Queridos amigos,¡hemos llegado al final de esta aventura!
Agradezco de todo corazón quién me está leyendo y quién me leerá y a todos los que quieran dejarme sus comentarios.
¡Disfruta la lectura!
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Capítulo 23
"Enséñame el amor"
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El cielo plomizo de repente se oscureció aquella tarde y en pocos minutos Stratford fue investida por un violento temporal.
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Candy y Terence corrieron al auto y se dirigieron hacia su nueva casa mientras por doquier truenos y relámpagos ardían vigorizados por la humedad del inconstante clima inglés.
Empapados y con frío, cerraron rápido la imponente puerta de ingreso apoyándose ambos con la espalda sobre el áspera superficie de alerce para recuperar el aliento.
-"¡No había visto una tormenta así desde hace mucho tiempo! ¡Mira lo mojados que estamos, Terence!" dijo Candy pasando su mano sobre la falda completamente impregnada de agua.
-"Si… mojados para escurrir!" subrayó él con una chispa de malicia en su mirada.
-"Ven, ayúdame a cerrar las persianas o nos congelaremos!"-
Aquella mirada vagamente evocativa le hizo sentir un insistente escalofrío.
-"¡No parece que sea Agosto!" - le dijo sintiendo sus piernas derretirse como la mantequilla mientras juntos se apresuraban a cerrar las pesadas persianas de las viejas ventanas -"Esperemos que la tormenta no llegue hasta el Mauretania...".
-"No temas, Tarzán, el temporal se dirige a tierra. No creo que encuentren mal tiempo...".
Terence se acercó al mueble bar y cogió una botella de colores que debía contener un licor de esos hechos en casa. Sirvió un poco y le dió el vaso.
-"Por estas partes preparan un excepcional Perry… Toma, nos mantendrá calientes mientras enciendo la chimenea".
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La chica sostuvo entre sus manos el liso cristal y empezó a saborear el dulce líquido.
Su calor empezò a suavizar las comisuras de su boca aliviando poco a poco su tímida vergüenza.
-"¿En dónde habrán puesto la leña? Ah aquí está...".
Mientras él caminaba hasta la chimenea, se quedó por un momento junto a la ventana.
Afuera el ruido del agua que se estrellaba con fuerza contra las ventanas parecía el latido de un emocionado corazón.
Candy sintió que sus pulsaciones frenéticas se fundían con aquel latido, esparciéndose contra las paredes de su pecho como una lluvia apremiante.
¿Estaba dentro o fuera de ella aquel majestuoso evento natural que cargaba de energía magnética el aire?
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Terence la llamó afectuosamente para que se acercara a él.
-"¡Se está encendiendo, no te quedes ahí en el frío!"
Obediente caminò para alcanzarlo.
El cristal de la ventana reflejó su imagen.
Tenía los cabellos sueltos y despeinados. El punto que le había cocido Faith se había deshecho mientras corrían dejando ver la abundancia de su seno apenas cubierto por el encaje del escote.
-"Parezco un pollito con las plumas rizadas" dijo sentándose en el diván detrás de él.
Terence se giró para verla y sonreirle.
-"Oh no, Candy… te aseguro que no pareces para nada un pollito..." le rebatió sin poder desviar la mirada de sus curvas.
-"¡Tal vez una gallina de Guinea suave y regordeta lista para la cena de Navidad!".
-"¡Terry! ¡Sabes ser en verdad imposible!".
-"¿Por qué? ¡A mi me encanta la gallina de Guinea rellena de uvas pasas! Es un verdadero manjar… para probar con las manos y por eso… lejos de las miradas indiscretas...".
Había pronunciado aquellas palabras haciendo más oscuro su timbre, como hacía cuando pasaba de bromear a un tono más serio.
Terence era así, ya lo sabía. Se divertía jugando al filo del doble sentido para provocar sus indignadas respuestas.
Tenía que admitir que su modo de ser aún lograba desestabilizarla. Pero tal vez era hora de que empezara a llamar las cosas por su nombre.
Con una mirada. Una alusión. Un simple rozamiento de sus pieles…
Terence tenía el poder de excitarla.
Aunque insistiera en reprocharle con indignación sus irreverencias, sabía que la había seducido completamente sin que pudiera poner resistencia.
Podría tener todo de ella. Y estaba por pedirselo.
Ella no esperaba otra cosa.
Acompañó estos pensamientos mordiéndose ligeramente el labio superior, en un gesto impulsivo que no se escapó a los ojos atentos de su esposo.
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Mientras tanto Terence intentaba estabilizar el fuego.
-"Cuando la leña está húmeda se necesita un poco más de tiempo para que encienda bien..." dijo esforzándose para parecer tranquilo.
-"Por suerte la dueña de la casa me ha dejado un buen suministro. Me ha avisado que los temporales en verano son frecuentes e intensos… Me recuerdan tanto a aquellos en Escocia… ¿Te acuerdas? Hubo uno parecido aquel verano...".
Imágenes vagas emergieron de su lejano pasado.
-"Si..."- respondió Candy – "lo recuerdo. Todos nosotros estábamos en la villa Ardley. Archie había organizado una cena. Desde la ventana se veía tu castillo".
-"Y yo estaba ahí, frente a la chimenea encendida, imaginando como sería bello compartir aquellas emociones contigo...".
-"Yo pensaba en tí aquella noche...".
-"¿Lo dices en serio?".
-"He pensado en ti aquel verano más de lo que te puedas imaginar, Terence..." le confesó sincera.
El joven tomó con fuerza otro pedazo de leña y lo puso al centro de los demás con una chispa emocionada en sus ojos.
Al fin aquella atormentada revelación había llegado.
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Candy volvió a mirarlo en silencio.
Estaba sentado de rodillas sobre el espeso cobertor que había tendido en el piso frente al para fuego doblado.
Se había quitado la chaqueta y subido las mangas hasta los codos, aunque con sus movimientos se habían vuelto a caer a lo largo de sus brazos. Sus finos rasgos delineados eran exaltados por los tonos cálidos de las llamas cada vez más encendidas como única luz en la habitación.
A pesar de la tenue iluminación, sus manos eran hábiles entre los morillos mientras intentaba contener el exceso de humo provocado por la madera.
Sus manos.
Ella se perdió contemplando su forma elegante pero sólida y sus nervios flexionándose y relajándose en un completo dominio de lo que estaba haciendo.
Su seguridad le provocó un segundo prolongado escalofrío.
Aquellas manos sabían ser impúdicas y delicadas más allá de la imaginación.
Sintió el sofocante deseo de sentirlas sobre ella.
Creía que enloquecería por el deseo.
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-"Perfecto, pienso que así pueda resistir por un poco… Ahora tenemos que quitarnos la ropa o nos enfermaremos...".
Esta vez aquella frase la había dicho espontáneamente sin malicia.
Terence se puso de pie para buscarla.
Ella se había acercado a una mesa para posar su vaso. Ahora estaba frente a ella de pie, a algunos metros de distancia.
La delgada tela del vestido mojado se adhería como una segunda piel sobre su cuerpo haciéndola lucir increíblemente provocativa.
Se dedicaron una mirada cargada de tensión.
En aquel instante un arrollador estruendo sacudió el aire seguido por un destello que entró por las verandas semi abiertas iluminando brillantemente con un haz de luz sus febriles rostros.
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-"¡Desnudate amor… sin prisa… Quiero contemplar desde aquí tu belleza!" le insinuó él con voz profunda.
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Sosteniendo la mirada, la chica siguió su sensual orden dejando resbalar su vestido hasta el piso.
Sus inciertas manos se detuvieron en los ganchillos de su ropa interior por unos segundos pero la expresión excitada de Terence la animaron a continuar.
Se quitó el sujetador y bajó con sus dos manos las medias.
Sus ardientes ojos constantemente sobre ella.
En cada centímetro que exponía sentía que su piel quemaba.
Pero en cada velo liberado de la propia desnudez sentía menos pudor.
Sólo quería provocar esa chispa. Quería que él fuera esclavo de su feminidad. Como no lo había sido de ninguna otra.
-"Ahora acercate a mi…".
Tímidamente se le acercó, avanzando entre las luminosas explosiones intermitentes de los rayos que invadían la habitación.
Terence la miraba como en éxtasis.
Con un dedo liberó su cuello de los largos rizos, descendiendo a lo largo de su espalda.
-"¿Quieres que haga lo mismo?" le preguntó al oído rozando su lóbulo con un pequeño beso.
-"Si..." le dijo ella débilmente.
-"Dímelo… quiero escucharlo claramente por tu voz...".
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Candy tragó con fuerza su saliva.
-"Desnúdate... Terence...".
-"¿Completamente?".
-"Si… completamente".
-"¿Porque me deseas?".
-"Porque siempre te he deseado".
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Terence se desabotono la camisa y la deslizó hasta sus hombros, dejando a su vista su torso musculoso; se la quitó de los brazos y la arrojó en el diván.
Mientras ella bajaba la mirada hacia el piso, se liberó del resto de sus ropas.
Candy tenía miedo de mirarlo. Su belleza inhibía cada movimiento.
Percibiendo su pena, le tomó su mano y la colocó sobre su pecho.
-"No tengas miedo de mirarme, Candy..."- le dijo despacio –"¡Ni de pedir… no tengas más miedos, Candy! Tus manos tienes acceso a donde quieran. Donde tu tengas ganas de llegar. Solo haz lo que sientas...".
Escuchando su exhortación Candy detuvo sus manos en su cuello, imitando sus movimientos descendiendo sensualmente hasta sus hombros.
Después las llevó hacia el centro. Lentamente.
Las detuvo sintiendo como su piel se estremecía y sus pectorales musculosos tensarse al contacto de sus dedos fríos.
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No le parecía verdad.
Podía ver. Y tocar.
Cada instinto reprimido se estaba liberando, aniquilando la oprimente capa de sus escrúpulos morales.
-"Mi amor… estás temblando..." le dijó mientras sentía como vibraba cada vez más bajo sus caricias.
Terence la miró perdiendo todo control.
-"Me parece que estoy aprendiendo a hablar por primera vez..." le confesó conmovido acercando sus cuerpos más allá de la decencia.
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- "¡Enséñame el amor, Candy!".
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Candy respondió a su mirada penetrante con la ingenuidad de su inexperiencia.
- "Yo… no conozco las palabras del amor...".
Pero él la estrechó aún más fuerte contra sí para que pudiera sentir claramente el vigor de su erección contra sus formas.
-"Tú eres la Diosa del amor, Ojos de luz.
La única mujer con la que yo me he sentido verdaderamente un hombre...".
Tomándola de las sienes, él atrajo su rostro para besarla hasta el último respiro.
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Afuera la tormenta estallaba con toda su ardor primario.
Esos rugidos sordos callaban el codicioso choque de sus bocas mientras los relámpagos hacían brillar entre la penumbra las pequeñas gotas de sudor de sus rostros.
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Terence la tomó entre sus brazos y la llevó junto a la chimenea.
Ahora estaban de nuevo uno de frente al otro de rodillas, besandose, tocandose, descubriéndose.
Mientras sentía como ella posesivamente lo abrazaba por la cintura con sus uñas, como un sediento hundió su rostro entre sus exuberantes y acogedores senos.
En una satisfactoria percepción de privilegio, empezó a apretarlos con sus manos y sus labios, embriagándose con los espasmos irregulares que le provocaba cada vez más intensos.
Con delicadeza la recostó sobre el cobertor.
Sus manos empezaron una alocada carrera en todo su cuerpo.
Una marea imparable que la arrastrò abandonada y naufraga.
-"Terence…".
De repente, Candy le rodeó el cuello con sus brazos y empezó a acariciarlo con la misma insistencia, deslizando sus manos hacia arriba y hacia abajo a lo largo de sus suaves músculos.
Con un gesto desinhibido detuvo su mano en su sexo.
-"Candy, jamás he estado tan desnudo..."logró decirle èl con la voz ronca.
Ella lo sintió palpitar y endurecerse bajo las yemas de los dedos, mientras los dedos de él también se abrían camino entre las fisuras de su impoluto capullo llevándola a un terremoto de goce jamás experimentado.
-"Eres ardiente..." le dijo sorprendiendose por el tono atrevido que estaba espontáneamente usando.
-"Eres tú, sólo tú quien ha alimentado este fuego, Candy...".
-"¡No lo apagues nunca, Terry, te lo ruego…!
¡Calma tus ansias, frena tus inquietudes pero conserva siempre encendida esta llama que me ha arrebatado el alma sin escape! ¡Deja que me encienda en esta habitación y que me envuelva con toda su fuerza! ¡Tú me has trastornado y… me has conquistado!
¡Has que me rinda a ti es la única cosa que quiero realmente!".
Conmovido Terence dejó resbalar sus manos entre sus piernas, separándolas con delicadeza.
- "¡Abre las piernas, mi amor… que sea mía tu dulzura!" la imploró entrando en ella con premura.
- "Que sea mía tu pasión… que sea mío tu corazón..." le respondió ella con un febril espasmo de dolor que no lograba detener sus ganas.
-"Que sea mío tu luz… y tu sonrisa, Candy..." empezó a empujar èl sintiendo sus defensas aflojarse bajo su peso.
- "¡Que sea mía tu poesía… que sea mía tu vida, Terence!" jadeó ella entre lágrimas y espasmos, arqueando la espalda para sentirse completamente llena de él.
- "¡Yo he sido siempre sólo tuyo!".
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Terence se adentrò aún más en su vientre con un ímpetu descontrolado.
Gritaron aferrados a sus cuerpos aún unidos, escuchando las explosiones de las sensaciones más impactantes que surgieron de su fusión.
Ninguno de los dos había jamás sentido un placer tan visceral.
Ninguno de los dos se había sentido así de vivo.
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- "¡Te amo, Terence, te amo!".
- "¡Te amo, Candy!".
Finalmente podían decírselo juntos, gritarlo, marcarlo en sus pieles como un sello indeleble.
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Amor…
En los escalofríos, en la respiración entrecortada, en los ojos brillantes y los labios temblorosos.
En las caricias ferales y protectivas.
En la maraña de cuerpos y sentimientos en un acto de amor sin final.
Amor y sólo amor…
Sin carreras con los ojos cerrados en la noche…
Amor para perdurar, para dilatar un instante eterno, para quedarse y respirar en la oscuridad,
para escuchar el silencio y encender la fantasía…
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Terence sintió salir su líquido denso y ardiente en una impetuosa erupción.
Se dejó envolver por los brazos de Candy, sintiendo que también su cuerpo empezaba a ser sacudido por contracciones cada vez más rabiosas.
Embriagado y jadeante, la miró perderse en los espacios sin confines de sus adorables iris, arrebatando un último emocionado beso en la furia de su incandescente orgasmo.
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Exhausto se dejó caer a su lado.
Le acarició el rostro, los párpados, los labios.
-"Sabía que contigo sería así..." le susurró débilmente.
Ella notó un hilo brillante que le mojaba su mejilla.
-"¿Porque lloras, mi amor? Me habías dicho que yo era tu alegría..."
-"Y lo eres, Candy… lloro porque ahora sé lo que significa aferrar la felicidad entre mis manos.
No creí que sería posible para mí...".
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Candy no lo dejó terminar.
Le besó los ojos para secar sus lágrimas, como ya una vez había deseado hacerlo.
Las lágrimas de una noche y de toda una vida.
Él hizo la misma cosa con ella.
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Abrazos, destellos y relámpagos encendieron el tiempo que siguió.
Lánguidamente sus cuerpos continuaron conquistando su perfecta fusión.
Ahora existían juntos.
El trueno y el relámpago.
El fuego y el viento.
Era esa su única consciencia.
Y no querían que llegara nunca el final de aquel encanto.
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En medio de la noche honda Candy fue despertada por el gruñido seco de su estómago.
Adormecida abrió sus ojos en la penumbra de la alcoba iluminada por la tenue luz de un abat jour de lectura.
La tormenta había terminado.
Aún sin poder creerlo, dió un largo respiro.
No lograba explicarse todo lo que había ocurrido en un sólo día.
Terence se había quedado dormido sobre de ella, con la cabeza entre su cuello y su hombro. Se había quedado dormido mientras la besaba. Los dedos de su mano estaban aún entrelazados a la suya.
Tenía una expresión angelical.
Así tan cerca de él podía respirar el aroma de su piel. Olía bien.
Recordó todas las veces en las que se había descubierto respirando aquel aroma y sintiendo un inconfesable perturbación que la había obligado a huir. Probablemente se trataba de alguna clase de alquimia química, pensó entre sí; aquel hombre complejo y atractivo que dormía a su lado totalmente relajado le había provocado desde siempre turbamientos inconfesables que su educación se había negado hasta el último momento de descifrar.
Sin embargo había sido tan natural hacer el amor con él, como si todo su cuerpo no hubiera deseado otra cosa jamás.
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Acomodó su cabeza sobre la almohada, con mucha delicadeza y cuidado para no despertarlo. Después deshizo el nudo de sus dedos que aún estaban entrelazados.
Luego buscó algo que ponerse encima. Sentía frío.
La única cosa que encontró fue la sábana. Se envolveria en ella e iría a la cocina en busca de algo para picar. Pero cuando puso sus pies en el piso sintió que la detenía de la muñeca.
-"No creas que te dejaré abandonar tan fácil esta cama".
Era aquel susurro de su voz que la hacía enloquecer. Apenas despierto se coloreaba con una gama de tonos más graves que lo hacían escucharse aún más sensual.
-"No me lo digas en ese modo… podría tomarte la palabra y quedarme contigo en la cama a hacer el amor toda la vida" le respondió aún más atrevida.
-"Entonces, tómame la palabra. No salgamos de aquí… No necesitamos nada más".
Candy le besó el hombro escapando de sus manos.
-"¿Tú no tienes hambre?".
-"Claro que tengo hambre… un hambre infinita..." le respondió él empezando a acariciar con un dedo su cuello descendiendo entre sus senos cubiertos por la sábana.
-"No me refería a aquel tipo de hambre...".
-"Yo no tengo otra clase de hambre que no sea de ti… y tú eres la única que puede saciarme...".
Terence se le acercó a la mejilla.
-"Mira… lo has hecho de nuevo...".
-"¿He hecho qué cosa?".
-"Cuando haces aquella carita de traviesa se forma un hoyito en este punto que parece reclamar toda mi atención… Ves, no puedo hacer otra cosa que inundarlo de besos".
Empezaba a intensificar sus efusiones cuando el estómago de Candy volvió a escucharse ruidosamente.
Los dos se echaron a reír sin poder controlarse.
-"En serio tengo hambre, amor, estoy sin fuerzas...".
-"¡Ya escuche, ya escuche! Espera, ahora te traigo un bocadillo de la cocina. Si somos afortunados la cocinera me habrá dejado algo que le había pedido… pero tendrás que ser paciente porque tengo que calentarlo...".
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Después de casi un cuarto de hora, Terence regresó caminando con cuidado con una gran bandeja en sus manos.
-"¡Candy, mira que es lo que te he traído! La señora Lawrence es muy precisa. Me había dicho que la prepararía cada jueves...".
-"¡Oh tarta de manzana!".
-"¡Si, es igual a la de la señora Robinson!".
-"¿Bien, y mi rebanada?".
-"Espera… no comas ansias… ¿Recuerdas lo que me has dicho tiempo atrás? El postre se saborea con los dedos...".
Gozando su expresión confundida, hundió su dedo índice en la suave cubierta de canela y caramelo y lo pasó sobre sus labios, empujándolo dentro de su boca para que pudiera probarla.
Repitió el mismo gesto más de una vez.
Después mordió su rebanada. Se acercó a ella y la besó, para que la saboreara desde su boca.
Candy se sentía cada vez más tensa mientras la iniciaba divertido en aquel juego.
-"Desde los labios hasta el corazón...".
Descendiendo por su mentón Terence le dibujó una línea suave y cálida hasta llegar a sus senos.
Los cubrió de tarta y empezó a limpiarlos sensualmente con su lengua, haciendo que ella se derritiera en miles imperceptibles y excitantes palpitaciones.
-"Se dice que el seno ideal es aquel que llena exactamente la mano de un hombre..." le guiñó un ojo mientras cubría enteramente con su mano su turgor.
-"Tus manos son perfectas… Terence" murmuró ella.
-"Sé que quieres escuchar que te diga que eres bellisima...".
-"¿Lo soy para tí?" le preguntó con un débil suspiro.
-"Me atraes como un loco, no finjas que no lo sabes… eres la más provocativa de las tentaciones… para coger y saborear con pequeñas mordidas...".
Al decirlo, empezó a descender a lo largo de su abdomen, dándole suaves mordiscos e inundandola de ligeras vibraciones a flor de sus labios.
-"Oooh… Terence...".
Ese roce insistente y ligero sobre su piel era una irresistible tortura para ella.
Extasiada Candy cerró sus ojos, contrayendo todo su cuerpo sintiendo como la boca de Terence recorría su vientre.
Sentía que cada vez perdía más el control en cada una de sus mínimas oscilaciones.
Terence era consciente y la guiaba con seguridad hacia aquellos territorios inexplorados del placer.
Un placer siempre más extremo.
Con sus dos manos abrió sus piernas y hundió su boca entre ellas.
Su hambre siguió su instinto como una liberación.
Ella levantó su pelvis, sin dominar más las frenéticas convulsiones.
Era una sensación que la hacía explotar al sentirse suya en aquel modo.
Estremeciéndose le apretó sus cabellos mientras liberaba un gemido agudo. Envolviendolo con sus piernas, lo atrajo hasta su rostro.
Ahora tremaba de manera incontrolable entre sus brazos.
Terence se enamoró de aquel modo suyo ardiente y dulce de dejarse llevar. Era una experiencia totalmente nueva para él ya que jamás había pensado en su pareja más que en él mismo mientras tenía sexo.
La mimó. Como si estuviera acariciando entre sus manos la cosa más preciosa y frágil. Escuchando junto a ella sus escalofríos que poco a poco se calmaban y sus latidos se normalizaban al contacto de sus calor tranquilizante.
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-"Tengo que recordar decirle a la señora Lawrence que los señores Granchester han apreciado mucho su tarta..." le dijo acariciándole la frente cuando le pareció que se había recuperado.
-"Si, era muy buena pero te recuerdo que yo aún no como mi rebanada" protestó Candy intentando esconder su aturdimiento.
-"Era yo quien tenía hambre...".
-"Es verdad" reconoció él acercándose a la cómoda para cortar otra porción.
-"Aquí tiene, contenta mi señora, esta es su ración. Puedes lamerte los dedos y cualquier otra cosa que desees...".
Otra provocación desvergonzada.
-"¡Terence! En verdad eres un descarado".
-"Y tu pecosa, eres menos recatada de lo que quieres aparentar. Tenía un leve presentimiento de ello...".
La chica se ruborizó visiblemente. Se daba cuenta que con él estaba experimentando aspectos impúdicos de su carácter que no pensaba siquiera existían.
-"Eres tú que me empujas siempre a mis límites… no sé cómo lo haces..." lo acusó para justificarse.
-"Bien… entonce sobrepasa tus límites, Candy...".
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Con los ojos encendidos por una descarga sexual desarmante, Terence se dejó caer hacia atrás sobre las almohadas.
Estaba totalmente desnudo debajo de ella, por primera vez a su merced. Esperando su reacción.
Candy se encontró nuevamente invitada a explorar lo desconocido.
Mirandolo sin inhibiciones en toda su masculinidad, hundió sus manos en la tarta y la empezó a esparcir encima sintiendo como su dulce calor se fundía con el de su piel en ebullición.
Se inclinó sobre su pecho y empezó a comer, apretando con sus dedos sus muñecas mientras frotaba con su pelvis su excitación.
-"Puedes hacerme todo lo que tu fantasía te sugiera..." la instò èl, comenzando a calentarse de nuevo.
-"Tú me harás perder la cabeza...".
-"Creía que ya lo había logrado… ¿Osas aún resistirte a mi?".
-"¿Quieres por favor quedarte callado por una vez?".
En aquel silencio repentino empezó también ella a darle pequeños mordiscos, probando con caricias cada vez menos castas la consistencia de sus músculos.
A medida que avanzaba y lo sentía delirar bajo su audacia, sentía una sensación siempre mayor de potencia.
Era una lucha entre ellos, un infinito y estimulante conflicto.
Con sus palabras y sus gestos.
El horizonte de aquella fascinante contradicción que eran ellos dos juntos se apartaba vertiginosamente en planos imposiblemente íntimos pero se trataba de una diferente perspectiva.
Sus almas unidas estaban solo aprendiendo una nueva y exaltante forma de lenguaje.
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-"¡Ahhhh... Candy!".
Languideciendo indefenso Terence hundió su cabeza en la seda de la almohada dejándole el control sobre él.
-"¿Crees que no sepa plantarte cara, Terence?".
Ella misma se sorprendió ante sus palabras cada vez más audaces.
-"Oh no claro que no…." susurró débilmente envuelto por su toque.
-"Siempre me has gustado por esto. Sé perfectamente lo que quieres, te conozco más de lo que tú misma por miedo te has querido conocer...".
Candy le dio una mordida ligeramente más fuerte en el costado derecho, haciéndolo saltar.
-"Ah… ¿Que quieres comerme en serio, Tarzán?".
-"Te he dicho que tengo hambre...".
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Un momento interminable…
-"Terence yo quiero ser la única para ti...".
Suspirando él se detuvo ante su confesión.
Revelando de su boca cada secreto.
-"Lo eres… ¿Porque me lo preguntas aún? ¿Acaso no ves lo que me provocas?"
Ante aquellas palabras ella se levantó al improvisto.
Su rostro palideció.
-"¿Que pasa?".
Sin resistir, le reveló la esencia de la última distancia que aún los separaba.
-"Sé que has tenido otras mujeres… yo me sentiré siempre insegura contigo. Quisiera lograr hacerte olvidar. Quisiera ser yo la emoción más fuerte que has sentido...".
Terence se sintió abofeteado por aquel comprensible desahogo.
Por instinto la atrajo hacia su pecho. Tomándola entre sus brazos la sentó a horcajadas sobre de él y entró en ella con impetuosidad.
-"¡Quiero que olvides estos miedos! Yo nunca he hecho el amor con ninguna antes de ti. Las otras jamás han contado. ¡Nada, Candy, nada de lo que he sentido antes es mínimamente comparable con esto!" le gritó empezando a atraerla con firmeza sobre él mientras le apretaba intensamente sus caderas.
Candy dejó escapar un grito ahogado por la fuerza con la que la estaba poseyendo.
Sentía como sus manos la apretaban, la levantaban y la dejaban caer en un ritmo apremiante que le impedía cualquier forma de reacción.
Lo sentía moverse dentro de ella con prepotencia. Le pareció implosionar varias veces alrededor de sus paredes rígidas de su virilidad.
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En el ápice de aquella exaltación sensorial, abrió los ojos y vió que la estaba observando.
No había dejado de hacerlo, ni por un segundo. En sus ojos había amor puro.
Se abrazó entonces a su cuerpo con una nueva seguridad, siguiendo el flujo torrencial de sus humores fundidos en un fluido de vida..
- "Ninguna antes. Ninguna después..." le juró èl aún conmovido hundiéndose en la cascada de oro de sus rizos perfumados por rosas, hierba y sensualidad.
- "¡Sólo tú has existido para mí! ¡Esto es amor!".
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Terence se acurrucó a su lado descansando su cabeza en su vientre como en posición fetal.
-"¡No quiero volver escucharte hablar así, te lo ruego amor mío… mi único amor!
Jamás he sido un santo pero te he dado incondicionalmente la virginidad de mis sentimientos. ¡No quiero que lo dudes jamás!".
Candy le acarició los cabellos con ternura mientras sentía aún pequeñas pulsaciones difusas que continuaban a atormentarla deliciosamente.
-"¡Disculpame, Terry! Ahora lo he entendido. ¡Todo ha terminado, amor mío! Todo olvidado...".
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Permanecieron así, embriagándose de aquel mutuo intercambio de caricias silenciosas.
Ambos sintieron claramente que aquello era el verdadero sentimiento de beatitud .
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La luz del día empezó a filtrarse a través de las rendijas de las persianas de madera cosquilleando en sus pies que descansaban fuera de la cama.
Candy se despertó envuelta por un satisfactorio sopor moviendo su mano para acariciarlo.
-"Terence...".
No había nadie junto a ella.
Empezó a llamarlo alzando la voz pero se dió cuenta que no estaba cerca.
Aquella ausencia le provocó un fastidio sofocante. Ya se había acostumbrado a sentir su olor como oxígeno vital.
Se levantó de la cama inquieta, buscando en el armario una camisa que pudiera ponerse y se dirigió al corredor de su casa caminando con los pies descalzos y sus músculos aún adoloridos.
El elegante cottage descansaba en un somnoliento silencio.
Finalmente de repente escuchó algo.
Parecía música. Si, era el sonido de un piano.
Movida por un ansia que jamás había sentido, apresuró sus pasos para alcanzarlo.
En el enorme salón lo encontró sentado en un piano de cola color ébano.
Estaba tocando una melodía conmovedora, inmerso en el fluir de su arte.
Un magnífico cisne negro salvaje.
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sugerencia musical: Takeo Watanabe, 'La melodía de Terry'
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Sin que la escuchara se le acercó por la espalda.
Él interrumpió la estrofa y volteó probandole que se había dado cuenta de su presencia.
-"¡Estás aquí, buenos días! Encantadora la combinación de colores con tu tono de piel pero definitivamente algunas tallas mucho más grande..." le dijo alegremente aludiendo a su voluminosa camisa.
-"¿Por qué no me has dicho nada cuando te levantaste?".
-"Eras una visión hermosa mientras dormías desnuda, no he querido molestarte...".
-"Has hecho mal. Yo no quiero volver a despertarme sin encontrarte junto a mi".
Terence notó que tenía los ojos húmedos.
-"Eeh no te pongas así" la tranquilizó acariciando con amor su mejilla.
-"Está bién, no volverá a suceder. No quería te preocuparas".
-"Lo sé que es irracional pero he temido que te hubieras marchado...".
-"¿Y a dónde me hubiera escapado? Veamos… No hay otro lugar en el mundo donde quisiera estar… Mejor tú… dime… ¿Quién me asegura que cuando echarás de menos tu vida no me abandonarás tristemente solo ante mi suerte?".
-"Sabes que no podría hacerlo".
-"Pero yo no quiero obligarte a vivir con arrepentimientos...".
Candy posó su cabeza sobre su hombro.
-"Que seres bobos que somos tu y yo… ¿Podríamos dejar de inventarnos monstruos por combatir y permitirnos vivir de una buena vez?
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Mi lugar está aquí, dónde estás tú.
El mundo se queda atrás, Terry.
Nosotros lo dejamos atrás…
Solo nosotros existimos".
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Mientras le hablaba se acurrucó contra su pecho dejándose abrazar por la cintura.
-"Es muy bella la melodía que estabas tocando..." le dijo con voz baja.
Terence volvió a reproducir distraídamente el tema principal.
-"Me la ha enseñado mi primer preceptor… no sé ni siquiera quien sea el autor pero la he continuado a tocar por años… Creo que de algún modo me describe".
-"Quiero aprenderla, Terry...".
-"¿Te gustaría?".
-"Quiero aprender todo de tí…" susurró etérea.
- "Aprenderemos juntos, Candy… y nuestra música se compondrá sola …
Dame tu mano derecha, sigue mis movimientos. yo te acompañaré con la izquierda!".
Permaneciendo pegado a ella, empezó a enseñarle las notas por repetir.
Candy lo siguió prendada de sus labios. Sus manos empezaron a acariciarse en una danza de tonos eróticos.
Casualmente. Después menos casual.
-"No es difícil...".
-"¡Te he dicho que no hay nada que tú no logres hacer!".
-"Es bello tocar juntos".
Terence apartó la mano de las teclas para que continuara sola.
-"Déjate llevar por esta onda que nos protege de todo… y quédate cerca de mi. Nosotros somos música...".
-"Si, Terence, lo somos" le confirmó Candy.
-"Siento cada nota tuya escondida, cada pausa, cada leve desaceleración y cada apasionante crescendo. ¡Lo siento y... lo amo!".
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- "Entonces sienteme, amor mío…
Sienteme entre las respiraciones lentas… y mis silencios oscuros.
Como la calma y el trueno,
En el cielo despejado y en la tempestad…
Creamos el amor, Candy...".
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Con un movimiento determinado Terence le subió la camisa y se abrió su bata sentandola sobre de él para que pudiera volver a sentirlo dentro de ella.
-"Terry...".
-"`Sigue tocando…. no te detengas...".
-"Aahhh...".
Candy sintió que se movía dentro de ella con la cadencia frenética de la progresión rítmica.
-"Shhhh No te detengas…." le suplicó entre besos.
Con un impulso la hizo voltear, para que pudieran mirarse a los ojos.
Con una mano arrojó al piso las partituras y bajó el atril para colocarla sobre la estructura desnuda de madera.
Y empezó nuevamente a amarla, de la manera más apasionada, mientras los acordes desentonados producidos sobre las teclas por los espasmos que sus cuerpos jóvenes vivos improvisaban en el aire, con la armonía de almas y cuerpos de sus gemidos, una música suave que no tenía más faltas.
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El sol estaba alto en el cielo y pronto la servidumbre a la que le había dado el día libre se presentaría para retomar el servicio y serían recibidos con una sorprendente novedad.
Habían dejado a Terence soltero y lo encontrarían casado.
Los dueños de la casa habían permanecido por mucho tiempo frente a la chimenea apagada platicando de cómo podrían dar explicaciones de su espontánea unión conyugal, imaginando las reacciones de aquellos ancianos caballeros y de aquellas distinguidas damas del Warwickshire de la vieja estampa que no estaban avezados a las costumbres libres y a la índole apasionada de los nuevos hospedadores.
-"¿Los escandalizaremos, verdad?" preguntó Candy un poco preocupada.
-"Creo que si, es inevitable… pero después de un tiempo se darán cuenta que no estamos tan mal...".
-"¡Terry! ¡Parece que esto hasta te divierte!".
El joven no pudo contener más su explosión de buen humor.
-"¿Pero Candy, de que te sorprendes? ¡Te has casado con el príncipe de los escándalos! ¿Quieres que me espante por algunas tímida palidez puritana?. ¿Y a demás, lamento tener que recordarte, mi dulce consorte, pero que crees que estén pensando de tí y de tus últimas alocadas acciones tu estirada y conservadora familia?
Nosotros dos no somos justamente aguas tranquilas. ¡Somos escándalo ardiente!" le dijo enfatizando sus últimas palabras con su típico acento sarcástico.
-"¡No me interesa lo que piensa mi familia de mi comportamiento! ¡Yo siempre he pensado por mi misma!" se defendió ella.
Terence le tomó su mano y se la besó devotamente.
-"¡Y yo siempre he admirado tu cabecita libre, mi encantadora rebelde!
¡Y creo que pronto lo harán también las personas que conoceremos aquí y que formarán parte de nuestras vidas, puedes estar segura! ¡Eres una mujer maravillosa, Candy!".
-"Una digna señora Granchester entonces...".
-"¡Más que digna para mí!".
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El sonido del reloj de péndulo con el precioso emblema ducal que Richard le había regalado a su hijo un día antes interrumpió su charla regresándolos al despiadado tiempo que pronto los alejaría de su idilio romántico.
Candy se acarició las piernas desnudas, antes de ponerse de pie enérgicamente.
-"¡Creo que necesito de un buen baño si quiero empezar a presentarme dignamente como tu esposa!".
-"Yo diría que si, mi amor, estás toda pegajosa de canela y azúcar caramelizada! No es que me desagrade, me refiero a que… la señora Lawrence no tardaría mucho en entender el fin que ha tenido su tarta si te viera. ¡Me parece una mujer perspicaz!".
-"Entonces voy rápido...". Se dirigió corriendo hacia la puerta y se detuvo de repente en el umbral.
-"Si sólo supiera dónde está el baño..."
-"¡Buscalo! ¡Esta es tu casa! ¡Antes o después tendrás que descubrir sus cavernas secretas...".
-"¡Que gracioso!".
-"Ah olvidaba decirte que los castillos de los ogros malvados que raptan a las bellas princesas tienen cien habitaciones… podrías arriesgar de perderte en un laberintos...".
-"Oh cariño, no te preocupes, tengo un óptimo sentido de orientación.
Puedo equivocar el camino, pero como ves, sé llegar a la justa destinación…
¿Tú no vienes?"le dijo ofreciéndole la mano.
-"¿Yo? ¿Quieres que me bañe contigo?".
-"¡Claro! ¡Te he dicho que no quiero que me dejes sola por ningún motivo! Y además tienes que prepararte también tú, ¿No pensarás presentarte frente a otras mujeres sólo cubierto por una bata?".
-"¡Me encantas cuando te comportas como una mona celosa, pecosa! Adelantate a preparar el agua. Te alcanzó en un momento".
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Terence permaneció por algunos minutos saboreando aquella balsámica quietud, respirando con tranquilidad el perfume insistente de la madera del castaño quemado de la chimenea.
Después se levantó, como empujado por un sutil llamado, y se detuvo frente al gran espejo que cubría casi la pared entera del salón principal.
Observó en el cristal la expresión tranquila y serena de su rostro.
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Y empezó a recitar con voz alta y lenta, por primera vez sin barreras, el personaje que en su vida le había costado más interpretar.
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- "Soy el célebre actor Terence Graham, tal vez me habéis visto en alguna de mis presentaciones,
y éste es el secreto de mi redención.
Tiene los ojos verde mar, una cascada de rizos rubios
y una sonrisa pura y acogedora que me de endulza el corazón.
Candy.
La pieza que le faltaba a mi alma…
Caminamos juntos hacia una dulcísima idea del futuro.
Ahora finalmente puedo tomar de la mano a aquel niño solitario e inseguro.
Sé que ella lo sostiene de la otra mano.
Ya no hay tristeza en sus ojos".
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En ese momento el reflejo volvió a mostrar aquella imagen.
El niño agachado con sus manos en sus rodillas levantó su rostro y le sonrió agradecido.
Terence le tendió su mano para animarlo. Sin dudarlo él hizo lo mismo.
Sus dedos se rozaron en una realidad inmaterial.
Se aferraron.
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-"¡Terry! ¿Vienes?".
La voz de Candy lo llamó apasionadamente desde el baño.
-"¡Si, ya voy!" le respondió.
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En la chispeante brillantez del verano que había regresado a invadir la casa, Terence si dirigió al baño para alcanzarla.
Junto a él, una pequeña sombra lo tomaba de la mano.
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Empezaron a correr. Podría jurar que incluso estaban bromeando juntos.
Después en la carrera, el hombre y su sombra se unían en uno solo.
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"¡Terence, te he salvado!
Te ha salvado.
¡Ahora puedes ser por primera vez en tu vida… simplemente feliz!" .
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FIN
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sugerencia musical: Yanni, 'In the morning light'
