Capítulo 26

¿Algo más?

—¿Estás segura de que no necesitas nada?

—No, te lo repito por quinta vez, no necesito nada. Vamos, márchate.

—Ok, pero si necesitas algo me llamas y luego me paso por aquí.

—Kate—le recriminó—Te he dicho que todo está bien, Emily va a estar dibujando aquí conmigo mientras yo termino mi trabajo, así que márchate y diviértete de una vez.

—Me sabe mal irme así, deberías haberme avisado de que tenías trabajo que hacer y no habría hecho planes.

—¿Eres idiota? Vamos, sal a divertirte de una vez.

—Ok, ok. Me voy—le replicó sin convicción—Pero que sepas que voy a empezar a sospechar que no me quieres aquí—añadió tras despedirse de Emily.

—Es que es la verdad, no te quiero aquí—musitó con sarcasmo, y la pelirroja la fulminó con la mirada— al menos hoy. —Concluyó, pero Kate ya ni siquiera se detuvo a escucharla, y cedió marchándose del hogar. —Bien señorita—miró a su hija que esperaba impaciente—Nos hemos quedado a solas, pero vamos a divertirnos ¿Ok? —le dijo, y Emily no tardó en asentir entusiasmada, al tiempo que le mostraba un lápiz rojo que mantenía oculto tras su espalda —¿Quieres dibujar? Perfecto, pues ¡vamos a dibujar! —exclamó provocando a la pequeña para que corriese hacia las escaleras, donde volvía a detenerla para ayudarla a subir y llegar hasta el solárium.

Eran las 15:30 de la tarde y aunque el cielo estaba nublado, la luz del día permitía que el solárium fuese el lugar perfecto para pasar la tarde junto a su hija, mientras terminaba el trabajo que tenía pendiente y que había acertado a llevarse a casa desde el teatro. Pero no contaba con las peripecias de la pequeña por tener toda su atención, y que iban a hacerla lamentarse por no haber permitido que Kate se quedase hasta que al menos ella terminase su trabajo.

La pelirroja abandonaba el edificio con la certeza de saber que Rachel no iba a conseguir terminar aquel trabajo si Emily estaba a su alrededor. No solo porque fuese una niña de dos años, sino por su personalidad. Porque era un torbellino que podía con cualquiera que le osara echar un pulso. Y mucho más si era su madre la que estaba con ella.

Kate estaba tan convencida de que Rachel terminaría llamándola, o al menos escribiéndole para pedirle ayuda, que ni siquiera se apresuró en guardar su teléfono móvil en el bolso, y aguardó a escasos metros de la casa, justo en el cruce de la 59th con Broadway, a sus amigas, con quienes había planeado pasar la tarde.

Se estaban retrasando, como siempre que quedaba con ellas, y le tocaba esperar en uno de los lugares que más temía de toda Nueva York, mientras las nubes amenazaban con lluvia.

Las jodidas palomas.

A Kate no le gustaba la lluvia, y habiendo nacido en Vancouver, vivir en Nueva York no le suponía ningún alivio, pero si además le tenías fobia a las palomas, su vida durante los meses de otoño e invierno se convertía en una completa tortura.

No las soportaba. Detestaba el sonido que producían cuando volaban y el extraño canto que emitían lograba ponerle la piel de gallina. Tal vez era exagerado, pero la repulsión que le provocaba podía equipararse a lanzarse de cabeza a un vertedero. Y justo allí, en el cruce donde debía esperar a sus amigas, solían resguardarse en los salientes de los edificios muchas de aquellas aves que abandonaban por horas su hogar en el parque.

Ponerse en guardia y no perderlas de vista. Ese era su plan hasta que acudieran sus amigas, y fue precisamente esa actitud la que hizo que no se percatara de la llegada de alguien a quien no esperaba allí, y que la llegó a asustar.

—¿Cuántas hay? —soltó divertida a escasos metros de ella, y Kate reaccionó como si la fueran a asaltar. —Hey, tranquila… ¿Te he asustado?

—Quinn…—Balbuceó

—Hola. Lo siento, siento haberte asustado—se disculpó de nuevo tras ver el rostro pálido de la pelirroja.

—No, no te preocupes. Estaba distraída.

—Ya veo. ¿Estas contando palomas? —le preguntó recuperando la sonrisa, y alzando la mirada hacia las cornisas.

—No, lo que estoy es asegurándome de que ninguna vaya a acercarse—respondía volviendo a alzar la mirada con una mueca de desagrado en su rostro—Las odio.

—¿A las palomas? ¿Por qué? Son inofensivas.

—Histoplasmosis, clamidiasis, colibacilosis, salmonelosis, si quieres sigo enumerándote la cantidad de enfermedades que se pueden adquirir por culpa de esos seres del demonio, pero estaríamos aquí hasta mañana. Además, hacen ruido y ensucian todo.

—Oh, vaya… Joder, veo que sabes mucho sobre palomas.

—Soy bióloga, por si no lo sabias. La gente no tiene ni idea de lo que tiene a su alrededor, y esas malditas están atestadas de enfermedades.

—Ok—balbuceó completamente sorprendida—Me temo que no las voy a mirar de la misma forma a partir de ahora.

—Haces bien. Todo el mundo debería cuidarse de ellas.

—Ya, ya veo… Pues, en ese caso, no entiendo que haces aquí plantada. Estás en un punto crítico.

—Estoy esperando a las impuntuales de mis amigas, pero como no lleguen ya, me marcho a mi casa—le dijo volviendo a alzar la mirada hacia el edificio, y provocando aún más el desconcierto en Quinn, que no sabía si iba a ser capaz de contener la risa por la situación—No pienso exponerme tanto. —Añadió dando un par de pasos hacia atrás, para evitar cualquier mínima opción de que alguna de aquellas palomas hiciera sus necesidades sobre ella.

—Ok…

—¿Y tú? —le dijo sin siquiera mirarla—¿Qué haces por aquí? ¿Vas a ver a Rachel?

—No, no… Tengo que hacer unos trámites, y te he visto. Solo quería saludarte.

—Vaya, es una pena. No que vengas a saludarme—volvió a mirarla— Eso de hecho es de agradecer—le sonrió—la pena es que no vayas a visitar a Rachel.

—¿Por qué? ¿Qué le ocurre?

—Nada.

—¿Entonces?

—Probablemente iba a agradecer tu visita.

—¿Por qué? No entiendo. ¿Está en su casa? —preguntó curiosa.

—Sí, tenía trabajo que hacer.

—¿Y Emily?

—Está con ella, probablemente usando alguno de los documentos como pizarra donde colorear—espetó sonriente. —Pero como es una cabezota, no ha querido que me quede con ella y entretenga a Emily para que pueda trabajar sin interrupciones.

—Oh… Bueno, supongo que lo tendrá controlado, al fin y al cabo, es su madre.

—Sí, es posible, como también es posible que una de las dos termine llorando—sonrió—Esa pequeñaja es una rebelde sin causa.

—Ya, ya veo. Eh, bueno, yo me tengo que ir.

—Muy bien, Quinn, gracias por el saludo.

—Ten, ten cuidado con tus amigas—musitó regalándole una sonrisa—Me refiero a esas amigas—añadió lanzando una última mirada hacia el edificio donde aguardaban las palomas, y Kate la imitó rebufando—Que te vaya bien.

—Gracias. Suerte con esos trámites. —Le respondió cuando ya se alejaba de ella. Quinn no volvió a decirle nada más, solo se giró para mirarla cuando ya había avanzado varios metros, y lo hizo para comprobar como seguía inmersa en su batalla contra las dichosas palomas.

No pudo más que reír ante las ocurrencias de la pelirroja, y por su mente no tardaron en aparecer la cantidad de prejuicios que había tenido hacia ella días atrás, cuando ni siquiera la conocía. Había cambiado tanto su perspectiva con ella, que en ese instante habría deseado incluso quedarse allí y hacerle compañía. Algo inimaginable cuando decidió asaltarla a la entrada del teatro, en el que fue su primer y original encuentro.

Pero no era el momento.

La responsabilidad le llamaba, y visitar el gimnasio que le había recomendado Matt era su principal objetivo en aquel instante.

Matt y Rachel, por supuesto. Porque Rachel también le mostró su conformidad con la decisión de ponerse en forma en aquella misma mañana, cuando volvieron a tener uno de sus ya extraños encuentros.

No pudo evitar pensar en ella, y no solo por lo que vivieron en ese encuentro. Las palabras de Kate influyeron bastante, y, además, porque precisamente el trayecto que debía tomar para llegar al gimnasio, la obligaba a pasar justamente frente a su hogar.

Apenas eran las 4 de la tarde, tenía tiempo de sobra, y la tentación se le hizo imposible de evitar. Quinn apenas tardó un par de minutos en cruzar la avenida, y se colaba en el número 15 de West Central Park sin siquiera tener que llamar por el telefonillo de entrada. El portero se lo permitió con tan solo una sonrisa, como si ya supiera perfectamente quien era.

Aprovechó el espejo que vestía una de las paredes del ascensor que la llevaba hasta la última planta, para cerciorarse que todo en ella estaba perfecto; el pelo, su cara completamente desmaquillada, y su vestimenta. En apenas cinco minutos, Quinn había pasado de contemplar a Kate esquivando palomas, a presionar ilusionada el timbre de la puerta del penthouse de Rachel.

Rachel dudó.

No esperaba a nadie, pero que hubieran llamado directamente a su puerta, le hacía indicar que debía ser alguien conocido. Se aseguró que Emily, sobre una manta en el suelo de la terraza, permanecía inmersa en un dibujo que parecía no tener fin, y tras asegurarse que no había nada a su alrededor que pudiera ser un peligro para ella, y llevándose con ella pantalla que la permitía vigilarla con las cámaras, bajó rápidamente a atender la llamada.

Le bastó lanzar una mirada a través de la mirilla para sentir como un revuelo de nervios se colaba en su estómago.

—¿Quinn? —susurró, y antes de abrir la puerta, ordenó su pelo y la ropa que vestía. Aclaró su garganta y tomó una gran bocanada de aire con la intención de templar su estado. —¿Quinn? —repitió esa vez en voz alta—Hola.

—Hola, Rachel—respondía con naturalidad.

—¿Qué haces aquí?

—Pues, venía a preguntar si estaba Em.

—Eh ¿Emily? —se mostró confusa sin poder evitar lanzar una mirada hacia la pequeña pantalla —Claro, claro que está. ¿Por qué?

—Había quedado con ella para jugar—le soltó dejándola aún más desconcertada—¿Puedo entrar? —añadió sin poder contener la sonrisa, y Rachel se percató de su humor.

—¿Habías quedado con Emily? —cuestionó—Pues no sabía nada, vamos pasa, iré a avisarle ¿Quién le digo que eres?

—Fabray… Soy Quinn Fabray—respondía adentrándose por completo en la casa y aumentando aún más si cabe su sonrisa—Aunque también había quedado con la señorita Rachel Berry.

—Pues esa soy yo.

—Ajam…

—Yo tampoco sabía que habíamos quedado.

—¿Cómo qué no? Me dijiste que podía venir cuando quisiera a probar lo mejor de ti—le replicó sin apartar la mirada de sus ojos—Yo creo que es la hora perfecta.

—¿Qué? —balbuceó desconcertada de nuevo—¿A qué te refieres, Quinn?

—A tu café, ¿recuerdas? Me lo dijiste esta mañana.

—Oh, claro… El café.

—¿Qué te pensabas que era?

—No, no nada—interrumpía rápidamente—Me has pillado pensando en otras cosas de… Da igual. Lo cierto es que no sé si hoy es buen momento. Estoy trabajando y no puedo entretenerme demasiado.

—Ya lo sé, por eso he venido—respondía sonriente mientras decidía quitarse el abrigo.

—¿Cómo?

—He venido a jugar con Em mientras tú terminas ese trabajo, y luego me invitas al café. Procura que no sea demasiado tarde cuando lo hagas.

—Quinn… ¿Te ha llamado Kate? —preguntó tratando de encontrarle un sentido a la situación.

—No. ¿Por qué lo dices?

—Porque solo ella sabe que Emily y yo estábamos aquí, y que yo tengo trabajo que hacer.

—Ah, pues no, no me ha llamado, si es lo que te preocupa.

—¿Has venido así, sin más?

—No. Lo cierto es que a Kate sí que la he visto cuando iba hacia el gimnasio, estaba ocupada protegiéndose de unas palomas—sonrió—Y sí, ha sido ella quien me ha dicho que estabais aquí, y que te habías empeñado en que ella no se quedase a echarte una mano…

—O sea que tengo razón—la interrumpió, pero Quinn no dejó que continuase.

—No, no tienes razón. La decisión de venir hasta aquí ha sido mía, porque justamente tenía que pasar por la puerta y he recordado que me habías invitado a ese café, y bueno, pues he decidido venir. ¿Me dejas que juegue con ella mientras tú trabajas? —preguntó lanzando una nueva mirada hacia el piso superior.

—Pues, supongo que sí. Pero si tienes cosas que hacer, no es necesario que…

—Tengo tiempo de sobra. ¿Puedo subir? —la interrumpió y Rachel, volviendo a buscar a su hija en la pantalla, no pudo más que asentir completamente superada por la situación.

Le era complicado comprender muy bien como había pasado de estar respondiendo emails relacionados con el musical, a observar a Quinn ascender por las escaleras en busca de su propia hija. Pero no tuvo más remedio que asimilarlo. Por ella, por Emily.

Pudo ver el abrazo entre ambas y la ilusión que su hija mostró al verla, a través del dispositivo, y ese gesto de su hija fue motivo suficiente para intentar sobrellevar la situación con calma, como algo normal que podría darse sin más ahora que Quinn había entrado de lleno en su vida.

El problema estaba en ella. En lo que empezaba a tener que camuflar con todas sus fuerzas. El problema estaba en los nervios que la habían mantenido todo el día pensando en lo que sintió al presenciar la escena del ensayo entre ella y Matt, aquella misma mañana. En sus reacciones descontroladas como la que tuvo tras la conversación entre ellas en el despacho.

Para Rachel, aquella tarde junto a su hija mientras se centraba en los trámites que tenía que hacer, habían conseguido hacerla olvidar un poco de todo aquel barullo de contradicciones en la que se había convertido su cabeza.

Que Quinn apareciera en ese momento no era la mejor de las opciones para lograrlo.

—Ok… Veo que te gusta la visita—musitó lanzando una mirada a su hija, que no había tardado tiempo en adueñarse de la atención de Quinn.

—Pues claro que le gusto… Somos amigas. —Le respondió mientras accedía a la petición de la pequeña, y tomaba asiento en la alfombra donde jugaba.

—¿Quieres el café, Quinn?

—No… Ahora lo que quiero es dibujar, y tú deberías de seguir con eso—señaló hacia la mesita que adornaba la estancia, y donde permanecía el ordenador portátil—Cuando termines con eso, merendamos—volvía a sonreír— A ver qué tenemos aquí…

Dibujos, dibujos y más dibujos. Rachel no dudó en regresar a su lugar de trabajo mientras observaba como Emily se disponía a mostrarle toda su galería pictórica a Quinn, y ésta, le mostraba toda la atención que ella no había podido dedicarle.

No estaba todo lo tranquila que desease. Le resultaba complicado estar allí y permitir que toda una mujer como Quinn dedicase su tiempo a entretener a su hija. Pero Quinn parecía disfrutar.

De hecho, no tardó en tomar varios de los lápices y ayudarla con el siguiente de los dibujos.

—¿Quieres que hagamos un gran oso? —cuestionaba mirando a la pequeña y ésta asentía—Bien, vamos a hacerlo en este trozo, porque ahí está el sol… O ¿Qué es eso? ¿Es la luna? —le preguntó extrañada y Emily le negó—¿No es la luna?

—Es una estrella—susurró Rachel sin apartar la mirada de su portátil.

—Ok, una estrella a plena luz del día—ironizó provocando una leve sonrisa en Rachel, que no podía evitar mirarlas de reojo—Ok. Una estrella, podemos hacer una luna en vez de un oso, así tiene más sentido ¿Te parece?—añadió y Emily aceptó la propuesta con una sonrisa.—Perfecto, hagamos una luna para acompañar a la estrella—musitó al tiempo que se decidía a realizar la silueta de una media luna—Vamos ahora te toca a ti colorear.—Le indicó, pero Emily no estaba dispuesta a hacerlo sola, así que le ofreció uno de los lápices de colores, y con una simple mirada, Quinn supo que aquella también era su tarea.

Una tarea que aceptó sin rechistar. Una tarea que la iba a mantener ocupada durante al menos diez o quince minutos, los suficientes para que Rachel pudiese adelantar su trabajo. Siempre y cuando lograse concentrarse. Algo que no había conseguido desde su llegada.

Fueron varias las ocasiones en las que cruzaron las miradas, y terminaban sonriéndose mientras Emily se esmeraba en que los dibujos quedasen lo mejor posible.

Quinn sin embargo sí logró su cometido, y se relajó.

Actuó por pura inercia tras saber que Rachel necesitaba esa ayuda que ella siempre le había ofrecido, y que nunca iba a pedirle.

Estar con aquella pequeña no era una pérdida de tiempo en absoluto para ella. Tenía bastante tiempo libre a pesar de los ensayos. Pasar un par de horas jugando era algo que podía permitirse, y que realmente le hacía bien.

Ser testigo directo de la sonrisa de Emily era un regalo que pocas personas podían recibir, y ella se sentía una privilegiada por estar en aquel lugar, observando como algunas luces de los rascacielos ya comenzaban a encenderse a lo lejos mientras aquella pequeña le mostraba con orgullo lo que hacía.

Definitivamente era hija de Rachel.

Tenía dos años y ya daba color a estrellas. ¿Qué mejor prueba que esa para dejar patente ese gen Berry que corría por sus venas? Y no solo eso. Emily sonreía y Quinn juraba ver la sonrisa de Rachel en su rostro. Sus gestos, la curiosidad de su mirada observando cada detalle de aquel dibujo, el intento de perfección de sus trazos y el orgullo que mostraba cuando terminaba algo, lo había heredado sin duda de su madre. Y esa fue su perdición en aquel instante.

Tan ensimismada estaba observando a la pequeña que no se percató de que Rachel hacía lo mismo con ella.

Había detenido su trabajo por culpa de la escena que mostraban, y la miraba completamente embelesada, tanto que su mirada logró llamar la atención de Quinn, que en ese instante la buscó a ella.

Fueron varios segundos o quizás minutos, no lo supieron. Ninguna de las dos fue consciente de cuánto tiempo duró aquel instante en el que simplemente se miraron, pero de lo que si estaban seguras era de que algo estaba sucediendo, y no eran capaces de afrontarlo.

Rachel lo llevaba sufriendo días, pero para Quinn no era algo nuevo tampoco. Era consciente de la obsesión que sentía por estar cerca de Rachel. Fue consciente desde el primer día de su regreso a Nueva York y se la encontró en el teatro. Y lo sabía porque nunca había actuado así con nadie. Nunca tuvo esa necesidad por estar cerca de alguien, como le estaba sucediendo con ella. Y había estado tratando de evitarlo, de no darle apenas importancia y camuflar ese sentimiento con la curiosidad que le había provocado su hermetismo personal.

Pero ya no existía ese concepto en ella. Ya no tenía nada que descubrir. Rachel le había abierto las puertas de su mundo de par en par, y la necesidad por estar a su lado, por compartir todo el tiempo que fuera posible con ella, seguía intacta.

Obligarse a creer que todo aquello era por pura y sincera amistad, era la única excusa que le quedaba, pero sabía que se estaba mintiendo a sí misma.

—Creo que voy a hacer el café—Fue Rachel quien reaccionó cerrando el ordenador tras ver como Quinn volvía a centrarse en su hija.

—¿Ya has terminado con eso? —preguntó volviendo a buscarla con la mirada.

—Sí, ya no puedo hacer nada más desde aquí.

—Ok. Me alegro que hayas logrado terminar—le dijo sonriéndole, y Rachel la imitó agradecida—Me muero de ganas por probar ese café.

—Genial. Voy a prepararlo, ¿te quedas aquí con ella?

—Sí, claro, aún no hemos terminado la obra, ¿verdad? —le respondió buscando la mirada de Em, y ésta simplemente asintió sin dejar de centrarse en el dibujo.

Ni cinco minutos estuvieron allí.

A Rachel apenas le dio tiempo de colocar la cafetera en el fuego, cuando las escuchó descender por las escaleras. No le sorprendió verlas cruzar frente a la cocina, de la mano y casi sin mirarla, para colarse en la sala de juegos donde la pequeña tenía todo su arsenal creativo. Era habitual en su hija el cansarse de hacer algo en concreto, y buscar cualquier otro entretenimiento con el que distraerse. Más aún si tenía una compañera de juegos como Quinn.

Un par de tazas, la cafetera silbando gracias a la ebullición del café en su interior, y el tazón especial de leche de Emily, junto a varias galletas y tostaditas con mantequilla de cacahuete. No acostumbraba a preparar ese tipo de meriendas a su hija, normalmente era fruta lo que ambas compartían, pero estando Quinn allí, volvía a tomar el matiz de las ocasiones especiales. Y así se lo iba a demostrar.

Rachel no tardó más de diez minutos en dejarlo todo preparado en la cocina, cuando fue a buscarlas. Lo que no esperó jamás es encontrarse la escena que se encontró cuando llegó a la sala.

El bloqueo fue instantáneo.

Emily presentaba un tono rojizo por todo el rostro y parte de sus manos. Quinn mostraba sus mejillas con un azul intenso y varios puntos verdes en la frente.

Las dos, de rodillas en el suelo, miraron sorprendidas a Rachel que no conseguía mediar palabra alguna, mientras varios botes de témperas junto a ellas las delataban.

—Oh oh—susurró Quinn al verse descubierta, y la pequeña miró con incertidumbre a su madre.

—Oh dios—masculló Rachel reaccionando—¿Qué diablos…?

—Creo que nos ha pillado—añadió Quinn buscando la mirada de la pequeña, que instintivamente comenzó a reír.

—No me lo puedo creer, ¡Quinn!

Mejillas, barbilla, frente incluso las orejas permanecían cubiertas de pintura, más una enorme sonrisa que la niña dibujaba por sí misma, de la forma más natural y entrañable que podía con su corta edad.

—Ha sido culpa mía—habló Quinn—ella no tiene nada que ver.

—¡Quinn! —exclamó—Es pintura. ¿Os habéis pintando la cara con pinturas? —Rachel seguía sorprendiéndose y más en ese instante, en el que tras acercare a ambas pudo comprobar de cerca el caos en sus caras.

—Estábamos jugando y, bueno, yo manché sin querer a Em y luego ella se vengó, y ya ves—se excusó mostrándole las manos completamente embadurnadas de un rojo intenso—Pero no te preocupes, no nos hemos manchado la ropa y esta pintura se quita con agua. Así que no te enfades ¿Vale?

—¿Qué no me enfade?—masculló tratando de mostrarse firme.— Te dejo a mi hija cinco minutos a solas y termina como si fuese un, un, un no sé qué, pero no algo normal—volvía a observar a su hija—Dios, ¡eres peor que Brody!—regresó la mirada a Quinn, que con una media sonrisa dejó un pequeño toque sobre su nariz para terminar manchándola a ella también—Hey ¿Qué haces? ¿Me has pintado? —trató de mirarse la nariz. Fue el segundo error de Rachel.

La mueca que mostró tratando de mirarse la nariz provocó una risotada de Emily que ambas pudieron oír.

— Le hace gracia—espetó Quinn sonriendo igual que la pequeña.

—Basta Quinn, no es divertido…— No le dio tiempo a terminar la frase. Quinn volvía a adelantarse y posó las dos manos sobre las mejillas de la morena—Oh dios… ¡Quinn! —volvía a quejarse y Emily a reír.

—Vamos Rachel, es divertido.

—¡No! —exclamó tratando de contener la sonrisa. Debía mostrarse seria, pero realmente le costaba—Quinn, no puedes hacerle ver que es divertido porque si no, lo va a hacer siempre ¿Entiendes?

—No, ella no lo va a hacer siempre ¿Verdad? —cuestionó a la pequeña que comenzó a negar con rotundidad—¿Ves?, ella se va a portar bien, y ahora vamos a ir a lavarnos las manos para poder merendar ¿Ok? —Le dijo, y Emily volvía a asentir mientras la tomaba de la mano para abandonar la habitación y llevar a cabo su petición, ante el desconcierto que seguía acusando a Rachel.

Cuando salió de nuevo al encuentro de ambas, las encontró en el baño, eliminando de sus manos la pintura y riéndose a mas no poder.

—¿Haces esto con todos los niños? —le recriminó adentrándose ella también, dispuesta a lavar también su cara.

—No… Solo lo hago con Em porque es especial para mí, como su mamá—respondía Quinn con media sonrisa.

—Ya, especial…—Susurró procurando mostrarse firme. —Pues no tiene gracia que hagas esto con ella.

—Rachel, solo estábamos jugando. —Le dijo y la morena la fulminó con la mirada, aunque lo hizo sin creer que fuese capaz de transmitir ese sentimiento—Tranquila, Rach… No, no volverá a suceder.

—Se va a enfriar el café. —Masculló siendo consciente de que acababa de cometer el tercero de los errores en aquel día. Rachel tuvo que desviar la mirada hacia el espejo porque tras mirarla a ella, temió porque estuviese leyendo su mente, porque Quinn averiguase con solo mirarla todo lo que rondaba por su mente al verla así, con restos de pintura en su rostro, con la sonrisa más encantadora de cuantas había visto y la complicidad de su propia hija, que parecía haber encontrado en ella a su mejor aliada.

—Ya estamos listas—le dijo tras terminar de limpiar el rostro de la pequeña.

—Tienes pintura en la frente—respondía Rachel a ella, observándola a través del espejo.

—¿Ya? —le replicó buscándola.

—Supongo.

—¿Por qué no me miras?

—Se va a enfriar el café—repitió ignorando su pregunta, segundos antes de abandonar el baño.

—Rach…

—Vamos—esgrimió ya desde el salón, haciendo un esfuerzo sobre humano por no mostrarse flexible con ambas. Una actitud que no quería cambiar, ni siquiera cuando no tuvo más remedio que volver a enfrentarse a ellas.

Quinn no tuvo reparos en tomar su asiento junto al de Emily, en la pequeña isleta que dividía la cocina, mientras ella se disponía a servirle el café manteniendo el gesto serio. Tenerlas a las dos frente a frente, lanzándose miradas de reojo y casi sin poder contener la sonrisa, la estaba dejando completamente loca. Ver a su hija tratar así a Quinn era una delicia, un verdadero regalo que seguía sin asimilar. Emily solía acatar sus órdenes sin rechistar, porque no había tenido más remedio que imponerse ante la falta de firmeza de Kate y de Brody con ella. Sabía perfectamente que se había convertido en el policía malo de la película. Pero con Quinn, Emily tenía un comportamiento completamente diferente. La rubia había reunido todas las características de los tres; el consentimiento de Kate, la diversión de Brody y su firmeza, y su hija estaba encantada con ello.

—¿Quieres leche? —le pregunto sin siquiera mirarla

—¿Leche de soja o normal? —bromeó Quinn, que no se creía que aquella actitud fuese real.

—La que desees, en esta casa hay de las dos.

—Ok. No te preocupes, lo prefiero solo.

—Muy bien, pues un café solo para ti—susurró entregándole la taza y vertiendo el café directamente desde la cafetera. —Em, tomate la leche ya.

—Gracias—musitó Quinn lanzando una mirada hacia la pequeña, que a su lado se entretenía más con los dibujos que decoraban su vaso— ¿Ya has terminado todo lo que tenías que hacer de verdad?

—Sí

—¿Y qué vas a hacer ahora? —regresó a ella.

—Pues esperar a que esa mocosa termine de merendar y meterla en la bañera, tiene pintura en el pelo—se quejó, y Quinn tuvo que cubrir su sonrisa con la propia taza de café. —Sí, tu sigue riéndote—le amenazó.

—Está muy bueno, el café, digo.

—Lo sé.

—Rachel… Solo ha sido un juego, no es necesario que te enfades.

—No me enfado, Quinn, pero es justamente lo que siempre ando recriminándole a Brody, y ahora tú haces lo mismo.

—¿Él también le pinta la cara?

—No, pero suele hacer todo tipo de travesuras y no puedo permitirlo.

—¿Por qué? Es una niña, tiene que divertirse.

—Sí, es muy divertido cuando vienes, pasas dos horas con ella y haces todo lo que quieres… Pero luego soy yo la que tiene que estar el resto del día con ella, y no me hace caso. Solo quiere jugar, hacer lo que hace con vosotros, y yo tengo que ser la mala de la película.

—Pues quizás deberías acostumbrarla a jugar una hora a la semana de ese modo. Así se portará bien el resto de días.

—¿Me estás diciendo como educar a mi hija? —se mostró seria y Quinn percibió el cambio de actitud.

—No, no Rachel, no me malinterpretes—fue sincera—solo quería darte alguna solución.

—Ok—volvía a bajar la mirada hacia el café.

—¿Te has molestado?

—No, olvídalo…

—Rachel, lo siento—se puso en alerta— Te aseguro que no ha sido mi intención que creas algo así.

—Quinn, está bien, no te preocupes. Es la misma charla que tengo con Kate o con Brody día tras día. No te preocupes.

—No debería haber venido hoy, ¿verdad?

—¿Qué?

—Bueno que siento haberme presentado sin avisar. Creo que me extralimitado, y no he pensado en que tal vez querías estar con ella a solas.

—Quinn eso no tiene nada que ver, de hecho, te agradezco que la hayas entretenido mientras terminaba ese trabajo—respondía tratando de calmarla.

—¿Seguro?

—Claro. Ya te dije que esta es tu casa, que puedes venir cuando quieras y a esta mocosa, ya ves, le encantas—le sonrió tímidamente—Es solo que debes aprender a no dejarte convencer por ella tan fácilmente.

—Oh, ok. —Musitó mirándola de reojo—Procuraré mantenerme más firme.

—Basta con que la próxima vez que le ocurra algo así, me lo digas antes.

—Lo haré, por supuesto, te prometo que lo haré.

—Bien, ya nos vamos entendiendo—volvió a sonreírle— Así al menos puedo unirme yo también—Añadió logrando que el gesto preocupado en la rubia se esfumara. Sabía que se había mostrado dura y que Quinn realmente se estaba disculpando por ello, pero eso no significaba que le molestase su presencia.

—Bien, eso suena mejor.

—¿Te gusta? El café, digo…

—Mucho. Voy a terminar dándote la razón, y voy a pensar que de verdad haces todo bien.

—¿Lo dudabas?

—Pues…—miró a la pequeña—No debería dudarlo después de ver cómo es ella. —Musitó provocando un breve silencio—Actúas bien, cantas bien, tu hija es perfecta, haces un buen café… ¿Qué más?

—Beso bien—soltó, y nada más hacerlo se arrepintió de ello. La mirada sorprendida de Quinn tras su intervención logró ponerla nerviosa —Al menos eso dicen todos. —Añadió forzando una sonrisa absurda que a punto estuvo de delatarla de nuevo.

—Afortunados—Susurró Quinn desviando la mirada de nuevo hacia Emily, que ajena a la conversación, se esmeraba en trocear una de las galletas para llevársela a la boca con sumo cuidado. —Es una Berry, sin duda—añadió al verla comer, pero Rachel ignoró por completo el comentario. Su mente se había detenido en lo que había dicho segundos antes, en aquel afortunados que la dejó fuera de lugar.

¿Afortunados? ¿Quiénes eran los afortunados? ¿Los que reciben sus besos? Fueron cinco, seis o tal vez diez segundos de total confusión para ella tras escucharla. Que Quinn considerase afortunado a los chicos que habían recibido algún beso suyo, era la mejor de las noticias, sin duda, y también la peor para su situación personal.

No quería. Rachel no deseaba que Quinn le regalase ninguna opción que lograse aumentar más la fantasía que se había instalado en su mente, que no le diese alas para creer que algo así podía suceder entre ellas. Porque era eso, una fantasía. Cualquier resquicio, cualquier excusa que pudiera transformarla en realidad, era un auténtico suplicio.

Solo el sonido del móvil de Quinn las hizo volver a reaccionar tras aquel nuevo silencio que se prolongaba entre ellas. Era un mensaje, y su gesto al verlo la puso en alerta.

—Es Matt—masculló provocando su atención—Está en el gimnasio esperándome, dice que la chica que se encarga del tema administrativo solo está hasta las 17:30.

—Pues como no te des prisa, no sé si vas a llegar.

—Tengo 15 minutos. Me da tiempo de sobra para tomarme este café—Le dijo segundos antes de darle el último sorbo a la taza. —Sería un delito no hacerlo.

—Me alegra que te haya gustado de verdad, pero no deberías hacerte esperar.

—No te preocupes. Ya, ya voy.

—No, no pienses que te estoy echando—le dijo tras ver como decidía hacerle caso, y tras robar una de las galletas, abandonó su asiento.

—Ya lo sé, Rachel.

—Solo que no quiero que se te haga tarde y no puedas hacer lo que pensabas hacer antes de venir hasta aquí.

—Lo sé—le repitió sabiendo que la culpabilidad se había adueñado de ella—Y tranquila, voy a llegar a tiempo. Además, está Matt allí, y seguro que le pide a la chica que me espere, en el caso de que…

—¿Te pido un taxi?

—¿Qué? No. No, estoy a cinco minutos del gimnasio, Rachel. Está todo bien—volvía a insistirle justo cuando se detenía a regalarle un beso de despedida a Emily—Pórtate bien, hormiguita. —Le susurró provocando la sorpresa en Rachel.

—¿Hormiguita?

—Es… Es algo entre nosotras.

—¿Entre vosotras? —cuestionó siguiéndola hasta el hall de entrada, donde se detuvo para recuperar su abrigo. —Vaya, sí que habéis congeniado bien.

—Ya ves…

—Ya, ya veo… Ok. Espero que logres apuntarte a ese gimnasio. Y te vuelvo a insistir, esta es tu casa, puedes venir cuando te parezca. ¿Ok?

—Entendido… Por cierto—se detuvo pensativa mientras le daba un mordisco a la galleta—El chico que hay en la entrada, el portero.

—Sí, Louis.

—¿Louis?

—Sí, así se llama. ¿Qué sucede?

—Pues que deberíais darle un toque de atención. Imagino que no cualquiera tiene la entrada permitida en este edificio, ¿no?

—Pues no, no cualquiera puede entrar. Precisamente por eso está ahí él.

—Pues yo he entrado sin decirle siquiera a donde iba.

—Oh, no, tranquila. Él ya te conoce.

—¿Me conoce?

—Claro. Me he tomado la libertad de informarle de quién eres, para que te deje entrar sin que tengas que llamar al telefonillo.

—Oh… Bueno, me alegro entonces. Tengo privilegios, pero… La primera vez que entré no sabía quién era, y me dejó entrar.

—¿La primera vez? El día de Acción de gracias no estaba trabajando, llamaste al…

—No, no, me refiero al día de…—Se detuvo, y el gesto en su cara llamó la atención de Rachel—Ok. Tienes razón, ese día no estaba. Bueno, será mejor que marche. Te veo en…

—Quinn—la interrumpió tras notar el nerviosismo—¿Qué sucede?

—Nada.

—Tú solo has estado aquí una vez, el día de Acción de Gracias.

—Eh sí, claro.

—No. Me estás mintiendo.

—¿Qué? No, ¿por qué te iba a estar mintiendo? —le replicó sabiendo que acababa de cometer el mayor error de todos, y que o actuaba muy bien, o se iba a ver envuelta en una nueva discusión con ella. El gesto de Rachel tras lanzar una mirada a Emily para asegurarse que seguía tranquila, le hizo comprender que no debía ocultarle aquello. —Ok. No, no es la única vez que he estado aquí, Rachel. O sea, en el edificio, en tu casa solo cuando tú me has invitado.

—¿Qué? ¿Has estado aquí antes?

—Eh sí—balbuceó bajando la mirada— No te enfades, por favor.

—¿Por qué me iba a enfadar? ¿Qué has hecho, Quinn?

—Nada, no he hecho nada, solo… Joder. —Se derrumbó—Ok, te lo cuento, pero si me prometes que no te vas a enfadar. ¿Me lo prometes? —añadió y Rachel permaneció impasible—Ok, ya estoy vendida.

—Quinn, ¿qué diablos pasa?

—Ok, Rachel—musitó acercándose a ella—¿Te acuerdas el día que nos encontramos corriendo por Central Park?

—Ajam…

—Pues ese día cuando salí de mi apartamento vi a Kate, y decidí perseguirla. Ella me trajo hasta aquí. Y que se yo, cuando la vi entrar, me vinieron las ganas de ser Sherlock Holmes y me colé en el edificio, y justamente estaba el portero en la puerta y ni siquiera le tuve que decir mi nombre. Le dije que había visto a una antigua compañera de universidad entrar, que se llamaba Kate, y que me hacía ilusión saludarla… Y me dejo entrar, así sin más. Por eso te digo que deberías llamarle la atención y…

—¿Qué? —la interrumpió tratando de asimilar toda la información—¿Me estás diciendo que ese día que yo salí a correr, tú habías estado aquí?

—En realidad yo te vi salir—masculló desviando de nuevo la mirada—Estaba en las escaleras mientras tú salías del ascensor.

—No, no me lo puedo creer. Es una de tus bromas, ¿no? —No, no lo era, y Quinn negó cabizbaja para responderle—Oh dios, mío. ¿Entonces sabias que vivía aquí?

—No, eso sí que no. No tenía ni idea, de hecho, no era capaz de comprender por qué estabas tú aquí, en vez de en tu apartamento de Brooklyn. Y ya después salí detrás de ti, y nos vimos en Central Park.

—¿Nos vimos? Querrás decir que me perseguiste.

—No, no te perseguí… Bueno, un poco sí.

—No lo puedo creer. ¿Me estás diciendo que ese día no solo entraste aquí, sino que además me perseguiste a mí también y fingiste que nos habíamos encontrado por casualidad?

—Básicamente… De hecho, casi me muero por querer seguirte el ritmo.

—Pero… Quinn.

—¿Qué? Soy una estúpida, lo sé. Y ya sabes que sigo teniendo esa necesidad de llamar la atención, y que se yo, ese día me levanté así. Lo siento.

—Estoy en shock.

—Bueno, tampoco es tan extraño, ¿no?

—¿Cómo que no es extraño?

—Rachel, llevaba casi un mes aquí y no me decías nada de tu vida, es lógico que sintiera curiosidad.

—¿Y por eso persigues a Kate?

—Pues claro, porque esa chica me asaltó por la calle y luego la vi contigo en el teatro. Y tú hablabas de ella, como si fuera alguien muy importante en tu vida, y ya sabes a lo que me refiero…

—Que era mi pareja.

—Sí, eso. Solo sentía curiosidad por saber de dónde había salido esa chica, nada más.

—Ya…

—¿No me crees?

—No me queda más remedio. Lo que no entiendo es por qué no me lo has dicho.

—Porque soy idiota.

—¿Tanta curiosidad de provocaba?

—¿Tú qué crees? Me estaba volviendo loca—confesó, y el tono que usó hizo que Rachel se estremeciera, y un silencio se adueñara de ambas. Un silencio roto por la llegada repentina de Emily, que había decidido descender de su silla sin el permiso de Rachel, y el sonido de un mensaje en el teléfono de Quinn—Ese debe ser Matt. Será mejor que me marche ya. Adiós, Em—añadió sonriéndole a la pequeña, que se aferraba a la pierna de su madre mientras mordía otra galleta—No estás enfadada, ¿verdad? —le preguntó a Rachel, y ésta le negó tratando de regalarle una tímida sonrisa.

¿Cómo se iba a enfadar? Quinn acababa de destrozar con una patada esa puerta que ella se empeñaba en cerrar, y no tuvo fuerzas para enfrentarse al revuelo en su interior.

—Lo siento—volvió a disculparse cuando ya se decidía a abandonar la casa. Pero hubo algo que la volvía a detener, y ni siquiera se había percatado cuando llegó al hogar de las Berry. Le bastó girarse hacia la puerta para que algo le llamase la atención sobre la misma. Una ramita de muérdago con un lazo azul colgaba de ella, y la sonrisa se adueñó de su rostro.

—Veo que te gustó la idea—le dijo al tiempo que abría la puerta y se detenía bajo el umbral. Rachel ni siquiera le respondió. Seguía en shock, tratando de asimilar lo que le había confesado y con el nudo en sus estomago obligándola a permanecer allí, parada frente a ella. —Espero que tengas suerte, y te funcione como a mí—añadió buscándola con la mirada, para comprobar como Rachel seguía sin reaccionar.

No le hizo falta.

Quinn aguardó unos segundos, y tras lanzar una fugaz mirada hacia Emily, volvió a ella y destruyó la escasa distancia que las separaban para cumplir con la tradición. Ella lo había hecho antes. Rachel no dudó en besarla bajo el muérdago de su casa, y esa vez era su turno. Debía ser ella quien lo llevase a cabo.

Y lo hizo.

La besó. Quinn se acercó a su mejilla y le dejó un beso que, a diferencia del que Rachel le regaló, vino acompañado con un susurro que hizo que aquel instante fuese más duradero—Cuídate, Rachel.

No dijo más. De hecho, ni siquiera volvieron a mirarse. Quinn abandonó la casa tras aquel beso, e incluso cerró la puerta tras ella, mientras Rachel seguí allí, completamente paralizada, haciendo un esfuerzo por evitar que el temblor se adueñara de todo su cuerpo.

Tuvo que ser Emily dejándole un pequeño tirón del pantalón, quien la hiciera reaccionar.

—¿Qué me pasa, Em? —preguntó a la pequeña alzándola entre sus brazos, y la niña sonrió. —Ella se ha enamorado de ti—susurró regresando a la cocina—Y yo… Yo estoy perdiendo la cabeza por ella.