Capítulo 22

Gorda...

Así me sentía.

Era como un planeta con su propia orbita.

Como si me hubiesen implantado un balón de playa en mitad de mi cuerpo

Estaba por pensar que si me caía rodaría en plan croqueta mientras agitaba mis manos y mis pies frenéticamente.

Suspiré e intenté girarme en el sofá, la espalda comenzaba a dolerme y una de mis piernas estaba dormida. Hice mi mayor esfuerzo y por fin lo conseguí. Al escuchar cómo me movía, Edward se asomó desde la puerta de cocina con gesto de preocupación. Rodé los ojos y me tragué las ganas de tirarle algo a la cabeza.

— ¡Estoy bien! —me quejé en un gruñido.

— Solo me preocupo... creo que es normal —se defendió.

Intenté controlar mi mal humor, después de todo Edward no era el único culpable de mi situación. Él se había ofrecido para ayudarme, pero yo no me quejé mientras lo hacía. Aun con el paso del tiempo el continuó siendo demasiado hipocondríaco con respecto a mi embarazo, él era médico, pero ni si quiera eso lo tranquilizaba, quería tener controlada cada situación que pudiese darse para saber cómo actuar llegado el momento.

Una patada bastante fuerte en mi vientre me hizo gruñir muy bajito. Adoraba a mi bebé, lo amaba con todo mi ser, pero... ¿no podía controlarse y quedarse quietecito un poco para dejarme descansar?

Suspiré pesadamente y cerré mis ojos intentando dormir, pero alguien debía odiarme demasiado porque unos golpes fuertes e insistentes comenzaron a resonar por toda la casa. Edward pasó por mi lado para ir a abrir la puerta, no sin antes comprobar que yo estaba perfectamente.

Abrió la puerta y lo primero que pude ver fue un borrón vestido de color verde que corría a toda velocidad subiendo las escaleras, Edward me miró confundido y yo me encogí de hombros. Alice era así, era misión imposible intentar comprenderla, lo mejor era aceptarla tal y como era y simplemente dejarla ser.

— ¡Bella! —gritó desde el piso superior.

Edward ahogó una carcajada y me miró, ¿cómo podía amarlo tanto? Pese a estar a punto de dar a luz, solo pensaba en saltar sobre él y comérmelo a besos. Porque sí, el tiempo había pasado, habíamos vuelto de nuestra maravillosa luna de miel en Hawái, hacía poco más de un mes que vivíamos en nuestra casa construida en nuestro prado y estaba a pocos días de tener a nuestro bebé por fin en brazos.

— Alice... estoy abajo —dije alzando un poco la voz.

Ella comenzó a bajar las escaleras que presidían la entrada y que quedaban a la derecha de la sala, dónde yo me encontraba, podía oír el inigualable toc toc de sus tacones cuando chocaban con los escalones. Asomó la cabeza por la barandilla y sonrió ampliamente en cuanto me vio.

—Tengo que contarte algo muy importante que no puede esperar... —dijo parándose frente a mí, sin tomar aire y tan rápido que casi no pude entenderlo.

Pero entonces su mirada se cruzó con la figura de Edward y se quedó pensativa sin dejar de mirarlo.

— ¿Qué pasa? —preguntó incómodo después de unos segundos.

— Bella —dijo Alice ignorando a Edward por completo y girándose para mirarme a mí—. ¿No tienes ningún antojo de algo que no tengas en casa y que necesites urgentemente, pero que la única tienda que lo tiene, esté a más de treinta kilómetros de aquí? —cuando terminó de hablar su voz había subido dos octavas y tomó una gran bocanada de aire.

Intenté reprimir las ganas de reírme ante la cara de desconcierto de Edward.

— No pienso moverme de aquí —negó rotundamente—, Bella puede ponerse de parto en cualquier momento y no pienso dejarla sola.

— Edward, es una primeriza —dijo Alice con dulzura—, aunque se pusiese de parto ahora mismo podría tardar hasta ocho horas en poder expulsar al bebé.

Mi cara perdió todo el color y mis ojos se abrieron desmesuradamente. ¿Dónde mierda decían que tardaría "ocho horas" en expulsar a mi bebé? Yo cuando me quedé embarazada nadie me avisó de ese pequeño inconveniente.

— ¿Qué...? —mi voz fue a penas un susurro, y temblaba tanto que no sabía si realmente había pronunciado esa palabra o solo parecía que me estaba ahogando con mi propia lengua.

— ¡Alice! —la reprendió Edward—. No le hagas caso cariño, solo está exagerando —se apresuró en ponerse a mi lado e intentar tranquilizarme mientras acariciaba mi espalda en forma de círculos.

— ¿Eso es verdad? —pregunté en un susurro—. ¿Podrán pasar "ocho horas" antes de que todo acabe? —estaba muerta de miedo, temblando, hiperventilando y al borde del colapso. Aunque sabía que Edward intentaría protegerme para que no me sintiese mal, no podría mentirme, lo conocía lo suficientemente bien para saber cuando decía la verdad o cuando la disfrazaba un poquito.

— Puedes tardar horas —admitió bajando la mirada—, pero lo que Alice no dijo, es que existen los analgésicos, te los administrarán y no te enterarás de nada durante la mayor parte del proceso de dilatación, incluso podrás dormir hasta que tengas que empujar.

Esas simples palabras me hicieron sentir mejor... analgésicos... ¡bendito invento!

— Ahora que ya está todo aclarado... ¡veté! —espetó Alice.

Un poco más tranquila, me tragué una sonrisa y miré a Edward con una disculpa.

— Edward... ¿podrías...? —deje la frase inconclusa sin saber muy bien como terminarla, hasta que él suspiró resignado y se acercó para besar mi frente.

— Estaré en casa de mis padres, cualquier problema, molestia, o malestar... por pequeño que sea... me llamas —casi suplicó.

— Todo estará bien —Alice tiró de su chaqueta y lo llevó a empujones hasta la puerta—, no la dejaré sola y Rose está de camino. Necesitamos una reunión de chicas antes de que Bella tenga que dedicarse por completo a cuidar al pequeño o la pequeña Cullen —sonrió y la simple mención del bebé hizo que el gesto de Edward se suavizase y me mirase con adoración.

En cuanto se fue Edward, Alice cerró la puerta de golpe y correteó hasta mi lado, donde se sentó en el sofá, me miró, sonrió y después cruzó sus piernas y colocó sus manos una sobre la otra encima su rodilla.

— ¿Qué es eso tan importante que tenías que decirme? —pregunté con impaciencia.

Ella sonrió restándole importancia.

— Espera a que venga Rose, así solo tendré que decirlo una vez —añadió con suficiencia.

Mi ceño se frunció y la miré con ganas de golpearla, ¿echa a Edward de su propia casa alegando una emergencia y después me hace esperar por Rosalie para contármelo? Bufé y me crucé de brazos.

Por suerte no tuve que esperar mucho y enseguida el ruido de las ruedas del jeep de Emmett en la entrada hicieron que Alice se pusiese en pie de un salto y saliese a la velocidad de la luz a abrir la puerta, donde se encontró a Rosalie con la mano alzada dispuesta a comenzar a golpear.

Alice la sujetó de un brazo y la arrastró hasta el sofá, donde la hizo sentarse y ella se colocó entre las dos.

— Os quiero mucho —dijo de repente haciendo que tanto Rose como yo la mirásemos sin entender.

Se quedó en silencio y Rose, enfrentándose un poco a su abultado vientre, se inclinó hacia delante y me miró por delante del pequeño cuerpo de Alice que nos separaba.

— ¿Qué mierda le pasa? —preguntó en un gruñido.

— Sé lo mismo que tú, no ha querido decirme nada —protesté.

Alice, nos miró a ambas a los ojos intermitentemente y después sonrió como si le hubiese tocado la lotería.

— ¡Voy a casarme con Jasper! —chilló a todo pulmón.

Rosalie y yo la miramos con los ojos extremadamente abiertos por la sorpresa y después sonreímos antes de lanzarnos a abrazarla.

— ¿Cómo? ¿Cuándo? —pregunté atropelladamente.

— ¿Dónde está el anillo? —me interrumpió Rosalie sujetando con fuerza la mano izquierda de Alice y llevándose un chasco al ver su dedo anular desnudo—. ¿Mi hermano no te ha dado un anillo? —bramó entre enojada y sorprendida—. ¿Es imbécil o que le pasa?

— ¿Por qué no te ha dado un anillo? —pregunté con más tranquilidad que Rosalie.

Alice nos miró sonriendo y se reacomodó en el sofá.

— Ha sido algo de imprevisto, las circunstancias lo pedían, aunque yo le dije que no era necesario, pero él insistió en que iba a hacerlo de todos modos, que ese no era el único motivo. Así que acepté de todos modos, ¡lo amo! ¿Qué más puedo pedir que casarme con él? Así que dije que sí y ahora soy tremendamente feliz —explicó dejándonos boquiabiertas a la dos.

— ¿Qué circunstancias? —preguntó Rosalie casi como si leyese mi pensamiento.

Alice tomó aire como si se dispusiese a dar un enorme grito, pero en cambio su voz salió en un susurro.

— Estoy embarazada.

Ambas, Rosalie y yo, nos miramos a los ojos durante dos segundos y después miramos a Alice a la vez que la abrazábamos como podíamos ya que nuestras tripas y el miedo de hacerle daño a Alice nos reprendió un poquito. Segundos después las tres llorábamos entre risas y planes de la futura boda de Alice, de la que dijo que sería cuando antes, ya que no quería que su tripa se notase bajo su perfecto vestido.

Así pasaron un par de horas, hasta que Edward volvió a casa y disimuladamente les pidió a Rose y a Alice que se fuesen ya que yo debería descansar. Después de una cena y una ducha relajante nos fuimos a la cama, donde Edward apoyó la oreja en mi tripa y mientras me acariciaba con ternura hablaba con nuestro bebé.

— ¿Cuándo piensas salir? —preguntó en un susurro y con voz dulce—. Mamá comienza a estar cansada, tienes que salir para que podamos abrazarte y darte todos los mimitos que podamos.

Sonreí y acaricié su cabello color bronce haciendo a un lado el libro que intentaba leer.

— Tenemos que decidir un nombre —pensé en voz alta.

— Ni siquiera sabemos el sexo —frunció el ceño y me miró—, yo no encuentro ninguno que me guste.

— Yo tampoco... —me quejé— pero debemos pensar algo, el bebé no puede nacer y simplemente le llamamos bebé...

— Alice te mataría —bromeó entre risas y yo reí con él.

Me removí incómoda en la cama ante una punzada en un costado y Edward me miró preocupado.

— Estoy bien —me apresuré en aclarar—, solo estaba un poco incómoda.

— ¿Seguro? —preguntó alzando una ceja.

— Seguro —mascullé—, serás un padre demasiado protector... tienes que tranquilizarte.

— Solo quiero que estéis bien, me preocupo. Eso no es ser sobreprotector —refunfuñó.

—Como digas —rodé los ojos, me incorporé para ponerme en pie y en cuestión de segundos Edward me estaba ayudando.

Caminé balanceándome hasta el baño y me dispuse a vaciar mi vejiga por centésima vez en el día, en cuanto naciese el bebé sería algo que no echaría de menos, las visitas al baño eran constantes y agobiantes.

Me lavé las manos y después me quedé mirando mi reflejo en el espejo. Me pareció ver un grano sobre mi ceja izquierda, me puse de puntillas para poder acercarme un poco más al espejo y de nuevo aquella punzada en mi costado me hizo sisear, en esta ocasión fue más fuerte que en la anterior. Después de cerciorarme de que lo que creía que era un grano, no lo era, acomodé mejor mi pelo y me giré sobre mis pies para salir, pero al hacerlo sentí un líquido caliente descendiendo por mis piernas, miré hacia abajo asustada y vi un charco de un líquido rojizo a mis pies.

Sabía lo que era.

Era consciente de lo que iba a suceder.

Me había preparado física y mentalmente para eso los últimos meses...

Pero eso no evitó que comenzase a temblar completamente aterrada. Las "ocho horas" de las que habló Alice esa tarde comenzaron a desfilar por mi mente, y tuve que sujetarme al lavabo para no caerme al suelo de lo que me temblaban las piernas...

Intenté respirar hondo para tranquilizarme, ponerme nerviosa no ayudaría en nada... era fácil pensarlo y proponérselo, pero era incapaz de hacerlo. Iba a tener mi bebé... mi bebé y el de Edward... tenía que esforzarme en hacerlo bien por él... pero sobre todo por esa personita que ahora dependía de mí y a la que no le podría fallar.

Di un paso tras otro lentamente hasta que llegué a sujetar la manilla de la puerta, la entreabrí y tomé una bocanada de aire para que mi voz no se rompiese.

— ¿Edward? —lo llamé alzando un poco la voz— ¿Puedes venir un momento? Te necesito... —pese a mis intentos, mi voz se rompió al final.

En solo tres segundos la figura de Edward cruzó la puerta y se quedó paralizado viendo el charco de líquido a mis pies