De primeras misiones
Renegados. Nunca fallaban, siempre, en todas las generaciones de Santos se colaba algún grupo que aprendía todo lo posible y luego terminaban renegando de la diosa e intentaban formar grupos para hacerse del poder del Santuario. En la vida habían logrado ser más que un pasajero dolor de cabeza, pero siempre estaban en alerta y despachaban a los renegados tan pronto como se daban noticias de su existencia. Y esta generación, por supuesto, no había sido la excepción.
El asunto de la revuelta de Saga no había ayudado mucho a la causa. El Santuario había estado sumido en tal nivel de caos y descontrol que no había tenido en generaciones. Muchos campos de entrenamiento tuvieron que ser cerrados debido a la cantidad de renegados que habían salido de ellos. Un buen ejemplo era la Isla de la Reyna Muerte, en donde Ikki había entrenado y en donde Guilty, su maestro, se había concentrado en entrenar a la mayor cantidad de rebeldes posibles. Sí, le habían dado fin a sus planes hacía ya mucho tiempo, pero ellos no fueron los únicos.
Desde que regresaran a la vida habían despachado ya a varios grupos, pero tenían la sospecha de que nada más terminaron con células menores y que el mayor instigador seguía oculto, moviendo sus piezas a la sombra, esperando quizá el momento oportuno para atacar. Por el momento no tenían demasiadas pistas, así que lo único que les quedaba por hacer era romper a esos grupos y traerlos de regreso al Santuario, ya fuera para rehabilitarlos o para dejarlos una larga, larga temporada en los calabozos del Santuario (que por cierto Saga no le había mostrado a Alfa durante su tour) hasta que escarmentaran.
Como ese tipo de misiones no eran especialmente complicadas, generalmente se asignaba a algún Santo con aprendices para que los llevaran a hacer "prácticas de campo", era un buen entrenamiento y lo más cercano a una pelea real que tendrían en un buen tiempo. Saga, al igual que varios de los Dorados, había estado siguiendo los pasos de un pequeño grupo y ahora que lo tenía bien en la mira, decidió que era buen momento para ponerles fin. Lo habló con Shion y estuvieron de acuerdo en que se llevara a Alfa a esa misión.
Alfa estaba nerviosa, era la primera vez que en realidad haría algo dentro del Santuario, porque hasta ese momento, su único trabajo había sido entrenar y hacer rondas con sus maestros y rara vez sucedía algo durante ellas. Lo más que le había tocado hacer había sido sacar a algunos turistas no tan perdidos y unos cuantos adolescentes a los que les faltaba respeto y temor por el Santuario.
—¿A dónde dices que vamos? —preguntó Alfa temprano por la mañana mientras los tres desayunaban.
—A Skagen, en Dinamarca,
—¿Fueron a ocultarse al fin del mundo?
—Generalmente van a ocultarse a lugares remotos, no es como que les urja una visita del Santuario —contestó Kanon—. No va a ser muy difícil: un par de patadas a lo mucho y listo. De regreso y a los calabozos.
—¿Hay calabozos aquí? —preguntó Alfa y Kanon se le quedó viendo a su hermano.
—¿Omitiste ese detalle? —le preguntó.
—Se los iba a mostrar eventualmente. Qué mejor oportunidad que ésta.
Kanon evitó hacer mayores comentarios. No tardaron mucho en terminar de desayunar y cuando estuvieron listos Saga abrió un portal.
Aparecieron en una playa no muy lejana al pueblo, pero que parecía estar en el medio de la nada. Saga prefería llegar así a ese tipo de misiones. No era plan de presentarse con un portal en el medio de una ciudad para que todo mundo pudiera verlos llegar, y menos aún para alertar a los renegados debido al cosmo. Antes de ir le había pedido a Alfa que mantuviera su cosmo al mínimo posible, de nuevo, para no alertar a los renegados.
Les tocó caminar durante un buen trecho para poder llegar primero al faro y luego a la ciudad. Saga no esperaba encontrar a los renegados caminando por las calles como si nada, pero siempre estaba la posibilidad, aunque seguramente se ocultaban a las afueras, probablemente acampando en alguno de los largos parajes que se extendían alrededor del pueblo.
Alfa estaba encantada. En la vida había pensado ir a Dinamarca, no era el primer lugar en el que pensaba cuando fantaseaba con destinos turísticos. Pero la verdad es que ese pueblito tenía su encanto: era colorido y las calles pequeñas estaban llenas de actividad, al parecer muchas personas sí consideraban a Dinamarca para sus vacaciones. Vagaron por las calles para hacerse una idea de cómo era el lugar y para estar ubicados en caso de que se presentara alguna persecución. Saga no tenía planeado actuar hasta entrada la noche, cuando la actividad disminuyera. Le dijo a Alfa que se comportara como si fuera una chica normal de viaje, y para ella eso no fue nada difícil; siempre le había gustado jugar a ser turista. Aún así estaba muy consiente de que se encontraba en misión, así que entre que pretendía prestarle atención a los sitios turísticos y entre que prestaba atención a las personas a su alrededor.
Cerca de las 3 de la tarde habían recorrido ya la mayor parte del pueblo y regresaron a las calles más turísticas para meterse en un restaurante a comer algo. Eligieron un pequeño lugar de esos que tienen mesas afuera y ahí se sentaron a ver a las personas pasar. No habían llamado para nada la atención, cualquiera diría que eran nada más una pareja normal de vacaciones. Saga lo agradecía, en general tendía a resaltar más si iba solo y se quedaba viendo sospechosamente a todas las personas que pasaban.
—¿Algo te ha llamado la atención? —preguntó Alfa mientas revisaba su celular.
—No. Nada todavía. Creo que vamos a tener que ir de excursión a las afueras. Tenía la esperanza de que se sintieran confiados de su seguridad en este lugar.
—Probablemente sí lo estén, nada más no hemos dado con ellos. —Alfa levantó la mirada y le sonrió. —Igual no me quejo si tardamos un poco más en encontrarlos.
—No te hagas ilusiones —le contestó Saga sonriendo también.
Se sentía extrañamente relajado, y en gran parte se debía a no estar encerrado dentro del Santuario. Algunas veces se sentía ahogado ahí dentro, siempre manteniendo el porte y la dignidad y la rigidez que venían con su cargo. La otra parte se debía a la chica que lo acompañaba, no lo podía negar. Le gustaba pasar el rato con ella, y estaba descubriendo que era una buena compañía en esas misiones.
En ese momento llegó lo que habían ordenado así que pasaron los siguientes minutos comiendo mientras veían en silencio a las personas que paseaban. Pero la tranquilidad no les duró mucho tiempo. Alfa de pronto sintió una corriente como de electricidad. Muy sutil, pero notoria. Enarcó una ceja, se puso en alerta y volteó a ver a Saga quien asintió.
—Ve —le dijo.
Alfa se levantó y le dio un rápido apretón en la mano derecha, luego empezó a caminar como si se dirigiera a una de las tiendas que se encontraban cruzando la calle. La corriente que había sentido era un cosmo no muy entrenado y muy mal disimulado. Se concentró en dejar nada más un muy sutil rastro de su propio cosmo para que Saga pudiera seguirla, pero que no sería lo suficiente notorio para que esta persona se percatara. Se detuvo frente a una de las tiendas y miró por el reflejo a un hombre que venía caminando. No tenía mucha pinta de ser local, más bien se veía como un turista más, pero estaba segura de que de él provenía el cosmo. Siguió curioseando y el hombre no le prestó atención. Una vez que se hubo alejado varios metros Alfa comenzó a seguirlo. Miró un instante hacia atrás. Saga ya había pagado la cuenta y estaba empezando a seguirla.
Habían ya unos 20 metros de distancia entre ella y su presa, pero no le era difícil mantenerlo en la mira. El hombre dio la vuelta en una esquina. No tardaron en llegar al muelle y de ahí se dirigió a un lugar que tenía exclusivamente yates. Alfa siguió su camino, notando que el hombre se iba a uno y se subía en él. Alfa caminó hasta la recepción de "Danish Yachts" y se detuvo. Pretendió curiosear ahí unos minutos y sacó de nuevo su celular mientras se recargaba contra una pared. Saga no tardó en encontrarla. Se acercó a saludarla como si hubieran quedado de verse ahí.
—En un yate —le dijo Alfa.
Saga asintió y la tomó de la mano, luego regresaron caminando por donde habían venido. Se acercaron a la orilla y Saga le señaló algunos de los botes, nada más para pretender que tenían una conversación casual. Se dieron cuenta de que uno de los yates encendía motores y comenzaba a alejarse. Ese era en el que iba su sospechoso. Ambos lo miraron irse y cuando lo perdieron de vista se dieron la media vuelta para regresar a las calles de la ciudad.
—¿Plan B? —preguntó Alfa.
—Vamos a instalarnos a un hotel y ahí lo esperamos para ver a dónde va. Estoy bastante seguro de que nos va a guiar a sus amigos.
No tardaron nada en encontrar un hotel apenas a una calle de distancia del muelle y esperaban que el chico pasara por ahí en su camino de regreso. Rentaron una habitación con una ventana que daba justo en esa dirección. Alfa hizo guardia un buen rato frente a la ventana mientras que Saga se comunicaba con el Santuario por medios convencionales, es decir, por mensajes. Cuando comenzó a anochecer, Saga salió del hotel con el pretexto de ir a buscar algo para que cenaran y de paso ver si no había algún otro sospechoso cerca. No tardó mucho en volver. No encontró nada, pero al menos trajo la cena. Se instaló junto a la ventana con Alfa y ambos empezaron a comer en silencio. Al terminar Saga se quedó junto a la ventana mientras Alfa se iba a tirar a la cama a responder algunos mensajes.
Eran las 12 de la noche cuando ambos volvieron a sentir ese cosmo torpe acercándose. Saga se levantó de la silla en la que había estado sentado y recorrió un poco la cortina. La luz de la habitación estaba apagada. Alfa, al sentirlo, se levantó de la cama y fue con él. Decidieron salir de la habitación y esperarlo ocultos en las calles del pueblo.
Quince minutos después vieron a aquél sujeto doblando la calle que venía del muelle. Ambos se miraron y Saga le hizo una seña a Alfa de que no lo perdiera de vista mientras lo seguían en las sombras. Por suerte o por desgracia era una noche sin luna así que las calles estaban bastante oscuras y, además, vacías. Ya todo mundo se había retirado a dormir. Dejaron que el sujeto se les adelantara para no llamar su atención. Lo siguieron por las calles y, justo como Saga había pensado, se dirigía a las afueras de la ciudad. De pronto el hombre dio vuelta y ambos se quedaron agachados en la esquina. Vieron cómo se dirigía a un estacionamiento y de ahí a un auto.
—Espero que tengas ganas de correr —le dijo Saga a Alfa en un murmullo y la mujer asintió.
El auto no tardó en salir del estacionamiento: Saga y Alfa comenzaron a correr detrás de él. La verdad no iba muy rápido, pero no iba a tardar en salir a la carretera. Una vez ahí aceleró. Ambos corrieron aún más rápido, pero no directamente sobre el camino, porque no querían ser vistos, lo iban siguiendo por un lado, medio ocultos por los árboles. Pasaron a lo mucho 10 minutos en persecución. El auto dio la vuelta en una pequeña terracería y por ahí otros 5 minutos. El sujeto bajó la velocidad y dejó el carro estacionado entre algunos arbustos. Luego se bajó y empezó a adentrarse en el bosque. Saga y Alfa lo seguían a una distancia bastante corta, pero el hombre ni por enterado.
Al fin empezaron a escuchar voces y vieron no muy lejos una fogata y algunas tiendas de campaña. Al parecer a estos tipos les gustaba la vida al aire libre. Saludaron al recién llegado entre risas. Eran cuatro en total y de esos cuatro, dos estaban notoriamente ebrios. Alfa y Saga se agacharon cerca a ver lo que sucedía. El recién llegado, que ahora se enteraban que se llamaba Duane les dijo que había entregado el encargo a tiempo y que esperaba que la otra mitad del pago lo tendrían en un par de días más. Acto seguido se sentó con los demás y tomó la botella de cerveza que le ofrecían.
Durante los siguientes minutos se pusieron a discutir sus negocios, al parecer lo suyo era el contrabando de droga. Por el momento no habían dicho nada del Santuario, pero eso no era raro. De algún modo tenían que mantenerse esos renegados y las drogas siempre habían sido un negocio rentable, en especial para aquellos que se podían mover a mayores velocidades que los mortales comunes. Esto se estaba poniendo aburrido. Saga volteó a ver a Alfa y le hizo una seña. Ella asintió y se levantó de su lugar, luego, en completo silencio, dio un largo rodeo que la llevó al lado opuesto del que estaba Saga. Una vez ahí empezó a caminar con tranquilidad hacia el grupo de hombres. Todos ellos escucharon los pasos y se levantaron de sus lugares.
—¿Quién está ahí? ¡Muéstrate! —gritó el sujeto al que habían llamado Niko.
—Una damisela en apuros, nada más —contestó Alfa mientras seguía avanzando hacia ellos con las manos en alto.
Los hombres se le quedaron viendo y dos de ellos sonrieron ampliamente. Saga rodó los ojos y ahogó un exasperado suspiro: hombres.
—¿Qué hace una damisela en estos lugares tan solitarios? —preguntó otro de los hombres, del cuál no sabían su nombre.
—Vi una fogata y decidí acercarme. ¿Tienen un porro? Me hace falta. También les acepto una cerveza —Alfa llegó a la fogata, aún con las palmas extendidas.
Ninguno de los hombres estaba del todo seguro de qué hacer. Por un lado era una muchachita que no tenía pinta de policía, guerrera o local. Por otro lado: ¿qué chochos hacía una chica como ella, extranjera, en el medio de la nada en ese extremo del mundo?
—Quieres fumar y beber con nosotros así nomás. Ese cuento no se lo traga nadie, querida. Dinos quién eres —preguntó el cuarto sujeto, del que tampoco conocían su nombre, mientras se le quedaba viendo de una manera extraña.
Alfa pensó que eso era raro, pero no le dio mucha importancia y negó con la cabeza.
—Si quieren la verdad se las diré: mi nombre es Alfa y vengo de parte del Santuario de Pallas Atenea. Y mi misión es llevarlos de regreso al Santuario como los guerreros renegados en los que se han convertido.
Varios de ellos sonrieron. Uno se le acercó.
—El Santuario te mandó a ti sola por nosotros. ¿Se le están acabando los guerreros a la diosa? —le preguntó.
—No. Pero no creo que vaya a necesitar ayuda. No tienen pinta de haber entrenado en un muy largo rato, sus cosmos "disimulados" se sienten hasta Canadá.
Niko estaba a punto de saltar a agarrase a golpes con la mocosa, pero Duane lo detuvo.
—Quizá deberías considerar unirte a nosotros, somos un grupo mucho más divertido que los del Santuario y alguien que puede disimular su cosmo como tú podría sernos útil —dijo el sujeto de mirada rara.
—¿Qué te hace pensar que no van a ser ustedes los que terminen trabajando para mí?
—Arrogante. Esa es una buena cualidad.
—Te equivocas, no soy arrogante, nada más hablo con la verdad. Ahora, ¿van a venir conmigo por las buenas o voy a tener que noquearlos primero?
Y sin esperar más tiempo los cuatro sujetos se le fueron encima. Alfa detuvo a uno, usó como escudo al siguiente y golpeó a otro. El último le lanzó la botella de cerveza que tenía en las manos y Alfa usó a su escudo para defenderse, luego lo usó de poste para sostenerse y darle una buena patada al tipo que le había arrojado la cerveza. El primero de ellos se levantó y Alfa no tardó en darle una seguidilla de golpes que lo dejó tirado en el piso, el de la cerveza corrió a ayudar a su amigo, Alfa lo agarró del brazo mientras le daba una patada al que seguía en pie. En menos de cinco minutos todos los hombres estaban tirados en el piso quejándose y un par a medio noquear. A ninguno se le había ocurrido encender sus cosmos, nada más se fueron a los golpes. Saga salió de su escondite, caminó hasta la fogata y los miró, luego a Alfa y le puso una mano sobre el hombro.
—Te dije que estos iban a ser fáciles.
—Lo dijiste.
En ese momento Saga se comunicó vía cosmo con el Santuario y abrió un portal. Tomó a dos de los renegados por los brazos y Alfa tomó a los otros dos. Luego los 6 atravesaron el portal. Del otro lado varios Santos de Plata estaban reunidos para recibir la carga. Una vez que se los dieron, Saga volvió a abrir otro portal que los llevó de regreso al campamento. Apagaron la fogata y por medio de otro portal llegaron a la habitación del hotel que habían rentado. Tomaron las pocas cosas que dejaron ahí y fueron a entregar las llaves. Se alejaron caminando por las calles de la ciudad hasta la playa, en donde Saga se aseguró de que no había nadie antes de abrir un portal más para regresar a casa.
—Nada mal para tu primera misión fuera del Santuario —le dijo Saga.
—Nada mal —contestó ella—. La próxima que sea a una playa en el Caribe, por favor.
Saga sonrió y comenzó a alejarse a su habitación. Ya se encargaría del papeleo por la mañana.
