada?

‒Te avisé, David‒dijo Emma, sin molestarse en girarse para encararlo ‒Ha sido demasiado paciente contigo.

‒¡Soy tu hermano! ¡No puedes permitir que me eche!‒exclamó él, atento a cada movimiento que ella hacía.

‒No lo habría hecho si tú hubieras cumplido con tu palabra. Lo siento mucho, David. Pero no puedo hacer nada.

Furioso y contrariado, David dejó escapar un suspiro y entonces se retiró. Al final del día, él y su mejor amigo dejarían la hacienda, pero no se irían con las manos vacías.

‒Sé dónde mi hermanita guarda sus joyas. Antes de marcharnos, tenemos que conseguir entrar en su habitación…


Apoyada en el umbral de la puerta, Regina observaba encantada cómo Emma enseñaba a los empleados a leer y escribir. Con el pequeño Henry en su regazo y un libro abierto encima de la mesa de la cocina, ella no perdía la dulzura y el buen humor al corregir por décima vez la palabra que Eugenia no conseguía deletrear.

‒Patrona‒saltando de la silla, Eugenia se puso en pie ‒El almuerzo ya está listo.

‒No se preocupe, Eugenia. Puede terminar sus deberes‒ella rió, tomando a Henry en los brazos ‒Voy a llevarlo a que vea el potro que nació ayer.

‒Queda poco para que acabemos‒dijo Emma, acariciándole el rostro.

Asintiendo, Regina le dio un beso en la cabeza y enseguida se retiró. En los días que siguieron, todo parecía haber vuelto a la normalidad. La hacienda continuaba produciendo a todo vapor, los empleados parecían satisfechos con los cambios desde la llegada de Emma, y Regina se mostraba cada vez más entusiasmada con el crecimiento de Henry. Sin embargo, la tensión regresó a planear sobre ellas cuando Emma se dio cuenta de que parte de sus joyas habían desaparecido, y entre estas el collar de esmeraldas que Regina le había regalado semanas atrás.

‒¿Estás segura de que lo guardaste ahí?‒preguntó Regina

‒Absoluta‒dijo Emma, mientras abría todo lo que podía abrir ‒Quizás una criada lo haya guardado en otro lugar…

‒Ninguna de las criadas cambia las cosas sin pedir permiso. Es obvio que alguien las ha cogido y solo puede haber sido tu hermano.

‒¿David? Él no haría eso, Regina

‒Claro que lo haría y tú lo sabes

‒Voy a la ciudad a buscarlo y…

‒¡Tú no vas a ninguna parte! Quien va a ir soy yo porque no voy a permitir que pierda el collar que ha pertenecido a mi familia en una mesa de juego.

‒Mi amor, lo siento mucho…Pero por favor, deja que yo resuelva esto‒dijo Emma, dando un cuidadoso paso hacia delante.

‒Nos vemos más tarde, Emma. Hasta luego.

Emma, sintiendo que la tensión salía por sus poros, se apartó, y Regina con brutalidad abrió la puerta y se marchó. Antes de ensillar el caballo, entró en su despacho y comprobó que su pistola estaba cargada.

‒¿A dónde vas con esa arma en las manos?‒preguntó Elsa al cruzarse con ella en la entrada de las caballerizas.

‒A ningún sitio‒dijo ella, secamente

Elsa frunció el ceño y sus labios se entreabrieron haciendo amago de ir a decir algo, no obstante se encogió de hombros y entró en el salón de la casa grande.

‒Ruby, ¿sabes si ha pasado algo con Regina?

‒¿Con la patrona? No, ¿por qué?

‒Bueno, pasó por mi lado como un tornado. Estaba furiosa y con una pistola en la mano.

En lo alto de las escaleras, Emma intentó alejar las nauseas nerviosas que se asentaron en su estómago al escuchar esas palabras. Bajando rápidamente las escaleras, se acercó asustada.

‒¿Regina salió armada?‒cuestionó Emma ‒¡Ah, Dios mío! Espero que no cometa una locura…

‒¿Qué ha pasado, Emma?

‒Parte de mis joyas han desaparecido y entre ellas un collar que pertenecía a la madre de Regina. Ella cree que fue mi hermano quien las ha robado y salió furiosa a recuperarlas.

Cubriéndose la boca con las manos, se apoyó en el sofá mientras por su cabeza pasaban pensamientos aterradores. Lentamente, volvió a mirar a Elsa, sus ojos verdes desesperados y suplicantes.

‒Voy tras ella, aunque estoy segura de que Regina no sería capaz de hacer lo que tú seguro estás pensando‒dijo Elsa, retirándose enseguida.


Moviéndose con facilidad en medio de hombres y mujeres, Regina atravesó el salón del burdel y se detuvo delante de la mesa de juego donde David se encontraba sentado.

‒¿Cuñada? ¿Mi hermanita sabe que estás aquí?‒rió desdeñoso junto a sus compañeros de juego

‒¿Dónde están las joyas, David?

‒¿Joyas? No sé de lo que estás hablando

‒Sabes perfectamente de lo que estoy hablando. No hagas que pierda la paciencia…

Apretando los ojos, David abrió la boca, pero antes de poder decir nada, Regina sacó la pistola y lo apuntó con ella. Los ocupantes de la mesa se levantaron, asustados, incluso David. Tragando en seco, él sonrió y alzó las manos en señal de rendición.

‒Calma, cuñadita…Vamos a conversar fuera un momento. Con permiso, señores.

Pasándose las manos cerradas por los cabellos, David, ya fuera del burdel, encendió un cigarro mientras pensaba qué decir. Sabía que aunque Regina sospechara de él, nada podría hacer, a fin de cuentas, Emma jamás la perdonaría si algo malo le sucediera a él.

‒Voy a devolver las joyas. Solo necesito algunos días para conseguir el dinero y…

‒¿Dónde está el collar de esmeraldas?‒lo interrumpió

‒Tuve que empeñarlo porque en caso contrario me iban a matar…

‒¡Quien te va a matar soy yo si no me dices ahora mismo dónde está!

‒Lo empeñé en un negocio aquí en el pueblo. Regina, juro que…

‒Llévame allí y no digas una palabra más. Y que te quede claro que esto no quedará así.

Tras desembolsar una pequeña fortuna para rescatar el collar que durante tantos años había pertenecido a su madre, Regina regresó a la hacienda.

David, por su parte, aunque no sabía lo que Regina pretendía hacer sobre lo ocurrido, dejó escapar un suspiro de alivio al constatar que no había mencionado el resto de joyas que había robado. Con una sonrisa ladeada formándose en sus labios, retomó el camino hacia el burdel, pero no había emprendido ni la mitad del camino cuando de repente, se dio cuenta de que lo seguían. Al darse la vuelta, David ni siquiera tuvo tiempo de ver la figura que tenía detrás, y antes de poder reaccionar, fue alcanzado por un disparo.


‒Regina, ¿dónde estabas? ¿Por qué te llevaste un arma contigo?‒preguntó Emma, en cuanto la divisó atravesando el patio.

‒Cuando es necesario lidiar con canallas como tu hermano, tenemos que armarnos hasta los dientes.

Emma no dijo nada. A pesar de todo, David era su hermano y le dolía mucho escuchar a Regina hablar así de él. Sus ojos verdes acompañaron los pasos rápidos y pesados de la morena, e intentando recomponerse, Emma creyó mejor dejarla sola por unos instantes.

Durante las horas siguientes, Emma se mantuvo entretenida en el invernadero mientras sus pensamientos vagaban hacia los restos que quedaban de su familia. Se enteró gracias a Ruby de que Regina había conseguido recuperar el collar de esmeraldas, sin embargo, el alivio que sintió no fue suficiente para amenizar la decepción al darse cuenta de que su hermano estaba metido en el ajo. Ella sabía que David no estaba bien. Sabía que su comportamiento era consecuencia de un vicio que había adquirido desde que el padre había muerto, pero ella no sabía cómo ayudarlo para acabar con ello.

‒¡Señora! ¡Señora!‒la voz agitada de Ruby interrumpió sus pensamientos ‒¡El coronel está abajo y vino a buscar a la patrona!

‒¿El coronel ha venido a buscar a Regina? Pero, ¿por qué?

‒Han disparado a su hermano, señora…Y acusan a la patrona.

Emma se quedó mirando fijamente a Ruby, y sintió como el suelo se abría bajo sus pies. Se quedó paralizada un largo tiempo mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la mano. Jadeaba más que respiraba, estaba demasiado desorientada para hacer nada. Todavía bajo la impresión, Emma echó a andar y en el momento en que atravesó el patio de la casa grande, Regina apreció delante de ella acompañada por el coronel y otros soldados.

‒¿Dónde está mi hermano?‒preguntó ella, alternando su mirada entre Regina y el coronel

‒Su hermano está en el hospital, señorita‒dijo el coronel

‒Yo no he hecho nada, Emma‒murmuró Regina, pero antes de poder recibir respuesta, el coronel la empujó dentro del coche.

Aturdida ante tantos acontecimientos, Emma dejó al hijo bajo los cuidados de Ruby y entonces se dirigió al hospital. Al llegar, el médico le informó de que el estado de su hermano era crítico, aunque habían conseguido extraer el proyectil.

El sol estaba a punto de salir cuando los ojos de Emma se abrieron y despertó de lo que pensaba ser una pesadilla. Mirando a su alrededor, se encontró cara a cara con el coronel y entonces Regina surgió en su mente. Levantándose de la silla en que había acabado quedándose dormida, caminó hacia él en busca de noticias.

‒Señorita, buenos días‒dijo él, saludándola

‒Buenos días, coronel. ¿Cómo está Regina? O mejor, ¿por qué ha sido acusada de dispararle a mi hermano?

‒En sus declaraciones, todos han confirmado la misma versión: la señora Mills amenazó a su hermano con un arma y eso es suficiente para convertirla en la principal sospechosa.

‒Regina no sería capaz

‒Esperemos entonces que su hermano lo confirme.

Emma hizo mención de decir algo, sin embargo el médico apareció en la sala de espera avisando que David había despertado. A pesar de las protestas de Emma, el coronel tuvo autorización para entrar con ella e interrogarlo.

Viendo al hermano sudar frío mientras su cuerpo se agitaba sobre el lecho, Emma se acercó y con lágrimas en los ojos, le agarró con fuerza la mano.

‒Emma…‒murmuró él, los labios trémulos y la voz tensa de cansancio ‒Yo no quería morir…Yo, yo iba a devolver…

‒David, cálmate, por favor‒dijo ella, casi sin aliento ‒Te vas a poner bien…

‒Lo siento mucho, Emma…¿Puedes perdonarme?

‒No tengo nada que perdonar, David. Todo está bien…

‒Gracias, hermana.

Con el rostro bañado en lágrimas, Emma se quedó sin palabras. No conseguía decir nada. Había tantas palabras queriendo salir a la vez que iban acumulándose en la punta de su lengua. Intentando recomponerse, abrió la boca para hablar, pero el coronel se adelantó y se acercó un poco más a la cama.

‒Señor Swan, ¿quién le disparó?‒preguntó el coronel

‒No…No quiero morir…Voy a pagar…‒balbuceó David

‒¿Vio el rostro de quién efectuó el disparo?

‒Regina…No…

Y entonces David dejó escapar su último aliento. Imágenes de lo que ella y el hermano podrían ser, de la vida que habían planeado cuando eran unos niños pasaban por su mente pero se deshacían a medida que apretaba su mano con más fuerza, sin embargo, ya no había calor, ni movimiento. Ni un espasmo. Ni un temblor. Nada.

Enterrando el rostro en su hombro, ella se echó a llorar compulsivamente.