Capítulo 23

Hipócrita

Olvídate de mí.

Esas fueron las últimas palabras de Quinn antes de colgar la llamada, y apagar el teléfono aquella noche. Y esas eran las palabras que rondaban por la mente de Rachel, golpeándola constantemente y que se añadían a las extrañas situaciones vividas en apenas una hora.

Primero el beso de Brody y su confesión un tanto extraña en la que le pidió que no le odiase, y luego la noticia de saber que Quinn y Santana habían hablado. Pero, sin duda, lo peor era aquel olvídate de mí que recibió de ella y que, evidentemente, no iba a acatar sin más. Antes tenía que recibir una explicación a aquella orden dada por Quinn, quien esperaba que estuviese en su apartamento tras salir despavorida de la fiesta.

Y esperaba que allí estuviese porque era justo el lugar donde un taxi la dejaba, a las puertas de la residencia Delta Terrace.

Acceder por la puerta principal iba a ser toda una odisea.

En el telefonillo que aparecía en la entrada había unos doscientos números, y no tenía ni idea de cuál de ellos pertenecía al apartamento de Quinn. Así que decidió optar por la segunda opción que tenía para acceder al interior del complejo; la puerta trasera por la que siempre se había adentrado, y que Quinn le indicó semanas atrás.

Lo cierto es que sentía algo de miedo tras llegar a la zona. Una pequeña verja que siempre había permanecido abierta se mostraba cerrada, y le cortaba el acceso al camino que la llevaba a su añorado jardín del árbol, pero la zona estaba lo suficientemente a oscuras y la verja era lo suficientemente baja como para decidir que iba a saltarla sin más.

Y así lo hizo.

Sin dejar de comprobar que nadie la observaba, y evitando que su vestido ceñido y los tacones que calzaba pudiesen perjudicarle en aquella odisea, terminó por acceder al interior de los jardines traseros de la residencia de lujo donde vivía. Algo que jamás había hecho en su vida.

Caminar por el sendero en mitad de la noche y con la escasa luz que desprendían algunas farolas, no fue alentador para Rachel, que trató de acortar aquel momento con una breve pero intensa carrera hasta llegar al primer bloque de apartamentos que aparecía a su derecha.

Ver el coche rojo en los aparcamientos que quedaban justo frente a la zona más alejada, le regaló esa tranquilidad de saber que la rubia estaba allí, pero también la llenó de dudas.

No tenía ni idea de a lo que se iba a enfrentar, y el motivo que la había llevado a pedirle que se olvidase de ella. Pero necesitaba averiguarlo, y no iba a permitir que el tiempo, como siempre solía hacer, pasase sin más.

Aquella noche estaba preparada para vivirla junto a ella.

Se había vestido para la ocasión, con un vestido que jamás pensó llevar, y que por primera vez en su vida le hacía sentir bien. Y no solo fue ella quien notó esa confianza.

Los halagos no tardaron en llegarle cuando accedió a la fiesta y eso, debido a su escasa confianza, logró que por fin tuviera esa sensación de plenitud al sentirse guapa por un día, por una noche.

Se acercó con sigilo hacia la ventana que vestía las cortinas rojas, la que estaba junto al árbol y que pertenecía al hogar de la rubia.

No podía observar nada a través de ellas, pero intuyó un leve movimiento de sombras en el interior que le indicaban que sí, que Quinn estaba allí.

Dudó varios minutos qué hacer, cómo llamar o intentar hacerle ver que estaba allí sin resultar demasiado molesta, aunque a su alrededor no había nada ni nadie, solo el silencio interrumpido por el canto de algunos grillos que procedían de los jardines. Y eso fue lo que le hizo reaccionar.

Tenía que ser sutil y evitar levantar sospechas. Empezaba a ser consciente de que era una completa intrusa en una de las residencias más lujosas de todo el campus.

El teléfono de Quinn seguía estando desconectado tras un último intento por mantener contacto con ella a través de él, y no le quedó otra opción más que golpear en la ventana.

Y lo hizo con los nervios apoderándose por completo de su pulso.

No hubo respuesta tras los dos primeros golpes, y supuso que habían sido demasiado flojos como para que pudiese oírlos con claridad. Tuvo que esmerarse en el nuevo intento mientras lanzaba miradas alrededor, asegurándose de que nadie la estaba viendo llevar a cabo aquella acción.

La desesperación la llevó a golpear continuamente la ventana, tratando de no ser demasiado ruidosa, pero sí constante hasta lograr su objetivo. Algo que consiguió tras más de diez golpeos.

Una luz apareció tras las cortinas, y la silueta de quien debía ser Quinn, caminaba directa hacia la ventana, provocándole una sequedad de garganta que jamás había sentido y que era producto, sin duda, de los malditos nervios.

Nervios que aumentaron tras ver como la cortina se movía un tanto, y tras ella aparecía la desconcertante mirada de Quinn descubriéndola.

Rachel no supo si reír o comenzar a llorar tras ver como los ojos de Quinn aparecían frente a ella repletos de lágrimas.

—Abre —susurró gesticulando tras el cristal, pero Quinn no aceptó.

Negó varias veces y le indicó que se marchase lo antes posible con una serie de aspavientos de sus brazos.

—No me voy sin antes hablar contigo —volvió a insistir Rachel— ¡abre!

Y esta vez sí aceptó.

Quinn deslizó el cristal de la ventana sin deshacer el gesto de malestar que dibujaba su rostro.

—¿Estás loca? —recriminó—¡vete de aquí! No quiero verte.

—No, no me voy a ir hasta que me expliques qué diablos pasa, y por qué me estás tratando así.

—Eres una estúpida —espetó ofendida—, hipócrita, márchate no quiero verte.

—¿Hipócrita? ¿De qué hablas, Quinn? —se aferró a la verja que protegía la ventana— ¿Qué ha pasado? Te estaba esperando en la fiesta, y de repente me haces esto. ¿Qué sucede?

—¿Y tú me lo preguntas? —replicó enfurecida.

—No entiendo nada, Quinn. No entiendo que ha pasado ni por qué estás así. Te lo juro, no sé qué ha sucedido.

—¿Por qué no le preguntas Brody? —interrumpió desafiante— ¿Por qué no vas y le preguntas que sucede? O mejor aún. ¿Por qué no vas y le besas? Estás mejor con él. ¿No?

—¿Qué? Oh, dios, oh dios. ¿Es eso? —se lamentó— Quinn yo…

—Quinn nada — replicó—. No me digas nada, Rachel ¿Qué querías? ¿Jugar conmigo? ¿Experimentar?

—Hey, ¡basta!

—¡No, basta no! —volvía a interrumpirla— ¿Qué pretendías? ¿Para eso quería que fuese a la estúpida fiesta de tus estúpidas amigas? —espetó sin escrúpulos— Eres una de ellas, eres una maldita…

—¡Hey! — exclamó cortando aquel insulto que a punto estuvo de llegar— Ni se te ocurra decirme nada, ¿me oyes? Yo no tengo nada con Brody, es él quien me ha besado.

—Ya claro —musitó enfurecida—, y tú ponías muchos impedimentos. No seas hipócrita, te he visto, ¡te he visto! Maldita sea. ¿Qué querías hacer conmigo allí? ¿Ridiculizarme?

—No Quinn, te estás equivocando. Brody me besó desprevenida, y yo lo detuve cuando pude reaccionar. Y salí en busca tuya, salí para esperarte y marcharme de allí, porque no quería seguir en esa fiesta.

—Se supone que tengo que creerte, ¿verdad? Igual que cuando me dijiste que era esa tal Jane Williams quien te había invitado, ¿verdad?

—¿Qué? —cuestionó desconcertada— ¿Qué tiene eso que ver?

—Rachel, no quiero volverte a ver. No quiero saber nada de ti así, que olvídame. Olvídate que existo y no vuelvas a molestarme.

—Quinn —balbuceó sin saber cómo responderle—, yo te juro que no quería besar a Brody. Yo, yo no sé lo que pasó. Fue él, te lo aseguro.

—Pues ya sabes lo que tienes que hacer, vuelve a esa estúpida fiesta y sé una de ellas. Brody te dará la popularidad que yo no puedo darte. Ahora lo entiendo todo, venias a buscarme a mí para que te ayudase y has estado siguiéndome el juego, pero en público te muestras con él. ¿No es cierto? Solo quieres fama y utilizas a los demás.

—¿Qué? No, no Quinn, yo solo quiero entrar en ese coro. Bueno no, lo cierto es que ya no me interesa.

—Pues no desaproveches la oportunidad —se acercó desafiante—. Vamos ve con ellas, eres igual de hipócrita que ellas.

—¡Cállate! —exclamó ofendida— Deja de decirme eso, no tienes ni idea de lo que estoy pasando. ¿Me oyes? No tienes ni idea de por qué estoy metida ahí.

—Claro que lo sé. Buscas lo mismo que ellas, que te halaguen, ser popular sin importarle una mierda los demás. Eso es lo que son y eso es lo que tú eres.

—¿Y tú? — recriminó devastada— ¿Y tú qué eres?

—¿Yo?

—Sí tú. Tú eras una de ellas, tú has hecho todo lo malo que ellas hacen, y ahora me recriminas a mí que quiera ser popular. ¡Tú sí que eres una hipócrita!

—No voy a consentir que vengas a recriminarme algo que yo hice siendo una inconsciente.

—Pues sí lo vas a consentir —replicó—. Tú no eres como yo, tú no te has mirado al espejo y has deseado ser otra persona, tú no has recibido granizados en la cara en el instituto, ni te han dado de lado los chicos. Tú no has pasado por mi vida —espetó sin poder contener las lágrimas—. Tú no has vivido como yo, ni has luchado por ser alguien dentro de esta mierda de sociedad. Tú lo tenías todo, tenías una familia completa, tenías un físico espectacular y podías lograr lo que quisieras. Eras como ellas por orgullo, por gusto, pero yo no. ¿Me oyes? Yo lo hago por conseguir algo, por lograr dar un paso más hacia mis sueños y tú te tomas la libertad de juzgarme. ¡Tú, la que odia los prejuicios!

—No te estoy juzgando —respondió un tanto aturdida—, es solo que no voy a permitir que juegues conmigo. Me has engañado con ese estúpido.

—Te lo vuelvo a repetir, no te he engañado. Y, además, me creas o no, que yo sepa tú y yo no somos nada. ¿O sí? Porque si lo somos, no me lo has dicho.

El desconcierto se adueñó por completo de Quinn, que veía como era Rachel la que tomaba la iniciativa y la dejaba prácticamente sin argumentos.

—¿Qué somos, Quinn? ¿Estamos juntas?

—No, está claro que no lo estamos, ni lo hemos estado nunca — respondió abatida—. Por eso es mejor que vuelvas con él, seguro que lo tendrás todo a su lado.

—No quiero estar con él —respondió rápidamente—, no me gusta Brody, me gustas tú — espetó alzando la voz—. Estoy enamorada de ti, y por eso quería que me acompañaras, porque no quiero que te suceda nada, porque no quiero nadie nos haga daño. Yo, yo quiero estar contigo —sollozó—. Eres lo más especial que me ha pasado, y no quiero perderte. Mírame mira cómo voy vestida. ¿Crees que lo he hecho por el maldito coro? ¡No! Me he vestido así porque quería que esta noche fuese perfecta, quería sentirme guapa por una vez en mi vida, y disfrutarlo contigo. Dejar de sentirme ridícula y demostrarte que puedo llegar a quererme, queriéndote a ti. Eso es lo único que pretendía para esta noche.

—Basta Rachel, márchate y déjame en paz, por favor —susurró cerrando de golpe el cristal de la ventana, y la cortina, dejándola completamente enmudecida por la acción.

No sabía qué hacer, ni a quién acudir. No sabía si volver a llamar e insistirle, o salir corriendo y perderse para siempre, olvidarse de aquel asunto del coro y no volver a molestar jamás a Quinn. Lo único que supo o pudo hacer, fue retroceder varios pasos y tomar asiento en el cemento que rodeaba el acceso al edificio, dándole la espalda a la ventana, y hundirse en un llanto que empezaba a ser desconsolado.

No sabía cómo había llegado a ese extremo, como había sucedido todo tan rápido cuando lo único que recordaba con suma claridad, era estar esperándola aparecer en la fiesta, en cómo se había esmerado en estar guapa aquella noche, y los nervios que se agolpaban en su estómago, tras pensar en pasar aquella noche a su lado, en algún lugar, a solas, como una segunda cita entre dos chicas que se gustan, que se sienten bien la una con la otra. Solo podía ser consciente de eso, y, de repente, todo se había esfumado, dejándola completamente a solas en un lugar en el que no debía estar. Envuelta en un llanto que quería detener, pero que no podía, y con la sensación de haber perdido la mejor oportunidad de su vida de estar junto a alguien que realmente era especial.

Y quizás esa escena de verla sentada en el porche, cubriéndose el rostro con las manos fue lo que hizo reaccionar a Quinn, que había decidido observar sus movimientos desde la ventana contigua, evitando así que Rachel pudiese percatarse de su presencia.

Aquella actitud, unida a la confesión que le pilló completamente por sorpresa acerca de su enamoramiento, había hecho mella en su estado anímico.

Jamás pensó que Rachel estuviese dispuesta a sentirse guapa solo para poder disfrutar junto a ella, y olvidarse de los malditos complejos. Ni siquiera volvió a pensar en Brody ni en aquel beso que se regalaban cuando los descubrió en la habitación de la casa. La respuesta de Rachel era coherente, aunque su desconfianza la obligase a mostrarse de aquella forma.

No entendía por qué, o quizás sí, pero sabía que estaba dispuesta a hacer algo que jamás habría hecho, ni aceptado en otra persona. Quizás porque Rachel también se había colado en su corazón, y no quería perder de nuevo.

A punto estaba la morena de darse por vencida y abandonar la residencia, cuando escuchó el ruido de la puerta abrirse a su espalda, y vio la silueta de Quinn tras ella, invitándola a pasar con una simple mirada.

Tardó varios minutos en decidirse, pero cuando lo hizo no tuvo reparos en adentrarse y seguir los pasos de Quinn a través de un largo pasillo, entre suspiros que trataban de acabar con el sollozo, e intentando organizar sus pensamientos y buscar el discurso perfecto para lo que se suponía iba a ser una nueva disputa. Esta vez en el interior del departamento.

Un apartamento que iba a conocer en aquel mismo instante y que, definitivamente, le sorprendió.

El gusto exquisito de Quinn se dejaba entrever en la decoración de lo que parecía el pequeño hall de entrada, y que daba directamente al salón que ella podía vislumbrar desde el exterior.

Quinn se detuvo justo en la entrada de aquel salón, regresando la mirada hacia ella, dispuesta a aclarar aquellas dudas que le hacían desconfiar.

—¿Por qué me has dicho que Jane era la encargada del Gamma Club? ¿Por qué no me dijiste que era Santana López quien te invitó? —fue directa.

—En la nota que recibí ponía que la invitación procedía de Jane Williams — respondió sabiendo que aquello no era una mentira—. Y si te he dicho que Jane era la encargada es porque es la encargada. Ella misma me recibió, ella mismo me dijo que me iban a hacer pruebas, no te estoy mintiendo.

—Jane Williams no es nadie en ese club, es Santana López quien lo organiza todo. Al igual que esa fiesta.

—¿Y tú como lo sabes?

—Me lo ha dicho ella. Se me acercó en la fiesta mientras te estaba buscando, y me dijo dónde estabas. Me preguntó quién me había invitado.

—No, no tengo ni idea de por qué te ha dicho eso —balbuceó completamente aturdida—. Yo pensaba que esa fiesta era de la fraternidad, y en una fraternidad hay muchas personas.

—Pues ya ves que no — interrumpió—, eso está lleno de gente sin escrúpulos y no les importa mentir para lograr sus objetivos.

—Lo tendré en cuenta —musitó tratando de comprender la jugada de Santana, pero lo cierto es que no lo sabía.

Le había repetido mil veces que Quinn no debía saber nada de que ella estaba detrás de su intento porque perteneciera al coro, y ahora resulta que había aprovechado la primera ocasión que tuvo para decirle que sí, que ella era la encargada de todo. Dejándole completamente fuera de lugar y creándole la incertidumbre de si ella le había mentido o no.

—No te fíes de nadie, Rachel —susurró inquieta—. No te fíes de quien se acerca a ti sin motivos aparentes, porque te aseguro que algo esconden.

—Lo sé. Ahora, ahora lo sé —respondió cabizbaja, creando un silencio tras aquella respuesta que solo se veía roto por la respiración de ambas, y la mirada que Quinn ejercía sobre ella. Una mirada que hablaba, que parecía gritarle algo que no acertaba a comprender. Solo supo que pensaba hasta que se decidió a hablar.

—¿De verdad estás enamorada de mí? —fue directa, tratando de mostrarse firme y mantener el nivel de su voz con serenidad, pero apenas pudo conseguirlo.

Rachel la miró rápidamente, tratando de asegurarse que había oído lo que creía que había dicho.

—No lo sé — balbuceó—. Solo sé que no paro de pensar en ti, y que me encanta pasar tiempo contigo.

—¿Algo más? Eso puede sucederte con una amiga, no necesariamente tienes que…

—Pienso en ti en todos los aspectos —interrumpió—, creo que ha quedado claro en otras ocasiones. Y no, no Quinn, esto no es amistad —confesó—, ni una simple atracción.

—¿Y qué pasa con Brody?

—No me gusta Brody — negó rápidamente—. Te aseguro que no entiendo por qué me ha besado, pero te juro que solo ha sido un beso de un segundo. En cuanto fui consciente de lo que estaba haciendo, lo detuve. De hecho, incluso me pidió disculpas —hizo una pausa para volver a mirarla directamente a los ojos—. Me gustas tú, Quinn. Solo me interesas tú.

Quinn se apartó de ella y comenzó a dar vueltas por el pequeño salón, tratando de ordenar sus pensamientos ante la atenta mirada de Rachel, que dudaba en recibir una respuesta positiva a cada paso que daba.

—¿Crees que ahora estaría aquí si no fuese así? —añadió Rachel llamando su atención— ¿Crees que habría saltado por esa verja con estos tacones y éste vestido si no fuera porque me importas? Me habría quedado en la fiesta a seguir disfrutando de la popularidad. ¿No?

No pudo evitar dedicarle una mirada al conjunto de la morena, y sentir como su imaginación volaba tras ser consciente de cómo lucía frente a ella.

No era la misma Rachel que fingía ser una de las chicas de la fraternidad, con vestidos que poco o nada iban acorde con su personalidad, y con kilos de maquillaje desfigurando su rostro.

Rachel estaba impecable aquella noche.

El vestido de un rosa intenso cubría lo justo y necesario para no resultar exuberante, pero sí terriblemente sensual. Podía ver su figura, perfecta, sin mostrar nada que no tuviese que mostrar, excepto sus piernas.

Eran impresionantes, y aquel par de zapatos conseguían hacerlas más estilizadas, tanto que casi mareaban por el vértigo que le producía observarlas.

Su pelo, suelto, ondulado sobre sus hombros, y la rebeldía de sus flequillos cubriendo parte de su frente, que lucía sin ningún tipo de maquillaje, solo con un poco de rubor y el color de sus labios. Nada más.

Rachel no necesitaba nada más para ser impresionante, y aquella noche lo estaba demostrando.

—Estás preciosa —susurró sin poder contenerse.

—Tú también lo estás, como siempre — respondió Rachel dejando escapar un intento de sonrisa, que no terminaba de llegar por culpa de las dudas que aún existían entre ellas.

Pero aquellas dudas estaban a punto de desaparecer gracias a Quinn y a su manera de solucionar los conflictos.

Bajó la mirada, y tras mostrarse pensativa durante algunos minutos, avanzó hacia la morena con la firme intención de abrazarla. Y así lo hizo.

—Lo siento —se disculpó hundiendo su rostro entre el pelo—. Siento haberte gritado, siento haberme mostrado así de histérica.

—Quinn no, no te disculpes.

—Me vuelvo loca cuando pienso que me están mintiendo, Rachel. Desconfío de todo el mundo, y lo pago con quien menos…

—Shhh —susurró tratando de calmarla—. Basta Quinn, no quiero que vuelvas a pensar en algo así. ¿Ok?

—Rachel — murmuró tras decidir mirarla frente a frente—, Rachel yo…

No habló.

No habló porque Rachel se encargó de sellar sus labios con un beso tan delicado y sutil que las lanzó a un mundo completamente diferente.

—Bésame Quinn —susurró tras ver como la rubia se detenía a buscar en sus ojos el motivo de aquella reacción.

Y se sorprendió al no encontrar la típica inseguridad que solía mostrar cuando estaba a menos de un centímetro de sus labios. En lugar de aquello, Quinn encontró algo parecido al deseo, a la necesidad de demostrarle que sí sentía algo más que una simple atracción por ella, y que estaba dispuesta a que fuese aquella noche la indicada para tal demostrárselo.

—Rachel —volvía a susurrar tras notar la intensidad con la que la morena le estaba regalando aquel beso, pero no recibió respuesta. Solo un nuevo ataque, un nuevo intento por evitar que su voz saliera, y sus labios solo se preocupasen de seguir el compás que marcaban los suyos, y su lengua, que había empezó a tomar preferencia absoluta por adueñarse de las dos.

Era tan intenso, que pronto comenzaron a buscar algún tipo de apoyo, algún acomodo para contener los diferentes movimientos.

—¿Dónde está tu habitación? —musitó con la mirada inyectada en deseo, y Quinn no tardó en llevarla hasta ella, para ver como realmente tenía intención de dar un paso más en aquella extraña relación que ni siquiera había empezado oficialmente.

—Rachel. ¿Estás segura? balbuceó tras ver cómo se separaba de ella solo para poder desprenderse del vestido.

No recibió respuesta, porque la morena decidió actuar tras olvidarse por completo de su promesa a Marley, cuando le dijo que no daría ese paso sin haber hablado antes del plan.

Estaba tan centrada en lo que quería, en lo que deseaba hacer, que no pensó en nada más que no fuese ella, Quinn y demostrarle que realmente quería seguir descubriéndola. Que era ella la única en quien pensaba.

Y Quinn lo supo cuando vio como el vestido rosa caía a los pies de Rachel, y le permitía descubrir su cuerpo como nunca antes lo había hecho.

La oscuridad de la piscina no le permitió ver cómo lucía Rachel en ropa interior, no al menos como en aquel instante, en el que la luz de su habitación incidía sobre ella y la mostraba perfectamente frente a sus ojos.

No había resquicio alguno de pudor ni de timidez en Rachel, y eso lograba encenderla mucho más de lo que ya estaba.

—No es mi casa —susurró Rachel desprendiéndose de los zapatos—. Necesito que me invites a dormir.

No.

No la invitó a dormir.

Quinn se olvidó de las pocas dudas que le quedaban, y avanzó hacia ella para volver a emprender un beso que se hacía necesario para calmar un poco cálida sensación que azotaba todo su cuerpo. Un beso que terminó obligándolas a caer sobre su propia cama, y a enredarse en un sinfín de caricias, de descubrimientos y susurros que acompañaban a cada mirada. En pequeños mordiscos que apenas dejaban huella en sus cuellos, o en la suavidad que desprendían sus cuerpos cuando atinaban a disfrutar de las caricias. Al brillo que empezaban a desprender sus miradas cuando un simple roce se adueñaba de sus movimientos. A ese mismo brillo que se trasladaba sobre su piel por culpa del calor que desprendían, y del ambiente que se creó alrededor de ellas.

Nunca había estado con una mujer, pero a Rachel no le importó sentir el cuerpo desnudo de Quinn sobre ella. Ni se sintió extraña por querer disfrutar de ese mismo cuerpo con sus propias manos, con sus labios, e impregnarse del suave olor que desprendía. Tampoco le importó que la luz la mostrase completamente desnuda a los ojos de Quinn, porque ella también disfrutaba de la desnudez de la rubia. Ni le importó que sus labios no solo dejasen besos en los suyos, sino que repartía miles de ellos por cada parte de su cuerpo, por cada recoveco que encontraba en aquel continuo descubrimiento que Quinn llevaba a cabo. Simplemente disfrutaba, y se dejaba llevar por la experiencia que mostraba su compañera en todo momento. Se dejaba guiar por sus movimientos, por sus manos y sus besos. Se permitía el lujo de disfrutar de sus suspiros, y algún que otro gemido resonando en su propio oído.

Era tan diferente imaginarlo, como lo había hecho noches atrás, a vivirlo, que no sintió culpabilidad ni dudas de lo que hacía y quería en ningún momento. Solo había algo que la preocupaba en aquel instante; no iba a tener el valor de acabar con aquello, al menos hasta que la noche durase y las fuerzas no la abandonasen.