Capítulo 16
La segunda noche seguida sin dormir de Hinata hacía que su vista fuera un borrón, pero no podría dejar de leer las partes del archivo Hitler una y otra vez, no se lo podía sacar de la mente ni siquiera cuando lo dejaba a un lado. Volvía a ello continuamente, releyéndolo para asegurarse a sí misma que no había imaginado nada de eso.
La Fundación había sido creada en 1802 por un surtido insólito de hombres; Napoleón I había sido uno de los miembros fundadores, quizá el más importante y la fuerza motriz que se encontraba detrás del moldeado de la organización.
Ciertamente había sido el único en aquel entonces que había tenido aspiraciones de conquistar el mundo. Un esquema grandioso, en la superficie, pero nada inesperado cuando se veía la foto entera.
El archivo Hitler daba una mirada diferente y perturbadora a la historia bien conocida. En 1799, Napoleón invadió Turquía Siria, avanzando hasta la fortaleza de Acre. No logró tomar la fortaleza, que los templarios habían construido en 1240, pero quizá oyó algo allí, o encontró algo. Fue después de que él regresase de Acre cuando sus ambiciones juveniles se hicieron realidad estallando por completo; inmediatamente se había convertido en el hombre fuerte de Francia, y luego en Emperador. Conquistó España, Italia, Suiza, Holanda, Polonia, atacó Rusia y Austria.
Quizá un montón de hombres deseaban gobernar el mundo, pero pocos, afortunadamente, trataban de hacerlo en realidad o siquiera pensaban que podían hacerlo. Napoleón pensaba que era posible. Su intención era declarada explícitamente en el archivo Hitler. Había emprendido una búsqueda exhaustiva del Tesoro templario perdido, seguro de que cuando él lo encontrara, sería imparable, pues eso era lo que se prometía en los papeles: el que controlara el Poder controlaría el mundo. ¿Qué era el poder? No oro, pero ciertamente algo tangible, como el arca de la alianza. Lo que fuera que fuese, la Fundación creía que controlaba un poder inimaginable, y por tanto durante casi dos siglos la Fundación había dedicado todos sus recursos a encontrar el Tesoro.
Había tres niveles distintos dentro de la Fundación. En el nivel inferior estaban los empleados, la base de la Fundación formada por trabajadores dedicados a tareas de oficina o trabajadores manuales, o sea músculos en alquiler. El nivel del medio estaba formado por personas que era miembros de la Fundación y que contribuían con grandes cantidades de dinero —los contribuyentes—, ya fuera por coacción o por elección. Por lo que ella había leído, la coacción era lo más habitual.
En el nivel más alto había relativamente pocos nombres; ella reconocía a la mayoría de ellos.
Napoleón. Stalin. Hitler. Dos estadounidenses. Un dictador de Oriente Medio. Un general francés. Un primer ministro británico. Un famoso dirigente obrero.
Magnates de la industria, tanto hombres como mujeres.
Un nombre en particular la sorprendió, pues era un hombre sumamente rico conocido por sus trabajos humanitarios. Y Obito Uchiha. Su nombre parecía menor comparado con la reputación de los demás, pero ellos tampoco habían sido muy conocidos al comienzo de sus carreras. La presencia de su nombre en la lista era un testamento de su crueldad.
El poder para dominar el mundo. El concepto era mucho más ridículo ahora de lo que lo había sido hacía poco más de cincuenta años. ¿Cómo podía dominar cualquier persona, o Fundación, el mundo entero? Pero cuando lo veía en términos nacionales: poder e influencia, algo de lo que la mayoría de naciones carecían, era ciertamente posible controlar el mundo controlando las instituciones de importancia crucial. La toma de posesión política ni siquiera haría falta, siempre que los políticos obedecieran a los hombres con dinero. Medios de comunicación, prensa escrita, comercio; si se controlaban esos tres elementos y se controlaría ciertamente el mundo. El dominio mundial no se medía en términos de conquistas militares, sino en términos económicos.
Regir el mundo era una ambición insólita, razonable sólo para una personalidad megalómana. Lo que era raro era que tantos de estos hombres se hubieran unido a la Fundación, habida cuenta de sus propias personalidades era muy probable que cada uno se hubiera creído más listo o más grande que todos los demás. Pero cada uno había sido atraído, y a su manera había prestado servicio a la Fundación mientras pensaban que se servían a sí mismos.
La Fundación Del Mal. Hitler y Stalin habían sido claramente malos, sus psiques retorcidas, inescrupulosas habían sido expuestas a vista del mundo. La mayor parte de los demás en la lista parecían, o habían dado la apariencia de ser normales, pero ella sabía por el ejemplo de Obito cuán engañosas podía ser las apariencias. Todas esas personas perseguían el poder ilimitado y la ambición, y sus acciones estaban dirigidas por la Fundación. ¿Usaban a la Fundación, o la Fundación les usaba a ellos? ¿Cuál era la naturaleza de mal? ¿Qué cara llevaba puesto?
¿Estaba la capacidad de hacer el mal en toda persona, y como cualquier semilla florecía en algunos lugares pero no en otros? ¿O venía el impulso del mal desde
fuera? ¿Era el mal en sí mismo una entidad aparte, o sólo una consecuencia? ¿Era la Fundación mala porque personas malvadas trabajaban en ella, o lo era en sí misma? ¿Había existido la Fundación, con alguna otra apariencia, hacía más tiempo que unos dos escasos siglos? ¿Cuándo se había creado el Guardián? ¿El cargo había sido creado por los templarios o solamente lo había ocupado durante un tiempo?
¿La Orden había sido destruida por los sirvientes de la Fundación? Ciertamente los motivos de Madara y Orochimaru eran sospechosos, avaricia, celos y sed de poder.
El mal. En el silencio del alba, exhausta más allá del sueño, Hinata se paseó y pensó, preguntándose si la privación de sueño la estaba volviendo loca o si ciertamente estaba batallando nada menos que con Satanás.
Justo cuando decidía que estaba definitivamente chiflada, se acordaba de los escritos gaélicos. "El Mal se llamará Obito". Y "En 1945 después de Cristo, el Guardián mató a la bestia alemana". Esas palabras se habían escrito más de seiscientos años antes de que los hechos ocurriesen realmente, y estaban acompañadas por una receta para viajar por el tiempo. O los papeles eran obras maestras de la profecía, o los templarios habían conocido el secreto de viajar por el tiempo.
Quizá ese era el Poder que la Fundación buscaba. ¡Viajar por el tiempo! Las posibilidades parecían no tener fin. Se podía viajar por la historia y amasar enormes ganancias aprovechando el conocimiento anticipado de los acontecimientos. ¿Qué ocurriría si alguien hacía una apuesta grande contra las probabilidades que el Titanic se hundiera, o si invirtiera en municiones fabricadas antes del principio de la Segunda Guerra Mundial? Por qué, simplemente no enriquecerse más allá de toda medida, sabiendo quien ganará las Series Mundiales.
Las posibilidades eran infinitas: hacer pólizas de seguros de vida de alguien que pronto moriría, loterías, carreras de caballos, elecciones políticas.
Por otra parte, parecía que el Guardián había usado el viaje en el tiempo para proteger el Poder, así que ella estaba todavía a oscuras.
Finalmente el amanecer iluminó el cielo, y ella lo observó a través de la ventana sucia. Una persona cuerda llamaría diciendo que estaba enferma y trataría de dormir un poco, pero en lugar de eso se dio una ducha y bebió una taza de café.
Se sentía extrañamente inquieta, y no era nerviosismo por la cafeína. En lugar de eso había una sensación creciente de urgencia, como si debiera estar haciendo algo pero no supiera el qué.
Quizá era hora de empacar y seguir adelante, encontrar otro trabajo, otro alojamiento. Había sido Paulette Bottoms durante un par de meses, bastante más de lo que había conservado cualquier otra identidad.
Sus instintos la habían mantenido viva hasta el momento, así que no veía razón para ignorarlos ahora.
No había cometido el error de acumular un montón de efectos personales.
Unas pocas ropas, la camioneta, el revólver. La cafetera de dos dólares fue un hallazgo en un baratillo. Le llevó exactamente diez minutos tener todo lo que poseía empacado y cargado en la camioneta. El cuarto estaba pagado hasta el sábado, así que dejó caer la llave en el buzón del casero y se alejó andando.
Era viernes. Trabajaría, recogería su paga esa tarde, y se iría; ese sería el fin de Paulette Bottoms. Escogería otro nombre, encontraría otro alojamiento, conseguiría otro trabajo. Quizá hasta se iría de Minneapolis. Había regresado porque le había parecido el mejor escondite, bajo la nariz de Obito, y porque tenía una necesidad feroz de venganza.
Nunca se le había logrado ocurrir un plan razonable, pero tampoco se había dedicado a eso; en cambio había concentrado todas sus energías en traducir los escritos. Ese trabajo estaba acabado. Con la ayuda de Udon, ahora sabía más de lo que jamás había imaginado acerca de la Fundación. No sabía todavía lo que podría hacer con la información, pero sentía que debería irse y apenas podría controlar el deseo de subir a la camioneta y conducir hasta que ya no pudiera permanecer sin dormir más.
Salir de Minneapolis. La comprensión la aflojó, dejándole una sensación de alivio. Sí, eso es lo que debería hacer. Escaparse de Obito, de los recuerdos que siempre rondaban al borde de su control, amenazando con aplastarla si alguna vez bajaba la guardia. No sabía aún lo que iba a hacer con la información que tenía, pero quería alejarse de la nieve y el frío, de los días cortos de invierno. Volvería al sur, y no se detendría hasta que encontrase calor y luz del sol.
Todo lo que tenía que hacer era terminar éste día de trabajo. Limpiar unas pocas casas, recoger su paga, y luego se cogería la autopista 1—35 y se dirigiría al sur.
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Hidan sorbió despacio el final del café de su termo. Las vigilancias de invierno eran de lo peor.
Tenías que beber café para permanecer caliente, y luego tenías que mear a cada momento. Se necesitaban dos personas para hacer una vigilancia decente, porque uno de los dos estaba siempre fuera en algún sitio orinando.
Al menos mantener bajo vigilancia un McDonald no era tan malo. Siempre podría conseguir algo para comer, más café, y había un retrete al alcance. Sin embargo, había estado allí tres días, y estaba harto de los malditos Big Macs. Tal vez probaría esas cosas de pollo la próxima vez.
Un coche se deslizó a su lado, interrumpiéndole, y le echó una ojeada. La forma de la cabeza de Nagato fue inmediatamente reconocible. A pesar de sus años de trabajar amistosamente con el hombre, Hidan siempre se sentía un poco inquieto cuando veía a Nagato por primera vez en algún tiempo, como si en cierta forma se hubiera olvidado exactamente de cuán frío y cruel era.
Hidan había conocido asesinos pétreos antes; había matado a unas pocas personas el mismo.
Pero Nagato era diferente. Hidan nunca sabía qué había detrás de esos ojos sin emoción. Nagato no entraba en pánico, y no se desesperaba. Era como una máquina, nunca se cansaba, estaba programado para recoger detalles que todos los demás pasaban por alto. De toda la gente que Hidan conocía, y eso incluía al propio Sr. Uchiha, Nagato era el único del que verdaderamente tenía miedo.
Con un soplo de aire frío Nagato se deslizó en el asiento del pasajero. Llevaba puesto un abrigo caro de lana que no lograba darle ningún estilo a su constitución robusta.
—Que bien que estés aquí —dijo Hidan—. He estado bebiendo café todo el día y tengo que ir a mear. ¿Quieres que te traiga algo mientras estoy allí?
—No. ¿Ha utilizado alguien el teléfono público?
—Un par de personas. Anoté sus descripciones — Hidan sacó una libreta pequeña del salpicadero y la colocó al lado de Nagato, luego abrió la puerta y fue apresuradamente a través del estacionamiento hacia el restaurante.
Las ventanas del coche empezaban a empañarse. Sin apartar la vista del teléfono público, Nagato se inclinó y giró la llave de contacto para poner en marcha el motor. Recogió la libreta pero no empezó a leerla. Eso podía esperar hasta que Hidan regresase. La lectura distraía demasiado; antes de que te dieses cuenta podía haber pasado un minuto entero, y podían ocurrir bastantes cosas en un minuto.
Todavía estaba disgustado consigo mismo. Probablemente Hinata todavía había estado en la sala de ordenadores cuando él pasó caminando por delante; había echado una mirada dentro y no había visto nada fuera de lo corriente. Pero cuando Hidan y él habían regresado, Nagato había notado inmediatamente que una pila de manuales habían sido movidos.
Tan cerca. La podía haber atrapado entonces, y todo esto se acabaría.
Ella había cambiado. Daba por descontado que llevaría una peluca. Ya no buscaba algún color o largo particular de pelo, porque era demasiado fácil cambiar eso. Ella había perdido un montón de peso; cuando miraron la película otra vez, tratando de conseguir alguna pista sobre la identidad de su acompañante, Obito había comentado decepcionado cuán delgada estaba ahora.
Pero el cambio más grande no era tampoco la pérdida de peso; era cómo caminaba ella. Él había observado un montón de videos sobre ella durante meses, y conocía su andar casi tan bien como conocía el suyo propio. Ella había paseado en lugar de andar a zancadas, y había habido algo completamente femenino en el balanceo sutil de sus caderas. Hasta él podía ver la sensualidad que tenía a Obito tan obsesionado.
Pero ella había caminado como una mujer inocente, sin ninguna conciencia de peligro, avanzaba como alguien que se siente muy a gusto y con la guardia baja.
Esa inocencia había desaparecido. Ahora ella caminaba resueltamente, su peso leve equilibrado en cada pie de manera que inmediatamente podía moverse en cualquier dirección. Su cabeza estaba erguida, su postura alerta. Sus hombros estaban cuadrados, los músculos preparados para actuar. En algún momento durante sus ocho meses huyendo, Hinata Hyuga había adquirido sabiduría para sobrevivir en las calles, y había aprendido cómo pelear.
Él lamentó su inocencia perdida. Ella no había sido insípidamente dulce; era demasiado chispeante, demasiado lista para serlo. Había sido radiante; esa era la cualidad que había visto en los vídeos que él había observado. Tanto su marido como su hermano la habían adorado, y a cambio ella los había amado apasionadamente. Parrish había observado compulsivamente una y otra vez una cinta hecha en Navidad, cuándo su marido la había arrastrado hacia su regazo y la había besado profundamente siendo correspondido por ella con igual intensidad.
Abundaban las risas y las bromas en esas cintas. La pequeña familia había sido feliz.
Podían ocurrir muchas cosas en ocho meses huyendo. Podía haber sido golpeada, robada, violada. No le gustaba pensar en ella siendo tratada brutalmente, pero era realista. Obito quería usarla antes de matarla, arrastrar su alma por la suciedad, humillarla, y Nagato lo desaprobaba fuertemente. Ella merecia más respeto que eso.
Hidan anduvo con paso pesado de regreso al coche, llevando una bolsa de papel. Se deslizó detrás del volante y el aroma grasiento de patatas fritas y pollo llenó el coche. Abrió la tapa de plástico de la taza de café y lo colocó en el salpicadero, luego sacó las patatas y un envase pequeño de cartón con trozos de pollo.
Ahora que Hidan había regresado, Nagato abrió la libreta. Seis personas habían usado el teléfono público. Una negra a las 7:16. Un niño menor de edad, en torno a catorce años, lo había usado a las 9:24, cuándo debería haber estado en la escuela. Un hombre entrado en años se había acercado, manoseó torpemente algo de cambio, luego salió sin hacer una llamada. Un varón asio—americano que conducía un camión de suministros eléctricos había estacionado para hacer una llamada a las 10:47. Dos hombres jóvenes habían llegado a las 12:02 y habían acampado en el teléfono durante casi por una hora. ¡Mierda! Cuando Hinata había llamado antes, había sido durante el tiempo dedicado al almuerzo, así que si ella hubiera necesitado telefonear otra vez esos dos idiotas la habrían forzado a ir a cualquier otro sitio.
— Deidara vigila la calle de un lado a otro —dijo Hidan—. Deidara ha estado cabreado porque no tiene ni idea de qué tipo de coche tiene que buscar. Simplemente busca el coche de una rubia, le dije.
Nagato suspiró con suavidad. Si hubiera sido un poco más rápido, habría visto más que el destello durante una fracción de segundo de unas luces traseras, casi más un reflejo que las luces reales.
No tenía que ser necesariamente el mismo vehículo; podría pertenecer a su acompañante. Lo importante era que ella ya no dependía del transporte público, haciendo mucho más difícil rastrearla. Pero él tenía paciencia.
Ella había estado aquí antes. Ella estaría aquí de nuevo.
Hinata terminó su última casa temprano, un poco después de las dos. Hizo una corta visita a la oficina pequeña y estrecha del servicio de limpieza y recogió su paga, y le dijo al dueño que no volvería. Los empleados se despedían con tanta regularidad que su partida no produjo como respuesta más que un gruñido.
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Necesitaba llamar a Udon; él se volvería loco de preocupación si ella desapareciese sin decir palabra.
Lamentó dejarle atrás otra vez. Su compañía, su amistad, había sido como una envoltura cálida; la conversación real era rara en su vida ahora pero durante un momento breve había podido hablar con Udon y no sentirse tan aislada.
Ella se deslizó por el estacionamiento del McDonald para usar el teléfono público, pero alguien ya lo estaba usando. No se detuvo, pero hizo girar el volante para pasar alrededor de los coches alineados por el paseo de la ventanilla para coches. Uno de los coches alineados de improviso arrancó delante de ella y Hinata tuvo que dar un frenazo para evitar chocar contra la parte trasera del coche. La funda del ordenador estaba en el asiento de al lado, y la abrupta parada la lanzó con fuerza fuera del asiento. La parte cerrada con cremallera se abrió y varias páginas de sus notas salieron volando, dispersándose sobre el suelo del coche.
—Diablos —masculló, deslizándose hacia un lado.
Los ordenadores no eran frágiles, pero eso tampoco quería decir que se pudieran tirar al suelo. Aunque la funda era acolchada, se inclinó y la recogió, sin embargo algunos de los papeles desparramados se habían deslizado bajo el asiento y, con sus efectos personales apilados en medio, no podía alcanzar hasta allí. Maldiciendo otra vez, dejó la camioneta arrancada y salió, dando la vuelta hasta el lado del pasajero.
Abrió la puerta y empezó a recoger los papeles. Apenas había tratado de alcanzar uno en el cual vio explícitamente las palabras "Creag Dhu" cuando una racha de viento formó remolinos en la camioneta y envió la hoja volando sobre su cabeza. Giró para atraparlo, y vio al hombre casi encima de ella.
No se detuvo a pensar. Instantáneamente se dejó caer al suelo, repartiendo golpes con un pie calzado con botas y alcanzándole sólidamente en la rótula. Su pierna se dobló bajo él como si hubiera recibido un disparo, y dio con la cara al suelo.
Hinata comenzó a rodar lejos de él, poniéndose de pie y girando hacia la cabina de la camioneta. Otro hombre estaba repentinamente allí, un hombre con cabeza simiesca y ojos fríos, inexpresivos. Trató de cerrar de un golpe la puerta, pero él se lo impidió apretujando su cuerpo corpulento en la abertura. Hinata se lanzó hacia atrás pero una mano carnosa cerrada alrededor de su tobillo tiraba inexorablemente de ella hacia adelante. Ella le dio una patada en la cara. Él echó la cabeza hacia atrás, y apresó su otro tobillo.
El cuchillo produjo un sonido sibilante mientras lo sacaba fuera de la funda, la hoja destellaba mientras ella se colocaba sentada y acuchillaba sus manos.
Mantuvo el cuchillo de la forma que Omoi le había enseñado, la palma hacia abajo, la hoja sobresaliendo hacia afuera a fin de que el ataque proviniera de la parte central y fuera mucho más difícil de bloquear que una cuchillada ancha, abierta. El cuchillo cortó el dorso de una mano y él saltó hacia atrás, soltándole un tobillo.
El primer hombre se estaba poniendo lentamente en pie, gimiendo y frotándose la rodilla, pero dentro de unos segundos podría ayudarle. Ella podía oír a alguien corriendo, un tercer agresor apresurándose a ir al camión. No podría repeler con tres a la vez, ni siquiera a dos.
Oh, Dios mío, el que sujetaba su tobillo era tan fuerte como un toro. La atrajo hacia adelante, ignorando el dolor en su mano cortada, bloqueando sus esfuerzos para patearle. La pistola estaba bajo la pila de ropa, fácilmente alcanzable si ella estuviera en el asiento del conductor, pero ahora estaba tumbada sobre la parte superior de él.
Ella tiró el cuchillo. Él vio la hoja abalanzándose sobre su cara y ningún entrenamiento en el mundo era lo suficiententemente fuerte como para sobreponerse al instinto de esquivarla. Él se lanzó hacia un lado, pero aun así mantuvo su presa sobre el tobillo, sacándola parcialmente del camión.
Desesperadamente ella buscó bajo el montón de ropa, y su mano logró tocar la pistola, pero no la pudo coger, se le escurrió entre los dedos. Ella la agarró de nuevo, y esta vez la asió firmemente.
Se irguió de golpe, ambas manos dobladas alrededor de la culata, disparando tan pronto como pudo apuntar al hombre que estaba a sus pies. Ella oyó los disparos pero sonaron lejos, amortiguados. En cámara lenta vio la mueca de desagrado de hombre—gorila, luego lo vio tambalearse. Oyó el sonido sordo, húmedo y extraño de una bala golpeando carne humana. Vio los ojos parpadear con sorpresa e irritación, como si él no se debiera haber permitido menospreciarla.
Pero no soltó su tobillo. Él apretó los dientes y tiró.
—Te mataré —dijo ella, su voz apenas audible.
Mantuvo el cañón centrado entre sus ojos. Sus manos eran firmes. Empezó a apretar el gatillo, y el martillo se movió hacia atrás, equilibrandose para el golpe.
Sus ojos se encontraron, y él vio su muerte en los de ella. Ella vio una inteligencia fría, sombría en la de él, una percepción que iba más allá de ese instante, como si él la conociera hasta el alma. Hubo un destello de reconocimiento, luego su mano se aflojó y él cayó al suelo.
El hombre al que había pateado en la rodilla comenzó a recular, con las manos hacia arriba para indicar que estaba desarmado. Ella no lo creía ni por asomo.
Ella giró con fuerza su cabeza alrededor para localizar al tercer hombre, y oyó la apertura de la puerta del conductor detrás de ella. Se lanzó sobre su espalda, manteniendo la pistola sobre su cabeza, y cruzó rápidamente la puerta.
Incorporándose otra vez, disparó al primer hombre mientras él tiraba de la pistola que tenía debajo de su chaqueta. Ella no acertó, pero él se tiró de cabeza para cubrirse.
A ella le quedaban dos disparos; no podía continuar devolviendo los disparos, tenía que ahorrar balas. Trepó a gatas sobre sus efectos personales desordenados y se sentó detrás del volante, y puso la transmisión en marcha mientras apretaba con fuerza el acelerador con el pie. El viejo camión tembló mientras saltaba hacia adelante, y las llantas se resbalaron en las parcelas heladas en el aparcamiento.
La cara del tercer hombre apareció en la ventana al lado de ella mientras agarraba la manilla de la puerta.
Ella apuntó con la pistola a la ventana y él se agachó rápidamente, soltando la puerta. El camión se estremeció mientras el primer hombre saltaba encima del parachoques trasero, tratando de trepar a la parte de atrás.
Hinata movió con fuerza el volante a la derecha, luego a la izquierda. Era como jugar a hacer restallar un látigo, pero los riesgos eran bastante más altos. Los pies del asaltante se resbalaron del parachoques pero logró agarrarse. Mirando en el espejo retrovisor, dio marcha atrás a través de la entrada del aparcamiento metiéndose en el camino de un coche que giraba para meterse dentro. Sonó un bocinazo, ella giró bruscamente el volante otra vez, y el hombre perdió el agarre en la puerta trasera. Salió rodando a través del estacionamiento, y se pegó duramente un golpe contra la llanta trasera de un coche aparcado.
La puerta del pasajero todavía se balanceaba abierta, pero no podía tomarse el tiempo de pararse y cerrarla.
Pisando el acelerador, dobló a la izquierda bruscamente en la primera esquina y luego a la derecha en la siguiente.
La puerta se cerró de un golpe ella sola.
Trató de pensar lo que debería hacer. Tenían una descripción del camión, y probablemente también el número de la matrícula. El camión estaba registrado bajo el nombre de Louisa Croley, el mismo nombre que estaba en su pasaporte y en el carnet de conducir. Debería deshacerse del camión, robar un coche en alguna parte, e irse tan lejos de Minneapolis como pudiera. La policía la andaría buscando en un plazo de minutos; un tiroteo en un McDonald debía atraer la atención.
Pero no se deshizo del camión. No se tomó el tiempo para conducir hacia un centro comercial y buscar un coche con las llaves puestas, aunque Samui le había asegurado que en esos sitios siempre había al menos un par de memos que iban de compras y lo hacían. En lugar de eso, tomó la carretera 36 y condujo hacia el oeste hasta que llegó a la 1—35. Luego puso rumbo al sur y se dirigió hacia Iowa.
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—Un misterioso tiroteo en un McDonald en Roseville tiene a la policía desconcertada —anunció con formalidad la cabeza parlante—. Los testigos dicen que se efectuaron varios disparos, y que al menos seis personas estuvieron involucradas, con dos de ellas seriamente heridas. Pero cuando la policía llegó, todos los implicados habían desaparecido, incluyendo los heridos. Los testigos hablan de una persona, quizá una mujer, que conducía una camioneta marrón. Por ley, todos los médicos y hospitales están obligados a informar acerca de todas las heridas de bala a la policía, pero un así nadie parece haber requerido tratamiento. — Obito se paseaba de acá para allá, furioso.
Nagato estaba silenciosamente sentado sobre el sofá, tenía el hombro vendado y el brazo sostenido por un cabestrillo. Un médico que formaba parte de la Fundación había sacado la bala, la cual afortunadamente había golpeado la clavícula en vez de romper el complicado sistema de cartílago y ligamentos en su hombro. Tenía la clavícula fracturada, y la punzada insistente parecía golpear a través de su cuerpo entero, pero había rechazado cualquier medicación contra el dolor. El corte de su mano, aunque había necesitado ocho puntos, era leve.
—Cuatro hombres no pudieron atrapar a una mujer —dijo Obito, enfureciéndose—. Zetzu ni siquiera se enteró de que estuviera pasando algo hasta que fue demasiado tarde para ayudar. Estoy muy decepcionado con la calidad de tus hombres, Nagato, y contigo. Ella te pilló con los pantalones bajados, y ahora se ha escondido otra vez. Con toda la gente que tenemos en esta ciudad, nadie la ha visto. Es una mujer sin experiencia; ¿Cómo en nombre del infierno puede continuar ella escapándose de mí? —dijo a gritos la última frase, su cara se puso de color rojo granate, y en su cuello resaltaron las venas debido a la furia.
Nagato estaba sentado en silencio. No puso excusas, pero tan pronto como fuera capaz, se encargaría personalmente de Deidara. Tan pronto como la divisó, el mentecato había corrido hacia el camión sin esperar a que los demás estuvieran en posición. Si todos ellos se hubieran abalanzado sobre ella a una vez, la habrían tomado por sorpresa, y no se habría escapado. En lugar de eso Deidara había tratado de cogerla el solo, y ella se lo había sacado a patadas de encima.
Nagato también estaba profundamente disgustado consigo mismo. Debería haber esperado que ella estuviera armada a esas alturas, pero en lugar de eso le había cogido con la guardia baja, primero con el cuchillo, luego con esa pistola firme. Ella no había vacilado, no se había aterrorizado. Había dicho "Te mataré" y la advertencia era sincera. Lo habría hecho. En ese momento, mirando profundamente sus límpidos ojos perlas, él vio una fuerza que ninguno de ellos había sospechado.
Él podía haberla sujetado. Ella le habría matado, pero la demora, y el obstáculo de su cuerpo agarrándola, probablemente habrían tenido como resultado su captura. Había escogido dejarla marcharse y fingir que perdía la conciencia, para salvarse él mismo. No quería morir, habría dejado demasiadas cosas inacabadas.
No quería que nadie excepto él mismo capturase a Hinata Hugo, y quería estar solo cuando lo hiciese. Obito nunca sabría lo que le ocurriría a ella.
Por eso, aunque había apuntado su número de matrícula, Nagato se lo guardó para sí mismo.
En vez de verse involucrados en una investigación policíaca larga y aburrida, todos se habían metido en sus coches y se habían ido. A pesar de su dolor y la pérdida de sangre, Nagato había logrado conducir hacia un lugar seguro y arreglar la atención médica. Obito estaba hecho una furia, todavía no había prestando atención a la hoja de papel que Obito había recogido en el aparcamiento, el papel que había salido volando del camión de Hinata.
El escrito permanecía sobre la mesa. Nagato todavía no lo había leído, pero su mirada siguió yendo hacia él.
Después de todos estos meses, buscando tanto a Hinata como los papeles, una hoja literalmente había caído en sus manos. ¿Cuán importante podía ser una hoja, de entre todos esos papeles? Pero le atraía, y no podía dejar de recorrerla con la mirada en una mezcla de temor y expectación.
Por fin Obito advirtió que su rabieta era en su mayor parte ignorada. Siguió la mirada de Nagato y anduvo majestuosamente hasta la mesa para coger la hoja de papel.
—¿Qué es esto?
— Hidan lo recogió —dijo Nagato—. Salió volando de su camioneta.
—Son algunas notas que ella tomó —dijo Obito hablando con un tono cada vez más ensimismado. Caminó hacia el escritorio y se sentó, encendiendo la lámpara.
—No conozco este idioma. "C–u–n–b–h–a–I–a–c–h" significa "estable", c–u–n–b–h–a–I–A–C–c–h–d significa "juicio". Me alegro de saberlo. Esto son galimatías. Debe ser una clave que existe en los papeles. Creag Dhu esto no tiene traducción junto a lo demás. Luego pone fear y al lado de eso gleidhidh. Esto parece galés sin todos esas "y" y "w".
Nagato no hizo comentarios, pero el sentimiento de temor se hacía más fuerte. Clavó los ojos en el papel, oyendo cómo el pulso golpeaba en sus orejas, y palpitaba en su hombro. Quizá había perdido más sangre de la que había pensado, y estaba a punto de perder el conocimiento de veras.
Obito se quedó callado, su cabeza se inclinó sobre el papel. Él era un hombre educado, sofisticado, que ha viajado mucho. Había visto este idioma antes.
—Es gaélico —dijo después de un momento, con tono suave— No es un código. Dhu significa "negro", y creo que creag quiere decir "roca", o "rocoso". La roca negra.
Se levantó de improviso, sus ojos entrecerrados y absortos.
—Descansa un poco, Nagato. Traduciré esto. El pequeño desliz de Hinata puede ser justamente lo que he estado necesitando.
Continuará...
