Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


17| EL TIEMPO QUE NOS QUEDE


Naruto odiaba el modo en que las jóvenes damas casaderas eran exhibidas aquella noche, después de la cena. Algunas tocaban el piano; otras recitaban poesía con exagerada dramatización.

En aquel momento cantaba lady Amaru; su padre, de pie tras la silla en que estaba sentada Hinata, le apoyaba las manos en los hombros como si dijera: «Es mía».

Naruto odiaba eso aún más. Cuando terminó la canción, todos aplaudieron; sobre todo Hinata.

—Maravilloso, lady Amaru. Cantas como un ruiseñor —dijo la condesa lanzándole a Naruto una mirada con la que parecía preguntarle: «¿Qué opinas?¿Estás de acuerdo? ¿Canta como un ruiseñor? ¿Es la elegida? ¿Es lo que buscas?».

¿Era el canto uno de los requisitos de Naruto?

Él miró hacia otro lado porque no le apetecía responder, ni tampoco le apetecía ver al duque agacharse para susurrar algo al oído de ella. Sin embargo, aun no viéndola, pudo oír su risa. Aunque todas las mujeres de la sala se rieran a carcajadas, Naruto podía reconocer inmediatamente las risas de Hinata. Su risa le resultaba inconfundible: aquel tintineo suave que se intensificaba a medida que aumentaba su deleite.

Naruto había disfrutado de su paseo a caballo con lady Amaru del mismo modo que se disfruta de una agradable taza de té a media tarde, como receso de las responsabilidades cotidianas que no había previsto antes de que se lo propusieran ni echaría de menos una vez concluido. Su reflexión resultaba cruel. Lady Amaru era una mujer deliciosa, suficientemente agradable, pero no había nada en ella que lo intrigara, que lo impulsara a profundizar más, a descubrir todos sus matices.

Al abandonar sus pensamientos, oyó movimiento y murmullos a su alrededor.

—Van todos a dar un paseo nocturno antes de acostarse —le dijo el duque de Uchiha en voz baja—. Senju y Hinata han salido ya.

—Supongo que debo escoger una dama para que me acompañe.

—Puedes ir con mi esposa si quieres.

—Agradecería enormemente su compañía —señaló él con un suspiro de alivio.

No se había percatado de que Sakura estaba de pie junto al duque. Le ofreció el brazo y ella se situó a su lado.

—Me asombra todo lo que hay que hacer para entretener a los invitados — comentó ella una vez fuera, en los jardines iluminados.

—Lo harás estupendamente cuando decidas tener compañía.

—El duque Senju parece muy entusiasmado con Hinata.

—Eso parece.

—Como tú.

—Pero no es para mí, duquesa.

—¿Y quién es para ti?

—No lo sé.

Era la verdad. Ninguna otra mujer lo estimulaba como Hinata. Ni siquiera la encantadora dama que caminaba a su lado había despertado tanto su interés. Y no podía negar que era una delicia. Aunque sospechaba que ella no lo encontraba tan fascinante como a Sasuke.

—¿No has pensado en la posibilidad de cortejar a una dama americana? —le preguntó.

—Necesito a una mujer versada en las costumbres de la aristocracia, que me son completamente ajenas. Mis tropiezos serían continuos sin una mujer que me fuera indicando el camino.

—Hinata siempre me ha parecido muy ambiciosa.

—Posee la fuerza y la resolución necesarias.

—¿La admiras?

—Muchísimo. Algunos aspectos de su carácter parecen contradictorios, pero conviven en ella de forma sorprendente. —Soltó una risita—. No digo más que tonterías. Estoy deseando que se marchen nuestros invitados. Salvo ustedes — corrigió, dándole una palmadita en el brazo a la duquesa.

—No hace mucho que te conozco, pero estoy convencida de que harás muy feliz a cualquier mujer.

Sí, también él estaba convencido. La cuestión era si esa mujer le correspondería.

Mientras Frannie le cepillaba el pelo, Hinata estudiaba su reflejo en el espejo e intentaba averiguar qué había cambiado en ella, porque sin duda alguna su aspecto exterior tenía que haber cambiado para que el duque de Senju se mostrara interesado por ella. Pensó que quizá se la veía algo más joven, muy posiblemente como consecuencia de las sesiones de patinaje a que se sometían Naruto y ella. Sus labios parecían algo más flexibles, y su mirada más tierna.

—¿Ocurre algo, milady? —inquirió Frannie.

—¿Me ves distinta?

—La veo... más feliz.

—¿Más feliz? Sí, supongo que sí.

Le debía a Naruto buena parte de esa felicidad. Él había logrado apartarla de sus preocupaciones y convertir el aprendizaje en algo divertido. Le encantaba estar con él. Lástima que no fuera duque, y que ella fuera estéril.

El duque de Senju era un caballero amable, y le agradaba su compañía. La hacía sonreír, incluso la había hecho reír una o dos veces, pero sabía que jamás lograría conmoverla, estremecerla o alegrarle el alma.

¡Menuda cantidad de bobadas románticas! Pasaba demasiado tiempo con Naruto, y él la inducía a creer en cosas imposibles.

Como atraído por los pensamientos de Hinata, Naruto apareció de pronto en su dormitorio. No había oído a Frannie abrir la puerta, pero por lo visto lo había hecho, porque había dejado de peinarla y miraba fijamente al conde como si fuera un demonio salido del infierno.

Dada la inusual severidad del gesto de Naruto, Hinata podía entender perfectamente su sorpresa.

—Déjanos —le ordenó él a la muchacha en un tono que no daba pie a réplica.

Frannie salió inmediatamente de la habitación y Naruto cerró la puerta tras ella. Hinata se puso en pie.

—Naruto...

Antes de que pudiera reprenderlo como correspondía por irrumpir en su dormitorio sin previo aviso y en presencia de una criada, él recorrió la distancia que los separaba, la tomó en sus brazos y la besó. No hizo gala de su ternura habitual; parecía desesperado por poseerla.

Hinata percibía con sus propias manos la urgencia de Naruto en la tensión de su cuerpo. En otra época, se habría sentido aterrada, pero en aquel instante sólo deseaba la satisfacción que él podía proporcionarle. Había pasado la mayor parte del día coqueteando con otro hombre sin dejar de pensar en Naruto. Al verlo pasear con otra mujer, había sentido deseos de arrancarle los ojos.

Le había dolido, y mucho, que se interesara tan rápidamente por otra. Sin embargo, allí estaba, cubriendo con sus cálidos labios los de ella, recorriéndole el cuerpo con las manos como si hubiera olvidado el tacto de cada una de sus curvas y estuviera ansioso por recordarlo.

Hinata oyó el desgarro de una prenda, pero no le importó. Ya se encargaría de eso más tarde. Lo único que quería ahora era sentir el contacto de su piel. Él la tomó en brazos, atravesó la habitación y la tiró en la cama sin más ceremonias.

Aquel comportamiento era inusual en él. Al mirarlo a la cara, Hinata dudó por un instante y sintió una pizca de miedo. Jamás había visto un gesto tan fiero en su hermoso semblante. Tenía los ojos encendidos, la respiración agitada y la boca rígida como la de un guerrero. Se quitó la ropa con la violencia del que se siente estrangulado por ella.

Después la cubrió con su cuerpo y se introdujo en su interior con un empujón prolongado y vigoroso que la hizo gritar, no porque no estuviera preparada, sino por lo mucho que deseaba tenerlo dentro. Él se agitó en su interior con fuerza, rapidez y violencia. Ella le siguió el ritmo, clavándole las uñas en las nalgas, agarrándolo fuerte mientras la sangre le hervía por todo el cuerpo como sabía que le hervía a él.

Era una locura, un delirio, pero Hinata no podía evitar rendirse a aquella cópula animal tan impropia de él, y que ella encontró excitante cuando debería haberla aterrado.

Se trataba de Naruto, de su queridísimo Naruto, que jamás le haría daño, que no la despreciaba por muchos secretos que tuviera.

El placer surgió más rápida e intensamente que nunca. Gritaron al unísono, se arquearon, jadearon, se estremecieron, se abrazaron.

Tumbada debajo de él, invadida de espasmos que le recorrían el cuerpo entero, Hinata contuvo las lágrimas mientras sentía el peso del cuerpo de Naruto contra el suyo, su agitada respiración en el oído y su rostro alojado junto al cuello.

—¿Satisfecho? —preguntó ella.

—No —respondió él apartándose de ella como una bala.

Al tiempo que se cubría con una manta, Hinata lo vio pasearse nervioso junto a la cama, pasándose las manos por el pelo una y otra vez, con la respiración aún agitada y la mirada todavía furiosa.

—¿Qué demonios pasa, Naruto?

Él se detuvo bruscamente y le lanzó una mirada rabiosa.

—No soporto verte con el duque.

—¿Así que se te ha ocurrido venir a mi dormitorio y poseerme como un bárbaro?

—¿Te he hecho daño? —preguntó de pronto, asustado.

Su voz sonaba ronca, y ella pensó que nada de lo que él hiciera podía causarle tanto daño como el que ella sabía que tendría que causarle a él.

—No —respondió negando lentamente con la cabeza.

Naruto se agarró a uno de los postes de la cama y se apoyó en él como si necesitara un soporte para mantenerse en pie.

—Te quiero, Hinata. No imaginas cómo me siento cuando te veo reír con otro hombre y mirarlo como si pudiera ofrecerte el mundo.

—Me gusta el duque de Senju.

—Ya lo he visto. Me he sentido como si me hubieran atravesado el corazón con una espada.

A Hinata se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Yo también te quiero, Naruto —dijo, poniéndose de rodillas sobre el lecho.

—Pues cásate conmigo.

Aquella súplica tan sentida casi fue su perdición, pero se obligó a mantenerse firme y resuelta por los dos.

—No puedo darte un heredero.

Naruto se sentó en el borde de la cama y le acarició tiernamente el rostro.

—Entonces no tendré descendencia.

—¿Y cargarás a Menma con esa responsabilidad propia de tu título?

—Yo no pedí el maldito título. ¿Debo sacrificar mi felicidad por algo que nunca quise?

—Ha recaído sobre ti, lo quieras o no. —Le apartó el pelo de la frente—. No creo que seas la clase de hombre que incumple sus obligaciones.

Con un profundo suspiro, Naruto se tumbó junto a ella y la abrazó mientras le acariciaba el brazo.

—Lo haría si me lo permitieras.

—No, no lo harías.

—¿Y si no fueras estéril? —preguntó él—. ¿Renunciarías a tu duque por un conde?

—No —dijo ella en voz baja, y sintió como lo recorría la decepción. Se recostó ligeramente para poder mirarlo a los ojos—. Renunciaría a él por ti.

Naruto profirió un gruñido grave, cerró los ojos y la abrazó con fuerza.

—¿Hay alguna posibilidad de que no lo seas?

—Lo dudo. El viejo Uzumaki tuvo un hijo. Visitaba mi cama a menudo y jamás me dejó embarazada.

—Pero sólo tuvo un hijo con la primera condesa. Quizá le ocurrió algo a su simiente.

—No lo creo —admitió por fin Hinata tras un instante de duda—. Además, con todo el tiempo que tú y yo llevamos juntos, creo que si existiera la posibilidad ya me habría quedado embarazada.

—Entonces, ¿esto es todo lo que podemos tener? Estas visitas furtivas a medianoche...

—La de hoy no ha sido precisamente «furtiva».

—Me sentía atormentado de verte con el duque.

—Pues tú no pareces llevarte mal con su hija.

—Me limito a ser un buen anfitrión.

—Es guapa y agradable. Sería una buena esposa.

—Lo último que quiero es casarme con alguien de la misma familia que tú para que nuestros caminos se crucen constantemente. Sería una auténtica tortura.

—Nos daría la oportunidad de estar juntos. Conozco a algunas damas nobles que viajan abiertamente con sus amantes mientras sus maridos hacen lo mismo. Me parecen parejas inteligentes y modernas.

Se hizo el silencio, y ella se preguntó si Naruto estaría ponderando las posibilidades que existirían de casarse con la hija del marido de ella.

—No seré infiel a mi esposa, Hinata —dijo por fin con voz dulce.

La decepción y la alegría se apoderaron de ella a un tiempo. Sabía que él pensaría así. Se puso de pie y lo miró a los ojos.

—Entonces sí: el tiempo que nos quede hasta que uno de los dos se case es lo único que podemos tener.

—Pues más vale que lo aprovechemos, ¿no te parece? Acto seguido, se dispuso a hacer precisamente eso.

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Continuará...