Vigesimocuarto

Santana enamorada de Quinn. Quinn interesada en mí. Yo fingiendo que seguía enamorada de Brian, y Brian regalándome sonrisas cada vez que me sujetaba por la cintura, y me pedía un poco más de concentración con dulzura.

Jamás en mi vida viví una mañana como la de aquel martes. Y todo ello aderezado con la extraña y dolorosa sensación que Kurt me provocó al contarnos su decisión.

Se marchaba. Kurt y Blaine habían decidido que ya iba siendo hora de vivir juntos en la ciudad de los rascacielos, y a mí se me caía el mismo cielo al imaginármelo. Y no porque no me alegrase por él, sino porque mi mejor amigo se iba a separar de mí para emprender su vida en solitario, como un hombre adulto y maduro.

Nunca había logrado que mi almohada se mojase con mis propias lágrimas, y aquella noche tuve que incluso darle la vuelta por tal hecho.

Y lo peor no era que me iba a quedar sin su compañía. Lo peor era que ni Santana ni yo podríamos mantener nuestro apartamento las dos solas, aunque ella me aseguró que sí lo haríamos.

Al parecer el acuerdo con su socio de la cafetería estaba más que avanzando y en cuestión de meses o tal vez semanas, iba a ser la propietaria absoluta del Manhattan Café.

Sí, tal vez aquello era una buena solución puesto que su sueldo se iba a ver visiblemente incrementado, pero eso no me servía a mí de nada. No podía olvidar que yo solo era una camarera más, y que lo único que podría ayudarme a costear los gastos, era lograr de una vez por todas entrar en Broadway.

Pero mientras eso llegaba a suceder, tenía que seguir sobreviviendo como lo hacía hasta ese instante. Y me negaba a pedirles dinero a mis padres. Suficiente hicieron ya al mantenerme aquí durante el primer año.

Sin embargo, y aunque todos aquellos pensamientos me habían hecho pasar una mala noche, lo que más llanto y quebradero de cabeza me provocó no tenía nada que ver con ello. En mi mente no paraban de resonar continuamente las palabras de Santana, y su confesión sobre lo que le sucedía con Quinn. Jamás en mi vida me sentí tan mal, y no solo por ocultarle todo lo pasaba entre la británica y yo. Lo delicado de todo aquel asunto eran mis propios sentimientos, mi corazón hecho trizas.

Y sí. Tal vez no había sido consciente hasta ese mismo instante en el que Santana me confesó sus sentimientos, que realmente sentía algo más que una simple atracción por Quinn. Pero es que tampoco había tenido tiempo a digerirlo.

Mi ilusión comenzó a formarse un par de días atrás, cuando tuve la oportunidad de tener mi primera cita con ella, y descubrirla más personalmente. Sin embargo, aquella tarde del lunes con nuestra conversación en su floristería, con el paseo por el parque y los juegos con Bleu. Con nuestra improvisada cena mientras veíamos un partido de futbol, o aquel beso que me regaló junto al metro, había logrado que todos mis sentidos quedasen a flor de piel, y mi corazón comenzara a latir con más fuerza. Con sentido. ¿Y todo para qué? Para que apenas unos minutos después de despedirme de ella, todo se viniera abajo.

¿Cómo diablos se lo iba a explicar? ¿Cómo me iba a sentar frente a ella y decirle que se olvidara de todo, que Santana estaba por encima de cualquier persona en mi vida y que debía zanjar todo? ¿Cómo iba a tener el valor de decirle aquello si ni siquiera yo lo deseaba?

Tenía razón Brian al recriminarme mi falta de atención en las clases, y tenía razón Jake al pedirme por tercera vez que llevase los tres chocolates calientes y la porción de tarta a la mesa 7. Porque yo estaba tan desconcentrada que ni siquiera podía seguir mi trabajo.

Por suerte mi jornada aquel día estaba a punto de acabar. De hecho, apenas faltaban 10 minutos para que el reloj marcase las cinco y ser libre. Ni siquiera era consciente de lo que se me venía encima.

—¡Berry! —dijo Santana nada más acceder a la cafetería. Estaba a punto de comenzar su turno y por su manera de mirarme, parecía que no tenía demasiadas ganas de estar allí—¡Ven cuando puedas!

Eso hice cuando terminé de servir a varios clientes que llevaban ya un buen rato esperando y atender a otra pareja que acababa de llegar. Santana se coló en el interior del almacén, y yo hice lo mismo tras avisar a Jake. Lo cierto es que me dio algo de miedo al verla allí, esperándome sin más con los brazos cruzados.

—¿Qué sucede? —le cuestioné evitando que mi temor se hiciese visible.

—Nada, al menos a mí nada. ¿Y a ti?

—¿A mí? Nada. ¿Por?

—Rachel, me he levantado varias veces esta noche y te he escuchado llorar. Y no me digas que es porque estás feliz, porque no me lo creo.

—¿Llorando? —me excusé— ¿Yo?

—Sí, estabas llorando, no lo niegues.

—No, no estaba llorando —volví a mentirle—. Estaría soñando, que se yo.

—¿Qué te ha pasado con Brian? —fue directa, o al menos eso creyó. Supuse que mi estúpida excusa de llorar por la felicidad que me producía saber que se había enamorado, no le convenció en absoluto. Y para ella no había otro motivo por el que yo pudiera estar así que no fuese Brian.

Tal vez había llegado el momento de utilizarlo, al fin y al cabo, él no se iba a enterar de nada, y sería la excusa perfecta a mi malestar emocional.

—No lo sé —musité recobrando algo de dramatismo—. No sé qué me sucede con él, pero ya, ya nada es igual.

—¿Nada es igual? ¿A qué te refieres? —se acercó preocupada—¿Te ha dicho algo?
—No, no, ese es el problema. No me dice nada, no me habla —seguí actuando—, creo que me he cansado de esperar un gesto que no va a llegar.

—¿Y las flores? Rachel un hombre no te regala flores porque sí.

—No lo sé, pero en clases sigue comportándose igual y yo… Bueno, no, no me hagas caso —recapacité al ver que realmente no tenía ninguna respuesta coherente para sus preguntas. Brian había empezado a mostrarse más cercano conmigo, por lo que mi desasosiego no tenía fundamento alguno—. Creo que es mi estado anímico. Estoy… Ya sabes, a veces hay días en los que todo lo ves negro.

—Ya, entiendo, pero no me gusta verte así. Me pone mal mirarte y ver que no sonríes, Rachel. Tú siempre sonríes.

—Bueno, no todos los días apetece sonreír —me excusé—, pero no te preocupes, yo estoy bien, te lo aseguro. Mañana lo veré todo diferente. Tal vez sean las hormonas.

—Tú lo que necesitas es un buen…

—¡San! —la interrumpí rápidamente.

—¿Qué? Solo iba a decir que necesitas un buen chocolate caliente y una tarde de cine, o tal vez una salida —sonrió traviesa—. ¿Qué te parece si el viernes nos vamos de fiesta?

—No, no lo sé. Ya veremos.

—Ya veremos no. No planees nada con nadie. Este viernes nos vamos a divertir como hace meses que no lo hacemos —me interrumpió al tiempo que me regalaba una caricia en el hombro—. Por cierto, tengo otra noticia que darte que te va a alegrar.

Recé, y sé que en un par de segundos no es posible hacerlo, pero mis intenciones fueron tan fuertes que supuse que mis plegarias valdrían de todos modos. No quería escuchar su nombre y funcionó, porque Santana no mencionó a Quinn.

—He hablado con mi padre para pedirle asesoramiento para pedir un crédito.

—¿Un crédito? ¿Para qué?

—Para comprarle a Scott su parte de la cafetería. Él me dijo que me la vendería en cuanto yo quisiera. Que tiene otros negocios en los que está más interesado, y que no hay problema alguno.

—Pero… ¿Estás segura de hacerte con todo esto?

—Segurísima. ¿Y sabes que es lo mejor? —sonrió orgullosa—. Mi padre piensa igual que yo, dice que es un buen negocio y que él está dispuesto a ayudarme. Me va a dar el dinero y yo se lo iré devolviendo poco a poco, sin intereses. ¿Sabes los que significa eso?

—Claro, claro que lo sé, pero…

—Rachel, si me quedo con la cafetería no tendremos que preocuparnos por la marcha de Kurt. Podremos sobrevivir las dos solas perfectamente en el apartamento.

—Espera, espera —la detuve—. Si se marcha Kurt y tú tienes el 100% de la cafetería, perfecto por vosotros, pero yo no, yo sigo siendo una camarera, San. No me da para mucho más.

—Dejaré de ser encargada para ser gerente —me interrumpió—, y necesitaré una encargada que, lógicamente, ganará más dinero. Y no creo que haya nadie más capacitada que tú para eso. Y si lo hay, no me importa, eres mi amiga y tú lo serás.

—¿Yo? ¿Encargada? —musité un tanto sorprendida.

—Así es, tendrás un sueldo mayor y podremos vivir perfectamente.

—Pero, un segundo, San. Tú sabes que yo estoy en Nueva York para…

—Sí, sí —volvió a interrumpirme—, para actuar, para ser una estrella de Broadway y demás, lo sé. Pero eso no es inconveniente, Rachel. Tendrás libertad para hacer o acudir a tus audiciones, a tus clases, igual que ahora. Podrás hacer lo que te dé la gana, te lo aseguro.

—Pero… Oh dios, Santana. ¿Por qué haces todo esto? —la cuestioné sin saber muy bien cómo actuar— No merezco que…

—Somos amigas, Rachel. Te recuerdo que llevamos toda la vida juntas y, además, tú pagaste mi parte del alquiler el primer año hasta que encontré trabajo. ¿Lo recuerdas?

—Pero, pero me lo has devuelto dándome trabajo aquí.

—Me da igual lo que digas. Tú y yo estamos en esta ciudad para triunfar, y lo vamos a hacer. Algún día, cuando te subas a un escenario a recoger un premio, me lo dedicarás y yo podré fardar de amiga actriz y famosa —bromeó regalándome una de sus más amplias y sinceras sonrisas. Ni siquiera sabía que yo llevaba pensando en esa dedicatoria desde hacía años, muchos años.

—Gracias —susurré sin poder evitar lanzarme y abrazarla como hacía tiempo que no lo hacía. —Gracias San.

—Hey, ya. Vamos —trató de evitar que el abrazo se alargara demasiado. No le gustaban ese tipo de demostraciones, aunque en el fondo lo que le sucedía era que se emocionaba y no quería que nadie la viese así—. Piensa en positivo, y vamos, coge tu abrigo y lárgate, que tu turno ya ha acabado y tengo ganas de dar órdenes a los demás —sonrió divertida.

—Ok. ¿Tú estás bien? —le pregunté conteniendo de nuevo las lágrimas. Seguía angustiada por todo lo sucedido entre Quinn y yo me era imposible no pensar en ello, sobre todo, con la cariñosa actitud de Santana.

—Yo, perfecta —respondió acercándose a la puerta—, y en unos minutos mucho más. Vienen a visitarme —añadió regalándome un guiño de ojos que me puso en alerta.

Santana no la mencionó, pero era evidente que aquella sonrisa y el gesto no podían hacer referencia a nadie más que no fuera Quinn. Y pensar en poder encontrármela allí, en aquel instante, no era lo mejor que me podía suceder si pretendía acabar con aquella locura.

Prefería esquivarla hasta tener la ocasión de hablar con ella a solas, y por eso decidí salir de allí tan rápido como pude. De hecho, ni siquiera me despedí de mis compañeros. Solo lo hice de Santana porque volví a cruzármela al abandonar el almacén. Pero nada más.

Me coloqué el abrigo tras cerrar mi día de trabajo, y abandoné la cafetería dispuesta a continuar con mi día. El libreto de The Heart era un buen entretenimiento para terminar la tarde siendo productiva con mi vida. En aquel instante más que nunca necesitaba conseguir un papel, a ser posible protagonista, y aquella obra era la que más probabilidades me ofrecía. Sin embargo, no todo iba a ser tan sencillo como pretendía. Y no hablo de superar una audición.

El frío que empezaba a caer en Manhattan a aquella hora, y el cielo completamente encapotado de nubes, hacía presagiar los primeros copos de nieve del otoño, al que apenas le quedaban un par de semanas para acabar. Y no tardaron en aparecer justo cuando yo puse un pie en la acera.

Me cubrí todo lo que pude y me lancé decidida a llegar lo antes posible al metro para regresar a mi apartamento. Pero en mi camino había alguien dispuesta a hacerme pasar un poco más de frío, y de malestar. Unos diez o quince metros fue lo que pude recorrer antes de escuchar su voz. Y eso que mis orejas ya iban perfectamente cubiertas con la bufanda.

En un principio creí que era una alucinación, pero me bastó mirar de soslayo para verla caminar detrás de mí, y sentir como me congelaba por completo. Mi huida había fracasado.

—Merece la pena pasar éste frio solo por verte —dijo y me estremecí. No tuve más remedio que detenerme en mitad de la acera y esperar a que llegase hasta a mí. Aunque lo que había deseado en ese instante era salir corriendo y huir. Huir tan lejos que nadie pudiera encontrarme.

—Hola —dije evitando centrarme en su mirada. Sabía que era mi punto débil.

—Hola. ¿Dónde vas tan deprisa? —se interesó cuando ya se detenía frente a mí.

—No, no voy deprisa, solo, solo evitaba el frio. Está, está empezando a nevar —respondí como si solo yo pudiese ver los copos de nieve.

—Ya, ya veo —sonrió con dulzura—. ¿No te apetece un chocolate? Le dije a Santana que vendría y, bueno, podrías acompañarme.

—No —fui certera—. No, no puedo Quinn —me excusé—, tengo que estudiar.

—Oh, vaya, bueno, está bien —volvió a sonreír, aunque esta vez lo hizo con algo de dudas. Supongo que mi excusa no le estaba agradando demasiado—. ¿Qué tal, que tal tu día?

—Eh, bien, gracias —traté de sonar con educación—. Oye, lo siento, pero me tengo que marchar. Ya, ya hablamos otro día. ¿De acuerdo?

Ni siquiera sabía cómo era capaz de hablarle así después de todo lo que nos sucedía, pero el miedo a que Santana nos encontrase allí era superior a cualquier contemplación por mi parte.

Evidentemente Quinn no se iba a limitar a asentir y ya está. Por supuesto que no.

—¿Estás bien?

—Sí, sí claro. Bueno, me, me marcho. Cuídate.

—¡Hey! —se abalanzó hasta sujetarme del brazo completamente confusa. Yo también lo habría hecho, sin dudas—. ¿Qué ocurre? ¿Qué te pasa, Rachel?

—Nada, no me pasa nada.

—¿Ah no? ¿Y por qué me estás evitando?

—No te estoy evitando. Solo, solo tengo que marcharme porque…

—¿Por qué no me escribiste anoche? —me interrumpió con el semblante serio. Tan serio que yo empecé a decaer y a no ser capaz de soportar más la tensión y las excusas.

—Lo, lo siento. Llegué a casa y estaban Santana y Kurt, me entretuvieron y lo olvidé. —me disculpé—. Lo siento.

—Rachel. ¿Qué sucede? —volvió a preguntármelo, esta vez dejando escapar la debilidad o tal vez el temor en su voz.

—Quinn, deberíamos hablar en otro momento. ¿De acuerdo? A solas, ya sabes, cómo hemos hecho hasta ahora. No creo que éste sea el lugar ni…

—No, no me saques excusas —me interrumpió de nuevo—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué me tratas así? ¿Es por Santana? ¿Tienes miedo a que te vea hablándome? —me cuestionó lanzando varias miradas hacia la cafetería.

Lo cierto es que no debía temer demasiado en ese aspecto. Santana ya sabía que mi relación con ella era buena, y vernos hablar en la calle no supondría ninguna sospecha.

—Me estás asustando —añadió provocándome de nuevo aquel nudo que se afianzó en mi pecho durante toda la noche, y que solo me provocaba llanto.

—Quinn, olvídalo. ¿Ok? —balbuceé como pude—. Siento todo lo que te he hecho creer, pero, no estoy segura de seguir con lo nuestro. Yo, yo no estoy preparada para estar con una chica. Así que te pido que olvides lo que nos sucedió ayer, y los otros días y, bueno, podemos ser amigas. Tenías razón, no era más que curiosidad.

—¿Qué? —volvió a interrumpirme llena de incredulidad— ¿Qué no estás preparada para estar con una chica? ¿Tú?

—Escúchame, Quinn —traté de mostrarme serena—, no te lo tomes a mal, me pareces encantadora, pero yo, yo estoy hecha un lio —me detuve para evitar que la voz se me quebrase—. Tal vez, tal vez me he dejado llevar por la curiosidad, nada más, pero no, no quiero seguir con esto. Y creo que lo mejor es que lo dejemos aquí, antes de que realmente nos hagamos daño.

—¿Dejar qué? —me recriminó— Si ni siquiera me estás danto la oportunidad de intentarlo. ¿Qué está pasando? Ayer me decías que sentías cosas por mí, que estabas ilusionada y… Y nos besamos.

—Me besaste tú —apuntillé.

—¿Acaso tú no querías? ¿Acaso tú me rechazaste? Rachel, ¿qué diablos es todo esto? —continuó recriminándome—. Quedamos en que nos conoceríamos poco a poco, y entiendo que no quieras verme a diario o que tengamos una relación de pareja tan pronto, pero de ahí a que me sueltes todo esto aquí, así, sin excusa o razón alguna.

—No tengo que darte excusas —me envalentoné—. Solo te estoy diciendo que no quiero seguir adelante con lo que sea que nos sucede. ¿Entiendes? No quiero mentirte, no quiero crearte una ilusión para romperla cuando más duele.

—¿Cuándo más duele? ¿Acaso ahora no duele?

—Quinn no me lo pongas más difícil. Te acabo de decir que lo hablemos en otro momento y no has querido. Pues bien, te lo digo aquí —fui dura, aunque por dentro sentía que estaba a punto de colapsar y el nudo ascendía hasta anclarse en mi garganta, provocando que las primeras lágrimas comenzaran a bañar mis ojos. Aunque no caían—. Me dijiste que, si no estábamos de acuerdo o no iba bien, lo hablaríamos y lo trataríamos como dos personas adultas y sensatas. ¿Lo recuerdas? Pues bien, no podemos ser nada más que amigas, si te parece bien.

—Pues no, no me parece bien, porque no lo comprendo. No comprendo que ayer estuvieras así conmigo y hoy ya no te apetezca ni sientas nada. No entiendo que he podido hacer.

—No eres tú, soy, soy yo.

Patética.

Siempre me prometí que no iba a utilizar aquella frase tan típica y estúpida en mi vida, y sin embargo allí estaba, bajo una fina capa de nieve que empezaba a espesar conforme pasaban los minutos y enfrentándome a la mirada confusa y apenada de Quinn. Rompiendo mí promesa de no decir algo tan absurdo como aquello, y odiándome por no tener el valor de enfrentarme a las cosas con la sinceridad y la honestidad de cara. Y tampoco estaba dispuesta a romper cualquier opción que pudiese tener Santana.

Decirle la verdad a Quinn, la haría retroceder, haría que no aceptase a Santana, y entonces todo se complicaría mucho más. La única opción beneficiosa para todas, era que yo acabase con aquello y la desilusión de Quinn la incitase a buscar algo de apoyo en mi amiga. Tal vez así podría surgir algo entre ambas.

—No, no me lo puedo creer —balbuceó al tiempo que removía su pelo sin cesar a causa de los nervios. Era ya un gesto que me resultaba tan familiar, que no hacía falta preguntarle que le sucedía para saber que no estaba pasándolo nada bien. Aunque su mirada, y su actitud, también daban claras muestras del aturdimiento que estaba sintiendo en aquel instante.

Ni siquiera lo pensé. Ni siquiera plantee hacer aquello allí en mitad de la calle y sin más explicación alguna. Sin embargo, lo hice. Traté de romper toda unión íntima que tenía con Quinn por ella, por Santana. Y aunque pensé que ya no quedaba nada más dentro de mí que se pudiera romper, me sentí aún mucho peor. Más de lo que jamás pude imaginar sentir por alguien a quien ni siquiera amaba.

Sabía que mi tarde de estudio se iba a ver reemplazada por una nueva tanda de lágrimas y llanto, pero ya estaba hecho. No podía huir ni pedirle que olvidase lo que acababa de hacer. Tenía que mantenerme firme y aguantar todo lo que ella quisiera decirme o reprocharme. Ilusa de mí.

Quinn no debía ser de esas personas que vuelcan su ira sobre un solo objetivo, como solía hacer Santana o Emma, ni tampoco parecía encontrar una solución factible como Kurt lograba cuando quería revertir alguna situación compleja. Quinn no era como ninguno de ellos, y eso debí saberlo desde el primer día en el que la conocí. O tal vez el desconcierto era tal que solo el silencio le ayudaba a ordenar su mente.

No lo sé, pero Quinn se mantuvo firme, aunque sus manos no dejasen de evidenciar el nerviosismo que la acusaban. Me miró por algunos segundos sin parar de negar con la cabeza y mordiéndose continuamente el labio, tal vez descargando con ese gesto la tensión o las ganas de estrangularme que sentía.

—Lo siento —dije tras ver como ella no tenía pensamientos de debatirme nada más—. Cuídate Quinn.

Nada más.

Ni siquiera yo sabía cómo podía llegar a actuar así, y sin más me giré dispuesta a alejarme de ella, acabando con aquel suplicio que no estaba doliendo a ambas. Pero algo regresó a mi mente justo cuando pretendía hacerlo, y volví a mirarla antes de marcharme definitivamente.

—Por cierto —murmuré sin atreverme a mirarla siquiera—. Te pido que quede entre nosotras, por favor —supliqué, pero Quinn no me respondió. Me mantuvo la mirada con firmeza, aunque su gesto cambió rápidamente. Se esfumó la frustración que parecía sentir y dio paso a un gesto de desconcierto y confusión—. Santana es una buena chica, ella te aprecia más de lo que puedes llegar a imaginar y no creo que merezca pasarlo mal —añadí sin atreverme a suplicarle más. Más que nada porque no me veía con el derecho de hacerlo después de la jugarreta que acababa de hacerle.

Y con aquella última frase puse fin a nuestra conversación, sin recibir respuesta alguna por parte de Quinn y notando como no solo mí cuerpo se congelaba por el frio, sino que también lo hacía mi corazón. Y es que nunca me había sentido tan estúpida y despreciable a la vez.

No solo estaba mintiéndole a Santana al ocultarle todo aquello, sino que también acababa de mentirle a Quinn, e incluso a mí misma. Porque hacerle creer que no sentía nada por ella más que una simple curiosidad, era una completa estupidez por mi parte. Y tratar de convencerme a mí misma que hacerlo así era lo más adecuado, tal vez la peor decisión de toda mi vida. Pero debía asumirlo. Lo hecho, hecho estaba.