«Salda tus cuentas», uno de los antros nocturnos en el festival arcoíris, donde cada persona podía saciar sus más extraños y hórridos deseos, todo en pos de la diversión y el placer. Aunque en comparación a las otras "atracciones", este lugar se podía catalogar como un mal menor, de hecho, si cambiaban un poco sus reglas habrían podido estar en los horarios normales; pero por petición de sus dueños, las cuales se podrían resumir en "mantener la satisfacción de observar la corrupción de las almas", las reglas de apuestas por la vida en la arena debían mantenerse.

Aunque en los pasillos y en el Hall todo estaba más tranquilo, en las gradas de «la arena» todo era distinto. En este lugar, estaba permitido hacer lo que los espectadores quisieran sin mayores restricciones más allá de respetar a los trabajadores y no destruir las instalaciones del recinto, entre otras cosas menores; de hecho, si se deseaba se podía llegar y entrar en la arena misma, pero entrarías a ser un objeto dentro de la apuesta, y los pocos necios que sí lo hicieron no lograron presumir de su gran hazaña. Por ello, el caos solo se concentraba en el público, siendo este, algunas veces mucho peor que el escenario principal.

Con ese ambiente más apagado, con las personas saliendo de la sala del espectáculo, Grora llevó a Alfem y Macarona detrás de escena, donde el público no tiene acceso, allí les explicó como todo funcionaba, aquel lugar no era mejor que lo que estaba afuera, con olor a sudor, sangre y otros aromas difíciles de diferenciar.

—Entonces su trabajo es reunir los pedazos, colocarlos en el carrito y tirarlos a ese contenedor —señalaba Grora, mientras los otros mostraban sus mejores caras; Alfem de asco y Macarona pasmada, al no entender la calma de Grora—. Vamos chicos, no se queden ahí parados, tengo que ir a ver a los demás también.

La mirada de Alfem se endureció, respiró profundamente y dijo—: Vamos, entre más nos demoremos… solo se volverá peor.

Caminó firme hacia la arena, y miró hacia arriba, los focos aun encendidos lo enceguecieron. Cuando su vista se acostumbró a la centellante luz, pudo ver las gradas vacías, solo quedaban algunos pocos que no habían salido, que por alguna razón que desconocía aún seguían sentados ahí. El lugar era un desastre, no solo por el sangriento estado del escenario, sino también por los asientos del público, podía ver a uno que otro de sus colegas recogiendo lo típico como botellas, confeti, vasos y todo ese tipo de desperdicios comunes, pero entre todas esas cosas vio a otro recoger algún tipo de prenda pequeña en una vara, a otro limpiar sangre de los asientos, y a otro sosteniendo una pequeña bolsa con líquidos de dudosa procedencia; Alfem solo hizo una mueca de asco y se enfocó en su trabajo.

Al dirigir su vista a la desastrosa arena, Alfem se percató que no era más agradable que mirar los asientos, desde donde la gente presenciaba el horrible evento.

—Que desagradable… —verbalizó sus pensamientos, estar parado ahí era como la viva imagen de la sala de juego de "esa" persona.

Al parecer ese último "combate", si es que se pudiera llamar así, no fue solo entre dos personas, pareciera que en esta carnicería pública hubo una docena de sacrificios, o tal vez más. Todo era un desastre, no solo había sangre y órganos, también el interior de ellos estaba esparcido por todos lados, así que el olor a sangre y excremento era muy fuerte, y ellos tenían que limpiar lo más rápido posible.

Cuando Alfem se acercaba a tomar un brazo del piso, junto con unos pasos que le seguían, comenzó a escuchar una respiración agitada, sus banderas de alerta se levantaron de inmediato, estaba tan inmerso en su propia repulsión que olvidó que quien lo acompañaba le podría afectar más de otro tipo de forma.

Rápidamente se volteó para ver a su amiga, Macarona, que sostenía el carrito, su respiración era muy agitada, sus ojos se movían de forma errática al contemplar lo que le rodeaba.

—Demonios, ¡Macarona! ¡Macarona! —gritó Alfem, desesperado, al ver a su amiga en estado de shock.

Macarona no reaccionó al llamarla, eso no anunciaba nada bueno, así que corrió a donde ella estaba parada, inmóvil, para tomarla de los hombros y agitarla para traerla de vuelta a la realidad.

—¡Macarona reacciona! ¡Soy Alfem! ¡Mírame maldita sea!

En esto ella parpadea, y como si su alma volviera a su cuerpo esta mira a su compañero con un poco de incredulidad, y le responde—: ¿Alfem…?

Él suspira de alivio y la suelta. Ella se lleva su mano al rostro en demostración que estaba mareada.

—¿Te encuentras bien? Sabes que podemos pedir que te permitan volver a casa, no creo que sea un problema, no debías estar aquí en primer lugar.

—No… estoy bien —dijo mientras sacudía su cabeza—, vine aquí a ayudarte, no puedo dejarte solo aquí, con tu brazo en ese estado no podrás con esto solo, además, este lugar tampoco es muy agradable para ti.

—Tienes razón, pero siento que de alguna forma… para ti… —La preocupación era tanta, que sus angustiados ojos eran notoriamente visibles.

—No, tengo que tolerar esto… ya han pasado muchos años… ya no puedo seguir así —dijo mientras daba unos pasos hacia escabroso lugar—. Además, si tú puedes estar aquí de pie yo también puedo, lo que tú viviste… fue mil veces peor.

Él la miró con preocupación.

—Sí tú lo dices, está bien…

Alfem aún estaba preocupado, pero no podía permanecer siempre así, por lo cual, cambiando su semblante, volviendo sus lentes opacos y con una gran sonrisa dijo—: Pero oye, no te esfuerces, con que yo haya terminado en cama es suficiente, no queremos a otro lisiado.

—-Jeje, eso no me pasará —rio Macarona— no hay razón para que me rompan el brazo, eres un tonto.

—¡Oye, hablo enserio! —se quejó Alfem—. Si esto es mucho para ti, mejor piensa que este lugar fue bañado en mermelada de fresa o algo así…

—¡NO! ¡ESO ES SANGRE! ¡NO ES MERMELADA DE FRESA! —gritó de forma agitada, acallando y asustando a su amigo, él se quedó helado sin saber que decir— Lo… siento… solo que… no creo que este bien mentirse todo el tiempo —dijo muy apenada y con una sonrisa forzada, tratando de calmarse a sí misma.

—No, no tienes que disculparte, dije algo insensible sin darme cuenta —dijo con la mirada baja, con su mano en la nuca.

—No, soy yo la que no debió gritar, además, solo fue un comentario desafortunado —una sonrisa más genuina, pero con algo de pena, se formó en el rostro de Macarona, la cual se encaminó rápidamente en recoger aquello que estaba repartido.

Cuando Macarona comenzó con la limpieza, rápidamente Alfem la siguió, y aunque se tomaron su tiempo, pudieron sacar todo lo que no pertenecía a aquel lugar y colocarlo en donde se les había ordenado. El asco que sentían era grande, no importa si eres un demonio o un ángel, si no tienes aficiones extrañas limpiar restos de seres que alguna vez estuvieron vivos nunca es agradable, y mucho menos si algunos seguían palpitando o convulsionando.

Una vez terminado su favor sus cuerpos apestosos y cansados se apoyaban el contenedor igual de maloliente y sucio. Los diversos olores que se sentían eran insoportables.

—Por favor… dime que no tenemos que hacer esto de nuevo… —se quejaba el demonio sin cuernos— Hasta limpiar las alcantarillas es más agradable que este lugar.

Macarona, no lo estaba escuchando, se encontraba muy ocupada evitando vomitar lo poco y nada que había comido antes de venir.

—Nah, limpiar las alcantarillas de este sitio es mil veces peor —dijo una voz, era Grora que venía al encuentro de los dos asqueados.

Ambos dirigieron mirada de incredulidad a Grora en cuanto llego a ellos, no podían creer en aquellas palabras, no después de estar en la arena.

—Vamos Grora, me paso limpiando dos veces a la semana los conductos de residuos, aun así, esto lo supera y con creces.

—Por eso me refería al sistema de ESTE lugar —recalcó Grora —. Si no me crees, creo que te enviaré ahí la próxima vez que te manden aquí —rio maliciosamente.

—No creo que sea necesario, gracias… —negó Alfem con mucho nerviosismo.

Limpiar el alcantarillado del pueblo y el castillo era en sí asqueroso, destapar los conductos obstruidos por excremento y otros tipos de desechos era un trabajo sumamente desagradable, pero si a eso le sumamos lo que acaban de limpiar él y Macarona, los conductos de este lugar deben ser mucho peores.

—Bueno, ¿ahora qué tenemos que hacer? —preguntó Alfem sin la más mínima energía—. Dudo mucho que tengamos que hacer solo esto.

—Tienes razón —asintió Grora— ahora, que eso está lleno, es momento que lo llevemos a ellas.

Al escuchar eso, de inmediato Macarona volvió en sí misma, como si todo el asco que sentía nunca hubiera existido.

—Entonces, ¿qué esperamos?, vamos deprisa —insistió con mucho fervor, yendo justo detrás del depósito, preparada para empujarlo.

—Tranquila Macarona —dijo Grora, mientras se le venía a la mente la relación que tuvieron esas chicas alguna vez, y al parecer no importaba cuanto tiempo hubiera pasado, Macarona quería volver a ser su amiga, de cierta forma la entendía, no importa cuantos años pasen, si uno pierde algo siempre quiere recuperarlo, como ella y su ojo. En su cabeza eso era algo que se equiparaba a lo que Macarona deseaba—, no hace falta que nos apresuremos tanto, tienen que arrastrar eso de forma lenta.

—¿Qué tan lenta? —preguntó Alfem mientras movía el contenedor tan lento que el chillar de sus ruedas era molestamente largo.

—No tan lenta… lo suficiente para que no se rebalse su contenido —manifestó un tanto enfadada—. Vamos síganme, tenemos que llevar esto a la puerta trasera.

El camino no fue largo, así que no tardaron mucho en ir entre los pasillos del lugar para llegar a la salida. Cuando sacaron el contenedor, vieron que la parte trasera tenía mucha actividad; gente moviendo otros cargamentos; a otros clasificando cajas con todo tipo de contenido, en esa multitud ahí estaba quien los estaba esperando, debajo de la luna que iluminaba la planicie, mientras el viento aullaba plácidamente, ahí, de pie, un Mogeko.

Al notar quien los esperaba, la molestia fue notable en la cara de Macarona, como si la cara de ánimo que tenía hace solo un momento se la hubiera tragado la decepción misma.

—¿Por qué a él le tenemos que entregar las cosas? —se quejó la ángel de pelo castaño.

—Ja ja. Deberías mirarte a un espejo —rio alegremente Grora—. Pero no, él solo los llevará al restaurant.

—Pensé que nos llevarías tú —insinuó Alfem.

—Diablos, no —sonrió Grora como si eso fuera imposible— tengo muchas cosas que hacer todavía, además tengo que esperar al ángel jefe para que me haga el relevo. Estoy muy cansada, pero no se puede dejar este lugar solo.

—Bueno, eso está bien para mí —expresó Alfem sin mucha emoción, a él le pareció mejor que no fuera una de las dueñas la que los guiara, aunque quería mucho a Macarona, no tenía prisa por quedar en medio de una situación incómoda—. Entonces, ¿Qué esperamos? Vamos a pedirle que nos muestre el camino.

—Entonces yo los dejo —comenzó a despedirse Grora—. Una vez que terminen el encargo vuelvan aquí para nuevas instrucciones. Chao.

La ángel del ojo parchado dándoles la espalda y con su mano levantada, se dirigió de nuevo al recinto desapareciendo de la vista de los otros dos.

—¿Qué onda chico? —dijo Alfem acercándose a la cosa amarilla llamada Mogeko—, soy Alfem y ella Macarona, tenemos que llevar esto a al restaurante RasRaw, y nos dijeron que tú nos podrías llevar. ¿Nos mostrarías el camino?

—Para eso estoy aquí, moge. Tomen el cargamento y síganme —declaró el monstruo amarillo con apariencia de peluche.

Avanzó y los otros dos lo comenzaron a seguir por uno de los caminos que llevaban al bosque, la caminata estaba siendo silenciosa, lo único que se escuchaban era el rechinar de las ruedas del contenedor, que por las rocas que estaban en el camino, lo hacían saltar bruscamente salpicando un poco de su contenido al exterior, pintando su superficie de rojo, y dejando un siniestro camino por donde iban.

Una cara de asco se dibujó en la cara de Macarona sin disimulo alguno, en cuanto se percató del húmedo camino dibujado por la carrosa fúnebre que empujaban, y el hecho de pensar en donde lo llevaban solo la atormentaba más, ya que, no se dirigían a dejarlos en el lugar de su descanso eterno, sino, hacía a un carnicero.

—Tranquila Maca —dijo Alfem al notar el disgusto de su amiga—, falta poco.

Ella solo lo miró y le reprochó aun sabiendo que sus intenciones eran buenas, diciendo—: Y tú ¿cómo sabes eso?

—Eso es muy simple, mi estimada amiga —afirmó muy confiado—. ¡Oye colega!, falta poco ¿verdad? —habló en voz alta, para que la criatura que los guiaba pudiera escucharlo a pesar del fuerte rechinar de las ruedas y los tropiezos con las rocas.

—Sí, ya estamos llegando.

—¿Ves?

Macarona, no sabía porque estaba sorprendida por esa respuesta. Él, realmente era un cretino cuando se lo proponía, lo peor es que tras conocerlo cerca de un año aún no se podía acostumbrar a este hecho. Ella no sabía si estaba decepcionada de la mala broma que hizo este sujeto, o de ella misma por no saber cómo reaccionar ante esto, y mucho menos mientras ese infeliz mostrara esa tonta sonrisa en su cara, tan obviamente burlona.

—Ya llegamos —interrumpió súbitamente el Mogeko la pequeña charla—, ustedes vayan a la parte de atrás, yo iré hablar con las encargadas.

—Eso fue rápido —susurró Alfem mientras miraba a su destino.

La impresión fue grande, no solo para él sino que también para Macarona, el lugar desintonizaba con el denso bosque que lo rodeaba; era un edificio muy elegante, iluminado con finos candelabros que decoraban el exterior que hacían lucir las telas que vestían las murallas y las cortinas que se podían ver desde las grandes ventanas, las cuales dejan escapar la luz, pero impedían ver hacia el interior.

—Les dije que ya estábamos llegando.

—Eso es verdad, pero… —dijo para sí misma Macarona un tanto desconcertada por la actitud de lo que parecía un peluche animado.

—Entonces dejen de perder el tiempo y lleven eso atrás —ordenó el "peluche" mientras se retiraba hacia la puerta del local.

Sin mucho más que decir, tras mirarse las caras con incredulidad, estos solo levantaron los hombros y encaminaron el cargamento a la parte trasera de aquel lugar que, a diferencia de la fachada, carecía de elegancia y finesa, no se podía decir que estaba sucio, pero sí algo descuidado, el cemento del piso como el muro estaban levemente manchados, así que, si le comparaban con el otro lado, diferían mucho.

Condujeron la carga cerca de un portón de metal, que por su tamaño asumieron que era utilizado para ingresar el cargamento, lo dejaron afuera porque estaba cerrado. Todo ese lugar estaba siendo iluminado por un pequeño farol en la pared, que se encontraba arriba de la puerta para empleados, que estaba al lado del gran portón.

—Bueno… y ¿ahora qué? —preguntó un aburrido Alfem apoyado en la pared.

—Supongo que deberíamos esperar a alguien que nos diga donde tenemos que guardar esto —dijo con duda Macarona—, alguien tendrá que venir, no creo que se demore mucho el Mogeko en avisar que estamos aquí.

Se quedaron callados por un momento, descansando de la caminata y del trabajo anteriormente realizado, aunque a ambos les daba curiosidad cual sería realmente el uso que darían a lo que trajeron, más ninguno quería siquiera tocar el tema.

En ese silencio, Alfem, observó a Macarona, la cual estaba tarareando al mirar el cielo estrellado, mientras se tomaba las manos desde la espalda. Habría sido una imagen encantadora, solo si no fuera por las manchas de sangre que cubrían sus ropas y lo sucia que estaba.

—Te vez bastante tranquila, más de lo que pensé que estarías—mencionó un tanto curioso al observar la naturalidad de su amiga.

Tras escuchar, volteó extrañada, ella… ¿estaba tranquila?, se cuestionó en el pensamiento, cosa que al percatarse, Alfem tenía razón, no estaba alterada como lo había estado antes, cuando solo la idea de encontrarse con su vieja mejor amiga la colocaba en blanco, tal vez, solo tal vez, estaba muy cansada para sentir las mismas emociones que la inundaban en situaciones anteriores, pero estaba lo suficientemente despierta para sentir esperanza de que todo saldría bien.

Entonces ella sonrió.

—Es extraño ¿no crees? —dijo volviendo a su posición anterior, dándole la espalda a Alfem y a ese lugar, teniendo la mirada en alto, observando el cielo, tratando de encontrarse a sí misma en los astros— No siento el miedo habitual que tengo en situaciones como estas, tal vez cambie cuando la vea… ¿Recuerdas el momento en que te conté cuando había tomado confianza en mí misma, fue en el tiempo en que era niña? Fue tras darte esa golpiza, ya sabes, en aquella época.

—Sí… lo recuerdo… —dijo incómodo, pero no quiso quejarse al respecto, a pesar de que cualquier cosa que le recordara como era anteriormente lo colocaba de mal humor, no podía dejarse llevar por ello ahora, tenía que enfocarse en su amiga, esto era importante—. En esa ocasión fue sorprendente, realmente parecías una niña débil y cobarde, el que siempre estuvieras nerviosa no ayudaba mucho a eso, pero realmente en ese momento te molestaste, al menos es agradable saber que ese sujeto te haya servido de algo.

—Jejeje es gracioso cuando hablas de ti mismo de esa manera.

—Lo sé… es raro, pero no puedo referirme a aquel Emalf como a mí mismo, me hace sentir… incomodo.

—mmm… Creo saber a qué te refieres, aunque sea solo un poco —dijo ella bajando la mirada, contrayendo levemente su cuerpo, mientras oscilaba su pie sin separar la punta de este del suelo.

—¿Qué quieres decir?

—Una vez que conseguí esa confianza, pensé que nada me derribaría, no mientras quisiera proteger a mis seres amados, pero entonces sucedió… eso…

—¿Te refieres a esa pijamada? ¹

—Pensar que una simple quedada cambiaría todo… Nunca pensé que el único peligro que no podría detener pasaría en una situación así… Quedar al borde de la muerte por un ser amado es… es algo difícil de procesar…

—Sí… entiendo lo que quieres decir —manifestó melancólico al conocer demasiado bien ese sentimiento.

—Toda esa confianza se me vino en contra, y lo peor fue cuando regresé a su casa para comprobar que todo fue un sueño, solo un mal sueño… Pero en vez de eso… pude notar que realmente tenía mermelada de la que hacia su hermana… Al parecer no había molido muy bien los ingredientes de ese desdichado frasco ja-ja-ja…

Alfem quedo atónito, eso en específico no lo sabía, se le vino a la mente el momento de la arena, se sintió como un completo pedazo de basura por bromear de esa manera.

—En ese momento perdí la cordura… ¿Cuántas veces había ido a comer a esa casa? ¿Cuántas veces había comido… eso? y si no lo hubiera hecho… ¿Quién podría asegurármelo? Ese era el peor momento para toparme con Rawberry… le grité muchas cosas horribles y de las que me arrepiento, aún más sabiendo que ella también fue una víctima… además de tener a esa mujer de hermana… Soy realmente horrible ¿verdad? Aun sabiendo que solo es su propia naturaleza, no puedo evitar odiarla…

—…No te puedes culpar por ello, es lo que cualquiera haría —dijo Alfem tratando de hacerla sentir mejor— no te hará bien, lo sé muy bien, tienes que dejarlo ir.

—Pero también sabes que no es fácil hacerlo, por eso te volviste un masoquista —sonrió levemente al decirlo.

—¡Hey! —reprochó—, pensé que estábamos en una conversación SERIA —Le apuntaba con indignación con su mano buena.

—Y lo estamos, o acaso… ¿lo vas a negar? —El tono burlón no se podía esconder, pero su amigo solo la miraba con disgusto— Vamos no me mires así, solo fue una pequeña broma, además no creo que sea malo del todo.

—Sí, como no (?) —dijo más disgustado— Si eso fuera verdad no me reprocharías mis gustos tan refinados, además sabes que no me gusta el dolor…

—Solo te gustan los pequeños dolores de la vida —interrumpió ella— solo aquellos que, en comparación a aquello son más como una caricia de una pluma… solo para no olvidar y alimentar ese odio que tienes.

El solo la miraba en silencio, ¿Desde cuándo esta conversación se había volcado hacía él? Esto se estaba volviendo muy incómodo.

—Pero como te dije, no creo que sea del todo malo, es algo, que al fin y al cabo te mantiene cuerdo, ¿no es así? —manifestó con resignación.

—Eso si es raro… —dijo con recelo— nunca pensé que, de todos, tú serías la única que avalara mis actitudes auto destructivas.

—Tampoco negaré que es desagradable, pero ya es parte de ti, al mismo tiempo que ese "gusto" es parte de ella; su conjunto es lo que me agrada, si trato de quitar algo por las mías ya no serían ustedes mismos. Pero tengo que admitir que esto es realmente raro en mí, es como si me estuviera convirtiendo en otra persona, no crees que al menos es interesante.

—¡Claro que no! —exclamó una voz al mismo tiempo que la puerta que estaba en ese lugar se abrió bruscamente.

Una mujer de ropas de elegantes grises oscuros, con pequeñas decoraciones de murciélagos en sus zapatos, corbata y amarre que sostenía su pelo rosa que, al mismo tiempo, cumplían un papel de alas, fue la que salió de la puerta de servicio. Parecía un poco asustada, pero una vez que se percató de lo que había hecho, volvió en sí, haciendo que su rostro de preocupación se volviera uno tranquilo y fríamente inexpresivo.

—Rawberry… —susurró Macarona al verla, sintiendo que el tiempo se detenía y la inseguridad volvía por ella.

—Eso no sería para nada interesante, ya que no sería divertido —afirmó de forma estoica— por cierto… ¿ustedes que hacen aquí?

Los dos la miraron con gran desconcierto, ¿a que venía esa pregunta?, eso era obvio.

—Ustedes solo debían dejar el cargamento aquí he irse, ¿no les dijeron eso?

Esto solo hizo desorientar más a los oyentes, es verdad, nunca les dijeron lo que tenían que hacer exactamente una vez llegar aquí, así que supusieron que debían entregarlo en persona.

—¿No teníamos que ayudarte a entrar esto? —preguntó Macarona, tan confundida que había olvidado toda ansiedad que pudo haber tenido.

—No, les dijimos expresamente a los encargados que no queríamos chismosos —dijo con una voz de cansancio—, pero eso no es lo que más me sorprende. Macarona, ¿qué no estabas en el turno diurno?

—Sí, tienes razón, pero pasaron unas cosas y terminé ayudando a Alfem —dijo con timidez.

—Así que es tu culpa —Fulminó con la mirada al pobre con el brazo inmovilizado.

—Pero Rawberry, ¿cómo sabes que siquiera estoy en los ayudantes de limpieza?

La demonio adornada con pequeños murciélagos se alarmó levemente, lo suficiente para que Alfem lo notara, pero para que Macarona lo ignorara.

—Eso no importa —afirmó—, lo que importa es que te has metido en un problema por este tipo —miró con desdén a quien estaba a solo a unos metros a su lado.

—Por favor, no lo culpes, yo fui quien decidió venir, él me quiso disuadir de esta decisión.

Rawberry solo siguió mirando de forma agresiva a Alfem a través del rabillo del ojo, entonces ella suspiró y caminó hacia el pequeño claro que estaba entre el local y el bosque, miró al cielo y volteó con decisión.

[insertar imagen aquí]

—Ahora váyanse.

—¿Qué? —dijo Alfem

—Que se vayan —insistió con firmeza—, ya hicieron su trabajo, ahora no tienen nada más que hacer aquí, así que regresen por donde vinieron.

Caminando de vuelta al restaurant, fue sorprendida por un reclamo que nunca pensó escuchar.

—¡No nos vamos a ir…! —declaró Macarona un poco dubitativa en su forzada firmeza, ella había recordado todos esos sentimientos incomodos que se generaban cuando estaba en frente de Rawberry, pero aun así reunió valor y siguió— No pienses que nos iremos así como así, tenemos trabajo que hacer, no pienso echarme atrás ahora.

En ese momento, los desconcertados eran Rawberry y Alfem, que no se esperaban eso.

—Pe-Pero ¿qué harán ahora? A-Acaso ¿van a entrar a ayudarme a ordenar? ¿quieren entrar a este lugar? —trastabilló nerviosa.

—¡Eso es exactamente lo que haremos!

Esas palabras resonaron en las cabezas de aquellos dos que estaban escuchando cuando un gran grito ahogado de asombro escapó de sus bocas.


¹ Escena extra «El secreto de Raspel» que se pueden ver en la sala extra al final del juego.