Adaptación del libro Bound By Honor de la Serie Born In Blood Mafia Chronicles de la escritora Cora Reilly. Adaptada con los personajes de los juegos del hambre, propiedad de Suzanne Collins.
Esta adaptación esta hecha sin fines de lucro.
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DIECISIETE
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El cielo sobre Nueva York colgaba con nubes pesadas, pero no llovió. Se ajustaba a la ocasión. Para el entierro de Haymitch Mellark, la élite de Nueva York, la familia, así como los miembros más importantes de la Organización de Chicago se habían reunido en el cementerio. El perímetro alrededor de él había sido cerrado y la mayor parte de los soldados de la mafia de Nueva York estaban resguardando para asegurarse que la Bratva no perturbara el funeral. Una reunión de los miembros más importantes de Nueva York y Chicago en este momento era un riesgo, pero pagar respeto al Capo dei Capi era más importante.
Peeta se alzaba alto y estoico junto a la tumba de su padre. Él era ahora el nuevo Capo y no podía mostrar ni un atisbo de debilidad, ni siquiera después de la muerte de su padre. Peeta y su padre no habían sido cercanos en el sentido tradicional, pero perder a tu padre, por cruel y frío que hubiera sido, siempre abría un agujero en ti. Me di cuenta que muchos de los hombres mayores en la familia veían a Peeta con una mirada calculadora en sus ojos.
Peeta no dio ninguna indicación de darse cuenta, pero eso sin duda era un acto. Tan pronto después que asumiera el poder era el momento más peligroso para cualquiera. No había conocido muy bien a Haymitch Mellark y no me lamentaba por eso. Para mí, el funeral solo podía significar una cosa: la oportunidad de ver a mi familia de nuevo.
Annie, Tom y Prim estaban con padre y madre entre los invitados de la Organización de Chicago. Habían llegado esta mañana y no podía esperar a pasar algún tiempo con ellos. Cada invitado estrechó la mano de Peeta, palmeó su hombro y le dijo algunas palabras de consuelo, la mayoría de ellas mentira. ¿Cuántos de estos hombres estaban esperando una oportunidad para arrebatar el poder de las manos de Peeta?
Cuando fue el turno de mi padre, tuve que impedirme atacarlo por haber accedido a casar a Annie con Finnick. En lugar de eso, apreté los dientes y le di una sonrisa fría. Annie deliberadamente evitó los ojos de Finnick. Había perdido peso y se me rompió el corazón al verla tan desesperada.
Me alegré cuando terminó el funeral. Los hombres tenían una reunión prevista para la noche, para discutir la creciente amenaza de los rusos. En nuestro mundo no había mucho tiempo para llorar a los muertos. Chicago y Nueva York tenían que encontrar una manera de detener a la Bratva antes de que otro Capo perdiera la vida. Y esos serían Peeta o Dante Cavallaro.
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Peeta me quería fuera de Nueva York, así que me envió a la mansión Mellark en los Hamptons. A Annie, Prim y Tom se les permitió acompañarme durante la noche antes de que tuvieran que irse a Chicago mañana por la noche. Tenía la sensación de que padre esperaba que yo hiciera entrar en razón a Annie en cuanto a su matrimonio arreglado con Finnick. La fiesta de compromiso estaba prevista para inicio de noviembre, así que Annie no tenía mucho tiempo para llegar a un acuerdo con eso. Madre se quedó con padre en Manhattan, pero enviaron a Plutarch con nosotros. Él, Cesare y Cato nos mantendrían a salvo.
Llegamos a la mansión alrededor de la hora de la cena y el personal ya había preparado una comida para nosotros. Mi corazón se llenó de felicidad cuando Prim, Tom, Annie y yo nos instalamos alrededor de la larga mesa de comedor, pero quedó atenuado por el hecho de que nuestros tres guardaespaldas discutían de la amenaza rusa en voz baja y por la negativa de Annie a comer más de dos bocados. No quería hablar de su compromiso con Finnick con todo el mundo allí presente. Más tarde, cuando se hubieran ido a la cama, Annie y yo tendríamos tiempo suficiente para eso.
Tom fue el único que mantuvo la conversación en nuestro lado de la mesa yendo a toda marcha a medida que me contaba con entusiasmo sobre la colección de cuchillos que padre le había dado. Prim estaba ocupada dando miradas furtivas a Cato, que era completamente ajeno a sus suspiros.
Después de la cena, nos dirigimos a la logia con vista al mar. El cielo de la noche aquí centelleaba con estrellas. En Nueva York, rara vez podía verlas. Cesare se había ido a hacer Dios sabe qué, probablemente comprobar el sistema de seguridad, y Plutarch y Cato se habían instalado en la sala de estar; desde allí nos podían observar sin oír nuestra conversación. Tom se encontraba acurrucado junto a Prim, dormido, mientras ella estaba escribiendo algo en su teléfono a medida que comprobaba a Cato de vez en cuando.
—¿Quieres hablar? —le susurré a Annie que estaba sentada a mi lado, con las piernas apretadas contra su pecho. Ella sacudió la cabeza. Sentía como si una grieta hubiera crecido entre nosotras desde que se había enterado de la noticia de su compromiso y no sabía por qué—. Annie, por favor.
—No hay nada de qué hablar.
—Tal vez no es tan malo como piensas. —Ella me dio una mirada de incredulidad pero seguí hablando—. Cuando me enteré que tenía que casarme con Peeta, estuve aterrorizada, pero he llegado a un acuerdo con eso. Peeta y yo nos estamos llevando mejor de lo que creía posible.
Annie me fulminó con la mirada.
—No soy como tú, Katniss. Tú estás dispuesta a complacerlo, a hacer todo lo que él diga. No soy así. No me someto a nadie.
Me estremecí. Annie nunca había arremetido contra mí de esa manera.
Se levantó de un salto. Traté de alcanzar su brazo, pero ella se lo quitó de encima.
—Déjame sola. No puedo hablar contigo ahora mismo. —Se dio la vuelta y salió corriendo hacia la playa. Me puse de pie, sin saber si debía seguirla, pero sabía que no me haría caso cuando estaba así. Plutarch se asomó. Levanté una mano.
—No, dale unos minutos a solas. Está enfadada.
Plutarch asintió y luego sus ojos se dirigieron a Tom.
—Debería llevarlo a la cama.
Estaba a punto de asentir cuando una alarma estridente rompió el silencio, pero se detuvo unos segundos más tarde. Los ojos de Tom se abrieron de golpe mientras se aferraba a Prim, ambos me miraron como si yo supiera lo que estaba pasando. Cato irrumpió hacia nosotros, con dos armas en mano, cuando apareció un punto rojo en la frente de Plutarch. Grité, pero era demasiado tarde. Hubo un disparo y la cabeza de Plutarch salió arrojada hacia atrás, salpicando sangre por todas partes. Prim empezó a gritar y aun así no podía moverme. Me quedé mirando a los ojos muertos de Plutarch. Un hombre que había conocido toda mi vida.
Cato se lanzó sobre mí y aterrizamos en el suelo cuando una segunda bala golpeó la puerta de cristal, enviando fragmentos por todas partes.
—¿Qué está pasando? —grité, la histeria sacudiendo mi cuerpo.
—La Bratva —fue todo lo que Cato dijo mientras me arrastraba hacia la sala de estar. Luché contra él. Prim y Tom se encogían al lado de un sillón, todavía en el campo de tiro del francotirador.
—¡Ve por ellos!
Pero Cato ignoró mi orden y él era demasiado fuerte para mí. Me empujó contra una pared interior de la sala de estar, su agarre clavándose en mi piel con mucha fuerza, sus ojos duros y salvajes.
—Quédate aquí. No te muevas.
—Prim y Tom —jadeé.
Él asintió, luego se agachó y se precipitó al exterior. Me temblaba todo el cuerpo. Cato regresó con mi hermana y hermano, que se aferraban a él desesperadamente. Envolví mis brazos alrededor de ellos fuertemente al momento en que estuvieron a mi lado. Y entonces mi mundo se inclinó.
—Annie —susurré.
Cato no me oyó. Estaba gritando en su teléfono.
—¿Dónde? ¿Cuántos? —Su rostro palideció—. Mierda. —Se volvió hacia mí y su expresión hizo que mi estómago diera un vuelco—. Los rusos están en la propiedad. Demasiados para nosotros. Te llevaré a la habitación de pánico en el sótano donde vamos a esperar hasta que lleguen los refuerzos.
Agarró mi brazo pero me aparté.
—Lleva a Tom y Prim allí. Tengo que advertir a Annie.
—Tú eres mi responsabilidad —siseó Cato. En algún lugar de la casa, el cristal se hizo añicos. Sonaron más disparos.
—No me importa. No voy a ir contigo. Harás lo que digo. Llévalos a la habitación de pánico. Si algo le pasa a Prim o Tom me mataré y ni tú ni Peeta o cualquier otro poder en el mundo podrán hacer que cambie eso. Quiero que los protejas. Mantenlos a salvo. Eso es todo lo que me importa.
—Deberías venir con nosotros.
Sacudí la cabeza.
—Tengo que encontrar a Annie.
—Peeta estará aquí pronto. Sabía que eso no era cierto.
—¡Vayan, ahora!
Nos miramos el uno al otro y finalmente se giró hacia mis hermanos.
—Quédense abajo y sigan mis órdenes.
Voces masculinas gritaron algo en ruso, y entonces, más tiros salieron disparados. Cesare no sería capaz de mantenerlos alejados por mucho tiempo si el número de voces eran alguna indicación.
Cato me empujó un arma. La agarré, luego me agaché y corrí hacia afuera. La sangre de Plutarch cubría las baldosas de piedra pero no miré su cuerpo. Me apresuré por la pendiente hacia la bahía cuando me di cuenta de la vibración de mi teléfono. Lo saqué y lo presioné sobre mi oreja a medida que escaneaba la playa buscando a Annie.
—¿Katniss? —sonó la voz preocupada de Peeta—. ¿Estás a salvo?
—Mataron a Plutarch. —Fue la primera cosa que salió de mi boca.
—¿Dónde estás?
—Buscando a Annie.
—Katniss, ¿dónde está Cato? ¿Por qué no está llevándote a la habitación de pánico?
—Tengo que encontrar a Annie.
—Katniss. —Peeta sonaba desesperado—. La Bratva te quiere. Ve a la habitación de pánico. Estoy tomando el helicóptero. Estaré ahí en veinte minutos. Ya estoy en camino.
Peeta necesitaría más de veinte minutos incluso en helicóptero y no sería capaz de llevar a muchos hombres con él, eso sin mencionar el tiempo que le tomaría abrirse paso dentro de la mansión. Existía la posibilidad de que fallara.
Annie vino corriendo hacia mí. Sus ojos muy abiertos.
—No puedo hablar más —le susurré.
—Katniss…
—¿Qué está pasando? —preguntó Annie, mientras tropezaba contra mí.
—La Bratva. —La arrastré hacia el muelle, donde estaba el barco anclado. Sería más seguro esconderse allí que volver a entrar y buscar la habitación de pánico. Las tablas del muelle gimieron bajo nuestro peso a medida que avanzábamos hacia el barco. Pero entonces el grito de Prim atravesó la noche y me congelé. Annie y yo intercambiamos una mirada. Sin decir una palabra, nos dimos la vuelta y corrimos hacia la casa.
Mi corazón martillaba en mi pecho cuando llegamos a la logia. La sala estaba desierta. Me arrodillé junto a Plutarch y tomé sus cuchillos incluso aunque me estremecía. Le di uno a Annie y puse otro en mi bolsillo trasero.
—Vamos —dije en voz baja. Ni siquiera estaba segura de lo que Annie y yo íbamos a hacer una vez que estuviéramos dentro. Había disparado una pistola una vez y solo había manejado un cuchillo cuando estuve haciendo fintas con Peeta, que no era una buena señal en contra de la mafia rusa. Sin embargo sabía que no podría vivir conmigo misma si no encontraba a Prim y Tom.
Annie y yo nos arrastramos dentro. Estaba oscuro. Alguien debe haber apagado las luces de toda la casa. Contuve la respiración, pero estaba terriblemente tranquilo. Me acerqué a la puerta que conducía al vestíbulo cuando un brazo salió disparado y se envolvió alrededor de mi cintura. Grité, luchando, tratando de apuntar la pistola hacia mi atacante, pero torció mi muñeca. El dolor atravesó mi brazo y el arma cayó de mis dedos. Annie jadeó detrás de mí. Lo golpeé. Una voz profunda me gruñó en ruso. Oh, Dios. Mi pie chocó con su espinilla. Me empujó, pero antes de que pudiera recuperar el equilibrio, su puño chocó con mis labios. Mi visión se volvió negra y caí sobre mis rodillas mientras la sangre llenaba mi boca y goteaba sobre mi barbilla, el sabor salado y caliente haciendo que la bilis suba por mi garganta.
Unos dedos se retorcieron en mi cabello y fui levantada, llorando por el dolor en mi cuero cabelludo. A mi atacante no le importó. Me arrastró dentro del vestíbulo por mi cabello. Pude ver a Annie en los brazos de otro hombre alto. Estaba inconsciente. Un hematoma ya formándose en su frente.
Me tiraron al piso delante de un par de piernas vestidas en jeans y rápidamente miré hacia arriba a una cara marcada por viruela y fríos ojos grises.
—¿Cuál es tu nombre, puta? —preguntó con un fuerte acento inglés. ¿No me reconocía? Supuse que me veía diferente con sangre en toda mi cara. Le devolví la mirada desafiante. Me dio una patada en el estómago y me tropecé, sin aliento—. ¿Cuál es tu nombre?
Mis ojos se dirigieron hacia un cuerpo a mi derecha. Cesare. Estaba haciendo ruidos de gorgoteo, agarrándose una herida sangrante en el estómago. No vi a Prim, Tom o Cato en ningún lugar y esperé que hubieran llegado a la habitación de pánico. Por lo menos, ellos iban a sobrevivir.
Una mano agarró mi barbilla y tiró mi cabeza hacia arriba.
—¿Vas a decirme tu nombre o tengo que hacer que Igor le haga daño? — Señaló con la cabeza hacia Annie que yacía de lado en el suelo de mármol, parpadeando aturdida.
—Katniss —dije tranquilamente.
—¿Al igual que Katniss Mellark? —preguntó el hombre con una sonrisa cruel. Asentí. No tenía sentido negarlo. Dijo algo en ruso y el hombre se carcajeó.
Sentí escalofríos por la forma en que estaba mirándome.
—¿Dónde están los otros? ¿Tu sombra y los niños?
Me tomó un momento darme cuenta a quién se refería con mi "sombra".
—No lo sé —dije.
Igor pateó a Annie. Ella gritó. Sus ojos se encontraron con los míos y pude ver que no quería que yo dijera nada, pero, ¿cómo podía verlos lastimándola?
Voces y disparos nos llegaron desde afuera. El líder de los rusos me agarró y empujó mi espalda al ras contra su pecho, antes de colocar una cuchilla contra mi garganta.
El miedo paralizó mi cuerpo al escuchar el sonido de la lucha. Me arrastró hacia atrás, más cerca de la sala de estar. Igor estaba tirando a Annie de su cabello. Ella no parecía capaz de pararse. Otro mafioso ruso salió arrojado hacia atrás cuando una bala atravesó su garganta.
—Tenemos a tu esposa, Mellark. Si quieres verla en una sola pieza es mejor que detengas el combate y sueltes tus armas.
Peeta entró, con una pistola en cada mano. Finnick estaba un paso detrás de él.
—Entonces, ¿ésta es tu esposa, Mellark? —dijo el hombre. Su respiración caliente contra mi cuello. Me retorcí en su agarre, pero me sostenía en un abrazo mortal. La cuchilla rebanó mi piel y me quedé inmóvil.
El rostro de Peeta era una máscara de furia mientras veía a mi captor. Finnick giró los cuchillos en sus manos una y otra vez, sus ojos desviándose hacia la silueta temblorosa de Annie en el suelo. Cesare había dejado de gorgotear. Esta noche muy bien podría acabar con todos nosotros ahogándonos con nuestra propia sangre.
—Déjala ir, Vitali —gruñó Peeta.
Vitali agarró mi garganta con más fuerza.
—No lo creo.
Apenas podía respirar en su agarre, pero en lo único que podía pensar era en que podía perder a todos los que amaba esta noche. Tenía la esperanza de que me matara primero. No podía soportar la idea de ver a todos morir.
—Tomaste algo que nos pertenece, Mellark, y ahora tengo algo que te pertenece a ti. —Vitali lamió mi mejilla y casi vomité—. Quiero saber dónde está.
Peeta dio un paso hacia adelante, luego se congeló cuando Vitali levantó el cuchillo a mi garganta de nuevo.
—Bajen sus armas o cortaré su garganta.
Vitali era estúpido si pensaba que Peeta haría eso, pero entonces vi con horror cómo Peeta dejaba caer sus armas al suelo.
—Tu esposa sabe deliciosa. Me pregunto si sabe así de delicioso en todas partes. —Me dio la vuelta, de modo que terminé frente a él. Su mal aliento golpeó mi rostro. Por el rabillo de mi ojo, pude ver a Peeta mirándome, pero deseé que mirara hacia otro lado. No quería que viera esto. Los labios de Vitali se acercaron más y estuve segura que vomitaría.
Traté de inclinarme hacia atrás, pero se rio maliciosamente y agarró mi cadera pero apenas lo noté, porque mi movimiento había hecho que la navaja se hunda en mi trasero. Mientras Vitali arrastraba su lengua por mi barbilla, deslicé mi mano en el bolsillo trasero de mi pantalón, saqué el cuchillo, liberé la cuchilla y la hundí en su muslo.
Gritó, tambaleándose hacia atrás y luego se desató el caos. Peeta prácticamente voló a través de la habitación y me atrajo hacia él a medida que cortaba la garganta de Vitali de oreja a oreja. La cabeza del hombre se inclinó hacia atrás, la sangre saliendo a borbotones, y entonces se desplomó. Las balas atravesaron el aire y hubo gritos. El suelo estaba resbaladizo por la sangre y solo el firme agarre de Peeta en mi brazo me mantuvo en posición vertical. Debe haber dejado caer el cuchillo en algún momento porque estaba disparando una bala tras otra desde una elegante arma negra con silenciador. Recogí un arma de entre un charco de sangre. Estaba resbaladiza en mi mano, pero su peso se sentía bien. De repente, Cato también estaba allí. Mis ojos trataron de encontrar a Annie pero se había ido de su lugar en el suelo.
Peeta disparó a otro enemigo y se agachó por el arma del tipo muerto dado que la suya estaba sin balas, cuando uno de los mafiosos rusos a nuestra derecha apuntó a Peeta. Grité una advertencia y al mismo tiempo me tambaleé hacia delante y apunté mi arma hacia el hombre y disparé. Ni siquiera pensé en ello. Me había jurado a mí misma que no vería a alguien que amaba morir esta noche, incluso si eso significaba que yo tenía que morir primero.
La bala impactó en mi hombro y mi mundo explotó con dolor. Mi disparo alcanzó al tipo en la cabeza y cayó al suelo muerto. Peeta me llevó a su lado, pero mi visión se volvió negra.
Cuando recuperé mis sentidos, Peeta estaba acunándome en sus brazos. Todo estaba en silencio a nuestro alrededor a excepción de los gemidos de alguien. Me tomó un momento darme cuenta que eran míos y luego el dolor pasó a través de mí y deseé haberme quedado inconsciente pero necesitaba saber si todo el mundo estaba bien.
—¿Estás bien? —grazné. Peeta temblaba contra mí.
—Sí —dijo entre dientes—. Pero tú no. —Estaba presionando mi hombro. Eso probablemente explicaba el dolor. La parte trasera y delantera de mi camiseta estaban resbaladizas con un líquido caliente.
—¿Qué hay de Annie, Prim y Tom? —susurré, incluso cuando la oscuridad quiso reclamarme de nuevo.
—Bien —gritó Annie desde algún lugar. Sonaba muy lejos o tal vez era mi imaginación. Peeta deslizó sus manos debajo de mí y se levantó. Grité de dolor, las lágrimas escapando de mis ojos.
El vestíbulo estaba lleno de nuestros hombres.
—Te llevaré al hospital —dijo Peeta.
—Peeta —dijo Finnick en tono de advertencia—. Deja que el Doc lo maneje. Él ha estado cuidando de nuestros asuntos desde hace años.
—No —gruñó Peeta—. Katniss necesita una atención adecuada. Ha perdido demasiada sangre. —Podía ver a algunos de los hombres de Peeta mirando hacia nosotros antes de pretender que estaban ocupados. Él era su Capo. No podía mostrar debilidad, ni siquiera por mí.
—Puedo hacer una transfusión de sangre —dijo una voz profunda y tranquilizante. El Doc. Tenía más de sesenta años con el cabello blanco como la nieve y un rostro amable.
El agarre de Peeta en mí se apretó. Me aferré a su brazo.
—Está bien, Peeta. Deja que cuide de mí. No quiero que me lleves a un hospital.
Es demasiado peligroso.
Los ojos de Peeta mostraron vacilación, luego, lentamente, asintió.
—¡Sígame! —Me llevó hacia la escalera pero perdí el conocimiento otra vez.
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Desperté en una cama suave, sintiéndome maltratada y mareada. Mis ojos se abrieron. Annie yacía a mi lado, durmiendo. Afuera estaba iluminado, así que debían haber pasado varias horas. Había un enorme hematoma en su frente pero supuse que yo tenía peor aspecto. Estábamos solas y la decepción me llenó. Traté de incorporarme y fui recompensada con un feroz latido en mi hombro. Al mirar hacia abajo, encontré la parte superior de mi brazo y hombro envueltos con vendas.
Annie se agitó, luego me dio una sonrisa de alivio.
—Estás despierta.
—Sí —susurré. Mi boca se sentía como si estuviera llena de algodón.
—Peeta ha estado vigilando tu cama casi toda la noche, pero Finnick lo obligó a salir y ayudarle con los mafiosos rusos que capturaron.
—¿Capturaron a varios?
—Sí, están tratando de extraerles información.
Mis labios se fruncieron, pero no podía sentirme mal por ellos.
—¿Cómo estás?
—Mejor que tú —dijo Annie, luego cerró los ojos—. Siento haberte tratado mal ayer. Me habría odiado para siempre si eso hubiera sido lo último que te dijera.
Sacudí la cabeza.
—Está bien.
Saltó de la cama.
—Mejor le digo a Peeta que estás despierta o me arrancará la cabeza.
Desapareció, y un par de minutos más tarde, Peeta entró. Se paró en la puerta, con una expresión ilegible mientras dejaba vagar su mirada sobre mí. Luego se acercó a la cama y me dio un beso en la frente.
—¿Necesitas morfina?
Mi hombro se sentía como si estuviera en llamas.
—Sí.
Peeta se volvió hacia la mesita de noche y tomó una jeringuilla. Alzó mi brazo y deslizó la aguja en el hueco de él. Cuando terminó, tiró la jeringa en la basura, pero no soltó mi mano. Entrelacé nuestros dedos.
—¿Perdimos a alguien?
—Unos pocos. Cesare y un par de soldados —dijo, entonces se detuvo—. Y Plutarch.
—Lo sé. Lo vi recibir un disparo. —Mi estómago se revolvió violentamente. Todavía parecía irreal. Tendría que escribirle una carta a la esposa de Plutarch, pero necesitaba tener la cabeza despejada para hacer eso.
—¿Qué quiso decir ese tipo Vitali cuando dijo que tenías algo que le pertenecía?
Los labios de Peeta se apretaron.
—Interceptamos una de sus entregas de drogas. Pero eso no es importante ahora.
—¿Qué es importante, entonces?
—Que casi te pierdo. Vi que te dispararon —dijo Peeta con una voz extraña, pero su expresión no reveló nada—. Tienes suerte que la bala solo golpeó tu hombro. El doctor dice que se curará por completo y serás capaz de utilizar tu brazo como antes.
Intenté una sonrisa, pero la morfina me estaba poniendo lenta. Parpadeé, tratando de mantenerme despierta. Peeta se inclinó hacia abajo.
—No hagas eso de nuevo, nunca.
—¿Qué? —suspiré.
—Recibir una bala por mí.
ACTUALIZACION 29 – JULIO – 2020
