¡Hola a todos! Espero que estén súper. Muchísimas gracias por sus comentarios del capítulo anterior, me alegra mucho que varios de ustedes se hayan emocionado jajaja creo que fue el capítulo más emotivo de todos (y definitivamente el más largo jajaja). Haré una muy necesaria mención a Sabr1, que se ofreció a betear (?) este capítulo. ¡Muchísimas gracias por tu ayuda y tu paciencia corrigiendo todos mis errores! Gente como tú hacen un gran aporte a esta comunidad.

¡Gracias a todos por leer! Hasta el próximo capitulo.


Capítulo 17

A veces, Yoh soñaba que tenía un hijo. Un bebé con un par de días, sano, de mejillas rosadas y muy escaso cabello rubio. Sus ojos eran cafés; una mezcla entre castaño y miel, grandes e inocentes. Su cuna se encontraba en la habitación que él compartía con su novia, así que, cuando él despertaba, era lo primero que veía durante la mañana.

Le sorprendía lo pequeño que era, con sus manitos y sus deditos diminutos. Vio a Anna recogerlo desde su cuna, con mucho cuidado, casi con temor de que se fuera a romper. El bebé estaba envuelto en una manta, con dibujos de distintos animales adornándola. La rubia lo acunó en sus brazos, meciéndolo suavemente. Sus mechones dorados caían sobre sus hombros, ocultando levemente su rostro. Observó a su novia, que sonreía con una expresión que sólo había conocido con el nacimiento de ese niño.

Yoh la miró en silencio, con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Recargado sobre el marco de la puerta e hipnotizado ante la melodía de la canción que Anna entonaba, hizo un esfuerzo por recordar que eso estaba sucediendo. No era un sueño, era su realidad.

Enderezó su postura y caminó despacio hacia la rubia. Escuchó los sollozos de su bebé cada vez más fuertes.

—Qué malhumorado —susurró el castaño, apoyando su mentón sobre el hombro de Anna.

—Todos acertaron —comentó ella, con el mismo volumen de voz de su novio—. Heredó mi carácter.

Yoh le hizo un gesto con las manos a Anna, que ella entendió claramente, sin necesidad de palabras. Lentamente, extendió el pequeño y ruidoso bulto a los brazos del joven padre, que recibió feliz al bebé. Lo dejó descansar sobre su pecho, dando un breve paseo por la habitación.

—Ya, Hana —le habló, acariciando la pequeña espalda del bebé con su mano—. Tranquilo, no pasa nada…

Anna escuchó que, en pocos segundos, el llanto de su bebé se detuvo. Miró a su novio caminar lentamente hasta la cuna, con una sonrisa presumida. Devolvió al bebé a su lugar de descanso, con aires victoriosos. Hana se había quedado dormido con rapidez, respirando profundamente. La rubia miró a Yoh.

—¿Cómo haces eso? —masculló, cruzando los brazos, indignada.

—Soy el nuevo padre favorito —respondió en un susurro, inclinándose sobre ella.

Anna quería mantener su expresión de enfado, pero fue imposible cuando sintió la mano de su novio detrás de su espalda, atrayéndola hacia él. Su rostro se suavizó y, alzándose levemente, sintió los labios de Yoh contra los suyos. Manteniendo los ojos cerrados, pudo sentir a su novio sonreír. Con la otra mano tomó su mejilla y la acarició, apenas rozando su piel.

Escucharon a alguien aclarar su garganta, haciendo que ambos se separaran ante dicho sonido.

—La comida está lista —dijo Hao, sin entrar a la habitación—. Nuestra madre pregunta si bajarán a almorzar.

Yoh y Anna intercambiaron miradas, para luego echarle un vistazo a la cuna en donde su hijo dormía plácidamente.

—Yo puedo quedarme —respondió Yoh, sin elevar el tono de su voz—. Ve tú —le dijo a Anna, mientras ella observaba al bebé descansar.

—Ve tú, no tengo hambre —respondió la rubia, agachándose sobre el pequeño para acomodar su manta.

—¿Estás segu…?

—¡No tengo todo el día! —exclamó Hao, impaciente.

Los novios lo miraron impactados, pero su sorpresa fue reemplazada por molestia cuando escucharon al bebé sollozar. El mayor de los Asakura cubrió su cara con una mano, exasperado, ya que no era la primera vez que le pasaba.

—Supongo que ninguno de ustedes comerá ahora.

Mientras Yoh recogía al niño de la cuna, Anna se aproximaba a la puerta. Sin decir nada, cerró la puerta en las narices de su cuñado. Hao puso los ojos en blanco, y bajó las escaleras refunfuñando. Llegó hasta el comedor y se sentó, molesto. Sus padres y abuelos lo observaron con curiosidad.

—¿No van a comer? —preguntó su madre, sirviéndole un plato de comida al mayor de los gemelos.

—Son tan irritantes —comentó el muchacho, sacando inmediatamente un pedazo de carne del plato. Lo masticó molesto, mientras su abuela negaba con la cabeza.

—Son padres primerizos —dijo la anciana, bebiendo un poco de jugo—. No podrías esperar otra cosa.

—No entiendo por qué no quieren dejar a Hana solo —respondió Hao, apoyando su mentón sobre su mano—. No es como que vaya a desaparecer.

—Tienes que entenderlos —dijo su padre, observando divertido a su hijo—. Están aprendiendo cómo es tener un bebé. Creo que ninguno de ustedes había cargado a un recién nacido hasta ahora.

—Anna ni siquiera me permite estar a solas con él —se quejó Hao, mascando un nuevo pedazo de carne. Con la boca llena, continuó hablando—. Soy su tío, no es que vaya a rellenar su biberón con alcohol o algo así.

—¿Entonces estás molesto porque no te incluyen tanto como quisieras? —preguntó Mikihisa, sorprendido.

—¿De dónde sacas conclusiones tan ridículas? —cuestionó Hao, evidentemente irritado.

—Hana no es un juguete nuevo —dijo el abuelo, atrayendo la atención de su nieto—. Estás entusiasmado con él, pero Yoh y Anna son sus padres, ellos tienen que averiguar cómo ocuparse de él. Tú tendrás que mantenerte al margen, hasta que ellos deseen involucrarte más.

Hao puso los ojos en blanco. Al parecer, Yohmei seguía la misma línea de pensamiento que su padre.

—No me molesta que no me necesiten —insistió el gemelo—, pero no tiene sentido que no duerman ni coman por estar todo el tiempo con el bebé, cuando yo también podría ayudarlos.

—Mis conclusiones no son tan ridículas, entonces —comentó Mikihisa, sonriendo triunfante.

—Cállate, abuelo —el hombre se puso pálido ante el comentario de Hao. Su hijo menor lo había convertido en abuelo antes de tiempo, siendo que aún era joven para ese título.

—No sé por qué sufres —dijo Kino, alzando una ceja detrás de sus gafas oscuras—. El mocoso de Yoh me hizo bisabuela, ¿puedes creerlo?

—Ya era hora, abuela —dijo Hao, con una sonrisa burlona—. Con su edad, ya debería haber sido tatarabuela hace un par de años.

—Te crees tan divertido, ¿eh? —respondió la anciana, sonriendo—. Keiko, entrégame mi bastón, le voy a dar una lección a tu hijo.


Era de noche y las estrellas alumbraban el cielo nocturno. Hao las contemplaba maravillado, eran su única compañía en esos minutos. Estaba en su habitación, recostado sobre el marco de su ventana, inmóvil hacia varios minutos. Escuchó unos pasos, pero no volteó a ver quién había entrado a su cuarto.

—Detesto que entres sin tocar la puerta, Yoh —habló, sin dirigirle la mirada a su hermano.

—No digas que te sorprendí —dijo divertido el gemelo, parándose junto a Hao—. Rara vez lo hago.

—¿A qué debo el honor de tu presencia? —preguntó el mayor, soltando un suspiro, enfadado—. Creo que es la primera vez que sales de tu cueva desde que llegamos a casa.

—Los abuelos se quedaron con Hana, Anna aprovechó de ir a ducharse y bueno yo… —Yoh rio—, aproveché de ir a comer algo y quise venir a verte.

Hao retiró sus ojos del firmamento y observó a su hermano menor. Notó las ojeras nuevas que lucía esos últimos días. No recordaba haber visto ese aspecto trasnochado en Yoh jamás, pero continuaba sonriendo bobamente, con ese estúpido brillo que sus ojos habían adquirido.

—¿Y? —preguntó el mayor, apoyando los codos en el marco de la ventana.

Conocía a Yoh demasiado bien como para pensar que su visita esporádica no tenía un propósito. Escuchó a su hermano suspirar.

—Sé que estás molesto —dijo Yoh, y era obvio lo que decía. Hao lo miraba casi despectivamente—, pero no entiendo por qué.

—No lo sé, Yoh. Tal vez, si te esfuerzas en pensar un poco más, puedas hallar la respuesta.

—No es por Hana —respondió seguro, apoyando su espalda contra la pared—. No es fácil vivir con un recién nacido en casa, pero lo quieres. No podría ser por él.

—¿Entonces…?

—Es por mí —supuso el menor, dirigiendo la mirada hacia el techo. Parecía estar pensando en voz alta—. Crees que te he estado alejando.

Hao lo contempló en silencio, sintiendo que su expresión se hacía menos severa.

—Hao, yo… —pasó una mano por su cabello, tratando de encontrar las palabras precisas—. Trato de hacerme la idea de que esta es mi vida ahora, ¿sabes? De pronto vivo con Anna, y tenemos un hijo, y todo es perfecto, pero… aún trato de entender cómo va a funcionar todo desde ahora. Porque en algún momento tendré que volver a clases, y tendré que volver a trabajar. Simplemente estoy tratando de encajar todas las piezas en mi vida y…

El silencio inundó la habitación momentáneamente. Hao observó a Yoh luchando en su cabeza, internando verbalizar lo que sentía, pero no era necesario. Él tomó la palabra.

—Aún no logras determinar cuál es tu rol. Eso significa que menos sabrás cómo calzo yo en todo esto —Hao se irguió, y caminó hasta estar frente a frente con su hermano—. Yo te lo diré entonces, Yoh. Soy tu hermano mayor, y lo quieras o no, ya me arrastraste a esta montaña rusa de vida que tienes. Soy el tío de tu hijo, y soy perfectamente capaz de cuidar de él, incluso mejor que tú. Así que es inútil que tú y Anna sigan martirizándose como si estuviesen solos frente al mundo, porque yo también soy parte de esta familia.

—Sabes… sé que tratas de decirme algo lindo, pero suenas como un cretino —dijo Yoh, levantando levemente una ceja. Suspiró y negó con la cabeza, revelando una leve sonrisa—. Puedes participar y ayudar como quieras Hao, pero tienes que aprender a conocer tus límites.

El mayor sonrió burlonamente.

—Ahora sí suenas como un padre, hermanito.

—Esos límites incluyen dejar de coquetear con Anna cuando no estoy.

Hao lo miró, sorprendido. Yoh era más inteligente de lo que aparentaba, y sabía que el mayor solía molestar a su novia de formas indebidas. Nunca había sido un tema entre ellos. El menor cruzó los brazos, y sonrió satisfecho ante la expresión de su hermano. Hao notó que el asombro en su rostro era evidente, por lo cual sacudió la cabeza y miró con complicidad al menor.

—No lo hago en serio, ya lo sabes —prometió Hao, cruzando los brazos—. Soy así con todas las chicas.

—Anna no es cualquier chica… —como un espejo, Yoh imitó la pose de su hermano.

Parecía estar muy relajado, pero sólo Hao reconocía el disgusto escondido detrás de la mirada de su gemelo. Ambos palparon cierta tensión formándose entre ellos. El mayor notó que, al parecer, la conversación había concluido. Apostaría que su hermano quería decir algo más al respecto, sin embargo, no lo haría. Sus discusiones nunca habían logrado nada, así que no valía la pena insistir. Yoh miró hacia el piso, soltando una breve risa. Se alejó de la pared en la que estaba apoyado, y peinó su cabello con una mano.

—Ven —le dijo Yoh, abrazando del cuello a su hermano, mientras lo arrastraba por la habitación—. Vamos a ver a Hana y a los abuelos, antes de que vuelvan a Izumo.

Hao no reclamó ante el incómodo agarre de su hermano. La verdad, tampoco tenía ganas de permanecer enfadado con él. Llegaron juntos al cuarto que Yoh y Anna compartían, en donde se encontraban los ancianos, observando por sobre la baranda de la cuna.

—Imagina si hubiese nacido a los nueve meses, habría sido un niño obeso —comentó el abuelo, riendo sin hacer mucho ruido.

—Que bueno que nació sano… Hay niños prematuros a quienes meten varios días en incubadoras —respondió la abuela, sonriendo al sentir los pasos de sus nietos acercándose a ella y a su esposo—. ¿Qué le dan de comer a esta criatura? Está muy gordito.

—El médico dijo que, si hubiese nacido a término, habría pesado más de cuatro kilos fácilmente —contestó Yoh, mirando entretenido a su abuela—. No te resististe cargarlo, ¿eh?

Kino sonrió y cogió su bastón, el cual Yohmei había estado sujetando hasta ese instante.

—Por supuesto que cargué a mi bisnieto, seré ciega, pero no torpe. Podía cargarte a ti en un brazo y a Hao en el otro cuando ya había perdido la vista. ¿Cómo no voy a poder sólo con un bebé?

El anciano puso los ojos en blanco.

—Hablas como si yo no te hubiese ayudado, Kino.

—No es necesario darte ningún crédito; eres mi esposo. Tu deber es estar a mi disposición siempre que lo requiera —Kino apuntaba con su bastón al abuelo cada vez que hacía énfasis en alguna palabra. Él la observó sin más que decir, con los brazos cruzados.

Yoh y Hao intercambiaron sonrisas cómplices, siempre era una maravilla ver a ese par relacionarse.

—¿Tienen que irse hoy? —preguntó Yoh, con cierto deje de tristeza.

—La ciudad ya no es lugar para un par de viejos como nosotros —el abuelo se encogió de hombros.

—Ya conocimos a un bisnieto antes de morir, no abusemos de nuestra suerte —comentó Kino, llevando una mano al hombro de su esposo.

—Siempre tan optimista —dijo irónico Hao.

—Que uno sea lindo y nos vaya a despedir a la puerta —pidió la anciana, caminando hacia el exterior de la habitación—. Ya nos despedimos de nuestro bisnieto, y tenemos las maletas listas.

—Voy con ustedes, no me he despedido de mis padres aún —dijo Yoh, dándole una palmada en la espalda a Hao—. ¿Puedes cuidar a Hana por mí un momento?

—¿Bromeas? —preguntó Hao, indignado—. Por supuesto, soy más que competente para…

—Agradezco que el ego no sea contagioso —rio el menor, saliendo del cuarto.

—Nos vemos, querido nieto —se despidió su abuela, pellizcando la mejilla de Hao antes de irse—. Espero que vayas pronto a visitarnos, sabes que siempre serás bienvenido.

—Tan cariñosa. ¿Te arrepentiste de haberme golpeado con tu bastón? —preguntó el muchacho, levantando una ceja.

—Claro que no —dijo ella, dando un suave apretón en el brazo de Hao.

—Promete que no nos darás otro bisnieto aún —se despidió el abuelo, cruzando el umbral de la puerta—. Nos vemos, Hao.

Los ancianos abandonaron el lugar, y Hao escuchó sollozos provenientes de la cuna.

—Oh, no —susurró, acercándose al bebé que se encontraba estirando sus brazos en búsqueda de consuelo—. Tranquilo, sobrino. Esos viejos se fueron, no tienes por qué llorar.

Hao lo recogió desde la cuna, y comprendió al instante cuando observaba a Yoh y Anna cargar al bebé con tanto cuidado. Era diminuto.

El Asakura se sintió grande y torpe, como un gigante. Sus manos eran enormes comparadas al cuerpo de su sobrino. Despacio, lo puso contra su hombro. El bebé continuaba llorando, causando que Hao riera nervioso.

—Vamos, soy tu tío favorito… —le habló, mientras emprendía una corta caminata a través del cuarto—. No me hagas esto, niño. Shh, tranquilo…

Continuó caminando, meciendo al bebé con cada paso. Su sobrino no parecía calmarse, al contrario, se inquietaba cada vez más.

—Ay no… —miró hacia el cielo, rogando que algún dios le enviara ayuda. Debía estar loco si pensaba que tenía alguna idea de qué hacer para callar a Hana—. ¿Cómo es que Yoh lo hace?

—Tampoco lo sé —dijo Anna, entrando a la habitación.

Estaba vestida con una bata, y con el pelo húmedo, delatando que se había duchado recientemente. Hao se sintió estúpido. Había insistido tanto por estar más con el bebé, y ahora sólo quería devolvérselo a su madre.

—Creo que se rompió… —comentó, tratando de ocultar su vergüenza con una sonrisa.

—Si tú no puedes calmarte, no podrás calmarlo a él —contestó la rubia, acercándose a su cuñado lentamente. Por primera vez en varios días, ella lo miró divertida.

—¿Qué pasa? —preguntó él, masajeando la espalda de su sobrino sin éxito alguno.

—El gran Hao Asakura en crisis por un bebé —dijo Anna, extendiendo sus brazos, mientras miraba a su hijo—. Ya deja de hacer sufrir a mi hijo…

El muchacho frunció el ceño.

—Él me hace sufrir a mí —explicó, entregándole el bebé a la rubia. Ella negó con la cabeza y, al igual que Hao, puso a su hijo contra su pecho.

—Decoraste muy bien su habitación —admitió ella, acariciando la cabeza de su hijo—. Me da un poco de tristeza que duerma en otro cuarto, por eso aún tenemos su cuna aquí.

—Pensé que no te había gustado —dijo Hao, observando fascinado que el llanto del bebé cesaba paulatinamente.

—Ver tus programas de diseño no fue una pérdida de tiempo, después de todo —contestó, observando el rostro de su hijo que se mantenía intranquilo—. ¿Tendrás hambre?

—No en realidad, comí hace un ra… —el Asakura vio que Anna mordía su labio, intentando contener una sonrisa.

—Le hablaba a Hana —dijo, mirándolo con gracia—. Le daré de comer… ¿Podrías…?

—¿Podría…? —la expresión confundida de Hao desapareció al sentir el calor subir a sus mejillas—. Oh, sí, por supuesto, qué idiota…

Salió de la habitación apresurado, cerrando la puerta detrás de él. Acto seguido, apoyó su espalda contra la pared, dejándose caer hasta quedar sentado en el piso. Pasó una mano por su cabello, y exhaló profundamente. Siempre había sido muy seguro de sí mismo, pero en ese momento se sentía como un niño tonto. Avergonzado, y un poco inútil. Casi había sufrido un ataque de pánico por el llanto de su sobrino, y ahora sentía que sudaba con el simple hecho de imaginar a Anna… Sacudió su cabeza, con la esperanza de que esos burdos pensamientos desaparecieran.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Yoh, mirándolo con curiosidad.

—Tengo una crisis existencial —confesó Hao, agobiado por su propia mente.

—Esto es nuevo —comentó su hermano, sentándose junto a él en el piso—. Sueles tener de esas en tu habitación, o en el patio. Creo que es tu primera crisis existencial en medio del pasillo.

—Ya sabes cómo me gusta probar cosas nuevas —respondió el mayor, extrañado—. ¿Por qué estás tan feliz? Apenas has dormido, y no sé si es idea mía, pero creo que estás más delgado.

—Estoy cansado, pero no soy un amargado —dijo Yoh, como si fuese algo obvio—. Tú, por el contrario, tienes esa cara de nuevo…

—¿Qué cara? Es la misma que tienes tú.

—Ja, ja —el menor le dio un leve codazo a su hermano, quien le respondió dándole un suave puñetazo en la pierna—. Ya sabes a lo que me refiero… ¿Estuviste con Hana unos minutos y ya estás estresado?

—No sé cómo estás tan tranquilo; todo se ha vuelto tan raro.

—Es lo que te dije antes… —Yoh pasó el brazo sobre los hombros de su hermano—. Aún trato de entender cómo va a funcionar todo, pero ya no tengo tiempo para pensar en eso. Sólo vivo, y aprendo en el camino.

—Supongo que empezaré a hacer lo mismo —dijo Hao, sonriendo divertido—. Vaya, no pensé que seguiría el ejemplo de mi hermano menor.

—Trata de no seguir todos mis pasos, hermano, o tendrás que acostumbrarte al llanto de dos bebés.

—Con mi sobrino es suficiente —rio, pero la alegría se disipó a medida que un nuevo pensamiento surgía. Nunca le había contado a Yoh que, en otra realidad, ambos habrían sido padres al mismo tiempo. Que, efectivamente, podrían haber existido dos bebés llorando en ese momento.

—¿Hao…?

El mayor se levantó del piso, casi de un salto. En otro momento le relataría esa historia a su hermano.

—Iré a dar un paseo —dijo Hao, despidiéndose con un gesto de la mano—. Llámame al celular si surge algo.

Yoh vio a su hermano alejándose por el pasillo. Recordó las palabras de Hao; lo había arrastrado a la montaña rusa en la que su vida se había convertido. Era lógico que también se viera afectado en cierta medida. El menor de los Asakura se levantó y entró a la habitación en donde su novia y su hijo se encontraban. En el instante en que Anna lo vio, lo silenció, poniendo un dedo índice sobre sus labios.

—Está durmiendo —susurró ella, acomodando al bebé en su cuna.

—Hao parecía algo alterado —dijo Yoh, contemplando al niño mientras descansaba pacíficamente—. ¿Pasó algo antes de que…?

—Descubrió que no es un encantador de bebés como se jactaba —respondió Anna, sentándose en la cama mientras observaba a su novio.

—Estaba sentado en medio del pasillo, casi en un trance.

—Dramático —dijo ella, sin darle demasiada importancia—. Bueno, además huyó porque tenía que amamantar a Hana.

—¿No hizo nada inapropiado? ¿Algún comentario o…?

—¿Por qué lo preguntas? —interrogó Anna, sin tratar de ocultar su curiosidad.

—Le pedí que dejara de flirtear contigo —contestó Yoh, con el mismo aire indiferente que la rubia había usado con anterioridad. Se sentó en la cama junto a Anna, quien le miraba con asombro—. Sé que te molesta, y a mí también, en realidad…

—Es Hao —dijo ella, que apenas podía creer que estuviesen hablando de eso—. Sí, tiene esas costumbres desagradables, pero ya me da lo mismo. Es así con todas, y nunca ha intentado algo indebido.

—Coquetear con mi novia ya es algo indebido —contestó irritado Yoh, recostándose sobre la cama, sin mirar a la rubia. Su vista estaba fija en el techo.

—No es como que intente seducirme en serio… —dijo Anna, echándole un vistazo al castaño—. ¿Acaso crees que…?

Yoh miró hacia una pared, cruzando los brazos sobre su pecho en silencio. Anna puso los ojos en blanco. Se levantó de la cama, y tomó de la mano a Yoh, obligándolo a pararse también. Él la miró sin entender, y ella apuntó con un dedo hacia la cuna del bebé.

—No vamos a hacer esto aquí —le dijo, llevándolo fuera de la habitación.

—¿Por qué estamos aquí? —preguntó Yoh, con un tono de seriedad que adoptaba en raras ocasiones.

—Se acaba de quedar dormido, así que no voy a discutir nada con Hana a un metro de distancia —contestó Anna, mirando a su novio con enfado. Antes de que él continuara haciendo preguntas, ella habló—. ¿Piensas que Hao está intentando seducirme de verdad?

—N…no es eso…

—Siempre ha coqueteado conmigo, desde antes de que tú y yo saliéramos juntos —recordó Anna, cruzando los brazos—. Lo sabes muy bien. ¿Por qué te alarma ahora?

—Sólo tengo un presentimiento —respondió con simpleza Yoh, que, al igual que la rubia, cruzaba los brazos.

—¿Presentimiento de qué?

—No lo entenderías, Anna —dijo, sin intenciones de elaborar más su explicación. Ella frunció el ceño—. ¿Por qué te sorprende tanto que le haya pedido que dejara de molestarte? ¿Le digo que coquetee más contigo, entonces?

La rubia lo miró con incredulidad.

—Qué insolente. ¿Acaso insinúas que me gusta?

—No lo sé, tú dime.

Anna sintió la ira subiendo desde los pies hasta su cabeza. Observó a Yoh furiosa, pero miró a través de la puerta entreabierta hacia el interior de la habitación en donde su bebé dormía. Tomó aire hasta sentir que no cabía más en sus pulmones, y exhaló lentamente, aguantando las ganas de darle vuelta la cara de una bofetada a ese imbécil que tenía por novio.

—Esta noche dormirás en el sillón, Asakura —dijo ella, dando media vuelta. Antes de entrar a la habitación, sintió la mano de su novio sujetarla de la muñeca—. Déjame ir ahora mismo o…

—Perdón —dijo Yoh, sin soltarla—. Los celos me ponen estúpido.

Ella lo miró, inmóvil, tratando de leer la mirada en su novio.

—¿Celos? —preguntó ella—. Compartimos una cama todas las noches, y, por si no lo habías notado, tenemos un hijo, así que perdóname si creo que tus repentinos celos hacia tu HERMANO sean una completa estupidez.

—Es lo que acabo de decir —dijo Yoh, atrayendo a su novia bruscamente desde la muñeca, hasta que ella chocó contra su pecho—. Soy un estúpido, perdóname.

—Vuelve a hacerme eso y…

—Es tu segunda amenaza en dos minutos, aún no superas tu récord —interrumpió él, sujetándola de la otra muñeca. En un sólo movimiento, aprisionó a Anna contra la pared, poniendo sus brazos sobre su cabeza.

—¿Qué crees que haces? —preguntó Anna, odiando el rubor que había cubierto sus mejillas—. ¡Estamos en medio del pasillo! En cualquier momento…

—Hao no está en casa —susurró Yoh, sonriendo con satisfacción mientras se inclinaba sobre Anna.

—No te atre…

La besó, y no era un simple beso, no. Era un beso urgente y apasionado, de esos que no compartían hace varios días. Anna estaba furiosa consigo misma, porque para variar no podría negarse ante los deseos de su novio. Lo peor era que ella ni siquiera quería negarse. Yoh al fin soltó sus muñecas, y Anna continuó besándolo, atrayéndolo hacia ella jalando del cabello del castaño. Yoh escabulló una de sus manos entre la bata semiabierta de la rubia, y sonrió con agrado cuando descubrió que no había más prendas cubriendo el cuerpo de su novia.

—¿Hace cuánto no hemos…? —preguntó Yoh, respirando agitadamente.

—Unos meses —respondió Anna, aferrándose a la camisa del muchacho.

—Se nota —dijo Hao, observándolos desde la escalera, con un helado en una mano.

—¡¿Qué haces ahí parado?! —preguntó Yoh, alejándose inmediatamente de Anna, como si ese simple gesto hiciera que su hermano borrara automáticamente la escena de su mente.

—¡Me dijiste que él no estaba en casa! —exclamó Anna, dándole un golpe en la cabeza, mientras cerraba su bata con la otra mano.

—Sólo fui por un helado —dijo Hao, sonriendo con malicia—. ¿Por qué paran? Tienen el descaro de tener sexo en el pasillo y ahora se cohíben porque estoy aquí.

—No íbamos a… —Yoh dejó de hablar cuando oyó el llanto de su hijo desde la habitación—. Perfecto.

Anna puso los ojos en blanco y entró a la habitación, empujando a Yoh en su camino.

—Ups… —dijo el mayor, divertido frente a la cara de frustración de su gemelo—. Tranquilo, hermanito, otro día será.

—Te odio —siseó Yoh, entrando a la habitación para ver a su hijo.

Hao sonrió complaciente y le dio otra lamida a su helado.