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Princesa Caída

Acto XIII

Pasos con pies de plomo

Los Angeles, California

5 de julio de 2032

Pastelería El Sinaloense

6:27 am

Por poco y no lo cuenta.

Maldiciendo que el agua siguiera helada, Kat tuvo a considerar cambiarse de nuevo de residencia. La casa que ocupaba ya no era opción, pues sus arrendadores optaron por terminar su contrato y pagarle la mudanza, de por sí algo escasa ya que lo que pagó ella fue el cambio de colchón, dos juegos de ropa de cama que usó poco y un buró.

Recordando las palabras de aquél hombre al teléfono del otro día, la citó a primera hora del día. Por desgracia, para ella, la primera hora de un panadero o de un repostero son las cuatro. Hora en que debe alistarse rápido para preparar la masa madre, atemperar la mantequilla o la margarina a utilizarse, se preparan las cubiertas y se lavan los materiales que no alcanzaron a lavarse en las pasadas seis horas.

-Se supone que descansas hoy, China -decía la dueña, apretando la redecilla a su cabeza lo más que podía.

-Alguien me citó aquí -expone Kat, somnolienta.

-Bueno. Ya que andas por aquí, necesito que dejes la boleadora lista pa'l guateque, laves los moldes de las magdalenas y que te barras el piso -ordena la dueña-, pa' que se te pase el rato.

Nuevamente lo confirma. No le gusta trabajar con latinos. Pasó en la primaria las pocas veces que trabajó con Ronnie Anne Santiago aburrida, lo mismo que en la secundaria cuando Pham le dejó un proyecto de disección junto a Gabby, e incluso en la universidad, con una hija de ilegales salvadoreños que estuvo a nada de trabajar en Comedy Central, de no haber sido deportados todos sus familiares.

Una hora ha transcurrido ya. Aquellos moldes, habiendo terminado con la boleadora para la masa del pan salado, parecen tan interminables como horas de codificación en lenguaje C. Algunos estaban carbonizados por el prolongado uso que se les ha dado, mientras que había un par con costras de carbón.

-China -llamó una latina, compañera suya con el cabello teñido de rubio que le quedaba terrible con el tono de su piel-, te llama un gringo todo colorao. Dice que te andaba 'perando, el muy plebe.

-Dile que me espere, Paloma, por favor -pide Kat, un poco fastidiada.

Dejando a un lado la urgente limpieza de las charolas, se quitó el mandil y revisó lo mejor que pudo su aspecto.

Blusa, aceptable. La falda apenas y está húmeda pero lo puede disimular. Las manos, esas sí no puede disimular los cortes accidentales y las arrugas por la humedad. El maquillaje no sufrió cambios, así que lo encuentra bien.

No puede permitirse ser flexible. En todas sus entrevistas hasta ahora se vendía como una mujer competente y proactiva. El problema es que, dados los sucesos previos, sus últimos dos empleos (el anterior y el actual) no han tenido buena repercusión en lo personal. Despedida de uno, atascada en el otro.

Saliendo al piso de ventas, esperaba encontrar a alguien que, mínimo, fuese más discreto. En su lugar, con el cabello rojo peinado a los lados y con aquella eterna polera a franjas celestes y blancas, Zach estaba comiendo con calma un submarino de pierna española con guacamole.

Hacía mucho que no lo veía, y lo que en la preparatoria sentía por él apenas y era poco menos que simple desprecio. Por el incidente de laboratorio en el que le quemó las puntas por ese tonto gurú de chicas, todo respeto que pudo haberle tenido se fue por el desagüe, mas por el aspecto que presenta todo apunta a que los años fueron mucho más que generosos con él desde que terminó su educación media.

Mirando con extrañeza, no pudo evitar ver que él no había perdido el tiempo. Decidida a tratar de mantenerse en todo caso una expresión neutra en la cara, optó por lo que juzgó conveniente en el momento. Hacerse la difícil y tener cierta cortesía.

-Hace mucho que no nos vemos, ¿verdad? -dice Zach, a modo de saludo mientras se limpia el guacamole de la cara.

-Sí, supongo -devuelve Kat, queriendo sonar poco convencida-. Lamento que no haya sido en mi departamento como acordamos, pero no vivo lejos de aquí.

-Es bueno ver que estés bien.

-¿Es en serio? -cuestiona la oriental.

-En serio. No es como si nadie nos hubiera querido en la reunión de la preparatoria.

-¿Ah, si? No me enteré de eso -miente Kat-. ¿Qué tal estuvo?

-La verdad, no fui -responde el pelirrojo, siendo honesto-. El director de control vehicular es un cretino, no es de los que dan permisos a la ligera, menos para reuniones escolares. ¿Puedes entender eso?

-De acuerdo, vayamos al grano, Gurdle -dice Kat, queriendo cambiar al tema que le interesa-. ¿Para qué me quieres?

-No soy yo quien te busca -explica Zach, jugando un poco con un trozo de pierna de su bocadillo-. Verás. Trabajo para dos personas que, la verdad, no se conocen mucho. Control vehicular y, bueno… mi novia.

En cuanto escuchó eso, Kat rió con ganas. Todo cuanto le supo en su momento fue que Renee, una vecina de Zach, había sido plantada por él en el altar el día de su boda. De hecho, fue ella misma quien la orilló a irse del continente y hacer su vida en Hawaii desde cero. No dudó en apoyarla en su momento, pero ahora que lo piensa, lo más seguro es aue a ella le hizo un favor que espera no cobrar.

Un minuto entero le tomó a Zach decirle que no se refiere a su antigua vecina y exnovia. Kat, aún sin convencerse, lo considera una broma y continuó riendo hasta que el pelirrojo se limitó a mostrarle una foto suya junto a Belle en aquella salida a Toluca Lake.

-¿No bromeabas con eso? -pregunta Kat, dejando al fin las risas.

-No, no bromeo -responde Zach-, y de hecho es la otra persona para quien trabajo.

El golpe fue duro. De los hijos de Bumper Yates, Belle es por quien menos aprecio sentía, pero en sí solía pasar tiempo con ella y Beatrix antes de las clases extracurriculares. Con ella, había sabido ser bastante bien administrada con su tiempo, a cambio de algunos consejos para mejorar su apariencia en aras de lo profesional sin perder lo social.

Para cuando entró a la preparatoria, Belle ya estaba considerando opciones para sus estudios superiores, y aunado al hecho de que esta casi no tenía tiempo para una vida social en forma para su edad, Kat sencillamente se mantuvo al margen tanto como ella de sus asuntos académicos.

-Hace mucho que no la veo -dice al fin, después de parar las risas-, ¿cómo está?

-No me dice mucho -responde Zach-. Ella estaba mal con ellos cuando la conocí. No le pregunto nada de su familia, ella no lo hace de la mía, lo usual, ya sabes. ¿No tenías que ver con ella?

-Algo así -repuso Kat, bajando la mirada, más por ella y su enamoramiento platónico de adolescente que por la propia Belle.

-Bueno, el asunto es este -plantea Zach-. Belle está empezando con algo gordo entre manos y, para ser sincero, me dio una lista de personas por aquí con las que podría contar. Ahí es donde entras tú.

-¿De qué hablas?

-Supe por algunas personas de tus estudios de posgrado -insinúa el pelirrojo-. Toda una pena.

-No quiero tu lástima -desdeña la oriental.

-¿Quién dijo que venía a que me dieras lástima? -espeta Zach- Digamos que vine representando a Belle por un pequeño negocio que tiene entre manos.

-¿Qué clase de negocio?

-Uno con el que podrías pasar desapercibida, cobrar bien y tal vez, solo tal vez, empezar de nuevo.

La idea es demasiado tentadora. Ya ha visto, empero, ese tipo de ideas obrar desde la secundaria. Ya sea con sus amigas siendo embaucadas por Chandler y Lance (cada quien por su lado) para terminar en la cochera de sus padres en la clase Senior o con algunos perdedores, ilusionados con querer ganar popularidad a costa de otros tantos compañeros más afamados en la escuela. Tal promesa no era muy diferente en realidad.

-¿De qué se trata? -pregunta Kat, tranquila, antes de fruncir el ceño.

-No es nada importante frente a una cámara, pero es algo con lo que Belle podría sacarte del agujero en el que estás -insiste Zach.

-O me dices qué es, ¡o te juro que te rompo la…!

-¿Crees que te mentiría sobre algo de lo que puedes vivir bien? -concluye el pelirrojo, a sabiendas que se está complicando su situación- No me respondas a eso, pero es trabajar para mi novia como lo hago o quedarte tras la registradora.

De un bocado fue que Zach terminó su bocadillo. Para ser algo simple, le sentó mucho mejor al estómago que la latería que ha venido tomando por desayuno los días que estuvo en un motel de Royal Woods, recibiendo un par de visitas más de Jordan que no se concretaron en nada sobre el viejo grupo o en algún juego de amantes. Más por él, que se reconoce como alguien fiel, que por ella.

-Por mi -sentencia contundente Zach, recordando el día que a Mollie le canceló la licencia cuando estuvo un tiempo en Los Angeles-, sigue tras la registradora de una pastelería aquí. En cuanto suba a mi auto, la oferta se vence.

Viendo a Zach dejar el lugar tras esa declaración, Kat se quedó pensando.

Odia su actual empleo. Terminar con las uñas atascadas de masa por debajo, rotas, con algunos cortes que no han podido sanar o lo han hecho mal… incluso una navaja se le había ido en un bollo el día anterior. Tendría suerte si no le reclaman a ella por el desaguisado.

Afuera, Zach aún no subía a su Hummer cuando escuchó pasos tras él.

-Bien, tú ganas -dice resignada Kat-, pero si es algo ilegal me daré gusto rompiendo tu cara.

-Descuida -resuelve este-. Es de todo menos peligroso e ilegal.

-¿Qué tengo que hacer?

La sonrisa de Zach no pudo haberse ensanchado más al saber la respuesta de Kat.

~o~

El tiempo que ha pasado sola le ha hecho pensar en su relación con Zach. En lo que a ella toca, él es solo un vehículo para sacarla de deudas y empezar a ver por sí misma, sin depender ya de su familia. Lo sentimental pasa a segundo plano, aunque no niega que disfruta de las atenciones que el empleado de control vehicular le brinda.

Bebiendo una taza de café solo, se pone al tanto de lo que podría hacer. De las alrededor de treinta chicas que trabajaran para Syd, al menos ya unas veinte de plano desertaron. No podrá contar con Lola, eso ya es un hecho. Tampoco con Candice, quien tajantemente le dejó en claro la noche anterior que su relación con su empleadora dista de ser la de una mercenaria, o aquella chica nueva, Svetlana.

Poca cosa, en realidad.

Con Zach fuera hasta hace un par de días, pudo hacer y deshacer a su antojo. Obviamente no pueden meter a nadie ajeno al residencial, pero una cosa es segura para ella.

Kat Carmichael. Su relación con ella, aunque cordial, no pasó para ella mas que la de meras conocidas. No obstante, el tenerla en su círculo como editora de video y audio le resultaría importante.

No lo puede negar. De Syd ha tomado nota, y cree haber visto fallos en su sistema laboral, empezando con el que las propias chicas, si les es posible, se presten a realizar la edición y la publicidad. Eso, planea, no sucederá.

Pensando un poco en Zach, solo espera que no se haya metido en problemas. En algún momento, poco después de volver, le contó que en el quinto grado fue su primer amor, pero un incidente los distanció demasiado y en ello tiene que ver un cierto vecino suyo. Desde entonces, ella le tenía resentimiento -desde su punto de vista- y no se habían frecuentado demasiado.

Todo cuanto supo de sus últimos tiempos fue que ha estado a la baja. Dos empleos de los que había sido despedida por cuestiones fuera de su control, ser expulsada del programa de posgrado de la UCLA y, medios ilegales como forma de rastreo, una cuenta bancaria por demás raquítica. Ni siquiera puede darse el lujo de albergarse en un lugar decente, pero el haberse recibido de aquella universidad en una facultad de relativa reciente apertura

El trabajo que le está costando reclutar personal, por otro lado, ha sido sencillo. Por secreto profesional, actores y actrices que tuvieran exclusividad y renunciaran antes de terminar su contrato debían pasar por un periodo legal de dos semanas en lo que se resuelve su conflicto para renovar la anterior relación o firmar una nueva.

Belle, convenientemente, no quiere meterse en demasiados problemas y decidió irse por quienes estaban a mitad de su exclusividad. Nombres como los de las gemelas Lara y Lois May, Lina Benavides, Chris Vizuet y otras más ya se perfilaban como potenciales estelares, mas hay una pequeña espina que puede, o al menos así lo visualiza, será su mayor estrella.

La llamada de Zach le devolvió a la realidad. No tardó mucho, pues ya estaba en camino y con la firma de Kat asegurada.

Sólo debía esperar un poco más para buscar un local no tan cercano al Flor de Medianoche. Ya que el remate se canceló, cuanto le queda es robarles clientela de una forma bastante agresiva.

~o~

El tiempo con su madre desde el cuatro de julio ha sido de todo menos satisfactorio para Lana. Ahora, con Lisa pasando tiempo con Liam en su granja y con Luna pasando a visitar a su padre hasta que Luan le diga que puede ir a Boston, ella está a cargo.

Eso no le gusta a Lily. Dados los hechos recientes con ella, y al estallido de un petardo en el asador que terminó por destruir la parrilla, no puede sino permanecer en casa. Lana, siendo la mujer que es, no puede hacer otra cosa que esperar a que realmente se duerma para poder darse una escapada a alguna parte. LasLas posibilidades de ello son escasas. Sumado a eso, tiene que hacer algunas reparaciones, sobre las que no hay excusa.

Sentada en el pórtico, lata de cerveza en mano, se limita a prestar atención a cualquier sonido sospechoso, como el crujir de la madera de la duela en las escaleras.

-Ni lo intentes, Lily -dice amenazante.

-¡Sólo iba por unas guías de estudio! -protesta Lily, volteando en cuanto fue sorprendida.

-Claro, y supongo que te ibas a meter a casa de Clyde para robarte su ropa interior.

-No me digas qué se supone que es bueno o malo, Lana -desafía la menor, dando la vuelta y saliendo de la casa-. ¿Y cómo sabes lo de…?

-Porque yo he sido quien se las ha devuelto cada que vengo, bruta -declara Lana-, ¿o crees que le entrego su ropa interior por gusto?

-Se nota que te quiere tanto… -repone Lily con sarcasmo.

-Él y yo quedamos como amigos cuando se fue a Lansing, deja de vivir en mi pasado.

-¿Y qué me dices de las veces que revisaste la basura de los McBride?

-Porque tiraban cosas buenas que sólo necesitaban una reparación simple.

-¿Y qué hay de esa escultura que tenías en tu armario?

-¡Esa es la tuya!

Por la siguiente media hora, ambas rubias estuvieron discutiendo a grito pelado. Cuando acabaron con las preguntas hirientes y las respuestas francas, pasaron a los insultos y, en un momento dado, Lily saltó sobre Lana y le dio una mordida al hombro.

-¡¿Qué crees que haces?! -brama Lana, sorprendida por el inusual ataque.

No era nada nuevo. Por un breve instante le recordó aquellas absurdas peleas con Lola cuando eran niñas. No era un recuerdo grato, pero cualquier cosa que tuviera relación a su hermana gemela le afecta.

No dudó en devolverle el favor. La confrontación degeneró en un intercambio de golpes que, de manera sorpresiva, terminó con Lana en el suelo, sometida y con la camiseta hecha girones que exponía su pecho.

-¡Sólo iba por una estúpida guía! -sentencia contundente Lily.

Al paso de la menor, Lucy bajó de su auto. Ya que el nuevo local de la tienda resulta estar ubicado en una zona más comercial que residencial, tendrá que ocupar de nuevo la habitación que compartieran Lori y Leni de nuevo. Debido a que tiende a llevar objetos antiguos que requieren cierto mantenimiento, prefiere delegar el mando en Lana o en Lisa.

Entrando, la pálida mujer encontró a Lana en el suelo, adolorida.

-Luces como una mujer lobo en luna nueva -saluda Lucy, más sorprendida por el estado de la casa que por el de Lana-. ¿Qué pasó?

-Es Lily -responde Lana-. No soporta que le devuelvan los destrozos que hace.

-No debí malcriarla desde que Lincoln se fue a Syracuse -reflexiona Lucy en voz alta-. Creo que ahí aprendió a mentir.

-Pues qué gran consuelo -gimotea sarcástica la rubia.

-Puede que no sea mucho, pero ¿necesitas algo? -ofrece la anticuaria.

-Necesito calmarme un poco.

Las siguientes dos horas, ambas se pasaron el rato arreglando un par de cuchillos de la Guerra Civil, que de raros y escasos que se han vuelto han cobrado popularidad. Más que pulirlos, afilarlos y restaurarlos, Lucy valora más que un objeto haya envejecido bien. La leve pátina del acero, la cazoleta o la guarda (según sea el caso), las muescas de la hoja e inclusive el desgaste de los mangos le son agradables al tacto. Eso a Lana la molesta, pero no está en posición de quejarse.

-Ten cuidado con esa dirk -señala Lucy, viendo cómo Lana trata en ácido una daga escocesa-. Tiene más de doscientos cincuenta años y estuvo en la familia de Persephone desde Richmond.

-¿Qué su familia no es de Kentucky? -pregunta Lana.

-Sí, pero sus antepasados eran unionistas. Por eso se mudaron a Michigan cuando su tatarabuela Minerva dejó su hogar y se mudó aquí.

-Ajá, si… genial -musita Lana, aún un poco alterada. Esto no pasó desapercibido para Lucy.

-Te noto preocupada -señala Lucy, habiendo dejado pasar al menos un minuto después de eso.

-No sé si quiera contarte, pero tiene que ver con…

-¿Lola? -dice un poco cortante Lucy- Eso no es novedad, pero te escucho.

-Verás -empieza a describir Lana-. Es con todo lo que me he venido enterando sobre lo que hace, lo que podría pasarle…

-Ajá.

-Y todo lo que imagino que le está pasando… ¡debe ser horrible!

-Lo de ser… -se contiene Lucy, estando a punto de decir "actriz porno"-… bueno, eso.

-No sé que hacer. ¿Y si le pido ayuda a las chicas o a Lincoln? -barajea Lana, sin ánimo en su voz.

-Ven aquí -ofrece Lucy, un poco reacia al contacto físico, al tiempo que Lana se recuesta sobre la mesa en que trabajan-. Hablé con Lori y Leni de eso, no sé porqué. De todos modos, las dos tienen ya suficientes problemas con sus familias para ver por alguien más por un tiempo.

-¿Y qué te dijeron?

-Lori está viendo la posibilidad de mudarse a Meridian para abrir un buffet jurídico ahí, y Leni no piensa dejar Detroit si no es por negocios -expone Lucy, limpiando una daga que de oxidada da un aspecto siniestro antes de seguir-. Todo cuanto podrían hacer es darte apoyo moral. Una terapia para controlar el estrés post traumático que Lola pueda tener, por mucho.

-¿Y eso de qué me sirve? -pregunta retadora Lana, sumergiendo en ácido una daga por error.

-Es todo cuanto me dijeron que podrían hacer -responde Lucy, viendo cómo la sustancia deshace el cuero de la empuñadura de un viejo bowie con la inscripción Sin piedad al sur en la cazoleta de bronce-. En lo que a mi concierne, que Lola se haya ido no fue culpa de nadie realmente.

-Ella sólo quería un auto, tener fama, esas cosas -rememora Lana, tratando de sacar aquél cuchillo-. ¿Tienes idea de lo celosa que se puso cuando le di a Lincoln su auto reparado?

-No en realidad -responde Lucy, un poco distante por recordarlo-. No le di importancia entonces, y es algo que lamento en serio.

Lucy pudo hacerse una idea clara del daño que ella y Lana hicieron. Lana al aplastar sin querer el auto de su hermano, y ella misma al no darle mucha importancia a lo que Lola podría tener en mente al ver que Lincoln recibía su auto en mejor estado que el original aquella tarde de agosto que los vino a visitar.

-Creo que dejaremos esto por hoy -dice resuelta Lucy-. De todos modos no es como si pudieran permanecer poco tiempo en la vitrina.

Agotada, Lana tiene en mente descansar un poco de sí. Con lo que su hermana mayor más joven le acaba de decir, cree necesitar despejarse todavía un poco más.

-Necesito salir a tomar aire -declara, siendo ese su pretexto.

-Solo no tardes demasiado -observa Lucy-. Iremos a cenar con papá al rato.

Lo que Lucy ignora es que Lana tiene antojo de algo que no haya pasado por una cocina. Más bien, si la conociera mejor que ella misma, de querer humectar el cuello desde adentro.

~o~

La idea de que pudiera trabajar indirectamente para Zach la pone en un estado de alerta moderado. Desconoce demasiado de edición de audio y video avanzados como para plantearse aceptar un empleo tan arriesgado, por no decir que está en su zona de tabú por razones más que conocidas.

Tendida sobre la cama, lleva tres días enteros meditando sobre la posibilidad de dar su salto al cine pornográfico sin estar en foco. Las posibilidades de ganar bien en ese medio sin meterse algo a la vagina, sea que esté vivo o sea un mero objeto la tienen en ascuas, pues los sonidistas y editores no son tan bien considerados.

Por suma, tendría que dejar un empleo que odia pero que al menos es estable. El único punto bueno y aún le es incómodo sopesar esa opción.

Durmiendo un poco, cree, podrá tener las ideas un poco más que claras.

~x~

Con la caja entre manos, está determinada a finiquitar lo que le parecía una buena racha con las chicas. No era para menos, pues en menos de dos años se metió dos veces con aquella estirada que el propio Loud tenía por novia y le rompió el corazón a Andrew.

No lo hacía por aquél idiota. Al fin y al cabo, después de años de acoso Jordan le dejó en claro que él no era de su interés, sino la persona a la que iban a ajusticiar.

-Dijiste hace quince minutos que ya estaríamos en su casa -decía Kat, impaciente y cansada bajo el sol.

-Solo fue un rodeo, Kat -responde Mollie-. ¿No decías que Mona quería venganza por lo que Lincoln le hizo?

-No necesitas decírmelo.

Y era verdad. Aquella venta en que las hermanas menores de Lincoln terminaron por arruinar a Mona más rápido de lo que Kat hubiera preferido para quitarle a este de encima fue la gota que colmó el vaso. Loud, a fe suya, debía pagar con algo tan cruel como aprovechar que hace unos días dio por terminada su segunda relación amorosa con Stella.

No se atreve ni a discutirlo. Cuando Mona se enteró que Lincoln al fin perdía su virginidad con aquella estirada e insípida filipina, estuvo a nada de colgarse como aquella chica en esa novela que leyó tras arruinarlo en grande en una fiesta que degeneró en un incidente racial. Aún después de romper, la repostera se mostraba dolida por el trauma de haber fallado como novia primeriza, y eso la orilló a tomar terapia.

Por ello, esa venganza sería especial.

Abriendo la caja, una cachorra de San Bernardo asomaba su cabeza. La perra ya había hecho sus necesidades en el interior por segunda vez, haciendo de la peste algo insoportable. No solo eso, sino que Mollie se apartó un poco por el hedor que de ahí venía.

-¡Cierra eso! -espeta Mollie, asqueada- ¡No soporto su peste!

-Comprar a la perra fue tu idea -contradijo Kat.

-No. Tú quieres que rompa todo límite con lo que él y yo teníamos definido -dice Mollie, algo acobardada-. ¿Tienes idea de lo que me tomó encontrar en internet una perra que solo entienda órdenes en italiano? ¡Mucho!

-Como si no pudieras reponerte de eso.

-Como si no tuvieras que buscarte un empleo apenas te mudes a Redondo.

-Hablo en serio, Mollie. Loud se merece que la vida lo ponga en su lugar de una forma u otra.

-También yo, y mis papás quieren que me vaya en dos semanas porque se van de crucero a Grecia -explica Mollie-, así que me voy a San Diego o me voy a San Diego.

Con un argumento así es difícil debatir. Los padres de Mollie, si bien son acaudalados y de rancio abolengo en la iglesia, amén de que son un par de ingenuos que creen que su hija sigue siendo virgen cuando Liam la desfloró en una fiesta el año pasado, son algo severos en cuanto a dinero se refiere. Sólo lo indispensable para la escuela y gastos personales. Por mucho, alguna frivolidad y nada más. Para los Nordberg, una mascota entra como una frivolidad que no se pueden permitir.

-¿Tienes todo listo? -pregunta Kat, a nada de abortar por el fétido olor que la caja emana.

-Solo terminemos con esto, ¿si? -responde Mollie, poco segura de querer hacer esto.

El 1216 de la avenida Franklin, su destino, no parece apenas mejor cuidado. Todo ser vivo que los recibe es un gato negro muy viejo, cuyos días de gloria hacía tiempo que se fueron lejos y ahora gusta de echarse al sol. Con aquél vetusto neumático hecho columpio colgando todavía, es evidente que podría colapsar en cualquier momento.

Golpearon la puerta. La única ocasión que Mollie trabajó con él por un proyecto del club de confitería esta tocó el timbre y terminó por ser electrocutada. La persona que abrió era nada menos que el dueño de la casa. A toda prisa, pusieron la pestilente caja tras de sí.

-¿A quién buscan? -pregunta interesado Lynn Loud sr, cubierto por un delantal manchado con algunas salsas y jarabes.

-Disculpe, señor Loud -saluda Kat, melosa-, pero Mollie y yo venimos a ver a Lincoln.

-¡Lincoln! ¡Te buscan en la puerta! -llama el calvo sujeto, entrando de nuevo a su hogar.

No tuvieron que esperar mucho para encontrarse al chico. A sus diecisiete años, si bien su cuerpo delgado dejaba entrever que promete ya no desarrollarse más a causa de su estilo de vida, se mantiene en forma. Sosteniendo en manos un tazón con cereal y con un evidente golpe en la cara -producto de alguna pelea en la que apenas opuso resistencia a quien lo encerró en el casillero del pesado de Jordan Koch-, no parecía que le importase demasiado.

-¿Mollie? ¿Kat? -pregunta sorprendido Lincoln- ¿Qué las trae a mi casa?

-Solo venimos a saludar -dice engañosa Mollie, esbozando una gran sonrisa.

-Supimos que tenías una admiradora secreta, Loud -secunda Kat, de igual talante.

-¡Enhorabuena! -imita efusiva Mollie.

-¿Es por las cartas que me dejaban en el comedor aún antes de terminar con Stella? -vuelve a preguntar el peliblanco, comiendo una cucharada de cereal.

-Son de una chica que quiere invitarte al baile de graduación, Linc.

No esperaban que Lincoln sonriera de forma franca. Estando a nada de claudicar, Kat solo recordó a qué demonios vino, evitando así ceder a aquello con lo que Mona y la larguirucha cayeron en su momento.

-Solo queremos presentarte a tu cita para el baile de graduación -anuncia Kat, ya determinada a concretar la ofensa.

Sacando de su espalda la caja con la cachorra, Kat empujó la misma contra Lincoln. Adornada con burlescos corazoncitos amarillos y anaranjados, el chillido de la perra fue lastimero, mas no fue lo primero que se dio a notar.

La caja se desfondó, arrojando al suelo tanto a la apestosa cría de San Bernardo como sus desechos. Estos cayeron sobre Lincoln, quien, sorprendido por aquella acción, no supo ni reaccionar.

-¡Diviértete con tu perra, Lincoln! -grita Mollie, quien había echado a correr en cuanto Kat hizo la entrega.

-¡Disfruta de tu perra, imbécil! -secunda Kat, queriendo quitarse el aroma a excremento de perro de su ropa.

~x~

Disfrutó de eso. El día siguiente había rematado su obra pegando carteles (todos obra suya, con total desconocimiento de Mollie y Jordan) donde degradaba a Lincoln con la perra anunciando su candidatura como Rey y Reina de la promoción. Nadie, ni las hermanas mayores, le echaron la mano encima, pues un abogado por tío les amarró las manos y lo dejó muy en claro entonces. "Me llega su olor, los mandaré a la beneficencia".

Despertando, y con el dulce sabor a la venganza en sus labios, medita sobre la propuesta de Zach. El pelirrojo no es de sus personas favoritas en su vida, y el que la madre de este fuese botada hace unos años por una separación a causa de un "asunto alienígena" (Zach nunca ha gustado de hablar de eso desde que él cumplió catorce) no era el mejor de los planes que ella pudiese contar sobre él.

No tiene idea de la hora que es, y lo que desea es volver a dormir. Sabe que la siguiente sería su última jornada apestando a pan, dulce y mantequilla.

Sin conseguir retomar su sueño, decidió tomar su teléfono y llamarlo solo para asegurar.

-Estimado usuario -recibe la voz de la contestadora de la compañía de teléfonos-. Su saldo se ha agotado. Le sugerimos hacer una recarga de saldo o contratar un plan. Gracias.

Cansada, solo volvió a acostarse. Si no duerme, al menos procurará descansar y desear terminar con este día antes de que amanezca.

~o~

Sentada en la barra del Balde, Lana había gastado sus últimas noches allí desde su charla con Lucy. Esta no veía con buenos ojos que se metiera a un "tugurio que de lúgubre no tiene ni el nombre", pero la dejó estar. Reconoce, a sus veinticuatro, que Lana es mayor de edad y no hay nada que pueda hacer al respecto si no es de buena forma.

Los jueves, como es costumbre, el bar -o pub, como su dueña prefiere llamarlo- se abarrota para dar cabida a los fanáticos del soccer. El juego nocturno entre el Atlante mexicano (cuadro subcampeón de Liga) y el DC United, que se disputan la apertura de la temporada en el grupo B de la Liga de Campeones de la Concacaf, no prometía nada, mas Lana últimamente le ha encontrado un poco el gusto a aquél deporte que de simple casi lo tiene todo.

Es la primera vez que bebe para intentar sentirse mejor. La mayoría de las veces fue para no quedarse tan sola, pero ahora lo hace con cierto placer. Tentada a tomar pistaches del tazón frente a ella, lo único que se lo impide es que ya están pelados. Le gusta pelarlos, aunque para el estado en el que está duda demasiado de hacerlo.

-Adelante, no pasaron por la boca de nadie -anima Sam tras la barra.

-¿Segura? -pregunta Lana.

-Simon no está hoy, y eso ya es decir mucho.

La antaño rockera, desde antes de su divorcio, ya tenía planes para establecerse. Si bien la música le apasionaba, el interés por la fama disminuyó, y más cuando se hizo extirpar los ovarios, meses antes de confesarle a Luna lo que hizo. Ella tuvo sus motivos, mismos que no le dan ganas de contar ni a su hermano, todo cuanto le queda de su familia ya de por sí escasa.

-Dijo que saldría con una tal Cici -continúa la tabernera, más por tener ganss de hablar con alguien que por otra cosa-, por eso me pidió la noche.

-¿Qué harías si tuvieras que buscar a alguien? -cuestiona la universitaria.

-¿Por qué lo dices?

-Es por… Lola -responde Lana, hipando por primera vez en la noche-. Ella, pues… ya sabemos…

-¿Ya la encontraron?

-¡No! No es eso -niega rotunda la joven-. Sabemos qué hace… pero no dónde está Lola.

-Vamos, ¡no puede ser tan malo! -intenta animar Sam.

-Es una especie de prostituta.

La risa que generó no le gusta nada, mas es algo con lo que a ultimas fechas a tenido que aprender a lidiar de mala gana.

-¡Debes…! -dice convulsa Sam, riendo- ¡Debes de estar bromeando! ¡Ay! ¡Ay, mis costillas…!

-¡Es verdad! -insiste Lana.

-Sabía que Lola era… bueno, muy divertida, pero eso… ¡eso es gracioso!

-Te lo advierto -gruñe Lana, sin dar lugar a réplicas.

En su vida, nadie se dirigió así a la tabernera en toda su vida. Lo más que había obtenido en ese sentido eran las convincentes lecciones de su padre hace años, antes de salir del clóset y provocar de manera involuntaria el abandono de este.

Un tanto ofendida, Sam le acercó un tarro de cerveza rojiza y la dejó, aún riendo por lo descabellado que suena eso.

No es que Lola le agradase en su momento. Para cuando la entonces porrista se fue de casa, sus propios problemas por entonces se estaban gestando. La relación entre ambas no era precisamente la mejor, recibiendo sobre todo mordaces comentarios de su vestimenta que no devolvió por educación. Sabía de su fama como la plástica alfa del grupo de animación de la preparatoria, así como de sus constantes cambios de novio.

Por ello, le sorprendió saber en ese instante que la diva terminó como una actriz porno. Su expectativa de Lola se resumía en que se volvería una pretenciosa hipócrita que lo mismo promociona cosméticos de dudosa calidad en revistas que realiza activismo contra las pruebas en animales, lo cual no decía nada halagador en realidad.

La noche avanzó, mas la necesidad de Lana de ahogarse un poco se estancó en el tarro que Sam le dio. No le gustan mucho los sabores afrutados, y con su bebida a la mitad, a temperatura ambiente y con el tercer tazón de pistaches en la barra, se quedó pensando en ello.

Más por una simple distracción, empezó a escuchar algunas conversaciones ajenas.

-… la cita. ¡Josh es tan infantil con su estúpida moto! -oye la queja de una mujer ya mayor.

-¡De veras! -suena la voz de un chico, al parecer estudiante como ella- ¿Quieres que repita con esa anciana de Bernardo en Drama? ¡Ni soñarlo con esa narcisista de mierda!

-Como si esa perra no hiciera otra cosa mas que sus monólogos fuera de la escuela -responde alguien mayor.

-¿Viste el último video de esa perra? -dice tras ella un hombre apenas mayor.

-¿Bromeas? -responde un segundo individuo, que se oye más interesado en la charla- Sabía que el idiota de Loud tiene una hermana zorra, pero, viejo, ¡dos son una delicia!

Volteando, repara en que son nada menos que George, aquél amigo de Luna con el que ella solía darle beneficios sexuales, y Andrew, un viejo conocido de Lincoln de cabello cobrizo y con quien Jordan tiene una pésima relación. Junto a ellos, sentado con un vaso vacío, está Grant, el dueño de la pizzería de la calle Oak.

-¿Es en serio? -pregunta Grant, no muy convencido.

-¡Totalmente, viejo! -responde Andrew, emocionado-. Sabía lo de Luna, pero ¿esa reinita de belleza? ¡Esa mujer luce fenomenal!

-Pero no negarás que Luna es muy buena -dice jactancioso George.

-George, su padre fue mi jefe -interviene Grant, para nada convencido-. Si me metía con alguna de sus hijas, habría sido la última chica que tuviera en la vida.

-¡No seas tan marica, granitos! -insulta George- Andy, dile lo que fue estar con Luna la semana pasada.

-Viejo, fue como si lo hiciera con Alisa Barela -responde Andrew, animado-. Solo se la pasaba parloteando de su carrera. Le dije unas cuantas promesas, le di un par de cervezas, le saqué el pene y fue la mejor mamada que me habían dado desde que lo hice con Mona.

-Imagino que todas las Loud están muy estrechas -imagina George.

-¿Y cómo es que supieron lo de Lola? -inquiere Grant- Volví cuando ella todavía estaba en casa y no me dijeron nada.

Sacando el teléfono, Andrew le enseña a Grant el videochat que capturó hace apenas unos meses. Lana no quería ver ni oír nada, pero reconoce su voz. Casi los mismos matices que la dulcifican o la endurecen. Cada palabra, tono e incluso cada jadeo, todo sonaría a ella de no ser porque era Lola.

-Ni Luan me dejó ir más allá -dice Grant, algo asqueado de ver el video.

-¿No que el santurrón del señor Loud te asesinaría si tocabas a sus pollitas? -dice retador el rockero.

-¡No salí con ella! -espeta Grant- ¡Salí, pero como amigo cuando su marido la dejó un tiempo!

-Si así de puta es esa reinita de belleza, ¿la mugrosa lo será también? -pregunta Andrew.

-Viejo, hablas de gemelas -responde George-. Seguro una es tan zorra como la otra.

Rabiando como perro enfermo, Lana estuvo a punto de irse encima de los tres, de no ser porque Sam se acercó a su mesa.

-Oigan, hagan un poco de silencio, ¿quieren? -pide Sam, molesta- Esto es un pub decente y no quiero saber de sus miserias.

-Si, si, lo que digas, Sammie -responde George, burlón, dándole a la rubia una nalgada que resuena en el lugar.

-George Sullivan Bennett, el mismo patán desde que te expulsaron por el incendio del gimnasio de la preparatoria estando a nada de graduarse -recrimina Sam, molesta por la nalgada-. ¿Por qué no te ahorras la molestia y te largas con Ruth a comerte sus insultos?

-¿Mazzy? -bufa el castaño con desdén- Es una aguafiestas.

-Y te preguntas por qué solo Luna te aguanta, idiota.

-Te manda sus saludos.

Lamiendo su mano, George no se tienta de hacerlo con cierta lascivia.

Eso enfureció a Lana. Esta se abalanzó sobre George, quien no esperaba semejante acometida. A golpes, tanto Andrew como Grant hicieron un esfuerzo por escapar. El rubio lo logró, pero el pelirrojo no corrió con la misma suerte. Fuera del pleito, Sam pasó de ofendida a simple espectadora y luego como mediadora.

-¡Aquí no vienen a pelear, montón de imbéciles! -grita Sam con voz gutural- ¡Salgan o no vuelvan!

-¡Sáquenme de aquí! -chilla George, suplicante.

-¡Con los Loud no te metas, hijo de puta! -maldice Lana, arrojándose sobre Andrew para no dejarlo escapar.

De algún modo, Lana sometió con un medio cangrejo a George, al tiempo que aplica una llave china a Andrew antes de proceder a romperle la nariz contra la duela. Acto seguido lo deja para completar la llave de lucha sobre el rockero, quien se duele de la presión ejercida.

No paró hasta que se escuchó un disparo hacia el techo.

-¡Muy bien, todos! -ordena Sam, escopeta humeante en mano- ¡En fila y firmes para una foto cada quien, sin excusas!

-Pero… -empezó a alegar George.

-¡Ahora! -ratifica Sam, descargando de nuevo su arma.

Uno a uno, los implicados que pudieron ponerse en pie obedecieron. Andrew tuvo que ser fotografiado con una vieja cámara digital sobre el suelo, mientras que Lana y George se dejaron retratar contra una pared. Diez minutos después, las imágenes de la tercia lucen tras la registradora con la leyenda, en la cabecera, Vetados de por vida.

~o~

La lluvia había causado serios estragos en el ánimo de los Loud. Con la precipitación, a Ronnie Anne se le dificultó arreglar el patio, tarea que se suponía a cargo de Lana. Eso se encimó con armar una cuna en la que fuera la habitación de las visitas, la cena y lavar los platos, cosa que era el asunto de Jordan hasta que se fuera.

Le resulta curioso cómo ha dependido un tiempo de la artista en estos días. Hasta su mudanza a Chicago no eran precisamente cercanas. Más bien tenían sus fricciones, mismas que terminaron con ambas en la oficina de Huggins por un pleito en la cafetería. En estos días, en cambio, ella y sus cuñadas (con excepción de Lisa, quien se desentendió por dejar de lado su trabajo para atender la casa de mala gana) y Luna (el que Lucy se haya quedado con ellos le ganó su antipatía) se volvieron muy cercanas.

A pesar de su embarazo, no ha tenido más cambios fuera de los ajustes hormonales propios del primer trimestre y un leve aumento de peso. Empero, el blanco de estos casi siempre es el mismo.

-¿Qué cuentas, Frijol? -saluda Jordan, más en tono de broma que con afán de ofender.

-¿Dónde demonios estabas? -pregunta molesta a la recién llegada.

-Hice un par de entregas en Daisy Hill -se excusa la rubia, dejando su paraguas en el balde de la entrada-. ¿Tienes idea de lo difícil que es transitar por una vía rural?

-Eso no me interesa, Jordan -corta la chicana-, ¡tenías un par de tareas hoy!

-Limpié la canaleta antes de irme y cubrí a Lana con los "pastelitos" de Jordan, gracias por notarlo.

La San Bernardo, apoltronada frente al televisor, apenas levanta la cabeza y se limita a volver a su sueño, insatisfecha con el paseo de la mañana. Ronnie Anne, en cambio, sólo gruñe molesta y se dirigió a la cocina.

-¿Quieres que te ayude con la cena? -ofrece.

-Solo pásame la cacerola de allá -pide Ronnie Anne, señalando una de las gavetas- y pela las zanahorias en lo que bato los huevos.

-¿Quieres el rallador?

-Mejor un cuchillo y una tabla de picar.

El resto de la tarde lo pasaron, si no en la cocina, con ejercicios de respiración. Apenas empezará la latina con el psicoprofiláctico, y la constante con la que ha tenido problemas ha sido la posibilidad de una cesárea.

Para cuando llegó Lincoln, cerca de las nueve, este solo se dejó caer sobre el sofá, extenuado. Jordan, solo para dar espacio (mas no privacidad), se retiró al comedor y fingió ocuparse de la cena.

-Odio a ese malnacido -dice quejumbroso.

-¿Otra vez te dejó salir hasta tarde? -cuestiona Ronnie Anne, nada sorprendida ante la afirmación.

-Me culpa de haber tenido quince minutos de impuntualidad en una cita con la concejal Muldoon y ahora tendré que salir el domingo para Seattle hasta el miércoles de la próxima semana -responde Lincoln, frustrado.

-Eso es peor que una hamburguesa en el calzoncillo.

-¿Ves? ¡A eso me refiero! -exclama el peliblanco, quitándose el saco- Tú y ese mastodonte de Hull en la secundaria y preparatoria son unos novatos a su lado. ¿O crees que ser encerrado en el casillero de Artie junto al club de música es algo gracioso?

-Pobre perdedor con el que me casé -dice en broma la latina, aunque a estas alturas admite que aquél acosador no era más cretino porque no era Carl cuando entró a la preparatoria.

-¿Perdedor?

-Sabes que es broma.

-Lo último que quiero es que me… insulten al llegar -bosteza Lincoln.

-¿Necesitas algo? -pregunta Ronnie Anne, comprensiva.

-Solo quiero que esto termine. Que ese cabrón se… se joda por crímenes de odio o por cualquier estupidez, ¡que voy a saber! ¡Rayos! Hasta quisiera que lo atropellen o que alguien lo envenene, ¡lo que sea con tal de dejarme en paz!

Decidida a darles un poco más de espacio, Jordan no sabe bien qué demonios hacer, por lo que se puso en el lugar de Lincoln.

Una de las razones por las que decidió estudiar Artes fue precisamente para intentar sentirse libre de las presiones en casa. Visitar la escuela de Medicina en Yale le hizo ver las brutales presiones a las que un doctor o un enfermero están expuestos, sin apenas tener un tiempo para sí hasta haber hecho una carrera decente como interno. No queriendo terminar colapsada, eligió lo que le parecía más que sencillo.

¿En qué le benefició? Ciertamente tiene casa propia, merced más a ahorros personales y al trabajo que tomó un tiempo en Boston que a la cartera de su madre, un trabajo medianamente estable y total libertad de hacer lo que le venga en gana, aunque de eso último no ha habido mucho en realidad.

Miró por el quicio de la entrada de la cocina. Si bien sus anfitriones no son precisamente el matrimonio ideal, al menos no se andan con rodeos. Sin ser cursis, se dispensan afecto más como amigos con beneficios, y si bien han tenido sus diferencias, en perspectiva no han sido tan pronunciadas como las ha visto en otras parejas, como Artie y Lucy el año pasado, quienes ni bien tuvieron su tercera cita lo dieron por terminado. No culpaba a estos tanto como a la claustrofobia de su amigo, pero el fetiche de tener sexo en un ataúd sencillamente es una de las ideas que más le aterra.

La cena, que pasó en un absoluto mutismo y cerró con un desganado "buenas noches" por parte de la pareja cuando se fueron a dormir, no tuvo nada de sorprendente. Mucho menos de interesante, pero una vez que se fueron a la cama, Jordan hizo algo que no pensó hacer en mucho tiempo.

Dado que en los últimos días tenían que lavar en la mañana lo que usaban el día anterior, la cesta de la ropa sucia en el baño a menudo luce a desbordar. Lo mismo la ropa deportiva de Ronnie Anne y -hasta apenas anoche- la lencería de Lucy que sus propias prendas y los a veces malolientes pantalones y camisetas de Lana terminan allí. Más que una casa separada, parecía una versión ligera de su pretérita vida familiar, lo que le incomoda un poco.

No le fue difícil hacerse de un pantalón corto de Lincoln. Las camisas y camisetas olían tanto a papeles viejos y a ambientador con aroma de sandía con lima, mientras que su ropa interior no es algo por lo que sienta demasiada predilección y caída en el cliché.

Aspirando un poco y pegando la prenda a la cara, Jordan se siente bien. Tan bien que fue directo a la sala y se sentó en uno de los brazos del sofá, viendo a la pared.

"Es suyo -piensa al llevar una mano a su entrepierna-. Es su olor… ¡Es delicioso!"

Al tiempo que acaricia su clítoris y mete dos dedos a su vagina, se imagina primero frotándose sobre la pelvis de Lincoln. No tarda en inclinarse un poco y aumentar el ritmo de su vaivén, besando poco a poco la pared como si del propio peliblanco se tratase.

Se siente acalorada. Quitándose la blusa, deja ver sus pequeños senos y continúa con su solitario ritual. Sudorosa, extiende lo mejor que puede la prenda sucia del dueño de la casa y lame primero la ingle, siguiendo con el trasero y volviendo a respirar ese aroma quenla vuelve loca.

La luz de la sala, cegando sus ojos, corta toda su inspiración y la obliga a contener el aliento. En el desnivel, Lincoln está parado con el ceño fruncido.

-¿Qué se supone que haces? -pregunta el peliblanco, molesto por no haber podido conciliar el sueño.

-Ah… yo solo… -dice nerviosa ella-… ¿limpiaba la pared?

-Jordan, es poco sano que hagas eso -reprocha Lincoln-. Pareces una loca de anime, ¿cuál era la palabra? -titubea un poco antes de reconsiderar- ¿Sabes? No… no importa eso. Solo vete a dormir.

-Si, mamá -repone sarcástica Jordan.

Deteniendo su avance a la futura habitación del bebé, Jordan se puso a la altura de su anfitrión.

-¿Sabes? -dice esta, un tanto sensual- Para ser una persona que ha pasado toda su vida con mujeres eres alguien bastante ciego.

-¿Ciego? -pregunta Lincoln, intrigado por ello.

-Te lo dejo de tarea, Linc -afirma Jordan, besando una mejilla y (cosa que a él incomodó) apretando uno de sus glúteos.

Molesto por eso, la sigue hasta la escalera.

Al mismo tiempo, Ronnie Anne se había quedado escuchando desde lo alto. Expectante por la acción de la rubia, se quedó sin palabras. Eso a Jordan le convino, pues ni bien alcanzó a la latina le plantó un beso francés sin más oposición que el pasmo por diez segundos que le parecieron algo intempestivo y abrumador para sus sentidos.

-Buenas noches -se despide Jordan, sonriendo coqueta.

No lo podían creer. Lincoln sabía que Jordan es bisexual desde su adolescencia, pero de buenas a primeras atacar de forma contundente y dejarlos sin la más clara idea de lo que ocurrió bien a bien.

-Lincoln -dice Ronnie Anne, recuperando el tono e incluso sonrojándose de forma notoria-, cama. Ya.

-Como digas -responde este, una vez que llegó al segundo piso.

-Creo que no me entiendes -continúa esta, quitándose el camisón morado de encima y tomándolo por el brazo.

Perdiendo el sueño, Lincoln se pregunta qué sería de su vida en ese preciso instante se hubiera quedado con Stella o con alguna otra chica.

En cosa de minutos, y sin importar los reclamos de los vecinos -Lily incluida-, Jordan solo intentó dormir aunque, a fe suya, el insomnio que la toma por asalto se traduce de la mejor forma posible que pudo provocar, en un concierto de gritos, insultos y gemidos que proceden de la recámara, mismos que apenas dejaban escuchar el teléfono.

~o~

La parte superior del establecimiento, tal cual, en su momento fue la residencia de Luna antes de irse a Atlanta. Una sola habitación con una litera alta -cuyo espacio inferior, antes ocupado por una cama baja, es el espacio para el televisor-, una mesa, un librero y los instrumentos con los que suele amenizar los fines de semana son todo el espacio que Sam necesita en cincuenta metros cuadrados.

Ya había pasado de medianoche. Con el local vacío, y habiendo esperado a que alguien viniera por ella, se dedicó la primera parte de la velada a escuchar los reproches de Sam y, calmadas las aguas, a conversar un poco.

Todo cuanto sacó Lana de la situación que llevó a Luna y a Sam a su separación, una vez que los reproches dieron paso a la calma, fue el miedo que esta última tenía a padecer de quistes ováricos, y no cáncer como pensó en un inicio. Temerosa de una infección como la que se cobró con la vida de su madre hace años, prefirió cortar el mal de raíz y hacerse el procedimiento sin decir nada un tiempo al final de una pequeña gira por Nebraska.

Dado que la última comida que hizo había sido el desayuno -apenas y tocó el desastre de huevos pochados que preparó Lisa), la bebida se le había subido rápido, mitigada apenas por los pistaches. Por ello, Sam apenas y se tomó la molestia de servirle un sándwich de mortadela (solo tocó el pan con mostaza) y un vaso de yogurt con fresas picadas del que no recibió queja alguna.

Escuchando pasos desde el tiro de la escalera, se preparó lo mejor que pudo para el peor escenario posible.

Por la puerta de la pieza vio entrar a su padre. Este, con una bata encima de una camiseta blanca y un pantalón verde lima, no parecía tan molesto como esperaba.

-¿Estás segura de que no hizo nada más? -interroga Lynn sr, quien suena bastante preocupado.

-Solo se fue directo a los golpes -detalla Sam-. Ni siquiera supe qué demonios pasó para que se pusiera violenta.

-Muchas gracias por cuidar de ella, Samantha -agradece el calvo-. Ya me hago cargo a partir de ahora. Lana, andando -ordena-. Nos vamos.

A este punto, somnolienta, Lana no tuvo de otra.

La vieja van de Kotaro no se parecía nada a Vanzilla. Los asientos de piel y el aire acondicionado, si bien siguen en buen estado, a Lana le parecen demasiado ostentosos, ya que últimamente había estado primando función sobre comodidad al trabajar con el viejo pedazo de chatarra que es el vetusto auto de la familia.

Molesto, y viendo desde el espejo retrovisor al fondo del transporte, Lynn sr. no luce nada contento con Lana.

-No me gusta que tu y las niñas se metan en ese tipo de lugares -acusa Lynn, deteniéndose en la calle del antiguo consultorio de Feinstein-. No quiero escucharte decir nada -corta en cuanto Lana iba a decir algo-. Ya tengo demasiados problemas como para que tú o tus hermanos acaben de fastidiarme el sueño.

Lynn no mentía. A su edad, y con la carga emocional y económica que representa un divorcio, los problemas de sus hijos, en especial las cuatro menores que le quedan, son lo último que quiere. Tanto menos, si es posible decirlo, que sacar a una de ellas, sea quien sea, de la estación de policía o de una taberna o un bar. Bien Lily podría escribir un libro de ello, de no haber sido perezosa en Literatura y reprobar por no haber presentado la materia.

-Tuviste suerte de que te sacara de allí -continúa Lynn-. ¿Te imaginas que hubiera sido Lisa, Lucy o Lincoln?

Cabizbaja, Lana se negó a responder.

-Te lo digo en serio. ¿Quieres que alguien termine por ir a reconocerte a una morgue o a una sala de la policía por eso?

-Papá, si me dejas

-¡Silencio! -ordena Lynn, sin miramientos por primera vez en mucho tiempo desde que Lisa derribó un dron de entregas con cuatro libras de carne Wagyu que pretendía cocinar en su penúltimo aniversario de bodas- Espero que sea la última vez que tenga que hacer esto con cualquiera de ustedes.

-Sí -responde Lana, abatida.

-¿Sí, qué?

-Sí, señor.

Por lo menos, hasta llegar a la vieja casa, el resto del trayecto fue demasiado silencioso después de haber sido recogida del Balde. Todo cuanto Lana quería, ahora, era dormir y aceptar lo que sea que Lincoln o Lucy le den por sermón.

-Aún no termino contigo -dice Lynn, con el semblante serio todavía-. ¿No tienes nada qué explicar?

-¿Y tú no tienes nada por qué disculparte con mamá? -reta Lana.

Furioso, el padre de familia solo pisó el acelerador a fondo, sin mediar explicaciones de por medio.

Olvidó que a su padre no le gusta tocar ese tema. Algo que nunca pensó que pasaría, pero que ahora es una realidad aplastante como el hecho de que su madre quiera marcar distancias o que él pasara parte de su tiempo con la viuda Yates.

En la sala, Lucy ya la esperaba. Vestida con una bata de seda con encaje, y dejando muy poco a la imaginación pese a ser una prenda holgada, la anticuaria bajó el volumen de una guía de relojería que estaba leyendo.

-¿No te cansa dar problemas en estos días? -pregunta Lucy, dirigiendo a la entrada sus ojos grises.

-Esos idiotas estaban hablando mal de Lola y de Luna -justifica Lana.

-No quería saber en qué estabas metida cuando te sacaron de allí, y no quiero los detalles -sentencia Lucy-. Solo quiero saber si valió la pena que te vetaran de por vida y si te sientes mejor por haber sacado tu rabia.

-¿Rabia, dices?

-Sí. Rabia.

-No tengo nada qué decir.

-Entonces ven aquí y mírame a la cara -pide la antes gótica.

-¿Por qué debo ir yo? -cuestiona Lana.

-Ahora.

Con el tono, que nunca dejaba lugar a insurrecciones duraderas, Lana se limita a obedecer y se pone de frente a su hermana. Lucy, con ojo crítico, toma a esta por el cuello y aprieta sin ahorcar, alzando el mentón de ella y escrutando sus facciones.

-Te dejaste llevar por algo que no tenía importancia…

-¿Qué no tiene importancia? -estalla Lana, rompiendo el contacto- ¡¿Cómo no va a tener importancia que insulten a tus hermanas?! ¿Te crees Lisa para decir esa estupidez?

-Déjame terminar -pide Lucy, ligeramente ofendida-. Te dejaste llevar por algo que no tenía importancia aparente para un montón de cretinos que piensan con la cabeza que les cuelga en la ropa interior. Es natural que hayas querido sacarle las vísceras a esos idiotas antes de cocinarlas a fuego muy lento -remarca con énfasis-, pero no es algo útil si quieres cubrir una reputación ya dañada. ¿O recuerdas esos videos vergonzosos que subió Lincoln de niño?

-¿Cómo olvidarlo? -responde Lana, aunque por entonces veía con buenos ojos hurgar en la basura por algún bocadillo en buen estado.

-Escucha. Tal vez el cansancio te está afectando más que la bebida, así que mejor ven a dormir.

-¿No tenías trabajo pendiente? -pregunta la rubia.

-Gracias a ti adelanté como una semana de reparaciones, así que puedo tomarme el día de mañana como mejor me plazca.

-Vas a descansar, supongo.

-De hecho tenía planes para ir con Ronalda a visitar un par de tiendas en el centro comercial -declara Lucy-. Dijo que quería ver ropa mañana temprano.

-Ajá, claro…

-Solo espero que no te incomode dormir con alguien que lo hace desnuda.

-¡LUCY!

-No tengo nada que no tengas, excepto el cuerpo de atleta y un olor que me recuerda un poco a mi viejo ataúd -añade con una sonrisa que le hiela la sangre a cualquiera.

Frente a esa perspectiva, Lana se siente un tanto incómoda. Las pocas veces que entraba a buscar a su hermana para cenar, Lucy dejaba la puerta entreabierta, cosa que más de un mirón habría agradecido de no ser por las respuestas brutales a quienes lograban verla en paños menores por la ventana.

Una risa, poco usual en Lucy, la sacó de dudas. Por lo visto, solo bromeaba, aunque no con la parte de dormir desnuda.

~o~

La primera vez que se encontró con Belle, Kat se mostró recelosa. Aquella tarde, a sus catorce años, el padre de esta se ausentó una hora más de lo usual y Junior había ido a casa de un chico muy parecido a Liam junto a su hermano menor, razón por la que Belle, en su último año de preparatoria, se ofrecía a cubrirlo.

Ahora, teniendo de frente a aquella mujer de piel morena que no dejaba de hablar de las ventajas de trabajar para ella, sentadas ambas con una jarra de agua con hielo sobre la mesa y una carpeta verde sobre esta, la discusión llegó a un punto muerto.

Con atención, y simulando no apartar la mirada, se centró en una foto tras Belle. La misma era una toma de la propia mujer y Lola, con trajes de baño lo bastante reveladores como para asumir que estaban en casa. Ambas parecían lo bastante divertidas como para olvidarse que estaban trabajando, mas el hecho de hacerlo en medio de lo que -dedujo con rapidez- una película para adultos le daba una cierta inquietud.

Nerviosa, recordó la paliza que le significó perder varias amistades.

Joy, Mollie, Mona, la gente en Royal Woods que pudiera enterarse… incluso los Yates, aún cuando últimamente no ha tenido contacto. Por simple precaución, además de un comentario de Zach antes de subir, decidió no preguntar por ellos.

-… y creo que eso sería todo lo que harías hasta que consiga un establecimiento -termina de explicar Belle-. ¿Todo bien?

-¿Qué? Ah, sí, sí, todo bien -responde Kat, distraída antes de desviar la mirada de la foto.

-¿No tengo que repetir nada?

"Sí -piensa Kat, sin haber entendido gran cosa en realidad-, que me repitas desde hace diez minutos".

-No, para nada -miente.

-Considera que tendrás una semana para tener todo en orden -indica Belle-. Obviamente no puedo suministrarte equipos como quisiera todavía, pero por lo pronto habrá que conformarnos con lo que tengamos a la mano, ¿está bien?

-Claro -responde Kat, poco convencida.

En la entrada, Zach solo estaba esperando. El pelirrojo, al parecer, no quiere perder muchos detalles de lo que pueda captar, más aún contando con que tenía media hora de haber llegado del departamento de control vehicular.

-¿Puedo preguntarte algo? -pide Kat, fingiendo desconocer a la chica con quien Belle compartía retrato y ya dejando de lado el disimulo.

-Depende. ¿Es algo personal? -tantea Belle.

-Más o menos -contesta Kat, dando paso a su pregunta-. ¿Quién es esa rubia?

-¡Ah, eso! -responde inocente Belle, creyéndose en confianza suficiente-. Es Lola Loud, una antigua vecina y una querida amiga. Imagino que trataste con algún Loud al menos…

-Lo siento -miente la oriental-. Yo no solía tratar con nadie de ese apellido. ¿ Cómo la conociste?

-Fue después de que Bumper nos arrastrara a mi y a mis hermanos a Royal Woods desde Cleveland -describe la morena-. Por entonces realizábamos toneladas de servicio comunitario y yo había recibido al fin una pasantía que resultó ser de lo peor. En fin… la encontré hace poco y me dijo que estaba trabajando con una actriz retirada.

"¿Loud? -piensa Kat, sorprendida y riendo para sí- ¿Tan mal le fue a ese perdedor?

-Cariño -pide Belle, muy melosa y dando la semblanza por terminada-, ¿podrías acompañar a Katie a la entrada, por favor?

Sin decir nada, Zach obedece, fiel como si de un perro entrenado se tratara.

No hubo mucho qué decir al respecto. Cuando el pelirrojo pasó por ella al terminar su jornada, apestaba a chocolate por un accidente sufrido a poco de terminar, cayendo sobre una bandeja con el dulce derretido.

-Y… -dice Kat, queriendo romper el hielo estando en el segundo piso-… ¿cómo es que terminaste aquí?

-Sabes que si uno quiere información de algo tiene que ir directo a la fuente -afirma Zach, seguro de sí-, por eso.

-¿Qué clase de información?

-Oh, nada en especial -responde el pelirrojo-. Cosas como que querían desaparecer el trasporte público o los avistamientos de Pie Grande en Hollywood, cosas así por el estilo, pero… luego de meses y meses de tener que estar primero en ventanilla y después en un cubículo tratando de matar el tiempo consiguiendo algunas diversiones para amigos y compañeros en la oficina, uno termina aburrido y buscando lo mismo para el jefe de departamento. O, en mi caso, para la estúpida diarrea humana que es su hijo.

-Eso debe ser menos de lo que merecías por quemarme las puntas en primaria -suspira Kat.

-No tiene nada que ver -contradice Zach, alcanzando ambos la entrada del edificio-. Es algo molesto, pero tiene sus ventajas.

-¿Cómo cuales?

-Nada importante -minimiza el pelirrojo-, ya sabes. Una cuenta en el banco en cinco ceros, un buen auto, algunas chicas…

-Pagadas -dice la pálida con cierto desdén.

-Algunas. La mayoría son agradables y, a veces, pasaba un rato con ellas. Conocí a Belle… y la parte de las chicas tuvo que irse. ¿Tienes para el taxi o…? -ofrece Zach- ¿quieres que te deje en casa?

-Solo quiero irme a dormir y dejar de apestar a pan fofo y barato.

-Algunas cosas de ese lugar no me parecen tan malas.

Habiendo dicho eso, Zach se había metido en territorio mortal. Viendo de frente a Kat, sonando galante y viendo el rostro que hace años veía como el de una de las más perfectas obras de la Creación, estuvo a nada de cometer un error de los grandes, de no ser por un claxon en la calle.

-Escucha, Zach, tengo que irme -dice Kat, impaciente antes de recordar algo-. Y siento mucho lo de Renee.

Un poco asustada por la posibilidad, esta dejó tras de sí a Zach perturbado, atontado y -cosa que desconoce- con una fuerte duda entre lo que pudo ser con Renee y lo que es en ese momento.

Horas después, estando frente a la pantalla de su laptop y bebiendo una taza de café solo al revisar un par de cosas, recordó que tenía a Lincoln todavía entre sus contactos, y lo mismo con Rusty, Stella… Liam ya no más, pues fue el primero a quien eliminó de su lista, seguido de Clyde. Si bien seguía compartiendo un amor por las antigüedades, lo cierto es que dejó de encontrar interesante su posesión y adquisición.

Había estado presente en la charla de Belle y Kat. Había mostrado desinterés, pero supo lo que había pescado en la tarde, demasiado problemático incluso para dar pasos con pies de plomo o dormir con toda tranquilidad.

Sweet Lolz es Lola Loud.

La idea le había rondado en la cabeza desde el funeral de Bumper Yates. De no ser porque recordó que Lincoln tiene hermanas gemelas y una de estas desapareció, tal idea habría sido tan descabellada que no le habría dado crédito.

Tentado, decidió ceder y preparar un mensaje.

Encontré a tu hermana.

Vive en Redondo Beach, a minutos del puerto

Se hace llamar

-¿Qué haces levantado tan tarde? -interrumpe Belle, desnuda salvo por una tanga rosa

-¿Qué? -pregunta Zach, sorprendido- ¡Ah, esto! Es que me hicieron traer algunos pendientes para el lunes entrante.

-¿Por qué no vienes a la cama -plantea Belle, seductora, lamiendo un poco el cuello del pelirrojo y metiendo la mano bajo el pantalón-, me esperas en la recámara mientras me lavo el cuerpo y vemos qué es lo que pasa?

Rendido sin siquiera presentar algún argumento coherente, Zach no dudó en regresarle el favor girando la cara y besarla lo mejor que puede. No le gusta dejar pendientes si la ocasión lo amerita, y ocasiones como esta para él lo valen.

Sin mediar palabra, Zach dejó su labor y fue a la recámara, quitando de forma atropellada su ropa y ostentando una notable erección bajo la trusa.

-Ahora ¿en qué andas, amor? -pregunta para sí misma Belle.

Sin reparos de ninguna clase, revisó las ventanas del navegador. En parte, no mentía, pues trabajó sobre un PDF, mismo que ya fue enviado. El resto, un catálogo de lencería, un sitio de construcción web, Facebook…

Tenía dos conversaciones abiertas. Una con una tal Jordan Rosato. A aquella chica la desconoce por completo, pero por el aspecto que tiene con esa trenza se atreve a pensar que es una mocosa de apenas diecisiete, tal vez dieciséis. La última vez que ella se conectó había sido hace tres días y ya no podía responder, asumiendo que uno o ambos se bloquearon. Aquello parecía más una conversación de cómics que, en definitiva, le parecían sosas como a Beau.

El mensaje de la otra, empero, la inquietó. Sabe que Lincoln había estado buscando a Lola, como el resto de su familia, y a estas alturas ya debían saberlo todos o no. Lo inquietante es que han sido pocas las veces que compartieran foco, mas no al mismo individuo. Ni siquiera cruzaron más contacto sexual que aquella noche que marcó su propio debut como bailarina exótica, reduciendo todo a sesiones de masturbación cada quien por su lado y al mismo tiempo?

Decidida a pasar otra noche más con Zach sin sobresaltos, borró el mensaje y procedió a borrar a la mayoría de sus contactos. Dejó por obvias razones a la madre de este, a pesar de tener que soportar en videollamada las sandeces que podría decir sobre el Área 51 y las señales de formas de vida en el espacio, y lo mismo a la tal Stella, a quien sólo conoció una vez y le cayó mal de entrada.

Hecho eso, una idea se hizo nicho en su mente.

"¿Debí contarle a Kat?"

~o~

El semblante en el rostro de Lisa mostraba desencanto. Por mucho que ella y Luna hubiesen trabajado con la IA Cromwell lo mejor que pudieron, al final ese proyecto terminó por ser depurado y desechado.

Tras ella, Lily y Lana. A raíz de la pelea en el Balde, las salidas de la segunda se limitaron a los paseos de Jordan en el parque Ketcham, a la vez que la menor de la familia Loud simplemente tiene puesto un collar de monitoreo conductual que la castaña le obliga a usar a causa de una nueva salida a casa de los McBride.

-¡Esto es injusto, Lis! -exclama Lily, hecha un manojo de quejas- ¿Por qué decidiste no llevarme a Los Angeles?

-Debo reconocer que tu rendimiento académico ha dejado demasiado qué desear a pesar de mis esfuerzos por asegurarte un mejor lugar en la UCLA, hermana menor -responde Lisa con un fuerte reproche-. No cumpliste con tu parte del trato, así que puedes olvidarte de que cumpla con mi parte.

-Eres una perra -insulta Lily.

-Típica Lily, recurriendo al insulto como un ciudadano que no levanta excremento de perro pese al llamado de las autoridades -devuelve Lisa con inusual ligereza.

-¿Por qué no haces mejor tu…?

-Hice lo mejor que pude, fallaste. Ergo, me veo obligada a dejarte por tu cuenta con los materiales que te proporcioné y convertiste en aviones de papel. Ahora, hazme un favor y sal de mi búnker.

-¡Sabes que voy a entrar de todos modos!

-Voy a cambiar la contraseña.

-No si dejas de usar los cumpleaños de todos como siempre.

Azotando la escotilla del búnker, Lily dejó a sus hermanas mayores encerradas.

-Eso nos dará un poco de tiempo -dice agradecida Lisa, sacando una cabeza que perteneciera al Señor Brazos de Titanio.

-¿Tiempo para qué? -pregunta Lana.

-Si te apetece hablar de situaciones que exceden por poco mis áreas de estudio para pasar el tiempo mientras desecho esto -responde Lisa, botando dicha pieza a una compactadora-, no me opondré a que permanezcas aquí mientras limpio este lugar.

Para Lana, el que Lisa empezara a salir con Liam se le antoja antinatural. No entiende cómo una mujer de ciencias que desdeña las emociones como meros procesos hormonales pudo enamorarse de un joven terrateniente que prefiere la sencillez del campo y las emociones que ofrece una pequeña ciudad del Medio Oeste, pero respeta eso tanto como puede.

En cambio, para Lisa eso se antoja una salida poco menos que cómoda. Hace apenas unos días recibió por correo una invitación por parte del Instituto Americano de Ingenieros Químicos para impartir clases en sus instalaciones, ubicadas en el campus de la UCLA. Hasta antes de finales de junio todo apuntaba a que el plan curricular sería una buena forma de compartir conocimientos, pero desde que empezó a salir con Liam esa posibilidad se está volviendo un tanto incompatible con sus relaciones afectivas cercanas.

De alguna forma u otra, Lily se había enterado de ello, acordando que, si esta presentaba notas sobresalientes, acompañaría a Lisa en su viaje y aprovecharía para vivir con ella, dejando que sus padres se dieran un tiempo para sí por primera vez en décadas.

Viendo en el refrigerador industrial una bandeja con sándwiches de crema de maní y jalea -sin orillas y cortados de forma tosca, en un pobre intento de mostrar independencia-, tomó uno que no se veía tan mal y cerró la puerta.

-¿Te importa si tomo un refrigerio? -pregunta Lisa.

-Adelante.

-Como has de saber gracias a la reciente discusión, Lily faltó de forma tácita y sin reparos a nuestro acuerdo legal verbal -comunica Lisa-. Eso, para su infortunio, la obligará a quedarse sola en este sitio.

-Dime algo que no sepa -dice Lana, remarcando la obviedad.

-Ello me obliga a pedir a alguien que me hiciera el favor de ser mi acompañante -continúa la castaña-, y dado que la situación de Lincoln es mucho más que ajustada de tiempo incluso para su relación marital, mis opciones se redujeron en pedirles a Luna o a Leni asistencia con el alojamiento que tenía previsto adquirir en Santa Monica.

-¿Luna o Leni?

-Debo reconocer, sin embargo, que a pesar del hecho de haber aumentado su capacidad neuronal, Leni sigue siendo un poco torpe cuando no está en su estudio o en una sala de juntas. En cuanto a Luna, es evidente que sería algo hipócrita de mi parte pedirle eso cuando yo misma la disuadí de estudiar en aquél estado.

-¿Y a qué viene todo eso?

-Déjame terminar -insiste la genio-. A pesar de mis ingresos y ahorros, no puedo permitirme el lujo de pagar una empleada doméstica. Para mucha gente, allá sería considerado una ofensa, dado el alto porcentaje de inmigrantes latinoamericanos que allá reside, legales e ilegales. No me malentiendas.

-Lo mismo le pasó a la mamá de Damian -rememora Lana, ya que su exnovio le comentó la ola de protestas contra el "esclavismo sistémico" de las empleadas domésticas. La pobre mujer, por entonces, estuvo a nada de ser despedida de la empresa de modas que había fundado la década pasada, agrió su relación con su hermana mayor y provocó su divorcio.

-El punto es que necesito quién se ocupe de los menesteres domésticos sin descuidar sus propios asuntos -concluye Lisa-. Ahí es donde entrarían tú o Lucy.

La mirada de extrañeza de Lana le dio a entender a Lisa que sería algo tardado de explicar. Por tanto, decidió ir a algo simple.

-Voy a resumirlo para que puedas realizar tu digestión sin problema alguno. Lucy tiene la ventaja de poder mudar de estado su tienda de antigüedades a un estado donde el ingreso es razonablemente más elevado que en Michigan. ¿Desventajas? Ella odiaría ir a un estado con climas cálidos y un litoral.

Interrumpe su exposición dando una mordida a un sándwich. Por la cara que puso Lisa, esta apenas y lo puede comer, ya que al parecer puso demasiada jalea y poco maní.

-En cuanto a ti -continúa Lisa-, el problema reside en que estás por empezar tu último año de instrucción regular, a menos que te decidas por obtener un doctorado y tu especialización. En cuyo caso, la única opción viable es que mueva contactos y te pida una transferencia por intercambio escolar.

-No quiero ser una Osezna -gruñe Lana, molesta ante la idea de cambiar de equipo deportivo escolar.

-Si bien los programas de intercambio son de índole académica, no necesariamente podrías enrolarte en las actividades extracurriculares que la institución a la que planeas acudir ofrece… aunque bien existe otra opción que ni en un millón de años recomendaría a nadie si su mente no está a punto de romperse en miles de pedazos de forma irreparable.

-¿Qué cosa?

Dudando, Lisa solo contuvo la respiración un momento antes de decir cuál sería su respuesta.

-Que tomes un año sabático. Eso, o que realices una pasantía en alguna instalación zoológica.

Pensativa, Lana sopesó la idea de tomarse un descanso de la rutina habitual. Bien podría descansar para reponerse de golpes recientes y enfocarse en la pasantía; puede estar tranquila, sin más intrusiones que los posibles experimentos de Lisa con sus fluidos.

En cuanto al sabático, le permitiría descansar un poco más. Perdería ritmo, y quizá no se permita eso en cuanto a entrenamientos, pero por otro lado la disciplina abrumadora del entrenador sencillamente pasará a ser inexistente. Nada mejor que despertar hasta tarde, hacer algunas cuantas tareas y estudiar un poco para no perder el hábito por un año entero.

-¿Me puedes dar un poco de tiempo para pensarlo? -pide Lana, imaginando cada escenario posible.

-Tienes hasta la tercera semana de agosto para razonarlo, si te place -concede Lisa-, pero una vez que venza el plazo revenderé el boleto que me quede disponible. Hasta entonces, que quede entre nosotras.

-Por mi está bien -acepta Lana.

El escupitajo sobre su mano, para la rubia, es lo más parecido al pacto de sangre. Ello lo mira Lisa con asco y cierta complacencia a partes iguales, aunque tendrá que dedicar tiempo y recursos a separar el material sin corromper. El tacto, de por sí un poco rudo, a la menor se le antoja poco menos que asqueroso.

Nerviosa, Lisa admite que no sabe en qué demonios se ha metido.

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Lamento mucho haber apresurado las cosas, pero cuando uno está enrachado, ni la pausa perdona a menos que tenga que corregir. Ello me obliga a retrasar el punto de vista de Lynn sr. sobre su... bueno... sobre el abrigo que tejía y le causó la separación.

Hasta aquí el segundo arco de este fic. El segundo Interludio, la verdad, no me decido si soltarlo en tres partes o en una sola con las usuales divisiones. ¿Ustedes qué dicen?

Respondiendo...

J0nas Nagera, muchas veces la palabra adiós puede tener distintos senderos a recorrer. Ok, te acepto que el Flor de Medianoche ya fue, pero el local persiste. Sí, puede constar que hay familiares tan desgraciados que ni al funeral de un pariente perdonan la descortesía de su ausencia. Sobre Linc... lo sabes incluso mejor que yo. Cuando el patrón es un reverendo hijo de fruta, lo es con ganas.

Posdata: siendo que Liam es -detrás de Clyde- quien más relación positiva ha tenido con alguna hermana (el cambio de clase, la falta sanitaria en la inauguración de La mesa de Lynn, los tratos y el aventón con Lori...), era evidente que Lincoln, y podría asegurarlo, tendrá que intentar golpear a alguien por tirarse a su hermana. Saludos hasta el Schnauzer que adorna el antiguo lecho marino... sí, San Luis Potosí, en parte, estaba bajo el mar.

eltioRob95, sabes que cuando me embuto en la escritura sale algo o muy al vapor o como comida de restaurante, y no hablo de los de cadena o los baratos. Descuida, que a estas alturas Lola debe mantener más que nunca los cuidados a tomar. Sería una pena que algo le pasara antes de la apertura del... ok, eso iba a ser un spoiler gordo. Sobre Lily, bueno... ¿qué puedo decir? El HC que le manejo no me deja opciones con ella. De hecho, la intención era que fuese ella, no Lisa, quien le hiciera la oferta californiana. Rita, en el particular, ya lo dejé explicado. Cosa de haber tenido una adolescencia dura, solo con padre y con una educación sexual que no pasaba de lo moral, amén de lo solitaria que es la viudez.

De nuevo, compinches. Hasta que esté lista una vacuna plenamente funcional (hasta donde sé, una ligera fiebre y dolores de cabeza leves a moderados son efectos secundarios aceptables), atiendan a recomendaciones de gobierno, a menos que vivan en EU o en México, en cuyo caso mejor escuchen a los expertos. Los leo en las reviews... y esperemos lo mejor.

Ahora...

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Sam the Stormbringer