Cuando Kyoko llega al plató el domingo por la mañana, estaba extrañamente más concurrido de lo habitual. Es cierto que ella hoy entraba más tarde, porque los horarios Tsuruga-san obligaban a concentrar sus escenas los fines de semana. Y efectivamente, él ya se encontraba rodando con Kijima-san.
El decorado imita la habitación de hotel de Kimura Kento, que se ve asaltada por cierto loco que solo busca comida y unos calzoncillos limpios. Y de paso, aprovecha para 'insinuarse' a Kento y reírse de él. Porque todo es motivo de risa para Kim, que no se toma en serio más que su profesión.
Ah, claro. Ahora tiene sentido…, se dice Kyoko, ahogando un suspiro. Era de esperar…
Si tan solo hubiera prestado más atención al planning de la pizarra de trabajo, hubiera tenido tiempo de mentalizarse para la visión que estaba profanando sus castos ojos de doncella.
A su pesar, Kyoko tiene que reconocer que sí, que es verdad, que Tsuruga Ren está de toma-pan-y-moja, pa'comer-y-no-dejar ni-miga…
Por supuesto.
¿Qué mujer —y parte de la población masculina— no dejaría lo que sea que estuviera haciendo por una oportunidad de contemplar a semejante hombre en (prácticamente) toda su gloria y esplendor?
Porque Kim solo llevaba puesto unos calzoncillos tipo bóxer (que de seguro habían conocido días mejores), un albornoz roñoso que apenas ocultaba nada, unos desastrados calcetines a media pantorrilla y una barba de tres días… Nada más.
Y mientras Kyoko trata de alejar sin demasiado éxito el recuerdo de Setsu paseando sobre ese mismo pecho expuesto, al final exhala un suspiro de rendición.
Ninguna. La respuesta es ninguna.
Más tarde, en lo que preparan el siguiente set, Kyoko repasa sus líneas y Ren se acerca y se sienta a su lado. Él ya está vestido con su habitual camisa de cuadros de leñador y ella ya lleva los pelos de bruja electrocutada de Meiko. Están sentados en sillas plegables, hombro con hombro, cada uno sumido en sus pensamientos. Poco después, llega Yashiro y se sienta con ellos, dejando a Kyoko en el medio, y aprovecha para revisar las páginas de su agenda. Ren se inclina hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre los muslos y se restriega las manos una contra la otra, mirando al frente sin realmente fijarse en nada.
Kyoko lo ve y una voz chiquitita dentro de su cabeza le susurra que el hombre no está bien. No es el Tsuruga Ren de siempre, al menos… Le falta la serena compostura habitual y esa botellita de agua, la que usa como transición entre escenas, y cuya función principal es recordarle que ya vuelve a ser él y no el papel que interpreta. Sin ella, sus manos se retuercen, creando figuras extrañas, o se frotan la una contra la otra inquietas.
—¿No es… —pregunta Kyoko, pero luego calla, dejando la frase sin terminar.
—Dime —le dice él, enderezando el torso y volviendo a apoyar la espalda en la silla.
—¿No es embarazoso? Ya sabes… —Kyoko mueve la mano en el aire en un gesto impreciso—, hacer escenas como esta… Así vestido. Bueno, desvestido… —No te ruborices, mujer, ¡aguanta!
—Es cierto —responde él— que es mucha más piel de la que suelo lucir en las sesiones de fotos.
—No, no me refiero a eso… —se apresura a decir Kyoko—. ¿Cómo explicarme mejor?
—Ah, preguntas si me siento expuesto o vulnerable —termina él por ella. Kyoko asiente—. Claro que sí —le dice él, cruzando los brazos sobre el pecho—. A nadie le gusta ser solo un pedazo de carne.
—Ni siquiera a Tsuruga Ren —afirma Kyoko, aunque es más como una pregunta.
—Especialmente a Tsuruga Ren —puntualiza él.
—Aunque a Kim le importa un pepino lo que piensen los demás, así que… —añade Kyoko, dejando la frase en el aire.
—Exacto —concluye él.
Entonces, los dos suspiran a la misma vez, casi como si lo hubieran ensayado.
—Si te sirve de consuelo —le dice Kyoko, volteando el torso hacia él, para mirarlo directamente a la cara—, cualquiera que te conozca, a ti, sería incapaz de verte como solo un pedazo de carne, Tsuruga-san —Kyoko cierra su guion y lo deja en el regazo para poner suavemente su mano sobre la suya, en un gesto de audacia que por una vez se siente absolutamente natural—. Tú eres más, mucho más.
Y Ren no puede hacer otra cosa más que sonreírle, aunque la suya sea una sonrisa triste.
—Gracias, Kyoko-chan —le dice, poniendo su otra mano sobre la de ella. Kyoko tan solo parpadeó una vez al oírse llamada así. Matar la protesta automática que nacía en su garganta, requirió un verdadero esfuerzo consciente, un ejercicio de la soberanía de su voluntad, poderoso y enorme, pero lo consiguió. Podrán ser pasitos de bebé, pero para ella eran pasos de gigante—. De corazón.
Y probablemente esa fuera la causa de que no se diera cuenta de que su mano aún seguía entre las suyas.
Al otro lado, Yashiro tuvo que morderse el labio para no gritar de la emoción.
