Un fragmento corto de las historias perdidas; parte 2: La espina de turquesas

El jueves fue marzo treinta, Eren Jaeger había nacido entre jubilo y la esperanza de una tribu en decadencia: los ancestrales.


Eren es un simple niño viviendo en Erdia, el pueblo de los orgullosos siete linajes. Bueno, él en realidad nunca fue simple.

Él no era simple, nunca lo sería. No entendía mucho al respecto, pero tenía un gen recesivo muy importante para la tribu de mamá. Además, su padre y hermano mayor seguían diciendo que por eso mismo, había gente fuera de la seguridad de su casa que querían lastimarlo, adueñarse de su gen especial. Siempre supo que era una infancia solitaria, no le importaba. Su única amiga era la guardiana y hermana de su padre. Faye había fallecido muy joven debido a una enfermedad agónica, pero había regresado para ayudar a su padre en sus misiones, para protegerlo. Era lo que hacen los guardianes, después de todo.

«Juntos incluso si la muerte nos separa», ese era el lema, el acuerdo que había entre guardianes y médiums.

Faye podría ser sólo una niña, pero era la guardiana más poderosa que se había conocido entre las siete tribus, por eso su padre confiaba en ella ciegamente. Sin embargo, cuando las misiones de mamá ya no le permitieron cuidar de él, fue que Faye fue enviada a cuidar de Eren. Ellos casi nunca salían de casa y tampoco se le permitía a Eren hablar con extraños, pero estaba bien. Era todo lo que él conocía.

Claro, él también conocía a su mamá. De vez en cuando, ella regresaba con el delicado movimiento de sus manos al preparar una tarta de manzana para él; con su suave voz que le hablaba con gentileza sobre las historias de los ancestrales y la importancia del gen recesivo de Eren. Las partes favoritas de Eren en esas historias era cuando su madre le hablaba de cuánto tiempo esperó por él, porque ella lo había visto venir desde que ella aún era sólo una niña. Del amor incondicional que ya desde entonces le profesaba.

Él también había aprendido a conocer a su padre. Eran contadas las ocasiones en las que convivieron en toda su vida. Grisha Jaeger siempre parecía jactarse de él con presunción, repetía una y mil veces lo especial que era su hijo, sólo por el simple hecho de haber sido de su sangre. A Eren no le gustaba que se le quisiera únicamente por su sangre. Grisha no le hablaba con gentileza como mamá, y le contaba historias de La Orden y lo orgulloso que estaría cuando fuera mayor y se uniera a sus filas. Desde entonces, él ya odiaba a La Orden.

Incluso, también conocía a su hermano mayor. A diferencia de mamá o de su padre, a Zeke lo veía con mayor regularidad. Su hermano, quien le enseñó demasiadas cosas, algunas de gran importancia y otras tantas innecesarias; era él quien le había explicado todo lo que necesitaba saber sobre los vínculos entre guardianes y médiums. Zeke le agradaba la mayoría de las veces, él lo presumía por el simple hecho de que Eren era su hermanito menor y no por su sangre o gen especial. Pero seguía odiando que él le prohibiera tantas cosas.

—¡Zeke, Zeke!— Interrumpe a su hermano en medio de una lección sobre las ánimas.— Son las cuatro de la tarde. Prometiste que hoy me llevarías a la bahía después de la segunda hora de que comenzaran mis lecciones.

Zeke mira desinteresadamente su reloj plateado de bolsillo y asiente.

—En efecto, ya son las cuatro de la tarde, hiciste bien tus cálculos— Dice con tranquilidad.— Pero no has terminado tus lecciones. Mañana será.

—Eso dijiste ayer y el día antes de ayer.

Eren cruza los brazos haciendo un puchero, siendo el hermano menor berrinchudo que se espera que sea a esta edad. Zeke sólo cuadra los hombros y continua con su lección. Él siempre hace lo mismo.


Existen días en los que Eren logra escapar de su confinamiento. En esos días generalmente Faye tiene que ir en misiones con Grisha o alguna cosa a la que se dedican los guardianes. Él camina a través de las coloridas casas que se intercalan entre los colores rojo, violeta e índigo, el aroma de los bollos recién horneados inunda todo su camino por el callejón de Las noches muertas y su estómago ruge. Eren cree que no es momento de pensar en comida, después de tanto tiempo de encierro al fin puede caminar libremente por la villa.

Cruza el callejón Azúl y luego pasa por la vieja casona abandonada para llegar al centro, en donde el fresno de manzanas doradas crece orgulloso. Algunas personas parecen reconocerlo y lo miran con grandes ojos preocupados, todo el mundo sabe que no debe salir de casa, a él no le importan sus miradas y susurros, la libertad siempre es más importante. Al pasar por la misteriosa casa de los azulejos, Eren ya puede sentir que alguien lo sigue y ese alguien ni siquiera intenta ser sigiloso o disimulado. Al médium tampoco le importa eso, él sólo quiere ver el mar.

Finalmente llega al muelle y observa. Es importante que lo haga, es un médium después de todo y parte de sus habilidades se basan en ser observador; el oleaje es tranquilo, como lo ha sido últimamente. Las gaviotas vagan buscando comida y el viento es agradable, se sienta en la vieja poltrona de madera que a pesar de todo, no es para nada incómoda y se queda quieto allí. Pensando, preguntándose qué habrá después de la vida. A los suyos les gusta decir que después de la vida hay vida.

Él lo piensa a menudo, le gusta creer que la otra vida es mejor.

Aun estando sumido en sus propios pensamientos, puede escuchar los pasos arrastrados, pesados y casi forzados en el suelo empedrado. Sus hombros se relajan porque él los reconoce, la figura alta y elegante se sienta en el otro lugar vacío de la poltrona, sus blancas manos se recargan la una sobre la otra en el pesado bastón de madera. Ellos no hablan, las palabras nunca han sido necesarias y el único consuelo que necesitan es la presencia del otro. Zeke podría decir que Eren es muy pequeño para entender, pero no es así, porque el médium con el que nació lo entiende y para Eren eso es suficiente.

Sus piernas todavía cuelgan de la poltrona y él las mece con inquietud. Su guardián lo mira con curiosidad y entonces para de hacer eso. Una pregunta ronda en su cabeza demasiado infantil, él es un niño después de todo y necesita tener más respuestas que los adultos con menos imaginación.

—¿Cómo te lastimaste la pierna?— Cuestiona finalmente a su guardián.

Una parte de él le sigue diciendo que es grosero preguntar algo así, pero no puede evitarlo. Su guardián, siendo todo gentileza como es, no se enfada con Eren. El ríe y al médium le gusta el sonido de su risa, tanto que por un segundo se olvida que había hecho una pregunta de mal gusto.

—Nací con una pierna ligeramente más corta que la otra— Explica con paciencia, luego estira sus piernas como para hacer su punto y pregunta alegremente a su médium:— ¿Puedes ver?

—Oh.

El niño hace una mueca torcida, una cosa casi dolorida y su guardián vuelve a reír. Más suave, más comprensivo, a pesar de que Eren ha escuchado los rumores de que su guardián es apodado Curvus por la frialdad y oscuridad que lo rodean. Él no cree en esos rumores. Eren aprendió a ser observador y notar lo que otros no pueden.

—¿Te molesta?— Él le cuestiona de pronto a Eren, hay un ápice de preocupación en su voz mientras habla.— Sé que debido a esto no podría correr contigo en momentos de peligro. No podría ir detrás tuyo si te vas muy lejos, ojalá nunca tengas que correr a sitios en donde no podré ir contigo.

Eren de inmediato niega solemne y sus pequeñas manos estrechan a las de su guardián.

—¡No me molesta!— Sus ojos brillan con aquella terquedad tan suya y sus mejillas arden en un intenso rojo cuando muy despacio dice:— No habrá necesidad de correr tampoco. Porque creceré y entonces, definitivamente seré capaz de proteger por ambos.

Una brillante sonrisa se forma en el rostro demasiado pálido de su guardián, entonces...

—Incluso si corres lejos, yo buscaría la manera de alcanzarte, mi pequeña espina de turquesas.

Y el apodo no le molesta, no entiende su significado pero supone que su guardián jamás lo apodaría con palabras insultantes. En realidad, él encuentra que su nuevo apodo es fascinante, como lo es su guardián. Eren devuelve a cambio una brillante sonrisa.


Había sido una noche tranquila cuando alguien irrumpió en su casa. Su guardián lucía desesperado, temblaba y aunque fue valiente al contener el llanto, Eren pensó que en cualquier momento se quebraría frente a sus ojos. Faye de inmediato había comenzado una lucha contra su guardián, pero si Faye era la mejor, su guardián simplemente era perfecto. Con todo y su pierna lastimada. Él también tenía una peculiaridad que ningún otro guardián había tenido jamás.

Eren miró con fascinación como su guardián durante la pelea abandonaba su cuerpo físico sin más. Faye estaba impávida, no era una habilidad habitual y al estar peleando sin la debilidad que su cuerpo provocaba, podía estar en la lucha por más tiempo y aplicar toda la fuerza de su don, explotando con brillantes bolas de luz dorada que quemaban. Pero también significaba que tanto su cuerpo físico como el no físico estaban vulnerables ¿Pero podía importar eso cuando Faye ni siquiera era capaz de tocarlo?

Faye recibió golpe tras golpe sin la oportunidad de defenderse, al final ella fue reducida a una brillante mancha plateada en el suelo de la habitación de Eren. Pero su guardián seguía resplandeciendo con el dorado mismo del sol. El médium pensó que después de todo, no sería necesario correr, no con el poder de su guardián para protegerlos. Eso, desde luego, no quitaba el hecho de que estaba descolocado y un tanto nervioso por la entrada abrupta de su guardián y su sorpresa ante la pelea seguía ocupando la mayor parte de sus pensamientos coherentes.

Pronto su guardián regresó a su cuerpo físico y con bastante trabajo se colocó de pie, apoyándose pesadamente en su bastón. Caminó hacia Eren, tan rápido como su pierna mala se lo permitió y cogió al chico de la mano, con urgencia él le decía:

—Vamos, Eren— Comenzó a tirar del chico hacia la puerta.— No se quedará así por mucho tiempo. Tenemos que irnos.

—¿Irnos?— Cuestionó Eren, la confusión brillaba en sus ojos verdes.— ¿A dónde?

—Cualquier parte, no importara en tanto estemos juntos.

Caminaron tan rápido como a su guardián se le permitía entre los callejones demasiado estrechos y la oscuridad de esa noche. A las demás personas no parecía importarles que Eren estuviera fuera de casa, al parecer, hoy era un día especial porque nadie le estaba prestando atención.

—¿Por qué tenemos que irnos?— Volvió a preguntar el niño.

—¡Porque ellos nos quieren separar!

Respondió a cambio su guardián, estaba exasperado y Eren sólo se encogió porqué él no estaba entendiendo nada de lo que aparentemente estaba pasando. Al notar su creciente angustia, su guardián hizo una breve pausa. Se paró frente al infante y se inclinó para estar a su altura, sus ojos azules chocaron contra los ojos de Eren. Había tanto miedo y desesperación y Eren deseaba alejar eso.

—¿Deseas que me separen de ti?

Su guardián lo zarandeó ligeramente al hacer la pregunta, Eren negó con una mueca preocupada y eso casi fue suficiente para hacer que otra vez retomaran el camino. Su guardián lo guió más allá de las afueras de Erdia, hacia el abrazo oscuro del espeso bosque pero Eren nunca dudó y jamás miró hacia atrás. De todas formas, él pertenecía con su guardián, sin importar a dónde fueran. Se adentraron un poco más entre los árboles, los arbustos y la malesa antes de encontrarse con una mujer que tenía rasgos similares a los de su guardián. Eren vagamente la reconoció como un miembro de la familia Ackerman, en medio de toda esa confusión.

—No tenemos tiempo— Escuchó que su guardián le decía a la otra chica.— Conjura un portal que nos lleve lejos de Erdia.

Eren entonces supo al instante que la chica debía ser una viajera. Ella los miró con atormentados ojos negros y comenzó a crear un portal, entonces la voz de su hermano mayor hizo eco en el bosque.

—¿Se van?— Exclamó alegremente, Eren se dio cuenta de que su hermano venía con una pequeña comitiva creada por su mamá, Pieck, Reiner, Bertholdt y Faye.— Me temo que no se va a poder. Aclarada la situación... devuélveme a mi hermano.

Su guardián de inmediato se interpuso entre Zeke y Eren, de su boca no salió ninguna palabra, pero su mirada parecía gritar con insolencia "oblígame".

—Eren— Lo llamó su madre, tenía un brazo estirado en su dirección, su palma abierta en una clara invitación a ser estrechada.— Cariño, ven.

El niño miró entre Zeke, su madre y su guardián. A pesar de que él quería correr a abrazar a mamá, el médium en su interior rugía y se oponía a ser separado de su guardián, así que en lugar de ir con su mamá, él se aferró aun más a la mano del otro chico. Zeke chasqueó la lengua y luego tronó los dedos, Eren sabía que su hermano estaba a punto de matar a alguien. Nada bueno podía ocurrir si Zeke tronaba los dedos.

—Es suficiente de tanta rebeldía— Regañó a Eren con dureza, luego él, Berthold y Reiner se acercaron a ellos.— Te vienes con nosotros.

Reiner y Zeke atacaron al mismo tiempo a su guardián, mientras que la viajera estaba siendo contenida por Pieck y Faye. Luego Berthold lo separó de su guardián, lo tomó de la cintura y lo cargó cual saco de papas. Eren seguía pataleando y gritando, preocupado por su guardián acorralado, lo último que supo fue que pasó de los brazos huesudos y toscos de Berthold, al abrazo suave y gentil de su madre.

Ella tocó su frente con ternura y susurró palabras de cuna, Eren al instante se quedó dormido.


El lunes fue marzo treinta y uno.

Eren se levantó con el desagradable aroma del humo y un cielo cegado en un triste gris que hablaría acerca de la tragedia de la noche anterior. Dijeron que era demasiado pequeño para entender, así que en realidad, no le preocupó mucho saber quién había iniciado el incendio, o de dónde habían venido las terribles llamas rojas. Él tampoco recordaba mucho del día anterior y mientras más pensaba en eso, más difícil era poder recordar otra cosa que sus lecciones y una noche de sueños agitados.

Todavía, tenía esa fea sensación de que había olvidado algo. Que había alguien a quien debía recordar, un lugar en el que deseaba estar, una sensación que había estado antes ahí, tan latente y que ahora sólo era el vacío absoluto. Esa misma tarde Zeke vendría con peores noticias para él, porque habría de decirle que su guardián había muerto entre todo el caos de la noche anterior. Eren, a pesar de todo lo que podía recordar, seguía teniendo la sensación inexplicable de que había conocido a su guardián.

Una sensación que pronto comenzó a diluirse en las profundidades de su mente. Él jamás conoció a su guardián, ellos jamás hablaron. No importaba nada de eso, el dolor que lo mantuvo durante días enteros en cama y llorando sin poder encontrar consuelo alguno, se sintió tan real como el sentimiento de suaves manos tocando las suyas. Pero el sentimiento o la sensación fue adormecida.

Él ya no recordaba más.


—Me recuerdas a una espina de turquesas.

Eren apartó su mirada de la ventana cuando una parte de su cerebro prestó atención a la gentil voz de Armin. Se había pasado la totalidad de su clase sobre exorcismos mirando por la ventana, observando como los magos entrenaban con sus familiares al otro extremo de la barrera que los dividía según la tribu que fueras. Las siete tribus asistían juntas al mismo colegio: Véremir, no por eso tenían que estar revueltos entre ellos. Un adivino jamás podría aprender a manejar sus habilidades si estudiaba a lado de un viajero. Eso mismo aplicaba para las otras tribus.

En realidad, médiums y guardianes estudiaban juntos bajo la tutela de la sección Biaysun, al norte del Veremir. Nehan, la sección al sur del colegio estaba dirigida para videntes y adivinos. En el oeste se encontraba la sección Reyzmir, en donde viajeros y magos estudiaban. El este solía pertenecer a los ancestrales, cuando eran mayoría y no una triste minoría escasa. Todas las tribus estudiaban en el mismo colegio, sólo que separadas por pequeñas vallas que hacían la obvia distinción de habilidades y secciones.

Eren parpadeó unas cuantas veces, había algo similar en ese conjunto de palabras. Él no supo por qué una parte suya había reaccionado, como un catalizador para que su mente regresara a ausentes tardes mirando en soledad la puesta de sol en la bahía.

—¿Qué?— Preguntó, casi atragantándose con su propia saliva.

—Espina de turquesas— Armin repitió con una sonrisa amable.— Las pequeñas aves de plumaje verde y dorado que vuelan demasiado rápido para llevar mensajes importantes de las almas que están en la octava dimensión.

Eren sonrió con intriga, su guardián por elección propia, era fascinante. No tenía poderes sorprendentes como el resto de guardianes y tampoco los necesitaba, porque donde Eren era el poder en su máximo esplendor, la fuerza bruta, Armin era el cerebro, la inteligencia personificada. Por eso hacían un excelente equipo a pesar de la obvia diferencia de poderes.

—Espina de turquesas— Repitió, saboreando el titulo en la punta de su lengua.— ¿Por qué me compararías con un ave así?

Armin ni siquiera tuvo que pensarlo demasiado.

—Eres inquieto, orgulloso y libre— Dijo suavemente, la palma de su mano ahora estaba sobre el pecho de Eren, donde su corazón latía desbocado.— Pero también tienes un corazón demasiado grande y que late demasiado rápido dentro de tu pecho. Justo como las espinas de turquesas.

Eren acunó la mano de Armin que estaba sobre su pecho, había un cálido sentimiento alojado en toda su caja torácica. Era familiar y era viejo y era lejano. No sabía de dónde venía ésta sensación de que ya antes había sido llamado de esa manera, de que alguien antes que Armin había visto lo mismo en él. La noción de que éste apodo en realidad encajaba con él.

Él no podía recordar y seguía preguntándose por qué tenía estas sensaciones de que antes fue muy amado.


Cien años después, en un barco que cruzaba por el mar de los lamentos, perdió a Armin.

Su brillante sol de verano también se apagó con la puesta de esa tarde. Las llamas volvían a ser parte de su desastroso destino, lo devoraban y destruían todo con la misma ferocidad con la que Eren deseaba proteger a Armin. Las vigas de madera caían como peso muerto y expandían aun más el fuego, la gente estaba desesperada por salir y Eren deseó poder haber sido lo suficientemente fuerte como para proteger por los dos. Él no pudo y su guardián quedó atrapado entre las vigas a punto de desmoronarse y las llamas de un fuego cruel.

Pero Armin regresó al tercer día, unido al vínculo y siendo llamado por aquel lazo de cadenas invisibles que durante tantos años habían sido su ancla. Armin regresó siendo dorado, etéreo y sobre todo, él vino con los brazos abiertos hacia Eren y una sonrisa. Nunca hubo enojo, ni un sólo reproche por haber permitido que su vida se extinguiera como la débil llama de una vela, y el médium se aferró a eso, se dejó encadenar por ese fuerte sentimiento.


Su padre comenzaba a presionarlo para que se uniera a las filas de La Orden. Zeke seguía diciendo que él no necesitaba cargar con el peso de un guardián muerto, que cortar el vínculo sería lo mejor para todos. Eren no deseaba unirse a La Orden, porque eso significaría sacrificar sus preciadas alas, su libertad. Él no podría ser la espina de turquesas sin sus alas forjadas por un fuerte sentido de la libertad que era el pilar más importante de su esencia. La columna vertebral que componía y soportaba todo lo que Eren Jaeger era.

Y tampoco deseaba cortar su vínculo con Armin, ¿qué clase de petición demasiado egoísta era la que le hacía su propio hermano? Armin lo había protegido por casi un siglo, habían peleado juntos en una infinidad de misiones que siempre fueron exitosas. Su guardián era un miembro importante para Erdia y con mayor razón, para Eren. Él se negó a ceder en cualquiera de esas dos cosas, dejó atrás su titulo de élite y sólo empacó lo necesario.

Abandonó Erdia en una fría y tormentosa noche de julio.


Viajó durante varios meses por los reinos más lejanos a Erdia. Trabajaba por un tiempo en un pueblo con una casa embrujada y cuando sentía que La Orden estaba demasiado cerca de atraparlo, él se movía al siguiente reino, villa o pueblo. Atendiendo exorcismos, ayudando a las almas atormentadas a cumplir una última petición, incluso siendo el asistente de un funerario. La muerte nunca lo espantó realmente y él se acomodaba a ella con facilidad.

Ganaba monedas extra, obtenía objetos antiguos y sobre todo, ganaba relevancia entre los cientos de médiums que eran enviados por La Orden para cumplir con algunas misiones. Sin embargo, no era una vida tranquila y mucho menos agradable; justo cuando comenzaba a acostumbrarse a un lugar, a la gente nueva, él tenía que salir corriendo debido a que La Orden comenzaba a pisarle los talones.

No tenía estabilidad, ni mucho menos paz y la idea de tomar un barco y cruzar el mar para llegar hasta El Continente y establecerse en Nueva Habusimbel, era demasiada tentadora. No tuvo que ir tan lejos, cuando se dirigía a Deralia, él pudo sentir aquella sensación familiar llamándolo, algo que lo invitaba a tomar el camino más oscuro y abandonado y averiguar que habría al otro lado si lo cruzaba.

Entonces, Hollow Blair apareció ante él. Había una sensación que electrificaba todos y cada uno de sus huesos, que le hacía saber que algo sucedía en éste sitio misterioso. Rápidamente se instaló en el pueblo, la gente susurraba sobre lo extraño que era, la gente mayor parecía sospechar que sus ojos eran especiales y por eso comenzaron a tratarle con respeto. Pero... la actitud extraña de la gente era irrelevante cuando comenzó a notar ciertos patrones, cuando comenzaba a armar el rompecabezas.

Había escuchado historias de algunos viajeros humanos sobre un extraño pueblo en el que no sólo ocurrían eventos extraños, sino que también había un fenómeno particular. Se decía que cada cierto tiempo, algo, o alguien llamaba a gente muy especifica hacia su interior. Mercaderes o personas que llevaran algún tipo de mercancía especial. Y cuando esa gente salía de la misteriosa villa, era solamente para darse cuenta de que había transcurrido un año entero, lo equivalente a un día de haber estado en ese lugar.

Eren comenzó a atar cabos, a darse cuenta de las similitudes entre las historias sobre esa misteriosa villa y Hollow Blair. Pero siempre, cada vez que parecía estar cerca de desentrañar el misterio, de resolver el acertijo, su memoria olvidaba y su mente quedaba en blanco. Entonces, él tenía que empezar de nuevo con la ayuda de Armin.

En medio de todo ese caos de Hollow Blair, él conoció a Levi Ackerman. Y a veces, venía a su mente aquella sensación dormida de tardes soleadas y el sonido que hacían las olas de mar al chocar.


¡Hola a todas/os! Espero que se encuentren muy bien y que al menos en ésta cuarentena, estén encontrando cositas para entretenerse. Ahora que me encuentro atrapada en mi casa, me ha dado el tiempo de estar escribiendo mucho para traer actualizaciones lo más rápido que me sea posible, me estoy esforzando mucho, así que espero que el capitulo haya sido de su agrado. Otra cosa importante, cuídense mucho, laven sus manos con frecuencia y sobre todas las cosas, tengan mucha paciencia. Estoy segura de que todo esto pasara más rápido de lo que imaginamos. En fin, de momento es todo lo que me queda por decir. Nos estamos leyendo para la próxima.

¡Saluditos!

P.d: A todo esto, ¿qué les pareció la historia de Eren? ¿Empiezan a juntar las migajas? Yo espero que sí, pero de no ser el caso, en un par de capítulos más o menos se viene la historia de Mikasa, la más importante de todas y con eso digo mucho sobre el misterio que aborda la trama. Sí, ya falta menos para unir todas las historias, junto con la historia principal, así que ha aprovechar lo último que nos queda de After life.

Love you 3000, Dragón. 🐉🌹