Capitulo 26 Suiren


Hinata no pudo darse una ducha hasta casi las diez de la noche, después de que Shisui, finalmente, se quedara dormido. Cerró el agua y, mientras se secaba, rezó dando las gracias porque Shisui y Miroku estuvieran bien.

Habían hecho muchas cosas después de rescatar a los niños. Menma había puesto a buen recaudo los diamantes en la vieja caja fuerte de Sasuke, después todos habían acudido a la policía. Habían preguntado por Kiba Inuzuka, que estaba en el hospital y Hinata había hablado con Tsume. La madre de Kiba se sentía muy mal y parecía necesitar urgentemente que la perdonaran. Hinata lo había hecho al instante, sin vacilar.

Pero ahora no quería pensar en Kiba, por lo que se concentró en desenredar su pelo mojado con el peine de Naruto. No tenía prisa. En ese momento, Naruto y su superdesarrollada conciencia estaban sentados allí fuera esperándola, y sabía que Don Boy Scout estaba dispuesto a hacer lo que consideraba más honorable. Metió el peine entre su pelo enredado y tiró hacia abajo.

Si hubiera hecho lo que quería, Shisui y ella habrían vuelto al apartamento de Shiho por la noche, pero Shisui y Naruto se habían negado a separarse. Ella no entendía en absoluto cómo o por qué había cambiado la relación entre ellos tan radicalmente. Era irónico. Lo que una vez había parecido el escollo más insalvable de su relación con Naruto había desparecido, pero seguía existiendo una barrera casi tan grande. Naruto no la amaba y ella no podía vivir bajo la sombra de Suiren.

Se estiró para coger las ropas limpias que Deidara y Shiho le habían traído del apartamento y vio que no estaban allí. Envolviéndose en una toalla, abrió la puerta.

—¿Naruto? Necesito mi ropa. Silencio.

No quería salir así.

—¿Naruto?

—Estoy en la sala.

—¿Dónde está mi ropa?

—La quemé.

—¿Qué hiciste qué? —Salió rápidamente al vestíbulo. Pero ya se sentía lo suficientemente vulnerable como para tener que enfrentarse a él llevando sólo una toalla, así que fue al dormitorio de Naruto y cogió una de sus camisas de trabajo limpias. Tras abrocharla rápidamente, fue a la sala.

Él parecía tan cómodo como podía estar, repantigado sobre uno de los sillones de mimbre con las piernas apoyadas sobre el viejo tocón de madera que hacía de mesita para café, los tobillos cruzados y una lata de Dr Pepper en la mano.

—¿Quieres beber algo?

Se percibía el olor provocado por las ascuas de la chimenea.

—¡Quiero saber por qué quemaste mis ropas!

—No hables tan fuerte. Despertarás a Chip. Y quemé tus ropas porque no podía aguantar mirarlas ni un minuto más. No se salva nada de lo que tienes, Hinata Hyūga. Excepto tus bragas. Tus bragas me gustan mucho.

Él actuaba como un hombre totalmente despreocupado. ¿Dónde estaba el hombre tenso y difícil con el que normalmente tenía que tratar?

—Naruto, ¿qué te pasa? No tenías derecho a hacerlo.

—Como jefe tuyo, presente y futuro, tengo un montón de derechos.

—¿Jefe? Has cerrado el autocine y me voy mañana. Ya no eres mi jefe. Percibió en la terca expresión de Naruto que no se lo iba a poner fácil.

—Te negaste a casarte conmigo —dijo él— así que la única manera de ocuparme de esto es re-contratarte. Ahhh, a propósito, junto con las ropas, quemé los billetes del autobús.

—No te has atrevido. —Se dejó caer en el sofá, de golpe toda su furia se apagó. ¿Creía que sólo porque finalmente se llevaba bien con su hijo, estaba todo solucionado?

—¿Cómo has podido hacer eso?

Por un momento él no dijo nada. Luego le dirigió una sonrisa lenta y calculadora.

—Te conozco demasiado bien, cariño. No vas a conservar los diamantes. Así que es el momento de llegar a un acuerdo.

Ella le lanzó una mirada precavida.

Él la observó por encima del borde de su Dr Pepper, luego bebió un sorbo.

Después bajó la lata y se tomó tiempo para estudiarla. Su escrutinio la hizo demasiado consciente de que estaba completamente desnuda bajo la camisa, así que juntó las piernas.

—Voy a hacer algunos cambios en mi vida —dijo él.

—¿Y?

—Voy a sacar la licencia para ejercer en Konoha del Norte y pondré una clínica aquí mismo en Salvation.

A pesar de lo trastornada que estaba, se sintió muy feliz por él.

—Me alegro. Es exactamente lo que debes hacer.

—Pero voy a necesitar ayuda.

—¿Qué tipo de ayuda?

—Bueno… tendré que contratar una recepcionista, para ahorrar, lo mejor sería que también pudiera echar una mano en la consulta.

—Yo ya tengo empleo en Florida —señaló—, no voy a ser tu recepcionista. —

¿Por qué tenía que contar todos esos detalles? ¿No entendía lo duro que era para ella tener que irse?

—Ese no es el trabajo que te ofrezco —dijo él con aire satisfecho—. Aunque si quieres echar una mano de vez en cuando, te aseguro que te lo agradecería. Pero no, lo que tengo pensado para ti es más una carrera que un trabajo.

—¿Una carrera? ¿Haciendo qué?

—Algunas cosas que necesito.

—¿Cuáles?

—Bueno —se quedó pensando—. Lavar. No me importa lavar los platos, pero todo ese rollo de la ropa, no me gusta hacerlo.

—¿Quieres que te ponga la lavadora?

—Entre otras cosas.

—Continúa.

—Contestar al teléfono por las tardes. Cuando no estoy trabajando, no me gusta contestar el teléfono. Tendrías que hacerlo tú. Si es alguien de la familia, entonces me pongo. De otra manera, te encargas tú.

—Poner lavadoras y contestar al teléfono. ¿Se supone que esa es mi nueva carrera?

—Y controlar mi dinero. Odio hacer eso. No puedo andar pensando en qué se gasta cada centavo.

—Naruto, eres un hombre muy rico. Lo cierto es que necesitas vigilar mejor tu dinero.

—Eso es lo que me dicen mis hermanos continuamente, pero no tengo el más mínimo interés en hacerlo.

—Poner lavadoras, contestar al teléfono y controlar tu dinero. ¿Es eso todo?

—No. Falta otra cosa.

—¿Cuál es?

—Sexo. Esa es la mejor parte del trabajo.

—¿Sexo?

—Es más importante que todo lo demás. Muy por delante de lo del dinero.

—¿El que tenga sexo contigo?

—Sí.

—¿Quieres pagarme por mantener relaciones sexuales contigo?

—Más lo de la lavadora, y el teléfono y…

—¡Quieres pagarme! ¡Esa es mi nueva carrera! ¿Ser tu amante a jornada completa y tu ama de llaves a media jornada?

—Eso de ser mi amante suena… agradable. Me gusta esa idea de tener una amante. Pero está Chip y como este es un pueblo pequeño, tendríamos que casarnos. —La detuvo con la mano—. Ya sé que no quieres, pero no tienes por qué verlo inmediatamente como un matrimonio de verdad. Lo podrías ver como un trato puramente comercial… —entrecerró los ojos—… algo que una persona calculadora como tú debería apreciar. —Se enderezó en el sillón—. Necesito que me proporcionen sexo. Tú puedes hacerlo. Es estrictamente comercial.

—Oh, Naruto.

—Antes de que te indignes demasiado vamos a hablar del sueldo. Si bien sabía que no debería preguntar, no pudo evitarlo.

—¿Cuánto?

—El día que nos casemos, te daré un cheque de… —él se detuvo, se rascó la cabeza—. ¿Cuánto quieres?

—Un millón de dólares —espetó enojada consigo misma siquiera por preguntar. Pero él tenía razón. Los diamantes de Sasuke nunca podrían ser suyos. Finalmente lo había comprendido.

—Hecho. Un millón de dólares. Ella clavó los ojos en él.

Él se encogió de hombros.

—No me importa demasiado el dinero y a ti sí. Es más, para gastarlo necesitarás un montón de tiempo. Parece justo.

Ella se hundió otra vez en los cojines. La idea de que un hombre así tan despreocupado por su cuenta corriente pudiera vagar libre por el mundo la aterraba.

Sintió que comenzaba a hiperventilar. Sólo el hecho de que él tuviera un millón de dólares era abrumador, pero lo era todavía más el que quisiera dárselo a ella. Si le ofreciera su amor en vez de dinero, aceptaría sin pensárselo un segundo.

Él descruzó los tobillos y puso los pies en el suelo.

—Sé que pensabas que lo del matrimonio no podría ser por ese problema entre Chip y yo, pero te habrás dado cuenta que se ha desvanecido.

Recordó la manera en que Naruto y Shisui se habían comportado esa tarde.

—Todavía no entiendo lo que ha ocurrido. Sé que no fue simplemente por el secuestro. Vi de qué manera se comportaban el uno con el otro esta mañana.

¿Cómo algo tan serio pudo desaparecer de pronto?

—¿Alguna vez le has dado una nalgada a ese niño?

—Por supuesto que no.

—Bueno, si lo hubieses hecho, no harías esa pregunta. Y esa es otra cosa más, Hinata. Aparte del sexo. Educaré a ese niño contigo. Tomaremos las decisiones sobre él juntos. —Su voz se hizo mortalmente seria—. No dejaré que me quites a Chip. He perdido un hijo y no voy a perder otro. Si eso significa que tengo que romper cien billetes de autobús o quemar cada prenda de ropa que posees, lo haré.

—No es tu hijo.

—Ayer por la mañana no lo era. Hoy sí.

Ella no podía hablar. ¿Por qué se lo estaba poniendo tan difícil?

—Deberías haber notado que los niños es algo que los Namikaze nos tomamos muy en serio.

Ella recordó la manera en que Deidara y Menma habían tratado a Shisui. A pesar de cuanto la odiaban a ella, a él nunca le habían mostrado otra cosa que no fuera bondad. Y esa mañana Miroku había pasado de un adulto a otro, como si cada uno de ellos fuera responsable de su bienestar.

—Lo he notado.

—Pues ese es el trato.

—Naruto, apenas sobreviví a un matrimonio desastroso y no voy a pasar por eso dos veces. Si alguna vez vuelvo a casarme, será por amor.

Sus ojos ardieron de indignación.

—¿Y piensas seriamente que puedes sentarte ahí, decirme que no me amas y que yo me lo voy a creer? No soy estúpido, Hinata. A pesar de toda tu magnánima palabrería sobre que eres una mujer de mundo, eres de las mujeres más puritanas que conozco. Si no me amases, no me habrías dejado tocarte y mucho menos pasar alguna de las mejores noches de mi vida en tu cama.

Ella pensó seriamente en empezar a darle puñetazos. Pero sólo rechinó los dientes.

—No es mi amor lo que está en duda aquí. Él la miró sin comprender.

Ella cogió uno de los cojines del sofá y se lo lanzó.

—¡Joder! Me has hecho tirar la Dr Pepper. Ella se levantó de un salto.

—Me voy de aquí.

Él posó la lata en el suelo y también se levantó de un salto.

—No eres una mujer razonable, Hinata. ¿No te lo ha dicho nadie?

—¡Razonable! —Comenzó a gritar como una loca—. ¿Sólo porque no quiero tu caridad crees que no soy razonable?

—¿Caridad? ¿Crees que se trata de eso?

—Lo sé. Deidara no es el único santo de la familia Namikaze.

—¿Crees que soy un santo? —En vez de estar molesto, parecía bastante contento.

—Jesús… —masculló ella. La señaló con el dedo.

—Voy a casarme a contigo, Hinata. Así que empieza a metértelo en la cabeza ahora mismo.

—¿Por qué quieres casarte conmigo? ¡No me amas!

—¿Y eso quién lo dice?

—No juegues conmigo. Es demasiado importante. —Toda su cólera se evaporó.

Se mordisqueó el labio—. Por favor, Naruto.

Se acercó a ella de inmediato y la sentó a su lado en el sofá.

—¿Por qué jugaría con algo como esto? ¿No crees que tú también eres importante para mí?

—No de la misma manera. Te preocupas por mí, pero necesito algo más. ¿No lo puedes entender?

—Por supuesto que puedo. Hinata, ¿no sabes lo que siento por ti?

—No sientes lo que sentías por Suiren, eso seguro. —Odió el tono brusco de su voz cuando habló, se odió a si misma por estar celosa de una muerta.

—Mi vida con Suiren ha terminado —dijo él quedamente. Ella se miró las manos.

—No creo que termine nunca. Y no puedo vivir compitiendo con ella.

—No estás compitiendo con Suiren.

Él no entendía nada. Ella retorció los dedos y pensó salir de la habitación, pero era lo suficientemente luchadora como para darle otra oportunidad.

—Entonces cuéntame algo malo sobre ella.

—¿Qué?

Una parte de ella le decía que se retirara mientras su orgullo aún estaba intacto, pero algunas cosas eran más importantes que el orgullo.

—Dijiste que no estaba compitiendo con ella, pero creo que no es cierto. —Se sintió mezquina y miserable. No podía ni mirarle, así que continuó mirándose las manos—. Necesito que me cuentes algo malo sobre Suiren.

—Eso es una tontería.

—Para ti tal vez, pero no para mí.

—Hinata, ¿por qué estás haciéndote esto?

—Tiene que haber algo en lo que no fuera tan maravillosa. Por ejemplo…

¿Roncaba? —finalmente levantó la vista y lo miró esperanzadoramente—. Yo no ronco.

Tomó las manos de Hinata con las de él.

—Ni ella.

—Quizá ella… no sé. ¿Te tiraba el periódico a la basura antes de que lo leyeras?

—Alguna vez, supongo.

Ella odió la compasión que vio en su expresión, pero tenía que llegar hasta el final. Se esforzó en buscar algo que podría haber hecho mal una mujer casi perfecta.

—¿Te cogió alguna vez la maquinilla para afeitarse las piernas?

—No le gustaban las maquinillas que yo usaba. —Hizo una pausa y la miró fijamente—. A diferencia de ti.

Ella empezaba a sentirse desesperada. Con toda seguridad tenía que haber algo.

—Soy muy buena cocinera.

Su expresión se volvió todavía más compasiva.

—Horneaba pan al menos una vez a la semana.

Hinata sólo había tratado de hornear pan una vez, se pasó con la levadura.

—Casi nunca me han puesto una multa. Él levantó una ceja.

Ella se apresuró.

—Y algunas veces las personas que son excepcionalmente buenas no cuentan bien los chistes. Se olvidan del final.

—Vale. —La besó en la frente, luego la dejó ir y se hundió en la esquina del sofá—. ¿De verdad quieres hacer esto? Aunque no tiene nada que ver contigo.

—Parece tan perfecta.

Él aspiró profundamente.

—Vamos allá. Solo lo voy a decir una vez, así que será mejor que prestes atención. Quise a Suiren con todo mi corazón y ahora siento lo mismo por ti.

Ella exhaló lentamente. Él dijo:

—Puede que no salvases el alma de Sasuke, pero te aseguro que salvaste la mía. Me hiciste abandonar toda esa autocompasión que sentía y retomar mi vida. Me hiciste volver a vivir otra vez.

Ella sentía como si se estuviera derritiendo y se movió hacia él, pero él la detuvo con la mano.

—No he acabado. Eras tú la que quería esto, así que ahora me tienes que escuchar. Suiren era… era casi demasiado buena. Nunca perdía los nervios, no importaba lo mucho que metiera la pata, no decía nada malo sobre nadie, incluyendo gente realmente rastrera. Ni siquiera si estaba cansada o Kiyoshi estaba portándose mal, chillaba o se ponía de mal humor, siempre mantenía la calma. Era condenadamente buena.

—Eso que me cuentas me hace sentir cada vez mejor —dijo ella secamente.

—Ahora llega la parte que sólo voy a decir una vez. —Él inspiró profundamente—. Algunas veces vivir con Suiren era como vivir con la Madre Teresa de Calcuta o algo así. Era tan dulce, tan razonable, tan buena, que no había espacio para ocultar mis defectos.

La felicidad se desplegaba dentro de ella como un arco iris.

—¿De verdad?

—De verdad.

—¿Y conmigo?

Él sonrió.

—Contigo tengo muchísimo sitio para mis defectos. Ella le lanzó una mirada de agradecimiento.

—Y otra cosa. —Él frunció el ceño—. Suiren no hacía más que canturrear. Siempre, limpiando, leyendo una revista, todo el rato canturreaba. Algunas veces no me importaba, pero otras, me ponía de los nervios.

—Tener a alguien canturreando alrededor puede ser muy molesto. —Hinata se encontró con que comenzaba a gustarle Suiren Namikaze.

—Y la cosa es que… como ella tenía tan a la vista mis defectos, nunca podía decirle nada.

—Pobre. —Se mordisqueó el labio inferior—. ¿Era…? Sé que me paso al preguntar esto, pero… ¿En la cama…?

Él comenzaba a parecer divertido.

—Tienes un montón de inseguridades, ¿no?

—No importa. Olvida que te lo pregunté.

—No sería justo con Suiren si la comparase con una gatita sexy como tú. Enarcó las cejas y ella sonrió.

—¿De verdad?

Él se rió.

Ella se lanzó sobre el sofá, y los brazos de Naruto la rodearon con tanta fuerza como si no pudiera soltarla. Acarició su pelo con los labios y su voz se hizo ronca por la emoción.

— Suiren fue el amor de mi niñez, Hina. Tú eres el amor de mi madurez. Te amo, con todo mi corazón. Por favor, no me dejes.

Ella no le pudo responder porque su boca se había posado sobre la de ella, y se vio envuelta en un beso tan absorbente que todo lo demás dejó de existir.

Cuando se separaron, lo miró fijamente a los ojos y fue como ver su alma.

Todas las barreras entre ellos desaparecieron.

—¿No te estás olvidando de algo? —murmuró él. Ella inclinó la cabeza inquisitivamente.

Él rozó sus labios.

—¿No te estás olvidando de decir, yo también te amo, Naruto? ¿Qué pasa con eso?

Ella se echó hacia atrás y le sonrió.

—¿Pero hay alguna duda?

—No eres la única que necesita oír las palabras.

—Te amo, Naruto. Con toda mi alma.

Él se estremeció.

—¿Ya no voy a oír nada más de que te vas?

—Nunca más.

—¿Ninguna discusión más sobre que te casarás conmigo?

—No.

—¿Aguantarás a mis hermanos?

—No me los recuerdes.

—¿Y Chip será nuestro?

Ella asintió con la cabeza, por un momento fue incapaz de hablar. Ahora que había ganado su corazón, Naruto Namikaze sería mejor padre para su hijo que Sasuke Uchiha en toda su vida.

Acarició la terca línea de su mandíbula y lo besó otra vez. Quería reír y cantar y llorar al mismo tiempo. Las emociones la desbordaban, así que se ocultó detrás de una broma tierna.

—No creas que voy a olvidarme de lo de ese millón de dólares. Tenías razón al decir que no voy a quedarme los diamantes y tú no eres competente para manejar tu propio dinero.

—¿Tú lo eres?

Ella asintió con la cabeza.

—Tienes razón —suspiró él—. Además, por un millón de dólares, un hombre tiene derecho a esperar algo especial. —Sin advertirla la subió en sus brazos. Mientras la llevaba al dormitorio acarició con la mano su trasero desnudo—. Deja que lo piense… ¿Qué tipo de perversión puede valer un millón de dólares?

Una docena de ideas cruzaron por su mente.

—Primero voy a dejarte desnuda. —Su susurro gutural la hizo temblar—. Luego voy a tumbarte en esa cama y concentrarme en cada parte de tu cuerpo.

Un suave gemido se escapó de sus labios.

—¿Y Hina? Chip está profundamente dormido, así que tenemos todo el tiempo del mundo. Voy a ir muy despacio.

Ella se quedó sin aliento.

La dejó sobre sus pies y luego cerró la puerta del dormitorio. Regresó junto a ella de inmediato, y sus dedos rozaron su clavícula al desabotonar la camisa. Bajó la cabeza hacia su cuello y mordisqueó la suave piel con los dientes. La camisa se deslizó al suelo. Él se entregó a las caricias yendo de un delicioso lugar a otro.

Cuando ya no lo pudo aguantar, ella empezó a tirar de su ropa y no se detuvo hasta que estuvo desnudo.

Su cuerpo. Paladeó la visión de todas esas montañas de músculo, la transición entre su piel morena y la más blanca, la mata de vello oscuro de su pecho y su ingle. Lo ahuecó, sintiendo la pesadez de allí, su tensa fuerza, adorando el sonido de su respiración irregular.

Se dejaron caer en la cama y descubrieron que no tenían paciencia para ir despacio. Ella necesitaba su peso encima de ella, anclándola a esa cama, a esa casa, a ese pueblo, uniéndolos para siempre. Y él también lo necesitaba.

Sólo cuando estuvo sepultado profundamente en su interior lo hizo ir más lento. Envolvió sus piernas alrededor de las de él, amando la sensación de estar completamente abierta para él, de ser poseída por él.

Sus ojos azules bajaron hacia los de ella.

—Te amo, Hinata

Ella levantó la mano que se curvaba sobre su cadera y la llevó hasta su nuca, acariciándolo mientras le sonreía con todo el amor que sentía antes de murmurar las palabras que sabía que quería oír.

—Te amo, Naruto.

Él se movió dentro de ella, y su pasión se hizo más urgente, pero ni uno ni otro apartaron la vista. No cerraron los ojos, no cedieron al primitivo instinto que hacía desear ardientemente privacidad en ese momento de total vulnerabilidad.

Él no dejó caer la cabeza en el hueco de su cuello, sino que la mantuvo elevada, mirándola fijamente. Ella no volvió la mejilla contra la almohada, sino que le devolvió la mirada con la misma fijeza.

La valentía de darse a otra persona, incluso a una a la que se amaba tan profundamente, permitió que se formara una conexión entre sus almas que se intensificó con cada movimiento.

Los ojos plateados se tragaron los azules. Los azules devoraron los plateados.

—Oh, Hina…

—Mi amor…

Con los ojos abiertos, explotaron juntos en una combinación de almas.


Nota:

Canturrear: Cantar a media voz y generalmente de manera descuidada.