Esta historia es una adaptación de la novela "DENTRO Y FUERA DE LA CAMA" de Megan Hart.
La historia original y los personajes no me pertenecen, yo solo lo adapto a mi pareja favorita "NaruSaku" por entretenimiento y sin fines de lucro.
Advertencia:
La historia contiene lenguaje vulgar, menciones a la depresión, suicidio y escenas subidas de tono, si eres sensible a eso no lo leas.
La historia es Narusaku. Si no eres fan de esta pareja o no te agrada, no lo leas y absténganse de comentar de forma maliciosa.
Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto. La historia original a Megan Hart. Adaptación de la historia al mundo de Naruto hecha por mí.
Capítulo 19
Ino estaba equivocada, yo no era una mártir; al menos, eso creía. No quería alardear de mi dolor ni hundirme en la autocompasión.
Por eso jamás hablaba con nadie de lo que me había pasado desde los quince hasta los dieciocho años, hasta que Gaara murió. No quería que nadie excusara mis acciones basándose en lo que me había pasado, no quería excusarme a mí misma por ello. En el mundo pasan cosas malas continuamente, cosas incluso peores que las que yo había sufrido. Todo lo que me había sucedido en el pasado era una pieza más de mí rompecabezas, de la persona en que me había convertido, la puntuación en la frase de mi ser. Sin el pasado, no habría llegado a ser la mujer que soy hoy en día, sería otra persona, alguien a quien quizá no reconocería.
Pero Ino tenía razón en lo de que apartaba a la gente de mí, hacía mucho tiempo que me había dado cuenta de lo que hacía, Me planteé buscar ayuda, tal y como había hecho mi hermano, y al final decidí ir a la iglesia. Había dejado a un lado la religión porque no creía que Dios pudiera resolver mis problemas, aunque tampoco podían hacerlo la bebida, las drogas, ni el sexo. Llevaba una carga muy pesada, y tenía que soltarla.
La iglesia de St. Paul era más grande y moderna que la de St. Mary. En la puerta había varios carteles que anunciaban un «culto contemporáneo», y también ofrecían confesiones. A pesar de que siempre había pensado que no estaba en manos de un hombre decidir si yo me merecía el perdón, no podía quitarme de la cabeza la posibilidad de ir a confesarme, y al final decidí hacerlo.
El padre Iruka tenía una voz agradable. Era un poco ronca, pero bastante suave. Me trató con amabilidad y con interés, y al menos no parecía aburrido, aunque yo había esperado a que se vaciara la iglesia antes de entrar en el confesionario y seguramente ya estaba bastante cansado de escuchar.
—Bendígame, Padre, porque he pecado, Hace mucho tiempo que no me confieso.
Hablé durante mucho tiempo, y al final me dijo:
—¿Eres capaz de perdonarte a ti misma? Sabes que tanto Dios como yo podemos perdonarte, pero que no sirve de nada si tú no te perdonas también.
—Sí, Padre, ya lo sé —tenía los dedos entrelazados con tanta fuerza, que me dolían.
—¿Has acudido a un profesional?
—En los últimos años no, Padre.
—Pero recibiste asesoramiento. ¿no?
—Sí, cuando pasó todo.
—¿Y no te ayudó?
—Me dieron medicación, pero...
—Ya veo. Sabes que no tuviste la culpa de lo que pasó, ¿verdad?
—Sí, lo sé. De verdad que lo sé.
—¿Ya pesar de todo no puedes desprenderte de la culpa?
—No.
Permanecimos en silencio durante unos segundos, y al final me dijo:
—Te han martirizado con espinas y clavos, al igual que a Nuestro Señor. Puedes sacártelos, pero cada uno de ellos deja un agujero. Tienes tantos agujeros, que te da miedo ser sólo eso, agujeros. ¿Estoy en lo cierto?
Apoyé la frente en las manos, y susurré:
—Sí.
—Cuando bajaron al Señor de la cruz, también tenía agujeros, pero volvió a levantarse con el amor del Padre, y tú también puedes hacerlo.
Las lágrimas me corrían por los dedos, pero solté una carcajada gutural y le dije:
—¿Está comparándome con el hijo de Dios?
—Todos somos hijos de Dios, todos y cada uno de nosotros. Nuestro Señor Jesucristo murió por nuestros pecados, para que tú no tengas que hacerlo. ¿Lo entiendes?
Envidié a los que podían aceptar una respuesta así, a los que eran capaces de dejar entrar el sol y permitir que la sangre de su Salvador lo limpiara todo. A mí me parecía otro cuento de hadas, pero no se lo dije al sacerdote. Yo no podía creer en todo aquello, pero él sí.
—Estoy cansada de sentirme así, Padre.
—En ese caso, deja que el Señor te libere de tu carga.
Parecía tan sincero, tan genuino, que deseé poder hacer lo que me decía. Abrir el corazón, creer en algo que hiciera que todo lo demás pareciera soportable.
—Lo siento, Padre, pero no puedo.
—No te preocupes —me dijo, con un suspiro.
Al verlo tan desalentado, supuse que a lo mejor el sacerdocio no era tan satisfactorio como años atrás, cuando los católicos se limitaban a rezar sin cuestionarse nada.
—Lo siento, Padre. Quiero creerlo...
Se echó a reír, y me dijo:
—Ya lo sé, lo demuestra el mero hecho de que estés aquí. No te preocupes si no crees, Dios sí que cree en ti. No te será tan fácil alejarte de él, no te lo permitirá.
Era la primera vez que oía a un sacerdote riendo en un confesionario.
—Sé quién tiene la culpa de lo que pasó, sé que la culpable no soy yo.
—Pero estás llena de agujeros.
—Sí.
—Y estás buscando algo que los llene. Me sequé la cara con las manos, y noté la humedad de las lágrimas sobre mis dedos.
—Sí.
—Mi obligación es decirte que encuentres ese algo en la religión. Espero que te lo plantees al menos.
Me caía bien aquel sacerdote, tenía sentido del humor.
—Me parece que usted sería capaz de convencerme. Padre.
—Vaya, ahora me siento mejor. ¿Estás lista para acabar tu confesión?
—Sí —vacilé por un instante antes de decir: —No sea muy duro conmigo. Padre. He perdido la práctica.
Se echó a reír de nuevo,
—Reza un Acto de Contrición, hija mía.
—Ha pasado mucho tiempo, no sé si me acordaré.
—En ese caso, lo rezaré contigo —empezó a recitarlo y yo lo seguí.
No tenía sentido seguir así. No me gustaba, no quería, no podía soportarlo, así que decidí ir a ver a mi madre.
Había re-decorado la sala de estar. La enorme televisión seguía agazapada en un rincón, como telaraña a la espera de algún sabroso hobbit al que poder devorar, pero no quedaba nada más que recordara a mi padre. Había reemplazado su silla con un confidente, y había quitado el papel a rayas de las paredes y las había pintado con un alegre tono amarillento.
Me enseñó la sala, pero no dejó que me sentara allí. Me llevó a la cocina, preparó dos tazas de café, y sacó de la nevera un pastel de manzana. Me di cuenta de que era uno de los que habían sobrado del velatorio, así que ni siquiera quise probarlo.
—Tengo varias cajas para ti —me dijo, mientras encendía un cigarro. —Si no las quieres, las llevaré a una tienda de segunda mano.
—¿Qué hay dentro?
—Un montón de trastos.
Eché sacarina en el café, porque mi madre no compraba azúcar.
—¿Para qué quiero un montón de trastos?
—Son tuyos —me dijo, como si eso lo explicara todo.
No había mostrado ni sorpresa ni alegría al verme llegar. Tomó una calada, y al soltar el humo entrecerró los ojos y se le formaron unas pequeñas arrugas.
—Vale, Les echaré un vistazo antes de irme.
Bebimos café en silencio. Era la primera vez que estábamos sentadas en su casa así, como dos adultas tomando un café. Esperé a sentirme un poco rara, y la sensación no tardó en llegar.
Mi madre permaneció impasible, y me preguntó:
—¿Dónde está tu amigo, Saki? —al ver que le lanzaba una mirada elocuente, alzó las manos. —¿Qué?, ¿qué pasa? ¿Es que no puedo ni preguntar?
—¿Te importa de verdad?
—Te iría bien tener un hombre.
—No parecías pensar lo mismo cuando te lo presenté.
—¿De qué estás hablando? Para ser un judío, parecía muy agradable.
A mi madre siempre se le ha dado bien re-escribir la historia según le convenga. Eché la cabeza hacia delante, y dije con un gemido:
—Dios del cielo...
—Ni se te ocurra tomar el nombre del Señor en vano en esta casa, Saki.
—Perdona —tomé un trago de café, que estaba demasiado fuerte para mi gusto.
—Ya sabes que creo que tendrías que haberte casado hace tiempo. Tendrías que tener hijos, y una vida de verdad.
Era el sermón de siempre, pero por primera vez, no sólo escuché las palabras, sino también el significado que había tras ellas.
—Ya tengo una vida de verdad, no tengo necesidad de definirme basándome en un marido y unos hijos.
—Necesitas algo más que esos condenados números, Saki.
—Sí, claro, porque he tenido un modelo de conducta ideal.
Apagó el cigarro en el cenicero, y se cruzó de brazos. El maquillaje perfecto que llevaba no podía ocultar las ojeras que tenía.
—Me gustaría, que no fueras tan respondona conmigo, que te cuidaras más, y que en vez de saltarme directa a la yugular cada vez que hablamos, te dieras cuenta de que sólo intento asegurarme de que estás bien.
Tenía las manos alrededor de la taza, pero las coloqué con las palmas abiertas sobre la mesa y observé a mi madre con atención, mientras intentaba verme a mí misma en la curva de su mandíbula, en el color de sus ojos, en su corte de pelo. Intenté encontrarme a mí misma en mi madre, ver alguna conexión que demostrara que había habido un tiempo en que había estado en su vientre, y que no era un simple añadido para ella. Que había habido un tiempo en que no me miraba con desilusión.
—Y a mí me gustaría tener quince años, y haberle dicho a Gaara que no cuando me preguntó si lo quería. Y me gustaría que me hubiera hecho caso en vez de meterse en mi cama.
Palideció de golpe, y el colorete resaltó con fuerza en sus mejillas. Por un instante, creí que iba a desmayarse o a empezar a gritar, pero lo que hizo fue abofetearme la cara con tanta fuerza, que mi silla se tambaleó. Me llevé la mano a la mejilla, que había quedado enrojecida y caliente tras el golpe, y la miré a los ojos antes de decir:
—Y me gustaría que dejaras de culparme por lo que pasó.
Me tensé mientras esperaba a que me diera otra bofetada, o a que me tirara el café a la cara, o a que empezara con los gritos y las acusaciones, pero no estaba preparada para lo que hizo... echarse a llorar.
Sus ojos se llenaron de lágrimas gordas y muy reales, que fueron dejando surcos en su maquillaje cuando empezaron a bajarle por las mejillas. Le cayeron por la barbilla, y le mancharon la blusa de color azul marino que llevaba. Respiró hondo mientras le temblaba la boca, y soltó un sollozo.
—¿A quién querías que culpara? —sus palabras me golpearon con más fuerza que su bofetada. —Él está muerto,
Tuve ganas de levantarme, pero no tuve fuerzas para hacerlo.
—Lo sabías, ¿verdad?
—Sí —se sonó la nariz con una servilleta, y agarró otra para secarse los ojos.
—Me llamaste zorra y mentirosa —aquellas palabras quedaron, atoradas en mi garganta, pero las saqué a la fuerza. Sentí como si me hubieran arañado al salir.
Jamás la había visto tan derrotada. Parecía darle igual que las lágrimas le arruinaran el maquillaje, y tener la nariz enrojecida. Cuando volvió a secarse los ojos, se quitó un poco más de maquillaje. Parecía desnuda sin él, vulnerable.
—¿Crees que era una zorra y una mentirosa? —intenté parecer firme, pero mí voz sonó suplicante.
—No, Saki, claro que no.
—Entonces, ¿por qué lo dijiste? —me eché a llorar también, pero no me molesté en secarme la cara y mantuve las manos sobre la mesa. —¿Por qué?
—¡Porque pensé que decirlo a lo mejor hacía que fuera verdad!, ¡porque no quería creer que él fuera capaz de hacerte algo así! ¡No quería creer que mi propio hijo pudiera ser tan malvado! Quería que fueras una mentirosa porque así no sería cierto, porque prefería tener una hija que fuera una zorra y una mentirosa antes que un hijo capaz de violar a su propia hermana.
—¿Y qué me dices de lo de tener un hijo gay? —le dije, con una suavidad que me sorprendió a mí misma. —Preferías tener un hijo que se suicidó y una hija sin vida propia antes que un hijo que está vivo pero al que le gustan los hombres, ¿no?
No me sentí mejor al ver que se derrumbaba, que se encogía y se marchitaba como las piernas de la malvada bruja del oeste cuando Dorothy le quitó las zapatillas. Siempre había creído que me sentiría triunfal al enfrentarme a ella, pero sólo sentí tristeza.
—No entiendes lo que supone tener hijos, cómo te decepcionan. No entiendes lo que es darle la vida a una persona y ver cómo lo echa todo a perder. No entiendes lo que se siente al estar en mi lugar, Saki.
La contemplé durante un largo momento, mientras ella seguía llorando y mis lágrimas fueron aminorando.
Al final, me puse de píe. No me sentía triunfal, pero me inundaba algo que ansiaba desde hacía mucho tiempo: aceptación.
—No, mamá... no lo entiendo. Supongo que nunca lo entenderé.
Ella asintió mientras volvía a centrarse en el café y en el tabaco, y entonces me di cuenta de que no era la reina de las hadas con la que yo soñaba de niña, ni la malvada bruja con la que la había comparado cuando crecí, sino una mujer. Una mujer, nada más.
Le di un abrazo, y me escocieron los ojos por el humo de su cigarro. Al principio, no me devolvió el abrazo, pero al cabo de unos segundos lo hizo y me dio unas palmaditas en la espalda. Sentí que me acariciaba el pelo.
No dijimos nada más, porque todo era aún demasiado frágil como para alterarlo con palabras, y la dejé allí, en la mesa de la cocina. Me dije que quizá volvería a verla pronto, que a lo mejor podríamos volver a conversar, pero lo que habíamos hecho bastaba de momento.
No acababa de entender la religión, aunque fui a misa un par de veces. El servicio contemporáneo estaba bastante bien, aunque no era el reconfortante y misterioso ritual de mi infancia, al final, no acabó de convencerme, pero me gustó el sermón que dio el reverendo Iruka sobre los desafíos a los que se enfrentaban los jóvenes.
Después, cuando le estreché la mano al salir de la iglesia y le di las gracias, él me dio un apretón en la mano con sus dedos artríticos y me miró a los ojos al decir:
—De nada.
No dejé de «no odiar» a mi madre, y cuando me llamaba por teléfono me esforzaba por contestar y por hablar con ella. Nuestras conversaciones eran bastante tensas, distantes y educadas. Ella dejó de preguntarme por Naruto, y empezó a hablarme de su vida. Se había apuntado a un gimnasio, y a un grupo de lectura. Me resultaba extraño hablar con ella de cosas tan vanas, y supongo que a ella le resultaba igual de raro no despotricar ni sermonearme cada vez que hablábamos, pero al menos las dos estábamos esforzándonos, y yo había aceptado que a lo mejor jamás llegaríamos más lejos.
Pasaba las noches tal y como había hecho durante años: sola. Leía mucho, tejía, pinté la cocina y limpié al vapor las alfombras. Tenía un montón de tiempo que antes, al pensar en todas las tareas que quería completar, me había parecido insuficiente, pero que en ese momento me parecía inmenso y vacío porque no tenía a nadie con quien compartirlo.
Podría haberlo llamado, debería haberlo hecho, pero el orgullo y el miedo me lo impidieron. Temí a que no me devolviera la llamada, o peor aún, que me colgara.
Había vivido muchos años sin tener un Naruto en mi vida, así que no había razón alguna por la que no pudiera seguir adelante sin uno. El problema era que lo echaba de menos. Él me hacía reír, y había conseguido que perdiera el control.
La noche en que oí el timbre de la puerta fui a abrir con el corazón acelerado. Estaba sin maquillar y tenía el pelo recogido en una coleta, y deseé estar un poco más arreglada; sin embargo, al hombre que había al otro lado de la puerta le daba igual mi aspecto. Me abrazó con tanta fuerza que me dejó sin aliento, y empezó a hacerme cosquillas hasta que me costó respirar.
—¡Sasori! —me aparté para poder meter algo de aire en mis pulmones, y volví a abrazarlo antes de apartarme de nuevo para poder recorrerlo con la mirada. —¿Qué haces aquí?
—Deidara me convenció de que viniera a ver a mi hermana mayor —me dijo, con una sonrisa de oreja a oreja.
Tenía muy buen aspecto. A pesar de ser mi hermano pequeño, era más alto que yo desde la pubertad. Era pelirrojo al contrario de mí que mi cabello tenía un tono rosado pálido, y el bronceado de su piel contrastaba con la palidez de la mía... lo único que teníamos idéntico era la sonrisa. Lo observé para buscar los cambios que había ocasionado el paso del tiempo, y vi unos cuantos.
—No puedo creer que haya pasado tanto tiempo — me dijo.
—Yo sí —le agarré la mano, y tiré de él para que entrara. —Pero aún me cuesta creer que estés aquí.
Nos sentamos a la mesa de la cocina y empezó a contarme sus últimas aventuras, pero me resultaba difícil convencerme de que estaba allí de verdad. Él se calló de repente, se quedó mirándome, y su sonrisa se suavizó mientras me tomaba de la mano.
—¿A qué viene esa mirada, dulzura? —me preguntó.
—A que me alegro mucho de que estés aquí, Sasori —le apreté la mano, e intercambiamos otra mirada.
Los dos éramos unos supervivientes.
Me negué a permitir que se quedara en un hotel, no tenía sentido que mi hermano pequeño estuviera en un hotel cuando yo tenía dos habitaciones libres. Fue fantástico tenerlo allí, tener a alguien con quien compartir el café de la mañana, y a quien cocinarle unos huevos. Alguien que me conocía tan bien, que no hacía falta que le explicara las cosas. Salimos a cenar, fuimos al cine, y lo llevé a bailar. Nos pasamos horas charlando en el sofá, vimos episodios de Los duques de Hazzard, y discutimos sobre cuál de los dos primos estaba más bueno, Bo o Luke. Cuando Sasori me dijo que serían incluso más sexys si se daban un morreo, me eché a reír con tanta fuerza, que las palomitas se me cayeron al suelo.
—Te he echado mucho de menos —le dije, mientras tomábamos cacao caliente. —Ojalá te plantearas venirte a vivir a esta zona.
—Sabes que no puedo.
—Claro, por Deidara.
—No sólo por él. Tengo un trabajo, una casa, una vida entera.
—Ya lo sé, ya lo sé. Pero es que estás muy lejos, y apenas te veo.
—Podrías venir a visitarme más a menudo, muñequita. Sabes que Deidara te adora. Te llevaríamos de compras.
—¿Estás insinuando que necesito renovar mi vestuario?
—Bueno, te ayudaríamos a elegir ropa que no fuera ni blanca ni negra.
—A mí ropa no le pasa nada.
—Sakura-chan... cariño, cielo... hay más colores en el mundo, aparte del blanco y el negro —recorrió la sala de estar con la mirada, y añadió: —A esta habitación también le vendría bien un toque de color. El comedor es fantástico, aplica el mismo concepto al resto de la casa.
—Me gustan el blanco y el negro, Sasori —le dije, a pesar de que sabía que él tenía razón.
—Ya lo sé, pastelito —me besó la mano, y añadió: —Ya lo sé —dejó su taza sobre la mesa, y me preguntó: —¿Vas a decirle a mamá que estoy aquí?
Tardé unos segundos en contestar.
—¿Quieres que lo haga?
Se encogió de hombros. Sasori siempre estaba sonriendo y bromeando, y se ponía serio en contadas ocasiones. Cuando alzó la mirada, nuestros ojos se encontraron y me vi a mí misma reflejada en los suyos.
—No lo sé.
—Si no quieres que se lo diga, no lo haré.
Él soltó un suspiro, y se frotó la cara.
—Tanto Deidara como mi psiquiatra dicen que debería hablar con ella.
Le agarré la mano, y le dije:
—Sé mejor que nadie por qué no quieres hacerlo, pero a lo mejor ha llegado el momento.
—¿Y tú qué?, ¿le has dado una patada en el trasero al pasado?
—No, yo diría que como mucho le he dado un pisotón en el pie —le dije, con una carcajada.
—¿Qué ha pasado con aquel tipo con el que te veías?
—Vino a casa conmigo cuando papá murió, y conoció a mamá. Ella no fue demasiado amable con él.
—¿Fue a la casa contigo? —cuando asentí, se quedó mirándome en silencio, y no supe sí estaba impresionado o conmocionado. Volvió a frotarse la cara —Volviste a la casa.
—No es más que una casa, Sasori. Cuatro paredes y una puerta.
Volvimos a mirarnos, y entonces se inclinó hacia mí y me abrazó sin vacilar. No pude contener las lágrimas, y le mojé el hombro de la camisa. No me sentí incómoda, él también se puso a llorar.
—No quería dejarte sola, Saki-chan —susurró, mientras seguía abrazándome con fuerza. —Sabes que no quería dejarte sola con él, pero tenía que salir de allí.
—Ya lo sé, ya lo sé.
Le di una servilleta para que se secara la cara, y yo también me sequé la mía. Hablamos tanto, que nos quedamos un poco roncos, y durante tanto rato, que nuestros estómagos empezaron a protestar porque se nos había olvidado comer. Lloramos, gritamos, lanzamos cosas, lloramos un poco más, nos abrazamos, y a veces incluso reímos.
—Tiene que haber una cosa, al menos una cosa buena que podamos recordar sobre él, para poder encontrar la forma de dejarlo todo atrás de una vez —me dijo.
Estábamos pies contra pies en el sofá, debajo de un cubrecama de punto. El suelo estaba cubierto de pañuelos de papel, y mis cojines habían sufrido nuestra cólera. Los restos de los bocadillos que habíamos preparado estaban quedándose resecos sobre la mesa baja.
—Se le daba bien el deporte —comenté.
—No dejaba que los chicos mayores se metieran conmigo.
—Ya hemos encontrado dos cosas buenas, Sasori.
—Mi psiquiatra diría que es un muy buen progreso —dijo, sonriente.
Le devolví la sonrisa, y contesté:
—Y tendría razón.
—Es más fácil recordar todas las cosas malas que hizo... drogarse, robar, lo otro...
—Y que lo digas.
—Intenté que parara, y fue entonces cuando empezó a putearme. Le dijo a mamá que yo era gay.
—Sí, ya me acuerdo —alineamos los pies, y con las rodillas un poco dobladas empezamos a jugar al trencito.
—Mamá no quiso escucharte ni cuando te cortaste, se limitó a taparlo.
Apretó los puños con fuerza, y mi corazón se inundó de amor al ver lo mucho que me quería.
—No te culpo, Sasori. Por favor, no te culpes a ti mismo. Eras un crío, sólo tenías dieciséis años.
—Y tú sólo tenías dieciocho, Sakura-chan.
—Y ahora los dos somos adultos, y él está muerto.
—Aún me siento culpable por haberme alegrado cuando me enteré. Cuando papá llamó a casa de la tía Mai para decirle que Gaara se había suicidado, me eché a reír.
—Oh, Sasori...
—Tendría que haber vuelto a casa en ese momento.
—No habrías podido cambiar las cosas, y ella habría convertido tu vida en un infierno. Lo que importa es que los dos hemos seguido adelante, y míranos ahora. Tenemos unos trabajos fantásticos, nuestras propias casas, nuestras propias vidas. Y tú tienes a Deidara. Estamos lográndolo, Sasori. Las cosas nos van bien.
—¿En serio?, ¿tú estás bien? —me preguntó con voz suave.
—Estoy intentándolo con todas mis fuerzas.
—Yo también.
Horas y horas con un psicólogo no me habrían ayudado tanto como lo hizo la comprensión de alguien que había estado allí. Los dos habíamos sobrevivido a aquella casa, y a lo que había sucedido dentro de ella.
—Él hacía reír a mamá —dije, al cabo de un momento. —Y cuando ella reía, nos quería tanto como a él.
—Sí, es verdad. Supongo que merece la pena perdonarlo por eso, ¿no?
Por primera vez, supuse que sí.
Llevé flores al cementerio... azucenas para la tumba de mí padre, y girasoles para la de mí hermano. Mi madre los había enterrado el uno junto al otro, y la hierba que los cubría estaba bien cuidada. En las lápidas estaban grabados sus nombres, las fechas de nacimiento y de defunción. En la de mi padre ponía Querido esposo y padre, y en la de Gaara Querido hijo y hermano. Me arrodillé delante de ellas, posé las manos sobre mi regazo, me estremecí un poco bajo la súbita brisa otoñal e intenté rezar.
No tuve demasiado éxito. No podía concentrarme mientras mis dedos acariciaban las cuentas del rosario, y acabé guardándolo. Me senté sobre la hierba, y lloré en silencio.
En cierto modo, parecía incompleto. No había asistido al entierro de ninguno de los dos, ni me habían pedido que hablara durante la misa. Mientras estaba delante de aquellas dos losas de mármol y de un ramo de flores que ya empezaban a marchitarse, mientras la brisa otoñal jugueteaba con mi pelo, sentí la necesidad de decir las palabras que me había negado a mí misma durante tanto tiempo. Le dije a mi padre que lo quería, y que lo perdonaba por haber elegido el distanciamiento y la bebida en vez de a mí. No me limité a pronunciar las palabras, las dije de corazón.
No salieron con facilidad, y cuando acabé, aún me quedaba algo por hacer. Permanecí en silencio durante un rato mientras intentaba hacer una lista de cosas buenas que pudiera recordar, algo a lo que poder aferrarme en vez de las cosas malas.
Y entonces encontré lo que buscaba.
—Tú fuiste quien me enseñó a encontrar la Osa Mayor, Gaara. Tenía siete años. Fue la primera vez que al observar el cielo nocturno pude ver algo más que números y cosas que contar. Fuiste tú quien me enseñó que allí también había algo hermoso.
El viento agitó las ramas de los árboles que bordeaban el cementerio, que ya habían empezado a colorearse con tonos dorados y rojizos. No imaginé que se trataba de otra cosa, como la caricia de un ángel o una señal que me enviaba mi hermano para aceptar mi perdón, porque era demasiado práctica. Contemplé el movimiento de las hojas. Estaban teñidas de colores vibrantes que sin embargo anunciaban la muerte que estaba por llegar, pero me consolé recordándome que volverían a la vida renovadas en primavera.
Aquello era lo que quería, renovarme. Mientras permanecía sentada delante de las tumbas de mi padre y de mi hermano, los dos hombres que más habían moldeado mi vida, me dije que quizá sería capaz de hacerlo, que a lo mejor yo también iba a poder volver a la vida, crear mi propia primavera.
Esperé a que sucediera algo especial, a que surgieran del cielo unos portentosos haces de luz o a que saliera del suelo una mano que intentara agarrarme, pero lo único que pasó fue que la brisa siguió soplando y que empezaron a castañetearme los dientes.
Me sentía mejor. Me había enfrentado a otro demonio, y había salido ilesa. ¿Cuántos más quedaban?
Me puse de pie, y me sacudí de la falda las briznas de hierba que se me habían quedado pegadas, Me incliné y arreglé mejor las flores. Después de arrancar algunos hierbajos que habían salido junto a las lápidas, tracé las letras de sus nombres con la punta del dedo y pensé en que aquellas inscripciones no alcanzaban a describir las vidas de los hombres que estaban enterrados allí.
—Le gustaba la comedia japonesa, y la música irlandesa —dije en voz alta, con la mano sobre la lápida de mi padre. —La colonia que usaba era la Old Spice, le gustaba pescar, y siempre se comía lo que capturaba. Nació en la ciudad de Kyoto, Japón, pero se fue de allí a los tres años y no regresó jamás.
Hubo más. Recuerdos de mi padre, el mejor homenaje que pude hacerle. Creí que el de Gaara iba a costarme más, pero quizá recordar lo de las estrellas había abierto el camino.
—Jugaba con nosotros, incluso cuando ya era demasiado mayor para aquellos juegos. Me enseñó a ir en bicicleta sin manos, y fue el primero en contar una historia sobre la princesa Armonía —seguí hablando, y me dio igual si parecía una lunática al hablar con una tumba. Volví a echarme a llorar, y las lágrimas me humedecieron el cuello de la camisa. —Era mi hermano, y lo quería... a pesar de que odiaba lo que hacía.
Aquello especial que había estado esperando sucedió en ese momento, aunque no fue tan teatral como un coro de ángeles ni algo sacado de una película de terror. No fue de repente, pero inhalé el aire otoñal y me di cuenta de que ya no sentía ninguna opresión en mi interior. Me sequé la cara, y volví a inhalar. Entonces me fui de ahí.
Cuando uno se disculpa, siempre es mejor llevar una ofrenda de paz para allanar el camino; en mi caso, fue una caja de profiteroles de chocolate y un termo de café con sabor a avellana para reemplazar el brebaje horrible que solíamos tomar en la oficina. Llamé a la puerta del despacho de Ino, y ella alzó la mirada y sonrió al verme.
—Hola, Sakura, pasa.
Ella había irrumpido como si nada en mi despacho un montón de veces. Yo no estaba tan relajada, pero le di la caja donde estaban los dulces y le dije:
—Te he traído algo.
Se inclinó hacia delante para olisquear la caja, abrió la tapa con una de sus uñas perfectas, y exclamó:
—¡Serás zorra...! ¡Pero si estoy haciendo régimen!
En cuanto me llamó zorra, supe que las cosas iban a arreglarse entre nosotras; viniendo de Ino, la palabra era casi un apelativo cariñoso. Le enseñé el termo, y le dije:
—También he traído café del bueno.
—Dios mío, te adoro —agarró una taza, y me la dio. —Se supone que la cafeína ralentiza la pérdida de peso, pero que me bañen en toffee si entiendo por qué.
Había llevado mi propia taza. Empecé a llenar las dos, y comenté:
—Eso sería un poco empalagoso, ¿no?
Se quedó mirándome sin comprender por un momento, y al final se echó a reír.
—Sí, es verdad.
Alzamos las tazas, y sacó un profiterol para cada una. En cuanto mordió el suyo, soltó un gemido tan largo y sonoro que me eché a reír, pero reaccioné con un entusiasmo parecido cuando mordí el mío. Nos dimos un atracón de dulces y café, y cuando el frenesí disminuyó, le dije:
—Siento mucho lo que te dije, Ino.
—No te preocupes, cielo. Admito que soy una zorra entrometida.
—No, estabas intentando ser mi amiga, y yo no reaccioné bien. Lo siento.
—¡La culpa no fue tuya!
—¡Estoy intentando disculparme, Ino! ¿Quieres hacerme el favor de dejar que lo haga?
Ella se echó a reír, pero asintió y me dijo:
—Vale, yo fui una zorra entrometida y tú una arpía encorsetada, ¿Estamos en paz?
—De acuerdo. He echado de menos tus cotilleos.
—¡Pues tengo un montón de cosas que contarte!
Nos pasamos media hora de trabajo charlando entre risitas sobre el chico nuevo que trabajaba en la sala del correo. Ino estaba convencida de que en sus horas libres trabajaba de stripper, pero yo ni siquiera me había dado cuenta de su existencia.
—¿Estás ciega?, ¿estás muerta?, ¿tienes las piernas pegadas la una a la otra?
—Oye, ¿no ibas a casarte?
—Sí, pero sigo viva. No pasa nada por mirar, Sakura... aunque no pienso decírselo a Shikamaru, claro.
—Claro.
—Bueno, ¿y tú cómo estás? ¿Qué has estado haciendo? Aparte de tentarme con pasteles para lograr que engorde hasta que no me quepa el vestido de novia, claro.
—Estoy bien —agarré otro profiterol, y le di un mordisco. Me chorreó un poco de crema por los dedos, y me apresuré a chuparla.
—Vale.
Fingí no darme cuenta de que estaba intentando controlar las ganas de comportarse como una zorra entrometida, pero al final me rendí.
—Estoy bien, Ino. De verdad. Y no, no he llamado a Naruto.
Me lanzó una servilleta, y exclamó:
—¿Porque no? ¡Hazlo!
—Es demasiado tarde, hay cosas que están destinadas a salir mal.
—¿Cómo lo sabes si no lo intentas?
Lamí un poco de chocolate y al ver la sinceridad que se reflejaba en su rostro recordé que me había dicho que lo había visto en el centro.
—¿Qué te dijo cuándo lo viste?
—Que habíais roto, ya está.
—¿Estaba solo?
No me contestó de inmediato. Al final se encogió de hombros, y admitió:
—No, pero eso no significa nada.
—Siento tener que decírtelo, pero significa mucho.
—De verdad que no, Sakura. Se le veía súper triste.
Me limpié los dedos con una servilleta, y agarré mi taza para calentarme un poco los dedos.
—No te preocupes por mí. Naruto y yo rompimos, puede salir con quien le dé la gana.
— Pero nadie puede enloquecerlo como tú —me dijo, en tono de broma. —Sakura, llámalo.
—No puedo, Ino.
Ella soltó un sonoro suspiro, alzó las manos en un gesto de rendición, y me dijo:
—Vale, haz lo que quieras, no voy a seguir dándote la lata. Necesito poder charlar contigo, eres la única de la oficina que me entiende.
—Así que soy la única afortunada, ¿no? —después de tirar la basura a la papelera, agarré mi taza y el termo y le dejé los profiteroles que habían sobrado.
—Me caes muy bien —me dijo, con total sinceridad.
Puse una mano sobre su hombro, y le dije:
—Lo mismo digo.
Nos miramos sonrientes, y le acerqué un poco más la caja de dulces.
—Quédatelos y cómetelos todos.
Salí de su despacho sonriendo de oreja a oreja, oyendo cómo despotricaba.
Nota:
Y entonces ya casi llegamos al final. Mañana publicaré el capitulo final, donde se revelaran más cosas del pasado de Sakura.
Nos leemos en el siguiente capítulo.
Saludos
