Allá vamos con el final oficial de esta historia. No sé muy bien cómo sentirme al respecto, ya que esta es la despedida definitiva. Creo que una parte de mí siempre les pertenecerá a ellas, tanto a la patosa becaria como a la despreocupada modelo.
¡Muchísimas gracias por haberme acompañado en este camino!
EPÍLOGO
Segunda parte
A menudo Emma se pellizcaba el antebrazo, en un gesto apresurado y casi ansioso. El pequeño atisbo de dolor y la marca enrojecida en su piel eran la certeza de que no estaba soñando, de que lo que estaba viviendo era real. Respiró con algo más de tranquilidad al volver a sentir esa ya conocida punzada y después alzó la mano, deslizándola suavemente por su reflejo.
Llevaba el pelo recogido en un moño, con algunos mechones cayéndole a ambos lados del rostro y una pequeña tiara de flores que cubría su coronilla. Los pétalos celestes combinaban a la perfección con el dorado de su cabello y el rosado de sus labios. Sin embargo, lo que más destacaba en ella era lo radiante que se veía en aquel traje blanco. Una pieza única, diseñada por Ralph Lauren y seleccionada por su jefa, la mismísima jefa de Bewitched. Según supo Emma, la elección estuvo bastante reñida ya que la marca no acostumbraba a diseñar ese tipo de vestidos. Con todo, la influencia de Ruby y la importancia del evento habían logrado persuadirles.
Acarició el contorno de sus caderas, palpando la suavidad de la tela y admirando sus pliegues. Era un vestido espléndido. El escote tenía forma de corazón y la pieza estaba formada por una sinfonía de motivos florales de encaje semi transparentes que le cubrían el torso, culminando en unas mangas que llegaban hasta la altura de los codos. La cintura era lisa y estrecha, bajando hasta las rodillas con los mismos patrones florales del escote y después expandiéndose ligeramente hasta llegar a sus tobillos. Mirara por donde mirara, no tenía duda: era un vestido precioso. Entonces, ¿por qué sentía que había algo fuera de lugar?
Un leve golpeteo en la puerta la distrajo y se volteó de inmediato, dando un respingo.
—¿Sí? —preguntó, tosiendo para aclarar la garganta.
—Emma, soy Neal. ¿Puedo pasar?
Su amigo aún no había terminado la frase que ella ya tenía la mano sobre el pomo, dispuesta a abrirle la puerta. En cuanto sus miradas se cruzaron, el castaño entreabrió la boca, pero lo único que dejó escapar fue un tenue suspiro. Ella río.
—Es que estás… es decir, ¡mírate! —balbuceó él con una amplia sonrisa—. ¡El vestido te queda como un guante!
—¿Tú crees?
—Por supuesto, ¿cuándo te he mentido yo? —preguntó, torciendo el labio.
—Pues, para empezar, está la vez en la que me juraste que habían adelantado la celebración de Halloween en el colegio y que todos debíamos ir disfrazados de calabaza a clase…—dijo Emma, haciéndose a un lado para que Neal pudiera entrar en el cuarto—, pero resulta que la única que apareció aquella mañana embutida en un traje naranja fui yo —le espetó con amargura.
—Eso fue cuando teníamos once años. ¡Una bromita sin malicia! —respondió él, encogiéndose de hombros, mientras dejaba la puerta abierta tras de sí.
—¿Y la vez en la que me dijiste que Dillan Brown estaba enamorado de mí y que esperaba que me sentara junto a él en el comedor de la facultad? ¿Otra bromita? —añadió ella, frunciendo los labios. A Neal se le escapó una risilla.
—Vamos, mujer… ¿Dónde está tu sentido del humor? —los ojos le chisporroteaban, divertidos—. ¿Recuerdas la cara que puso cuando te plantaste a su lado con tu bandeja de comida? Agh, habría dado lo que fuera por grabar ese momento.
Emma le dedicó una mueca de desdén y se cruzó de brazos, analizándole con la mirada. Neal llevaba puesto un traje azul marino, bastante ceñido y con una chaquetilla entallada. Los bordes de su camisa negra sobresalían por el extremo de las mangas y no llevaba ninguna corbata con la que anudarse el cuello. Lo cierto es que le quedaba bien, pero no iba a ser ella quien se lo dijera. Y menos aún después de recordar todas las jugarretas que le había hecho.
—Oye, no te pongas así… —continuó él, ladeando la sonrisa. Se acercó a ella y le puso las manos sobre los hombros— ¡Hoy es tu gran día! Dejemos de hablar del pasado y centrémonos en el ahora: Estás preciosa y no se hable más.
—Eres un amigo pésimo. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé, lo sé —rio y ese sonido pareció reconfortarla.
Había algo tranquilizador en la risa de Neal, algo que de algún modo la embriagaba de nostalgia. Una especie de paz que hizo que sus defensas flaquearan un segundo y que un par de lágrimas rodaran por sus mejillas.
—Bueno, y da la casualidad de que, como tu mejor (y pésimo) amigo, tengo el privilegio y el don de descubrir cuándo te pasa algo —añadió él—. Y me atrevería a decir que esas lágrimas no son de felicidad… —esperó unos segundos hasta que ella asintió. Neal sonrió con ternura y le acarició el mentón con el pulgar—. ¿Qué ocurre, Emma?
—No lo sé, Neal. Estoy muy nerviosa, ¿puedes creerlo? —le respondió. Él la miró, arqueando las cejas.
Sabía que lo que le estaba diciendo era una obviedad. Ella era consciente de que sentir nervios era algo normal en una situación como esa. Pero había algo más, estaba segura
—Se supone que lo único que debería sentir ahora es felicidad. Una dicha enorme —se apresuró a aclarar—. Pero tengo muchísimo miedo, ¡estoy acojonada! No me malinterpretes, también estoy contenta, por supuesto. Pero, no sé cómo explicarlo. Ni siquiera me entiendo a mí misma. Estoy hecha un lío….
—¿Crees que te estás precipitando? —le preguntó él.
—¿Tú también lo piensas?
—¿Qué? —Neal parpadeó—. Claro que no, yo no he dicho eso. Vamos a ver —el castaño volvió a rascarse la nuca, frunciendo el ceño—, ¿qué es lo que te asusta? Algo debe haber en esa cabeza tuya que te está haciendo pisar el freno, cuéntame.
Emma se encogió de hombros, incapaz de poner orden a sus pensamientos. Las lágrimas hacía rato que habían empezado a campar por sus anchas y sentía una presión que amenazaba con reventarle el pecho. Estaba mareándose. Se tambaleó hasta dar con la silla acolchada del cuarto y se sentó, doblando cuidadosamente el vestido. Neal la siguió, sujetándose en los reposabrazos del sillón y quedándose en cuclillas frente a ella.
—Tengo miedo de que nuestra relación cambie, Neal —musitó la rubia, cabizbaja—. Aún no me creo que pueda estar viviendo todo esto. Vamos, mírame —estiró los brazos, sonriendo con cierta desazón—. Es como un cuento de hadas, ¿verdad? Jamás soñé con algo tan perfecto y jamás imaginé que podría llegar a estar junto a ella. Y ahora que sé lo feliz que soy a su lado, tengo miedo de perderla —añadió, gimoteando. Sentía tanta vergüenza de sí misma que se obligó a agachar y esconder el rostro tras sus manos—. No sé qué haría si la perdiera, creo que me volvería loca. No podría soportarlo, Neal.
—¿Emma…? —la voz de Regina hizo que se sobresaltara y alzara la vista.
Tras la acuosa capa que enturbiaba su mirada pudo verla. La morena estaba de pie junto a la puerta de su habitación, tan brillante y preciosa como de costumbre. No, aquella afirmación no le hacía la justicia que merecía. Regina llevaba un vestido blanco espectacular con un escote de hombros caídos y sin mangas. El estampado era similar al suyo, pero el de la morena no tenía transparencias y era incluso más ajustado. Sus curvas estaban perfectamente enmarcadas y, además, el bajo en forma de tubo tenía una ligera apertura que dejaba entrever su pierna derecha.
Tenía la mano izquierda apoyada grácilmente sobre el marco de madera de la puerta y la miraba, interrogante. El cabello le había crecido bastante desde el día en el que la conoció por primera vez y ahora lo llevaba suelto, en unas cuidadas ondas que le caían hasta un par de centímetros por encima del escote. Estaba preciosa y ella… bueno, ella sólo podía sentir vergüenza al verla en esa situación.
Se secó los ojos con las palmas de las manos y apretó los labios. Había un molesto ardor que el corría por las mejillas y que la hacía estar segura de que las tendría aún más rojas que el carmín que bañaba los labios de Regina.
—Os dejo a solas —comentó Neal, incorporándose. Los ojos de Emma le suplicaron que se quedara, pero él se limitó a desviar la mirada mientras silbaba.
En cuanto salió por la puerta, Regina avanzó al interior de la habitación no sin antes darle las gracias y cerró tras su salida. El silencio cayó como un jarro de agua fría, adueñándose de las cuatro paredes del cuarto. Lo único que podía oírse eran los pasos de la morena al acercarse, el taconeo de sus zapatos de salón.
—¿Qué ocurre? —preguntó, rompiendo la angustiosa quietud. Como de costumbre, no se andaba con rodeos.
—Da mala suerte que la pareja se vea antes de llegar al altar —comentó Emma, a lo que Regina respondió con un bufido.
—Nunca he creído en esas supersticiones —dijo, doblando con cuidado el bajo del vestido para sentarse en el reposabrazos del sillón en el que se encontraba la rubia—. Y, entre tú y yo… No aguantaba ni un segundo más sin verte —añadió, en un susurro travieso. Una corriente le sacudió el cuerpo tras oír esas palabras.
—Eres demasiado buena…
—¿Demasiado buena? —repitió ella, alzando una ceja.
—Sí, idiota. No me hagas repetirlo —musitó entre dientes, ganándose una risilla triunfal de Regina. Aún no había perdido el hábito de sacarla de quicio.
—¿Quieres hablarlo?
—No lo sé —Emma se dejó caer en el respaldo del sillón, pero aproximó el cuerpo al de la morena. Necesitaba sentir su calidez—. Creo que aún no he asimilado que todo esto esté ocurriendo de verdad, Regina. A menudo siento que estoy viviendo en una especie de sueño y que tarde o temprano me despertaré y me daré cuenta de que estoy sola… —cogió aire, temiendo que las palabras fueran a atragantársele—. De que siempre he estado sola. ¿Y si un día despierto y no estás a mi lado?
—Pues probablemente será porque estaré preparándote el desayuno —bromeó ella, ladeando la sonrisa.
Emma le respondió fulminándola con la mirada y la morena se limitó a volver a reír. Parecía mentira que aquella mujer fuera mayor que ella, con esa actitud tan infantil y despreocupada. No obstante, había algo en su forma de ser que la reconfortaba. Y es que esa pequeña broma había servido para que las palpitaciones de su corazón se atemperaran.
—Es normal que ese tipo de cosas te asusten —Regina retomó la conversación, dejando a un lado su faceta jocosa y serenándose. Apoyó la cabeza en el respaldo del sillón, cerró los ojos y lanzó un leve suspiro—. ¿Sabes qué? Yo a veces me martirizaba sobre el porqué de mis decisiones —añadió y Emma se ladeó para mirarla—. Me cuestionaba el motivo por el que hice aquello en lugar de eso otro e incluso pensaba en si habría llegado a ser una persona distinta de haber tomado un camino diferente. Puede que me hubiera ahorrado bastantes preocupaciones y mucho dolor —dijo eso último con el rostro sombrío—. Pero llegué a la conclusión de que todas esas elecciones me pertenecían y que no podía (ni quería) cambiarlas ya que me habían convertido en la persona que soy hoy en día. Y lo más importante, me llevaron a conocerte —deslizó las manos por sus brazos, acariciándola con delicadeza hasta lograr entrelazar los dedos con los suyos.
» Como te decía, es normal que pensar sobre esas cosas te asuste, ya que no podemos controlar el futuro. Yo también tengo miedo de perderte, Emma. El mero hecho de decirlo en voz alta ya hace que mi corazón tiemble —le acercó las manos al pecho para que pudiera sentir sus latidos. Tenía razón, estaba completamente desbocado—. No puedo darte aquello que ni yo misma puedo controlar, pero sí que puedo decirte esto: Ya que mis elecciones son lo único que verdaderamente me pertenece, quiero que sepas cuál es mi decisión. Te escojo a ti, Emma Swan, siempre y por siempre —añadió, besándole los nudillos. La rubia se mordió el labio, conteniendo las lágrimas.
—Regina…
—Aún y así —continuó ella—, no puedo recorrer este nuevo camino por ambas, así que te lo preguntaré una vez más —inspiró con fuerza y le dedicó una sincera sonrisa, con los ojos clavados en los suyos—. ¿Quieres casarte conmigo?
Ella tiró de las manos de Regina, atrayéndola hacia sí, y la besó. Un contacto casto, apenas un ligero roce. O al menos esa era la idea, pero sentirla tan cerca siempre conseguía hacerle perder la cordura. Abrió paso a su lengua e intensificó el beso. El olor a su perfume, la calidez de su piel, la humedad de sus labios. Todo era demasiado maravilloso.
Las dos se separaron tras unos instantes, jadeantes. Las manos de Regina subieron por su torso hasta detenerse en sus mejillas, y sus castaños ojos la observaron en silencio. Finalmente amplió la sonrisa, triunfal.
—¿Eso es un sí?
—¡Claro que es un sí, boba!
Regina la llenó de besos como respuesta, empezando por su frente, bajando por sus mejillas y culminando en sus labios. Cada uno parecía tener un sello propio, una especie de embrujo que la hipnotizaba y le llenaba el estómago de un agradable cosquilleo. ¿En qué momento había vuelto a sonreír? Ya ni lo sabía, pero se sorprendió a sí misma desprendiéndose del miedo y se encontró riendo mientras la morena jugueteaba tiernamente con ella. Amaba a esa mujer y sabía que mientras estuviera a su lado, todo iría bien.
Ambas se incorporaron, sin despegar la mirada de la otra y Regina le tendió la mano.
—¿Estás lista? —le preguntó. Emma asintió y estrechó su mano, aferrándose a ella—. Vayamos, pues. Deben estar esperándonos y si seguimos un poco más tal vez acabe adelantando la noche de bodas.
—Definitivamente eres una idiota…
Atravesaron el umbral de la puerta, entrelazando sus brazos y riendo. Aunque en lo más profundo de su corazón Emma aún albergaba algún que otro temor, la conversación que habían mantenido le había servido para aclarar sus ideas. Es cierto que avanzaban hacia un futuro incierto y que no todo sería fácil, pero tampoco lo había sido llegar hasta ahí. Y, sin embargo, ahora estaba segura de que si pudiera volver atrás no cambiaría absolutamente nada.
Volvería a solicitar realizar sus prácticas en Bewitched, volvería a llegar tarde aquel día a la oficina, volvería a abrir esa puerta con el membrete de «Rina» sin esperar una respuesta y volvería a tomar todas y cada una de esas decisiones sólo por ella. Escogería una y otra vez todos aquellos caminos y desvíos que lograron hacer que el sendero de su vida y el de Regina se cruzaran.
Ahora un nuevo camino se abría ante ellas y a partir de ese momento, y por siempre más, lo recorrerían juntas.
FIN
¿Qué os ha parecido? Dejadme saber vuestras opiniones ;)
PD: También estoy pensando volver a darle vidilla a mi cuenta con algún nuevo fic, ¿tenéis algún pairing del que querríais que escribiera? ¡Os leo!
