Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a M.N Téllez y los personajes son de Mizuki e Igarashi.
CAPITULO VII
Candy, después que se separó de ella el Príncipe de las Negras Sombras, Quedo por un instante como anonadada por lo que había hecho; pero Eliza que la vio pensativa, al momento trató de distraerla. La acabó de adornar y la llevo al salón donde la esperaban. En el instante que ella entró, sonó la música y se sirvió vino, haciéndola tomar en gran cantidad a fin de que olvidara todo aquello que pudiera hacerla arrepentir de la resolución tomada. Candy también por su parte procuraba disiparse: hubiera querido perder de vista el número de los días, olvidar lo pasado y lo porvenir. ¡En vano todo!, el recuerdo de la entrevista de los Príncipes la perseguía sin cesar, llenando de amarga hiel sus insensatos placeres y abriendo honda herida en su pecho, tanto más profunda, cuanto menos ostensible. Así pasaron un día y otro día, y otros más que contaba la infeliz a su pesar, hasta que llegó aquel tremendo en que debía Neil encontrarse en presencia de los jueces y de su rival. ¡Terrible agitación se apoderó de Candy! No hallaba paz ni sosiego; ya iba al lado de Eliza y le hablaba sin escuchar sus palabras; ya corría y acariciaba a Elroy; ya ordenaba que entonaran alegres y bulliciosos cantares y tocaran estruendosas sonatas, como arrebatada de frenesí. Todos murmuraban: el placer la enloquece y arrebata. ¡Ah! la dicha estaba bien lejos de la desventurada Candy. Cuando menos lo esperaba sintió que se movía su corazón; esto le causó extrañeza y aún terror; pero al mismo tiempo sintió un amargo aunque irresistible deseo de leer lo escrito y se retiró para ver lo que podía decirle el Príncipe en aquella situación. Aguardaba encontrar duras reconvenciones, maldiciones tal vez; pero cuál fue su sorpresa al ver las palabras del Príncipe: "Mi amada, he visto un papel firmado por ti; pero nada importa, dime aquí, en el secreto de nuestro corazón, aquí donde nadie nos oye, una palabra, una palabra sola que manifieste que aún me amas, que solamente el temor… qué te has visto forzada…" Tembló… por un instante estuvo para contestarle que era suya. Su amante inclinación por tanto tiempo contrariada quiso estallar como un volcán; quiso que desbordarse como un torrente. Su pobre corazón, sediento de felicidad, saltó con ímpetu para arrojarse a ella; pero el orgullo, el orgullo a quien la infeliz se había entregado, formó como una barrera impenetrable que rechazó estos generosos sentimientos. Terrible aunque momentánea fue la lucha que sufrió esta desgraciada. ¿Variar tan pronto de resolución? ¿Comparecer ante él afrontada con la ignominiosa marca?... ¿Presentarse como culpable?... «—No, no —dijo gritando—; prefiero apurar esta amarga envenenada copa; prefiero echar a mi cuello un dogal; prefiero ser infeliz…» Y violentamente para no variar de resolución escribió la desesperada respuesta que hemos visto, y que en mala hora fue a desgarrar el más generoso pecho: «Príncipe, no desperdicies tus favores con quien no los merece. Libre y espontáneamente he firmado el papel que has visto. Candy». Cerró el corazón y le retuvo en su mano como si esperase una respuesta. Pasó largo rato y el corazón no se movió. Ella entonces dejó escapar una sonrisa convulsiva. «—No se mueve —dijo—, ni yo quiero sentir cuando se mueva». Y sacando velozmente de su cuello la cadena de que pendía, le arrojó sobre la cabecera de su lecho, y volvió al salón alegre y risueña, al menos en apariencia.
A contar desde el día, Candy se mostró más alegre y divertida que nunca; en medio de las fiestas, con la sonrisa en los labios escuchaba los lisonjeros discursos que le dirigían; ordenaba que unas diversiones sucedieran a otras sin interrupción, evitando cuidadosamente hallarse sola, y ofrecía premios a los que inventaban nuevos placeres. Cuando a pesar de sus esfuerzos se le venía a la memoria el momento en que vendría Neil a reclamar el cumplimiento de sus promesas, se estremecía de horror; aquella boda le parecía mil veces más espantosa que la muerte. Si este horrible pensamiento se hubiera detenido algún tiempo en su mente, la hubiera hecho bramar de desesperación. Pero ella ponía todo su cuidado en desecharlo; corría al lado de Eliza; se aturdía placeres y diversiones, y así olvidaba aquella malhadada ahora como si nunca hubiera de llegar.
¡Desventurada! ¿olvidando tu desgracia piensas evitarla? Mas, ¿qué harás cuando llegue aquel tremendo día? ¿Quién te favorecerá? ¿Será Albert?... Ya no irás los dulces sonidos de la flauta que venían a reanimar tus pérdidas esperanzas. ¿Vendrá el Príncipe a librarte en el momento supremo? ¿Con qué derecho?... ¿Has renunciado a su amor y su poder? ¡Infeliz! ¡Ya no le perteneces!... Así pues, ¿se habrá perdido toda esperanza? ¿Ya no habrá una mano benéfica a la par que poderosa, que se extienda para sacarte del abismo en que te hallas sumergida?...
Una tarde, al salir de su aposento Candy, donde se había adornado para ir al salón, levantó los ojos y vio una nube negra, espesa como precursora de tempestad, que coloreada por los rayos del sol poniente parecía salpicada de sangre y fuego. Un terror inexplicable se apoderó de ella, le pareció presagio de algún gran acontecimiento. Quedó como clavada en aquel sitio y sus ojos fijos en la nube, hasta que el mismo espanto, prestándole alas, la hizo correr presurosa y se precipitó en el salón, donde permaneció, aún después de terminadas las diversiones de aquella noche, largo tiempo con Eliza, temiendo encontrarse sola, hasta que bien entrada la noche le fue al fin forzoso retirarse a su aposento. Apenas entró en él, apresurada se dirigió al balcón. La noche estaba oscura y fría por extremo; ráfagas de viento húmedo y helado herían su rostro; negras nubes se iban amontonando velozmente; frecuentes relámpagos desgarraban su seno; a lo lejos se percibían ruidos sordos; se preparaba una horrible tempestad. La infeliz temblaba de miedo. Entró en el aposento anhelando la compañía de la nodriza; pero la insensata, harta de vino y de manjares, apenas entró, se había arrojado en su lecho y hacía largo tiempo que dormía. Despertarla era imposible, y Candy a su pesar hubo de encontrarse sola, absolutamente sola. Volvió al balcón, la lluvia empezaba a caer en gruesas gotas; los truenos se percibían más frecuentes y cercanos; brillaban por todas partes relámpagos que semejaban serpientes de fuego, las nubes entoldaban el cielo hasta hacerle parecer cubierto de un velo negro. La roja lumbre de un relámpago que deslumbró los ojos de Candy iluminó el barranco que rodeaba el castillo, los rayos de luz brillaron en el anillo que Candy tenía aún en su dedo, prenda del amor del más amante de los Príncipes. «—Aún esto me ha quedado —dijo ella—, ¿para qué conservarle si he perdido la dicha de ser su esposa? No, no quiero nada que pueda hacerme acordar de lo pasado…» Y sacando de su dedo el anillo, le arrojó al barranco que tenía delante… Entró en el aposento, cerró el balcón y se precipitó en el lecho. A poco se durmió; pero no logró ningún descanso, pues tuvo un espantable, horroroso sueño. Le parecía que iba pasando por un largo puente extremamente angosto y sin pasamano, sobre el más espantoso abismo. El débil puente parecía que iba a romperse a cada paso que ella daba. Se estremecía Candy aterrorizada y quería gritar pidiendo socorro; pero no veía a nadie que pudiera auxiliarla. Una luz pálida brillaba en lo hondo del barranco; ésta no era suficiente para guiarle en su camino, sino sólo para hacerle ver los horribles monstruos que se movían en aquel abismo, que alargaban sus cuellos y abrían sus bocas como esperando que cayera para devorarla. Pero lo que acabo de aterrarla fue ver aparecer al terrible genio de las siete cabezas, qué arrojaba su mortífero aliento para atraerla a aquellas negras profundidades. Pensó que iba a caer y despertó. Todo su cuerpo temblaba, su frente estaba bañada de frío sudor y el corazón le latía con violencia. Se acercó a Elroy, la movió fuertemente, la llamó repetidas veces, pero el sueño de la insensata era tan profundo que no se movía siquiera. Candy, pálida y temblorosa, se dirigió al balcón. Los relámpagos se sucedían sin cesar; la lluvia se desgajaba a torrentes. Candy entró y cerró el balcón. ¡Ay!, a la infeliz le parecía la atmósfera del aposento pesada como si fuera de plomo; ya se paseaba agitada, ya se dejaba caer sobre el lecho. La soledad, la noche, le oprimían el corazón, y la angustia le impedía conciliar el sueño. Largo rato paso volviéndose penosamente agitada. El deseado sueño vino al fin a su llamada, pero no le proporcionó a ningún alivio; no le hizo más que cambiar de tormento. Apenas hubo cerrado los ojos le pareció ver al Príncipe de las Luces en toda su majestad; pero esta vista en vez de alegrarla le causó un terror inexplicable; temblaba de pies a cabeza, deseaba con ansia la infeliz Candy apartarse de allí, desaparecer, anonadarse; hubiera preferido todos los tormentos antes que ponerse en presencia del despreciado amante. Quiso huir; pero sus pesados miembros se negaron a obedecerla y permaneció como clavada en su sitio. Aunque aturdida por el espanto, comprendió que el Príncipe después de una gran victoria, juzgaba a los vasallos rebeldes que habiendo abandonado las banderas de su legítimo soberano habían seguido desde las Negras Sombras. Candy temblando de terror vio allí una multitud de los que conocía, a muchos de aquellos que la habían lisonjeado en el funesto castillo.
Todos estaban más pálidos que la misma muerte, temblorosos y mudos de pavor eran conducidos ante el inexorable tribunal. Llegó a sus oídos la voz antes dulce y amable del Príncipe, en este momento ¡más terrible que el rugido del león!, ¡que el estallido del rayo!, ¡que el estruendo del mar embravecido!, les preguntaba: ¿Por qué, traidores, habían abandonado el servicio del Rey generoso que los amaba como el más tierno Padre, para sufrir humillaciones y desprecios bajo su enemigo? Ellos callaban. ¿Y qué tendrían que responder? Pero el espanto de la joven llegó a su colmo cuando oyó que le decían: «—Señor, aquí está Candy. —¡Candy! ¡mi Candy entre mis enemigos!»
La infeliz sintió que se le helaba la sangre en las venas y un frío sudor brotó en sus sienes. Allí conoció la voz de Albert (pues no se atrevió a levantar los ojos para verle), que con acento triste murmuraba algunas palabras, según entendió, procurando aplacar a su Señor. Al mismo tiempo oyó al Príncipe que decía sacando un retrato: «—¡Me habéis engañado; esta mujer no es mi Candy! Mirad, mirad esa batida y mustia frente surcada de precoces arrugas, y esta frente serena y apacible; esos ojos hundidos y apagados, y éstos de dulce y tierno mirar. ¿En qué pueden compararse esas marchitas y cadavéricas mejillas a Estas sonrosadas y pudorosas? ¿Y en qué, en fin, ese rostro feo y demacrado a este rostro hermoso y encantador? ¡Y esa marca grabada sobre su cuello! Mas, ¿dónde está el anillo prenda de nuestro amor y señal de nuestro desposorio?» El acento del Príncipe revelaba inconcebible indignación, su ira se desataba como un torbellino. La cuitada levantó la vista queriendo suplicar, pero la mirada del Príncipe era tan severa y amenazadora, que hizo que expiran las palabras en sus labios. «—¡Me habéis engañado! —dijo el Príncipe con voz de trueno—. ¡Esta no es mi Candy! ¡no conozco a esta mujer! ¡llevadla lejos de aquí! ¡No te conozco! —añadió con voz aún más terrible fijando la culpable sus airados ojos—. ¡No te conozco! ¡Apártate, miserable! ¿Cómo osas comparecer en mi presencia?»
Al sonar este grito, Candy creyó haber oído el estallido de un rayo. Era así la verdad, porque un rayo que hizo retemblar el castillo hasta los cimientos, cayó en este punto en su aposento mismo. ¡Oh! para ella fue un rayo bienhechor; la liberó de tan terrible pesadilla, disipando tan espantosa visión. Pálida y temblorosa se arrojó fuera del lecho. Ya estaba bien despierta y aún le parecía ver la terrible y severa mirada del Príncipe. Llena de horror no podía sufrir la soledad e intentó de nuevo despertar a Elroy a quien el formidable estallido no había sacado de su profundo sueño. ¡Vanos esfuerzos! Sobre los muros del aposento se percibían los vestigios del rayo, un olor sulfuroso la sofocaba. Abrió el balcón. ¡Qué espectáculo! La tempestad se desencadenaba con incomparable furor, la noche casi se iluminaba con la multitud de relámpagos que sin interrupción alguna y con estruendo aterrador se sucedían los unos a los otros; una lluvia de fuego parecía se precipitaba de las nubes; los bosques lejanos incendiados asemejaban un mar ardiente cuyas olas amenazaban con sepultarlo todo. La infeliz creyó morir de espanto; su respiración era penosa, su corazón estaba oprimido, sus lágrimas se habían secado; su imaginación exaltada hasta el delirio no le representaba más que fuego, fuego por todas partes; ella misma se creía vestida de llamas. Dio un grito, entró y se precipitó en el lecho. Mas aunque quiso volver a conciliar el sueño no le fue posible; entonces queriendo dormir a todo trance, se levantó y tomó una copa de vino exprimiendo en ella además el jugo de las flores embriagantes. Apenas se hubo dejado caer en el lecho, un pesado sueño hizo que se cerraran sus párpados, pero estaba decretado que no había encontrar el deseado reposo porque un sueño horrible vino atormentarla. Le parecía que estaba en su aposento adornándose, cuando llegó Sarah y le dijo con sarcástica sonrisa: «—Candy, el Príncipe te espera, apresúrate, pues ya llegó el instante de tu felicidad». Ella al oír estas palabras sintió que el corazón quería salirse del pecho, y llena de pavor quiso pedir que no se efectuara aquella temida unión, pero su tutora le dijo con voz severa: «—Insensata, ¿cómo puedes esperar semejante cosa?» Ella entonces con lágrimas en los ojos suplico que solamente se retardase. «—¿Cómo? —le dijo Sarah—, ¿ahora rehúsas ser la esposa del grande y poderoso Neil?» Candy al ver retratada la burla y la crueldad en el semblante de aquella mujer, trató de resistir, pero su fiera tutora la tomó por la mano con violencia y la obligó a andar a pesar de su resistencia y sus gemidos. Atravesaron por sombríos pasadizos poblados de aves nocturnas que hacían oír gritos tristísimos que parecían anunciar grandes desgracias. Muchos de aquellos pájaros salían volando sobre la cabeza de Candy, le precedían y la acompañaban tomando diversas y horribles figuras: ya parecían tristes búhos, negros cuervos u horrendos vampiros, y luego se convertían en fieros monstruos de largas uñas y con las retorcidas que aullaban mostrando sus encendidas fauces, y se volvían y con las más extrañas contorsiones la llamaban mofándose de ella. La infeliz cerró los ojos para no ver tan espantosas figuras, pero el horroroso ruido que hacían le atronaban los oídos. Sarah le dijo: «—¿No escuchas la armoniosa música con que se celebra tu boda? De repente detuvieron el paso; Candy aún más sobresaltada abrió los ojos y vio delante de sí una puerta que se abrió pausadamente rechinando sobre sus goznes y causando un extraño ruido semejante a un prolongado lamentó que afligía más y más y más a la joven sin ventura. Sarah asió más fuertemente la mano de su víctima para obligarla a pasar. Ella resiste, pero en vano; arrastrada por su conductora y empujada por los que venían detrás; entró por fin en aquella pavorosa mansión. Apenas hubo entrado la puerta se cerró cayendo con un tremendo golpe como la losa de un sepulcro. Candy lanzó un gemido y logrando desasirse de las manos de los que la conducían, se vuelve hacia la puerta y pretende abrirla. ¡Imposible! Para colmo de su desdicha vio escrito sobre ella en caracteres de fuego: «¡No… se abrirá… jamás!» Llora, gime, golpea y pide a gritos que se abra la puerta. Sarah le dijo: «—Ya no es tiempo, hubiéraslo pensado antes». Volvió la desgraciada la cabeza para ver si alguien la socorría, pero nada, nada, todos eran sus enemigos, y sólo vio a Elroy que temblorosa y atónita de espanto la acompañaba. Bajó los ojos, no sabiendo en dónde fijarlos, y entonces le pareció que del suelo salían llamas y espesa humareda como de un horno ardiendo; por último, vio al Príncipe de las Negras Sombras que le decía: «—Ven a sentarte en el trono que te has escogido». Pero ¡ay! el trono a que la comida era todo de fuego rodeado de ardientes llamas. Ella rehusaba a acercarse y Sarah la empujó y la hizo aproximarse al candente sitio. Entonces Neil dijo: «—Ven, Candy, quiero que lleves en tu frente la corona que en ella voy a colocar». La infeliz vio en las manos de Neil una corona de metal ardiendo; retrocede, resiste con todas sus fuerzas, pero éstas la abandonan y el tirano coloca sobre su cabeza la corona incandescente. Aquella terrible corona al ceñir su frente la abrazaba fundiéndose en ella… Palabras faltan para expresar el dolor que sintió; se volvía y revolvía, rugía, bramaba, la desesperación se apoderó de ella; por fin, lanzó un grito tan terrible, tan desgarrador, tan formidable, que lo que no había podido hacer el rayo, despertó a Elroy de su profundísimo sueño, que a su vez exclamó: «—¡Candy, hija mía! ¿Qué tienes? ¿Qué te ha sucedido?» Y se precipitó del lecho para correr al socorro de su joven señora, la que habiéndose también levantado corrió hacia ella y se encontraron a mitad del camino cayendo una en brazos de la otra sin poder proferir una sola palabra. Temblaba Elroy sin saber por qué, y Candy temblaba recordando su terrible sueño… A cada paso le parecía que se realizaba, volvía la cabeza a todas partes con espanto y embargada su lengua no podía responder a las repetidas preguntas de Elroy sino con sollozos y gemidos; en fin, pasado largo rato la joven recobró el uso de la palabra, se serenó un poco, miró a todas partes como para certificarse que estaba en su aposento, y sentándose al lado de Elroy, le repitió punto por punto las amarguras y sobresaltos de aquella noche espantosa. Elroy la escuchaba con creciente pavor; pero cuando Candy llego a referirle el último horroroso sueño, su espanto llegó a su colmo: le pareció oír el golpe de aquella terrible puerta; le parecía sentir el contacto del encendido metal; lanzó a su vez un formidable grito, y atónita y fuera de sí se levantó como si quisiera huir. Candy espantada de nuevo, corrió a su socorro. Caen de nuevo la una en brazos de la otra sin proferir una palabra. Nuevo temblor; se chocaban sus dientes, se doblaban sus rodillas, los gemidos de la una respondían a los de la otra, y pasó largo rato sin que pudieran volver de su asombro.
En fin, cerca del amanecer lograron serenarse, y habiendo pasado largo rato en silencio, empezaron a conferenciar entre sí lo que les convenía hacer. «—¡Oh, hija mía, mi querida hija! —dijo Elroy—, tú muchas veces has obedecido mis insinuaciones; pues bien, ahora te ruego que renuncies a hacer la esposa del Príncipe de las Negras Sombras. —Te lo prometo —exclamó la joven—, jamás, jamás». Al decir esto sintió algún alivio en su apenado corazón.
Elroy fatigada se arrojó sobre su lecho y Candy salió al balcón. La tempestad había pasado; era aquella dulce y apacible, fin de la oscuridad y principio de la luz, aquella hora que desea con ansia el desgraciado a quien la enfermedad o el insomnio hacía parecer la noche interminable. El cielo se iba despejando; sólo se veía uno que otro relámpago y el trueno se alejaba cada vez más; el suave viento que soplaba después de la tempestad, susurrando mansamente refrescaba la abrazada frente de la joven. Levantó los ojos y entre unas blancas nubes vio una posible brillante estrella de luz purísima, consoladora. Era… ¡la estrella de la mañana! Al recibir los destellos del astro benéfico, sintió Candy que se derramaba en su lacerado pecho un bálsamo consolador. Le parecía que tornaba a él la esperanza; le parecía escuchar en lo más secreto de su ser una voz que le decía: «¡Tú puedes ser feliz, tú serás feliz!» Las lágrimas acudieron a sus ojos y las derramó en grande abundancia, aliviando un poco su oprimido corazón. Lloraba y en medio de su llanto volvía sin cesar los ojos a la estrella, y cada vez que la miraba, sentía las más dulces impresiones. Así pasó largo rato hasta que el frío de la mañana la obligó a retirarse.
Se dirigió al lecho para descansar tras tantas fatigas. Al recostarse movió un tanto la cama y sonó el corazón que estaba colgado en la cabecera. Se levantó la joven y le tomó en sus manos; al sentir su contacto helado le sobrevino un ímpetu de ternura como si él también padeciera frío, le calentó con su aliento, le apretó contra su pecho, y sus lágrimas volvieron a correr hasta que a fuerza de llorar quedó dormida.
Entonces soñó que estaba recostada en un bellísimo campo sobre un suave y verde tapiz de menuda hierba al pie de un Árbol de los Perfumes, muy elevado, en cuya frondosa copa estaban Posadas multitud de blanquísimas palomas y otras aves que cantaban dulce y alegremente y le procuraban un agradable sueño que no la privaba de gozar de esa dulce armonía, y después escuchaba una voz mucho más melodiosa que decía: «—Ven, esposa mía, despierta, ven a mis brazos; tuviste un horrible y tristísimo sueño; pero fue un sueño nada más. Soñaste que me eras infiel, que estabas lejos de mí; mas no lo creas, fue un sueño. Has soñado que la infamante marca de la sierpe, por segunda vez te había manchado, pero tú cuello está más blanco que la nieve. Soñaste que te faltaba mi anillo; pero he aquí que lo tienes en tu dedo». ¡Oh, felicidad! Candy se sentía libre de la marca y en su dedo tenía el anillo. Tras tanta pena, su corazón rebosaba de alegría al ver desaparecer todos sus terrores, todas sus agonías, para hallarse en el colmo de la ventura. Sonreía y derramaba dulce llanto. Ojalá que este delicioso sueño hubiera durado largo tiempo; pero Elroy tuvo la crueldad despertarla, no obstante que veía retratada en su rostro y en una dulce sonrisa la alegría que disfrutaba. Impresionada horriblemente por la relación de Candy, su sueño se había interrumpido frecuentemente, despertando sobresaltada. Un fenómeno se había obrado en ella: desde que el grito desgarrador de Candy le había sacado de su profundo sueño, éste de pesado se había hecho ligero, y desde entonces el menor ruido la despertaba; así es que no pudiendo dormir y aterrada por la soledad, no tuvo reparo en despertar a su compañera. Cuando volvió la pobre Candy de su sueño encantador, paseó tristemente sus ojos por el aposento y se certificó con dolor de qué se hallaba en el palacio de sus enemigos, señalada con la infame marca y desposeída de su precioso anillo. Se nubló su semblante, su corazón cayó en un abismo de amargura. «—¡Ay de mí! —exclamó—. ¡Conque mi ventura era un sueño!»
Espero sus comentarios, ¡nos vemos la próxima!
