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El Príncipe y el Esclavo

Por Ladygon

Capítulo 19: Promesa de una nueva vida.

Sucedió que un chico, amigo de Sofía, lo invitó a salir. Le sorprendió que no fuera una chica, pero considerando las opciones, además de sentirse mejor con chicos que con chicas, decidió salir con él, es decir, una cita. Además, se suponía que le gustaban los hombres, así que debía ser normal lo que haría y en cuanto a Dean, este había desaparecido.

Miguel, porque así se llamaba el chico, tenía unos hermosos ojos verdes. Su cabello negro, contrastaba con su piel blanca. Tenía una hermosa sonrisa, era fuerte y gallardo como también, gay. Descubrió que podría tener citas en ese mundo, citas con hombres y no supo por qué aceptó en realidad. Se vistió con su mejor traje negro, zapatos negros, camisa blanca y una corbata azul que lo asfixiaba. Superó esto último, al dejarla media suelta, cosa que le daba un aire desarreglado y sexy.

Fueron a un restaurante muy elegante donde se sintió un tanto cohibido, pero no por el lugar, porque ese restaurante no se comparaba con un palacio, sino por la compañía. Era una verdadera estrella la que tenía al frente. Muy afable, divertida y parecía perfecto. Miguel podía conversar sobre todo y él solo tenía que escucharlo.

—Me dijo Sofía que estás muy decaído estos días —dijo Miguel.

—¿Quién?

—Sofía, mi amiga, la que nos presentó.

—Ah, sí, ella. Es buena chica —observó Castiel.

—Ella me dijo que no estás muy bien y que te invitara a salir. Cree que es porque extrañas a tu primo.

—¿Mi primo? ¿Dean? Se tuvo que ir.

—¿Eran muy unidos?

—Algo así.

Castiel quedó taciturno como si se hubiera ido a otro sitio y dejara solo a su cita.

—Ya pasará, solo dale tiempo —dijo Miguel.

Castiel reaccionó.

—Es curioso, yo le dije lo mismo a Dean.

Otro silencio revelador.

—No era tu primo, entonces —dijo Miguel.

—No, no lo era.

—Eso explica mucho.

—¿En serio?

—¿En serio?

—¿Cómo qué cosas explica?

—Bueno, supongo estabas o estás enamorado de él y por eso lo extrañas tanto —dijo Miguel con simpleza.

—Yo no…

Castiel calló de improviso y miró a quien tenía al frente. El chico era tan parecido a Dean que podía ser su hermano. Abrió los ojos con sorpresa y se levantó de su silla con rapidez.

—Disculpa, me tengo que ir —dijo Castiel.

Y salió hecho una bala del restaurante, sin tener idea de la reacción de su cita. Llegó a su casa tan rápido, que pensó no había tomado la locomoción. Tenía la cabeza en otra parte y no recordaba nada de su camino, quizás se vino caminando, ya que el restaurant no quedaba tan lejos. Se sentó en cojines del centro de mesa, ahí quedó con la mirada en la pared, por donde dos semanas atrás, Dean desapareció.

Así que, por eso, aceptó la invitación tan rápida de Miguel. Miguel se parecía mucho a Dean, incluso en la forma como caminaba, su desplante, como hablaba, todo lo de él le recordaba a Dean y quería su compañía. Es cierto lo de estar triste, está triste, solitario y como si le faltara algo. Ese algo era Dean, le faltaba ese estúpido príncipe genio arrogante y déspota.

—Ese maldito —murmuró Castiel, empuñando sus manos— ¿Ahora qué hago?

En eso sintió los golpes en su puerta y saltó del susto. Fue hasta la mirilla y vio quién era. No podía abrir la puerta en esas circunstancias, vería el interior. Todavía estaba el palacio que Dean creó y tendría que salir a darle explicaciones, después de todo, lo dejó plantado. Abrió la puerta, rápidamente, y salió empujando con su mano al hombre hacia atrás. Cerró la puerta en su espalda de un golpe y se quedaron mirando fijo.

—Lamento haberme ido de esa forma, pero… —comenzó diciendo Castiel, luego se detuvo— ¿Qué haces aquí?

—Sofía me dio tu dirección para la cita, pero como decidiste que nos encontráramos en el restaurant, en fin ¿Estás bien?

—¿Cómo supo ella donde vivo? —preguntó Castiel.

—Por el trabajo, ahí tienen tu dirección.

Castiel se asustó, no le gustó que supieran donde vivía por obvias razones, tenía un palacio dentro del departamento que no quería mostrar. Eso era muy peligroso, sobretodo que no era suyo, sino alquilado. Si el dueño se daba cuenta, no sabría qué hacer al respecto. Todavía tenía la ilusa idea de juntar dinero para comprarlo algún día.

—¿Puedo pasar? —preguntó Miguel.

—No. Digo, vamos a otro lugar —dijo todo nervioso.

—¿Dónde quieres ir?

—No lo sé, ¿al restaurante? No alcancé a cenar nada.

Eso era cierto, Castiel salió tan rápido del lugar que Miguel ni siquiera alcanzó a cancelar la orden y casi salió del restaurant sin pagar. Miguel dijo en el lugar, que volvería por la cena y canceló con una tarjeta de crédito antes de salir detrás de Castiel. Esto no lo sabía el chico, porque no se preocupó de ese detalle, ni Miguel quería hacerlo sentir culpable, así que solo dejó que pensara que había dejado la orden sin efecto.

—Tienes razón, volvamos. Quizás ya tengan listo nuestro pedido —bromeó.

Castiel volvió cabizbajo al lado de Miguel con dirección al restaurant. Quedaba a unas pocas calles así que decidieron caminar. Miguel trataba de animarlo.

—Eres muy lindo ¿Sabes?

—Me lo han dicho varias veces —dijo Castiel.

—Guau, ese espíritu.

—Es cierto.

—¿Puedo tomarte de la mano?

—No.

—¿Por qué no?

Castiel se detuvo en seco.

—Mira, no estoy listo para hacer esto. Es mejor que lo cancelemos —dijo Castiel.

Miguel lo observó detenidamente.

—Sé que parece difícil, pero el tiempo curará esa herida que llevas y…

—¡Deja de decir eso! —chilló Castiel— ¡No quiero curarme! ¡No ahora que sé que amo a Dean!

—¿Qué?

Castiel lo miró con impotencia, con ojos aguados, dio media vuelta y salió corriendo calle arriba. Miguel no reaccionó de lo impresionado que estaba, gritó algo, pero el otro no lo escuchó. Castiel iba desesperado con el corazón estrujado por la revelación tan de sorpresa y corrió todo lo que pudo, sin mirar hacia donde iba. Cruzó la calle y vio un automóvil.

Tuvo un mareo, varios dolores, un chirrido espantoso, varios gritos y luego comprendió.

—¡Estás loco! ¡Casi me matas del susto!

—¿Miguel?

Estaba confundido, cuando pudo darse cuenta, estaba en la vereda siendo atendido por el hombre, mientras personas se arremolinaban a su alrededor. Así comprendió lo que había pasado.

—Lo siento.

—¡Espero que lo sientas! ¡No vuelvas hacer eso! —gritó Miguel.

—Yo, yo…

Hizo un puchero y se largó a llorar. Miguel lo salvó de morir atropellado, arriesgando su propia vida al tomarlo de la cintura para sacarlo de la calle, pero se sintió como si Dean lo tomara en sus brazos. Una suerte de dejavú pasó por su cabeza, como cuando él salvó a Dean al llegar a este mundo. Trataron de calmarlo, lo abrazaron y no pudo, reconocía el olor. Estaba enloqueciendo y dolía.

Miguel lo llevó a su casa después de comprobar que no estaba lastimado. Castiel era un desastre, así que se dejó guiar como un niño chiquito. Hace mucho tiempo que no se sentía tan débil, tan desvalido desde que arrasaron con su pequeña aldea y vio como su padre defendía a su mamá sin lograrlo. Sus hermanos no estaban con ellos, estaban en otra tienda con un amigo, por eso estaba solo con sus padres. Su mamá cuando sintió el ataque, lo tiró al suelo y le puso un canasto arriba de él. Por entre el tejido del canasto vio la lucha, fue tan rápida que apenas respiró. Su padre estaba herido y a su madre la trataban de violar, eso no lo soportó, salió de su escondite antes de que su padre cayera al suelo muerto. Su intervención hizo que su madre matara a uno de sus atacantes encima de ella. Otros dos la tomaron y él trató de defenderla. Gritó, pateó, brazos fuertes lo agarraron, lo tiraron al piso y amarraron mientras veía como violaban a su madre, pero no duró mucho. Su madre era una guerrera y se resistió en todo momento, fue tanto su pelea, que tomó una piedra y golpeó en la sien a su atacante, este se tambaleó a un lado, ella aprovechó para lanzarse a sus ojos. Fue cuando el tipo tomó un cuchillo y se lo enterró repetidas veces hasta matarla.

Castiel gritó y pateó hasta el desmayo, cuando recuperó la conciencia, iba amarrado a las ancas de un caballo en una fila interminable de esclavos a pie. Ese año fue el peor de su vida. Primero, su hermana Hanna se la llevó uno de los bárbaros, Balthazar fue vendido a un prostíbulo, Gabriel y él terminaron en manos de Zacarías, el esclavista que los vendió a los príncipes. Su corazón quería estallar con los recuerdos, en especial, porque Dean era un dolor en el culo, literalmente hablando, y lo extrañaba mucho. No entendía por qué o cuál era la razón de ello, pero ahí estaba tan presente que dolía en su pecho.

Lo único que le hacía sentido, es que se enamoró del amor de Dean. No lo tenía muy claro todavía, quizás estaba enamorado de Dean, después de todo, pero si era así, no entendía las razones de enamorarse de un violador. Lo amarró a la cama, lo sostuvo entre tres y lo tomó a la fuerza. Si no hubiera hecho eso, tendría que haberle cortado la cabeza. Al parecer, le perdonó la vida con ese acto, porque el mundo antiguo era muy sangriento y violento, quien no era fuerte moría con pocos años en su cuerpo. Dean solo era producto de ese mundo violento como todo su pasado, era la razón por la que su hermano Gabriel estaba tan feliz de terminar en los brazos del príncipe Sam, pese a ser un esclavo. No había muchas opciones de vida en la antigüedad y la libertad era un lujo, que solo los ricos podían tener. Solo fue un tonto poco realista que perseguía la luna, pero que tuvo la suerte mágica de encontrarla y vivir en ella con la persona que quería, para después perder a esa persona, porque encontró que la luna era muy chica para ambos. Muy egoísta de su parte.

Antes no lo veía de esta forma, lo comprendía, pero no podía perdonar a Dean por lo que le hizo. Era un rencoroso y ese rencor, le golpeó en la cara con su realidad. El genio que vivía en este mundo moderno, Dean, era otra persona. Fue como ver a alguien diferente, el príncipe se había ido y quedó ese Dean que lo amaba, el Dean real sin ninguna influencia de ningún mundo. Al compartir con ese Dean, logró ver al hombre detrás de cualquier título. Al verdadero Dean, el cual lo tenía y perdió.

Despertó confundido en sus cojines de la estancia. Miró el amplio techo de su palacio mágico por mucho tiempo hasta que algo le llamó la atención: no estaba solo.

—¿Cómo entraste aquí? —preguntó Castiel.

—Con la llave —respondió Miguel— ¿Estás bien Cas?, ¿necesitas alguna cosa? ¿Te duele algo?

Todas esas preguntas descolocaron al joven.

—No, no, nada. Estoy bien.

—¿En serio? No parece —dijo Miguel.

Castiel lo quedó mirando con sospecha.

—¿No estás sorprendido? —preguntó Castiel.

—¿Sorprendido? ¿Te refieres a esto?

Miguel hizo un movimiento con sus manos para redondear el ambiente del departamento de Castiel.

—Este, sí, digamos que fue muy extraño —dijo Miguel.

—Lo es, pero tiene una explicación —trató de excusarse Castiel, bastante nervioso.

—Tranquilo, después puedes decírmela, por el momento, debes descansar y recuperarte. Traje la cena por si quieres comer algo, en realidad pedí que la trajeran del restaurant, pero no dejé que vieran nada, así que puedes quedarte tranquilo.

—Gra… gracias…

—De nada, para eso estamos —dijo Miguel con una sonrisa.

Decidieron comer, después de todo ambos tenían hambre. Castiel recordó que había pedido comida italiana cuando leyó la carta del restaurant, minutos antes de salir corriendo de ahí. Ni siquiera alcanzó a probar la copa de vino que le sirvieron. Lo bueno es que les trajeron el vino que no alcanzaron a tomarse, así que fue mejor que quedarse en el restaurant y estaban disfrutando mucho su cena. Comieron a gusto, sentados en los cojines uno al frente del otro con una mesita al medio donde se sirvieron la cena. Mientras cenaban, no hablaron mucho, casi comieron en silencio, pero a modo de espejo, las sonrisas jugaron con sus toques coquetos. Esas sonrisas eran maravillosas para el uno y el otro, sonrisas totalmente, conocidas por ellos. Castiel se tranquilizó por completo y después de que Miguel se ofreció a lavar los platos, le dieron ganas de ir al baño, así que partió y aprovecharía para refrescarse como también, lavarse los dientes.

—Puedes quedarte, si lo deseas, vuelvo enseguida. Mi palacio es tuyo —dijo Castiel con humor.

Dejó solo a Miguel y partió al baño. Desde que se fue Dean a su mundo, se sentía intranquilo como si algo no lo dejara en paz. Ahora, una sensación de bienestar lo inundaba y estaba feliz. Sabía, por fin, lo que debía hacer y eso fue un bálsamo maravilloso para su vida. Esta vez, no huiría. Después de lo sucedido a sus padres, solo huía. Dean tenía razón al respecto, solo no sabía por qué no lo supo durante mucho tiempo.

—Hola, ¿te sientes mejor? —preguntó Miguel con una sonrisa.

Estaba viendo televisión y lo encontró en el sofá con el control remoto en mano.

—Sí, muy bien, gracias. Si quieres quedarte, puedes hacerlo —le dijo Castiel.

—¿No te molesta? —preguntó Miguel.

—No, para nada. Como puedes ver, tengo espacio suficiente.

—Así veo —dijo con una sonrisa Miguel—. Me quedaré, solo para asegurarme que estás bien.

—Por supuesto.

Esa noche fue una de las mejores de su vida. Miguel se quedó en una de esas habitaciones mágicas del palacio, es decir, en la habitación que fue de Dean y Castiel se quedó en su habitación, con una sensación de confort y seguridad no sentida desde su niñez, cuando ignoraba la crueldad del mundo.

Durmió toda la noche, bajo una nube agradable con la promesa de una nueva vida. Al otro día, se levantó temprano, Miguel tenía preparado el desayuno y comieron juntos por la mañana antes de dirigirse a sus respectivos trabajos.

—Me alegra que te encuentres bien —dijo Miguel.

—Yo también me alegro. Espero que puedas venir a cenar conmigo —invitó Castiel.

—¿Te refieres a hoy? —preguntó sorprendido Miguel.

—Al no ser que tengas otra cosa.

—Emh, no, no, nada. Vendré —dijo nervioso.

Castiel, solo sonrió y con esta sonrisa llegó a su trabajo donde se encontró con Sofía, quien andaba media despistada.

—Quiero darte las gracias por presentarme a Miguel —dijo Castiel apenas la vio.

—¿Quién?

—Estoy saliendo con Miguel.

—¡Eso es maravilloso! ¡Me alegro por ti! —exclamó Sofía, feliz con una sonrisa de oreja a oreja.

Ella llamó la atención de sus compañeras y pronto todas chillaban como locas, mientras felicitaban al afortunado. Estuvo bonito, mucho revuelo durante el día. Todos felices, dando consejos amorosos. Castiel solo sonreía, nunca se puso rojo o algo así, con las cosas que le decían.

Fin capítulo 19

Hola a todos, aquí el penúltimo capítulo de esta historia, gracias a quienes la siguen y comentan. El próximo capítulo es el último. Un abrazo y espero que estén muy bien.