When September Ends
Por KaedeRavensdale
Traducción por Alyssa S.
Capítulo 18.
Caída
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La culata y cañón del rifle brillaba con fuerza bajo la luz del atardecer que se filtraba por las ventanas de la oficina de Tom mientras este se encontraba sentado tras su escritorio; cada una de las armas habían sido limpiadas de punta a punta y las que no habían sido tocadas igual. Las cajas de munición también habían sido retiradas de la caja fuerte y ahora estaban apiladas sobre la superficie de madera cuidadosamente ordenadas por calibre y provisión.
Terminando con la ultima de las piezas internas, colocó el paño y aceite a un lado antes de, con prontitud, volver a armar el rifle, poniendo las piezas en su lugar con una serie de chasquidos satisfactorios. Tomándola entre sus manos y apoyando su peso, revisó la cámara para asegurarse de que no hubiera balas adentro antes de apuntar a la puerta y mirar por el visor. Se enfocó en el grano de madera con el ocular, recordando aquel último viaje en que lo había usado. La última caza que había hecho antes de que Harry se metiera en esos temas sobre "matanza de majestuosas criaturas por deporte" y le pidiera detenerse.
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El sol de la sabana se sentía intenso y espeso contra la parte posterior de su cuello, su cabello se sentía como una esponja empapada de sudor y no estaba muy seguro de si la persona responsable en inventar el famosísimo sombrero de "safari" debería ser alabada o disparada. Una brisa árida sacudió la alta hierba rojiza y una gran manada de ñus se escuchó a la derecha del coche, muy cerca de ellos. Tom se apoyó contra el costado del Jeep, mirando hacia las llanuras africanas.
Harry hubiera amado estar aquí. Le encantarían los espacios abiertos y los infinitos cielos azules. Los animales, el terreno. La gente y su comunidad. Lo que no habría apreciado, cosa muy segura, sería la razón principal por la que su padre y él habían venido a Kenia.
La caza mayor. De enormes felinos, para ser más específico.
Independientemente de que una gran parte de él desearía haber traído a su esposo solo para verlo correr vestido en un Shuka. No dudaba de que se vería tan cómodo en la ropa tradicional de Kenia como lo haría con una de sus camisetas y jeans habituales, tal como lo había hecho con la yukaya cuando había arrastrado a Tom a Japón en busca de un supuesto avistamiento de un lobo Honshu.
—Despierta Thomas. Ahora no es momento de fantasear con tu esposo, tienes mucho tiempo para hacerlo en la noche. Enfócate en la caza, por favor, como te enseñé.
Tom Ryddle Sr. le sonrió desde el otro lado del auto, los rizos de su cabello que eran visibles debajo del ala caída del sombrero de safari manchados de un tono gris platino comparable con la lana de acero; aunque había envejecido bien, con solo una mirada podías pensar con facilidad que estaba en sus cincuentas en lugar de los casi setenta y cinco. El moreno esperaba con sinceridad verse así en el futuro, aunque solo Dios sabe si los buenos genes de su padre serían suficientes para salvarlo de los enormes niveles de estrés que conllevaba su trabajo.
—Mis disculpas, padre.
—Por cierto, ¿si quiera pudieron encontrar a su lobo? Ustedes dos estuvieron en Japón unos buenos meses. Esperaba que hubieran atrapado al menos uno de ellos durante ese tiempo.
—Se extinguieron oficialmente durante el Periodo Meiji e incluso si sobrevivieron algunos, su población sería extremadamente pequeña. Si hubiera sugerido cazarlos, lo más seguro es que él mismo me habría disparado.
Su padre resopló. —Deberías haberlo traído contigo; su ausencia te tiene bastante distraído.
—Pensé que este viaje estaba destinado a ser una unión entre padre e hijo. Algo de ultima hora antes de que los médicos te aten a una camilla.
—Y lo es, pero parece que siempre estás con él, estando aquí o no.
—No hubiera salido bien. Es un ecologista.
—¿Y no es la taxidermia algo ecológico?
—¡Por Dios! ¡Nunca le vayas a decir eso!
—No lo sé, Tom. Un buen tapete para la chimenea podría hacerle cambiar de opinión. Un pedazo de África en su hogar.
Tom se rió entre dientes y sacudió su cabeza, su padre le dio una palmada en la espalda. —Eso tendría que ser un animal especial.
—Y si tuvieras tu cabeza enfocada en la caza -como deberías estar haciendo-, ya lo habrías notado. Mira a tu alrededor.
Volvió a mirar a la sabana, con los ojos escaneando la hierba dorada hasta aterrizar en lo que su padre le había estado hablando.
Se enderezó, con los ojos muy abiertos. —¿Eso es… un…?
—Sí, lo es. Un leopardo negro, y uno muy hermoso. Un poco joven, pero ya no es un cachorro, perfectamente legal para atrapar —cogió el rifle de caza del moreno y se lo entregó con una gran sonrisa—. Su cumpleaños será pronto, ¿no? Atrapa a tu gato. Quien sabe, tal vez podríamos escaparnos a un viaje más y convencer a Harrison de que venga a hacer algo más que turismo. Después de todo, los cazadores son una parte importante de la preservación.
—Buena teoría —Tom sonrió, llevando el visor a su ojo—. Sigue soñando.
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El rifle hizo clic cuando apretó el gatillo. —Boom —Se rió entre dientes, apoyando el rifle contra su pierna para limpiar la ultima de las huellas que quedaron en el cañón.
Sin embargo, antes de terminar su tarea, la puerta de la oficina se abrió de golpe y Harry entró corriendo, con una preocupación tan fuerte en su rostro que rayaba en el miedo y en sus ojos se podía ver la amenaza de lágrimas.
—Nada está cargado —Le aseguró mientras rápido colocaba el rifle sobre el escritorio para dejarle paso a su regazo; el cuervo rápido tomó la invitación y se acurrucó contra él—. ¿Qué ocurre, bebé?
—La policía.
Tom arqueó una ceja. —¿Qué quieres decir con "la policía"? ¿Tengo que llamarlos o…?
—¡No, Tom! Ellos… hay como una docena de autos afuera. Autos de la SWAT. Algunos chalecos dicen FBI. ¿Qué está pasando? —El moreno se tensó antes de soltarlo con suavidad y salir de la habitación—. ¡Tom!
—Silencio, amor. Solo iré a ver qué pasa —Se asomó por una cortina y siseó—. ¡Debí saberlo! ¡Debería imaginar que esto pasaría cuando no vi la piel o cabello de ese hurón bastardo por tres días! ¡Maldito sea!
—¿Qué vamos a hacer? —Harry tiró de la punta de su camisa como un niño temeroso tras una pesadilla—. ¡Tom, por favor, no dejes que me lleven!
—¿Llevarte? Nadie lo hará, Harry —Lo atrajo y besó su cabeza—. Nadie te alejará de mí. Nadie ni nada. No te perderé. No otra vez.
—¿Otra vez? —Harry repitió cuando Tom lo soltó—. ¿Qué quieres decir con 'otra vez'? —Cuando el moreno no respondió, salió corriendo tras él a la oficina—. ¡Tom!
—¡No te llevarán! —gruñó, metiendo balas en cada arma al alcance de su mano—. ¡No los dejaré! ¡No a menos que mi cuerpo esté muerto y sangrando!
—¡No! ¡Tom, por favor! No tienes que hacer esto. ¡Podrías morir!
—No moriré, Harry. ¡Voy a mantenerte a salvo! —metió el calibre veintidós en sus manos—. Quédate con esto. Puedes terminar necesitándolo. Y quédate en el dormitorio. ¡No dejaré que estés en peligro!
—¿Y qué pasará contigo?
Tom metió otra pistola en su cinturón, sus ojos oscuros cual carbón. —Me aseguraré de que ninguno de esos bastardos entre. ¡Los mataré a todos si tengo que hacerlo! ¡Entonces iremos a Canadá! Luego a México. Y, desde allí, nos dirigiremos a un lugar donde los . no tengan un tratado de extradición. Te mantendré a salvo hasta mi ultimo aliento; todo va a estar bien.
—Tom.
—Quédate en la habitación.
—¡Tom!
—¡Harry, quédate en la habitación!
—¡Tom!
El moreno lo atrajo a un fuerte abrazo, la culata de otra pistola presionando la parte baja de su espalda mientras su boca descendía sobre la suya. Harry se aferró a sus rizos en un esfuerzo desesperado por mantenerlo cerca, presionándose contra el cuerpo más grande en un intento de evitar que saliera de la oficina—. Vas a estar bien. Todo estará bien. Solo haz lo que te pido; entra en el cuarto y quédate allí hasta que venga a buscarte. No quiero que veas esto. ¡Ve, amor!
Harry dudó un momento antes de tomar la pistola que le habían dado y correr hacia su habitación, cerrando la puerta tras de sí y acurrucándose en la esquina entre la mesita de noche y la cama. Parpadeó cuando sonaron los primeros disparos, aterrorizado de que una bala perdida perforara el suelo y lo matara.
Finalmente, después de lo que apreció una eternidad, los disparos cesaron. Harry apretó las piernas y enterró su rostro entre sus rodillas, intentando controlar su respiración mientras la puerta se abría y pasos se acercaban con cautela.
Tom. Era Tom. Tom había ganado y había venido a buscarlo e iban a…
—¿Harry? —La voz no era familiar—. ¿Eres Harry Potter?
Levantó la cabeza al instante. Un imponente hombre, del tamaño de un oso y de piel oscura con un arete en una oreja. No era Tom. No, definitivamente no. Observó su uniforme azul con cautela. —¿Potter? —«¡No, no te pierdas! ¡No otra vez!». La imagen en la lápida. Todo lo que los demás habían dicho—. Sí. Supongo que soy Harry Potter. Quizás. Yo… ¿dónde está mi esposo?
—Nuestra prioridad eres tú, Harry. Regresemos a casa. Te llevaremos con tus padres —Le ofreció una de sus enormes manos—. Por favor, baja esa pistola.
—Lo siento, oficial —entrecerró los ojos ante la pequeña etiqueta con el nombre clavado en su pecho— Shacklebolt, pero mi prioridad es el bienestar de mi esposo. ¿Él está bien?
—Baja el arma.
—¿Al menos está vivo?
El oficial lo miró por unos instantes antes de finalmente responder. —Sí. Está vivo. Pero no puedo decir nada más; los médicos se lo llevaron en una ambulancia.
—¿Podría decirme? Cuando algo pase. Sí el…
—Cuando sepamos algo, me aseguraré de decírtelo.
Harry asintió, dejo la pistola a un lado y aceptó la ayuda del otro hombre para ponerse de pie. —Gracias.
—Volvamos con tu familia.
Su familia acababa de ser llevada en la parte trasera de una ambulancia. Ahora lo estaban sacando de su casa. De su hogar. De su… ya ni siquiera sabia lo que era real.
Una mancha de sangre se extendía por las escaleras, espesa y de un color rojo oscuro destacando entre la madera marrón. Nunca había visto a tantos policías en un lugar en su vida. Alguien le colocó una manta sobre los hombros mientras lo conducían por el patio y, muy pronto, se encontró acurrucado en el asiento trasero de una patrulla mirando por la ventana hacia la casa. Una sensación le decía que nunca volvería a ver el lugar.
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El vuelo de poco mas de dos horas se había sentido como una eternidad para James y Lily, pero valió la pena en el momento que vieron a su hijo sentado como una bola en un sofá por la ventana de una sala de descanso, envuelto en una manta y mirando sin expresión un punto en la pared. Incluso desde esa distancia podían decir que sus ojos estaban rojos e hinchados.
—¿Sr. y Sra. Potter? —Un hombre mayor con ojos azules brillantes se acercó a ellos con una sonrisa agradable en su rostro, aceptando el apretón de manos que James se apresuró a ofrecerle—. Soy Albus Dumbledore, un psiquiatra que trabaja con el FBI. Trataré a su hijo para ayudar y asegurar que se recupere.
—Gracias. Por todo. Por salvarlo. De verdad, pero… ¿qué le pasó a mi bebé? Parece que ha estado llorando.
—Harry ha pasado por mucho, Lily. Es natural que se sienta un poco abrumado.
—Me temo que es mucho más que eso. Fue secuestrado por un hombre trastornado por la pérdida de su esposo -con quien su hijo comparte nombre y apariencia-, y creyendo que era él, uso una combinación entre Síndrome de Estocolmo y muchos otros métodos mentales y emocionales para que también lo creyera. Lo que sucedió nos llamó la atención, así como el hecho de que el Sr. Ryddle tenía un pequeño arsenal de armas dado un anterior pasatiempo de cazar animales grandes, y actuó en consecuencia para resolver el asunto con el menor riesgo posible. Lamentablemente nuestro temor de que se volviera violento cuando desafiaran su fantasía resultó ser correcto; participó en un tiroteo contra las autoridades cuando intentaron recuperar a su hijo.
—¿Alguien salió herido? —preguntó James. La mirada sombría que el otro hombre le envió fue profundamente desconcertante.
—Algunos de nuestros oficiales recibieron heridas leves.
—¿Y el secuestrador?
—El Sr. Ryddle recibió seis balas en su pecho mientras trataba de subir las escaleras para recargar. No logró salir de la cirugía. Le informaron a su hijo hace media hora después de reiteradas demandas de información.
—¿Y se lo dieron?
—Necesito recordarle, Sr. Potter, que su hijo aún está bajo la ilusión de que es el esposo del Sr. Ryddle. Que estuvieron casados durante cinco años y estaban profundamente enamorados. Es importante alejarlo de la ilusión, ir demasiado rápido podría causar un estado similar al que sufrió el Sr. Ryddle.
—¿Va a estar bien? —Lily preguntó preocupada—. ¿Alguna vez recuperaremos a nuestro hijo?
—No hay nada que temer, Sra. Potter. Puede tomar un par de años dependiendo de cuán profundas sean las ilusiones, pero Harry al final estará bien— Él les aseguró—. Mientras su tratamiento proceda con delicadeza, no debería haber daños duraderos.
