Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.

Latidos

— Edward se está comportando como un niñato. Alice lo único que quiere es sacar ventaja de su desesperación. Es muy capaz de quitarle todo, no solo el Penthouse de Londres.

Comentó James al subir a su camioneta manteniendo la ventanilla baja para seguir charlando conmigo.

— Cómo se le ocurre pensar que esa mujer le dará el divorcio tan fácil. Necesito ir a su oficina, no está de más estar ahí, cuidando.

— ¿Ella es capaz de hacer algo contra Edward?

Los rayos solares dieron directo en el rostro de James haciendo brillar su pelo rubio y estrechar sus ojos hasta casi cerrarlos.

— No confío en Alice.

— Me doy cuenta que no es de tu agrado.

Torció los labios quedándose pensativo y con su vista fija en el volante.

— La familia Brandon es bastante desagradable, sin excepción —giró su cabeza mirándome sonriente—. ¿Necesitas algo más… otra orden de rosquillas?

Sacudí la caja con la media docena de rosquillas glaseadas y James rodó los ojos, burlándose.

— Cualquier cosa, no dudes en hablarme —agitó su móvil— no importa si es por comida, desde ya estoy siendo el mejor padrino de las pulgas.

Puso en marcha su camioneta y arrancó a una velocidad que no era permitida para el vecindario. Suspiré cuando le perdí de vista, hoy tenía suficientes cosas por hacer y una de ellas era organizar la pañalera de mis bebés.

Hola… ¿cómo estás hoy? —la voz juguetona de Edward me sacó una sonrisa mientras acomodaba cada diminuta prenda en la maleta—. ¿Me has extrañado?

— Tampoco creas que me estoy muriendo por ti.

Yo sé, que sí —suspiró— ¿puedo quedarme esta noche contigo? Anoche te eché de menos.

Los pañales y toallitas húmedas seguían sobre la cajonera color beige. Alcancé algunos paquetes y les puse dentro de una maleta mientras seguía riendo por las palabras de Edward.

Me ofendes, mi vida. Quiero dormir contigo y te ríes de mí. —su fingida indignación pasó a su voz seductora, ¿por qué tenía que ser de ese modo... tan caliente?—. Un día de estos me voy a desquitar, ¿eh? No respondo, Isabella.

— ¿Qué quieres decir? —me hice la tonta mordiendo mi labio, podía sentir que mi estómago se estremecía de emoción anticipada—. ¿Qué estás tramando?

Nada. Tal vez pueda pedirte una cita esta misma noche, ¿qué te parece?

— Lo siento. No salgo con hombres casados.

Edward soltó un bufido haciéndome reír.

Y si quedo libre hoy mismo, ¿qué pretexto darás?

— Hmm… debo pensarlo, no soy tan fácil.

La suave risa en la línea provocó que mi corazón palpitara más de prisa y que las estúpidas mariposas se agitaran en mi estómago. Edward no cabía de emoción después de la llamada de Alice. Le había escuchado atentamente mientras enumeraba sus planes, él realmente quería estar libre y yo también lo quería así.

Me despido —dijo de pronto— llegó James. Más tarde iré por ti. Tú y yo tenemos una cita, no lo olvides —susurró.

No me dio tiempo de protestar. Dejando una sonrisa en mi rostro continué doblando y acomodando pequeños conjuntos de bebé. Me entretuve charlando con mis padres por teléfono prometiendo que vendrían a casa en unas horas. También, traté de localizar a Victoria para saber si vendría a comer conmigo pero no respondió.

Miré la hermosa habitación de mis bebés no pude evitar la ansiedad al saber que su llegada estaba próxima fue cuando el timbre sonó insistentemente y me obligó a dar un último vistazo antes de abrir la puerta.

Un hombre vestido de traje negro, regordete y baja estatura, estaba bajo el umbral con unos gafas oscuras impidiendome ver sus ojos.

— Dígame, ¿en qué puedo ayudarle?

El hombre ignoró mi pregunta haciéndose espacio en mi casa.

— Soy el abogado del señor Edward Cullen —parpadeé cuando tendió un dossier para mí.

— No entiendo —murmuré sin aceptar nada—. Edward no está aquí, si gusta puedo proporcionar la dirección de su oficina.

— Hay una demanda en su contra, señora Swan.

— ¡¿Perdón?!

— Mi cliente la ha denunciado por falsificación de documentos legales y hacer uso indebido en contra de su persona. Está detenida, señora. Ahora tendrá que acompañarme a la Jefatura de Policía.

Todo fue tan rápido y confuso que bien pudo haberse interpretado como una psicofonía en mis oídos.

Cuando el hombre quiso tocarme, retrocedí. Negándome a ir con él. Mi cerebro comenzó a procesar de forma rápida que esto no era normal, había sido criada por un policía, estaba familiarizada con los procedimientos, al menos con los básicos y no era nada parecido.

— ¿Quién es usted? Exijo que se identifique.

El hombre de edad mayor pasó nerviosamente su mano por el relamido pelo oscuro.

— No hagas las cosas más difíciles.

Su voz era gruesa. Me hablaba con rabia, como si me odiara.

Caminé al pasillo dispuesta a encerrarme en una habitación. Él se interpuso en mi camino sin permitirme avanzar.

Sujetó mi rostro, oprimiendo con demasiada rudeza mis mejillas.

Mi corazón se sobresaltó al comprender que ése hombre estaba dispuesto a hacerme daño; miré mis posibilidades de escapar: no había muchas puesto a que no podía correr y mi móvil seguía en la habitación de mis bebés.

Llena de miedo; acaricié mi estómago.

Sabía que no era momento para llorar, debía calmar mis emociones y pensar en una forma de huir… sin embargo, no sabía qué tan conveniente sería salir al jardín de enfrente, tal vez, alguien pudiera pasar y…

El hombre tiró de mi brazo y sacudió fuertemente mi cuerpo al obligarme a caminar hacia la salida.

— ¡Suéltame! —supliqué, al no poder seguir sus pasos, me iba a caer sobre mi estómago—. Por favor, déjame…

Con mis manos acuné mi rígido abdomen hinchado. Mis lágrimas habían empezado a descender cuando el dolor intenso en mi espalda baja se extendió hasta mi vientre, mis pies tropezaron entre sí y caí de rodillas.

Un grito quiso salir de mi garganta y fue solo un gemido agudo de dolor.

Me quejé sin soltar mi vientre y lloré fuertemente.

— ¡Vamos! —gruñó, tirando de mi cabello, obligándome a mirarlo— ¡levántate!

Mi vista se volvió borrosa. No podía distinguir bien su rostro ahora que se había removido los lentes de sol.

— Por piedad… no puedo caminar —me retorcí sintiendo una larga punzada que fue capaz de sofocarme tan profundo que eché mi cuerpo hacia enfrente— ayuda…

Una de mis manos rasgó en un puño tierra junto al verde pasto que pude arrancar con la fuerza del dolor que estaba sintiendo. Estaba a medio jardín de la entrada y ni un solo auto pasaba en la desolada calle.

Volvió a tirar tan fuerte de mi cabello, qué gemí.

— Nadie se mete con mi hija —susurró en mi oreja—. Le dices a Edward Cullen que nos vemos en el infierno.

Algo fuerte golpeó mi rostro arrastrándome a la oscuridad y dejé de sentir dolor…

.

.

Corrí bajo el intenso sol.

Los caminos eran conocidos, recordaba el vecindario y sabía que no podía existir otro lugar mejor donde quisiera estar.

Cuando la divisé de lejos, sonreí. Ella estaba de espalda y regaba su jardín lleno de gardenias, al acercarme a su casa el delicioso aroma me hizo recordar la forma en que amaba con todo mi ser a esa adorable mujer.

Abuela Grace. Estoy de regreso.

Ella se mantuvo quieta como si no me escuchase y continuó enfocada en sus flores blancas. Su corto cabello caoba lleno de rizos seguía siendo perfecto.

Abuela, te extrañé… ―comenté, llevando mis manos a los bolsillos traseros de mi pantalón de mezclilla. Era extraño estar de nuevo en su casa, hacía mucho tiempo no venía a este lugar, exactamente… desde qué abuela partió―. Te lloré cada noche, a veces lo hago. Nunca te olvidé ―susurré.

La falda de su vestido floral se meció con la suave brisa, levantó su cabeza y pensé que se volvería a mí, en cambio dejó la regadera de aluminio sobre el piso y se adentró en su casa. La seguí…, las paredes de color amarillo seguían igual y el viejo televisor de caja continuaba con sus distintos muñecos de porcelana encima de él.

Mi vista se perdió en las distintas fotos de la vieja repisa de madera; era yo de niña.

¿Me echas de menos, abuela? ―pregunté, pero ella no estaba en la estancia. Volviéndome curiosa me aventure en la cocina y el olor a café me hizo recordar con anhelo los días que papá y abuela tomaban una taza de café cada tarde mientras charlaban sobre su día― ¿abuela?

Continué mi recorrido por el angosto pasillo; su habitación estaba abierta, su cama seguía intacta y perfecta con ese olor a limpio de ella. La habitación de papá mantenía su esencia; la de aquel joven con sus discos de acetato ordenados por elección musical de su preferencia. Y luego… mi pequeño dormitorio, ella estaba parada frente a la ventana sacudiendo las cortinas lilas con un plumero.

No sabía que mantenías todo en orden. ―Le dije al mirar mi muñeca de trapo sobre la cama perfectamente hecha con su edredón a juego de las cortinas―. ¿Estás enojada conmigo? Por eso no quieres mirarme.

Ella suspiró y miró más allá de la ventana; había empezado a caer una ligera llovizna en medio del fuerte sol.

Me acerqué a ella dispuesta a hacerla que me mirara, sin embargo, cuando mi abuela se iba a volver se desvaneció.

Ahora estaba corriendo con mis libros envueltos en mis brazos y la llovizna fría caía sobre mí.

¿Mi primer día de universidad?, ¿qué hago aquí?

Esto ya lo viví, recordaba este día lluvioso… pero.

Había un chico alto con chaqueta de mezclilla que me miraba desde lejos. Incliné mi cabeza apretando los libros a mi pecho.

Me sentía nerviosa.

Caminé más de prisa, refugiándome en el primer edificio, miré tras el cristal de la puerta y el chico seguía mirando en mi dirección.

Era… ¿Edward?

Corrí fuera del edificio necesitaba hablar con él, debía decirle lo que había pasado.

Toqué mi estómago y ahora era plano. Mis lágrimas comenzaron a caer porque el dolor volvía a mi cuerpo y mi corazón no soportaba tanta angustia.

¿Mis bebés?

¡Edward…! ―grité al ver que se marchaba― ¡Edward, detente!

Unos murmullos… quería abrir mis ojos pero mis párpados pesaban tanto.

― ¡La estamos perdiendo! ―dijo una voz…

De pronto unos latidos constantes y claros se escucharon, yo les oía muy cerca.

Corrí de nuevo… ahora era un pasto verde lleno de vegetación con un cielo azul y despejado, no conocía el lugar, solo podía sentir tanta paz mientras seguía caminando.

Volví mi cabeza hacia atrás y me quedé paralizada. Edward lloraba mientras mi padre lo sostenía fuertemente en sus brazos y Victoria consolaba entre lágrimas a mamá, dolió mirarlos así. Se veían deshechos. Mi pecho sintió un dolor desgarrador y profundo que me estremeció por completo, tenía miedo. ¿Por qué lloraban? Mi intención de volver junto a los míos fue detenida al escuchar la suave voz de mi abuela Grace.

Bella…, vamos.

La busqué delante mío y caminé un par de pasos.

Aquí nada dolía.

Y me sentía bien...


¿Me perdonan? Era necesario hacer esto porque la primera parte de la historia está por concluir en el siguiente capítulo, dando lugar a una trama más relajada. Les voy a recompensar muy bien, no se enojen conmigo.

Les agradezco cada favorito, alerta y reviews que me dejan, no olviden que sus comentarios hacen posible las actualizaciones continuas, me hace muy feliz leerles siempre.

A quienes comentaron todo mi agradecimiento especial: Vane, Veronica, Geraldine, PaolaValencia, Jane Bells, Suiza19, Flor Mcarty, Dulce Carolina, Nancygov, Iza, cavendano13, LittlePieceOfMyMind, Marxtin, Adriu, Ximena, KRISS95, Lidia, Antonella Masen, Lily, torrespera172, Diannita Robles, Drumimon, mrs puff, Andre22-twi, Ana, Lili Cullen-Swan, Pameva, Lizdayanna, Rocio y comentarios Guest.

¡Gracias totales por leer!